
Se me ha aparecido Jesucristo cuando fumaba un cigarro, en una pausa durante la subida a la Sierra del Loco y le he dicho:
-Ahora no. No me jodas.
Y he seguido fumando.

Se me ha aparecido Jesucristo cuando fumaba un cigarro, en una pausa durante la subida a la Sierra del Loco y le he dicho:
-Ahora no. No me jodas.
Y he seguido fumando.

Está bien, la tecnología tiene sus comodidades, higiene y todas esas miles de ventajas que anuncian los fabricantes; pero empiezo a estar obsesionado, tengo miedo.
Es verano, quiero decir que hace un calor del carajo.
Y nadie mencionó este problema.
En la parte superior del cuerpo, no llevo prenda alguna.
Hace mucho calor.
Temo el momento de abrir la puerta.
Sé que volverá a ocurrir: mis pezones se pondrán duros por el golpe de aire frío en mi poderoso y ardiente pecho.
Me siento tan cohibido por ese frío «no frost» tan impulsado y repentino, que estoy pensando seriamente en destrozar unas orejeras para la nieve y adaptarlas a mis pezones.
Es que llega el momento que me duelen de erizados.
Y pienso en tomar la cocacola caliente antes que abrir otra vez la puta puerta del infierno «no frost».
Maldito «no frost»…

Las butacas no están vacías, hay muertos silenciosos esperando que comience la película.
Por eso observo bien las butacas, no quisiera sentarme encima de un alma. A mí no me gustaría.
Me conforta saber que hay cine en la eternidad.

De pequeño intentaron educarme en la verdad, en la sinceridad.
Y una mierda, yo no digo verdades ni las busco.
Ya sé todo lo que es verdad o mentira.
Siempre lo intuí.
Y la verdad es un supositorio que me hace cagar.
Soy escritor y los escritores inventan mundos mejores y peores que esta mierda que vivo.
Decir la verdad es ser tonto con complejo de iluminado.
Buscar la verdad es no tener inteligencia para ver lo que tienes delante de las narices.
Santiago Rusiñol escribió: «Los que buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla».
Justo lo que yo pensaba en mi infancia; si alguna vez la tuve.

Ni las fiestas religiosas, ni las paganas (religiosas también, las mismas supersticiones).
En ninguna de ellas arde quien debiera, solo basura y madera.
Y cuando toda esa miseria se ha quemado, se acuestan a dormir sobre su propia mierda.
Estoy abandonado en este global sanatorio para deficientes mentales, todas las fiestas.
Todos los días.
Da igual que sea el puto solsticio de verano (ver-culo es lo mismo), o la gran parida cristiana de la navidad; soy alérgico a sentirme feliz y empático de mierda.
Soy tenaz, no caeré en la jocosa imbecilidad.

Soy la imperfecta esencia de la inconformidad, si fuera perfecto, no amaría, no desearía.
No sé si es bueno o malo.
Soy la perfecta incongruencia humana. No soy humano; pero sí.
No sé, es confuso.
Soy el que besa los labios de su rostro y los labios secretos e íntimos que esconden sus muslos.
Soy una obscenidad imperfecta contaminada ocasionalmente de amores y ternuras. Y de iras babeantes.
Soy una muerte perfecta, imparable, incansable. Cada día más cerca de ser nada, cada vez más lejos de su coño.
No hay días perfectos, no hay días gloriosos.
Solo agotadores, como cuando la lluvia hierve sobre la piel y el sol evapora mi pensamiento.
He visto una pequeña serpiente muerta en el camino, demasiado pequeña. Le he dicho adiós con el pensamiento y he mirado al cielo.

La misma foto serviría para retratar a los miembros reunidos de un tribunal superior, consejo de ministros, consejo de administración de una empresa, consejo de directivos bancarios o el alto mando militar; de cualquier país elegido al azar.
La única diferencia es que cuando matan a las vacas, sirven de alimento.
Los otros rebaños citados solo sirven para robar, cobrar sin trabajar y hundir y arruinar personas.
Además, las vacas piensan y son hermosas.
Debería haber mataderos específicos para las especies no alimenticias.

Ese sol cabrón que hace hervir la sangre de los árboles y sus cadáveres.
Resucita la savia impregnando el aire de resina caliente que hace la respiración espesa.
De ámbar redivivo.
De sangre que hierve.
Revivir para abrasarse…
Pobres mis árboles.

Mi despertar es trauma: el cuerpo se niega a vivir un mismo día.
No se relaja, no nos relajamos a pesar de los años.
Como si no fuéramos de aquí, de esto.
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