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1

La madre de Hitler era una zorra caliente que se lamentaba constantemente de la vieja y pequeña polla que tenía su marido, así que Yo la jodí algunas veces, y cuando digo jodí no me refiero solo a penetrarla, sino a hacerle “grande daño” ante el pequeño Adolfito en su infancia. A esa marrana austríaca le contagié la sífilis y de ahí su locura. Se le hizo la voz ronca y el cerebro mierda (aunque Dios el marica, ayudó previamente dotándola con unos sesos que tenían la misma consistencia que la sopa aguada).

Mientras el pequeño Adolf Hitler crecía, el mediocre inspector de aduanas que era el recto padre y marido, comíales el rabo a sus superiores en sórdidos despachos por conseguir algún puesto mejor en la administración.

Klara Pólzl era una puta en su coño y en su ano, pero en su enferma y deprimida mente, vivía, cagaba, vomitaba y se beatificaba por su hijo de mierda Adolf. No murió de cáncer de pecho a los cuarenta y siete años. Los monos historiadores mienten como bellacos cuando ignoran algo, le golpeé sus ubres con el plano de mi puñal hasta que de sus pezones manó la sangre. Le reventé las tetas más concretamente, no sintió dolor porque la sífilis le había podrido el sistema nervioso central. Al adolescente Hitler, le hice mamar esa sangre con mi puñal presionándole la nuca. Lloró de miedo; pero jamás por la muerte de su madre.

Tenía diecisiete años y era todo un fracasado en los estudios y en la vida social. Un paria al que solo quería su madre demente. Era el ser más cobarde de toda Austria.

Hasta los vagabundos lo maltrataban.

No fue mi primer contacto con Adolf, lo sodomicé ante su madre a los siete años y tuvo que llevar pañales durante dos meses; tenía tan reventado el ano que no podía contener la mierda de sus intestinos. Cosa ésta de la que se percataron sus compañeros de clase convirtiéndose así, en una de sus primeras y mayores frustraciones.

Desbaraté los designios divinos y empeoré el mundo. Conduje al triunfo a un enfermo y deficiente mental, convirtiéndolo durante unos años en el imbécil con mayor poder en la historia.

De hecho, el pequeño Adolfito Hitler, nació con un cerebro podrido, la basura de todos los cerebros. Yo corregí y mejoré lo que Dios había hecho y le di una larga y próspera vida. No murió viejo ni mucho menos; pero como era un subnormal, no hubiera durado mucho en el mundo siendo la mierda que era; estaba destinado a que un gitano le rebanara el pescuezo para robarle su abrigo.

El futuro führer, era hijo de un funcionario de aduanas de escasas luces y con menos cultura aún. El éxito de semejante subnormal en la administración se debió a lo mismo de siempre: toma al mono más idiota de todos, dale algo de cargo y te lamerá el ano. Joderá a sus compañeros y escalará a costa de trabajos ajenos. Lo que viene a ser un encargado o capataz en la escala primate.

Alois Hitler, el padre del tarado Adolfo, era el prototipo de primate sin cerebro que comía donde cagaba, pudo escalar por mendicidad un peldaño en la pirámide de una administración que se ahogaba en formularios y cargos intermedios que no servían más que para paralizar todo trámite; la arrolladora y kafkiana burocracia europea era el cáncer de la modernidad.

Ni sus estudios ni su capacidad intelectual le dejaron subir más en el escalafón. Como todo buen imbécil, era un buen reproductor; los primates que no son muy listos tienen unos testículos muy llenos para compensar el escaso peso de su cerebro. Tuvo nueve hijos con tres matrimonios.

Era un polla inquieta.

Los Hitler venían de una familia endogámica, que se cruzaban entre primos y sobrinos y la consanguineidad les dio porquería extra en sus cerebros piojosos.

Adolfito tenía la genética perfecta para que yo me cagara en su boca.

