Alguna vez me preguntan qué sueño y digo que no me acuerdo, porque no tengo que decir la verdad a nadie. Solo digo lo que quiero y lo que necesitan saber de mí.
Cuido de la salud mental de la gente con mis mentiras piadosas.
Sin embargo, hoy hay entrada gratuita a un viaje atroz. Espero que a nadie guste, espero que alguien sienta que el vómito está más cerca que las palabra que lee.
Que las mentiras sean indescriptiblemente reales. Si estáis vivos, tenéis edad suficiente para entrar en la feria de la humana podredumbre. Ya sois mayorcitos.
Sin piedad.
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A veces piso una piedra y me duele el cerebro; pero el pie se ríe y pisa otra piedra de nuevo para que duela dos veces. En los mundos de la atrocidad los dolores se curan con otro dolor. Y cuando parece que no puede doler más, apareces en otro lugar para que te arrepientas de haber conjeturado nada. Si piensas que algo es malo, te equivocas, lo que está por venir es siempre peor.
No importa mucho lo que ha dolido, porque saco mi billetera y no hago caso a la piedra profundamente clavada en la planta del pie, sangrando. Una consecuencia extrañamente lógica en este lugar. Lo racional es absurdo.
La puta me ha pedido demasiado dinero por roerme el glande, así que enrollo dos billetes de cincuenta euros y se los meto en la nariz. Está graciosa, pero lloro de miedo ante el dolor que podría sentir cuando aferra mi pene con el gesto indiferente y trocitos de carne en descomposición entre los dientes.
Lo más preocupante es que no duele. Así que mientras me destroza el pijo, me saco la piedra clavada en el pie.
Se la hago comer rompiéndole los dientes porque soy una cosa mala entre cosas malas. Sangra, ríe y aborta una rata que cae desde un cielo de nubes grises como el plomo dejando una rosada y ensangrentada estela de cordón umbilical. La placenta se estampa contra el suelo con un ruido gelatinoso y la rata-feto se retuerce en ella con sus viejos y amarillentos incisivos devorándose a sí misma, con el espinazo partido. Está furiosa, me duelen sus chillidos.
Piso la placenta, la rata y el cordón umbilical y lo meto todo en la boca de la puta muerta. Y pienso que habiendo pagado, tengo derecho a usarla como me plazca, la vida no es una opción, porque de hecho, la vida busca a la muerte y lo grotesco devora la belleza. Son leyes de este mundo al que me someto, solo puedo ser consecuente en él.
Y por mucho que mates, los muertos no callan. No aquí. Hijos de la gran puta…
Habla sin que le importe estar asfixiada por el feto de su rata-hija. Me dice que eso no se le hace a una madre. Y mi padre está tras ella bombeando en sus nalgas. Ella no hace caso a lo que le meten por detrás, vomita toda esa carne repugnante y me dice muy seria con el dedo: «Eso no se hace».
Las paredes son muros palpitantes de carne cruda surcada de venas violáceas y finas.
Se lleva las manos atrás y separa sus nalgas: «Mas adentro, más fuerte», le grita a papá con la cola de la rata asomando por la boca.
Y yo tomo mi mutilado pene y lo sacudo con la mano para potenciar la erección que me provocan papá y mamá obscenos.
No me gusta…
El mundo está radiante, el sol da una luz nítida sin un ápice de polvo en el aire. El mundo es aterradoramente cercano. Todo tiene un detalle del que es imposible evadirse.
Una veintena de pequeñas mariposas blancas forman un gracioso y errático enjambre cuando se elevan en el aire como una lluvia de confeti sin gravedad. Han estado poniendo huevos y comiendo sobre un excremento en el camino. Sus patas tan pequeñas y sin embargo tan visibles con esta luz, están sucias de mierda. Pienso en la miseria que puede esconder la belleza y me pregunto porque no puede ser simplemente bella la belleza, sin ser corrupta; pero está bien, me gusta que la belleza se ensucie con mierda.
Vanidad con asco se paga.
La tierra gira y de vez en cuando abre sus fauces para comerse los bebés que la habitan y los que la habitarán. Los bebés tienen derecho a morir dice la tierra y yo digo que me da igual, que haga lo que quiera.
Eructa de golpe miles de piernecitas y cabecitas y aunque no quiero, me río con la tierra. Este lugar no es malo, es solo aterrador y ríes por cualquier cosa.
El árbol en su gigantesco tronco milenario luce un tumor de carne cubierto por un vello verde. Es obsceno y un viejo amigo con los pantalones y los calzoncillos en los pies, mantiene entre sus manos los testículos. Parece que tiene tres; pero uno de ellos es deformidad o cáncer. Y llora diciéndome lo repugnante que es tener «esta mierda en los cojones», todas las mujeres sienten asco hacia esa excrecencia que está recubierta de corteza de árbol. Intenta retorcerlo para arrancárselo, pero le duele hasta poner los ojos en blanco.
