Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

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Ni por asomo estoy relajado, al fin y al cabo soy puro animal con breves momentos de habilidad intelectual para organizar palabras de forma coherente.
A pesar de la afabilidad y la serenidad aparente, estoy imaginando tus ojos entrecerrados cuando acaricio tus muslos tan indecentemente cerca de tu coño.
Y no es malo, eso es lo que me relaja, lo que me da paz: tus muslos temblorosos y el control que ejerzo en ellos.
Mi privilegio.

 

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Se dice con romanticismo y deseos de ser profundamente emotivo, que el amor lo puede todo.
Es un mito, una falacia sensiblera.
El amor no puede combatir contra algo tan banal y simple como el apego por la tierra natal.
Yo he renegado de ella, he encontrado lugares mejores.
A lo mejor, dada mi disidencia (es una posibilidad), yo sí puedo hacer del amor un arma que arrase con todo.
Está bien, no soy un mojigato; el odio también es muy gratificante.
Incluso tentador.
Voy a tener que deshojar una margarita para decidirme.
¡Qué chocho!

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Quisiera ser romántico, sutil y delicado; pero no nací para eso.
Soy más animal en celo que hombre.

Y es que amarte me duele. No el corazón, sino el pene que se entumece y endurece por una riada de sangre que se forma arrolladora al pensarte.
Quisiera decir que lloro tu ausencia; es posible, aunque no me acuerdo.
Cuando de mi glande brota el hirviente semen, mi pensamiento se queda en blanco.
Soy bestia enamorada.

Luego el semen muere enfriándose en mi vientre, entre los dedos, resbalando por los testículos y mis ingles que tiemblan aún. Y en ese instante, el inmenso vacío que has dejado a mi alrededor pesa como un puto dios tallado en granito.

Y no sé si lloro, solo puedo afirmar que siento una angustia abismal que me roba un latido en el corazón, como si muriera un segundo. Pienso en lo hermoso que sería ese semen manando de tu coño trémulo, aún excitado.

No lloro porque los hombres no hacen esas cosas; pero no estoy a salvo de una tristeza de tal magnitud que convierte todo lo que me rodea en una celda sin aire ni luz, sin paredes, sin puerta por donde escapar.
Amarte es una pesadilla de la que no quiero despertar.

No vierto lágrimas, tan solo miles de hijos que no nacerán, que mueren antes de formarse sobre mi piel ruda y animal.

Ojalá pudiera hablar de lágrimas y una trágica depresión; pero soy un hombre-pene y ambos te deseamos.
No puedo combatir mi sórdida indignidad.
Y lo que es peor: no lo haría si pudiera.

Porque mi leche dentro de ti o sobre tu piel, es la única forma palpable y posible que tengo para soñarte.

No quisiera asustarte, pero te digo que me arrancaría el corazón a puñados cuando te pienso.
¿Ves, mi amor? Soy sangre y semen, así de simple.
Así de brutal.

No hay pensamiento en mí, porque lo tienes tú. O eres tú mi mente toda.
Te amo indigna y obscenamente.

