Posts etiquetados ‘sexo’

Semen Cristus (2)

Publicado: 1 junio, 2011 en Terror
Etiquetas:, ,

Semen Cristus cumplió catorce años masturbándose en el establo, y dejando que la ternera lamiera su pene con aquella lengua ancha y larga. La vaca deseaba lamer aquello, mugía plena de satisfacción.

Semen Cristus bien podría haber sido un San Francisco de Asís. Su podredumbre mental alcanzaba a los seres irracionales de la misma forma que llevaba a la irracionalidad a las mujeres que se masturbabanahora ante él.

La señora María se masturbó, en silencio espiando a su hijo. Cuando su niño eyaculó entre su puño y la lengua de la vaca, dijo:

—Bebe mi leche, y que se una a la tuya. Que mi divina leche de placer, espese la tuya —dijo sacudiendo el semen residual del cárnico y venoso hisopo hacia la cabeza de la ternera que no pestañeaba ante las salpicaduras de aquel líquido espeso y blanco.

Con los dedos mojados de su propio coño, la Sra. María se dirigió a su hijo y se puso de rodillas frente a su pene y lo limpió metiéndoselo en la boca.

El pequeño Leopoldo, que así se llamaba por aquel entonces, posó la mano en la cabeza de su madre y presionándola contra sí, la obligó a meterse todo el pene en la boca.

—Madre, bendita sea tu boca entre la de todas las mujeres. Chupa, chupa, chupa…

Ya hace dieciséis años, en algún pueblo de la península ibérica, al norte de África, una madre esquizofrénica gritaba obscenidades en una celda del convento de las Clarisas durante el parto.

Las hermanas acogieron a la enferma parturienta que había escapado de aquel manicomio que ardió por algún cortocircuito de sus viejos cables eléctricos. La abadesa hizo la promesa a Jesucristo, de acoger a aquella mujer que llamó a la puerta del convento, gritando el nombre de Dios al interfono de la puerta.

Sus dientes rotos eran cicatrices que revelaban su origen loco y muchas sesiones de estimulación cerebral eléctrica.

Clava los dedos en el indefenso pubis de su hijo crucificado, evocando recuerdos. Unas gotas de sangre aparecen entre las uñas clavadas en la delicada piel de Semen Cristus.

—Córrete, hijo mío. Como si te derramaras dentro de mí.

El vientre se hunde entre las cosquillas y el glande escupe un borbotón de semen. Un zumbido indica que el eyector de vacío se ha conectado.

La leche succionada se arrastra por el tubo translúcido que se pierde entre sus piernas.

La mujer frente a la cruz se palmea el clítoris con furia ante el placer que la hace sentirse puta en un pueblo sin apenas hombres, un pueblo sucio y aislado que casi todo el año huele a mierda de cerdo y mierda de vaca. Mierda de gallinas, mierda de ovejas.

Mierda de vida.

La madre de Cristus aplaca la tensión orgásmica de su hijo cogiendo sus calientes testículos, ha retirado el calefactor que estimula su producción seminal.

La madura desearía que fuera su mano la que acariciara aquellos testículos pesados y plenos. El semen sale disparado por una boquilla cerca de su cara y le impacta en los ojos. No se los limpia, sigue sobando su sexo hasta que siente doblarse por un orgasmo intenso. Con la lengua recoge el semen que ahora chorrea por la comisura de los labios.

Se limpia y con los dedos manchados de semen se santigua.

—Yo te bendigo, Severa —dice Cristus entre jadeos.

La madre saca de su delantal una jeringuilla.

—Hay dos devotas más esperando afuera, tienes que bendecirlas con tu leche, cariño. Sólo tres más y podrás bajar de tu santa cruz.

Ha encontrado la vena del brazo con facilidad, está dilatada por el esfuerzo de la crucifixión. Le inyecta una hormona de uso veterinario. Acomoda el calefactor en los testículos de su hijo y le besa en la mejilla.

Se acerca hasta la mujer que espera con las piernas cruzadas.

—Reza cinco minutos antes de echar las monedas, Candela. Reza por su alma y por su fuerza. Dios te quiere mojada.

—María ¿Cuándo nos tomará Cristus? ¿Cuándo lo podremos sentir dentro de nosotras?

—Cuando terminen las obras y la capilla del desván de casa se pueda usar tendréis su cuerpo también.

—En el pueblo los hombres no saben lo que ocurre; pero recelan de que vengamos aquí tan a menudo. Ve con cuidado, María, protege a tu hijo.

—Está protegido y vosotras también. En la cocina tengo a modo de decorado una mesa preparada con pastas y café para que os sentéis allí si aparece alguno de esos machos por aquí; para que vean normalidad. Y no te preocupes, puedo ver a quienquiera que se acerque a medio kilómetro.

María lleva la mano al sexo de Candela:

—Goza de Cristus ahora, moja tu chocho, disfruta. Él te bendice.

Cuando sale del establo, una adolescente espera a la puerta cogida del brazo de su madre.

—Cuando salga Candela, podéis pasar. Y recordad, cuando os haya bendecido a una de vosotras, que la próxima rece cinco minutos para que sus sagrados cojones se llenen de nuevo. Rezad por su alma y por su fuerza.

“Dadle tiempo a que las hormonas hagan su trabajo”, musita para si.

María se dirige a la casa.

—————————————————————-

Los operarios daban martillazos en el desván, el estridente ruido de una taladradora apagó cualquier otro sonido, abandonándola a su propia insania.

María evocó los casi catorce años de liberación en el convento, viendo crecer a su hijo, sin las medicinas que en el hospital la convertían en una triste muñeca.

Veía a Cristo retorcerse en la cruz de la capilla, no podía apartar la mirada del crucificado. Aquel hombre bueno debería haber gozado de la vida y no morir como un miserable ladrón.

Miraba bajo la tela esculpida de los calzones con la esperanza de ver los testículos del Santo Crucificado. Se masturbaba en silencio, rezando un rosario de obscenidades e imaginando el acto sexual con el nazareno. Mamándosela en la cruz mientras sangraba. Su esquizoide mente encontró una vía de escape e inspiración en aquella capilla.

Su hijo se educaba en un ala del convento que hacía las veces de escuela del pueblo con la hermana Carmen como profesora.

Cuando el pequeño Leopoldo acababa sus clases en el colegio y ella terminaba su trabajo en la cocina, cogía a su hijo de la mano y juntos iban a la capilla.

—Debes ser como él, un hombre bueno.

—Yo no quiero que me hagan daño, mamá.

—Nunca dejaría que te hicieran daño, Leo. Tú gozarás en la cruz en la misma medida que Jesucristo padeció. Te lo juro, vida mía.

—Mira, Cristo me hace gozar —le mostró a Leo su sexo abierto y perlado por el abundante fluido segregado.

Leo miró con interés; sintió un placer extraño en sus genitales, y creyó ver un corazón sagrado latiendo entre las piernas de su madre. Con siete años estaba gestando su propia demencia.

Y así, cada tarde que podían se sentaban frente al Cristo Crucificado. Leo observaba a su madre llevar la mano bajo la falda, la escuchaba gemir con las rodillas separadas. Se sentaban en los bancos de la tercera fila, para estar cerca de Él y a la vez resguardados de su propia inmundicia mental.

El pequeño olía con delectación el cuerpo sudado de su madre, sentía como la madera de los bancos transmitía el estremecimiento al llegar al orgasmo.

—Huele, Leo. Es la saliva de Cristo —María acercó la mano humedecida y resbaladiza de humor sexual hasta la nariz de su hijo.

El niño frunció el ceño.

—Así es Jesucristo, mi vida. Así tienes que ser tú. Así lo tienes que hacer.

Llevó la mano de su hijo a la vulva y le enseñó como acariciarla.

Leo lloraba, algo no estaba bien. Su madre le daba miedo. Y él también sentía miedo de si mismo, sentía que algo no estaba bien en aquel ni sitio ni dentro de ellos; pero su primera erección y la mano de su madre calmándolo frente a Jesucristo, convirtió todo aquello en una realidad única. La única posible en su cerebro.

Leo crecía, en plena pubertad tuvo su primera visión, (una alucinación esquizofrénica para un psiquiatra). Un mensaje de Dios para el niño y su madre; el Cristo Crucificado abrió la boca y le dijo al pequeño Leo:

-Tu semenes maná para las mujeres, para suapetito más íntimo. Derrámalo sobre ellas, dentro de ellas. Que tu pene sea el camino de la redención de esta segunda venida.

Iconoclasta

Safe Creative #1105299325342

Semen Cristus (1)

Publicado: 30 mayo, 2011 en Terror
Etiquetas:, ,

Con los brazos extendidos y atados en el travesaño de la cruz y la maraña de cables y tubos que bajan desde sus genitales hasta perderse entre las pantorrillas, recuerda vagamente al Hijo de Dios. Un dios tecnológico y sexual que no llega al grado de aberración masoquista del mito cristiano: Jesucristo.

A la vibración del tubo de vidrio se ha sumado un vaivén, la masturbación lo lleva a gemir como un animal. Una corona de espinas que no toca la piel del cráneo, que tan sólo es un adorno, lo convierte en algo desdichado y triste. Mediocridad enfermiza.

La mujer que ha echado cinco monedas en el monedero del Semen Cristus, tras sentir los primeros gemidos del cristo sacrílego se santigua con la mano derecha. Con la izquierda masajea su sexo por encima de la falda negra. Llora ante el pene encerrado en aquel tubo y desea llevarlo a la boca.

Las rodillas de Cristus tiemblan ante el creciente placer y una gota de saliva de la boca del sagrado, cae en los labios de la excitada madura.

La mujer apenas ahoga un gemido y extiende con los dedos la baba del cristo lentamente por sus labios. En algún momento se ha arremangado la falda y sus dedos se mueven bajo la tela de la sutil braga negra con creciente fervor.

Otra mujer espera paciente tras ella, presionando su sexo con los muslos, cruzando las piernas con nerviosismo. Parece contener la orina.

La madre de Semen Cristus, sube por una escalera de mano hasta su hijo, las mujeres observan la escena con devoto silencio.

Los rayos de sol que se filtran por los listones de madera de las paredes del cobertizo no dan suficiente luz. El establo apenas iluminado, crea cientos de penumbras entre las balas de paja y los barrotes sucios de una pocilga. Gruesos cirios amarillos con una cruz roja pintada, intentan apagarse a si mismos. Las llamas tiemblan se encogen y cuando casi han desaparecido, vuelven a crecer y desafiar una atmósfera apestosa en la que no hay aire en movimiento y el calor hace sudar la madera y la mierda que hay en el suelo.

Un marrano ronca y parece dirigir las oraciones de las dos feligresas.

—Hijo mío, gime para esas rameras. Grita tu placer y dales tu leche. Que se bañen en ella y unten con tu sagrada savia sus agujeros sucios. Sus rajas pegajosas de su propio gel de follar —le susurra la Sra. María al oído.

Su mano acaricia el rasurado pubis de su hijo excitándolo.

En el tubo de cristal, el pene parece aplastarse por la virulenta erección que su madre está provocando.

Iconoclasta

Safe Creative #1105299325342

Los mejores velatorios son los de gente joven, los de cadáveres jóvenes y frescos porque no hay tanto viejo y carcamal a su alrededor.

Basta ir a las floristerías para dar con el lugar y momento adecuado y no para comprar flores; sino para averiguar en el libro de encargos dónde se celebran los más selectos y orgiásticos velatorios.

Las mujeres suelen llevar ropa interior negra bajo gasas y finas telas oscuras y eso me pone. Medias negras y finas, tacones altos y puntiagudos… Los entierros son un catálogo de ostentaciones, hay que impactar hasta en el muerto.

Con infundado temor (es difícil acostumbrarse de un modo natural a la invisibilidad) entro a hurtadillas en el suntuoso portal del edificio, el vestíbulo luce una alfombra negra flanqueada por horteras pilastras blancas que sirven de apoyo a jarrones de alabastro con tupidos ramos oscuros. Las paredes están forradas de oscura madera y la iluminación pobre convierte el vestíbulo en un corredor de la muerte; en un anticipo de lo que hay más arriba.

Subo hasta el tercer piso del lujoso edificio y una puerta de las dos que hay está abierta. Emana un rumor bullicioso y olor a comida que indica donde se celebra el mortal evento.

No me parece trágico, toda la tragedia se ha diluido entre canapés, bebidas y sonrisas apagadas. Entre besos y abrazos. Hay mucha gente y pocos lloran.