Aquel núcleo familiar era campo abonado para que yo me lo pasara un rato bien.

2

Cuando Dios se ríe como un retrasado mental, conteniendo la sonrisilla con la mano en la boca, es que va a hacer alguna estupidez de las suyas. Y comenzó por darle al pastor de cabras Alois Hitler, una desmesurada ambición en un cerebro meramente funcional y con menos creatividad que la de él, el Creador.

Luego, unos ángeles (de esos que enseñan el culo a su Todopoderoso y se lo dejan desgarrar por unas promesas vanas de subir al círculo superior) se dedicaron a buscar a la subnormal perfecta para el austriaco imbécil. A Klara la encontraron en una granja de Spital a punto de hacerle una mamada al perro que la acompañaba a pastorear. La llevaron a servir a la casa de su primo que no era ni más ni menos, que el estúpido almidonado de Alois, en el precioso pueblo de Braunau.

Cuando hay tanto movimiento de ángeles y ese Dios melífluo ríe demasiado, sabes perfectamente que hay entretenimiento asegurado jodiéndole sus designios divinos. Y en principio, Adolf Hitler estaba destinado a ser una muestra de la miseria humana, un hijo gris, desgraciado y apaleado por todos como muestra de lo más bajo que puede caer un primate; luego Dios le daría unos años de paz y prosperidad para morir a los treinta, con su cadáver en brazos de su madre, por ejemplo. Uno de esos dramas que tanto le gustan a Yahveh para poder lucir su piedad de mierda.

La Dama Oscura y yo nos dimos un paseo hasta Braunau. Allí se encontraba un mensajero de Dios cantando salmos encantadores para preparar los designios de su señor. Era un día despejado, a plena luz las fuerzas del Bien y el Mal nos encontrábamos hablando tranquilamente en una explanada verde frente a la casa de los Hitler, el sol comenzaba a ocultarse y los colores estaban saturados. Formábamos un cuadro surrealista en aquel paraje.

Era el ángel Azarías, un tipo con poco carácter, ideal para hacer todo lo que le ordenaran sin cuestionarlo.

— ¿Qué vais a hacer con esos endogámicos austríacos? —le pregunté metiendo con naturalidad los dedos en la vagina de mi Dama Oscura.

—Ha de sufrir, es gente sencilla que necesita vivir la oscuridad para luego renacer en Mi Señor y su Fe en estos tiempos difíciles en los que ya no se ofrecen oblaciones a Dios. Ha de morir el padre ahora mismo.

A mí no me parecía bien que ese primate sin cerebro y obsesionado por la rectitud, muriera, era necesario para humillar a su futuro hijo Adolf.

— ¿Y para eso tanta movilización divina? ¿Solo sufren y mueren ellos? No me jodas con esa mierda. Anda y lárgate de aquí o te arranco la piel y se la pongo a Dios de felpudo a las puertas de su cielo mierdoso —por un segundo guardé silencio, la Dama Oscura se estaba corriendo entre mis dedos.

Azarías continuaba salmodiando.

Amenacé de nuevo al ángel y mis dedos le salpicaron con la baba sexual.

—Ya he descuartizado a quince querubines, no quieras ser el próximo, porque va a ser doloroso y ese maricón dios vuestro no os ha preparado para soportar tormentos. Os quejáis por una pluma que se os cae.

Azarías entonó un cántico en arameo que hablaba de la gloria de Dios-Jahveh y levitó lentamente para subir al cielo. Yo sacaba mi puñal clavado verticalmente entre mis omoplatos. Es un momento de ligero dolor, cosa que es buena, porque cuando algo me molesta mi ira acobarda a todos los seres del universo. Me acerqué hacia el ángel maricón, di un saltito y le corté la femoral con mi puñal. Su sangre caía con elegancia desde su pie. Dejó de entonar su canto para gritar a Dios que se moría, movía sus alas con torpeza y rapidez. La sangre salía con una fuerte presión de su muslo y en poco tiempo se creó un charquito rojo en la verde hierba. Sus alas hacían un hermoso contraluz y los pezones de mi Dama Oscura estaban duros como piedras. Precioso…

—Idiotas —le dije con malhumor a mi Dama Oscura.