Y es que no puedo soñar con amarte bajo un cielo hermoso con este semen enfriándose y marchitándose entre mis dedos.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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¿Es posible amar tanto, desear ardientemente y no sufrir consecuencias físicas por ello?
Porque evidentemente psíquicas, se padecen. Hace tiempo que perdí la razón por ti.
No temo por mi polla, no temo que explote, tú tampoco tienes que alarmarte por ello. Ríe…
Me preocupa el sistema nervioso y el cardiovascular.
Entiendo que es difícil ser yo, me complico demasiado, escribir no es sano.
Es suicida. Cuanto más desciendo a mi pensamiento, menos me entiendo y la percepción de la realidad se hace difusa y ya no sé dónde ni cómo estoy.
Solo he comprendido que amarte me hace perder el hilo de mi propio pensamiento.
Me hace inconexo.
Aunque en realidad siempre he buscado romper conexiones: demasiado orden, demasiado método.
No me quejo de mí mismo, solo constato ahora que tengo un momento de lucidez argumental.
Y te cuento:
Te podría contar del silencio majestuoso de la montaña y del lejano ruido de un tren o un coche que lo rompe. Y está bien que lo rompa, porque confirma lo profundo que estoy dentro del planeta.
Y lo profundo suele ser solitario.
Te contaría del hielo que el sol evapora formando un manto de humo que evoca un camposanto.
Del graznido de los cuervos que parecen eternamente enfadados, y sin embargo; son felices. Su vuelo juguetón e incesante lo confirma.
Te contaría de un perro enorme y sucio, que cada día sale a pasear como yo. Como si se tomara un descanso de su trabajo en la masía, de cuidar las vacas que cruzan el camino para dirigirse a los pastos.
Me mira como si me saludara con la lengua fuera. Es un buen tipo, mi amor.
Si estuvieras conmigo, aquí y ahora, te diría que toda esta profundidad no basta. Que necesito compartir contigo este mundo lejano de la infestación de la vida sórdida, artificial.
Es tan sencillo… Fluyen con tanta facilidad las emociones, la vida y la muerte; que inevitablemente te contagias.
Más que eso: te conviertes en parte de ello.
Caminas sobre miles de cadáveres y un árbol empuja a otro lenta e inexorablemente al precipicio, donde lo arrastrará un río.
Y la magia está en que no lo ves, porque es otra escala de tiempo, en la montaña el tiempo tiene distintas magnitudes según los seres, según la alegría, según el dolor.
Según el frío…
Es un conocimiento con el que se nace y al cual la soledad da luz.
No es misticismo, es praxis pura.
Un conocimiento que aparece rotundo en el lugar adecuado. Cuando te das cuenta que la propia vida tiene el mismo valor que la de un gorrión; aquí, donde la vida pelea con la vida y se alimenta de muerte. Donde Dios mata a Dios y yo los cazo si se diera el caso.
Al reconocerte, cierras la puerta a la artificialidad y a sus convenciones sociales.
Y es hermoso.
Tenía que escribirte aquí y ahora, porque cuanto más profunda y hermosa se hace la vida, más desearía estar aquí prendido de tu mano.
Prendido de tus labios.
Porque tú también eres la certeza con la que nací.
Siempre te busqué.
Desde un profundo valle de hermosa vida y muerte, te amo.
Tal vez es tarde, tal vez esto se convierta en una carta póstuma que se deshará entre las hojas muertas de otoño.
Nada se puede hacer por evitarlo.
¡Ah… Estos malditos cuervos me dan dolor de cabeza, no callan!
Seguro que les pasa como a mí: buscan a su cuerva.
Besos, mi amor.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

 

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Si digo que quiero atenazar tu coño con mi mano de dedos crispados, mordiéndome el labio con lujuria, no es pornografía. No es una banalidad.

No es sexo fácil.

No es pornografía.

Mis dedos invadiendo tu coño es la más primigenia posesión y deseo.

He tardado eones para encontrar a quien decírselo, para llegar a este momento de ansiedad apenas contenida.

No puedo ser más serio, no puedo ser más profundo cuando expreso mi deseo de joderte sin cuidado.

Soy demasiado primitivo para expresar sutilezas. Mi falta de inteligencia la compenso con un amor brutal.

Con una aparatosa y vanidosa violencia sexual.

Abofetearte las nalgas cuando te penetro apoyada en la mesa no es masoquismo, no es simple machismo.

Es que quiero dejar una huella en tu piel, necesito convencerme con el rabo bombeando dentro de ti, que eres mi sueño, que duraré en ti más allá del momento en que eyacule mi leche hirviendo.

No quiero dejar de ser a tu lado, quiero que quede en tu cuerpo algún rastro de mí.

Algo que justifique toda esta vida que te he estado buscando.

