Posts etiquetados ‘Amor cabrón’

He jalado del prepucio y el glande rosado, húmedo y resbaladizo se ha desbordado. Luce enorme y obsceno.  Manan unas gotas de sangre por la piel desgarrada de tanta presión.

No es accidental, ni aleatorio. Estoy caliente como un sol.

Mirándolo pienso que soy la metáfora viviente de la teoría del Big Bang y la continua expansión del Universo.

Vanidad justificada…

Deslizándose el fluido necesario por el bálano para penetrar y bombear en su deseado y hambriento coño, pienso en los agujeros negros y su mortal fuerza de atracción.

Aferro con fuerza toda esa carne dura y se me cierran los ojos de placer. Una gota de deseo rojizo se desliza ardiente por mi puño y me enciende, me embrutece, soy el hombre que vuela directo por el cosmos a la perdición.

Los dos, mi pene y yo, nos dirigimos suicidamente al horizonte de eventos , al coño que palpita de deseo.

Soy el satélite de mi polla y me dejo arrastrar al otro lado si lo hubiera.

Una vez dentro ya no sé qué es el glande o qué es la vagina que me oprime furiosa y sin piedad. Es fusión total. Solo sé que siendo absorbido me aferro a sus poderosos y rotundos pechos en un intento por no desaparecer. Por no desintegrarme.

No lo consigo.

Muriendo así, tengo la absoluta certeza que el cosmos es una mujer con las piernas abiertas y una vulva goteante.

Es una revelación que se repite constantemente, como el padrenuestro en las iglesias y en los colegios; sin que el humo del cigarro que me irrita los ojos aplaque en algo mi total indiferencia hacia la fe que nada tiene que ver con su cósmica vagina.

Bendito sea el semen mío de cada día con el que anego su coño…

Padre, no me arrepiento, no he pecado. Soy perfecto en mi brutal deseo.

Tiene sentido que exista la Vía Láctea cuando el semen rezuma por los deseados labios de su coño al eyacular furioso y sin aire en los pulmones.

Tiene sentido que los bebés nazcan con la mancha del pecado original que es mi semen en su cabeza. A veces nacen muertos y no importa demasiado; mi objetivo es follarla y cualquier otra consideración no procede. Los que mueren, que descansen o no, en paz.

Respecto a mis cojones: son dos áridos y estériles asteroides que no buscan reproducción. El que estén cargados de esperma es puramente accidental, podría tratarse de petróleo o nicotina.

O mierda…

Solo existen pegados a mi polla para que expulsen algo que llene los conductos seminales y así provocar el explosivo placer.

Como una supernova que en lugar de luz, riega con semen el cosmos.

Es algo hedonista y mecánico que nada tiene que ver con la consecución de la vida.

Ni siquiera con el amor; porque el Universo y yo somos gélidos a pesar de los rayos ultravioletas, gamma y solares de miles de astros que invaden el vacío.

No tenemos una memoria a largo plazo, el pasado y lo pasado, lo que fue y lo que no existió, está ya demasiado lejos e inalcanzable; como en una ecuación de segundo grado, lo nacido y lo muerto, lo soñado y lo vivido se ha precipitado en el seno de la parábola donde nace lo negativo y lo positivo sin que tenga consecuencia alguna.

Porque todo se olvida y muere cuando follo, cuando la meto, cuando escupo mi semen ardiente en ese coño enorme.

El cosmos es el vertedero de mis recuerdos.

Lo malo es que no hay otra dimensión «al otro lado» del agujero negro. Una vez he descargado y mi falo agotado ha sido víctima de los espasmos de su coño, vuelvo aquí, entre ellos, los vulgares. Saboreando aún las babas de su vagina, el aroma fuerte a orina y corrida de ese precioso agujero negro que es su coño. La siempre agresiva dureza de su clítoris que sobresale bizarro entre los pliegues de ese coño por el que mataría a dios y mi padre.

No…

Corrección: no es malo volver, no es malo no acceder a otra dimensión.

Vale la pena vivir en esta triste y decepcionante realidad para surcar el cosmos de nuevo, cientos de veces, y ser engullido por esa deseada singularidad que es su vagina desplegada, agitándose con cada inhalación de aire cuando meto mi lengua en ella.

Soy una estrella fugaz que resucita en breves ciclos con el único fin de follarla.