Algunas mujeres dicen que sienten escalofríos en los velatorios; soy yo acariciándome el pene y suspirando en su nuca. Toco sus cuerpos y miran hacia atrás pensando en el cabrón que acaba de pasar tras ellas.

Cada día se lleva menos montar el velatorio en el domicilio, salvo en familias de gente millonaria. La muerte siempre es una excusa para alegrarse de no ser el que está en el ataúd, para montar fiestas y que se reencuentren los viejos amigos. Las familias eternamente enemistadas se besan como Judas delante del muerto.

Y yo me hago una paja corriéndome encima de las tetas de la muerta, está buenísima; con 26 años recién cumplidos sus pechos se muestran plenos y duros a pesar del frío mortal que les da un toque cerúleo.

Su columna vertebral está deshecha, lo he notado al arrastrar la mano por su espalda desnuda, forzándola bajo su ahora pesado cuerpo entre la tapicería del ataúd; en su cuello aparece un feo bulto disimulado con un exquisito pañuelo de seda azul marino. Si alguien lo tocara sentiría algo frío y viscoso; está empapado de mi semen.

Una de sus manos con los dedos rotos y retorcidos descansa oculta bajo sus ropas.

Una mujer ha observado el movimiento del cuerpo al moverme entre él y se ha santiguado mientras le decía algo a un hombre apoyando su cabeza en su hombro. Llora. El hombre la consuela acariciando su espalda, mirando fíjamente el ataúd porque le ha parecido apreciar el movimiento que he provocado en el festón negro al meterme bajo la caja, entre los caballetes que lo soportan.

El hombre, diciendo algo al oído de la mujer, da media vuelta y salen de la sala.

Los vivos siguen pavoneándose delante de la muerte. Un hombre maduro y con un rictus de gravedad se acerca hasta el ataúd, se santigua y agachando la cabeza comienza a murmurar alguna cosa religiosa; alargo la mano contra el festón y le toco el paquete genital con suavidad. El hombre se sobresalta y levanta con rapidez el manto negro. No da crédito a sus ojos al no ver nada allá abajo.

Se santigua rápidamente y se dirige presuroso hacia el salón donde se encuentran los otros invitados.

Yo aprovecho para abrir el escote de la muerta y meter la mano bajo la copa del sujetador sin conseguir poner sus pezones duros.

Arreglo el escote de tal forma que asome la blonda del sujetador y subo la falda por encima de sus rodillas, una de las piernas presenta una tremenda cicatriz tierna y amoratada.

Si uno se acerca demasiado, puede oler cómo las bacterias cumplen con su misión.

El próximo en entrar es otro hombre, este es casi un anciano; se agacha sobre el cuerpo y cuando va a depositar un beso en la frente de la muerta elevo la fría cabeza. El efecto es impresionante y el hombre lanza un grito grave y ronco cayendo al suelo.

Alguien ha gritado desde el salón al verlo caer y un corrillo de negros seres lo rodean mientras dos le dan aire con las manos y le aflojan la corbata.

Se lo llevan fuera de la sala, hacia algún sofá donde dejarlo reposar de la lipotimia que dicen debe ser.

Yo es que me parto de risa…

Me estiro relajado bajo el ataúd esperando que entre alguien más.

Y aparece ella, antes de que llegue hasta la caja puedo verla, lleva un sencillo vestido negro, es demasiado delgada y sus piernas apenas tienen forma. Pero tiene unas tetas tremendas.

Cuando se aproxima, puedo meter mi mano bajo su vestido y al hacerlo ella se separa de la muerta casi de un salto.

Echa una mirada atrás por si alguien la ha observado en su brusco movimiento y vuelve a acercarse haciendo acopio de valor.

Vuelvo a deslizar la mano bajo su vestido y esta vez consigo hacer un roce en su pubis, sus bragas son muy finas y puedo notar los pelos de su coño.

Ella aguanta con voluntad y con los puños cerrados apartando de si esa alucinación táctil. Cuando llego con mis dedos al inicio de su raja, sale taconeando rápida de aquí.

Se cruza con el hombre maduro del rictus que vuelve hacia aquí observando atentamente el festón negro por si puede apreciar algún movimiento. Se planta muy cerca y mira el cadáver fijándose en el profundo escote que he abierto en las ropas, en sus piernas descubiertas.

Y le rozo de nuevo el paquete, se mueve inquieto pero; no se aparta. Le masajeo hasta que noto su polla dura. Sus ojos devoran los pechos y las piernas de la muerta.

Salgo con cuidado de allá debajo y delante de sus ojos comienzo a sobar las tetas, él ve con los ojos abiertos desmesuradamente como se mueven, se agitan…

Le separo las piernas ante su atónita mirada.

El hombre se pega más al ataúd dando la espalda completamente a la puerta de entrada a la sala y su mano comienza a masajear el glande a través del pantalón, hipnotizado por los movimientos a los que someto el frío cuerpo.

De repente el tío abre la boca dejando escapar un hilillo de saliva y en la zona de la bragueta del pantalón se va extendiendo un círculo húmedo.

-Cabrón -digo en alto.

Y el hombre siente una arcada y sale da aquí sujetándose el estómago y con una mano en la boca.

He movido tanto las tetas de la muerta que las aureolas de sus pechos asoman por entre el sujetador.

Vuelve la mujer del vestido negro…

Es que a la peña le va la marcha, coño.

Y yo me meto allí debajo.

Se santigua de nuevo y separa un poco las piernas para afianzarse durante la oración.

Mi mano sube por su muslo izquierdo. La mujer tiembla y aguanta su miedo y su excitación. Llego hasta su ingle y meto un dedo por el camal de la braguita, puedo tocar los labios de su vagina, puedo acariciar ese coño y ella acomoda un poco más las piernas dejando que lo que la está sobando se mueva más libre.

Mi polla está dura, está resbaladiza. Llego al elástico de sus bragas y las bajo hasta el borde de la falda, meto mi cabeza allí y mi lengua empieza a hundirse entre sus labios jugosos.

Cierra los ojos y los que la ven temblar desde la sala de invitados, creen que llora emocionada.

Se me está haciendo agua en la boca.

Y cuando mi lengua comienza a retorcer y rotar su clítoris, se le escapa un gemido que provoca una pequeña eyaculación en mí.

Sus manos se han apoyado en el borde del ataúd porque le he metido los dedos en el coño, tres dedos que comienzan a golpearla a removerse en su interior mientras mi lengua la recorre dejando un rastro de saliva que se desliza por sus muslos temblorosos.

Cuando comienzo a aplastar su clítoris con el dedo corazón, girándolo lentamente al ritmo con el que mis dedos entran y salen de su coño, su cuerpo comienza a estremecerse. Noto como sus fluidos se deslizan por mis dedos.

Y en un instante que le cuesta un enorme esfuerzo controlar, se corre. Se corre apenas manteniendo el equilibrio. Se corre con un pequeño grito, que yo aprovecho para acariciar y golpear mi glande contra sus pantorrillas corriéndome en ellas.

Suspirando.

Uso su pubis para limpiarme la leche de la mano entre su vello.

Sus bragas están ahora entre sus pies y una mujer que entra en ese momento la llama puta a gritos.

Y yo me largo de aquí, me largo con el rabo húmedo y con ganas de hacerme otra paja, me ha excitado tanto…

Si no llega a ser porque había tanta gente, le meto el rabo en la boca hasta que se ahogue con mi semen.

Si un día os volvéis invisibles, me comprenderéis.

Ya os contaré alguna sexualidad más otro día.

Iconoclasta

Safe Creative #1105289318989

No quiero salir de su coño

Publicado: 27 abril, 2011 en Amor cabrón
Etiquetas:,

Me la ha mamado y yo estaba ebrio de sueño y cansancio.

He sentido la excitación más serena. Con el placer de su exquisita boca ha oscurecido mi glande de sangre. La he penetrado sin sentir resistencia. La he follado en un duermevela.

Sin ansia, con un sosegado ritmo.

Esto no es amor, esto es lo que provoca el amor. La animalidad, la irracionalidad es ahora un musgo que coloniza piel y mente.

El raciocionio se ha ido a la mierda. Se ha pegado un tiro en la sien para dejar paso al hedonismo puro.

Ella gime desde allá arriba, en la consciencia. Sus sonidos de placer me llevan lejos, a lo más profundo.

No sé si es mi semen o su flujo lo que impregna mi bálano y se escurre por los testículos; no importa, estoy en ella. Dentro de ella. La rodeo y la inundo.

Mi pene es receptor y amplificador de sus convulsiones.

Su coño es un sima profunda y acogedora que palpita trémula aprisionando mi falo.

Su piel el único nexo, el soporte a mi escasa realidad. Es la parte del cuerpo no sumergida que es capaz de darme paz. Un estado no tan imbécil como la felicidad.

Difusa realidad.

Y es mejor así, no es necesario despertar. Lo que hay ahí fuera, fuera de su coño y mi sueño, no me interesa.

Bien podría ser el coño un ferétro o un tanque de aislamiento sensorial.

Da igual, hay demasiadas cosas que ignorar, cualquier herramienta o lugar sirve para seguir dentro de nos.

Lo que importa es no estar.

No existir.

Vivir en blanco y negro.

Y cuando las cosas ocurran, cuando la consciencia vuelva a reinar: dejarse llevar y destruir.

La realidad es pesadilla y horrror.

Es mejor la mamada. Y no siempre me la maman como quiero.

No quiero salir de su coño.

Le exijo sobredosis de heroína, no acepta, no quiere, no transige. Insiste en que hay que vivir.

Mis piernas se tensan, mi vientre se contrae.

Seguimos dentro.

Iconoclasta

Safe Creative #1104279074478

666 y el bebé no muerto

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
Etiquetas:, , ,

Ha nacido muerto, el pequeño Pablo oscila como un muñeco de goma cabeza abajo cogido por los pies de la mano del médico, que acaba de sacudir sus nalgas a pesar de saber lo muy muerto que está.

El padre lo ha visto, sobre todo la mirada del médico. Y mira fíjamente el pequeño cuerpo sin vida. El no-padre no se encuentra en el planeta, está muy lejos. A millones de años luz del paritorio.

Es increíble como el silencio puede gritar tanto.

-¿Y mi niño? ¿Y mi niño? -pregunta la madre con las pocas fuerzas que le quedan; dando paz al alma al romper el silencio del dolor infinito.

De entre sus piernas flexionadas y separadas gotea una baba rojiza. Y algún cuajarón de sangre.

El bebé, el cadáver parece ser el centro del universo. Un péndulo de carne sucia de un parto oscuro, estéril.

El médico no quiere dar la noticia. Quiere estar en la planta de abajo tomando un café y riendo de tonterías con sus colegas.

La vida es extraña como raro es el cuerpo inerte del bebé. Su cordón umbilical oscila frente a su cara. Ya no le puede molestar.

La enfermera limpia compulsivamente la sangre de la mesa de partos. Tampoco quiere estar ahí. Cada compresa que empapa en la sangre, es un momento de escape de ese universo negro y sin salida alguna. Tan finito como marcan las paredes del quirófano.

Teme el Gran Grito de la Madre. Las madres que lloran por su bebé muerto emiten sonidos en frecuencia de ultra-pena y duele en el alma.

Alguien dice “Lo siento”.

Ha sido el médico, aunque no cree que haya sido su voz.

Tal vez haya hablado el bebé excusándose de su propia muerte.

La gente muere, los bebés deberían respirar, las madres sonreír llorando y los padres deberían estar nerviosos, temblorosos y pálidos por la emoción del parto.

-Rosi, llévalo a la tercera.

La tercera planta es la sala mortuoria. La morgue infantil. A Rosi no le gusta aquel conjunto de neveras pequeñitas como nichos de juguete.

La enfermera envuelve el cadáver en una manta pequeña con el nombre del hospital en sus extremos.

-¿Dónde se llevan a mi niño? -llora la madre.

A Rosi ahora no le importa la morgue infantil, solo quiere salir de ahí.

Ha elegido una manta de color azul. Hay mantas rosas y azules.

Faltan las de color negro, aunque pueda parecer cruel.

Da pena engañarse con una manta azul. Da dolor desenvolver una manta de color de vida con un muerto dentro. Es una macabra ilusión.

Los colores de vida no deberían envolver a la muerte.