Me pregunto si engendrará tumores en el útero de su mujer, si pueden nacer tumores con brazos y piernas.
Si sería delito acuchillarlos cuando nacen.
Su hijo llega para tomarlo de la mano, la mitad de su cara es un trozo de neumático desgastado y me guiña el ojo mientras arrastra a su padre hacia un aserradero. Es un hijo de la pena y no veo que sea conveniente que alguien así viva.
«Vamos a cortar esa mierda, papi. Ya verás como a mamá le gustará, no llores papi».
«¿Te acuerdas cuando me arrancaste la cara, papi? Ahora es mi turno».
No debía ser una buena persona mi amigo. Yo tampoco lo soy, pero no importa si estás aquí, estás condenado aunque seas el puto Confucio.
Yo quiero irme de aquí ya…
El coño de mi esposa huele caliente, huele a enfermedad, no me apetece meter la lengua ahí y al cabo de un rato, no me gusta penetrarla.
Hay un crédulo que le acaricia los pezones para darle el consuelo que yo le niego. Dice que soy la voluntad torcida de dios y que mi tatuaje no es legal; le respondo que soy una aleatoria y determinada sucesión de incomprensiones. Él le pellizca un pezón y ella escupe carne cruda de placer. Le reviento su crédula cabeza con un martillo porque ese crédulo tal vez sea parte de la rata que ha vomitado una madre puta y que posiblemente sea la mía. Los ojos salen de sus cuencas colgando de unos gruesos nervios con tanta dulzura que me siento emocionado… Lloro un pequeño erizo como una legaña que me hace sangrar y doy una mamada con asco a los pezones de mi mujer que ahora nadie consuela. Y el semen me brota solo, sin placer, regando su hombro y su brazo.
El filo de una hoja de afeitar presiona en el meato de mi glande, tiembla de impaciencia por abrirse paso y juro que no voy a gritar; pero el bebé se arranca los ojos en su cuna porque ve algo que no le gusta. Y mi polla no duele pero está partida en dos como la lengua de una serpiente. El bebé ha muerto en su cuna de color rojo burdel y la tierra abre sus fauces y se lo traga partiéndolo en dos, primero se come las piernas y el vientre y luego el resto con especial énfasis en aplastar su elástico cráneo.
La sangre baja por mis muslos desde mi pene ahora bífido y pienso en que extraña sensación es la menstruación. Es como no acabar de morir nunca…
No duele y el miedo me pudre las uñas que se caen solas como hojas secas.
Camino y en lugar de pisar la piedra, meto el pie en la madriguera de un conejo y aplasto sus conejitos aún sin pelo. Me disculpo con la coneja madre, y le digo lo que la tierra me dijo a mí: «Los gazapos también tienen derecho a morir «, mientras siento los huesecillos clavarse en mi piel y no puedo evitar vomitar.
La coneja saca de la madriguera una pistola grande como dios, de la marca ACME y se dispara en la cabeza con tristeza.
El mundo vuelve a la oscuridad y los muros de carne delimitan la cama donde una vieja con tetas enormes y obscenamente adolescentes, vierte vodka en su ombligo y da palmadas castigando un clítoris largo como el pene de un bebé. No siente nada y llora con un berrido animal, cada palmada es más fuerte y temo que empiece a sangrar. No quiero verlo.
El aire huele a locura, a la descomposición de los cerebros.
Los hijos están en un lado de la cama adorando su vieja madre. Posan las manitas en su vagina y acarician ese clítoris enorme diciendo: «Te queremos, mami» y gimen de placer a coro. Gimen los placeres que la madre ahoga en licor, jadeando con sus boquitas inocentes y las lenguas obscenas e indecentemente grandes entre sus pequeños dientes de leche.
Soy joven y le dicen a mi padre que soy demasiado niño para algo que no entiendo; no presto demasiada atención porque mi madre me grita, me ordena que salga de su agujero. Ha abierto las piernas y con las manos agranda la vagina para que me caiga.
«¡Este es mi agujero, sal de ahí, hijo puta!» «¡Sal de mi puta raja, quiero que tu padre me la meta. Las madres estamos calientes. No querrás ahogarte con la leche de tu padre ¿verdad? Sal, asqueroso, sal de mi raja…!»
Lloro por las madres calientes hundiendo el rostro en las trémulas paredes del útero y quiero pisar una piedra que duela en el pie, como debe ser.
Pero las piedras a veces se meten en los huesos y convierten el tuétano en una matriz que gesta más piedras que te deforman y te convierten en cosa vomitiva.
Y a la incomprensión se suma el miedo al ridículo.
Del cielo oscuro llueven palabras que arden en la piel y en los ojos. Me pongo las gafas para que los lentes se rompan y me corten las córneas. Es mejor no mirar.