Follar el cosmos, que es finito y es ella…

Iconoclasta

Las palabras son pobres para expresar el rechazo, la repulsión. Pueden llevar a engaño, a ser demasiado ambiguas a pesar de la claridad con la que se apuñala con ellas.
Hay diccionarios que recogen el acervo cultural de los ignorantes y acopian palabras que sirven absolutamente para nada, solo son expresiones de analfabetos con una pretenciosa ambición de ser neologismos. Los hay de citas, que aunque no den satisfacción, te hacen parecer culta. Hay diccionarios de todo tipo, seguramente se puede comprar uno que no servirá absolutamente para nada, salvo para taparme la cara ante el asco que siente al verme.
Pero si pudiera, me comería el coño ahora mismo y todo el asco que me tiene me lo metería con su glande en el culo sin piedad. Yo me dejaría, pero sin demasiada alegría.
Hay medios atenuantes para evitar sentirme infectada por la repulsión que siente hacia a mí.
Puedo imaginar chistes obscenos, hablar de banalidades o ver una película en silencio para no soportar todo ese asco que me tira a la cara y darle tiempo y lugar para que se pueda expresar con quien ama y desea con más intimidad.
No es por bondad, ni por ser tolerante y comprensiva con su nuevo amor de mierda, es para tener algo de comodidad en medio de toda esa repulsión. Llegados a este punto todo está acabado, es un proceso imparable y cuanto menos molesto sea, mejor.
El lenguaje, para la cuestión del asco y el rechazo, carece de suficientes recursos.
Hay una serie de consoladores rotativos, con perlas que frotan los labios vaginales, que te distraen deliciosa y tiernamente de ese asco que siente; no son muy caros y me quieren. Es que uno solo es aburrido y ya está viejo el que tengo.
Las palabras a veces son mentirosas, ofensivas, hirientes y siempre superfluas, es muy difícil que revelen lo real. Podrían considerarse un berrinche pasajero.
Nunca alcanzarán la intensidad y la sinceridad que produce el contacto con la piel de quien siente asco.
Es un proceso simple, pero te pringa los dedos y los labios como una brea que no se puede quitar aunque se froten las manos desesperadamente con arena.
Un beso en la mejilla y sus lágrimas se derraman como si fuera violación, acaricias su piel y sus músculos se crispan.
Ya no es esa piel que le besa la que deseaba. En el mercado de los fracasados siempre hay pieles mejores que elegir.
Ahí, en ese instante de llanto y tensión, hay que pensar seriamente en que el amor se ha ido a la mierda, o mejor expresado, ha encontrado otra simpatía, otras risas y otro placer.
Cualquier palabra es infructuosa y patética.
Hay esmaltes de uñas preciosos que te mantienen un rato distraída de tanta repulsión. Mucho asco, pero clava su mirada en mis pezones duros sin disimulo.
En ese mismo instante en el que sus lagrimitas se escapan tras el casto beso, comienza a aflorar mi vergüenza por haber amado ese ser que ahora se ahoga en asco al besarle, al hablarle, al acercarme… En todo momento.
La vergüenza de que su nuevo amor se fraguó ya meses atrás, cuando yo le comía la polla y él soñaba que era la boca de la otra.
No es suficiente y hay que realizar otro test de repulsión.
Acme (la de los inventos del Coyote y el Correcaminos) los vende baratos y son bastante fiables; pero si la economía va un poco deprimida y por el mismo camino que el amor, hay un recurso más sencillo, aunque es sucio: el abrazo.
La prueba de fuego es el abrazo: cuando su cabeza se mantiene rígida y lejana para que no llegue mi beso, cuando su cuerpo se endurece y parece que es madera, algo ajeno a mí, a lo que un día fue; resulta positiva de repulsión.
Es algo lógico, era de esperar tras el primer llanto por un beso en la mejilla; pero hay que pasar por ello antes de enviar a la mierda «tantos años o meses de amor», hay que asegurarse y untarse de esa mierda que su piel despide: repulsión, asco, rechazo, pena, soledad…
El beso en los labios ya no se debe intentar, porque sería tomar veneno, cosa que es innecesaria y excesiva cuando te has intoxicado con su asco. Es mejor que el beso se lo dé quien le ama de verdad y no enfermarse más, que tome sus putas maletas y salga de una vez por todas con su repulsión a que otra le chupe los cojones.
En medio de todo ese asco, lo más saludable sería follar, no es inverosímil, puede ocurrir. Por eso quiero mis tres dildos de diferentes tamaños.
A veces los que ya no se aman copulan como medida de tregua, sin esperanza; tragándose todo el asco que sienten, por la polla o por el coño. Es algo meramente funcional: hay que vaciar los huevos e hidratar la vagina; eso sí, siempre pensando en el nuevo amor y que todo ese placer es un mal trago por el que hay que pasar. No follarán mucho, pero es mejor que un beso que deja sabor a mierda en la boca y en la piel.
Los hay que siguen follando a pesar de que ya están con aquella piel que no les repugna, por algún motivo, sienten la necesidad de enmugrarse follando y recordar los viejos tiempos del asco y la miseria; pero los deficientes mentales no son ejemplo a seguir.
La repulsión no es una palabra, no son mil deseos, no son gritos ni llantos. No son onomatopeyas.
La repulsión anida en su piel y solo se siente en toda su magnitud cuando la mano hace contacto, cuando los labios se cuartean resecos tras un beso que solo ha llevado a un llanto y una tristeza infinitas.
Así que mientras él siente toda esa repulsión y asco, mejor entro en la página de Acme y compro una sex-machine, que es una especie de taladro con un pene doble (anal y vaginal): viene con un trípode y solo has de agacharte un poquito acercando el culo con el control en la mano, lo hace todo.
De verdad, que esto de ser repulsiva, me preocupa mucho.
Bip-bip.

