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En Telegramas de Iconoclasta.

Tengo la sensación de estar mirando un paisaje un tanto lejano y ajeno a mí desde una ventana, con cierta melancolía por desear estar ahí.
Parece un paisaje de cuento…
Y caigo en la cuenta de que estoy ahí, dentro y entre las montañas y el río. Con las caóticas nubes haciendo caricias obscenas a los bosques
Es magnífico.
Es mejor morir aquí que donde me parieron, en la sucia ciudad.
Es importante morir donde debes.
Es importante salir y encontrarse en un cuento durante unos segundos de controlada ingenuidad.

En Telegramas de Iconoclasta.

No falta nada, es todo lo que necesito.
El tabaco está en el bolsillo de la camisa y tú en mi corazón, profunda e inevitablemente clavada en él.

Hoy había en mi territorio un cielo espectacular. Y admirándolo he reflexionado profundamente.
Si alguien muere riendo, irá al infierno por guasón.
Si alguien muere llorando, irá al infierno por patético.
Y el que no haga aspavientos y permanezca sereno, irá al infierno por insensible y borde.
Solo los que puedan pagar una pornográfica cantidad de dinero podrán acceder al cielo, como lo hacen los que quieren dedicarse a la política profesionalmente y han de pagar una buena pasta por unas cientos de miles de firmas que los avalen y poder presentarse como candidatos para alguna mierda.
Por esta razón hay tan pocos en el cielo y son tan hijoputas.
Y está bien que sean escasos, no me gustaría ver un cerdo volando en estos instantes de belleza.

Esta araña tigre está viva (a la hora de tomar la foto) porque estaba ahí, monstruosa ella, paranoicamente atareada haciendo un ovillo de seda con una mosca.
Me gusta la naturaleza, incluso puedo llegar a respetarla a pesar de fumar; pero si el bicho hubiera estado cerca de mi pie, luciría aplastada en la suela de mi bota; un irreconocible cadáver.
Hay quien grita, se aleja, se frota la piel como si la tuviera encima y los hay que (idiotas) la cogerían entre sus dedos para lucirla, por esos colores tan bonitos, en una foto que colgarán al instante en alguna red sucial de las dos que hay (no saben que son levemente venenosas, lo suficiente para que la picadura te amargue el día).
Mi reacción natural es pisarlas sin pasión, sin alegría, tristeza u odio.
Es lo que debo hacer dada mi naturaleza hijaputa.
Y si está en su telaraña como ahora y no invade mi territorio, me limito a fotografiarla y luego ignorarla, como si la operan de algún cáncer, me da igual. Y así podrá en un futuro, poner sus huevos (es hembra, las arañas cuando son llamativas y bonitas, son hembras ¿por qué será?).
Ahora resulta que además de ser un asesino impasible de insectos, también soy biólogo. Seguro que a Dios se le pone gorda cuando me observa desde el cielo.

En Telegramas de Iconoclasta.

Siguen los tiempos oscuros donde cualquier sujeto está autorizado para escribir una noticia o reseña de arte, independientemente de su nivel cultural, intelectual o incluso si es un moralista mojigato.
Lo del cuadro “El origen del mundo”, no es un vientre (aunque lo haya) es un primer plano de una vagina, un coño peludo.
El “periodista” de La Vanguardia debería ir a un psicólogo por su problema de moralina vieja, a un oftalmólogo por si tuviera un defecto en la vista; y sobre todo aprender un poco de cultura para expresarse con corrección y sin prejuicios moralistas.
Los censores están presentes hasta en los más intrascendentes lugares y momentos de la vida.
Son como las pulgas o las chinches. Algunos no matan; pero me provocan cierto prurito testicular que hace que me mueva incómodo en la silla acariciando distraídamente mis huevos cansados.
Por lo visto, todos los tiempos son una mierda.

Entrevista realizada por JUAN CARLOS VÁSQUEZ.

 

Revista Almiar.