Debido a las dificultades de escribir en el espacio, dando vueltas con los putos guantes y el casco que refleja el sol y la madre que lo parió, no hay quien folle… Perdón, quería decir que no hay quien escriba claro. Transcribo el agónico mensaje del enamorado espacial. Más tonto y nace de plástico.
“Cuando digo que eres el centro de mi universo, no exagero. ¡No mientooooo…! Joder con orbitar… Qué mareo. No te ofendas, cielo; pero qué náuseaaaaaagggg…”
Es excesivo, compulsivo, intolerante, cetrino, inmaduro, obsesivo, narcisista, amargado… Un fracasado de mierda. Y para mayor inri cree ser el centro del universo. Escribir no es un arte, es una habilidad. Es cosa de precisión y buenas herramientas. Mentira, la precisión me la meto en el culo. Es paranoia y/o psicodelia lisérgica, según la intensidad y la pureza del ácido. Como todo idiota, cuando se mira al espejo no es capaz de ver toda esa estupidez que lo hace tan vulgar, antipático y predecible. Cuanto más sintetizado es el pensamiento, y cuanto menos se quiere justificar a ojos de otros, mayor contundencia tiene. Cuanto más delires, más intenso. Cuanto más te duela, mayor dolor podrás transmitir. Cuando la locura sea insoportable, no lo entenderán; pero incomodará porque: cuando veas las sienes de tu vecino reventar por un tiro… ¡Bum! Ahora voy a tomar café a ver si consigo empeorarlo y cambio de puta dimensión.
Sinceramente, deseo que tengas fiebre. No quiero que tu temperatura baje. Me gusta imaginarte ardiendo, con los sentidos embotados sometida a mí, a mis manos impudorosas, a mi lengua obscena, a mi pene baboso… Con tus muslos descubiertos y mi boca besándolos peligrosamente cerca de tu raja. No soy bondad, el deseo no tiene nada de bondadoso. Es de un egoísmo atroz. ¿Sabes que no es justo que la carne se ponga tan dura y duela? No es de acero mi rabo. Y duele… Y amarte… Amarte me hace feroz y cazador. Algo salió mal conmigo cuando diseñaron mi programación emocional. No sé, cielo… Me confieso a ti, sin arrepentimiento, con reincidencia de pensamiento, con mis calzoncillos aún húmedos de soñarte; con sangre al clavar las uñas con violencia en el pubis para reprimir todo esto que, hincha las venas entre mis piernas hasta el dolor inconsolable si no es dentro de ti. Te confieso que soy un amante cruento y obsceno, que la bondad quedó prendida de una rama cuando bajaba una montaña y no volví a por ella. Se la comieron los cuervos. Confieso que te amo, que a veces rozo el delito moral deseándote. Y cuestiono cosas como la necesidad de la piedad y la ternura. Cielo, no tomes una sola aspirina, deja que la fiebre suba y que yo haga lo que quiera. Que el termómetro estalle. Aunque te duela… Como a mí me dueles aquí abajo, puta.
Bueno… No tan inseparable. Es algo habitual que me lo deje olvidado tras tomar un café. En muchas ocasiones. No es que sea malo, me ayuda. Es que soy así de insensible. Y un pelín orgulloso, yo no soy cojo. Al menos cuando estoy sentado… Vaaaale… De amputaciones ya hablaré otro día.
Estoy de acuerdo con la taza. Aunque coincido más con salvaje que con libre, es que yo sin fumar… Es que yo tan impío con mi pensamiento hostil… Aunque no quiera, mi pluma es cuchillo.
A-weema-weh, a-weema-weh, a-weema-weh, a-weema-weh En la jungla, la jungla poderosa El león duerme esta noche En la jungla tranquila El león duerme esta noche A-weema-weh, a-weema-weh, a-weema-weh, a-weema-weh
De menuda me he librado: no he necesitado pagar a un logopeda. Murf habla hasta por los codos si tuviera. De cualquier forma, es inevitable invertir en analgésicos cuando se siente demasiado locuaz. Sí, ya sé, es tan absurdo que solo me falta ver a dos curas tirando de un burro muerto en el salón de casa. Puedo entender porque Buñuel y Dalí realizaron aquello del perro andaluz. ¿Es que no había perros catalanes o qué? Es un asco… Siempre discriminando a la catalanidad. No tienen ni tuvieron corazón.
Si Dios hubiera querido que los árboles nadaran, les habría dotado de agallas y gafas anticloro y antimierda. Incluso un bañador, aunque no fuera muy llamativo. No quisiera reírme cruelmente; pero parecía que los árboles decían: ¡Uy uy uy uy…! Para que luego digan que tengo la empatía en las uñas de los pies. Soy como Dios el indolente; pero ingenioso y gracioso. Y sin matar a nadie.