Iconoclasta

Tengo una erección y se revela así la dura y larga realidad: la polla dura es una horizontalidad trémula, incontenible y feroz.
Pienso que la erección es horizontal como la muerte y la mediocridad. Puedo arreglarlo, puedo verticalizar lo erróneo.
Presiono en el nacimiento del bálano y lo obligo a bajar, fuerzo a que el filamento del deseo se descuelgue perpendicular al suelo, como lo está mi pijo
ardiendo; para que se pegue la hebra de baba olorosa entre el vello de mis
piernas.
El hecho de obligar a que el glande apunte con su ojo ciego y fiero al suelo, es masturbación. La verticalidad, el peso, la gravedad, la presión son factores que acarician mi sensibilizado meato, que se abre hambriento buscando ciego una caverna de carne elástica donde meterse.
En la horizontalidad todo es demasiado fácil y previsible. En la verticalidad sudo y mis cojones cuelgan henchidos de semen para ella. Para su boca.
Para su puta boca.
Para su sagrada boca.
Para su amada boca.
Hay un agolpamiento de sangre inmediato y mi fantasía me lleva a pensar que me agarra la polla con sus finos dedos y me acaricia como a un caballo. Soy una bestia con la polla dura y vertical, soy el martillo de las mujeres, el falo impío. Soy la paja que se hacen al lado de sus maridos y de sus amantes cuando éstos duermen.
Así me gusta que me coma el rabo: yo lo mantengo recto y vertical. Ella recibe toda esa dureza y gravedad entre mis piernas, con mis cojones acariciando su frente. Con el vello enredado entre su cabello rizado y opulento. Leonino…
Que mire al cielo y su boca se llene de mí.
Los dioses son verticales, nos escupen desde allá arriba y hacen patente nuestra planicie.
Es algo que tiene arreglo.
Llenar vertical y con presión su boca con mi semen…
Mi polla es plomada. Una sacralidad como lo son sus pezones duros y perpendiculares al eje de mis cojones pesados y a punto de reventar.
Me excita la verticalidad, porque la raja de su coño es recta como a plomo caen las lágrimas de la Virgen María y las de una madre que sostiene el cadáver de su hijo, al que parió tras ser follada, con toda probabilidad horizontalmente.
Su boca se llena de mí, su cuello estirado,
sus ojos observando mis cojones y mi próstata, su coño dejando una mancha brillante en el suelo, su clítoris enorme sobresale pornográfico hasta forzar mi
masturbación. Todo eso revela la verticalidad.
Son detalles que convierten a la horizontalidad en algo aburrido.
Mi mano tiembla ante lo inevitable, ante mi corrida, ante la sagrada eyaculación que me hace abominable a ojos de puritanos y fariseos, porque se folla a oscuras y horizontal. Es una lucha de semen derramado contra los dioses y la horizontalidad.
No es cruenta, solo láctea. ¿Dios se puede quedar embarazado si toma de mi leche divina?
No sé, son cosas que uno piensa, son blasfemias que nacen de la vertiginosa y pornógrafa verticalidad.
Mi amor succiona y succiona. Temo que me arranque el pijo…
La penetro verticalmente y ella alza sus nalgas para que se haga mi voluntad. La jodo con fuerza para acariciar con mi pijo su sagrado útero si pudiera. Empalarla de tanto que la deseo…
Que piense, que crea que algo extraño se ha clavado profundamente en sus entrañas.
Que sienta que hace lo contrario a parir.
La verticalidad no tiene piedad, yo tampoco.
Y mi amor carece de escrúpulos.
La horizontalidad es muerte y un descanso para el corazón.
¿Quién quiere eso?
Traga mi amor, toma la eucaristía vertical de mi polla en tu sagrada raja.
Seguiremos en pie, rectos e imbatibles con el fluido de tu coño y mi semen goteando y marcando la verticalidad que creían ostentar los dioses idiotas y la naturaleza imbécil y estúpida.
Iconoclasta