El cerebro tiene miedo a perderse a sí mismo, así que siento ganas de mear y meo.
Y fumo.
Mientras el vaso de café da vueltas en el microondas, intento olvidar tantas imágenes atroces. Y piso con fuerza el suelo para convencerme que no hay piedras y que no hay carne ni sangre que pueda devolverme a lo sórdido de mí mismo.
Es un buen día para escribir atroces indecencias.
Y las escribo.
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Un viaje atroz a los límites oscuros
Publicado: 1 septiembre, 2015 en AbsurdoEtiquetas:absurdo, atrocidad, perversiones
-Baja.
-No quiero.
-Baja aquí con nosotros y recuerda, y comprende.
-Es que duele y decepciona.
-Perdí tiempo, no quiero perder más.
-Has bajado.
-Me ahogo.
-Y yo contigo.
-Morir no es paz.
-No te preocupes, sufriendo, la vida vale doble.
-No puedo, no quiero recordar toda aquella sangre. Resbalé y caí en ella.
-Lamiste la herida que destrozó su femoral, se te puso dura de nuevo.
-Y su coño.
-Estaba muerta toda ella.
-Aún conservaba calidez.
-Era verano.
-Te mereces morir, deberíamos morir.
-Te corriste dentro de ella y no puedes olvidar esa carne agitándose sin control con cada embestida que le dabas. Me das asco.
-Quiero subir de nuevo, contigo todo es peor.
-Es necesario, necesitas reconocer tu insania. No debe ser obra de un idiota.
-Cuando el filo se metió en su ingle y corté, sentí la muerte correr de mi mano, por el acero y descargarse en ella como electricidad.
-¿Por qué gritan tanto? Quise salvarla, taponar su herida para que callara.
-Pero golpeaste su cabeza contra la roca una y otra vez, con aquel río de sangre que brotaba violenta de su muslo y bañaba su coño.
-Estoy caliente.
-Dime que no te arrepientes.
-No me arrepiento, lo haré de nuevo.
-Lo haremos.
-Noto el frío de la muerte envolver mi pene.
-Estás loco.
-No. Solo soy malo.
-Ya podéis subir tú y tu maldad.
-Lo mataremos todo ¿verdad?
-Sí.
Iconoclasta
Borrones, miseria y alquitrán
Publicado: 3 agosto, 2015 en ReflexionesEtiquetas:absurdo, alquitrán, arte urbano, Óscar París París, fotografía, Reflexiones, seres humanos
Prólogo.
«A ver si te dicen algo» me dice Óscar en un mensaje adjuntando estas dos fotos. Y yo pienso con el cerebro aún legañoso: Joder, claro que me dicen. Cómo no me van a decir algo. Son como bofetadas a la conciencia.
Y así que frente al arte de mi amigo Óscar, me pongo a desmenuzar la gris ciudad como profundo conocedor que soy de lo artificial y gris.
Así que aquí, junto al arte de mi colega y amigo, dejo ese «algo que me han dicho sus imágenes». Un algo mucho menos importante que el impacto de su mirada objetivada, pero no domada ni condicionada.
Borrones, miseria y alquitrán.
Tal vez eso sea lo que quede de los ciudadanos cuando mueren, porque mueren, por muy jóvenes que se crean.
Por muy adoradores que sean de Peter Pan.
Borrones de lo que fueron… Un gigante pinta rayas con sus dedos pringados con el alquitrán que son los restos de un urbanita, tal vez un ciudadano ejemplar, digno espécimen de la mediocridad nuestra de cada día. Como el pan de Dios, que no lo es, es el pan que ganamos con nuestro tiempo prostituido por una miseria.
O tal vez aplaste a algún humano dejando su silueta borrosa en otro muro como muestra de la miseria y la denigración de las ciudades donde la libertad degenerada y la total ausencia de naturaleza, mata instintos y valentía haciendo de los seres humanos esos insectos que se aplastan sin ninguna preocupación.
Los grises muros urbanitas son borrosos nichos de alquitrán y miseria.
Fotografías de Óscar París París.
Texto de Iconoclasta.
Me espera acostada de lado, inmóvil, durante el tiempo en el que me lavo la polla.
Pienso en su coño y cómo su boca se entreabre suspirando de un placer que crece vertiginosamente, no me seco el pene, tengo prisa por joderla.
Llevo los dedos a la vagina y acaricio la unión de los labios hasta que sus muslos se separan pidiendo que sea más profundo.
Me duele mi erección, necesito dios y ayuda para no metérsela con violencia, para bombear en ella y quitarle la respiración y el ritmo cardíaco. Para metérsela hasta el alma y embarazarla y mostrarla en sociedad con una enorme barriga que es producto de una follada tremenda.