Ella me acarició los genitales y aplacó mi ira, era el año 1876.

3

En 1885 asistimos a la boda de Alois y Klara.

Alois había enviudado dos veces. Por supuesto, llamamos mucho la atención en aquella podrida iglesia de Braunau; yo no llevaba esos bigotes ridículos e iba con los brazos descubiertos; mi pasión por los grandes cigarros y la medida de mi espalda acabaron definitivamente por hacer las miradas hacia nosotros huidizas, los primates a veces tienen un instinto del peligro. Pero quien más llamaba la atención era mi Dama Oscura: vestía un pantalón de cuero negro ajustado y una blusa blanca abierta por debajo de los pechos, sin sujetador; en aquellos tiempos era tener un coño inmensamente bien puesto. La adoro.

Llamé la atención de Klara y sus claros ojos de idiota se posaron en mí y en mi bulto genital antes de recibir la alianza de su maduro marido. Estábamos de pie en el último banco, cerca de las puertas de la iglesia. Le saqué la lengua y oprimí con fuerza el pecho de mi Dama Oscura, ella deseó que hiciera con ella lo mismo, lo leí en su mente simplona.

Acudí a la casa de los Hitler a los cinco meses de la boda, Alois estaba viajando por las distintas aduanas del país.

Entré por el camino de grava, saludé con familiaridad al jardinero, llamé a la puerta y la sirvienta me dejó entrar sin problemas tras invadir su mente. Llegué a la habitación del matrimonio, ella estaba tomando leche caliente con galletas en la cama.

Estaba embarazada de Adolf.

—Primate de mierda… ¿Tú sabes lo que llevas en el vientre? Es un mono sin cerebro destinado a haceros sufrir con su mala salud, su deficiencia mental y su futura miseria. Es Dios quien lo quiere, pero lo voy a arreglar. ¿Verdad, puta primate?

Por toda respuesta gimió como una rata atemorizada.

—No me haga daño, estoy embarazada —y tocó la campanilla para que acudiera la sirvienta, no hubo respuesta.

Me encendí un cigarro, aspiré profundamente el humo hasta que me inundó los cojones y le di un puñetazo en los pechos. Aulló de dolor, sus ojos claros se humedecieron y enrojecieron. La saqué de la cama tirando de su pelo, le bajé las enormes bragas y se la metí sin más preámbulos en la alfombra de la alcoba. Primero lloró, luego se calló y después no podía dejar de gemir con cada embestida. Era tan simple y previsible…

Como estaba acostumbrada a ser mal follada a oscuras por su viejo marido, no vio mi glande cubierto por una llaga hedionda y purulenta. Era sífilis. Sentí el pequeño feto de Adolf sacudirse con cada una de las acometidas de mi pene por tan adentro que se la metía.

Ella no sintió orgasmo, el placer se le acabó cuando yo me corrí.

—No te vuelvas a preñar con ese funcionario de mierda, es un aviso. No es por celos, primate idiota. Es que no quiero que traigáis más repugnantes monos con vuestra genética al mundo. Estoy harto de mierda, de Dios y de vosotros; al fin y al cabo, es todo lo mismo. Y ni una palabra a nadie o no vivirás suficiente tiempo para pronunciar mi nombre: 666.

Volví a mi oscura y húmeda cueva silbando tranquilamente. “Si has de hacer un trabajo no envíes a ángeles idiotas, hazlo tú mismo”, le dije a Dios alejándome de la casa por el prado verde. Le había contagiado de sífilis y contaminado también el feto, había creado una expectativa de orgasmo en la retrasada y el miedo necesario para que me mamara el rabo en cada ocasión que yo se lo exigiera sin rechistar. Y todo eso en apenas media hora.

