A veces no puedo evitar pensar con cierta ternura en el dolor de los niños, de las mujeres y los hombres.
Hay ternura porque sueño en la posibilidad de un planeta hermoso.
No puedo evitar pensar con la misma ternura en las carnes ajenas rasgadas que hacen bien al planeta y a los animales irracionales que lo pueblan al verter su sangre como abono.
Porque es hermosa la sangre que mana tranquila y espesa de las heridas desmesuradamente abiertas como grandes sonrisas banales.
La textura de una malteada roja, roja, roja…
No puedo evitar pensar cuando hay tantas calamidades, que solo así puede salvarse el mundo.
Con ternura infinita, veo a la humanidad como una plaga graciosa a la que someter a experimentos cruentos.
Un hormiguero que aplastar porque no hay cosas mejores que hacer.
Pienso en la falta de libertades, y creo firmemente que pocos las necesitan, que no quieren libertades, solo morir mediocremente.
Y está todo bien, mueren y sufren los que se lo merecen.
Y los que no, también; pero son tan pocos que no importa.
Porque las democracias son contrarias a la equidad y la razón, solo buscan multitud. Y ser iguales, uniformar el pensamiento y clasificar comportamientos en «normal» y «no es normal».
Los pensamientos importantes jamás han trascendido en miles y miles de años, solo trasciende el miedo y las supersticiones que lo conjuran. Solo hay dioses escritos en viejos papiros y en quebradizos papeles.
Los viejos les dicen a los jóvenes, no folléis como nosotros hicimos, no os embriaguéis como nosotros hicimos; es pecado, hijos de la gran puta jóvenes.
Porque la vejez hace peor a los seres humanos, se olvidan de lo que fueron y se coronan con un halo de ciudadano ejemplar y castidad.
Mierda, mierda, mierda…
Líderes que ejercen bajo hipócritas y bastardas ideologías con inconfesables avaricias chupando cigarros con pieles humanas curadas y comiendo en lujosos hoteles piernas de bebés horneadas, que guardan en refrigeradores colgados de ganchos con el pecho abierto los cocineros.
Y tanta gente disfrutando de las horas bajo el sol en la carretera para hacer absolutamente nada.
Es de risa, no hay nada importante en la humanidad; ergo su dolor, es algo que ignorar.
Incluso… Se me escapa la risa.
Es esta ternura que me conmueve.
Es mejor morir que vivir con el cerebro tan vacío y el corazón aburrido de latir siempre igual.
Si la humanidad se duele de algo, sinceramente que tome aspirinas.
Es tarde para la misericordia, es tarde para la paciencia y es buena hora para fumar un cigarro y ver en las noticias tanta muerte de una forma completamente distendida.
No está todo tan mal, hay esperanza.
Lo dice mi discreto sonreír que no es banal, es sincero y obedece a una larga reflexión de inteligencia, vida e historia.
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Niños malos, tintas indecentes
Publicado: 29 abril, 2015 en AbsurdoEtiquetas:absurdo, condena, niños buenos, niños condenados, pensamientos
Los niños malos no van al cielo, ni los que no se integran, o los que leen solos, o los que ven en las letras más turbias lo que les gustaría sentir.
Esos niños tampoco van al infierno.
Ni siquiera hay un purgatorio habilitado para ellos.
Están condenados a mirar dentro, en su alma. Y ver lo que son, posiblemente lo que serán y lo peor: lo que no serán.
No serán de aquí, de este tiempo o este lugar y se clavarán un plumín en la piel para escribir de mundos mejores o peores, pero de una vívida intensidad.
Anotamos fracasos, frustraciones, errores nuestros y ajenos que nos joden también. El balance del inventario es de puta pena; pero si lo escribimos en un orden adecuado y crispando los dedos por dolores pasados y los que han de llegar, alardeando de las más altas cimas de la frustración, es fácil convertir la vida en el infierno que no tenemos.
Porque el cielo, no es algo sugerente cuando te das cuenta de que allí no hay nadie que amaste y murió. Ni los amores muertos, porque los amores muertos se deberían transformar, es lo que ocurre con la energía.
Deben estar todos en el infierno, un enorme crematorio que hace arder la sangre en las sienes.
Hacer la vida interesante… De los intereses se encargan los bancos, mejor que sea dolorosa y el morir se convierta en descanso.
Dejamos de ser niños entre muertes dolorosas y muertes indiferentes.
Y la indiferencia se convierte en angustia de palabras que no se mencionan porque deprimen y dan miedo; a ellos, los otros.
Lo niños buenos sonríen y esperan follar ebrios con la más guapas niñas de la clase.
Asistimos a muertes siendo jóvenes, pero no fue suficiente expiación. Tenemos que seguir soportando la mediocridad y violar lo legal y lo sagrado. Y desgarrar y pervertir cuantas inocencias podamos.
