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No soy especialmente peligroso. Soy sexualmente agresivo con quien amo y deseo; pero si no la tengo dura soy físicamente inofensivo. El celo marca mis días.
Sin embargo, esa verja eléctrica los mantiene a salvo de mí. De mi pensamiento certero, afilado por la verdad, templado por la hipocresía que mamé al nacer y ahora parece agua de tan natural.
Tal vez, ese pastor eléctrico evita con su campo magnético que mi pensamiento les deprima y se suiciden por la presión del impío conocimiento que emito sin poder evitarlo.
Soy prácticamente dios, el verdadero. El que calla la muerte a pesar de sentirla reptar cada día por la piel. La mía y la de todos los seres vivos.
El que calla muy astuto el amor falso y prostituto que existe como una epidemia y es vacuna contra la cobardía a la soledad.
Soy un dios discreto que da dos monedas a la puta vida por una mala mamada.
Está bien, me conforta que estén a salvo de mi pensamiento quirúrgico y amputador.
No soy malo del todo, solo que si pudiera ocultar la verdad, sería perfecto.
Caballos, por vuestro bien, no traspaséis la línea hasta que me haya ido o muerto.

Es tan tentador sentarse con ellas en la hierba…
Si yo fuera ternero, no me gustaría que un humano me molestara.
De hecho, siendo humano, no soporto que se acerquen y ocupen espacio a mi alrededor los de mi propia especie.
Se acaba con esta reflexión la tentación de tumbarse con ellas y compartir el cielo y la tierra durante un tiempo.
Hasta el romanticismo bucólico debe tener un límite para no caer en la idiocia.
Hay otro límite más: no morirán en ese majestuoso paisaje y no vivirán demasiado.
Cosa que me hace sentir incómodamente cómplice de asesinato.
La sinceridad y el conocimiento son los mejores antídotos contra el ingenuo romanticismo.
Sin embargo, nada ni nadie a pesar de la envidia, puede evitar o negar que sean preciosas.
¿Tenderse en la hierba con ellas como un compañero cómplice de su asesino?
No, no puedo ser tan hipócrita.
Les digo adiós y me trago la verdad que sabe a hiel.
La verdad es innecesaria, no aporta beneficio alguno.
Y sabe a mierda.

«Desconcertado estaba el Diablo, y sintió el horror que la bondad oculta».
(Película El Cuervo)

Que no es poco por lo desesperante, por las melancolías de lo que ya no podrá ser.
Por lo que pasó y duró tan poco que parece sueño.
Por el dolor que es tanto y parece delirio
Por tanto espacio-libertad que los pulmones se fatigan de tanto aspirar, y llevarse a la tumba todo lo bueno que puedan.
Porque amar es el más hermoso de los esfuerzos y detestar lo más fácil y liberador.
Un día más… O un día menos.
Pero eso ya lo sabía. Está bien, no puede hacer daño.

He tenido una revelación.
Tanto que algunos lo buscan y helo aquí, el paraíso: un prado con un montón de vacas satisfechas y plácidamente aburridas de tanto rumiar. Acostadas en el pasto y con total seguridad, sobre sus propias cagadas sin que les importe demasiado.
Soy la hostia de místico.
Y un observador nato.

A veces juego conmigo mismo al escondite, me mal escondo en mí y de mí. Quisiera no saber tanto de miedos, de dolor, de frustración.
De la vergüenza de tantos fracasos.
Quisiera no conocer el final de la película…
Quisiera esconderme de todo eso.
Pero no se me da bien.
Abulto mucho y mis manos son pequeñas.
Hago lo que puedo y nunca es suficiente.
Puto karma…

Aparece sola, sin conjuros.
Sin tratamientos psicológicos.
En cualquier momento, cuando dejas vagar perezosamente la mirada y encuentras que la vida y lo inanimado comparten un espacio íntimo y está todo donde debe estar.
Y es mágico en su absoluta sencillez. Captas el momento para no olvidarlo, para poder contarte a ti mismo que hay momentos también de una sorprendente serenidad que te sedan de dolores y muertes.
A veces vale la pena vivir.

La incertidumbre del momento de la muerte puede darse cuando estás sentado cómodamente en el sillón del salón. O cuando estás bajo un cielo precioso entre altas montañas, en valles…

En el segundo caso la incertidumbre no angustia, al final te sientes nube y viajas allá donde los vientos te llevan. Estás donde debes.

En el primer caso, no hay drama; pero es triste y no es euforizante.

Es solo un pensamiento casual, porque no es fácil elegir donde morir.

Tal vez, por alguna justicia poética, los que hemos tenido una vida de mierda, tengamos una buena muerte.

Mentira: te joden hasta el final.

No me fio.

En las noticias de la tele se ve la misma basura todos los días: políticos podridos, afortunados ricos de mierda que nacieron en un buen momento y en un buen lugar, estafadores simpáticos para la puta madre que los parió y asesinos que, por alguna razón de leyes imbéciles de esta sociedad repugnante, siguen respirando.
Me levanto del sillón para cepillarme los dientes, como si toda esa mierda escupida por la televisión se me hubiera metido en la boca. Toso repentinamente y escupo sangre, una buena bocanada.
Me miro atentamente en el espejo con los labios y dientes ensangrentados, un par de hilillos rojos se deslizan por la nariz hacia el labio. Pienso en lo que ha reventado dentro de mi cuello y la muerte.
Y siento una profunda melancolía, como si ya hubiera dejado atrás lo amado, lo querido. La tristeza es hermosa…
Pero no tengo miedo, solo rabia porque no podré ver morir a todos esos que odio.
Siempre he sido un perdedor entre tantos hijos de la gran puta.
Fumo y odio, es básicamente mi filosofía de vida.
Las actitudes positivas me las paso por el forro de los huevos, solo sirven para crear mentes serviles y obedientes.
No me voy a sentir especialmente sensible por morir. Ni necesito una muerte apacible. Si vivir ignorante e ingenuo es una obscenidad para la dignidad, morir afable y con el rostro bendecido por una sonrisa de paz, es diarrea mental.
No, mi último pensamiento es saber que no veré morir a muchos. Algunos me han ganado y me entierran a mí.
¡Puercos…!
Que sirva como epitafio.