4

Adolfito nació en ese mismo año, en Passau, Baviera. La familia se tuvo que trasladar por motivos del trabajo de Alois. Son iguales que los chimpancés, siempre moviéndose y pariendo en todas partes.

Lo único que no me gustó es que Klara influyó decisivamente en su marido para trasladarse de casa, aquella violación que casi disfrutó la tenía un tanto obsesionada.

Así que en junio de 1896 con el patán de Alois ya jubilado se mudaron a una buena casa (buena y lujosa para un vulgar inspector de aduanas) en Leonding, en las afueras de Linz. Adolf Hitler tenía siete años.

Como a Jahveh, a mí también me jode que los monos tengan voluntad propia.

La Dama Oscura me acompañó en la visita a la familia Hitler. Lo cierto es que fui a pasarle cuentas a la zorra de Klara, se había quedado preñada desobedeciéndome y eso no me gustó nada. Las primates han de comprender que es mejor recibir una paliza de sus maridos que un castigo mío. Infinitamente mejor y menos doloroso.

El pueblo era más simple que la mente de un primate, cuatro casas mal repartidas y unas aceras estrechas. Todos esos lugares olían a mierda de cerdo y vacas.

La sirvienta era la misma, cosa que me aburría. Cuando llamé a la puerta, le corté la carótida como saludo y dejé que se desangrara en la calle. A las seis de la tarde, el recto varón estaba en la taberna emborrachándose y Klara se encontraba en el salón jugando con Adolfito a las damas. Su barriga ya abultaba bastante, era obvio que tenía un pequeño marrano creciendo en su interior. Se levantó tirando la silla al suelo al reconocerme. Adolf corrió hacia la puerta, pero se encontró con la Dama Oscura sonriéndole con una maldad escalofriante.

—Te avisé que no te quedaras preñada —le pasé el filo de la hoja por la barriga tras rasgar su bata, haciendo un fino corte en la piel que apenas sangró.

—Él me obligó, insistió. No pude elegir.

Mi Dama Oscura sujetaba por los hombros a Adolf que tenía una tendencia natural a la cobardía. Me repugnaba su pelo oscuro y escaso, sus ademanes de deficiente mental: tenía un tic en el ojo izquierdo que al cerrarlo le hacía torcer la boca frecuentemente y tendía a pasarse continuamente la mano por el pelo de la sien derecha.

Le bajó el pantalón y los calzoncillos y le obligó a poner el pecho en la mesa.

—No le hagáis daño a mi niño —gritó teatralmente Klara.

Me desnudé de cintura para abajo y me acerqué al culo del pequeño futuro fascista. Mi Dama, se acercó a Klara y la tranquilizó acariciando su dilatada vagina, yo invadía su mente para que estuviera quieta.

Adolf no hablaba, simplemente lloraba, estaba asustado hasta mearse. Sus piernas colgaban de la mesa. Le penetré y como una tela su esfínter se desgarró. Su grito resonó por toda la casa, como si tocaran las campanas a muertos. La sangre goteaba en mis zapatos, mi pene estaba rojo y excrementos. Mi mente se nublaba entre vapores rojos y gritos de dolor, es mi Maldita Paranoia. Extraje de mi espalda el puñal que llevo enterrado en mi carne y le hice una cruz con los maderos quebrados cerca de la nuca. Le dolía más el ano que el corte que le hacía, por ello no gritaba demasiado ya.

Los ojos de Klara lloraban; pero su boca se abría en un gemido de placer, Mi Dama Oscura se había metido los dedos de la austríaca en su vagina y se retorcía de placer a sus espaldas.

Tomé un puñado de cabellos repugnantes de Adolf y le obligué a mirar a su madre.