Me limito a desflorar el clítoris y hacer presión en él, una presión creciente que la obliga a llevar los brazos por encima de su cabeza arquear la espalda y ofrecerse más a mí. Meto los dedos profundamente en el coño y se le escapa un gemido que ahogo mordiendo sus gruesos labios sensuales hasta el suicidio. Ella responde clavando sus uñas en mi espalda, y le pido que haga lo mismo en mi polla.
– ¡Hazme daño! -le ordeno sin ninguna amabilidad.
Atenaza mi pene con fuerza.
– ¡Más! -se excita cuando le doy un suave golpe en la vagina y retuerce mi bálano mirándome con los ojos brillantes de lujuria, de malicia.
– ¡Más! -le ordeno tomando su vagina con la mano plena y presionándola con hostilidad.
Sus pezones responden contrayéndose con fuerza.
Cierra tan fuerte el puño que siento como sus uñas rasgan la fina piel que cubre las venas del bálano, duele. Sale sangre y gruño de dolor. Y ella aprieta más mordiéndose el labio inferior con ansia y lascivia.
Y mi glande parece que va desprenderse y salir disparado al espacio.
La obligo a que se incorpore y me cabalgue, ahora que sale sangre.
Y nos corremos, yo aferrado a sus pechos, medio incorporado, mamando de sus pezones gordos que aún me ofrecen la leche de la pequeña Sonia que murió hace dos meses.
Me levanto para ir al lavabo a limpiarme y me caen unas gotas de semen en los pies.
Ella mira a la ventana, sus ojos lloran y sus pezones supuran leche.
-Mírale el pañal a Sonia, por favor.
Ella nunca mira a la cuna vacía…
-Está seca -le respondo al cabo de unos segundos.
Y me acuerdo de que ni una sonrisa vi en el rostro de mi hija antes de que sus pulmones quísticos dejaran de funcionar en la cuna.
Me limpio el pene y aplico yodo a las heridas, aunque no sé porqué. No tiene sentido.
Vuelvo a la cama, mamo de su leche y ella me acaricia la cabeza.
-Mi pequeña Sonia, tenías hambre ¿verdad, mi amor?
Y trago la leche de que debería beber mi hija y la locura y la podredumbre de nuestros cerebros.
Sin dejar de mamar, corto la carótida de su cuello con la navaja de afeitar de mi padre, yo no sé usarla para afeitarme. Ella apenas se inmuta cuando el filo corta tanto y tan profundamente. Trago durante unos minutos parte de la sangre que resbala por sus potentes pechos llenos de leche. Tal vez sonría, no lo sé. No quiero ver más el rostro de la locura.
No siento vida en ella, dejo de mamar del pezón.
Y me corto el cuello con un tajo rápido y decidido.
Sangrando me acerco a la cuna vacía, quiero asegurarme que la pequeña Sonia sigue seca.

Iconoclasta
Me resisto a dormir porque sé que me queda algo por decir, por hacer.
No quiero que el descanso diluya la angustia existencial.
Pero mandan las células, ellas no quieren angustias, solo pretenden renovarse.
Y así es como lo físico vence a la psíquico; las células que parecían tontas…
Son las 9:38 de la mañana y me cago en dios para recibir al día, se me ha dormido un brazo.
Al dormirme me quedaba por decir que no importa, que mañana seguirán las muertes. Las muertes son razones para reír o llorar. Si muriera aquella mujer de sonrisa de asno que apesta a cerveza y vodka el mundo sería mejor, si muriera aquel explotador que me estafó en la juventud el mundo casi alcanzaría la perfección, si muriera aquel médico, si el cáncer se lo comiera y a sus hijos también… Si murieran tantos que se lo merecen tiraría cohetes de colores. Me gastaría un dinero en fuegos artificiales que los hambrientos quisieran para sí.
Tengo cosas por hacer: insultar y despreciar.
Ahora mismo no recuerdo muertos por los que llorar, pero debe haber alguno, no me preocupa.
Entre tontos anda el juego, no me engaño; pero mientras se vive, hay cosas que hacer. Ellos que hagan lo que quieran y yo lo que me salga de los huevos.
También me gusta meterla, no todo es malo.
Y que hayan nacimientos no me conmueve, eso es una bondad de las células y ellas son unas optimistas, construyen cuerpos sin ningún tipo de selección. Todo nace, los hijos que no debieran lo hacen con costosas ayudas, la humanidad se multiplica con seres potencialmente no viables.
Pues parece que las células se equivocan, el despertar ha sido doloroso, no han alimentado los músculos, solo el cavernoso de entre las piernas. Durante unos minutos soy el toallero auxiliar y tengo que mear en la bañera.
No sé porque le llaman al sueño «reparador», porque cuesta dios y ayuda poner en marcha todos y cada uno de los músculos.
Las células aprovechan la noche para suicidarse algunas, estoy seguro. También tienen sus paranoias.
Sabía yo que el optimismo es una superficialidad de seres simples.
