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La curvatura de la dulzura

Hay voces dulces de principio a fin, premeditadamente sensuales. Desde la primera sílaba de la oración hasta la última. Son bonitas; pero su profundidad, en caso de tenerla, se diluye en la monotonía, en la regularidad.
No soy fonólogo, por eso llevo desventaja, por ello he tardado más tiempo en descubrir su secreto.
Ahora su fonética atractiva hasta la desesperación, y el misterio que conlleva, tiene una explicación, un origen.
Disfruto de ello con pleno conocimiento.
Me embrutezco…
No intentéis hacerlo en casa, porque no existe una especie igual.
La he oído cientos de veces hasta entender. Esto no es un tratado informal y romántico, es la verdad tan profunda como sus cuerdas vocales están insertadas en su hermoso cuello.
Hay que escuchar atentamente cuando amas, es una norma de obligado cumplimiento. No se trata de atender al significado de las palabras, sino su dicción, su fonética pura; es lo que da realmente sentido a todo lo incomprensible que me provoca. Es el sonido de ella misma.
Este nivel de profundidad se logra cuando se ha aceptado plenamente como algo habitual e inevitable el movimiento de sus inmensos labios, cuando dejas de colapsarte, para simplemente admirar. Como la primera vez que un cuadro te impacta y con el tiempo, aprendes a admirar los detalles y fragmentos por separado.
Así es ella, la amas de repente y luego viene el conocimiento profundo, detalle a detalle, con pasión controlada, con la admiración de descubrir un nuevo matiz en su personalidad que incluye el cuerpo. Porque el alma sería un triste vapor sin la piel y la carne del que se alimenta a través de sus sentidos.
Su técnica, que ni ella mismo podría describir, estoy seguro que no ha pensado demasiado en ello; es una depuración basada en el impacto que un depredador podría usar para inmovilizar a su presa. Solo que ella hace gala de una sensualidad desproporcionada para el actual nivel evolutivo de la raza humana.
Aunque ella, en el fondo, sabe de su arte. Ríe satisfecha, la he visto en algún momento.
A veces está triste, porque tal vez cree que no es su tiempo. No aprecian la modulada curvatura de su dulzura.
En una alarde de tierna ingenuidad, ignora su peligro, su cautivadora trampa; como si no la hubiera.
Su voz comienza con un registro alto en las frases, es rotunda y firme; demuestra determinación y sabiduría; luego en un instante, en la última sílaba o palabra, según ella decida, se desliza hacia una ternura inusitada que vuelve el mundo del revés. Y te preguntas que ha ocurrido cuando sientes ese vértigo. Cómo has llegado a sentir esa repentina punzada de atracción.
Cuando te das cuenta de que es más que atracción, ya estás irremisiblemente enamorado.
Y con la siguientes mil frases, si la amas como es debido, consigues identificar con total precisión el momento en el que inicia la curvatura hacia la frecuencia de la ternura y el amor, para suspenderte en el abismo de su propia existencia y mostrar descarnadamente, su profunda sensualidad durante una fracción de un latido del corazón.
Es un depredador sofisticado.
Un animal de amor.
Así ocurre que cuando se adquiere ese conocimiento de su ser, la amas sin atender a la sintaxis, solo a su alma.
Es complicado, puede pensar que en algún momento soy idiota porque no acaba de entender que es lo que no comprendo de una frase de dos palabras.
Entonces su propia dulzura, su sensualidad se convierte en la tuya; porque esas cosas entran directamente en el sistema nervioso a través del oído y de la imaginación zarandeada sin piedad por su voz última.
Se concluye sin justificación, razón o lógica alguna, que la curvatura modulada por su voz hacia la dulzura, que a estas alturas es una sensualidad descarada; es la curvatura de sus pechos, desde el nacimiento en su primera costilla hasta el pezón erecto.
Exactamente el camino que recorre mi lengua para luego cubrir con los labios la cumbre y succionar hasta que sus labios dejen de hablar para separarse y abrirse en un gemido ante mi vampirización.
Que me susurre al oído que es una bruja, separando sus muslos.
Es la conclusión inevitable a su desmesura, a su genética predatoria de amor.
No entiendo sus palabras, solo ese último sonido que me lleva a la sensualidad que sus cuerdas vocales emiten y a sus pechos aplastados contra el mío.
Y cuya curvatura ya confundo.
No sé en qué momento confundí su fonética con la lujuria.
Ya no sé, mi amor.
No dejes de hablar, por favor…