El bebé muerto pesa infinito en los brazos y en el ánimo. El ascensor tarda horas en llegar y cuando abre sus puertas se encuentra con un par de médicos en prácticas riendo por alguno de sus chistes idiotas.

El pasillo de la tercera es tan largo como la vida. Ha de caminar más de doscientos metros girando siempre a la izquierda, siguiendo el contorno del enorme hospital pedriático.

Mueren pocos bebés y no se encuentra con nadie. No hay rumor de voces en esa planta. Es el inframundo de los pequeños.

El ruido de sus zuecos resuena en las paredes y la línea roja que guía hasta la recepción del depósito parece no tener fin.

-Soy muy pequeño, no me dejes allí. Es frío, lo sé.

Un escalofrío recorre su espina dorsal y una lágrima de nervios y temor cae sobre la manta azul.

El bebé ríe con un sonido hiriente y terrorífico. Se ríe de su propia broma malvada.

-Duele mucho morir, tú no eres mi mamá. ¿Por qué me llevas lejos de mamá? Tengo hambre. No lo hagas. ¿Y por qué nadie me da calor?

Las piernas de Rosi tiemblan, la puerta del depósito está a escasos treinta metros, a unos treinta y seis pasos.

La inocencia es más potente que la vida. La muerte se mea en la inocencia.

Se detiene y descubre la carita del bebé. Está amoratada, su cuerpo frío como las paredes que los rodean y sus ojos abiertos: enormes pupilas opacas por un velo violeta buscando una luz que no consiguen encontrar. Las escleróticas solo son unos pequeños resquicios que roban toda humanidad que pudiera quedar en su mirada.

Su cuerpo ya no es tan flexible, comienza a haber rigidez.

Los labios azulados intentan sonreír y sólo consiguen crear un instante de inenarrable terror.

Los brazos de Rosi flaquean.

-No me dejes caer. Aunque esté muerto. Llévame contigo, deja que me pudra con un humano calor.

Lo deja caer al suelo y la cabeza del bebé muerto golpea con fuerza contra el pavimento deslucido de vinilo. No se ha roto nada, los huesos son demasiado flexibles aún.

Lo recoge del suelo con el mismo cuidado que si estuviera vivo.

-No quiero más dolor, necesito que me lleves, que me cuides. He sufrido mucho en el vientre de mi madre -el bebé mueve la boca con dificultad, cerrando los ojos por el esfuerzo y apretando sus cárdenos deditos para formar un puño. Su aliento lanza un hedor de sangre corrupta que provoca un mareo en la enfermera.

Rosi intenta tranquilizarse, tiene que llegar al depósito y dejar allí al bebé. Sólo son unos pasos; pero teme la locura. Ahora el terror no viene del pecho oscuro del bebé que se expande y contrae en una enfermiza respiración que provoca un pitido de baja frecuencia que se mete directo en el cerebro para crear una vida imposible y horrenda.

Ahora el terror viene de una enfermedad, Rosi teme que algo se haya roto en su cerebro y provoque esta tremenda alucinación. Ella sabe que puede ocurrir. Un tumor que ha empezado a aplastar el cerebro. Un vaso capilar que revienta arrasando la cordura. Se dan esos casos.

Porque un bebé muerto que lamenta no vivir, no es real. No puede ser real, el mundo no funciona así. Es pecado que un bebé muerto siga sufriendo y no entienda que debe callar, que debe estar quieto. Alguien va a tener que dar una buena explicación por esto.

Se toma el pulso, se palpa la frente buscando fiebre.

Se aparta la negra mano del bebé del pecho que intenta desgarrar su escote porque tiene hambre. Unos obscenos dientes amarillos y rotos que aparecen por sus pequeñas encías sangrantes, asoman hambrientos.

Ante el rechazo, el bebé lanza un grito que se convierte en un llanto desesperado de hambre. Su baba tiene el color amarillento de la piel de los pequeños que mueren con hígados enfermos.

Rosi necesita ayuda, necesita dejar ese bebé del infierno en el único lugar que le corresponde en este edificio. En este lugar, en este planeta. No se le ocurre otro.

Corre perdiendo un zueco y lanzando el otro, los escasos metros que quedan hasta la puerta del depósito.

Cuando abre la puerta, un hombre y una mujer la esperan.

El bebé deja de llorar en ese mismo instante.

Sobre la mesa de autopsias, que se encuentra tras una mampara de grueso cristal, se encuentra el cuerpo destrozado de Abel, el forense.

Siente que su estómago se contrae hasta lanzar a presión la poca comida que le queda dentro.

-El bueno de Abel sufrió todo lo que un ser humano puede sufrir, no temas por él. Su alma está aquí, con nosotros. Se remueve de dolor y no olvida el sabor a mierda de sus propios intestinos, que le he metido en la boca mientras moría.

De la boca del forense sale un trozo de tripa grisáceo y de su vientre abierto asoma un amasijo de instrumental quirúrgico.

-Ese es nuestro pequeño Pablo. Si parece muerto, es porque lo está. En el infierno es algo habitual. Y ahora he aquí una sucursal del infierno –el hombre de camisa negra y pantalones de lino azul marino eleva los brazos para mostrar con teatralidad el lugar en el que se encuentran.

Su acento es incalificable, sus “s” son duras y cortantes. Sus “r” parecen ser arrancadas de lo más profundo. Podría ser alemán; pero Rosi distingue el acento nórdico de su abuelo.

No acaba de encontrar el color de sus ojos, predomina el negro, pero por alguna causa podría decir que también son azules. Y verdes. Y dorados.

Rosi consigue movilizar sus piernas y da media vuelta hacia la puerta para salir de allí. La mujer de melena negra y pantalones de licra negra ajustados como una piel, la agarra del cabello y tira de ella. Sus dedos rozan el pomo de la puerta y con tristeza se siente llevar hacia ese universo de dolor y cosas que no existen. No quiere estar con Abel, no quiere su cuerpo lleno de cosas metálicas.

No ha podido ver llegar el golpe, tenía los ojos cerrados. La mujer le ha dado con el revés de la mano en la boca. No oía sus propios gritos y ahora sus labios parecen latir y traga sangre como un jarabe de óxido hecho de latas viejas.

La sangre de su boca se escurre por la barbilla y un reguero baja por entre su escote.

-Puta primate… Si vuelves a gritar te cortaré las cuerdas vocales y no morirás por ello.

Con un bisturí corta los botones de la blusa y deja al descubierto el sujetador; lo corta de un tajo rápido entre los pechos y deja una fina herida en la piel de la enfermera.

-El bebé tiene hambre -dice el hombre que se acerca a ella con el niño en el brazo derecho. La mujer le sujeta los brazos desde su espalda.

El antebrazo derecho del hombre está adornado con una escarificación que nunca sana, que siempre desprende un icor que mantiene los tres “6” siempre húmedos. Pulsan como una herida llena de pus. Cuando acerca su rostro al suyo, siente una arcada de nuevo ante el insoportable hedor de su aliento. Cuando mete su lengua áspera e hiriente en su boca, cree que va a desvanecerse y su sexo se inunda de flujo. Con todo la repugnancia del mundo, desea ser penetrada.

-Métemela hasta dentro -susurra Rosi pensando que si la zorra morena no le inmovilizara los brazos, se clavaría sus propios dedos en su inundada vagina.

666 acerca el niño no muerto a los pechos de la enfermera y su corrupta boca hace presa en uno de sus pezones. Los pequeños incisivos amarillentos y rotos rasgan la piel y en los ojos de Rosi se ilumina la alarma de dolor. 666 masajea la vagina y las lágrimas parecen ahora bajar de su sexo.

La Dama Oscura ha dejado sus brazos libres para que sujete al bebé.

-Tú eres comida y piel, Rosi. Tú eres algo que odio. Me molesta que respires. No es personal, me ocurre con todas las criatura hablantes de ese puto dios creador de vida imbécil.

En el cerebro de Rosi hay un placer y un horror. El dolor es común a ambos. No sabía que eso pudiera sera así.

El dolor de su pezón desgarrado no tiene importancia alguna. Lo que importa es dar toda la sangre al pequeño no muerto.

Se siente madre, siente que ha de dar su vida por el pequeño y repugnante monstruo que jadea como un animal al sorberla.

La Dama Oscura se arrodilla ante 666 y bajando la cremallera del pantalón saca su pene para llevárselo a los labios. Él apresa su nuca con una mano, con la otra retira el prepucio para descubrir el glande que ahora ella acaricia con los dientes.

-Es nuestro pequeño, mi Dama Oscura. La vida se abre paso, los primates encuentran alimento tanto en la leche como en la sangre. Rosi, dale de comer al pequeño y yo te daré de comer a ti como a ella. Será el premio a tu instinto maternal. Tal vez luego abra tu vientre y te llene de pequeñas manitas de cadáveres que se guardan en este hermoso y fresco lugar.

Rosi no puede hablar, sólo sentir el terror que se esconde en cada una de las palabras. Lo que más la asusta es el odio que se le pega a la piel y le hace un velo casi negro en los ojos que todo oscurece.

Se abre la puerta.

-¡Abel! ¿Ha llegado Rosi con un bebé? Necesito ya el acta de defunción para que la firmen sus padres.

-Abel está muerto, doctor Pérez. Si acerca su oído a la pared aún podrá escuchar sus gritos de dolor. La agonía de un ser vivo queda enterrada en cada poro molecular de todas las materias. Sólo hay que prestar atención -dice ya con el puñal en su mano.

La Dama Oscura se ha sacado el pene de la boca y manteniéndolo como un micro en sus labios, observa la escena con sus enormes ojos oscuros entrecerrados.

Pérez se ha quedado mudo y se encuentra con la mirada de Rosi. Ésta le pide ayuda con la mirada, con más potencia que si lo hiciera con alaridos.

-No hay acta alguna, el pequeño Pablo está vivo, mucho más vivo que tú -666 de un salto se ha plantado frente a Pérez y le ha rajado la pared intestinal con el puñal.

El médico intenta sujetar sus intestinos, pero se le derraman entre los dedos como la arena seca del desierto.

666 se acerca a su cara moribunda.

-Has muerto tú antes que un bebé muerto. ¿No es increíble lo que puedo hacer?

Acto seguido, 666 le palmea las nalgas con fuerza con lo que a Pérez se le escapan las tripas que caen al suelo con un ruido húmedo, un chapoteo obsceno.

-¿Te gusta que te hagan esto? ¿No quieres llorar?

Perez ha caído al suelo, sobre sus propias vísceras. 666 clava el puñal en la nuca. El médico queda inmóvil como un muñeco sin pilas.

El pecho de Rosi es un óleo rojo y el bebé no deja de gruñir y mamar la sangre, su manita derecha se aferra al pezón, sus finas uñas se han hundido muy dentro de la mama. Rosi siente vaciarse de sangre y ya nada importa. Tal vez cuando muera, dejará de beberla.

Y el bebé mama su vida con una letanía incansable y monótona:

-Soy el hijo atroz de la humanidad. Soy lo que nunca debería haber nacido.

Lentamente cierra sus ojos muriendo al fin, dejando caer al bebé que se golpea contra un taburete de acero hundiendo su cráneo. Sus pequeños pulmones lanzan alaridos de dolor. La Dama Oscura se pone en pie y lo coge por un pie, elevándolo hasta que puede mirar directamente a sus ojos negros y muertos.

-¿Te duele mucho Pablito? Necesitas un buen sueño. Necesitas morir de verdad. Es una mala vida esta.

666 se acerca al bebé pisando el pecho de Rosi y escondiendo el puñal, clavándolo entre sus omoplatos.

Acaricia el cráneo hundido del bebé y cesa el llanto.

-Soy papá, mi pequeño. Ahora vamos a pasear un poco. Tienes que ver el lugar donde hubieras crecido, o al menos una pequeña parte, no tienes mucho tiempo de vida. Tus padres tienen que saber que no estás muerto. Y por ellos, muchos primates sabrán que nacen niños muertos que comen sangre y carne. Niños… Muertos como el futuro de la humanidad. No te amo, no te deseo, pequeño mono. ¿Recuerdas cómo mamá lloró cuando toqué su vientre en aquel ascensor del consultorio? Y tú moriste en ese momento, sólo faltaban unas horas para que nacieras. Su ombligo se tornó negro como carne podrida. Y mi maldad entró quemando toda vida y humanidad por ese cordón umbilical.

Sus dedos tiemblan por no hundirse en los ojos del niño, necesita todo el control para no aplastar los ojos que él mismo creó.