Saldré a caminar montaña arriba porque nadie sube, nadie quiere sudar. Y si quieres no ver siempre las mismas caras, elige lo más penoso. Y vale la pena.
Escuchar el chillido del águila ha borrado todo lo malo que pasó y lo malo que pasará. Los conjuntos celulares se mueven por debajo de mí, yo soy el primero que ha oído el chillido del águila con un escalofrío en la piel y los que debieran morir, como que me importa una mierda que lo hagan o respiren.
Son fotos viejas y gastadas.
Así que me siento en una roca y escribo, odio, me maravillo y amo.
Aunque no sé que amo, pasa como con los muertos por los que vale la pena verter una lágrima, debe haber alguno.
Saco el pene y meo.
Y lanzo un grito.
Un pequeño petirrojo se ha quedado paralizado entre la hierba, hace como que no existe para que no lo vea, para pasar inadvertido. Me da la espalda y me arranca una sonrisa como hace tiempo que no he dibujado en mi rostro.
Me maravillo de esa sorprendente y maravillosa inocencia. Es una monada…
Sí, vale la pena no ver las mismas caras, solo lamento el tiempo perdido para encontrar una hermosa soledad.
Podéis no morir, ahora no es algo que me importe.
Tomo una pequeña pluma del suelo y vuelvo empapado de sudor a mi casa, para pegarla en una hoja de mi diario. Para que cuando muera, alguien sepa que es más importante la pluma que sus pieles.
Aún queda un rato para no dormir, he de aprovechar el tiempo, alguien desea que muera, estas cosas se saben de una forma natural.
Entre tontos anda el juego.
Y las células, ajenas a toda la mierda, siguen multiplicándose como idiotas.
La banda sonora de Interstellar suena potente en el HI-FI cuando acabo estas letras y sueño con un agujero negro y hacer del tiempo algo sólido que poder modificar. Deshacer lo que otros hicieron mal, evitar su nacimiento, evitar esto.
Tum – tum – tum – tum – tum – …
Eternizar el chillido del águila.
Qué mundo…
Qué difícil es llegar a ocupar el día en las cosas que te gustan.
En instantes relajados, libres y solitarios cuando deben serlo.
Hay que pagar un precio: oírse uno mismo. Y no siempre hay valor para ello, porque no podemos creernos nuestras propias mentiras. Nos mostramos a nosotros mismos sin ninguna piedad.
No he conocido a nadie que se muestre a sí mismo. No he conocido humanos valientes. Solo humanos que hablan y hablan y hablan…
A veces he besado labios ardientes y temblorosos. He empujado el placer entre muslos preciosos y vientres convulsos. Pechos erizados y anhelantes de una baba cuasi feroz.
Y ha estado bien, no hay queja.
Hay momentos que apetece bailar. No soy sufí, pero podría entender a los derviches giratorios.
No busco acercarme a Dios, no busco acercarme ni a mí mismo. A veces me muevo descoordinadamente al son de una música para salir, para ser expulsado fuera de mi propia órbita y aparecer en el espacio.
La fuerza centrífuga es precisamente la que eludo. Soy más de la centrípeta, no es por gusto.
Es necesidad.
Solo pretendo alejarme de aquí, del fracaso. Fracaso no es la opinión de nadie, se alcanza el fracaso solo cuando lo reconoces, cuando lloras y sientes la intensa necesidad de abandonarte a un ritmo que te obligue a olvidar tu existencia por unos segundos.
Lo que dure un vómito.
Cambiar de lugar.
Cambiar de piel.
Cambiar de sangre.
O vaciarse.
Suena el telégrafo inicial de Radioactivity de Kraftwerk. Y siento que es una llamada de socorro que me recorre todas las fibras nerviosas. Y mi cabeza se mueve al ritmo de las pulsaciones en un sí repetitivo que es más epilepsia que danza.
Doy una vuelta completa y la sangre que brota por los cortes del pecho, del cuello, de los antebrazos y los muslos, crea salpicaduras en muebles y en paredes; pero no es trágico, solo es pop.
Trágica es la vida. Trágico es estar aquí, reconocerse fracasado. Cuando no has conseguido alejarte de la miseria, la miseria te fagocita. Es un acose y derribo que puede durar toda la vida o hasta que uno se cansa.
Alzo los brazos y la sangre baja hasta mis axilas y de ahí recorre el torso por las costillas.
Es fácil restañar las heridas, pero es más fácil bailar o agitarse, la sangre es un buen elemento decorativo.
No son cortes dolorosos, son cortes grandes y con buen caballo el dolor es un dimensión extraña y lejana. La heroína, es mi heroína. Son tajos que no han tocado un tendón, pero hay tantos que la sangre no sabe por donde salir más deprisa.