No estoy de acuerdo con el tan explotado beso de amor.

Ni siquiera con el amor.

El beso es solo una muestra de libido con la que se busca algo de trascendencia a todo ese apareamiento con un romanticismo de novelucha de quiosco.

Yo solo sé, que si hubiera amor, residiría en su sexo. Por ello lo busco y me trago su coño entero.

No entiendo el amor si no es a través de su vulva elástica, viscosa y hambrienta.

Succiono su clítoris hasta que la presión de mis labios lo hace enorme, hasta que sus labios íntimos se abren tímidamente como alas de mariposa recién salida de la crisálida, así de húmedas… Y puedo aferrar con los dientes esas alas sintiendo la cabeza de la mariposa presionar contra mis incisivos. Su clítoris es una pura muestra de deseo, sin estupideces de amor.

Si tuviera alma o amor, no residiría en su corazón, está en su coño. Lo sé porque ese espíritu de amor se derrama en una viscosidad que crispa las venas de mi pene y suaviza mis cuerdas vocales cuando mi lengua la desliza por la garganta.

Su coño es la esencia de la vida. De la suya.

A veces de la mía; aunque no importa cuantas veces lo haya sido, no importa siquiera si nunca lo ha sido.

Devorando su coño, estas cosas no se plantean.

No en el corazón, no en su privilegiado cerebro. No se aloja ahí la esencia de lo que busco.

No me preocupa que me ame, ni me preocupa amarla. Solo investigo y busco.

Soy curioso, soy espeleólogo.

Todo son mentiras de literatura barata para disfrazar el deseo sexual y hacernos importante, inteligentes, psíquicos…

Soy científico desbaratando mitos y falsos delirios de amor ultrahumano.

Por ello también hundo mi dedo en su coño para dilatarlo. Y luego meto otro, y otro… Hasta que le quepa el puño entero lubricado por su deseo y pueda dar así, con la existencia del amor.

Y tal vez tomar una muestra para analizarla en algún erotomicroscopio.

Sin embargo, me entretengo en lamer mis dedos untados de su esencia viscosa y lechosa como el león limpia sus garras después de abrir a su presa: sabe a mujer y su coño es lo que es, no hay nada más que un deseo desmedido. Una vagina hambrienta, tanto como mi pene balanceándose frente a lo que desea invadir.

Eso no es amor. Tal vez el amor solo pueda identificarlo el enamorado… Tal vez no me corresponde descubrirlo.

Sigo buscando dentro de ella, aunque a veces solo siento placer y eso entorpece y hace lenta mi búsqueda. Metérsela es como resbalar por un vertiginoso tobogán no encuentro dirección ni sentido, se me pierde la horizontalidad y la verticalidad de la vida dentro de su coño.

Puedo sentir en mi glande henchido de sangre su placer, su tremendo éxtasis. No importa en quien piense, la jodo y ya está. Es el único hecho tangible.

Ella con su coño lleno y yo con mi pene arropado, nos alejamos de la cordura por el camino del placer, cada uno con su locura. Cosa que no importa, el placer no es bueno discutirlo, es un regalo de Dios. Y Dios ahora mismo está en mi glande y en su clítoris.

Preciosa la comunión de la carne…

Vuelvo a su coño porque me enloquece lo que pudiera esconder y lo que se le escapa y derrama. Aspiro, lamo y bebo. No importa por quien sea toda esa parafernalia de placer, sabe bien.

Su pelvis presiona contra mi boca, se mueve salvaje buscando el roce brutal; aún a costa de mi respiración. Tal vez sea eso el amor, esa fuerza intensa, ese buscar por todos los medios el placer; cuando se agita hasta para dañarse contra mis dientes.

No me ama, a pesar de que su coño está lleno de amor.

Está bien, es bueno. Es importante no hacerse ilusiones pueriles.

