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Lamo su cuerpo como el león bebe sediento en la charca.

Arrancaría su piel con los dientes para envolver mi inconsolable pene con ese deseo impregnado.

Succiono sus pezones como la cría de un perro las mamas de su madre, buscando vida.

Laceraría sus pechos para beber su sangre. Para untarme de ella y vivir también.

Más…

Hundo la lengua en su coño como ningún otro animal lo hace, hasta que vomito y lo anego con el vértigo de mi deseo.

La penetro como no hay parangón en la naturaleza, hasta fundirme en ella, hasta que reviento mis cojones.

Hasta sentir sus intestinos…

Me meto en ella y me apresa, me retiene, anula mi voluntad y la percepción de mi propia vida.

Eyaculo y se me vacía el cerebro y lo que quede de mi razón.

Solo parezco una bestia en su superficie, cuando me hundo en ella no soy del planeta.

No soy nada conocido, ni posible.

Y ella, esa mala puta, es la creadora de mi inhumanidad.

Mi Reina de Coños.

La odio porque la amo contra mí mismo.

La odio porque la adoro y me hace cosa, algo que desconozco.

La amo y la jodo. Qué ironía…

Hasta aplastar mis testículos.

Hasta que salga sangre entre mi semen.

Iconoclasta

Dos años que han pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Dos años de un dulce morir.

El tiempo es así de hijo de puta: si estás dos veces bien, pasa cuatro veces más rápido; pero si vive en una pesadilla en lo que todo es gris, los segundos se convierten en minutos y las horas en días.

No sé que pensar, puede ser que mi esposa sea extraterrestre y tenga un arma especial para regular la velocidad del tiempo y yo sea su sujeto de experimentación. Me somete a su tiempo.

Ella rige con su belleza y voluptuosidad el ritmo de mi vida.

Hace girar las manecillas de mi reloj a velocidad de escape de la atmósfera, en una aceleración que acorta el tiempo, que me lanza veloz hacia mi tumba con una velocidad sin freno.

Mi semen en el espacio es una ráfaga láctea que se mueve a la velocidad de los cometas. Mis cojones me duelen cuando eyaculo así, y quiero que duelan. Necesito el dolor del amor.

Y no me importa envejecer más rápidamente, es algo, un precio que pago gustoso.

¿Pero qué haré cuando al morir, en el último hálito de mi vida, sea consciente que mi tiempo a su lado se ha acabado?

¿Es posible que Yahveh insufle, como a Adán, en mi nariz la vida para que pueda seguir con ella? Jodiéndola y cagándome en él, el creador; con el placentero dolor que hace que mis cojones parezcan comprimirse sobre si mismos al derramar mi leche sacra en su coño insondable.

Dios no existe, solo ella. Son elucubraciones de mi mente enferma, como la de todos los creyentes que tienen miedo a morir.

Yo tengo miedo a dejar de follarla. Soy más valiente.

Tengo mucho miedo de que esa fracción de segundo, ese paso impreciso entre el último latido y la muerte íntegra, se convierta en otra vida, en una mierda de vida.

Los segundos, cuando mi amor está ausente, pasan obsesivamente lentos.

Tengo miedo del momento en que será definitivo. ¿Seré un no-muerto durante siglos? Porque el corazón tardará en detenerse mil putos años sin ella.

No quiero morir lentamente, no he de tener tiempo a pensar que con la muerte, dejaré de estar con ella para siempre.

No me queda más que pedirle a cosas en las que no creo, que tengan piedad de mí y en el momento de palmarla, mi cerebro estalle y sea incapaz de razonar. Que no sepa que voy a estar sin ella.

¡Dos años…! ¡Qué rápidos!

Me han parecido tres meses, es vertiginoso amarla.

Aferrarse a ella no es solución, todo lo contrario. Acelera el proceso de mi partida, de mi deterioro, de mi decadencia, de mi vejez. Ergo muero más rápido.

Es una paradoja que me enloquece.

Un problema preocupante; por decir poco, por decir lo mínimo.

No tengo opción: soy un suicida y se la meto aunque pierda un año de vida. Me derramo en su coño al precio de una vejez prematura.

Abrazo y me follo a mi muerteamor desgarrando sus labios (los de arriba y los de abajo) con la rabia de mi deseo.

Y ahora he de seguir muriendo rápidamente, ella está conmigo y el futuro está aquí, mirándome con un saco de muerte en su espalda. Con una soledad cósmica, si no muero lo suficientemente rápido.

No necesito artes adivinatorias para saber mi futuro, necesito un tiro certero en el paladar.

