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Foto credencial antichile

Y esta es la foto que he elegido para mi credencial de residente en México. No es absurdo, es que cuando te dicen que una comida es poco «picosa», necesitas asegurarte muy bien de que no han escondido un trocito de chile por pura maldad y reírse así del pinche español.
Soy astuto.

Me la han aceptado porque tengo un ojo precioso.

Los de inmigración me han mirado detenidamente buscando mi deficiencia mental; pero no les hago ni caso, soy completamente indiferente al tamaño de sus genitales que no me impresionan, a los chiles y sus bondades y al narco corrido.

Tic-tac, tic-tac. tic-tac… Y que conste que la virgen de Guadalupe está preciosa en su concha.
No soy un sarcástico, tengo mi sensibilidad y no odio la pornografía.
Me van a deportar…

Nos convertimos en luz continuamente.
Como en un cuento de ciencia ficción, los segundos cumplidos nos transforman en una estela que viaja por el espacio, sumando cientos de años por cada día de viaje.
La muerte es tan veloz…
Por cada latido que da nuestro corazón, nos convertimos en metralla de nuestra vida. Retazos de lo vivido catapultados a velocidades lumínicas, eternamente, como una condena sin sentido.
Porque la energía no se destruye como nuestra vida se quema.
Cada uno de nuestros segundos pasados, se propaga en línea recta y en todas direcciones rumbo a los infinitos infinitos que hay en esa pesadilla llamada espacio.
Alguien decodificará en precisos cristales de argenisca toda esa vida reflejada hasta morir. Y conocerá nuestros delitos y nuestras locuras. Nuestros deseos, amores y odios.
Estaremos muertos hará millones de años cuando alguien nos juzgará.
O tal vez observen nuestra vida con indiferencia.
Podría ser que simplemente, se masturbara ese extraño ser.
Nuestros placeres, dolores y esperanzas, serán un entretenimiento multimedia para unos seres de una civilización capaz de capturar el pasado que viaja por el cosmos peligroso y silencioso en forma de luz.
Ahora estarán viendo un documental sobre los dinosaurios en el momento que se extinguen.
Esperan las primeras luces emitidas por homínidos, mientras se llevan a la boca piojos del metano garrapiñados sentados frente a sus pantallas.
Observamos la aburrida luz de los astros muertos, fantasmas que insisten en iluminar las noches.
Fulgores de pasados milenarios, de edades tan lejanas que la mente no puede concebir.
El cielo nocturno está punteado por la luz de la destrucción.
Esa destrucción que nos baña… ¿Será por eso que la noche da miedo instintivamente a millones de humanos?
Un director de cine alienígena hará un montaje con nuestra vida. La procesará para proyectarla sobre un manto de esferas líquidas positrónicas, con núcleos congelados de átomos de helio radiados con gas inergistian, que tan de moda están en los multicines extraterrestres. Podrán ver en alta definición el semen que derramo en ella y dentro de ella.
Posiblemente, crean que ese esperma es un veneno paralizante y que los amantes están muriendo por amor, porque su reproducción es por medio de tentáculos que dejan escamas fertilizantes en su bocas y es una especie de náusea su clímax.
Tal vez lloren conmovidos por la blanca y cremosa muerte de esos seres que desaparecieron hace eones de años. Los directores de cine hacen trampa para emocionar al público. Como en todos los planetas, la verdad suele ser aburrida. Y por cada placer hay un fatal fundido en negro convenientemente insertado.
No importa, que alguien vea lo que fuimos e hicimos. No hay que ser tímidos, ni apagar la luz; es más digno exhibir la obscenidad con descaro.
Actuar como si ya estuviéramos muertos no es difícil, de hecho vivir es morir continuamente hasta agotar el tiempo.
Esos seres no podrán condenar el asesinato ni la indecencia, asistirán impotentes ante toda la maldad y la mezquindad de los humanos y otras especies planetarias que puedan ser simples y aburridos microorganismos.
La humanidad será plaga incluso muerta. Una destrucción más iluminando ojos extraños.
Como hacen los astros muertos en nuestra piel en las noches que nos soñamos.
Tú y yo no seremos reflejados. Te prometo inventar algo que destruya nuestra luz, para que nada ni nadie pueda asistir al misterio de amarte tanto.
Seremos ocultos y secretos a los ojos del universo.
Ni siquiera a millones de años luz muertos, podrá contaminar nadie nuestro amor.
Seremos oscuridad en el espacio, un secreto de nosotros mismos.
Seremos un dato irrecuperable, un vacío irrellenable en la alienígena producción cinematográfica.
No seremos una película de un mal director en algún maloliente planeta, lo juro.