—Es una cerda, Adolf. Es nuestra puta barata. Apréndelo, recuérdalo, que tus noches de mierda estén siempre acompañadas por esta imagen, por la de tu dolor, por tus nalgas ensangrentadas. Tú también eres mío.

Lo dejé caer al suelo y se llevó las manos al culo. Mi pene estaba erecto hasta el dolor, goteando sangre. La Dama Oscura hizo que la espalda de Klara se apoyara en su pecho para ofrecerme su barriga y su coño en precario equilibrio.

Le había rasgado las enaguas y la penetré. Embestía con tanta fuerza que la Dama Oscura perdía el equilibrio y la barriga de la preñada parecía que se iba a desprender.

Cuando eyaculé, llegó al orgasmo porque así me lo propuse.

—Lava bien a tu hijo, está lleno de sangre y mierda. Cuando haya nacido lo que llevas en tu vientre, volveré para asegurarme de que no te vuelvas a quedar preñada, primate de mierda.

La Dama Oscura le metió los dedos en su boca aún jadeante de orgasmo, y como si se hubiera roto un hechizo, la austríaca se retorció de dolor en el suelo llevándose las manos al coño. Le escupí en la cara y a Adolfito le pegué una patada en la boca para que me fuera conociendo en todas mis facetas. No todo va a ser sexo, los fascistas se van a los extremos y hay que maltratarlos para que aprendan.

Adolf no faltó al colegio, Klara no estaba dispuesta a contarle nada a su marido, ya había aprendido a temerme más a mí. El primer día, Adolf se cagó encima en plena clase de religión y sus compañeros se rieron de él. Cuando su madre lo fue a recoger, olía a mierda.

—Me duele mucho, mami. No podía aguantarme —le decía a su madre camino de casa.

—Ya pasará, Adolf, no te preocupes.

— ¡Cagón, cagón, cagón…! —gritaban tres amigos suyos que lo siguieron durante el camino a casa.

— ¡Gamberros! Voy a hablar con vuestros padres —les decía Klara sin que ellos le hicieran caso.

Al día siguiente Adolf llegó a la escuela con un pañal de gasa, de los que su madre usaba cuando le venía la regla. Sus compañeros se dieron cuenta de ello y en la hora de recreo le bajaron los pantalones para que todos vieran su pañal.

Durante dos meses (lo que tardó en sanar el esfínter) tuvo que soportar todas aquellas burlas y vejaciones.

El rencor se metió en el pequeño cerebro de Hitler, hasta que el dolor de la humillación de sus compañeros superó al de la violación. Soñaba con descuartizarlos, con meterlos en el fuego aún vivos. Soñaba que les arrancaba los dientes y que les metía un palo por el culo hasta hacerlo emerger por la boca. Soñaba con meter su pequeño pene en el coño de una pequeña primate compañera suya para que sufriera de la misma forma que había sufrido su madre conmigo, por mi voluntad maligna.

Su capacidad de concentración se hizo añicos, suspendía todos los exámenes de todas las asignaturas. Su padre tuvo que pagar un buen dinero para que fuera aprobado.

Y fue severamente castigado, Alois solo sabía mal follar y castigar. Su cinturón era el poderoso látigo de la rectitud y la espalda de Adolf se convirtió en un libro de leyes escrito con sangre y cuero.

Nada de todo aquello podía sanar el tiempo.

Es algo que Yo tenía previsto. Al fin y al cabo soy un Dios infalible y no como ese melifluo Yahveh.

5

En el mismo año, volví a visitar a la familia. Klara había parido a una niña que llamó Paula.

Tenían una nueva sirvienta de unos quince años que quedó ciega en el instante que abrió la puerta y miró a los ojos de la Dama Oscura. Y no fue por algún rayo de maldad, sino que mi Negra Señora, le acuchilló los ojos con una rapidez y una precisión que haría palidecer al mejor de los neurocirujanos. Como no iba a dejar de llorar, le rebanó el cuello.