La Dama Oscura desabrocha su pantalón, está observando con excitación ese momento de peligro en el que el ser que más ama podría poner de manifiesto la pasión de su maldad infinita. Y se acaricia el vértice superior de su vagina, masajeando el clítoris suavemente. Conteniendo un placer que apenas puede frenar en sus labios.

666 no aplasta sus ojos, pero le arranca de un bocado los dedos índice y corazón de la manita derecha para luego escupirlos en la cara de la enfermera. No mana sangre de los muñones del pequeño; pero sus gritos de dolor son tan potentes que sus pequeñas cuerdas vocales se hieren y lanza pequeñas gotas de sangre.

666 coge una bata blanca de un armario de acero y le da otra a la Dama Oscura. Ella se ha prendido la identificación de la enfermera sin preocuparse en limpiarla de sangre. 666 no se ha colocado identificación alguna, simplemente se ha encendido un enorme Partagás.

Ambos salen besándose los labios con el bebé y su mantita azul cubriendo su cuerpo y ahogando un poco sus gritos.

Caminando por el largo pasillo dirección al ascensor, las paredes parecen doblarse para mantenerse a más distancia del mal.

-¿Vamos a ver a Lucinda y a Pedro? -son los padres de Pablo -Tú consuelas a la madre y yo al padre -el ascensor cierra sus puertas cuando han entrado y la Dama Oscura pulsa el botón del octavo piso.

En la sexta planta el ascensor se detiene e intenta entrar un enfermero empujando una silla de ruedas con una embarazada pálida y de ojos lagrimosos.

666 lanza una fuerte patada a la barriga de la mujer y lanza la silla, al enfermero y la embarazada contra la pared. Se cierra la puerta y el ascensor sigue subiendo ya hasta la planta de ingresos.

Conoce donde se encuentra la habitación de los padres de la misma forma que conoce donde se encuentra cada humano del planeta. A veces cree que le duele la cabeza  por un exceso de datos.

La Dama Oscura ostenta un resquicio de tristeza en su mirada observando los brazos amoratados e inquietos que asoman entre la manta que 666 lleva en brazos. A veces tiene breves abcesos de humanidad y 666 los siente como un dolor. No quiere que su Dama Oscura sienta ningún tipo de pena. Es el único ser al que protege de todo, incluso de sí mismo. Y él teme que un día no la pueda proteger de si mismo.

La abraza.

-Mi Dama, ésto no es vida, esto no se parece en nada a lo que podría un día crecer. Ni siquiera tendría la opción de ser más que un engendro del infierno. Ni bueno ni malo. No podría nunca elegir ni siquiera un pensamiento. Es nuestra bestia, una creación que solo cabe en nuestro infierno y sirve de condenación a los primates. Olvida que un día fuiste humana. Olvida que un día fuiste inferior.

666 la abraza y caminan juntos rumbo a otra masacre, a otra cosa que debe hacerse.

Viéndolos sin prestar demasiada atención, podría parecer un matrimonio con su hijo recién nacido en brazos. Sólo que la Dama Oscura es demasiado voluptuosa, no aparenta cansancio y el médico a pesar de la bata blanca, provoca desconfianza.

Tampoco puede ocultarse un fuerte olor a podredumbre a medida que avanzan y que provoca un escalofrío en la piel de la gente con la que se cruzan.

Cuando llegan a la habitación 869, Lucinda se encuentra bajo los efectos de la anestesia y Pedro dormita. Hay una atmósfera de tristeza y dolor densa como el gas iperita.

En las habitaciones donde se duerme con la muerte, huele especialmente mal.

666 aspira ese aroma con delectación, relamiéndose con una ostentosa sonrisa que hace el dolor más extremo aún. Que convierte en una absoluta burla la vida.

-Sobre esta roca edificaré mi iglesia, Pedro. Eso dijo ese Dios maricón. No me gustan los monos llamados Pedro, son especialmente santurrones. Especialmente becerros. Vengo a mostrarte a tu hijo, aún que está no muerto.

Pedro dirige la mirada a 666, es pleno mediodía pero las persianas están bajadas y se encuentran en la penumbra que crean las rendijas. En sus brazos, aquel hombre enorme y por alguna razón inabarcable por la mirada, le ha dejado un cuerpo animado que gruñe como una especie de alimaña moribunda. Sus manitas salen de la mantita reconociendo al padre y arañan dolorosamente sus labios. El hombre descubre su rostro y lanza un grito de horror; pero entre los ojos violáceos, los dientes amarillos y la negra sangre que mana de la herida de su cabeza consigue encontrar en él un vínculo de sangre. Es algo instintivo. Besa su rostro helado y siente sin asco el hedor de lo podrido.

La Dama Oscura le arranca de los brazos a Pablo. 666 le obliga a volver a sentarse y con el puñal hace un profundo corte en la ingle.

-Yo te vacío, Pedro. Vais a ser el horror inexplicable en un día vulgar. No hay razón alguna para ello. Y tampoco encuentro razón alguna para que hubiérais tenido una vida normal como padres con vuestro pequeño Pablo.

Pedro se deja matar cansado, asqueado, apenado, no le apetece vivir, aunque tampoco pone especial interés en morir. Su cara es una máscara que refleja nada.

-Lucinda, es tu hijo -la Dama Oscura le ha colocado desnudo al pequeño Pablo en el pecho. Lucinda despierta ante el inhumano helor de aquel cuerpo.

-¡Mamá, mamá! Dame calor con tu piel, tu hijo está frío. Tu hijo está muerto.

-Es mi Pablo -pronuncia la madre con una profunda debilidad, ebria de anestesia, cansancio y dolor.

-Ámalo ahora, os queda poco tiempo -musita en su oído la Dama Oscura, con un tono tan bajo que incluso la no respiración de Pablo dificulta el sonido que sale de sus labios.

666 ha escuchado casi con pena las palabras de la Dama Oscura, su escasa preocupación por su estado de ánimo se esfuma cuando con la fina daga que esconde en la parte interna de sus muslos, hiere los dos pulmones de Lucinda. La Dama Oscura es ahora pura maldad.

Pedro lanza un grueso chorro de sangre por su entrepierna, está muriendo a una gran velocidad. A medida que se siente más débil, gime con más fuerza. Lucinda aspira aire y expulsa sangre por labios y nariz.

Morirán ambos al tiempo, 666 es perfecto. Es la perfección maldita, como existe la perfección divina.

666 arranca del pecho de Lucinda al bebé no muerto.

El bebé gime.

-Creo en ti Padre Malvado, Rey de la No Vida, de la Inexistencia y de lo Profano e Inhumano. No me mates, no me dejes aquí. Dame vida, dame dolor. No dejes que mis ojos se cierren. Quiero vivir.

-¡Calla, mierdecilla! -dice con un siseo sobrecogedor 666.

Coloca el cuerpo de Pablo de espaldas contra la puerta, en el bolsillo superior de la bata, hay cuatro lápices. Usa uno para atravesar el pequeño pie derecho y clavarlo a la puerta.

El grito provoca el grito de sus no padres. Con el otro pie hace lo mismo.

Ahora el bebé golpea con su destrozada cabeza contra la puerta lanzando alaridos de dolor y miedo.

Con dos bolígrafos inmoviliza sus manos clavándolas también. Es un Cristo invertido.

Hunde su puñal bajo el esternón y corta hasta el ombligo. Las vísceras se desprenden para quedar colgadas ocultando el rostro del pequeño Pablo que aún grita. Practica ahora dos cortes uno del ombligo hacia las costillas derechas y otro hacia las izquierdas.

Abre ambos trozos de carne y da unos pasos atrás para observar su obra. Pedro y Lucinda exhalan sus últimos suspiros con las pupilas dilatadas reflejando a su hijo destrozado y maldito que aún pide la vida a su padre verdadero.

La Dama Oscura se coloca a la espalda de 666 y le abraza el pecho hundiendo sus manos bajo la camisa, acariciando sus pectorales que parecen abrasar sus manos por el calor del mismísimo infierno. Se moja y 666 sonríe ante la humedad del coño que tiene a su espalda.

La carne que cubría el pequeño pecho de Pablo forma ahora dos alas ensangrentadas, que parecen pender rotas. Un ángel del infierno en la tierra. Un ángel descuartizado.

La Dama Oscura hace un par de fotografías con el teléfono móvil.

-Lo subiré a Facebook en cuanto lleguemos a nuestra húmeda y oscura cueva.

666 sonríe. Lanza una poderosa carcajada que congestiona de horror los rostros de Lucinda y Pedro.

Así mueren, con el rostro distorsionado por la maldad pura.

-¿Crees que entenderán tu obra, mi Dios?

-No han de entender nada, mi Dama Oscura. Sólo han de temer. Sólo han de sentirse inútiles e incapaces de evitar el dolor y la tragedia. Cuanto más teman y menos entiendan, más sufrirán.

Ni matándolos a millones entenderían que ni a nuestros hijos, si los tuviéramos, amamos y que el acto de morir bajo nuestra voluntad es el premio a una vida que un Dios melífluo y homosexual dictó. Sólo nos debemos a nuestros placeres y a nuestros instintos. No entenderían que ellos son la parte tarada de una creación y nuestro alimento espiritual. Es demasiado complicado.

Ambos salen de la habitación, 666 ha metido los dedos entre los glúteos de la Dama Oscura y ésta siente su vagina inundarse.

Tal vez 666 no pueda ver la lágrima que se desliza rauda por el rostro de la Oscura, está encendiéndose otro Partagás número dos millones.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

Safe Creative #1104199013656

666 La verdad de la Virgen María

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
Etiquetas:, , ,

¿Qué ideas se le ocurrieron al bueno de San José ante el embarazo de su virgen esposa? ¿Por qué era virgen si estaba casada con un carpintero capaz de tallar sus fantasías sexuales más duras y grandes? Incluso a la medida; madera no faltaba en aquellos tiempos.

Desde luego, Dios tiene cojones, es un cerdo. Seguro que en aquel pueblucho de mierda vivirían mujeres solteras, niñas, viejas… Pero no, para dar por culo y joder, va Dios y se tira a una casada con penefobia (es mi única forma de entender la virginidad en una casada). Y la única forma de entender que José era un tarado sin valor ni dignidad. Porque si esa idiota reprimida hubiera sido mi mujer, le habría rasgado el coño en la primera cita y en la noche de bodas le peto el culo. Después le hubiera pegado tal paliza que me hubiera chupado la polla todas las mañanas al despertar hasta su muerte.

María no era para tanto, una mujer bajita regordeta y con unas tetas ridículas. Sucia y guarra como lo eran todas en aquella época. Se olían desde kilómetros sus coños sucios de menstruaciones añejas. El guasón de Dios la eligió por ese profundo asco que sentía por los penes, por ello es que fue elegida para dar a luz al Crucificado. Supe que algo tramaba por Belén el bueno de Dios porque, habían demasiados ángeles rondando por aquella aldea miserable, sucia y polvorienta. Así que me trasladé allí una temporada, devoré al coyote morador de una pequeña cueva situada en campo abierto un par de kilómetros colina abajo de Belén. Mis esclavas sexuales eran vecinas de aquella comarca, las que se movían hacia el riachuelo a lavar las ropas, a la fuente a recoger agua, las que acarreaban alimentos o leña por las sendas recalentadas por el sol. En tres semanas, violé y maté a más de treinta mujeres de las más variadas edades. También destripé a un par de legionarios romanos despistados y me quedé con aquellas bellas espadas. A uno lo mantuve consciente mientras a su amigo le arrancaba tiras de piel de los muslos y los pectorales. Cuando me cansé de jugar con aquellos primates recios y duros, les hice un pequeño corte en el cuello y me quedé sentado frente a ellos viendo como se iban apagando a medida que se vaciaban de sangre. Los cadáveres se apilaban en la zona más profunda de aquella madriguera creando un hedor que subía con el viento hasta la aldea. Seguramente desde entonces se identifica mi presencia con un olor a podredumbre, cosa que me place. La muerte de todos aquellos primates cuyos cadáveres se acumulaban en la cueva, fue achacada a un negro que deambulaba por la zona realizando pequeños trabajos en casas y campos. Lo lapidaron hasta morir y los machos del pueblo colgaron sus cojones en una estaca clavada en el suelo a la entrada del pueblo. Yo le acerté dos veces: en la cabeza y en la boca, además, sujeté una de sus piernas mientras le arrancaban los huevos con un cuchillo mal afilado. La madre de una niña de doce años a la que se la metí por todos los agujeros antes de decapitarla, le pegaba en la cara con el juguete de su hija, una especie de muñeca de paja. Todo un drama… Pero no siento piedad alguna por ningún primate, me dan asco.

