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En las habitaciones de los hospitales suele haber cruces.
(No en fondo cósmico, lo que pasa es que si puedo, huyo de mediocridades de paredes blancas)
Tal vez se pretenda de una forma sutil (nada que ver con rezar con espiritualidades) que el enfermo no se queje demasiado.
Que se fije en el crucificado, que eso sí que duele de cojones. Que vea lo que es el verdadero dolor y no el suyo.
Yo siempre he pensado que, si el nazareno hubiera existido por alguno de esos azares que ocurren a lo largo de la historia; su dolor hubiera sido solo suyo y el mío insoportable.
Y es que el dolor es personal e intransferible, como el número pin de la tarjeta de crédito.
Mucho menos, un dolor ajeno puede conjurar, aplacar o consolar el propio.
Se pueden pedir milagros ante la cruz mientras te rechinan los dientes porque algún órgano se está pudriendo dentro de ti, si tienes humor para hacerlo, claro. Pero jamás el dolor de alguien, y mucho menos el de un cuento, podrá consolar el propio.
La experiencia es un grado y la única verdad entre tantas fantasías y crucifijos.
Primero te pones un poco histérico porque temes morir y una vez, si tienes cojones y lo aceptas, esperas que ocurra pronto para que el dolor cese.
¡Eseso-eseso-esesostodo, amigos! (el bueno de Porky Pig despidiéndose).

En Telegramas de Iconoclasta.

Que no es poco por lo desesperante, por las melancolías de lo que ya no podrá ser.
Por lo que pasó y duró tan poco que parece sueño.
Por el dolor que es tanto y parece delirio
Por tanto espacio-libertad que los pulmones se fatigan de tanto aspirar, y llevarse a la tumba todo lo bueno que puedan.
Porque amar es el más hermoso de los esfuerzos y detestar lo más fácil y liberador.
Un día más… O un día menos.
Pero eso ya lo sabía. Está bien, no puede hacer daño.

He tenido una revelación.
Tanto que algunos lo buscan y helo aquí, el paraíso: un prado con un montón de vacas satisfechas y plácidamente aburridas de tanto rumiar. Acostadas en el pasto y con total seguridad, sobre sus propias cagadas sin que les importe demasiado.
Soy la hostia de místico.
Y un observador nato.

A veces juego conmigo mismo al escondite, me mal escondo en mí y de mí. Quisiera no saber tanto de miedos, de dolor, de frustración.
De la vergüenza de tantos fracasos.
Quisiera no conocer el final de la película…
Quisiera esconderme de todo eso.
Pero no se me da bien.
Abulto mucho y mis manos son pequeñas.
Hago lo que puedo y nunca es suficiente.
Puto karma…

Aparece sola, sin conjuros.
Sin tratamientos psicológicos.
En cualquier momento, cuando dejas vagar perezosamente la mirada y encuentras que la vida y lo inanimado comparten un espacio íntimo y está todo donde debe estar.
Y es mágico en su absoluta sencillez. Captas el momento para no olvidarlo, para poder contarte a ti mismo que hay momentos también de una sorprendente serenidad que te sedan de dolores y muertes.
A veces vale la pena vivir.

En Telegramas de Iconoclasta.

En Telegramas de Iconoclasta.

La incertidumbre del momento de la muerte puede darse cuando estás sentado cómodamente en el sillón del salón. O cuando estás bajo un cielo precioso entre altas montañas, en valles…

En el segundo caso la incertidumbre no angustia, al final te sientes nube y viajas allá donde los vientos te llevan. Estás donde debes.

En el primer caso, no hay drama; pero es triste y no es euforizante.

Es solo un pensamiento casual, porque no es fácil elegir donde morir.

Tal vez, por alguna justicia poética, los que hemos tenido una vida de mierda, tengamos una buena muerte.

Mentira: te joden hasta el final.

No me fio.