Adolfito no podía apartar la mirada de nosotros ni de la sirvienta, se encontraba en la puerta del recibidor, intentando esconderse tras el vitral de la puerta. Se había meado de nuevo.

Su padre, como siempre estaba en la taberna, por ello no murió a sus cincuenta y nueve años. De cualquier forma, no me hubiera costado más de cinco minutos matarlo a él y a todos sus compañeros de borrachera en la pequeña taberna de Leonding.

Avanzamos hacia el salón, llevaba a Adolfito agarrado por su pelo grasiento. Subimos juntos, como una familia, hacia la alcoba de su madre que en esos momentos debería estar cuidando de Paula.

En efecto, abrí la puerta de una patada, Klara se asustó y se le cayó el libro que estaba leyendo incorporada con varios almohadones en la espalda, la niña en la cuna prorrumpió a llorar. Me acerqué a la cama y me senté a su lado.

—Vamos a arreglar esto, Klara. Ya te dije que no quiero que traigas más subnormales al mundo.

La Dama Oscura le estaba dando una lección al pequeño Adolfito de cómo era su vagina, se sacó la compresa y le mostró su sexo menstruando.

—Lámelo, Adolfito, te gustará. Te harás fuerte.

— ¡Deja en paz a mi hijo, puta morena! —gritó enfurecida la austríaca, con su fláccida barriga convulsionándose.

La primate me sorprendió un poco por su envidia, porque la Dama Oscura lucía una cabellera negra brillante y larguísima, mucho más brillante que el pelo de su hijo, apelmazado y lacio. Tomé un puñado de sus pelos, se los arranqué y se los mostré:

— ¿Tú has visto bien tu pelo, aria de mierda?

Se llevó las manos allá donde le arranqué el mechón y se mancharon de sangre.

Tenía un leve temblor y su voz sonaba un poco más recia, las ojeras también podrían ser un síntoma del estrago que la sífilis hacía en su organismo poco a poco; aunque creyeran que su debilidad se debía al embarazo.

Adolf lloraba arrodillado ante mi Hermoso Coño Sangrante (porque la Dama Oscura es mía, me pertenece su mente y su coño), como si le rindiera adoración. Era preciosa aquella estampa con mi Dama Oscura hiriendo la piel del cuello del niño con aquella fina daga.

Le di una buena bofetada a la austríaca y le partí los labios, luego un puñetazo en la sien que le provocó un feo derrame en el ojo. Con ello no fue necesario que invadiera su mente, porque perdió toda noción de su propia existencia.

—Venga Adolfito, pasa la lengua por el coño de mi Dama y deja de llorar. Otras cosas peores te esperan hasta que mueras y te pudras en mi infierno.

El niño acercó la cabeza y con torpes lengüetazos acariciaba aquel coño suculento. Metí la mano en el pantalón y extraje el pene porque los pezones erectos y los gemidos de mi Dama, me sacaban de control. Cuando eyaculé, el semen negro cayó sobre la cuna de Paula.

La Dama Oscura se corrió, bajó los pantalones de Adolf y le masajeó el pene sin obtener resultados.

—Esperemos que crezca o vas a tener problemas de mayor, ¿eh, Adolfito?

Acto seguido se metió aquel pequeño pene en la boca y mordió el prepucio hasta cortárselo.

Lo cierto es que yo cerré el puño con aversión al ver su pequeño pene sangrando, eso son cosas que duelen aunque la tengas pequeña. Adolf se retorció en el suelo de dolor, gritando sin consuelo, yo me encendí un cigarro admirando con curiosidad su dolor que duró unos cuantos minutos. A la Dama Oscura se le escapaba la risa.

¡Mira por donde que el futuro fascista era un circunciso como cualquier otro judío! Mis malditos designios son mucho más ingeniosos y divertidos que los de ese Yahveh celoso de mierda.