No es por mí toda ese deseo que nace de lo profundo. Soy un medio de desahogo. Solo soy una boca y una polla. Cosa que no importa, soy un buen científico, soy un espeleólogo.

Y mientras explota el placer nos hacemos animales, nos olvidamos de respirar para gemir roncos.

Follar es más intenso que morir e igual de sencillo.

No… Los besos son una pobre muestra de amor. Ni siquiera se le debería llamar amor. Una buena mamada llega mucho más profunda y es sincera y es real y es una pelvis enloquecida…

Los besos solo son el pago a cuenta de dos seres ambiciosos de devorarse y penetrarse, cosa de adolescentes a los que aún no se les ha desarrollado todo el vello.

Enciendo el cigarro. Me doy cuenta de que no he encontrado el tan buscado amor. Pienso que debe estar más profundo y que me falta longitud de pene para llegar allí.

O simplemente no sea yo el que pueda encontrarlo, tal vez el coño sabe a quién ama y qué le entrega.

Me conformo con lo que me toca, ya habrá tiempo después para perder la curiosidad.

No está tan mal investigar, la ciencia me pone cachondo.

Hay búsquedas y estudios que proporcionan un placer no solo intelectual o el tan mitificado reto a la inteligencia. No todo va a ser angustia, para variar.

“Un regalo de Dios…” No jodas… Menuda estupidez.

