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Un relax indecente

Publicado: 6 junio, 2018 en Absurdo, fotografía, Reflexiones

Un relax indecente

Un momento de relax indecente. Y está bien, dos veces bien.

Solo el agua y las piedras son nítidas, nada varía su esencia. El dinero no las corrompe. Ni la envidia ni la ambición desmedida.
Es un pensamiento estúpido, producto del hastío. Un sinsentido.
Agua y piedras. Cosas… ¿Cómo van a corromperse si no pueden?
Y sin embargo, observo el agua y todo se difumina. Los seres pierden brillo y se hacen borrones, se hacen nada.
Solo el agua.
Potente.
Como una muerte.

 

No soy especialmente peligroso. Soy sexualmente agresivo con quien amo y deseo; pero si no la tengo dura soy físicamente inofensivo. El celo marca mis días.
Sin embargo, esa verja eléctrica los mantiene a salvo de mí. De mi pensamiento certero, afilado por la verdad, templado por la hipocresía que mamé al nacer y ahora parece agua de tan natural.
Tal vez, ese pastor eléctrico evita con su campo magnético que mi pensamiento les deprima y se suiciden por la presión del impío conocimiento que emito sin poder evitarlo.
Soy prácticamente dios, el verdadero. El que calla la muerte a pesar de sentirla reptar cada día por la piel. La mía y la de todos los seres vivos.
El que calla muy astuto el amor falso y prostituto que existe como una epidemia y es vacuna contra la cobardía a la soledad.
Soy un dios discreto que da dos monedas a la puta vida por una mala mamada.
Está bien, me conforta que estén a salvo de mi pensamiento quirúrgico y amputador.
No soy malo del todo, solo que si pudiera ocultar la verdad, sería perfecto.
Caballos, por vuestro bien, no traspaséis la línea hasta que me haya ido o muerto.

En las habitaciones de los hospitales suele haber cruces.
(No en fondo cósmico, lo que pasa es que si puedo, huyo de mediocridades de paredes blancas)
Tal vez se pretenda de una forma sutil (nada que ver con rezar con espiritualidades) que el enfermo no se queje demasiado.
Que se fije en el crucificado, que eso sí que duele de cojones. Que vea lo que es el verdadero dolor y no el suyo.
Yo siempre he pensado que, si el nazareno hubiera existido por alguno de esos azares que ocurren a lo largo de la historia; su dolor hubiera sido solo suyo y el mío insoportable.
Y es que el dolor es personal e intransferible, como el número pin de la tarjeta de crédito.
Mucho menos, un dolor ajeno puede conjurar, aplacar o consolar el propio.
Se pueden pedir milagros ante la cruz mientras te rechinan los dientes porque algún órgano se está pudriendo dentro de ti, si tienes humor para hacerlo, claro. Pero jamás el dolor de alguien, y mucho menos el de un cuento, podrá consolar el propio.
La experiencia es un grado y la única verdad entre tantas fantasías y crucifijos.
Primero te pones un poco histérico porque temes morir y una vez, si tienes cojones y lo aceptas, esperas que ocurra pronto para que el dolor cese.
¡Eseso-eseso-esesostodo, amigos! (el bueno de Porky Pig despidiéndose).

A veces juego conmigo mismo al escondite, me mal escondo en mí y de mí. Quisiera no saber tanto de miedos, de dolor, de frustración.
De la vergüenza de tantos fracasos.
Quisiera no conocer el final de la película…
Quisiera esconderme de todo eso.
Pero no se me da bien.
Abulto mucho y mis manos son pequeñas.
Hago lo que puedo y nunca es suficiente.
Puto karma…

La incertidumbre del momento de la muerte puede darse cuando estás sentado cómodamente en el sillón del salón. O cuando estás bajo un cielo precioso entre altas montañas, en valles…

En el segundo caso la incertidumbre no angustia, al final te sientes nube y viajas allá donde los vientos te llevan. Estás donde debes.

En el primer caso, no hay drama; pero es triste y no es euforizante.

Es solo un pensamiento casual, porque no es fácil elegir donde morir.

Tal vez, por alguna justicia poética, los que hemos tenido una vida de mierda, tengamos una buena muerte.

Mentira: te joden hasta el final.

No me fio.

Si como yo, tienes suficiente tiempo que perder en estupideces; al observar la sucia balsa de un campo parece que ves medusas latiendo en una especie de caldo primigenio, esperando absorber tu alma para formar una conciencia genocida.
Incluso pasaría por la placenta de algún parásito extraterrestre.
Estoy seguro de que si meto la mano en ese agua ignominiosa, seré clonado y luego mi alter ego se dedicará a comer vísceras aún calientes de seres humanos desollados.
Todas esas cosas tan coloridas que alertan de la toxicidad no importan; porque llega el labriego o pastor, mete la mano y se refresca la cara sin ningún pudor.
Y además dirá que es de lo más sano con los mocos radiactivos adheridos a sus cejas y colgando de las orejas.
¡Ah, la gente del campo y su ingenuidad!
Seguro que hacen ricos cocidos con ese agua tan proteínica; los tradicionales, los de toda la vida.
A veces es todo tan absurdo, que no sé si soy yo, o soy el personaje de una mala película de ciencia ficción.