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Iconoclasta

Nunca me traen la cucharilla con el té chai, y se queda allá abajo la cremosa espuma, triste como un pez boqueando en la playa, asfixiándose irónicamente por demasiado aire.
Y claro, yo no me acuerdo de pedirla porque o estoy fumando o estoy escribiendo.
O pienso en cosas lejanas, posibilidades, improbabilidades, viajes y una mujer cautivadora. Tengo trabajo intelectual que realizar aunque no lo parezca.
Por otro lado es de agradecer esa tenacidad en no servir una cucharilla, porque las servilletas son muy pequeñas para limpiar el cremoso bigote que dejaría la espuma.
Y la verdad, ya soy mayor como para limpiarme con la manga de la camisa. Mi físico es demasiado llamativo como para añadir más decorado.
Pero lo peor, es que dejo propina de forma inconsciente, por rito. Y así, fomento la tristeza que da una espuma blanca y abandonada en el fondo de una taza.
No sé, tal vez están creando al psicópata perfecto.
He de recordar no consumir té chai, debe tener algún principio activo que azota lo surreal.

Alguien muere en algún lugar y otro nace. Alguien se echa un trago de agua fresca y una piel se deseca bajo el sol.
Pero todos comparten una soledad sin consuelo aunque no lo sepan.
Nadie encuentra a nadie en el lugar y tiempo adecuado.
Se conforman o contentan sin remedio con sucedáneos efímeros de amor y cariño.
Y así, la muerte y el nacimiento, la sed y la saciedad, se convierten en las cosas menos preocupantes; porque se resuelven de una forma fácil y natural en el medio que viven.
Tal vez, con ignorar la soledad, todo el misterio de la vida se resuelve.
Pero es una entelequia, cuando se ama, la soledad irrumpe a caballo del ansia y el miedo.
Estamos perdidos.

