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El sol ya cae a plomo sobre mis hombros como un castigo de dioses, como el remordimiento sodomita en la conciencia de un hipócrita fariseo.
Mi sombra es más precisa y nítida.
No es bueno ni malo, puede ser molesto.
Por otro lado, la sombra indica existencia. Tampoco es como para dar saltos de alegría.
Temo que la sombra sea mi negra caricatura reptante.
Una broma del sol idiota.
Estaría bien que una nube tapara el sol.
No tengo gran interés en mi sombra, podría vivir sin ella.
Y sin este sol cabrón, también.

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Y esta imagen me recuerda que soy un bulto insignificante que no alcanza a recortarse contra el cielo. Porque soy nada, soy mierda.
Opaco sobre opaco.
Sublimación de lo anodino.
Así no hay forma de trascender.
Mi autoconocimiento es la humillación perfecta.
Soy mi mejor enemigo.

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Lorca escribió de un reloj: «suena oscuramente». Yo le añadiría: «circular y quietamente». Tanto tiempo y tan poca distancia recorrida… Ser reloj es maldición, ser yo es absurdo.
Me parece bien.
Ambas cosas.

Publicaciones de Iconoclasta.

Publicado: 20 enero, 2017 en Lecturas, Libros, Sin categoría
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666 volumen 1

666-2

666 volumen 2

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El amor que todo lo confunde

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Haber sentido tu voz o simplemente evocarla provoca un ritual pagano y carnal, siempre el mismo. Es inevitable y no tiene espera ni pudor.
Rozar mis labios deseando que sean los tuyos, soñándolos…
Mantenerlos entre mis dedos para que el tiempo y la distancia no me los arranquen. Quieren ir contigo unirse a los tuyos.
Engañarlos, ahora que están enfermos de ti y deliran. Que los labios crean que son tus dedos los que en ellos se posan.
Que tras acariciar tu sexo ávido, los labios se unten de tu deseo y besen tu esencia enloquecedoramente obscena.
Caliente, caliente, caliente…
Calmarlos de una avidez feroz, de una fiebre atroz.

Es el rito de la desesperación.
Y bendito sea tu coño, amén.

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En Telegramas de Iconoclasta.

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La luna llena y una casa gótica.
¿Cómo no dejarse llevar por la imaginación?
Por lo mismo que me pagan, prefiero un buen decorado.
Y cierta melancolía que no acierto a identificar el origen.

 

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No sé si es porque he girado el cuello excesivamente (tampoco es tan bueno como dicen eso de la flexibilidad) o el cigarrillo estaba adulterado con alguna sustancia simpática y emocionante.
Pero se me ha escapado la risa ante el horror de una ola que se traga el planeta mismo. Me he tapado los oídos porque los árboles gritaban de dolor y sus troncos chascaban como huesos rotos, muy rotos.
Nunca había oído aullar a las nubes, creí que eran ajenas al dolor.
Y he dejado de reír, porque era el fin.
He sabido con tristeza que todas las cosas y todos los seres temen al dolor que la muerte arrastra.
He vomitado porque mi estómago parecía doblarse como el prado y las montañas. Y por un miedo primigenio, tan profundo que parecía taladrar los huesos hasta el tuétano.
Me quería arrancar la piel de miedo.
No sé como he podido salir vivo de toda esa devastación.
Una vaca ha mugido tranquila y todo estaba bien.
Y aún así, jamás olvidaré los gritos de la tierra y el cielo devorándose a sí mismos.
He vomitado por nada.
Mierda.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Cielo y montaña han dado un toque de queda. Y tres rezagados permanecemos a la sombra de su amenaza.
Tanto espacio y tan vacío…
Si me partiera un rayo en ese momento, moriría en el paraíso.

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