Para variar…
Qué cruz ser tan ocioso…
Para variar…
Qué cruz ser tan ocioso…
Vivir entre añoranzas y esperanzas, es perder el presente. Hay que ser cuidadoso para no desperdiciar el tiempo; ergo escribir es suicidio.
Cualquier tiempo pasado es anécdota, no vale la pena revivir tiempos más jóvenes y humillar el presente, a nosotros mismos.
Y el futuro es solo un montón de esperanzas desdibujadas, se consigue algo ahora, con esfuerzo y determinación.
El tiempo jamás fue oro, no se acumula, solo se nos va. Quien dice que el tiempo es oro, solo tiene polvo en los bolsillos.
Y en cualquier caso, sería una inversión inestable. Es mejor pagar a los curas una buena limosna en la parroquia y obtener una absolución que nos asegure una parcela en el cielo, puestos a perder el tiempo…
Y sin embargo, hay tanto tiempo que nos falta vida, preguntad a los cometas si no me creéis.
Aquí van diez minutos perdidos.
Qué valiente y generoso soy.
Muy gracioso todo…
¿A quién le puede preocupar la mentira cuando prácticamente nunca consigue su fin?
Lo preocupante es la frecuencia con la que somos considerados estúpidos por tantos embusteros.
El mentiroso profesional se sobrevalora, cae presa de sus propios embustes. Su propia estupidez lo convence de que son prácticamente dogmas.
Es patético con sus falsedades que solo él cree frente a una platea vacía, pensando en que es lo que ha salido mal.
Nada nuevo bajo el sol.
Es un misterio, no sé como se me puede querer. Tantas veces que me lo he preguntado desde aquella vez que escribí llorando por dentro: «Soy un mierda». Cuando a los doce años sentí la necesidad de despreciar al ser humano, gracias al escarabajo-hombre de Kafka. Gregorio Samsa era la representación más deprimente y funesta de la mediocridad, a partir de su metamorfosis, sentí asco. No hubo pena ni conmiseración, lo hubiera aplastado con repugnancia si hubiera sido mi padre.
«Soy un mierda» escribí en un papel, en la escuela durante una aburrida clase de historia; para ser consecuente con mi desprecio y no un miserable mediocre cuyo fin pudiera ser mantener una manzana podrida clavada en su cabeza hasta la muerte.
«No será fácil que me quieran», pensé sin atreverme a escribirlo.
«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)
Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656
Las Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta ya no son virtuales. Ya se pueden tocar, doblar, usar como papel higiénico de emergencia, etc…
Hay buenos lugares, hay buenos momentos y existe la luz que no duele.
Se ríe… A veces parece acaparar todo lo hermoso y vestir su piel y su mirada con ello.
El mundo es de ella, no… Es ella misma.
Es impresionante su sonrisa, llega profunda y cantarina como agua que cae por las rocas. Giro la cabeza sin darme cuenta, para extasiarme con su voz.
Inusitado es el cariño y la paz que de ella emanan.
Y es monstruosa su tristeza porque siente más que nadie.
Es hermoso sentirla, son hermosos sus hombros aplacados por el desánimo…
Si ella llora, sonrío también con cierto dolor; porque es mi privilegio saberla indefensa y que me permita ser su escudo a la sordidez, abrazándola contra mi pecho.
Es entonces cuando realmente tiene sentido mi vida.
Soy su absoluta antítesis, y como una gárgola en el muro de una catedral, conjuro sus tristezas con mi indiferencia al universo.