El fascismo español dijo que debían morir miles de personas con afecciones graves desatendidas para curar en su inmensa mayoría, un catarro de ocho días de un coronavirus perfecto para imponer una larga y prolongada dictadura con la cárcel diurna o nocturna para el ciudadano, “confinamientos” o “toques de queda” en los que la bofia, como las ratas, ronda las calles (cosa que no hacía cuando había “democracia”). Instaurar y decretar además, el control masivo de la prensa y los medios de comunicación, una premeditada ruina económica de las clases bajas como los trabajadores asalariados y cometer un genocidio libre de cargos y responsabilidades.

La pandemia no mata, ni por asomo; lo que asesina es el nuevo fascismo genocida normal de España.

Y toda esa impunidad con que actúa el nuevo y normal fascismo, se debe agradecer a la cobardía de una país decadente como ninguno. España es de tradición totalitaria porque sus habitantes gozan de una notable mansedumbre endogámica y se sienten como dios con sus bozales y toques de queda.

Incluso aplauden con beato fanatismo cuando les dan un motivo o una orden para quedarse en casa.

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