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Cromatófobo

La monocromía grisácea me da paz y serenidad. Los colores y su brillantez dispersan mis pensamientos y se tornan volátiles y erráticos.
Banales.
Y es lógico, cuanto más me adentro en mí, más oscuridad.
En lo oscuro reside el temor y lo ignoto.
Y el conocimiento insoslayable.
Soy gris y temible en un mundo de color. Me temo a mí mismo. Me frustro continuamente.
Mi cromatofobia es un síntoma de mi alergia a lo superficial.
Algo crónico y degenerativo.

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El otoño es la época más hermosa en el bosque. No solo por los colores, la agradable temperatura que alivia la piel tras el ardor del verano y el olor a tierra húmeda a las mañanas.
Se presta a la ilusión.
Si te detienes frente a un árbol cuando hay una suave brisa, sientes el murmullo de su frondosidad decadente y amarronada. Y llueven las hojas sobre ti. Como si el árbol te acariciara, como si estuviera contento de que lo acompañes en la hora de las hojas muertas y te saluda con una lluvia de mariposas secas.
Adquiere sentido soñar que un muerto querido te saluda también, que ahora es tierra y vegetación y te reconoce.
Sí… El otoño es un buen momento para soñar, para imaginar amores y cariños imposibles o los que ya murieron.

Los muertos no son envidiados
No celebro el día de muertos, me costó mucho olvidarlos.
Y como los recuerdo la última vez que los vi, no me gustó.
La piel cerosa, pálida y fría. La carne átona, la nariz hinchada.
Enfriaban el aire.
No hay belleza alguna en los muertos por mucho que los decoren.
¿Por qué se empeñan en celebrarlos por mucho que fueran queridos?
Porque temen que al morir los abandonen. Que se queden solos en sus tumbas.
Como si no murieran, en definitiva.
La celebración de los muertos es un acto interesado que busca la compañía en la muerte propia.
La tradición está formada por dos partes de miedo, una de ignorancia, otra de usura y otra de ingenuidad, de inmadurez.
Aceptar que los muertos no viven, no oyen, no ven, no hablan; es aceptar la muerte con serenidad, una consecuencia natural.
La cobardía es incompatible con la serenidad y la naturalidad.
La cobardía engendra inquietud y usura sentimental y económica.
La humana hipocresía es la cara oculta de la envidia. Esa envidia que hace odiar en vida a una persona y cuando el envidiado muere, es a veces admirado.
Los cadáveres no son víctimas de la envidia, aunque murieran por ella.

Diez céntimos

Una anécdota de la enseñanza catalana.
Entre el 2007 y el 2011, mi hijo estudiaba ESO (enseñanza secundaria obligatoria) en un IES (instituto de enseñanza secundaria) de Barcelona, en el distrito de Nou Barris.
Una tarde cuando llegó a casa de la escuela, me dijo que uno de los profesores exigía de cada alumno de la clase diez céntimos para pagar el bolígrafo que uno de los alumnos perdió durante la hora del recreo o descanso. Ya que todos eran responsables de lo que ocurre en la clase, según el profe que además, era tutor de ese curso.
Fue como si me retorcieran los cojones; y lo que es peor sentí que me pellizcaban los sesos.
Le expliqué alto y claro a Iconaclastito (mi hijo) que él no era responsable de la negligencia o torpeza de otra persona. Cada cual ha de cuidar y proteger sus propiedades.
Escribí una carta para que se la entregara en un sobre al tutor de su clase.
En la carta le decía que incluso tenía suficiente dinero para pagar veinte bolígrafos y que aceptaba pagar los diez céntimos exigidos; pero como ayuda a una familia pobre. En ningún caso aceptaría la responsabilidad de mi hijo y así se lo había hecho saber. Esos diez céntimos, para mí y para mi hijo, serían un acto de caridad y en modo alguno una multa por alguna alienante «responsabilidad».
El tutor me citó a la tarde siguiente para conversar. Me dijo que era un asunto de disciplina, los adolescentes precisan un buen control precisamente por la edad tan problemática en la que se encuentran.
También agradecía mi interés por la educación de mi hijo, ya que ningún padre se había puesto en contacto con él por este asunto.
Yo le respondí que hay una tiranía moral y una acto de deliberado adoctrinamiento en esa medida de responsabilizar a terceros de la torpeza, dejadez o mala suerte de otra persona.
Insistí en que pagaría caridad para una familia sin recursos, en ningún caso el coste de un bolígrafo que otro ha perdido.
También le dije, que en el caso de que mi hijo perdiera el reloj de doscientos euros que le regalé para su cumpleaños, la clase deberá pagarlo ¿verdad?
Torció el gesto como si algo no fuera bien. Me dijo que no me preocupara, que solo era una forma de imponer disciplina y que no se llevaría a cabo el cobro de ese bolígrafo.
Yo no me preocupaba de nada, ya había dejado definitiva y clara mi postura.
El tema derivó en otros sobre anécdotas y problemas de alumnos y profesores. Nos despedimos cordialmente tras una larga charla variada.
Ahora pienso que por aquel entonces ya se intentaba en los alumnos anular la creatividad, el individualismo; para formar un rebaño en el que se identificaran todos con una misma causa, independientemente de si esa doctrina era justa, ética y lógica.
Precisamente lo que ha ocurrido con las grandes manifestaciones por el independentismo que se han hecho en Cataluña: años de adoctrinamiento en colegios y de familias mirando la televisión autonómica TV3 (púlpito machacón de arengas pseudo paternalistas sobre la importancia de ser un rebaño unido y con un solo pensamiento), ha creado un comportamiento unidireccional y colectivo. Absolutamente sectario.
La chusma no necesitaba ninguna independencia, puesto que hay una democracia consolidada; y mucho menos precisa un gobierno como el de la Generalitat, desde hace mucho tiempo obsesivamente controlador y represivo (de los más caros en España con sus impuestos para el ciudadano). Es el gobierno que se ha instaurado con un golpe parlamentario en Cataluña. Formado además, por políticos tan corruptos y acusados de ello, como tantos otros en cualquier país del mundo.
Así ,con ese pensamiento unidireccional si un catalán se siente víctima todos lo son y por tanto, las víctimas son mártires. Y los políticos, santos.
Ninguna novedad, eso ha ocurrido en Bosnia, en la Italia fascista, en la Alemania nazi, en las sociedades radicales islámicas…
En el caso catalán, este lavado de cerebro ha sido posible gracias a la decadente indolencia de una sociedad demasiado acomodada y endiosada en un espejismo de superioridad racial (no son raza; pero han asumido que lo son) y geográfica; que ha perdido la autocrítica en favor de una infantil ingenuidad cebada con una facilona y paternalista retórica.
No existe tiempo en el que no sea posible o no interese al gobierno de una nación la violencia y la guerra cuando de apropiarse de un territorio se trata. Es una candidez de cerebro enfermo e inmaduro pensar que una independencia fuera de la ley se resuelve con unas manifestaciones «pacíficas» (que no lo son) y unas flores.
Es habitual ver llorar a la chusma emocionada por las homilías de un presidente con estética de beato y gesticulación de predicador. Qué chochos…
Y me encanta ser testigo directo de la actuación y progreso de una fascismo y un fanatismo; porque reafirma lo que pensaba, sabía e intuía de la humanidad.
Mi pensamiento libre y certero me llena de vanidad.
Yo no pedí ser catalán, español o terráqueo. Mi situación geográfica fue accidental, no pude elegir.
Por ello, no le debo nada a nadie; y mucho menos, mi pensamiento.
Ni diez céntimos…

