Archivos de la categoría ‘Conclusiones’

aportar-a-la-sociedad

Hay una pregunta siempre en el aire por parte de las instituciones: ¿Qué haces, qué aportas a la sociedad?
Es una pregunta estúpida, burda, tramposa, capciosa, oportunista, anal…
La única pregunta posible es: ¿Qué hace la sociedad por mí a cambio del dinero que me roba por respirar?
Menos dar por culo con el cuento de la conciencia social, porque la sociedad, al fin y al cabo es un rebaño de borregos cuyos pastores son un cártel de ladrones.
Y yo tengo que soportar a unos y a otros.
Por la sociedad no puedo hacer nada; pero si pudiera (y de una forma harto improbable, lo quisiera), no le gustaría a ninguno de esos dos bandos: a los borregos y los ladrones o gobierno.
Cuando hagan algo por mí, cuando el dinero que me han robado a lo largo de la vida me dé algo de fruto, tal vez no les tenga tanto odio, tanto asco.
Y aún así…
Es que el rencor me hace más macho.
Puedo vivir odiándolos a todos, no me molesta demasiado.

 

tradiciones

¿Quién necesita navidades o reyes cuando está donde quiere, donde debe?
Las tradiciones y supersticiones son parches para paliar las frustraciones.
La vergüenza callada de no estar en el lugar deseado. En el tiempo propicio.
La vergüenza de la total ausencia de libertad.
Las celebraciones son las falsas y tristes alegrías de esclavos y fracasados.
La galleta, el premio por soportar la diaria mediocridad.

sabiduria

Como no aparecí por la tienda de tabaco el pasado día de los inocentes, me han hecho la inocentada con carácter retroactivo. Lo que me ha llevado a empezar el año con cierta comezón genital que me obliga a removerme inquieto en el asiento.
Y así con total y absoluta desfachatez, han metido en la bolsa de la compra este encendedor con mensaje jocoso y divertido.
Y es que provoco envidia por doquier que paso, mi elegancia, soberbia y sabiduría ancestral les tiene totalmente epatados.
Hasta mi cojera les hace soltar babas con rabiosa envidia.
Me la tenían jurada porque soy listo como una ardilla.
Pero cuidado, no sea que con lo rápido que soy, les haga hermanitos a todos ellos chingándome con esta rapidez mía a sus madres.
Vivo en un continuo surrealismo, es mi cruz por ser perfecto.
Es un asco ser único.

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En Telegramas de Iconoclasta.

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Dicen que es el día de los inocentes. Yo digo que es el de los idiotas.
De cualquier forma me la pela.
A mí me interesa el día de los culpables y decapitarlos.
Y si estuvieran muertos, resucitarlos para decapitarlos. Eso sí me haría gracia.
Como es la norma, la cobardía gobierna las tradiciones.
De los inocentes es fácil reírse.
Pero faltan cojones y dignidad para celebrar un día de los culpables.
Palurdos borregos…

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«Todo ocurre por alguna razón».
Vaya… Así que es eso: su alma y su coño…
Díselo a mi pene, que se encabrita cuando la ve, con solo leer sus palabras, con sentir su voz saliendo por sus cuatro labios dioses.
Joder, si no me lo llegas a decir, mi vida hubiera sido una mierda.
Menudo descanso, genio. Me has tranquilizado.
Y ahora pasa por la casilla de salida del monopoly que te van a dar unos billetes falsos, que te los has ganado, figura.

 

caballeros-andantes

Si pienso con profundidad, por importante o banal que sea la cuestión, desmonto ilusiones, leyendas y cuentos con una facilidad que raya el sadismo. Y no es sadismo, es algo connatural en mí arquear una ceja y pensar: «no me jodas».
Por ejemplo:
Los caballeros andantes, siempre adelante, los primeros en avanzar hacia el enemigo, generosos y justos como la madre que los parió.
Si fuera mujer, me chorrearía el coño al pensar en ellos.
Y una mierda. A esos «caballeros» les pasaba como a los burros con orejeras. No tenían más cojones que avanzar porque sus yelmos no les daban más visión que la frontal, no había periférica.
Por otro lado, toda la coraza que llevaban, no era precisamente signo de arrojo y valentía.
Eso sí, eran generosos con los soldados-campesinos y otros muertos de hambre que sacrificaban. Cuantos más morían en la batalla, mayor era la gloria del caballero andante.
Tras sus «hazañas» les esperaba como recompensa un título nobiliario y con ello la licencia para explotar y robar a los pobres de la comarca o región que gobernarían.
Y una niña (una hija del rey o de cualquier otro noble) con la que follar (si no eran maricones), infectarse de sífilis o gonorrea, de ladillas y al final dejar preñada a la putilla y tener un bebé tan hijoputa como ellos.
Hoy día estos «caballeros andantes ya no existen (los hijoputas ni siquiera daban un paso, se cagaban y meaban en el caballo); pero sus descendientes son aristócratas, ministros, jueces, presidentes y grandes empresarios.
La misma mierda con otros diseños de moda.
De todas aquellas mentiras que me contaban de pequeño para integrarme y creer en esta marrana sociedad, no ha quedado ni una en mi cabeza.
Nací con el don de purgarme rápidamente de cualquier tipo de excremento por viejo, histórico, tradicional, folclórico y religioso que fuera.

 

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Iconoclasta

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En Telegramas de Iconoclasta.

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Mientras ella moría un día, y otro, y otro, y otro…
Yo vivía ajeno a su muerte.
A menudo pensaba en ella viva, respirando.
Y cuando he sabido de su muerte, se me ha venido encima toda esta tristeza y angustioso desconcierto por cada uno de los días que la he mantenido respirando, cuando debería haberla llorado.
Sin pretenderlo, cada día que ha pasado la he resucitado y ha vuelto a morir…
Pobre… Pobrecita…
No es un error mío.
El error está en saber, en conocer. El mundo brillaba más hace unas horas, antes de que muriera.
No quería saber nada más, tengo bastante sabiduría y conocimientos.
Mi ignorancia me protege del dolor.
Me gustaba ella sonriendo.
Hay una angustiosa tristeza porque de repente, todos esos años que la imaginé viva, son de muerte.
Una repentina riada de dolor que arrasa cualquier asomo de alegría.
Mi dolor por ti, amiga.
He muerto un poco contigo.
He llegado tarde a tu partida. Años tarde.
Y pago intereses de demora con una congoja que me atenaza la garganta.
Sin saberlo he burlado a la muerte, te he mantenido viva.
Viva y bella estos años.
Y ha valido la pena, aunque ahora tenga que pagar la usura de la muerte.
Hasta nunca jamás, mi amiga.
(A una hermosa amiga, que murió hace más de seis años, hace unas horas nada más en mi universo.)

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– Piénsalo bien: a quién quieres más ¿a papá o a mamá?
– Seamos prácticos: mamá ya no es reproductora.
El cadáver de mamá arde en una pira formada por docenas de cadáveres.
Papá abraza agradecido a su hijo.