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El frío

Es bueno el frío porque hace a los humanos menos complacientes consigo mismos.
Dijéramos que si estás preocupado por la insensibilidad de los dedos y los mocos y lágrimas congeladas, te importa una mierda la cotización del barril de petróleo, por ejemplo. O el precio del kilo de tortillas de maíz (soy internacional).
El organismo está ocupado en generar calor y las orejas se esfuerzan en no congelarse.
Las orejeras, aunque indignas, cumplen su cometido, lo sé. Y por ello comprendo que algunos digan “yendo yo caliente, ríase la gente” (creo que las orejeras quitan muchas oportunidades de follar, sinceramente).
Pero soy vanidoso cosa mala y me siento orgulloso de mis pabellones auditivos, así que los luzco, aunque adquieran un tono oscuro de “quemadosporelfrío” a medida que camino calentando los pulmones con un cigarro tras otro.
Es que aún no he encontrado unas orejeras dignas de mí. Es un asco ser tan especial.
Del banco helado, que ahora no tiene utilidad alguna para paliar mi cansancio, hablaré otro día. Mierda…
Puto frío…

Misticismo

Si fuera un místico pensaría que la publicidad es un aviso profético. Pero no me hace falta de ninguna profecía para saber lo que me espera. Soy tremendamente práctico e inasequible a la ingenuidad.
Dijéramos que simplemente es divertido, y más teniendo en cuenta que ya he perdido muchas piezas dentales. Vamos, que no son para siempre por mucha muerte que lo afirme.

Citas, Humor, Iconoclasta, Música, Pablo López Albadalejo, Reflexiones de Iconoclasta, romanticismo, Ultrajant,

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La vida tiene un efecto negativo sobre la muerte: la retrasa.
Y en algunos casos, demasiado.

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Yo no lo pedí, me cansa. Me preocupa el asunto de la locura porque el amor es tragedia, caminar es agotador y odiar se ha convertido en monotonía.
La vida es demasiado larga.
A veces pienso en un momento de delirio, que el humo incinera el pensamiento y me convierte en simple carne.
Me equivoco, lo aviva y lo lleva a los pulmones para que intoxique la sangre y el pensamiento se extienda como un moco por toda la piel.

El oficio más triste. Dic 2016. Sant Joan Ab. Fuji

Los terneros, separados de los adultos, duermen juntos en el prado templado por el sol de mediodía como en una guardería humana.
En algún momento alguno se incorpora y hociquea a su madre en un costado. Ésta le lame los ojos y el hocico. El pequeño mete la cabeza entre sus patas buscando la teta. Buscando el cariño que toda cría necesita, sea vaca o humana. Buscando amparo en este gigantesco mundo.
Siento una profunda tristeza, como una herida sangrante en la emoción de la ternura; el triste final. Terneros y madres morirán sin oportunidad de defenderse, sin oportunidad de tener una vida completa.
Ser ganadero es el oficio más duro, el más triste.
Vivir cada día con esos seres tan llenos de emociones. Todos los días ver y experimentar esas necesidades de cariño, de crecimiento que los humanos también sienten. Relajarse observando su sencilla placidez: como se tumban al sol en silencio cuando han comido, como si todo estuviera bien y por lo tanto, nada que decir.
Todas esas vidas que se cargarán en un camión y luego matarán.
Tantos meses compartiendo sus días…
No podría, no tendría valor para ser ganadero.
No puedo cruzar un prado y pensar solamente que viven en paz, que son seres hermosos.
Hay una tragedia escrita como una ley. E inquebrantable.
Han de morir, en unos meses.
A veces las saludo porque me observan cuando paso frente a ellas. Les digo: “¡Hola guapas, buenos días!” si no hay nadie cerca.
E intento no pensar en lo que ocurrirá, no quiero que puedan intuir mi tristeza.
Todos morimos; pero no con la absoluta certeza de la inmediatez, la norma y la indefensión.
Sobre todo, la inocencia. No lo imaginan, lo sé por sus miradas tranquilas, por sus mugidos perezosos y plácidos. Porque los pequeños a veces juegan entre ellos y se vuelven a tumbar en la hierba cansados. Juntos, como amigos de clase.
Son muy pequeñitos para que alguien les diga la verdad. Las verdades no deben decirse jamás; solo hacen daño y corrompen la alegría.
Yo no podría matar a mis amigos.
Pobres hombres y mujeres que deben hacerlo.
“¡Adiós bonitas, hasta mañana!” me despido de ellas con la alegría más triste del mundo.
La belleza de la montaña encierra una tragedia que colapsa la alegría.
La belleza es un animal venenoso de atractivos colores.
Es como si hubiera una norma que dijera que siempre es un buen momento para la pena y para morir.
No hay belleza sin dolor.
A veces siento un cansancio vital, como si no quisiera saber más, ver más.
Ya lo he vivido todo.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Existen los creadores y tras ellos, aparecen los perfeccionadores.
Estos últimos son los que se mortifican por no haber sido capaces de crear y dedican todos sus esfuerzos por mejorar una creación ajena.
El creador solo busca la paz sacando de su cerebro, de una forma clara y precisa, esa idea que pulsa como un tumor en su cráneo.
Cuando lo ha conseguido llega el descanso y cierto temor a que se desarrolle un nuevo tumor.
El perfeccionador mantiene siempre constantes su esfuerzo y envidia para superar al creador; pero no hallará consuelo y desaparecerá vencido por el anonimato.
Las molestias que sufre el creador en su cerebro, las sufre el perfeccionador en el culo.
Y así llegamos al yutup y sus videos para hacer la vida mejor con sus lemas: “Deberías probar…”, “Deberías hacer…”; donde unas manos ágiles y veloces hacen alguna estupidez con algo sacado de la basura o con golosinas baratas para hacer otra golosina más empalagosa aún.
Esto es un ejemplo de lo que llegan a sufrir los perfeccionadores por no haber sido creadores: llegan al ridículo por medio de la desesperación de su impotencia creadora.