Que alguien, llegado el momento, destroce con un martillo o con un disparo a bocajarro mi cerebro cuando mi semen rezume por su coño, porque ese será el único momento en el que no pensaré que me quedaré sin ella al morir. No pienso que me voy a morir cuando de su vagina mana mi leche.

No quiero un purgatorio de una eterna fracción de segundo alojado en el último latido de mi corazón.

No quiero pensar, solo quiero amarla a costa del tiempo, de mi vida.

Para Aragón, mis segundos más veloces, mi tiempo sin freno.

Iconoclasta

¿Y si su alma reside en su vagina? Es lo que pienso cuando acoge mi pene.

Toda esa cálida, resbaladiza y vertiginosa humedad…

Inacabable, insalvable…

La mía, mi alma, habita y se crea en mis cojones. Lo sé porque me la extrae y me deja vacío; mi bálano palpitante y exhausto es la prueba de un morir, de un no saber si soy humano o un bruto sin alma.

Su alma, ergo su coño, es voraz. Es mi basílica pagana e idólatra.

Y mi pene es el pecador reincidente que busca obsesivamente su absolución.

Yo solo me abandono con los brazos en cruz y mi polla escarificada para que me arranque de nuevo el alma en una pornográfica penitencia.

Iconoclasta

Soy tu ángel caído

Publicado: 29 diciembre, 2010 en Amor cabrón
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Ya no sé que soy, mi amor.

Una vez me llamaste ángel. En caso de que lo fuera, sólo podría ser el Caído.

El Caído ante tu cuerpo y tu coño sagrado.

El Negro Ángel de pene pétreo que destila un humor pegajoso. Que te cubre y penetra.

No sé que soy, pero no soy bondad.

He gritado tu amor y he ofendido a deidades malditas y benditas anteponiéndote a ellas y a los que mueren y sufren. A los que ríen y gozan. Sin sentir pena por nadie, sólo indiferencia.

Sus cuerpos son el suelo en el que afirmo mis pies para penetrarte.

No soy bueno, no soy hombre.

Soy la bestia que hunde la nariz en tu sexo anegado y aspira tu esencia con un gruñido. Ahogándome en tu coño.

Y lamo y escupo en tu vulva que me enloquece, en tu piel que me hace descender a lugares que no existían hasta ahora.

He perdido mi humanidad amándote, he involucionado por debajo de toda inteligencia. Soy un glande goteante.

Un ojo cerrado en carne cárdena, de fina piel a punto de rasgarse. A veces abierto de deseo; un meato corrupto que busca tu coño con hostilidad y rabia.

Tú me has hecho así.

Tu sensualidad es mi regresión a lo más primitivo de mis instintos.

Y aún así, me has elevado por encima del la bondad y la mediocridad. Has hecho de la pornógrafa injuria mi religión.

Abre la boca, acércate a mi masturbación doliente, irrefrenable. Sé puta y deja que bañe tu rostro de Diosa Caída con mi esperma espeso y ardiente. Que se escurra por tus pechos, que gotee en tu vientre herido.

Es tuyo, soy tuyo. Somos tu creación.

Si alguna vez fui bueno, la bondad se convirtió en la baba que inunda mi boca y sorbe dolorosa y ansiosamente tus ofensivos pezones erectos.

Putos pezones… Putos porque tú me has hecho así.

Soy un caído que corrompió la bondad del amor para abusar de tu carne, Diosa Caída.

Ya ni el infierno nos acepta.

Eres mi único y posible universo.

Si alguna vez te amé, ese amor son ahora venas que alimentan mi bálano para penetrarte y embestirte hasta que la mismísima naturaleza grite renegando de la blasfema reproducción.

Y yo hundiré de nuevo mi nariz en tu vulva para ahogarme en tus deseos que brotan de entre las piernas, entre tus dedos con los que castigas una perla que no se rinde a un solo placer. Que necesita mil caricias para consolar su sed de orgasmos.

Y así maldeciré la anodina bondad y el amor humano.

Maldeciré a Dios y la misericordia lamiendo tu altar obsceno.

Bendeciré y sacrificaré mi corrupto semen a tu coño bendito. Lo único sagrado del universo, y al tiempo creado para ser profanado, violado.

Escupiré en tu piel en lo que ha mutado el amor: un bálsamo de hijos nonatos, que ni siquiera de nacer tienen voluntad. Sólo cubrirte y calentarse en tu cuerpo de Diosa Caída.

No soy más que un Ángel Caído que aúlla con esta carne dura estrangulada por mi puño, con la garganta desgarrada de gritar tu nombre.

Si una vez fui hombre, debió ocurrir antes de amarte. Ya no recuerdo…

Eres mi pasado, mi presente y mi futuro.

Ocupas todo, se borró todo lo no que eres tú.