Dios poseyó a un pastor de cabras de enorme rabo para tirarse a María y lo intuí cuando pasaba unos metros colina arriba; se dirigía a Belén. No me van las viejas pero; cuando se trata de hacer daño no hago ascos a nada; además, en aquellos tiempos y en esa región no había mucho donde elegir. En aquellos momentos estaba arrancando los dientes que le quedaban con unas tenazas, a la abuela de la pequeña primate que maté, quería meterle la polla en la boca y ahogarla. Pero le dejé caer una gigantesca piedra en la cara y dejé el cadáver al sol para que se pudriera; momentos después seguía los pasos del joven pastor.

Seguí al pastor hasta que se metió en la casita de barro del matrimonio carpintero, sin llamar, sin expresión. Sin mediar palabra alguna y ante un ángel del 6º Coro Celestial, el follador divino cogió por la cintura a María la guarra y la subió encima de la mesa. Levantó sus faldas y le arrancó el pañal que cubría su coño. María intentó gritar, pero el ángel susurró algo en su oído, y ella abrió sus piernas. Yo miraba la escena desde el ventanuco que daba al camino principal, justo al lado de la puerta de entrada y sentí el olor repugnante de su coño. El alado abrió su vestido y desnudó sus tetas, empezó a manosearlas con ritmo y fuerza en aquel pleno mediodía caluroso y casi primaveral de marzo. A medida que sus pezones se erizaban y se ponían duros, comenzó a emitir jadeos, a gemir como una perra. Siguiendo las Divinas Instrucciones, aquel pastor abrió la maloliente vulva sucia aún de menstruación y seca como un tasajo; se agachó y su lengua empezó a acariciar los labios, a humedecer aquel agujero cerrado en su coño. El ángel me miró directamente a los ojos, sin sorpresa, pero interrogante. Yo asentí, conforme a que no interferiría en ese asunto. El ángel presionó más los pechos de María y sus pezones parecían querer salir disparados de la presión de sangre que acumulaban, la carne fofa de las tetas se desparramaba por los perfectos dedos de aquel ser que comenzó a cantar un potente aria en loor a su Dios. Yo sé que si el querubín hubiera tenido pene, se lo hubiera metido en la boca a esa tarada mujer. Le doy gracias al maricón creador porque me hizo imperfecto y con pene. El coño de la María ya lucía brillante y húmedo por las babas del pastor y sus propios humores de excitación. Y el pastor la penetró de forma rotunda, sin más preámbulos. A María se le quedaron los ojos en blanco cuando sintió la polla en su piojoso coño y dio comienzo una letanía de gran dulzura:

– ¡Perro, cabrón, hijoputa, impotente, cerdo…!- le decía cariñosa al pastor.

Y aún tuvo suerte la virgen, porque en aquellos tiempos los primates follaban como animales, los machos se corrían en las hembras, se subían los pañales y volvían al trabajo dejándolas a ellas con el coño irritado y empastado en semen y porquería. María disfrutó como una guarra. Se notaba. Los que pasaban frente a la casa e intentaban acercarse, se apartaban alarmados cuando los miraba con mis ojos preñados de un sadismo inusitado. Yo les sonreía y los primates se marchaban acelerando el paso.

¿Y José? Como sabía que no la matarían, y eso me aburre; di la vuelta a la casa hasta llegar a la pared trasera, la zona del patio y donde el carpintero tenía montado el taller. Y allí estaba él, sentado en un tosco taburete de 3 patas, se sujetaba los cabellos desesperado escuchando las delicadezas que su mujer profería en la sala principal de la choza. Pensando en lo puta que era su santa… Salté el muro de adobe y me coloqué frente a él, bajo el techo sombreador de cañizo.

– ¿Se están tirando a tu mujer y no haces nada?

– Es Dios quien lo ordena.

– Si entras con la gubia y matas al pastor que se la está metiendo y a la puta de tu mujer; sujetaré al ángel y después lo decapitaré. Enviaremos su hermosa cabeza a Dios y podrás buscarte otra guarra para que te haga la comida, una que quiera dejarse follar.

– Dios me mataría y me enviaría al infierno.

– Te estás masturbando todos los días como un poseso, la zorra no te quiere. En el infierno, conmigo, estarías mejor- le mentí.

Pero no respondió, asió la garlopa y comenzó a arrancar virutas de un tarugo de madera que estaba sujeto en el banco. Los gritos y gemidos de placer y locura de la puta se oían claramente:

– ¡Así, perro! Métemela tanto que me salga por la boca, hijo puta, métela hasta el fondo para que Dios vea como su buena María es capaz de tragar toda esa polla. Revienta mi chocho.

El ángel elevó un agudo falsete que hizo vibrar el barro de las paredes, penetrante como un tumor en el cerebro. Dejé solo al miserable de José y volví por donde había venido para volver a admirar el milagro de la fecundación divina. El ángel aún seguía clavando sus dedos en las deformes tetas de María y sus uñas herían la lechosa piel y de entre sus uñas salía la sangre. Los pezones erizados se habían amoratado con la sangre que presionaba contra el tejido sin poder retornar. Estaban tan sensibles que podían sentir hasta el aleteo de una mosca. El pastor la penetraba sin contemplaciones, sus testículos, hinchados como los de un animal, gordos y pesados de leche golpeaban contra las nalgas de la virgen. El pubis de vello moreno y pegajoso de María se deformaba por la penetración de aquel enorme tronco de carne que bombeaba dentro y fuera continuamente; la sangre de su himen se deslizaba perezosa por su ano hasta formar un charco en la mesa. Sus ojos estaban en blanco, extasiados. ¡Qué puta…!

El placer de aquella primate me excitó, saqué mi pene de los calzones y del glande amoratado pendían hebras de fluido lubricante que hacían suave y placentero el roce de mi puño áspero. Mi puño se metía hasta el vientre pegando fuertes golpes hacia atrás, casi desgarrando el meato por la presión, en unos segundos me corrí y me santigüé con la mano llena de semen derramándolo por encima de mis ropas. El eunuco querubín me miraba fijamente y cerró los ojos mirando al cielo y extendiendo sus monstruosas y enormes alas blancas. Yo me reí potente como Dios y todos los animales callaron en aquella maldita aldea.

María no podía aguantar más y comenzó a jadear como una cerda pariendo, se corría con un agudo grito en «i» mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar, mientras gritaba:

– ¡Dame tu puta leche, hijo puta, tarado! ¡Ahógame, cabrón!

El ángel pellizcaba con más fuerza los pezones a la vez que tiraba de ellos hacia arriba, yo susurraba:

– ¡Arráncaselos! ¡Arráncaselos y que mame sangre el futuro nazareno!

El ángel me miraba fijamente luchando contra mis órdenes cuando el animal del pastor contrajo sus nalgas con el orgasmo, por el chocho ensangrentado de María manaba una leche mezclada con sangre pero; la tragó casi toda. Al pastor se le salió el pene con la excitación y por su glande enrojecido escupió gotas de semen que volaron hasta el vientre aún contraído de María, hasta sus pechos, manchando los dedos del ángel. La puta quedó desmayada, el pastor aturdido aún, se subió los calzones y salió de la choza sin decir nada; me lanzó una mirada avergonzado emprendiendo el camino de vuelta hacia donde quiera que hubiese venido. El eunuco alado no se marchó de la casa hasta haber limpiado el cuerpo de María y curado el coño reventado, lo masajeó con un aceite que sacó de su túnica. Ella abrió las piernas entre suspiros. Volví a la parte trasera de la casa para observar a José, trabajaba frenéticamente en una extraña silla. Salí del pueblo ya satisfecho, dispuesto a dirigirme a mi reino, a mi oscura y fresca cueva, a mi trono de piedra; echaba de menos los aullidos de mis condenados. Me desvié hacia la fuente para beber agua y allí se encontraba el primate follador, mojando su cuerpo, refrescándose tras la gran follada. Me daba asco aquel mono con ese rabo tan enorme, de repente sentí un odio infinito hacia aquel ser.

– Que Yaveh sea contigo. – le saludé.

– Amén. – respondió.

Cogí una piedra, le asesté un fuerte golpe en la mandíbula y lo abatí. Me puse a horcajadas sobre su pecho y deshice sus ojos aterrados con fuertes golpes. A pesar de que no se movía ya, seguí golpeando su cabeza hasta que sólo quedó la quijada inferior pegada a su cuello. Los sesos y huesos se mezclaron con la sangre y el polvo formando una masa que atrajo a todas las putas moscas de aquel repugnante y árido lugar. Corté su enorme pene y lo introduje en el agujero del caño de piedra de la fuente, quedó precioso. Se hizo muy popular aquella fuente entre las mujeres de la comarca. Bebí el agua que se escurría por aquella polla muerta sin ningún tipo de reparo.

Unas semanas más tarde hice una visita a los carpinteros de Belén; José había inventado la mecedora y se encontraba en ella fumando un canuto de hojas secas que le provocaba una risa lagrimosa. María cosía unos calzones descoloridos y sus labios se movían continuamente susurrando una letanía mecánica, monótona y cadenciosa. Guardaba unos momentos de silencio, acariciaba su coño metiendo la mano profundamente entre las piernas y volvía a rezar de nuevo.

Ahora todos podéis entender el porque de ese deseo esquizofrénico de Jesús por ser crucificado, pobre hombre, nació en un hogar de tarados; lo que me extraña es que no se cortara antes las venas. Dios creó para él un hogar podrido e insano, abocó a su espiritual hijo a la insania y a la locura.

Dios es un ser malo, creedme. A veces es peor que yo con sus mierdas de designios inescrutables. Ya os contaré más historias verdaderas en otro momento. Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

Safe Creative #1104199015919

666 Insensible

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
Etiquetas:, , ,

¿Sabéis lo que tiene realmente mérito?

Caminar por en medio de la manada sin sentirse especialmente asqueado. Conservar el buen humor a pesar de la imbecilidad reinante.

No es fácil, requiere mucho auto-control y sentirse completamente desligado del dolor. Como el matarife que se pasa el día matando vacas y cerdos. Dijéramos que es algo cotidiano como el bocadillo de tortilla de los obreros.

No se puede ejercer bien el mal si aflora un solo sentimiento de lástima o misericordia. Dejando de lado todo eso de los escrúpulos, no existe ni una sola razón por la que deba perdonar el dolor y la ruindad que le voy a provocar a mi víctima. Estar vivo es de por sí un deporte de riesgo y en esta mierda de civilización, en la que el todoimbécilpoderosoDiosdemierda ha dejado al hombre a sus anchas y como cima de la cadena alimenticia; alguien tiene que ejercer de predador, porque hay mucho humano.

Pero no tengo prisa, soy caprichoso y me gusta centrarme de vez en cuando en un individuo. Me gusta que la gente que está cerca de él se maraville ante la mala suerte y el dolor que tiene que soportar porque a mí me da la gana. Así que mientras un cáncer le pudre el hígado, una diabetes le obliga a pincharse insulina enterrando a su hijo muerto en accidente de moto.

Y su dolor sólo cesará cuando muera. Cuando llegue a casa, seguramente le habré preparado una embolia que lo postrará en un hospital durante tres semanas.

Y lo bueno de esto, es que el dios al que rezan, ese cabrón hipócrita, lo sabe y no les hace ni puto caso. Está muy ocupado sodomizando a sus bellos arcángeles, el muy proxeneta.

Soy portador de todas las enfermedades y no me importa contagiar el sida a la ilusionada mujercita que va a la discoteca hortera de turno o al maricón más sensible del planeta.

Los jodo a todos por igual. Sólo me interesa que haya mucho dolor y pena. Porque cuanto más hay, la peña se torna más hipócrita; se hace más cobarde al ver el mal cebarse en el prójimo. Lo tienen bien aprendido eso de cuando las barbas se pelan y toda esa mierda de saber popular.

Y cuando todo el rebaño comienza a rebuznar y berrear, es porque me presienten sin saberlo. Entonces se crean maratones de beneficencia en los medios de comunicación y pueden hacer su buena acción del lustro dando una mierda de dinero que se quedarán los que participan en las ONGs para tener alojamiento gratis durante un mes en el país que eligen como destino turístico.