Qué chocho…

Iconoclasta

Meses esperando la lluvia, con la piel seca, la boca rasposa, los labios partidos y la piel de las manos resquebrajándose como una corteza de barro en el desierto.
Muchas veces me he arrepentido de no tener crema hidratante a mano. Y en el miembro no vendría nada mal.
Aunque ella me lo hidrata más allá de lo que la cosmética comercializa.
He subido al polvoriento tejado de la casa, la lluvia se llevará la porquería acumulada en el suelo y dará paz a mi piel. Me he estirado desnudo entre pequeñas hormigas que huyen del agua. Con mi pene erecto, venoso y agresivo por una sequía que se ha hecho eterna a lo largo de semanas y meses.
Las lluvias marcan una de mis cientos de temporadas de celo por ella.
Tengo miedo que la dilatación del pijo rasgue el prepucio, tengo una necesidad casi suicida por follarla otra vez.
Y que las hormigas se me metan por el culo es una idea que no me gusta. No quiero que me entre nada por el ano. El esfínter es salida y única dirección.
La espero con una ansiedad desesperante, aguantando el ímpetu de masturbarme, dejando los ojos abiertos a las gotas que se estrellan contra ellos y me ciegan.
Las gafas de nadador no hubieran molestado. No hubiera necesitado una gran inversión y le hubiera dado un aire fetichista a la sesión de sexo que me espera con mi reina.
Parece que lloro; pero solo quiero follarla.
Otra vez…
La lluvia da alivio a mi rostro, incluso cuando se desliza por mis labios: el agua reciente sabe a la suciedad que flota en el aire.
No importa; luego beberé directamente de su piel.
Y la mierda ajena, lo de alrededor no importará.
Me pregunto si mi picha hará el efecto de pararrayos, no me gustaría. Creo que sería indigno morir con la verga carbonizada.
Llegará aquí arriba, se sentará en mi vientre y se clavará en mí envolviendo mi carne dura con su coño viscoso, sedoso y resbaladizo. Empapado… Como si ella fuera cálida lluvia oleosa y sempiterna.
Decididamente se me va a rasgar la piel que cubre el pijo con toda esta presión. La evolución no fue muy lista y no tuvo en cuenta que nacería un hombre como yo con tantas ganas de metérsela a su mujer. El prepucio debería ser más holgado. Pienso en los judíos y la circuncisión; pero resulta traumática, es mi pellejo y lo quiero.
He de hacer algo, pero temo tocarme y eyacular fuera de ella.
Me tiene tan caliente que las gotas de agua se evaporan al contacto con la polla levantando pequeñas nubes de vapor.
Me haría muy popular en una sauna femenina.
Mis músculos se relajan, soy gelatina temblorosa bajo la lluvia. Y lo único firme es la verga que cabecea en mi pubis. Desearía tocarme ahora mismo, cerrar el puño con fuerza para subir y bajarlo con violencia. Rasgar mi puto prepucio y que sangre la polla.
Intento relajarme y dejo que la orina corra por mi vientre y se meta cálida entre los testículos y las nalgas, me gusta el contraste de la lluvia fresca con los meados.
Me limito a tirar de la piel y descubrir el glande púrpura como la casulla de un sacerdote en rito de penitencia; el meato está obscenamente abierto como lo están los labios que ansían la boca amada y deseada.
Espera la lengua que lo saciará de placer.
Me imagino metido en ella, su tanga negro transparentando la palidez de su monte de Venus rasurado, el roce del hilo a lo largo del pene en la cópula…
Saboreo entre mis dientes los pezones endurecidos, clavo los dedos maltratando sus masivos y pesados pechos.
Areolas ovales que deseo cubrir con mi leche, con mi semen ardiendo.
Es tan cálido su coño como sus labios tallados en un rostro hermoso y anguloso de grandes ojos oscuros, de una melena rizada que recibe mi semen cuando ella así lo dispone.
Estoy abandonado a su voluntad.
La lluvia hará cascadas en sus pezones y beberé y me ahogaré en ellos mientras la follo. El agua inundará la cópula y hará chapoteos obscenos sexo contra sexo.
Y como en un altar ante la Virgen María observándome con Jesús mamando de su teta, elevaré la pelvis para meterle la polla en la boca y me la devore con sus dedos acariciando mis cojones. Excitándome el ano.
Y así ante la lluvia me denigro y me formo. Me embrutezco de anhelo. Me convierto en macho en celo. Ante las nubes que limpian el aire y dan alivio a mi cuerpo y mente, soy un hombre follando la nada, el aire. El espacio que ocupará ella.
Espero el momento sublime de eyacular, cuando blasfemo ante mi caída al pozo de la irracionalidad, en el que el placer es la vertiginosa aceleración.
Los rayos cada vez se acercan más… No quisiera, pero tal vez me ponga un condón hasta que llegue. El látex es un buen aislante ¿no?
Su boca succionando mi alma a través del pijo próximo a estallar, su coño estrangulándome el bálano, aplastándolo con las contracciones de placer de su vientre.
Sintiéndome cabalgado como un toro en el rodeo.
Quiero ser como las nubes en lo profundo de su coño y llover dentro de ella.
Que se ponga en pie y de su raja gotee mi semen dejando cráteres de leche en el polvo del suelo. Barro blanco…
Lluvia de semen entre sus muslos.
Yo soy una nube que llora por ella, que descarga en ella.
Ese rayo ha caído muy cerca. Bueno… Soy osado y atrevido, peligro es mi apellido.
Soy empático con el clima, y ardo con el calor del puto sol, me hago gris con las hojas crujientes del otoño, mi pene se lubrica en la calidez de la primavera. Y en invierno desato mi furia y mis tormentas.
Me gustaría ser rayo letal y mantener así un radio de varios kilómetros entre nosotros y los humanos.
Yo solo me debo a ella, y cuando la espero, soy fenómeno atmosférico zarandeado por las caprichosas presiones y anticiclones del planeta.
Con ella empieza y acaba el día. Por ella soy primavera, verano, otoño e invierno.
Un erecto fenómeno meteorológico, es lo que soy cuando la espero, cuando la follo.
Un pararrayos pornográfico que hiere a todos los vecinos con su obscenidad.
Porque la amo y no importa mi ridículo.
Joder con ese rayo… Al final me va a freír los cojones.

Iconoclasta

Lamo su cuerpo como el león bebe sediento en la charca.

Arrancaría su piel con los dientes para envolver mi inconsolable pene con ese deseo impregnado.

Succiono sus pezones como la cría de un perro las mamas de su madre, buscando vida.

Laceraría sus pechos para beber su sangre. Para untarme de ella y vivir también.

Más…

Hundo la lengua en su coño como ningún otro animal lo hace, hasta que vomito y lo anego con el vértigo de mi deseo.

La penetro como no hay parangón en la naturaleza, hasta fundirme en ella, hasta que reviento mis cojones.

Hasta sentir sus intestinos…

Me meto en ella y me apresa, me retiene, anula mi voluntad y la percepción de mi propia vida.

Eyaculo y se me vacía el cerebro y lo que quede de mi razón.

Solo parezco una bestia en su superficie, cuando me hundo en ella no soy del planeta.

No soy nada conocido, ni posible.

Y ella, esa mala puta, es la creadora de mi inhumanidad.

Mi Reina de Coños.

La odio porque la amo contra mí mismo.

La odio porque la adoro y me hace cosa, algo que desconozco.

La amo y la jodo. Qué ironía…

Hasta aplastar mis testículos.

Hasta que salga sangre entre mi semen.

Iconoclasta