De ahí que hiciera matar a todas las putas y niñas con las que tenía contacto una vez se hizo adulto y führer: no quería testigos de su circuncisión.

— ¿Por qué llora mi pequeño? —balbuceaba la madre desde su inconsciencia.

—Mi Dama, acerca al futuro tirano para que observe bien donde se desarrollan y nacen los pequeños primates —dije sin hacerle caso a la primate austríaca.

Klara estaba sucia de vómito. Le arranqué la sábana y la colcha con la que se cubría y aún sumida en la inconsciencia, le metí la mano entre las piernas y le saqué una gasa que cubría la vagina. Aún tenía puntos de sutura.

—Déjennos, por favor, no le hagan daño a mi mamá —lloriqueaba Adolf.

Introduje mi puño en la vagina, y empujé más adentro. Klara gritó hasta dañarme los tímpanos, recuperó la consciencia en una fracción de segundo de dolor. Pataleaba; pero mi puño ya estaba demasiado dentro. Cerré los dedos en torno a cosas ignominiosas que tenía allí dentro y se las arranqué. Desfalleció de dolor cuando dejé caer los ovarios y parte del útero entre sus piernas. Su coño era una fuente de sangre y se lo taponé con la gasa.

Adolfito sufrió una crisis respiratoria ante lo que le forzamos a ver. Soy bueno en lo mío, soy maravilloso. Le di una bofetada y se le pasó la histeria.

Me limpié la mano en las sábanas y le pellizqué uno de sus pezones supurantes de leche, la respiración de la madre era apenas un suspiro, se estaba muriendo.

—Ve a buscar a tu padre a la taberna y que se traiga al borracho del médico, y rápido o tu madre morirá.

Adolfito salió corriendo de la casa con sus pantalones mojados de orina y sangre.

La Dama Oscura tomó a la pequeña Paula en brazos y le dio un ligero golpe en la cabeza con el mango de su daga, en un lugar muy preciso de su nuca, la niña dejó de llorar porque se quedó dormida al instante.

Le había estropeado una zona de su cerebro para que fuera lo más parecida a su hermano Adolf. No dejo nada al azar.

Y nos fuimos de aquella casa de mierda con Dios lanzando espumarajos de rabia por mi intrusismo y porque es un tipo envidioso.

Klara consiguió salvar la vida, Alois jamás pudo entender lo que ocurrió en su casa porque la muy astuta alegó amnesia. Adolfito decía no recordar quien le hizo todo aquello. Sus noches se convirtieron en horas de miedo y un dolor que revivía una y otra vez.

Yo no soy suave, los traumas que yo creo estropean la vida de los monos de una forma insoportable.

Durante algún tiempo la policía local (unos primates no muy listos) buscaron vagabundos para culpar por las agresiones y la muerte de la sirvienta. Al cabo de unos meses, apenas nadie se acordaba de todo aquello.

Alois seguía castigando a Adolf por sus fracasos escolares y con el cinturón intentaba inculcarle algo de valor y empuje en la vida. El pequeño Adolf era un tipo realmente reticente a la actividad física. Su padre de mierda no veía nada bueno en él.

“Mi pequeño hijo maricón”, decía de él a menudo en la taberna cuando se refería al futuro führer.

Dios no sabe bien lo que es la miseria humana, yo sí que se hundir a alguien en lo más profundo de la indecencia y conducirlo directamente a la locura más destructiva.

Los primates son cosas que se pueden moldear, modificar, eliminar y atormentar de la forma más sencilla y amena. Deberíais probarlo con vuestros propios hijos y padres, los resultados son sorprendentes.

Dejé un breve espacio de tiempo de siete años antes de visitar de nuevo a la familia, es bueno que crean que todo ha pasado, que se confíen. Sobre todo después de unas fiestas navideñas felices y sin problema alguno. Cuando todo está bien, asestar un buen golpe crea una angustia en los primates difícil de asimilar por sus cerebros simplones.