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Tengo un amor enquistado en el corazón que, en aleatorios momentos provoca una taquicardia que pone en jaque por exceso de presión las venas y arterias del cerebro y rabo.
Y que en mi leche haya sangre: un batido de melancolía y deseo roto.
Nunca he pretendido obviar mi naturaleza animal y territorial. Soy cien por cien humano para bien o para mejor, porque la violencia es don de supervivencia y selección.
Y las erecciones y humedades están intrincadas en el tejido frecuencial del amor como las emociones en el cerebro.
Así que desear o amar es follar, es un lote.
De ahí la tristeza. La inmensa y puta melancolía.
Y claro, la castración no va conmigo.
Ni la amputación.
Y no voy a pedir permiso de mierda a la autoridad para suicidarme si se diera el caso.
Yo no pido permiso ni al puto dios para hacer lo que me afecta.
No quiero que el cochino estado/dios haga propaganda electoral con mi muerte alardeando de haber autorizado una eutanasia piadosa de mierda.
A lo que iba: anhelo metérsela, que se corra entre mis dedos y boca.
Y mañana, compartir el primer café del día con ella otra vez…
Los amores enquistados están muertos; pero ocurrieron y viven en mi íntimo universo.
Y está bien, aunque revienten las arterias.
A lo hecho, pecho y haré o no lo que deba según mi sagrada, obscena, violenta y única voluntad.

La responsabilidad de un gran poder

Entiendo a los super héroes como Spiderman, su depresión por ostentar poderes que los hace especiales e invencibles, pobrecitos.
Pobres megalómanos melifluos, apocados y sin carácter. Existencialistas por puro esnobismo.
Yo me tengo que levantar todos los días y soportar mi super hombría. Eso sí que es un trauma.
Y no lloro como una nenaza menstruando, o cuando el test le dice que está embarazada y no tiene suficiente memoria RAM para identificar quién coño es el padre.
Enciendo el primer cigarro del amanecer en la cama, que parece una tienda de campaña canadiense de cinco plazas. Y pienso en la indignidad de la ausencia de elegancia y de un exceso de animalidad.
En el momento de agacharme para buscar las zapatillas que el gatito ha desparramado por debajo de la cama, he de ser muy cuidadoso con mis ojos, podría tener un accidente y convertirme en una erección cíclope.
Aún embriagado por el sueño, rascándome el culo, he de calcular perfectamente la correcta, uniforme y firme dirección frontal de mi caminar. Porque si viro apenas unos grados a derecha o izquierda al pasar por un marco de puerta, lo puedo astillar.
Hay pelos y piel incrustados en los marcos que demuestran que no soy lo suficientemente preciso y rectilíneo al caminar con apenas consciencia.
Y para colmo, la ceniza nunca cae al suelo, mi paquete genital parece un daliniano cenicero por su extraña deformación.
A las mujeres bien dotadas el café les gotea en los pechos, en el escote; como una ley física inamovible. Y de la misma forma mi paquete recibe el 90 % de la ceniza matutina cada día. Son constantes contra las que no se puede luchar.
Dejo rastros de ceniza por doquier que paso.
La lírica puede ser tan sórdida…
Dan ganas de llorar ante tanta dura enormidad; pero en realidad, es el primer pedo del día lo que sale de dentro de mí. De lo más profundo de mis entrañas.
Tenerla dura no significa siempre ser bruto, a veces es un importante ejercicio metafísico.
Una gran erección, conlleva una gran responsabilidad.
No jodas con las leyes de la moral y ética cinematográfica, he visto garabatos de niños de dos años con más trascendencia.
Lo peor no es tener que preparar el café de costado, porque de frente la distancia hacia el mármol de la cocina es tan angustiosa como el monótono horizonte de un desierto.
Lo peor es mear.
Mear y acertar.
No tengo miedo de que me salpique los pies, porque estoy casi angustiosamente lejos del chorro dorado.
Pero lo que cae al suelo he de limpiarlo para que el lavabo no parezca un corral de patos.
Y mi misión es mear sin daños colaterales.
No es fácil, hay que calcular muy bien la distancia hasta el inodoro, hasta el centro del inodoro. A veces la pared marca el límite y he de proceder a elevar el pene con una puntería más intuitiva que precisa.
A esas horas del día es muy difícil calcular la parábola perfecta que ha de realizar el chorro de orina. A veces me sale bien y toso el humo del cigarro intentando sonreír.
Luego, la sangre que está agolpada en la polla, consigue volver al cerebro y recupero la conciencia de mi propia existencia.
Y todo esto en apenas cinco minutos.
Todos esos cálculos, tristeza y preocupación… Toda esa ceniza en el pijama limpio hasta hacía apenas unos minutos.
No, los super héroes sufren depresiones porque quieren. No deberían tener super poderes que no saben super llevar con hombría y valentía.
Spiderman y sus asépticas y asexuadas telarañas…
Me gustaría verlo con mi super polla.
Se iba a dar unos hartazones a llorar…
Gilipollas.
ic666 firma
Iconoclasta