ic666 firma
Iconoclasta

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Un sueño y una mentira

Hay un sueño en el que respiramos juntos.
Caminantes cansados que se tienden a la sombra de un árbol escuchando las hojas agitadas por la bendita brisa.
Como tu vestido liviano que el aire azota dulcemente para mostrar el asomo de un pecho, de un muslo, un fragmento seductor de tu cadera…
Esas dos rendijas hermosas… Dos sonrisas que forman tus exóticos ojos cerrados. Espero el momento casi indecente de deseo, en que los abras y me mires.
No muevo la mano de tu espalda, apenas respiro. Soy cuidadoso, amor.
Es ese momento que nunca se olvida, cuando todo está bien. Es lo que buscamos largo tiempo.
La paz y la serenidad de ser nosotros. Y el mundo pasa muy por encima de nuestro amor, como si no pudiera arrasarlo. Somos trinchera y somos piel revuelta.
Los monstruos que azotan amor y felicidad, quedaron allá gritando su vanidad, soberbia y envidia tras un vidrio que no pueden romper. Mudos, inexistentes.
Sé que oyes mi corazón, como siento tus pulmones en mi mano.
Ya estamos, ya llegamos. Es hora de sonreír.
Lo alcanzamos.
Tu respiración me acaricia y mi corazón un motor que ronronea amor en tu mejilla.
¿Te parece bien si estamos aquí hasta la hora de cenar? Cuando sea de noche y el temor de que la luna combata la calidez, te susurraré si quieres una copa de buen vino.
Y caminaremos, pasearemos desapercibidos por calles iluminadas y musicales con estas sonrisas y tremendo amor.
Ya no sé si es mi sueño o el tuyo.
Y no sé donde estoy. Porque tú no me dejas ver nada que no seas tú.
Solo sé que no puedo quitar de mi mente tu piel descubierta por la lujuriosa brisa y la caricia de tu respiración.
Si alguna vez te pregunto si fue real, dime que sí. No puede hacer daño una mentira, mi diosa.
En un mundo de negaciones, tu afirmación salvará mi cordura.
No sabes cuánto te quiero…
Yo y mi brisa…
O tal vez, sí. Porque si este motor ronronea es por tu piel. Lo debes saber, cielo. Hay una sonrisa indecentemente hermosa en tu deseada boca.
Hay cosas que no se pueden olvidar y tú eres todas ellas.
Hay cosas que se olvidan porque tú arrasas con ellas, como un milagro.
¡Shh…, mi amor! Respira tranquila, descansa…
Te estoy amando y es absolutamente real.

ic666 firma
Iconoclasta

Malditas y divinas deidades

Deidades…
No son lo buenas que se creen.
Esas deidades son como gigantes que toman un bebé con la punta de sus dedos, con cariño y ternura; pero aplastan su pecho y lo matan con su desmesurada magnitud y fuerza.
Las deidades creen que como ellas aman y sienten, aman los humanos. Y les echan al rostro y a la mente toda esa sensualidad y erotismo sin ser conscientes de que los doblan como si recibieran un puñetazo en la barriga. Crean con su poder divino un universo que no está al alcance de los no sagrados.
Sonríen radiantes y nosotros pensamos en como es posible querer tanto en tan poco tiempo, porque no somos dioses como ellas. Sonreímos porque nos contagian; pero hay un profundo amor serio como la muerte en algún punto de nuestro pecho; un dolor de no poder alcanzar, de no ser suficiente para todo esa pasión y deseo que destilan las diosas por cada poro de su piel.
No creía en seres divinos capaces de con el silencio, transmitir su divina existencia. Con sus palabras fulminar mi paz e independencia y convertirme en su devoto amante pequeño.
Infinitesimal…
“Yo soy Dios”, quisiera decirle con convicción a la diosa; pero sé que sonreiría con cariño y ternura, como si fuera una pequeña réplica graciosa y barata de un tótem.
Una figurilla coleccionable.
La deidad me quiere; pero no imagina el impacto que tiene en mi pensamiento y organismo. No calibra la magnitud de su ser frente a un humano.
No tienen necesidad de ello, ya hacen bastante con mostrarse con toda su divinidad ante nos; están libres de escrúpulos, son diosas.
Su grandeza las define.
Se convierten sin saberlo, con una exquisita inocencia, en seres crueles que nos enamoran sin ningún reparo. Con toda su belleza inexpugnable.
Tal vez no, sean crueles, pero no puedo ser ecuánime. No soy justo juzgando cuando el mundo lo cubre mi diosa y todo es ella.
Te hacen sangrar el corazón con sus palabas, con unos puntos suspensivos prendidos de sus santos labios…
Hay un cigarrillo consumiéndose en el cenicero al que no hago caso porque la diosa está presente. No es momento para la banalidad, podría morir en cualquier momento, no soy divino. Debo administrar bien mi tiempo.
Yo un ateo convencido, soy ahora un sacerdote pagano.
Soy demasiado viejo para esto… Las deidades son inmortales y su eterna juventud nos hace viejos cualquiera que sea la edad. Ellas marcan las épocas.
Escribo y describo lo inexplicable con suficiente precisión, pero no hay consuelo.
Tal vez quede una esperanza: ¿los dioses nacen o se hacen? Es un problema en el que estoy trabajando.
Me centro en la segunda opción, estoy harto de imposibles.
Si pudiera ser tan solo un poco dios, le haría sangrar los labios con un beso de furiosa y desbocada lujuria. El dolor del amor desatado, desbocado. Una venganza de amantes.
Tal vez no debería ser dios, no tengo medida alguna como hombre.
Porque le mostraría mi polla palpitante y una gota de fluido que se descuelga desde un glande cárdeno por la congestión sanguínea que provoca su cuerpo divino.
¡Ah… La sagrada obscenidad!
Apuñalaría el espiráculo de un delfín sonriente para mostrar que mi crueldad es equiparable al amor que me dobla por ella. Para demostrar que cualquier vida importa menos que amarla.
Mataría hombres que eran tan humanos como yo, para demostrarle mi violenta divinidad. Como un reproche a la esclavitud a la que me tiene sometido.
Aplastaría con mis pies los dedos de un niño que juega en el suelo…
Tal vez no le gustara, pero soy su obra. Tiene que ser consecuente con lo que provoca.
Malditas y divinas deidades…


Iconoclasta

En Realidades truncadas.

Tocada por la divina sensualidad.