Eres el amor puro y brutal que me dobla, el que creía no posible.

Es lógica mi locura, mi miedo a no trascender en ti, dentro de ti.

 

 

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Iconoclasta

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Dicen que se debe morir con las botas puestas; pero no estoy de humor para metáforas hormonales.
Que me quiten las botas, que me duelen los pies.
Y tendrás que ser tú, mi amor, quien me las quite para morir cómodamente.
Es que no existe nadie más quien me las quite. Ni quiero.
Porque no solo me quitarás las botas.
Y es que tu boca es la más extrema cueva del placer.
Obviemos que muero y quítame las botas, desabróchame el pantalón que ya no necesito, que me molesta también.
¡Qué boca tan grande tienes, abuelita!
Morir no siempre es trágico, mi amor. Nos reímos de todo…
Tu mano en mi pubis me hace sentir que deliro, me sitúa en esa frontera difusa entre la agonía y la paranoia.
Por favor… Solo tu aliento ahí, basta para que se me derrame el blanco con espasmos descontrolados.
No tienes piedad ni con el agonizante. Te adoro por tu fiereza, por tu sensualidad que me desquicia, que me saca de madre.
No soy valiente, ni cobarde, no soy nada.
No quiero las botas al morir.
Solo estoy loco, enfermo de ti.
Si muriera con las botas puestas, rozaría tan peligrosamente la mediocridad, que vomitaría con mi último aliento.
Que sea eyaculando en tu boca…
Tú eres María Magdalena y yo Jesucristo.
Es un buen momento para evocar mitos, fantasías.
De haber existido ambos, Jesús hubiera querido morir en la boca de Magdalena.
Como yo en la tuya.
No quiero morir como un hombre bueno y valiente. Quiero ser sacrílego contigo.
Vivir-morir una pornográfica agonía con mi amada.
No quiero botas ni bondades.
Solo el fascinante y cruento amor que nos come.
No me dejes morir en paz, hazme estallar, mi amor.
Y luego, desnuda, tira las botas a la basura.
Tú serás mi epitafio.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Muerde la manzana, ansiada mía.
No te prometo sabiduría.
No habrá un conocimiento profundo.
Ni serás más hermosa.
No dormirás.
Muerde la manzana y que tus muslos tiemblen convulsos ante mi mano que los acaricia. Muérdela y perderás todo pudor a mi posesión ávida y feroz.
Muérdela para que tu alma sea mía y mi pene se haga enorme dentro de ti. Que te veas arrastrada a un placer demencial y grites narcotizada clavando de desesperación los dedos en tus pechos.
Soy un satanás que ama hasta lo más profundo de tu coño, que deja gotear su baba en él.
Soy una leche ardiendo que rezuma por nuestra cópula goteando la tierra lentamente desde tus nalgas.
No basta que me ames, quiero narcotizarte como nadie pudo imaginar.
Que sea yo lo único que exista en el universo y me tengas aprisionado en tu vagina hambrienta. Quiero estar clavado en ti, y que tu boca mame mis dedos mientras tu pelvis golpea con fuerza la mía.
Muerde la manzana, como si fuera mi rabo de glande empapado, viscoso… Y hazme daño, dame dolor para que me hunda contigo en lo más profundo de un deseo desintegrador.
Muérdela con tus dientes, besa la manzana en mi mano con los labios de tu coño inmenso.
Viaja conmigo al placer desatado, a la negación de todo lo que existe a nuestro alrededor.
Separa las piernas al morderla y ofrécete descarada como la puta más deseada.
Seré tu gusano, tu esclavo, tu polla cauterizante que tus labios sexuales lamerán hambrientos.
Muérdela y arráncame el puto corazón si así lo deseas.
Muérdela y el esclavo seré yo.
Soy un satanás goteando en tu boca, infame, impío.
Amándote hasta la desesperación.