Arderé en ti, mi Diosa.

Iconoclasta

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Un kilo y medio de amor

Publicado: 11 noviembre, 2010 en Amor cabrón
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Cuando salí de Barcelona pesaba 89 Kg., mi reina.

Cuando he vuelto más solo de lo que nunca en mi vida me he sentido, peso 87,5 Kg.

Mi vida…

Ya puedo cuantificar lo que te he amado, todo lo que guardaba para ti, para entregarte tras un año y medio de amarte.

Te he dado exactamente un kilo y medio de amor en menos de una semana.

Es mucho, mi reina.

Me cuelga la piel, la siento vacía. No es dolor, es una carencia absoluta. No se puede decir que es dolor porque sonrío y lloro y siento tu tacto y tu aroma, siento tu sonido y tu respiración. No es dolor, es un vacío que desespera. Es abrazarse enloquecido uno mismo intentando captar algo parecido a tu piel entre la mía.

Pero ya es tarde hasta para la imaginación, ya no puedo engañar a mis nervios, a mis músculos ansiosos de elevarte, de cargar contigo. Ya saben de ti y no hay fantasía alguna que ahora pueda consolarlos.

Sabes que hay una película que dice que el alma pesa 21 g.

Eso no es nada cielo, mi amor acumulado pesa 1500 g., te he dado un kilo y medio de amor.

Te decía que tenía que darte todo mi amor, pero no he sido consciente hasta que me he sentido vacío, con los músculos flojos y la piel macilenta. Me pudría en vida cruzando el Golfo de Méjico, alejándome.

Y me he pesado rodeado de una atmósfera de absoluta soledad. Eso da una lectura precisa de amor.

He comido lo que tú no podías, lo que me dabas porque no podías comer más. He comido lo que me indicabas con hambre canina. No he hecho pesas como cada día, y el peso se me iba.

A veces me decías que estaba ausente. «¿En qué piensas, amor?».

No pensaba, cielo, sólo sentía. Se me escapaba el amor, y sentía ese instante vertiginoso, sentía que me arrancaban carne y me quedaba quedo y en silencio, aguantando casi con miedo como se me escapaba el amor hacia a ti. Como el aire que me robabas de los pulmones con tus besos y me sentía fatigado y tenía que respirar con un pequeño gemido.

Tal vez a eso se deba que el avión que me alejaba de ti, lo hacía más deprisa de lo que me llevaba hacia a ti. Mi amor era un lastre en sus bodegas, en el pasaje, en sus alas.

Me da risa lo poco que pesa el alma y lo mucho que pesa lo que te amo. Ni siquiera los grandes guionistas podían imaginar hasta ahora la medida exacta, cuantificable, mensurable, identificable y desesperante del amor. Su masa…

Mi vida… Te he dado todo el amor que tenía, me siento débil sin ti.

Pero ya he empezado a recuperar, mañana pesaré más, porque empiezo a acumular. Porque pesas en mí, eres mi gravedad, mi atracción. Eres el mundo sobre el que piso y sin ti, salgo directo al frío y letal espacio.

Perdona si engordo, no es por dejadez, ahora ya lo sé, cielo. Porque seguiré creando músculo, seguiré entrenando el cuerpo para ser tuyo, para ser tu piel y los brazos que te elevan. Pero no comeré con hambre, no beberé con sed desesperada, engordaré de amor que no te puedo dar ahora.

Serán sólo unas semanas, mi reina, pero perdona si engordo un poco, te juro que salgo en la mañana fría y sudo haciendo deporte para aliviar la tremenda soledad en la que has convertido mi espacio con tu piel, con tus labios, con tu cuerpo Dios.

Ahora soy de nuevo carencia, una carencia insoportable, y temo engordar con mucha más rapidez, temo explotar de amor en estas semanas que me esperan sin ti.

¿Me podrás perdonar este exceso de peso, mi reina?

No es dejadez, mi amor.

Cuando llegue a ti, me pondré en forma de nuevo.

Te lo juro, te daré tanto amor, que me mirarás con esos ojos enormes y con cierto malhumor, porque eres presumida y no te gusta subir de peso.

No puedo evitar que mi amor por ti, sea tan pesado, que pese setenta veces más que el alma. Tal vez este amor sea el resultado de setenta vidas que hemos pasado juntos. Setenta almas…

No quiero mi alma insignificante, sin peso específico. Quiero la tuya. Quiero adelgazar a tu lado, no quiero acumular más peso. Quiero quemar toda esa masa de amor junto a ti.

Por que duele este lastre, este amor enquistado que atiranta mi piel.

La ducha es tan fría a pesar del vapor…

 

Iconoclasta

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