No sabe cual será el próximo paso de baile. O de descontrol, las cosas hay que llamarlas de alguna forma para entenderse. Ser preciso es una habilidad que pierde importancia cada día más en un mundo impreciso.
El equipo HIFI parece la tabla de un carnicero, no parece metal cromado su carcasa. Es un gran trozo de res sangrante. Se ha transformado en algo orgánico.
Cada convulsión me reafirma en que por una vez, lo que hago está bien. Me lleva donde quiero y la muerte se contorsiona conmigo. Va vestida como yo, tiene el color de mis ojos, es hombre. Soy yo mismo, no hay sorpresa y bailo frente a ella, porque es la única que sonríe con franqueza y un punto triste que me conmueve.
La navaja luce ensangrentada en el suelo, parece herida de tanta sangre que la cubre, la he pisado y la punta se ha clavado en la planta del pie y ahora el suelo se convierte en una mancha roja de Rorscharch sin más significado que mi propia muerte.
La música sigue su cadencioso ritmo apocalíptico y la sangre me baña el cuerpo. Siento algo de frío, algo de mareo. Y una esperanzadora irrealidad.
La jeringuilla está descorazonadoramente vacía, me apetece otro jaco. No hay tiempo.
Y salgo de mí como un derviche blanco con el faldón girando veloz y ensangrentado. Ensangrentado yo, ensangrentado lo que me rodea. Soy una mancha entre manchas.
Soy consecuencia, ya no actúo, ya no provoco, no creo. Solo soy un resultado.
Era necesario, cuando todo lo que haces te deja en el mismo lugar, es que algo huele a podrido en Dinamarca y es mejor salir por la puerta de emergencia antes de enloquecer o perder el valor.
El paquete de tabaco parece el de las películas que toman los dedos de los soldados después de hurgarse la herida por donde salen las vísceras.
No es solo el color, la sangre tiene un brillo y una textura inconfundibles. Y no hay nada tan cálido como ella aunque esté frío. Pareciera que vive fuera o dentro de las venas. Que cuando se derrama, se hace cuerpo sólido, parece crecer.
La sangre es un monstruo que busca salir para expandirse.
Quiere salir porque está harta de fracasos, de días de insoportables monotonías. De un trabajo que se repite día a día, el viaje en el metro es la primera fractura de la mente.
Se niega estar ahí, en un vagón, con todos los demás. Es un insulto, una afrenta a ser libre, a ser especial, a ser único.
Es la canallada más baja que podrían haberme hecho.
Es agónico convivir con quien no quieres. Un error no debería pagarse tanto tiempo, hay gente que vive con sus errores como muestras de orgullo, yo prefiero mi vergüenza a su indignidad, aunque me joda. Hociquean como cerdos entre su propia basura pensando que son excelsos.
Si no puedes matarlos a todos, huye de ellos, dice mi sabiduría.
Son demasiados, no puedo matar a tantos, no tengo tiempo. Aunque naciera mil veces, no podía eliminar ni una milésima parte todas las vidas basura que hay.
Soy el fracaso de los dioses o los seres extraterrestres que crearon semejante mierda que es la humanidad.
Si no estás contento vete.
Eso hago, coño.
Y te metes tus sentencias en el culo.
El suelo es una gelatina resbaladiza, caigo y me río aunque me he golpeado una ceja y ahora mana abundante sangre por mi rostro.
Prácticamente estoy llorando sangre.
Y me río cuando los altavoces repiten cadenciosamente: Raa-diooo-acti-vityyyyy.
El gato maúlla con miedo, me alza la patita, su pelaje blanco está salpicado de sangre. Y constantemente se está limpiando.
Perdona que te deje solo, amigo. Cómo lo siento.
Levanto una pierna y doy un giro torpe, ebrio, sobre el otro pie creando un círculo imperfecto de sangre, aunque podría ser perfecto, pero la sangre con la sangre se confunde, es difícil distinguirlo.
Normalmente no hago las cosas bien, desconfío de mí mismo.
Vomito, porque estoy realmente mareado.
El cigarrillo se apaga en un charco de sangre y parece que deja ir su alma con una voluta de humo rápida. Casi fulgurante, como si tuviera prisa en dejar este lugar.
El gato se ha levantado sobre sus cuartos traseros y con las dos patitas delanteras parece llamarme, es una monada…
Los derviches no vomitan, seguro que no lo hacen bien. Deberías vomitar cuando trasciendes, es como un escape de la atmósfera a un millón de G.
Ya me encuentro en otro lugar. El rojo no es sangre, es solo color, decoración.
Está vacío, sigo bailando, pero sin música, hasta mi respiración ha perdido acústica.
Y el rojo se convierte en blanco y al blanco se lo come una viñeta negra.
Hermosa maniquí
Publicado: 20 junio, 2015 en Absurdo, Conclusiones, Lecturas, Maldito romanticismo, ReflexionesEtiquetas:absurdo, Óscar París, serie: La Fiestas de mis Manikkis, vacío
Fotografía de: © Óscar París, serie: ‘La Fiesta de mis Manikkis’.