Es entonces cuando comienza la verdadera diversión, cuando me lo paso bien. Cuando estallan guerras que suman muertos, hambre y huérfanos. Y nunca llega el dinero.

Es entonces cuando los que recogen el dinero piensan que como no va a servir para nada, lo cambian por cocaína.

Pero en el fondo de mi podrido corazón hay el deseo de hacer una humanidad mejor matando la mala hierba, lo que no sirve.

Y tenéis que ver mi mérito en ello, ahora nacen niños que no deberían nacer naturalmente, bien por tara de los padres o porque simplemente esos padres no sirven para reproducirse, su mensaje genético podría ser defectuoso. A pesar de ello, los médicos consiguen dejar preñada a la mujer.

Yo mataré a su hijo que tanto le ha costado parir tras unos años.

Alguien debe frenar esto. Paliar la gangrena genética del humano.

Perdonad que haya filosofado más de lo habitual. Simplemente era una forma de comunicar que mis deseos de seguir realizando mi trabajo siguen en pleno apogeo y que el puto dios que está en el jodido cielo no hará nada por ayudar a mis víctimas. Principalmente porque tengo amenazado de muerte a su querido Gabriel.

Para que veáis que dios es un cobarde.

Y parte de esta sensibilidad con la que me he comunicado con vosotros, nace directamente de mis cojones. De la cálida mano de mi Dama Oscura.

Ella mantiene mi falo erecto y pegado al pubis mientras lame mis huevos, los aspira; los chupa como gominolas.

Le he metido el dedo pulgar del pie en el coño y se mece con él dentro, sentada en él.

El hijo del diabético que antes os he puesto como ejemplo está frente a nos, encadenado; tal vez no sabe que está muerto, tampoco sabe que espera a que me haya corrido para ordenar el lugar donde deben encerrarlo mis crueles.

La columna vertebral ha roto la carne y la piel que la cubre un trozo irregular de hueso asoma por su espalda. No le duele aún.

Mi Dama… siento el dedo empapado en su coño, y los cojones arrugados de tanta saliva. Enredo mi puño en su melena de ébano y la encaro a mi polla. Abre la boca mirándome con deseo y yo no me preocupo en metérsela con cuidado.

Ahora ya sí, la leche ha salido y con ella, parte de mi odio. No sé como mi Dama Oscura puede conservar la calma y no matar al mundo entero tras beberse todo este semen cargado de odio y podredumbre.

— Puta… — Le susurro mientras me lame los restos que han bajado a lo largo del bálano.

En silencio queda quieta de repente, pasmada y tiesa; sigue con mi dedo metido en el coño, tiembla, cierra los ojos, se lleva la mano a la vagina cubriéndosela y deja escapar un prolongado suspiro.

Cuando se corre así, me la volvería a tirar.

— Llevad al hijo de ese desgraciado al sub-infierno de los apocados y fracasados, y cuando venga su padre, que no tardará, lo metéis con él. Y que se abracen en ese infierno triste toda la eternidad. Esta es mi orden, mis crueles.

Los crueles han salido de las sombras, veloces y casi invisibles lo han arrancado del suelo, y como llevado por el viento desaparece entre la negrura de mi oscura y húmeda cueva. Grita, grita como todos los condenados cuando saben que la esperanza ha acabado.

No tendré piedad, ni aunque me hagáis una paja con los párpados.

Ya os contaré alguna otra anécdota otro día.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

Safe Creative #1104199014653

El probador de condones y un documental

Publicado: 30 marzo, 2011 en Humor
Etiquetas:,

Estaba viendo un documental del mar, dicen que el más caro de la historia: que si rodado en HD, que si meses de grabación, la hostia puta de horas de post-producción, no sé cuantos kilos de caviar y salmón ahumado para el director y el doble de sardina barata para el resto del equipo…

Pues para alguien tan instruido como yo, ese documental era lo mismo que todos los que había visto. La única diferencia estaba en que los pescados hacían ruidos graciosos. Incluso las anémonas hacían ruiditos dignos de una película de Walt Disney. A los cinco minutos de empezar a ver el documental, y en vista de que no salía el consabido tiburón blanco comiéndose un cachorro de foca, o bien el apareamiento de los delfines con su hocico consoladoriforme; me abrigué la picha con un condón y di descanso a mi poderosa psique.

Cuando te pasas todo el día probando condones, al final sientes la necesidad de abrigar el pene. Es inercia, costumbre. Una muy buena costumbre que relaja.

Y así, viendo como una manada de turistas se emocionaba por acariciar una ballena (cosa a la que no encuentro gracia alguna) me quedé dormido.

Será porque me paso el día follando por lo que soñé que follaba: pero en lugar de probar el condón con sabor a Algas del Caribe con la hija de la jefa de vaselinas y anilinas de la factoría de condones, soñé que me encontraba en una playa llena de asquerosas iguanas, observando con lujuria a una sirena de enormes tetas.

Yo me había calzado la polla con un vistoso condón serigrafiado con escamas en 3D metalizadas (creo que ahí radicaba mi pesadilla, temo que mi gusto pueda aproximarse al oriental).

Si mi polla es eficaz, mi cerebro también, es extraño que en un solo ser se dé tanta perfección: pero es algo que asumo con naturalidad y humildad para no hacer sentir inferiores al resto de mediocres humanos.

La sirena no hablaba, sólo emitía unos molestos chirridos. Olía fuerte, a pescado de días; pero tampoco era algo muy diferente al consabido olor a bacalao de todos los coños humanos.

Ella miraba fijamente mi polla enlucida con esas escamas en 3D y sus pezones estaban duros como los arrecifes coralíneos que se podían observar a través de la cristalina agua.

El follar es un lenguaje universal seas mamífero, pájaro, cerdo o pescadilla, todo el mundo sabe cuando se ha de meter en caliente. Bueno, todo el mundo no: sé de más de cien mil millones de idiotas que no diferencian el coño del agujero del culo.

Pero vamos, al final la interesada es quien les guía la polla al túnel del amor y pueden dejar su apestosa simiente en ese coño indefenso y triste porque todos esos millones de palurdos no saben arrancar ni un segundo de placer a su hembra.

Sólo tienen hijos y se sienten orgullosos no sé porque; yo tendría miles de hijos y no me siento especialmente orgulloso.

De cualquier forma hay mucha incultura, porque no sólo existen los condones para evitar embarazos no deseados. Un buen aborto siempre es una salida elegante. Siempre y cuando no lleves a tu santa a la curandera que vive dos casas más arriba. Porque si ella pilla una infección, tu polla también.

Maravilloso.

Y tras esta reflexión sobre el sexo y la reproducción, me dispuse a metérsela a la sirena.

Me sentía un poco desolado, incluso triste al no ver piernas abiertas, una putada…

Pero bueno, ella levantó un poco la cola y observé aquel agujero fresco.

Soy un hombre con un gran poder de adaptación al medio.

Me acerqué a ella, le pellizqué el pezón y me enseñó los dientes con hostilidad, yo creo que quería que se lo mamara, pero a mí el pescado crudo no me va. El sushi es un alimento incivilizado, bárbaro, barato y nauseabundo.

Oriental para mayor inri.

Y tampoco soy muy tolerante con las extrañas y caprichosas culturas culinarias que no tienen tiempo de pasar el pescado por la sartén aunque sea vuelta y vuelta.

Cuando la penetré, casi se me arruga la picha de lo fría que estaba. Malditos peces de sangre fría…

Luego me recorrió un escalofrío de terror al pensar en las espinas. Pero una vez dentro, yo no me retiro porque soy valiente y lanzado.

Ella profería una especie de jadeo que era un chirrido que lejos de desanimarme me la ponía dura. Me observaba como si de un momento a otro me fuera a volver loco, esperando que así ocurriera. Pero mi poderoso pene, libre de mitomanías y miedos de clásicos cómics, continuó su proceso de redención de la libido y pronto cambió sus espantosos chirridos por un claro y coloquial: “más adentro cabrón”.

Ulises las pasó muy moradas con las sirenas porque no era tan hombre como yo.

En vista de que aprendió a hablar, le metí una sardina de premio en la boca y aquello la llevó a un grito infrahumano de placer. Entre las iguanas todo era confusión y copulaban machos con machos sin ningún tipo de escrúpulo ni de vergüenza.

Pude ver desde la roca en la que me estaba tirando a la sirenita, a un turista ya entrado en años que levantó la falda a su anciana madre mientras ésta se apoyaba en la baranda del barco para vomitar por la belleza de las ballenas y la empaló tan profundamente que a la mujer se le calló la dentadura al mar y un delfín empalmado, de un salto se la puso al alcance de la mano. Y allí se quedó, llorando de alegría con los labios hundidos, la dentadura postiza en una mano y su hijo bien metido en ella.

Aunque llorando no es lo correcto, porque la vieja lanzaba unos gritos más potentes que mi puta sirena.

El incesto es tan solo un convencionalismo y los gritos de placer de la vieja madre, así lo demuestran.

A veces la naturaleza entra en armonía y todos los seres de todos los lugares se sincronizan para el precioso apareamiento.

Y ahí me desperté, como estaba muy excitado y el condón bien colocado, llamé a mi santa que estaba en la cocina preparándome la cena, que recién había llegado de trabajar.

-Chúpamela que estoy a punto.

-Cariño, tengo tus vol-au-vent a punto de salir del horno.

-Bueno, si se estropean me haces otros luego; pero ahora te necesito.

Cuando se arrodilló, ante mi pene, le pedí a mi hijo que estaba sentado a mi diestra, que bajara el volumen del televisor.

-Iconoclastito, baja ahora mismo el volumen.

-¿Y por qué no te la chupa en vuestra habitación?

-No me contestes. Mari: dile a tu hijo que no nos conteste.

-¡Nof cofteftef a tuf fadrez o de barto la cara, cabrfón” -contestó ella con su boca llena de mí.

Iconoclastito lanzó una carcajada, mi mujer se contagió y con ello le dio masaje extra a mi glande provocando que eyaculara al instante, llevado también por una risa tonta.

Los vol-au-vent olían a quemado; pero nosotros reíamos felices y yo estiraba el condón lleno de semen amenazando con dar a mi hijo o a mi santa. Al final se escapó y todos reímos felices con la cara llena de semen.

Una vez pasada la euforia, mandé a mi mujer a la cocina y a mi hijo a que se sentara en el suelo porque yo necesitaba el sillón para dormir hasta que me sirvieran la comida.

Por muchos documentales que veamos, no hay nada comparable con la familia.

Ni Costeau, ni National Geograpic. Solo consiguen repetirse hasta el aburrimiento.

Hay que follar más y ver menos tele.

Buen sexo.

Iconoclasta

Safe Creative #1103308847212

666 y los perros sucios

Publicado: 8 febrero, 2011 en Terror
Etiquetas:, , ,

Perros sucios, perros comidos por las pulgas.

Los hay de dos y cuatro patas.

Animales que un día se sentirán tan hambrientos que morderán cualquier cosa para arrancar un pedazo y comer.

Los neumáticos son demasiado duros y las piedras parten los dientes.

Las latas cortan el paladar.

Y yo corto todos los tejidos primates y animales.

Mis queridos perros, mis hambrientos amigos. En la ciudad sólo pueden comer restos venenosos por la fermentación y carne humana.

Si es carne indefensa, mejor. Al fin y al cabo, deben ahorrar cuanta energía puedan.

Sois demasiado idiotas para pensar con claridad. Son obra vuestra, de vuestra desidia, de vuestra incultura y desprecio. Animales abandonados de hambre alentada por vuestra idiotez.

El perro que ha devorado las extremidades del bebé, ahora menea la cola zalameramente a un grupo de obreros que desayunan en plena calle con los dedos sucios de alquitrán ya tatuado en la piel. Es un perro mediano, demasiado peludo para este clima, hace tiempo abandonado; tanto tiempo que ya nadie adivina que su pelaje era blanco puro. Sus ojos grises son sólo un poco más oscuros que su pelo.

Uno de los primates toma un cascote y acierta en la cabeza del animal que aún tiene el hocico ensangrentado de pura sangre de bebé mono, de cría de primate.

Se ríe y ríe el grupo de monos que son sus compañeros escupiendo trozos de comida.

El perro huye profiriendo gemidos. Se aleja sangrando. Ha perdido un ojo, el globo ocular se vacía poco a poco dejando una legaña de dolor y un brillo de aceite en el pelaje de su hocico.

Los perros se lamentan solo lo necesario.