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Foto de Iconoclasta.

pensandote

Pensándote mientras me harta, me cansa y me duele el mundo.
Pensándote aspiro el humo de un cigarro en un ejercicio de ingenuidad, creyendo que es tu alma y yo soy el diablo que te la ha arrebatado. Y por ello el humo da calor y paz a mi vieja sangre y mis pulmones antiguos.
Pensándote sueño en posibilidades que me arrancan de esta realidad sin misterios ni magia que inocula aburrimiento en mi organismo.
Pensándote caigo en una trascendental desdicha.
Soy un romántico fuera de tiempo. Soy tragedia pura.
Por ello, pensándote, me tranquilizo al saber que moriré mucho antes que tú. Soy un F-1 desesperado por llegar a una meta letal.
Y sonrío al apagar el cigarro, porque toda esta cadena de pensamientos ha tenido un final feliz: no es viable el mundo sin ti.

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¿Has visto qué fuerza tiene el planeta, amor? Es precioso…

Podría ser perfecto si bajo el paraguas estuvieras tú conmigo.

Te diría que lo que hacen las nubes con las montañas, lo hago con tu piel.

Mojarlas, rozarlas, acariciarlas…

Es tiempo de lluvia; sin embargo, amarte es intemporal. Ni la lluvia ni el sol pueden evitar que te quiera repentina y violentamente; como si hubieras nacido sorpresivamente ante mí.

Cautivándome como si fueras planeta.
Y debiera tener frío, pero la dulce melancolía es cálida.

Camino sin cuidado, pisando charcos, escuchando mi propia respiración reverberar contra la cúpula negra de un paraguas vacío sin ti.
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Foto de Iconoclasta.

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No quiero ser un buen hombre sensible y comprensivo.
No quiero ser tu confidente o amigo.
Tu apoyo moral…
No quiero ser guapo, ni fuerte.
Ni siquiera ser hombre.
Deseo ser una bestia reptante entre tus muslos. Que me amputen los brazos y las piernas si es preciso.
Fascinarte con mi repulsión, sacar de ti lo más morboso y no puedas evitar separar las piernas para que mi lengua azote nerviosa tus ingles y llegar a tu coño por la vía de un placer tan inevitable como repulsivo.
Clavar mis colmillos y sorber tu clítoris.
Vampirizar tu vagina temblorosa…
No quiero que me ames, solo roza mi cabeza cuando entre en tu coño. Y sabré la verdad: a pesar del asco, me quieres dentro, retorciéndome en tu sexo baboso como yo. Causando vibraciones casi eléctricas que estimularán tu clítoris hasta hacerlo enorme.
Porque es enorme como un universo.
Desesperándote en la indefinida frontera de la repulsión y una hedonista adicción que destruye voluntades.
Acariciar con mis húmedas escamas los labios de tu coño al entrar.
Siseando obscenidades que rimen con tus gemidos de placer y alarma.
Que susurres «Dios mío» al sentir entre tus dedos mis escamas deslizándose dentro de ti: impías, viscosas en tu sexo tan abierto, que parece destripado.
Te diré que yo soy Dios, el creador y tu dueño. Que estoy formando un universo en tu coño. Que obligo a tu mente que observe el mundo a través de visión infrarroja y animal convulsionándome entre tus muslos.
Mi cola asomará entre tus piernas como una obscenidad indomable que lanza violentos latigazos.
Cierras los puños y separas las piernas hasta el dolor, porque quieres más.
Porque quieres como yo lo que nadie nos ha dado jamás: lo extraordinario, lo imposible. La puerta de emergencia de este decorado insulso en el que nos encontramos.
Córrete, báñame, ahógame dentro de ti. Contrae tu coño y hazme sentir que me aplastas, acaricia la inquieta obscenidad que asoma entre tus labios obscenos y secretos.
No soy hombre, soy un desesperado y brutal deseo reptil sin amor, ni cariños, ni compresiones.
Solo voraz de ti.
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