Texto: Iconoclasta
Prólogo:
Tuve la inmensa suerte de que Óscar, el autor de la fotografía, me pidiera un texto para cualquiera de sus obras de arte, y elegí ésta.
Como autor, siempre me sorprende lo que leen e interpretan los demás, hay veces que está a años luz de distancia lo que pensaba comunicar de lo que entienden los lectores.
Espero que si así le ocurre a Óscar, sea grato y este texto no le defraude.
Un saludo, amigo Óscar, gracias por el privilegio de poder poner unas letras a tu arte.
Iconoclasta / Pablo López Albadalejo
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Te observo y me veo a mí mismo, hermosa maniquí.
Vacía maniquí…
Siento pena por ti, por lo que algún día fuiste, por lo que no serás.
Yo no siento pena de mí, aún me queda la capacidad de sentir asco por mí y por un lugar que apesta a mil injusticias, a mil idiotas que son premiados por el hecho de serlo.
Estás vacía como yo, perdimos la capacidad de amar, la capacidad de enamorar, la de admirar y nos dimos cuenta de que nada valía demasiado.
Y la bendita indiferencia nos infectó y nos hizo insensibles.
Nos condenaron con un extraño sortilegio de indiferencia.
Vacío… Tanto como lo que hay bajo las ropas que luces.
Y las que luzco yo.
Ahora observamos seres que pasan ante nosotros como estelas, como borrones, que no nos importan. Solo miden tiempos como un reloj al que no prestamos demasiada atención.
No importamos, no importan…
Está bien, es el equilibrio del vacío.
Y el vacío excluye el dolor, ya hubo demasiado, bella y coqueta maniquí.
Es hora de ver ráfagas de seres sin importar qué hacen o donde van.
Donde mueren o donde viven.
El escaparate de la indiferencia, el ropaje de lo vacío.
Somos un monumento extraño.
Una indolora condena.
Iconoclasta
A veces se me escapan unas lágrimas porque pierdo el control de la realidad. Porque el pasado dejó de ser un hecho y el futuro es solo imposibilidad.
Y perder el control conlleva también que no puedes concretar con precisión el porqué de esas lágrimas.
Cuando eso ocurre es porque estoy en el momento y lugar adecuado: en la soledad.
El cerebro sabe cuando aflojar las riendas del control, porque nos daría pánico (a mí y a la razón, al cerebro), que este llanto incomprensible e incomprendido se desbordara en presencia de alguien.
La soledad es la libertad del llanto.
Y el llanto nace en las altas montañas de la Frustración de Llegas Tarde o Ni Siquiera Llegas a lo Bueno.
Las lágrimas producen una comezón en la piel y siento la angustiosa y humillante sensación de que corren gusanos por mi rostro. Me quito las lágrimas a manotazos antes de que horaden la piel y pongan huevos.
No quiero ser el rostro de una vaca, que nadie me vea como una res con el hocico lleno de moscas.
Soy la vergüenza de la elegancia.
Soy la decepción íntima de un hombre al que llaman P. No recuerdo el nombre, no tengo control de mis funciones racionales.
Soy una extremidad que causa desequilibrio mental, físico y sexual en P. Es mejor que nadie sepa, que sea anónimo. De hecho es anodino (por ello ni su propia razón recuerda su nombre). Se parecen un poco anónimo y anodino, sobre todo porque empiezan por ano (y se me escapa una risa pérfida, aunque no sé si es la razón o la ilusión la que se ríe, no tengo el control). Anónimo es cualidad (buena) y anodino es fracaso (inevitable). La diferencia no tiene sutilidad alguna y revienta cualquier tipo de alegría sin piedad alguna.
También soy la vergüenza de P.
Son las lágrimas de la ira, de cosas que no me dejó hacer la envidia ajena.
Es una mentira de mierda, si quieres no puedes, solo puedes si te dejan todos los hijos de puta del mundo.
Son lágrimas de amores posibles, imposibles, pasados, futuros, eternos, efímeros, muertos y latentes. Y amar es una gran mierda dice la razón, dice P escondiendo su rostro con una mano para que la oscuridad no lo vea. Dice la ira al otro lado del espejo dejando caer una baba feroz de entre sus dientes rotos de morder metales.
Son lágrimas de una erección salvaje y venosa que fertilizaría la tierra misma en un desconsuelo primigenio, como el celo de las bestias.
Bendita soledad que oculta las lágrimas del desconocido y descolocado P.
De la obscena erección de la tristeza.
Hoy no hay sonrisas P.
Caminar es dolor y el dolor espanta las emociones amables si un día las hubieron.
Soy la campana que toca a muertos, porque los deben haber, siempre muere alguien a cada momento.