Los condenados solo piensan que esto es una mierda, que los idiotas están bendecidos por otro idiota sagrado, más alto, más grande. No sé…
Hemos crecido picoteando carroña, verdades sangrantes que palpitan con las vísceras desparramadas en cunetas de carreteras tan transitadas, que confunden a la muerte y se lleva a quien no debe.
Así que clavo el plumín en las pocas venas sanas que me quedan, he querido conservar el pene íntegro, pero no va a ser posible.
Ninguna puta se lo querrá llevar a la boca, yo no lo haría… No hay romanticismo, ni siquiera en el dinero que siempre lo tuvo para los buenos, para ellos, los otros.
Cuando llegas al límite de la insania la prostitución reniega de ti.
Tal vez el día que podamos compartir y sentir la alegría de otros seres, seamos integrados.
Bajo el pantalón, como quien se va a inyectar insulina, tiro del elástico del calzón para liberar el pene y clavo el plumín en la vena más gruesa, la que da impulso a una pervertida erección.
Y la tinta es negra.
No me extraña, pero es sorprendente…
Prefiero la condena, no me apetece ser perdonado, no quiero vulgaridades.
Sangre roja y sonrisas de esperanza…. No jodas…
Ya es tarde, siempre lo fue.
Me quedo con la negra sangre de mi polla, con las palabras que hacen girar el rostro a ellos, los otros.
Papeles y segundos
Publicado: 24 abril, 2015 en AbsurdoEtiquetas:absurdo, caída, peligro, rapidez, Reflexiones
Escribo en papel sucio por tiempos y esfuerzos, como mi piel.
Y es porque tiendo (el papel) ha quedar abandonado en rincones por largos períodos de tiempo (el papel).
Las hojas de los árboles caen despacio y con ellas su propio tiempo.
Y los segundos para mí son ráfagas de ametralladoras que parten el cuerpo en medio parpadeo.
Hay tiempos diferentes, cada cual tiene su medida para complicarlo todo.
Hay hojas (de árbol y papel) que tardan hasta veinte segundos en descender diez metros.
Yo tardaría dos segundos apenas, soy veloz (muriendo). Aunque a veces me da la impresión de tener el tiempo de los árboles, la muerte no llega.
Si estoy escondido en un cajón a salvo de ser usado, no puedo caer.
Es curioso, el abandono da seguridad.
Solo que no dura más que un suspiro aliviado, siempre hay alguien dispuesto a curiosear, alguien que no soporta ver olvidados papeles (hombres) en cajones.
Siempre hay alguien excepcional que gusta de escribir en papeles (pieles) amarillentos.
Hay que dar las gracias para parecer educado.
¿Y si un día nadie abre el cajón de los papeles sucios? (se pregunta el papel. Yo no).
Entonces descansaremos más tiempo (se responde el papel). Morir lo define mejor (aclaro).
Aquí no hay dolor, no tenemos que caer ni caminar. Genial (respondo yo, el hombre).
La ocultación es protección, hay avestruces que lo demuestran.
Hay seres que mueren abandonados (hombres).
No importa, qué más da, siempre se muere (el papel amarillo se dobla sobre sí mismo incómodo, no es hombre; pero la muerte se contagia por medios desconocidos a todas las cosas).
Es triste.
¿Para quién?
…
Para nadie…
Qué rápido… Diez metros, dos segundos.
Somos profesionales (del abandono).
Sí (papel y hombre).
Solo heridos
Publicado: 11 abril, 2015 en AbsurdoEtiquetas:absurdo, heridas, sensibilidad, sueños, universalidad
Nada tengo que ver con una artista como Frida. Soy la absoluta oposición a lo que ella era: arte, sensibilidad y emoción.
Solo hay una cosa que podría tener en común: el dolor del cuerpo; pero hasta ese dolor en mí es ridículo comparado con el suyo.
Si insisto en buscar algo común, sería que estamos ambos en los extremos: ella en su universalidad y admiración. Yo en mi mediocridad y ocultación.
Pero eso es una trampa burda que intento por dar algo de importancia a mi existencia, un sofisma.
Solo tenemos en común haber sido heridos.
No puedo evitar al ver su dibujo, pensar que soy una bestia herida en los huesos y el pensamiento. Siento una especial simpatía por ella, herida.
Sé que hay mucha gente dolorida, pero no me interesa esa gente. Es mi intimidad, mi pensamiento. Yo elijo quien está en él. Siempre que puedo. Y en mi pensamiento no existen multitudes, dos o tres seres a lo mucho. Exagerando.
Soy el dibujo de un gato con los cuartos traseros aplastados, maullando en la cuneta de una carretera llena de coches veloces que no prestan atención.
No vivo como quiero, como ella, ni siquiera así padezco.
Solo hago lo que puedo, soy lo que puedo, muy lejos de lo que me gustaría.
Sin clase, sin elegancia, con los dientes rotos de apretarlos al soñar lo que no soy y no seré.
Ojalá su dolor haya cesado, pronto me toca a mí también.













