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Aunque más que perdiz, me gustaría compararme con algo más exótico, como un ornitorrinco.
No importa tanto la estética como la exclusividad.
Es pura especulación infructuosa, porque ni la perdiz, ni el ornitorrinco, ni yo tenemos esa característica llamada felicidad todos los cochinos días.
Dijéramos que soy feliz como una perdiz cuando el bosque me rodea y no hay a mi alrededor ningún idiota con mascarilla, un policía tocando los cojones o el puto presidente pidiendo encarcelamiento y represión, llamándolas prórrogas del estado de alarma por coronavirus de la puta madre que lo parió.
A mí si me dejan en paz y no se me acerca nadie, incluso puedo cometer un amago de sonrisa.
Pero que nadie se fie, soy de naturaleza hosca y si sonrío es porque realmente estoy solo.
Las ardillas no cuentan, ni los jabalíes, ni las putas moscas…
Bueno, como ya he realizado mi reflexión del día, voy a seguir fotografiando con mi costosa cámara porque soy odiosamente vanidoso también.
Y después de montar en bici, fumo más a gusto que dios si existiera, un alarde de mi vitalidad y generosidad con mi propia salud.
Joder, no puedo parar de hablar de mis virtudes…
Es un asco ser tan asquerosamente fascinante.
Al menos no ocurre los que a los héroes Marvel de las películas Disney, que se deprimen como mariconas por la responsabilidad de su poder.
Y…
¡Ya! ¡Shhh!

La vida es maravillosa hasta que se te abre la conciencia a la injerencia de los otros, aquellos absoluta y ridículamente distintos a ti. Es entonces cuando lo maravilloso es tormento y prisión.
Y el buen humor un sarcasmo constante.
Y cuando estás solo, es un placer no hablar, no sonreír.
Y cuanta más soledad, más profunda la buscas.
O la necesitas.

Yo no necesito que ningún idiota me diga que distancia de seguridad he de guardar.
Siempre he guardado una inimaginable distancia de seguridad de todo humano.
Y no por temor a contagios, simplemente por misantropía congénita. Me distancio de ellos como del veneno.
Guardo la misma distancia de los humanos que las nubes de mí.
Ellas saben que no soy buena cosa.
Bueno… Follar ni que decir tiene que junto con agredir, es una excepción a la distancia social de mierda.
Qué más quisieran contagiarse algo de mí.
No lo permitiré.

Una vaca come pasto a mis espaldas y de vez en cuando tose como lo haría yo, cosa que me incomoda un poco: ¿Es la vaca la que se parece a mí o yo a ella?
Como no tengo otra cosa que hacer, la fotografío.
Y de pronto, en el prado de enfrente una vaca muge fuerte y prolongadamente.
La vaca deja de pacer y me mira con sus grandes ojos bobos. Como si me preguntara por que mujo.
¡Qué susceptible!
Y yo le digo: ¿Y a ti qué te pasa, te parezco de las tuyas?
Qué tiempos de mierda… El Régimen Español del coronavirus del caudillo Sánchez, consigue estresar hasta el ganado.

Y cuando pase esta puta mierda del estado de encarcelamiento que el Régimen Español ha decretado con una pistola en la nuca con la excusa del coronavirus; tocará arreglar cuentas con esos ciudadanos ejemplares de mierda que desde los balcones y ventanas de sus pocilgas, han delatado rastrera y servilmente a la bofia a gente con el valor y decencia que a ellos les falta. Que los jodan
Que los jodan dos veces.

No es tan exótico como Gorilas en la niebla; pero nada es perfecto.
Y no tengo dinero para viajecitos y safaris, coño.
Es lo que hay, la pobreza crea humildes y lácteos ingenios.

Ahora lo sé gracias a la epidemia que no consigue matar los suficientes.
Conmigo morirá el último hombre con aliento de tabaco, con su cáncer, con su pierna podrida, con su dolor y con sus cojones.
¡Pobre humanidad! No la extinguirá ninguna peste, la decadencia la está devorando.
Sin mí se acabó.
Me da paz morir sabiendo la mierda que dejaré de ver y sentir de una vez por todas.

No hay otra cosa que hacer más que esperar que la bofia del Régimen Español haga su ronda de mierda para bajar a la sucia calle. Es el hastío de la dictadura del coronavirus.
Jamás he salido para aplaudir, solo para fumar y tirar la colilla y otros desperdicios a la puta calle.
Y la calle me necesita para tener color y personalidad.
Una calle sin mí es una ruina por donde solo deambulan las grises ratas de dos y cuatro patas.
Soy un héroe que lucha contra la grisentería.

Dime espejito mágico: ¿Quién es el hombre más chachi, retorcido, ingenioso, escritor de lo sórdido, odiador profesional, irreverente, obsceno, sexual, cruel y al mismo tiempo una belleza de ser humano por dentro y fuera, aclamado y deseado por todas?
Y no quiero saber ninguna verdad de mierda. Te la metes en el culo si tuvieras.
Mejor será que no te hagas el listo y no me jodas o te destrozo a martillazos, pedazo de mierda reflectante.

Es adorable y no tiene coronavirus.
Simplemente ha reaccionado a la imbecilidad social de los aplausos de las 20:00 todos los putos días.
Llevan tantas tardes los idiotas aplaudiendo felices que, ambos hemos sido poseídos por el espíritu humano de la hijoputez.
Yo no me he fotografiado en el momento de los aplausos porque me afecta al pene y he de ser cuidadoso con los nuevos censores.
Murf y YO tenemos, evidentemente, naturalezas distintas.
Estas primeras semanas de la recién estrenada dictadura del Régimen Sánchez-Iglesias, se me hincha y endurece grotescamente, y aparecen en el meato dientes en el momento álgido de la ofrenda de aplausos y agradecimientos de los tontos a sus amos, por alguna razón que ni ellos saben; tal como actúan algunas mujeres maltratadas con su macho.
No gano para pantalones (calzoncillos ya no tengo) y me da miedo masturbarme.
Pero me mola mucho Murf.