El llanto y la muerte van de la mano, es una pareja entrañable.
Sin embargo, no oiré mis propias campanas, estaré ocupado en conseguir que el corazón lata y los pulmones tomen otro trago de aire.
Soy la sonrisa de un padre muerto, de una madre muerta, de una abuela muerta…
Una sonrisa inerte.
Los muertos se acumulan a lo largo de la vida.
Son como loros en hombros de piratas con patas de palo que cargan con ellos sin darse cuenta, sin hacer caso a lo que dicen. Los muertos siempre dicen cosas inaudibles.
Soy un desgaste de cuerdas vocales que apenas saben qué decir.
Los hombres no lloran… Entonces ¿qué coño soy? ¿Lloran los cerdos?
Todos están tan lejos, todo lo que quise (lo poco), todo lo que quiero (lo ínfimo). Soy un oso polar atrapado en un iceberg roto, arrastrado por la corriente, allá donde lloran las ballenas y mueren en mares fríos.
Donde las lágrimas se congelan y los ojos se rompen como cuentas de cristal.
Algo no hice bien y lo lloro.
Bendita soledad y el papel empapado de penas.
Las lágrimas se han secado (agotado) y queda un latido encolerizado (las venas de las sienes parecen electrodos en manos de un torturador).
Males que no pude devolver, venganzas que se pudren incumplidas como podridas son las sonrisas de los bastardos impunes. Viviría como espíritu atormentado, vomitando sangre para acabar con ellos y sus descendencias.
Los pequeños seres duelen como los grandes y los insectos son tiburones, y los caballos pequeños son la maldad pura y una serpiente es la bondad arrastrada.
Y lloro unas lágrimas de incomprensión, es el funeral de la razón, es el funeral de un hombre al que llaman P y no acierta a recordar lo que fue, ni siquiera si alguna vez quiso ser algo.
Ser algo es imposición y las lágrimas resbalan por bautismos y hostias que no pidió.
Entre los genitales rasurados, el semen es un río cálido que desborda en cascada por los testículos y las ingles. Y todo está bien.
La caricia de una caricia.
Soy un acto obsceno, la lágrima depravada.
Es hora de reír:
Hay un perro que se llama chiste. Se murió el perro y se acabó el chiste.
Es que me meo.
Somos los hijos bastardos de Dios, los que no fueron creados a imagen y semejanza de Dios ni de ningún otro ser.
Somos los que no rezamos, ni pedimos.
Ni tenemos miedo, y si lo tuviéramos, nadie lo sabría.
Que aman y odian con idéntica fuerza, que no reniegan del amor y la violencia.
Que follan como animales en plena luz o en la oscuridad. Con locura y enfermedad, con deseo, tortuosamente, malvadamente y bondadosamente.
Somos los hijos bastardos de Dios, porque nos abandonó, porque estamos absolutamente solos entre la multitud.
Porque cuando unos piden perdón, no nos arrepentimos y no perdonamos en honor a nuestra historia.
Porque nadie nos perdona a nosotros. Nadie nos perdonó.
Porque vida es muerte y muerte es el resultado final de la vida. No hay un más allá por el que valga prostituir el pensamiento y el deseo. No vale la pena vivir como fariseos para nada, por una hostia insípida que se pega irritantemente al paladar aunque la muerdas. La sagrada repostería no tiene una buena escuela.
No existe un mundo post mortem por el que atormentarse.
Somos bastardos de Dios, porque renegamos y vomitamos por leyes y tradiciones que perpetúan la humana miseria.
Odiamos las palabras banales sin sangre, sin fluidos, sin pasión.
Y blasfemamos sin creer en dioses de mierda ni castigos, para no caer en idolatrías cobardes.
Somos bastardos de Dios, porque todos hablan y nosotros escribimos ajenos a sus alegrías y penas. Escribimos porque necesitamos una puerta dimensional para sobrevivir ante tanta vacuidad.
Bastardos porque ellos ríen y yo escribo mi frustración por un tiempo y lugar que no es mío.
Bastardos porque vemos con los ojos muy abiertos un cielo azul y una noche negra con devoción, e ignoramos las sangres vertidas por los mártires en las cabezas de los no muertos.
Los mártires son lo contrario a nosotros (benditos ellos y bastardos nosotros) y son nuestros enemigos, por ser los sodomitas pervertidos y cobardes de dioses, papas, reyes, presidentes, jueces y ricos.
Bastardos que pedimos condenas en lugar de absoluciones y que la mano de una mujer acaricie mis testículos con delicadeza, porque me duelen de tanto bullir, porque están tan cargados y cansados… Pesados de deseo.
(No quiero la mano de Dios, quiero tu mano cálida en mis cojones plenos, mi amor.)
Dios es solo un marqués con derecho de pernada y la humanidad el resultado de toda esa endogamia.