Hablar por hablar, buscar tiempos que rellenar, inventar pretextos. Pronunciar o escribir palabras que distraigan la vergüenza de reconocer soledad. Jugar al ingenio sin tenerlo…
Qué harto estoy de tanta banalidad.
No me interesa la crítica musical; estoy excitado, la tengo dura…
No importan los derechos de nadie o el precio del petróleo, quiero saber la marca que deja la ropa interior en la piel de su vientre y sus hombros. Quiero el descaro de su sensualidad expresado como una bofetada a las convenciones sociales. Con esa soberbia maravillosa y desinhibida.
No lo entienden…
Hay tanto tiempo perdido en palabras vanas… Tenemos una responsabilidad con nosotros mismos: expresarnos ante lo que amamos y deseamos sin asomo alguno de pudor, para bien o para mal.
Equivocarse está bien, te libera de la ortodoxia del aburrimiento.
Odiar si es necesario, sin prejuicios. Solo importa expresar pasión. Precisamente por respeto a quien hablas, por muy ofensivas que puedan ser las palabras.
Decir lo que se siente y luego, atenerse a las consecuencias.
Porque lo demás es perder un tiempo precioso.
Y el humor.
Medir lo que se expresa es lo mismo que adulterar la comida: solo queda un triste proyecto de sinceridad que aboca al hastío, como el discurso de un político o un sacerdote en el púlpito con su sermón de mierda.
Pellejos vacíos al viento que no trascienden más que dos segundos en el tiempo.
Moralidades tipo estándar que a nadie incomodan, que no molestan nunca; pero que llenan convenientemente tiempos vacíos y egoísmos.
Un «tengo cosas que hacer» es la respuesta a esa normalización correcta de la expresión.
Y los hay que se creen que es verdad.
Doblarse en un vértigo cuando habla de necesidades del alma y la carne. Morderse el labio de deseo… Ser testigo de la angustia de la soledad y bajar los ojos conmovido…
Necesito eso, no quiero ser educado, no quiero ser correcto. Aunque me joda.
Hay un tiempo para las charlas usuales y otro para las importantes. Hay un deseo de expresarse sin tapujos cuando el peso de la cotidianidad nos asfixia.
Debería haberlo.
No me gusta el ritmo monótono, y lo rompo con una obscenidad, con un deseo, con una tristeza, confesando una melancolía. Si ello lleva a un silencio incómodo, está bien, no hay tiempo que perder. Morir es tan habitual… No somos conscientes de lo tarde que suele ser siempre.
Y hablan, y hablan, y hablan…
Cuando estemos tranquilos, cuando estemos saciados, hablaremos ya relajados de cosas superficiales que no lo son, que importan. Importa compartir la vida toda, sin trampas, sin sofismas, sin superficialidad. Porque es necesario saber la música que le gusta y así, replicar que imaginas las notas deslizándose por sus pechos y sus muslos.
Los detalles son importantes porque rodean el amor. Son el decorado y el color, son el descanso de la metafísica de los amantes.
Expresada la pasión, demos paso a las risas y a películas que no nos gustaron. A libros que no se deberían haber publicado jamás, porque están escritos con la técnica del aburrimiento, la vanidad injustificada y la corrección académica.
De la misma forma que hablan escriben.
Por sus palabras bostezaréis.
Hay tantos libros que quemar, como charlas que intentan disimular la vergüenza de la falsedad y la cobardía de la soledad.
Así que dejemos la angustia de la soledad reflejada en las palabras, porque es trascendente. Porque es la única forma de expresar lo inexplicable del amor y sus consecuencias: los tiempos y los lugares.
Aunque duela un poco…
Aunque duela mucho y te deje desnudo.
No hay tiempo que perder, no es necesario padecer hastío y aburrimiento sino lo deseamos, hay otros tiempos para lo inevitablemente social.
Hay cosas importantes de verdad como saber el tamaño y el tono de sus pezones. No es algo banal, porque va respaldado por una mirada acuosa, húmeda de deseo y por un temblor de labios al pronunciar y de dedos al escribir.
Los detalles son importantes, insisto.
Intuirlos es imprescindible para expresar lo que se siente e impactar en su pensamiento.
Impactar es lo que importa cuando la opresión de la cotidianidad asfixia.


Iconoclasta

Mucho se habla del destino, al que se le achacan triunfos, fracasos, enfermedades y muertes.
No hay un destino. Lo único que hay es un simple azar interferido algunas veces por nuestra voluntad y otras, desgraciadamente, por la de otros.
El destino, de existir, sería como una tarjeta de crédito al cual acceder cuando fuera necesario.
No jodas… Como viajar al futuro.
¡Qué estupidez!
El aburrimiento es campo abonado para la filosofía

Idolatrados los sentimientos, queda luego admitir la realidad. Lo que somos y si somos merecedores de esos sentimientos inhumanos.
Mejor no seré sincero conmigo, no tengo un especial interés en sentirme mal.

No es nada sencillo morir. Hay que vencer todo ese instinto de supervivencia insertado en las células del cuerpo.
Morir requiere convencerlas, una tarea faraónica porque están sectariamente convencidas de que la vida se ha de mantener al precio que sea. «Oye, deja de dividirte, ¿es que no ves que esto es una mierda?. Ellas me miran con sus membranas completamente idiotas sin entender.
Son duras de convencer las hijaputas. Y el tiempo que se emplea en convencerlas de que no es malo dejar de dividirse, es tiempo para que las cosas empeoren aún más a tu alrededor. Y así llegas a la vejez para acabar como era de esperar y haber sufrido de más: muerto.
Y las células, estúpidas como siempre, dale que te pego. Obcecadas en multiplicarse aunque el cadáver empiece a descomponerse.
Es una mierda que el pensamiento esté disociado del organismo. Hablando en plata, que mi pene vaya por libre independientemente de lo que siento.
Que incómodos son los despertares erectos…
Sí, yo también me pregunto que tiene que ver una erección con los deseos de morir y las células…

Shyla Jennings

En Telegramas de Iconoclasta.