Si pierden un ojo o una pata, aúllan el primer momento, más de sorpresa que de dolor, para luego seguir buscando comida. O bien para morir en paz.

Es entonces cuando buscan un lugar oculto, como si hubieran aprendido demasiado tarde que hay que alejarse de los primates.

O tal vez sean vergonzosos a la hora de morir. Cuando mueres, ocurre como cuando duermes, nunca sabes cuando se te cae la baba. Además, cuando mueres se vacía el cuerpo de toda clase de materias y fluidos y la imagen que uno deja no puede ser la mejor para ser recordado. Esto solo vale para los perros de dos patas, a los de cuatro patas les importa poco su puta imagen.

Si fuera primate, es decir, si el perro pudiera entender la vida como uno de vosotros, posiblemente hubiera vuelto al patio abierto de aquella de casa donde devoró al bebé y pediría al dueño de la casa algunas sobras de comida, que bien podrían ser el resto del cuerpo del rollizo bebé cuya carne huele y sabe aún a leche.

Pero el perro intenta acostumbrarse a su nueva visión con un solo ojo.

No se lo voy a permitir.

Alguien, algún primate no sabría si sentir pena por el perro. Los hay que sentirían más dolor por el sufrimiento del perro que por la muerte del bebé.

Y odiaríais al obrero. Comprenderíais que el perro no tiene culpa alguna de lo que ha hecho. Es entonces cuando interesa conocer la opinión de los padres del bebé devorado al respecto del sufrimiento del perro.

Ellos, a pesar de haber dejado al bebé solo tanto tiempo como para que lo pudiera devorar un perro en su sucio jardín de entrada, cerrado con una puerta rota de madera a modo de verja que cae con una patada; no se sentirán especialmente responsables.

Son pobres, aún así, la pobreza no aporta estupidez, sólo falta de cultura. Porque la cultura se compra, el sentido común y la responsabilidad va metida en el cerebro si se tiene.

Dijéramos que la cuestión de la responsabilidad es algo instintivo.

Para empezar voy a hacer lo más fácil y lo que menos me gusta: matar a la perro.

Se encuentra bajo una camioneta, tirado en un charco de aceite ennegrecido. Lo bueno de los perros abandonados es que no requieren demasiado lujo para morir.

Chasco los dedos y cuando se acerca a mí temblando a pesar del implacable sol que nos arranca vapor de la piel y cocina el alma, le abro la boca y le desgarro la mandíbula inferior, y la lanzo lejos de mí. Lo dejo caer al suelo retorciéndose de dolor y miro con calma y sosiego como muere lentamente. Unos segundos antes de que muera, le aplasta la cabeza con el pie, con una patada vertical deseando aplastar los pulmones de Dios.

Estas historias de pobreza, muerte, estupidez, perros y primates no tienen arreglo. La forma de actuar es eliminar todos los factores que son o han formado parte de la historia concreta; para evitar que se pudiera extender más el despropósito.

No soy paciente. Y vosotros sois dados a la pereza y dejáis que estas inmundicias de la vida, ocurran como algo inevitable o con cierto actitud fatalista.

No soy como vuestros dioses homosexuales que pretenden arreglarlo todo con el paso del tiempo.

Si queda algo con vida, algo que haya intervenido en esta historia; no acabaría jamás. Siempre hay alguien que abre la boca cuando la bola de mierda vuela por el aire.

Y me aburre lo que dura demasiado.

La Dama Oscura tampoco espera, es más impaciente que yo.

Viste una camiseta blanca de tirantes tan ajustada que sus oscuros pezones se transparentan a través de la tela. Sus jeans negros y ajustados montan encima de unos tremendos tacones que la obligan a caminar con un espectacular movimiento de sus musculosos glúteos.

Cuando la penetro por el culo, esas hermosas nalgas se separan en dos perfectas mitades como Dios separó el Mar Rojo para que el timorato de Moisés huyera de Egipto con sus cobardes y serviles hebreos. Mi semen brota por su ano, rezuma entre mi bálano y su esfínter como una crema que brota lenta para ganar en caudal. Y entonces todo es suavidad y mis cojones hacen tope y me duelen como me duelen las uñas que ella clava en mis antebrazos hasta hacerme sangrar.

La Dama Oscura sabe mover el culo para que los primates sientan deseos de penetrarlo, deseos que rayan el paroxismo. Ella convierte a un sacerdote en un violador en menos tiempo de lo que tardo en arrancarle las alas a un ángel.

Cuando un primate apenas ha llegado a presionar con su glande el esfínter de la Dama Oscura, se puede decir que ya está muerto. Su culo es mío, su coño también. Sólo mi falo sagrado entra en ella. Y ella así lo quiere.

Apenas unos minutos caminando por la estrecha acera repleta de puestos de tacos, burritos y jugos, llegamos al cruce donde los obreros están levantando el asfalto, donde el perro recibió la pedrada. Donde el obrero más macho y más valiente con los animales, marcó su intervención idiota en esta historia anodina de muerte y estupidez.

La Dama Oscura cruza la calle para pasar ante ellos, yo me mantengo a distancia y adopto una actitud de primate mediocre al que nadie mira.

El obrero deja de coger paladas de trozos de asfalto para admirar el culo ajustado.

-¡Ay mamacita! Ven, te voy a aflojar ese culo tan duro.

La Dama Oscura clava sus dos esferas de ébano en los pardos y sudorosos ojos del obrero y se acerca a él.

El pantalón la ciñe tanto que marca su coño. No lleva bragas y la costura se hunde en la raja que tanto he lamido. Una impúdica mancha de fluido puede apreciarse en la negra tela que se hunde entre sus muslos.

Me pregunto de donde saca tanto fluido sin llegar a deshidratarse.

-¿De verdad la tienes tan dura como para partirme el culo, cabrón?

Cogiéndola por la muñeca y retorciéndosela, el primate la atrae hacia su rostro, y ella no puede evitar hacer un mohín de desagrado al oler su aliento.

-Vamos a la bodega güerita, pa´que veas lo que es un macho.

El barracón donde se cambian de ropa los obreros es un espacio que comparte un inodoro infecto, una cocina llena de cucarachas y toda la ropa maloliente de seis primates que no valen ni su peso como abono.

El primate casi la arrastra y yo muerdo mis labios hasta que sangran para evitar ir a por él y arrancarle la cabeza ante todo el mundo y luego, comerme su lengua.

La Dama Oscura se deja arrastrar y un tirante se rompe, la areola del pezón asoma por la tela provocando hambre y sed en los primates que prestan atención a su compañero.

La Dama Oscura se desabrocha el pantalón y se lo baja, se apoya contra la pila del lavabo con las piernas abiertas y espera.

-¡Vamos, cabrón! Si te comportas como un hombre te doy veinte pesos, para unos cigarrillos.

El primate monta en ira y se baja apresuradamente los pantalones, su pene es mucho más pequeño de lo que él piensa.

Apenas roza la nalgas de la Dama Oscura, ella saca de entre sus muslos una pequeña cuchilla de afeitar sujeta con esparadrapo.

Con un rápido movimiento corta el escroto y los testículos de color marfil salpicados de sangre, se descuelgan y no caen al suelo porque están suspendidos de los conductos seminales.

El primate se mira los testículos y los sujeta con las manos gritando.

Ella cierra la puerta con el pasador para que nadie entre, con el pantalón por los tobillos, se mueve segura, sin prisas. Dejando ver su maravilloso pubis rasurado y brillante. Los labios de su vagina están hinchados de deseo. La excita tanto matar…

Yo fumo un cigarro e intento calmar mi sed de mutilar, torturar, masacrar, aniquilar. Una turista con minifalda se ha parado delante de mí para hablar por teléfono, e invado su mente mientras aspiro el humo de mi cigarro. Cuando deslizo mis dedos en su tanga y acaricio su clítoris ante toda la gente que pasea, deja de hablar por teléfono y cierra los ojos en un éxtasis. Moja mis dedos, pellizco su clítoris con una presión constante y ella cierra los muslos con fuerza aprisionando mis dedos. Su piel suda y sus ojos dejan ver un brillo de terror, su coño ya no le pertenece, ni su sistema nervioso. Está sola y aislada dentro de si misma mientras la violo delante de todos.

La Dama Oscura ha cortado los ojos del primate, los compañeros golpean la puerta al oír sus gritos. El primate llora su propio líquido ocular, como el perro. Otro corte más en la comisura del labio y corta el malar hasta el oído. La mejilla le cuelga en dos largos filetes de carne que dejan ver su dentadura.

Sangra por tantas partes que no morirá de infección.

Grita como un animal, como el perro al que le reventó el ojo.

Dios ha enviado dos ángeles que nadie ve. Uno lleva en una mano la quijada del perro en la otra, al perro entero. Dios es idiota, qué coño querrá hacer con el perro.

Los ángeles sudan como suda la puta a la que estoy metiendo los dedos. Siento como se contrae su vagina en un intenso orgasmo. Todo el que pasa mira fascinado, nadie se atreve a decir una sola palabra. Una lágrima suya se escapa de mi control y cae por su mejilla.

El clítoris lanza ráfagas de placer y dolor. Su teléfono ha caído al suelo haciéndose añicos y por sus muslos bajan dos finos ríos de sangre.

Los obreros están golpeando con mazos la puerta del barracón, cuando la Dama Oscura abre la puerta y la sangre que cubre su camiseta también oculta ahora sus pezones.

El primate está sentado en el sucio inodoro y su garganta está abierta verticalmente, desde la papada, hasta la clavícula. La Dama Oscura la ha llenado de tornillos y clavos. El resultado es espectacular. Los primates, dejan que salga sin decir palabra, mirando su cuerpo y la sangre que la baña.

Observando con horror su compañero, se santiguan. El ángel, se mueve invisible entre ellos y le cae una pluma de tristeza. Mi Dama Oscura le acaricia su estéril y vacía entrepierna con obscenidad. El querubín gira su cabeza a la derecha mirando al suelo con vergüenza.

El ángel que tiene en sus manos los trozos de perro, simplemente mueve los labios salmodiando algo ininteligible mientras sus pies se bañan con la sangre del perro.

He dejado de presionar la mente de la turista y ahora llora llevándose las manos al coño, llora avergonzada. Se ha hecho un ovillo a mis pies y las braguitas blancas están manchadas de sangre en la zona del pubis. Me temo que he presionado demasiado fuerte el clítoris. Que de gracias la mona de que no se lo he arrancado.

Un hombre se acerca y me mira con una interrogación, pidiendo permiso para ayudarla, a mí me suda la polla y paso por encima de la primate turista para encontrarme con mi Dama Oscura.

Queda trabajo aún.

Mi Dama me recibe metiendo la mano en mi pantalón, allí dentro tira de mi prepucio para descubrir mi sensible glande y yo siento deseos de arrancarle los labios de puro deseo.

Se ha descalzado, ya no quiere tacones, no quiere parecer sexual. Ahora es simplemente una bestia sedienta de más dolor ajeno. Yo me limito a aplastar su pezón izquierdo hasta que lanza un gemido de dolor con sus ojos pidiéndome más.

Soy Dios y sé que dos cuadras al este, se encuentra la casa del bebé devorado. Vosotros no lo sentís; pero la muerte deja autopistas de efluvios para los seres superiores. Y aunque sea dios, no me recéis, vuestro sufrimiento y dolor es el motor de mi existencia. Y joder a vuestro blanco dios, también.

Las calles están salpicadas de comercios de todo tipo. El olor de las especiadas comidas mexicanas es una constante junto con el ruido de los coches, el ruido de los primates, el ruido de las casas. Todo es ruido y sol que cae plano como una plancha.

La gente nos observa con desconfianza y procuran no cruzar la mirada con la nuestra.

La sangre que empapa la camiseta de la Dama Oscura se ha endurecido y huele mal. Mis dedos huelen a orina y fluido sexual de la turista. En las cutículas de mis uñas hay sangre.

Los ángeles nos siguen silenciosos y a prudente distancia. Esto se debe a que me encuentro en una región del planeta muy religiosa y Dios el melifluo cuida de sus clientes. Bueno, no es que los cuide, simplemente tiene que hacerse notar por un exceso de vanidad que no tiene motivo alguno.

-¿Qué vas a hacer?- me pregunta Dios.

-Matarlos a todos -respondo para mis adentros. Nunca le respondo directamente, no le hablo. Me pone enfermo.

-En esa familia ha habido ya mucho dolor déjalos. Mis ángeles te lo piden. Escúchalos.