Cromatófobo

La monocromía grisácea me da paz y serenidad. Los colores y su brillantez dispersan mis pensamientos y se tornan volátiles y erráticos.
Banales.
Y es lógico, cuanto más me adentro en mí, más oscuridad.
En lo oscuro reside el temor y lo ignoto.
Y el conocimiento insoslayable.
Soy gris y temible en un mundo de color. Me temo a mí mismo. Me frustro continuamente.
Mi cromatofobia es un síntoma de mi alergia a lo superficial.
Algo crónico y degenerativo.

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El otoño es la época más hermosa en el bosque. No solo por los colores, la agradable temperatura que alivia la piel tras el ardor del verano y el olor a tierra húmeda a las mañanas.
Se presta a la ilusión.
Si te detienes frente a un árbol cuando hay una suave brisa, sientes el murmullo de su frondosidad decadente y amarronada. Y llueven las hojas sobre ti. Como si el árbol te acariciara, como si estuviera contento de que lo acompañes en la hora de las hojas muertas y te saluda con una lluvia de mariposas secas.
Adquiere sentido soñar que un muerto querido te saluda también, que ahora es tierra y vegetación y te reconoce.
Sí… El otoño es un buen momento para soñar, para imaginar amores y cariños imposibles o los que ya murieron.

Los muertos no son envidiados
No celebro el día de muertos, me costó mucho olvidarlos.
Y como los recuerdo la última vez que los vi, no me gustó.
La piel cerosa, pálida y fría. La carne átona, la nariz hinchada.
Enfriaban el aire.
No hay belleza alguna en los muertos por mucho que los decoren.
¿Por qué se empeñan en celebrarlos por mucho que fueran queridos?
Porque temen que al morir los abandonen. Que se queden solos en sus tumbas.
Como si no murieran, en definitiva.
La celebración de los muertos es un acto interesado que busca la compañía en la muerte propia.
La tradición está formada por dos partes de miedo, una de ignorancia, otra de usura y otra de ingenuidad, de inmadurez.
Aceptar que los muertos no viven, no oyen, no ven, no hablan; es aceptar la muerte con serenidad, una consecuencia natural.
La cobardía es incompatible con la serenidad y la naturalidad.
La cobardía engendra inquietud y usura sentimental y económica.
La humana hipocresía es la cara oculta de la envidia. Esa envidia que hace odiar en vida a una persona y cuando el envidiado muere, es a veces admirado.
Los cadáveres no son víctimas de la envidia, aunque murieran por ella.