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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La vida es color dicen; pero algo ocurre en mi cerebro, que codifico los colores en grises y a la luz amenazada por la penumbra.
No quiero la banalidad del color, quiero la lucha entre luz y oscuridad. La tétrica serenidad de la monocromía que evoca muerte, tiempos ya perdidos…
Mi pensamiento denso y potente no busca paz o alegría, solo quiere trascender a través de la cruda y descarnada realidad.
Porque de alguna forma, soy capaz de sonreír y amar en lo gris y en la penumbra.
Tal vez soy alérgico al miedo y la tristeza.
Tal vez tengo un problema en mis retinas; pero no usaré colirios.
Está bien así, no puede hacer daño.

100 muertes por minuto

Los escritores viven a una velocidad de 100 muertes/minuto hasta que al final les es concedida.
Escribir es una enfermedad degenerativa: degenera la humanidad y el ánimo de quien la describe.
Los hay que escriben de esperanza y amor; pero no son escritores, son charlatanes, vendedores timadores con un frasco de curalotodo en la mano. Rodeados de palurdos que se plantean comprar ese agua sucia que anuncia.

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Bebiendo agua fresca y clara a falta de cocacola, como siempre me ha sobrevenido una de mis revelaciones filosóficas.
Es un asco ser tan listo, una carga tremenda es mi pensamiento afilado.
Me gusta mucho ese dicho que dice: Al enemigo ni agua.
Estoy de acuerdo, para eso es el enemigo: para matarlo.
A menos que tenga un buen par de poderosas tetas y unos labios jugosos y carnosos (los cuatro).
La tolerancia y el perdón son virtudes que conviene cultivar si hay tetas.

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Nadie habla de lo que teme, porque al hacerlo se podría materializar.
Como puntas afiladas de la reja de un inofensivo jardín cuando miras arriba.
Cuando ese temor a pronunciar lo temido se ha instalado, es porque lo malo es inevitable.
Lo peor va a ocurrir, o ya está ocurriendo.
Es tarde.

Desayunar morir

Me siento en el escritorio, intentando elegir de entre todo este caos de ideas, cuál describir y escribir.
Es temprano, he hecho gimnasia y tengo hambre y de la misma forma pienso en morir, no sé porqué; pero me maravilla la naturalidad de morir y la de desayunar como hechos cotidianos.
El rostro es el mismo con hambre o con la certeza de que se va a morir.
Como si morir fuera otra tarea más.
Bien, es tarde para miedos. Desayunar está bien mientras mueres
No hay pesimismo, es solo una mañana más.

Banderas e himnos

Son putos tiempos de banderas e himnos.
No estoy en el tiempo ni lugar adecuado.
Aunque no existen semejantes cosas.
Le confesaría a un cura si creyera.
«Tengo un problema, padre:
Cuando veo una bandera o escucho un himno, siento un dolor agudo en los genitales y parece que me arrancan de la cabeza mi individualismo, mi libertad, lo que soy. Padre: ¿sería legal pedir a Dios que incinerara las banderas, las manos que las soportan y las bocas que canta himnos?
Necesito tranquilidad, padre de mierda.»
Veo un mástil vacío y libre, como yo; somos iguales en la bendita y silenciosa soledad donde no acude nadie.
Y me da paz.
Y está bien.
Dos veces bien.