No los escucho, el canto de los ángeles es como el ruido del planeta, al que te has acostumbrado como algo inevitable. Las voces de esos alados castrados me produce el mismo efecto que el ruido de un motor: ni siquiera soy consciente de que hace ruido.

El hedor a muerte y desesperación en esta casa a medio acabar es tan fuerte que se me descuelga un hilo de saliva desde mis labios. La Dama Oscura presiente mi excitación y se acaricia impúdica el sexo ante mí y el llanto de los primates.

En el patio de entrada, lleno de desperdicios aún está la vieja y cochambrosa cuna llena de sangre. Desde la puerta abierta de la casa llegan lamentaciones y gritos furiosos de un hombre. Golpes.

Mi Dama Oscura avanza hacia la casa y yo escupo en la cuna tras ella. El plástico se derrite y mi Desert Eagle .357 pesa llena de munición. El puñal que llevo enterrado en la carne de mis omoplatos parece calentarse como en una fragua.

-¡Qué poca madre! ¡Hija de la chingada! ¡Te olvidaste del Luisito hasta que se lo tragó un pinche perro! ­-grita el mirado al tiempo que le da un golpe en la cara a la sucia primate con una sartén llena de aceite.

Un viejo tiene el cadáver del niño en los brazos, está ausente y lo mece como si el monito durmiera.

Le pego directamente un tiro en la cara y media mandíbula aparece en la fregadera de la cocina. Otro tiro más en el pecho del bebé muerto lo convierte en una hamburguesa.

El padre y marido se gira hacia a mí sorprendido mientras la mujer grita.

La Dama Oscura la agarra por los cabellos pringosos de aceite y sangre.

No tienen ni clase para hacerse daño. Con una sartén sucia…

Es que no merecen respirar más tiempo.

-¿Tú dónde estabas, primate? ¿Dónde estabas cuando tu puta hacía la comida y limpiaba tu mierda pegada al inodoro? -le pregunto sabiendo que no habrá respuesta.

Su aliento huele a cerveza rancia.

He guardado la pistola y la punta de mi ensangrentado puñal está ahora en una de sus fosas nasales. No mueve ni una pestaña el muy borracho.

La mujer grita cuando la Dama Oscura saca su navaja de afeitar y le hace una cesárea completamente innecesaria.

Ha cogido el cadáver de su hijo y se lo ha metido con más o menos habilidad donde debería estar el útero.

-No tendrías que haber parido, primate. Ahora toca «desparir» -le dice con una tranquilidad pasmosa mientras la sangre salta por todas partes.

Al primate le corto la fosa nasal y da un berrido, como el de los cerdos en la matanza y creo que con ello, se le evapora todo el alcohol en sangre.

Entran dos niños corriendo en la casa. No lo pienso un segundo y disparo cuatro veces. A la niña de seis años le desaparecen las trenzas que salen volando junto con el trozo de cráneo que las sostiene y el otro tiro entre las piernecitas la convierte en una muñeca rota.

Al niño, un poco más mayor, la bala le sale partiéndole la columna vertebral y la otra bala que entra por un ojo, no sale. Se queda dentro.

-¿Te quedan más crías aún?

No me responde el marido.

La Dama Oscura está cosiendo el vientre de la madre, que ya no se mueve, aunque respira.

Todo ocurre demasiado rápido para la mente de un primate. Invado su mente y la policía no sabe nada, el muy borracho ni siquiera ha dado el parte de lo que ha sucedido.

La policía tiene suerte, ahora podrían estar muertos.

Lo agarro por la nuca y hago que su boca se estrelle contra el lavadero de cemento.

Sus dientes se parten, con un ruido que me llega a molestar. Levanto su cabeza de nuevo y la vuelvo a golpear en el mismo sitio. Ahora su mandíbula se ha desencajado.

Los ángeles cogen pedazos de niños primates, todos los que pueden y sus salmodias parecen gritos.

-¡Callaos de una puta vez o os arrancaré las alas y con ellas la piel de vuestro lomo, idiotas! -callan y noto a Dios suspirar inquieto.

Cuando la gente sepa lo que ha ocurrido en esta choza de mierda y no encuentren un culpable, ni siquiera la forma en la que ha ocurrido, Dios va a tener mucha tarea.

Le amputo los dedos de las dos manos, no le duele demasiado. Todo el dolor se concentra en su boca. La aleta cortada de la nariz se agita con cada inspiración. El moreno primate no sabía lo que era el dolor hasta ahora. Lo sé porque se ha cagado y se ha meado.

La Dama Oscura ahora está cosiendo el coño de la mona, que apenas se agita. Le ha descoyuntado las ingles para que sus piernas se mantengan abiertas. La mona menstrua, lo que hace la tarea de sutura, algo más sucia y maloliente de lo habitual. Cosa que a mi Dama Oscura le importa poco.

Cuando ha acabado el trabajo, ya no queda vida en ese cuerpo.

Al mono borracho le he cortado los párpados y ahora lo estoy castrando. Los testículos los he dejado en un plato a medio acabar, junto a una memela roja de chicharrón y queso blanco.

Mi Dama Oscura abre con habilidad la navaja de afeitar, el mono está en el suelo sujetándose los genitales mutilados con sus manos mutiladas. ¿No es una cómica redundancia? Me río con una carcajada fuerte y atroz y el ruido del mundo ha callado por unos segundos.

Dios ha tragado saliva y a un ángel se le ha desprendido una pluma suavemente.

La Dama Oscura corta con precisión la bragueta de mi pantalón y saca mi falo. Con un cuidado que me hiela la sangre en las venas, acaricia mi glande empapado en humor sexual con el filo y cuando se lleva a la boca mi pijo, mi leche se derrama en su boca y corre por el escote diluyendo la sangre de su camiseta.

Tenso la piel de la polla para que el glande asome en toda su magnitud y que me lo limpie bien.

Y lo hace con tal maña que mis cojones se contraen en un orgasmo furioso y pisoteo la cara del primate con ira.

Aún se desprende una gota de semen de mi pene, cuando la Dama Oscura ha cercenado el glande del primate. Justo el glande. Porque el machote primate, cada vez que mee, recordará que ahora su polla es solamente la cloaca de su cuerpo. Que su estirpe muere con él. Que su estupidez no tendrá descendientes.

Y no podrá ni borracho, alardear de lo muy hombre que es.

El glande se suma al plato de testículos y memela para que cuando vengan los policías y forenses, se pregunten como coño ha podido ocurrir esto a plena luz del día y en tan poco tiempo.

La obligo a sentarse en la mesa, con las piernas abiertas. Con mi puñal rajo su pantalón, para acceder a su vagina, que inmediatamente me empapa los dedos.

El primate gime desesperado, vaciándose de sangre. No se vaciará hasta morir. Tendrá una larga vida. Y además, le hemos infectado con sífilis. Durante toda su vida deseará haber muerto.

Cojo el glande amputado y acaricio con él el clítoris duro de mi Dama.

-Quiero el tuyo, mi Dios.

-Primero quiero ver tu coño lleno de esto.

Cuando se lo introduzco, ella vomita de asco. Es alérgica a los primates, como yo. Sólo que yo no soy tan humano como ella. No soy humano.

Me gusta decirlo con vanidad.

El vómito decora con otro nuevo color su playera y ahora sí que el hedor a muerte y podredumbre en este rincón del mundo alcanza las más altas cotas de perversión.

Los ángeles cantan un aria silenciosa en el patio, porque se sienten ofendidos ante nuestra lujuria.

Dejo el glande de nuevo en el plato y cuando la penetro sin cuidado, su útero se contrae y aprisiona mi pijo con fuerza; pero resbala porque aún está manchado de cremoso semen. Cuando bombeo cuatro veces más con fuerza en ella, sus pezones se contraen hasta el dolor y abre su boca en un orgasmo jadeante. Yo le escupo más semen dentro y le clavo las uñas en las areolas de los pezones hasta que sangran.

Ella se pone en pie aún temblorosa y pasando cada pie a un lado de la cabeza del primate, se acuclilla un poco para que su vagina se abra y gotee mi semen en la boca del primate.

Con el mejor de mis acentos mexicanos, llamo a la policía dando la dirección de esta choza de mierda: – Oiga, mande una ambulancia a la Vicente Guerrero porque les acaban de partir la madre a unos vecinos.

-Deme su nombre y dirección.

-¡No mames pendeja! Chíngale o te rompo tu puta madre también.

Es ella quien corta la comunicación. Cuando me lo propongo, el viento retrocede con miedo ante mí.

Soy un puto Dios, no me cansaré de repetirlo.

-Vamos, mi Dama. Es hora de volver a nuestra húmeda y oscura cueva.

Ella me coge por la cintura y me besa la boca. Mi lengua se hace bífida y abarca la suya. Ella gime.

Ya os contaré más cosas, más secretos.

Que la muerte sea con vosotros.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

Safe Creative #1102088451466

Soy tu ángel caído

Publicado: 29 diciembre, 2010 en Amor cabrón
Etiquetas:, , ,

Ya no sé que soy, mi amor.

Una vez me llamaste ángel. En caso de que lo fuera, sólo podría ser el Caído.

El Caído ante tu cuerpo y tu coño sagrado.

El Negro Ángel de pene pétreo que destila un humor pegajoso. Que te cubre y penetra.

No sé que soy, pero no soy bondad.

He gritado tu amor y he ofendido a deidades malditas y benditas anteponiéndote a ellas y a los que mueren y sufren. A los que ríen y gozan. Sin sentir pena por nadie, sólo indiferencia.

Sus cuerpos son el suelo en el que afirmo mis pies para penetrarte.

No soy bueno, no soy hombre.

Soy la bestia que hunde la nariz en tu sexo anegado y aspira tu esencia con un gruñido. Ahogándome en tu coño.

Y lamo y escupo en tu vulva que me enloquece, en tu piel que me hace descender a lugares que no existían hasta ahora.

He perdido mi humanidad amándote, he involucionado por debajo de toda inteligencia. Soy un glande goteante.

Un ojo cerrado en carne cárdena, de fina piel a punto de rasgarse. A veces abierto de deseo; un meato corrupto que busca tu coño con hostilidad y rabia.

Tú me has hecho así.

Tu sensualidad es mi regresión a lo más primitivo de mis instintos.

Y aún así, me has elevado por encima del la bondad y la mediocridad. Has hecho de la pornógrafa injuria mi religión.

Abre la boca, acércate a mi masturbación doliente, irrefrenable. Sé puta y deja que bañe tu rostro de Diosa Caída con mi esperma espeso y ardiente. Que se escurra por tus pechos, que gotee en tu vientre herido.

Es tuyo, soy tuyo. Somos tu creación.

Si alguna vez fui bueno, la bondad se convirtió en la baba que inunda mi boca y sorbe dolorosa y ansiosamente tus ofensivos pezones erectos.

Putos pezones… Putos porque tú me has hecho así.

Soy un caído que corrompió la bondad del amor para abusar de tu carne, Diosa Caída.

Ya ni el infierno nos acepta.

Eres mi único y posible universo.

Si alguna vez te amé, ese amor son ahora venas que alimentan mi bálano para penetrarte y embestirte hasta que la mismísima naturaleza grite renegando de la blasfema reproducción.

Y yo hundiré de nuevo mi nariz en tu vulva para ahogarme en tus deseos que brotan de entre las piernas, entre tus dedos con los que castigas una perla que no se rinde a un solo placer. Que necesita mil caricias para consolar su sed de orgasmos.

Y así maldeciré la anodina bondad y el amor humano.

Maldeciré a Dios y la misericordia lamiendo tu altar obsceno.

Bendeciré y sacrificaré mi corrupto semen a tu coño bendito. Lo único sagrado del universo, y al tiempo creado para ser profanado, violado.

Escupiré en tu piel en lo que ha mutado el amor: un bálsamo de hijos nonatos, que ni siquiera de nacer tienen voluntad. Sólo cubrirte y calentarse en tu cuerpo de Diosa Caída.

No soy más que un Ángel Caído que aúlla con esta carne dura estrangulada por mi puño, con la garganta desgarrada de gritar tu nombre.

Si una vez fui hombre, debió ocurrir antes de amarte. Ya no recuerdo…

Eres mi pasado, mi presente y mi futuro.

Ocupas todo, se borró todo lo no que eres tú.

Arderé en ti, mi Diosa.

Iconoclasta

Safe Creative #1012288150598