Diez céntimos

Una anécdota de la enseñanza catalana.
Entre el 2007 y el 2011, mi hijo estudiaba ESO (enseñanza secundaria obligatoria) en un IES (instituto de enseñanza secundaria) de Barcelona, en el distrito de Nou Barris.
Una tarde cuando llegó a casa de la escuela, me dijo que uno de los profesores exigía de cada alumno de la clase diez céntimos para pagar el bolígrafo que uno de los alumnos perdió durante la hora del recreo o descanso. Ya que todos eran responsables de lo que ocurre en la clase, según el profe que además, era tutor de ese curso.
Fue como si me retorcieran los cojones; y lo que es peor sentí que me pellizcaban los sesos.
Le expliqué alto y claro a Iconaclastito (mi hijo) que él no era responsable de la negligencia o torpeza de otra persona. Cada cual ha de cuidar y proteger sus propiedades.
Escribí una carta para que se la entregara en un sobre al tutor de su clase.
En la carta le decía que incluso tenía suficiente dinero para pagar veinte bolígrafos y que aceptaba pagar los diez céntimos exigidos; pero como ayuda a una familia pobre. En ningún caso aceptaría la responsabilidad de mi hijo y así se lo había hecho saber. Esos diez céntimos, para mí y para mi hijo, serían un acto de caridad y en modo alguno una multa por alguna alienante «responsabilidad».
El tutor me citó a la tarde siguiente para conversar. Me dijo que era un asunto de disciplina, los adolescentes precisan un buen control precisamente por la edad tan problemática en la que se encuentran.
También agradecía mi interés por la educación de mi hijo, ya que ningún padre se había puesto en contacto con él por este asunto.
Yo le respondí que hay una tiranía moral y una acto de deliberado adoctrinamiento en esa medida de responsabilizar a terceros de la torpeza, dejadez o mala suerte de otra persona.
Insistí en que pagaría caridad para una familia sin recursos, en ningún caso el coste de un bolígrafo que otro ha perdido.
También le dije, que en el caso de que mi hijo perdiera el reloj de doscientos euros que le regalé para su cumpleaños, la clase deberá pagarlo ¿verdad?
Torció el gesto como si algo no fuera bien. Me dijo que no me preocupara, que solo era una forma de imponer disciplina y que no se llevaría a cabo el cobro de ese bolígrafo.
Yo no me preocupaba de nada, ya había dejado definitiva y clara mi postura.
El tema derivó en otros sobre anécdotas y problemas de alumnos y profesores. Nos despedimos cordialmente tras una larga charla variada.
Ahora pienso que por aquel entonces ya se intentaba en los alumnos anular la creatividad, el individualismo; para formar un rebaño en el que se identificaran todos con una misma causa, independientemente de si esa doctrina era justa, ética y lógica.
Precisamente lo que ha ocurrido con las grandes manifestaciones por el independentismo que se han hecho en Cataluña: años de adoctrinamiento en colegios y de familias mirando la televisión autonómica TV3 (púlpito machacón de arengas pseudo paternalistas sobre la importancia de ser un rebaño unido y con un solo pensamiento), ha creado un comportamiento unidireccional y colectivo. Absolutamente sectario.
La chusma no necesitaba ninguna independencia, puesto que hay una democracia consolidada; y mucho menos precisa un gobierno como el de la Generalitat, desde hace mucho tiempo obsesivamente controlador y represivo (de los más caros en España con sus impuestos para el ciudadano). Es el gobierno que se ha instaurado con un golpe parlamentario en Cataluña. Formado además, por políticos tan corruptos y acusados de ello, como tantos otros en cualquier país del mundo.
Así ,con ese pensamiento unidireccional si un catalán se siente víctima todos lo son y por tanto, las víctimas son mártires. Y los políticos, santos.
Ninguna novedad, eso ha ocurrido en Bosnia, en la Italia fascista, en la Alemania nazi, en las sociedades radicales islámicas…
En el caso catalán, este lavado de cerebro ha sido posible gracias a la decadente indolencia de una sociedad demasiado acomodada y endiosada en un espejismo de superioridad racial (no son raza; pero han asumido que lo son) y geográfica; que ha perdido la autocrítica en favor de una infantil ingenuidad cebada con una facilona y paternalista retórica.
No existe tiempo en el que no sea posible o no interese al gobierno de una nación la violencia y la guerra cuando de apropiarse de un territorio se trata. Es una candidez de cerebro enfermo e inmaduro pensar que una independencia fuera de la ley se resuelve con unas manifestaciones «pacíficas» (que no lo son) y unas flores.
Es habitual ver llorar a la chusma emocionada por las homilías de un presidente con estética de beato y gesticulación de predicador. Qué chochos…
Y me encanta ser testigo directo de la actuación y progreso de una fascismo y un fanatismo; porque reafirma lo que pensaba, sabía e intuía de la humanidad.
Mi pensamiento libre y certero me llena de vanidad.
Yo no pedí ser catalán, español o terráqueo. Mi situación geográfica fue accidental, no pude elegir.
Por ello, no le debo nada a nadie; y mucho menos, mi pensamiento.
Ni diez céntimos…

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.