Quién iba a decir que unos perros darían al traste con la estafa de las pruebas o test para detectar el coronavirus… Los extorsionadores del gobierno fascista español deberán estar cagándose en sus muelas, la cantidad de timos que ya no podrán cometer. Pobres… El chucho te aplica el hocico en los genitales y en un segundo sabes si eres positivo o negativo de coronavirus, maricón o tortillera. Las ladillas, por muy poco inteligente que seas, nadie te tiene que decir si las tienes o no, lumbrera. Precioso.
Dada la calidad y magnitud de este nuevo fascismo surgido como un parásito en el propio núcleo del coronavirus y ante la segunda fuerte ola de represión que ha decretado el gobierno, hay que tener en cuenta una serie de precauciones y conocer la verdadera esencia del instrumento con el cual van a llevar a cabo el robo de vuestras libertades e incluso amenazar vuestra propia vida: la bofia de los nuevos fascismos emergidos como una infección más. La presunta amabilidad de la bofia es un escupitajo de veneno. Debéis ser conscientes del peligro que corréis cuando un madero, sea de la administración que sea, se dirige a vosotros. El cerebro de los perros del fascismo tiene programada la premisa de que sois delincuentes, una peligrosa bomba biológica. Su mirada desconfiada y paranoica los delata. Estad atentos a los detalles si no queréis que os arruinen e incluso os hieran. Si un madero se fija en ti, además de la envidia de saber que en el fondo no tiene ninguna libertad, le mueve el deseo de cometer abuso de autoridad. Es un hecho de las dictaduras del pasado que se mantiene plenamente vigente en los fascismos de las falsas democracias de esta época de coronavirus. Hay que decirle a todo que sí y pedirle perdón incluso cuando te denuncien por nada, porque de lo contrario, además de la multa, te harán todo el daño que les sea posible cometer; es pura técnica de supervivencia en las épocas más oscuras. Si a la bofia los llamáis “agentes” se sentirán mejor y bajaréis un punto su ferocidad psicótica. Las fuerzas armadas de todo régimen fascista, sea capitalista o comunista, son invariablemente corruptas; tenedlo presente. Ocultaos de su vista cuanto podáis. Siempre encontrarán razones para joderos. No olvidéis nunca la premisa que les han grabado en el cerebro: vosotros sois el coronavirus. Id con mucho cuidado en el coche, no les hagáis esperar ni un segundo si os piden alguna documentación, están de servicio ante delincuentes que están de vacaciones y esa envidia los hace tan peligrosos como jabalís en celo. Por otra parte, en toda dictadura o sistema político basado en la corrupción, la única forma de ascender en el escalafón es demostrar ante los amos una gran capacidad represora, sancionadora, corrupta y si además es violenta, un simple madero ascenderá rápidamente a capitán. Que nadie caiga en la ingenuidad de creer que la bofia del régimen fascista tiene la misión de velar por el ciudadano y su seguridad. Son animales fieros, volubles y con la suficiente incultura para incurrir en abuso y creerse con absoluta fe, que son los guardianes de la justicia, el decoro, la moral y la obediencia ciega. Id con mucho cuidado, las fiestas prolongadas como las de navidad, los hace especialmente ariscos. Si veis a la bofia, alejaos cuanto podáis de ellos. Si no tenéis más remedio que someteros a sus interrogatorios, dadle la razón en todo, ya que a la multa, podríais añadir una agresión en forma de descarga eléctrica o porrazo. No es broma, evitadlos. Usad las mascarillas cuando no estéis seguros de su ausencia o cuando en recorridos urbanos, os los podáis encontrar de cara. Y cuando por fin os encontréis en un lugar en el que podáis respirar decentemente, estad atentos también a los otros perros que son sus confidentes: vecinos venenosos y urticantes que os harán muchas preguntas con hipócrita afabilidad para denunciaros. El sistema está podrido y las personas decentes corremos un gran riesgo. No os deseo unas felices fiestas, me conformaré con desearos suerte con la bofia y que no os encontréis con ella.
Claro… Si sales a pasear por la calle, podrás ver como los españoles con sus bozales, de repente caen enfermos o muertos por coronavirus. Y los que sobreviven se vuelven vampiros. La prensa del nuevo y normal fascismo español del coronavirus y sus cuentos infantiles, son ya una tradición, como el yugo y las flechas o la película de Agustina de Aragón en tiempos franquistas.
El premio gordo de la lotería de navidad salió y todo quisqui a quien no le ha tocado es partícipe, a través del telediario, de la alegría de los gilipollas injustamente afortunados que gritan muy felices, histéricos y ya borrachos. Llamadme envidioso si os place, no reniego de ello. Me importa lo mismo ser envidioso que a la gran mayoría del populacho ser cobarde y manso. Yo digo que lo que me toca, no me causa ningún tipo de alegría; aunque la premiada sea la abuela de Caperucita Roja a la que el lobo devoró sus cuatro extremidades y necesita dinero para el puto trasplante. Tanto es así, que aunque gastara dinero en la lotería, preferiría que no me tocara para que nadie pudiera pensar de mí lo que pienso de los suertudos. La empatía es una hoja de papel de periódico impresa con las cantidades de contagios y muertes por coronavirus, con la cual me limpio el culo si no hay algo más suave. Que por cierto, en Cataluña la mafia fascista de los caciques autonómicos ha decretado para celebrar la lotería, una serie de medidas de represión mucho más fuertes y severas para que los catalanes se enteren de una vez por todas, que el fascismo del gobierno catalán es mucho más fuerte y efectivo que el de los Caudillos Sánchez e Iglesias.
Ya se ha demostrado que las mascarillas no han servido para nada, hay el mismo nivel de contagio de coronavirus que a principios de año, cuando surgió la epidemia y aún nadie usaba el bozal. Y desde hace ya seis meses todo el mundo usa mascarilla, se puede ver por la calle cada día y en todo momento el nivel de obediencia y fe en el fascismo que el pueblo español tiene. Hace tres meses, el nuevo y normal gobierno fascista español culpaba a la juventud de los contagios. Los persiguieron, la policía asaltaba las casas donde se reunían y cerró bares, les prohibió realizar cualquier encuentro, talmente como si fueran narcotraficantes; y nada ha cambiado. Al fin encontraron la solución de imponer el toque de queda fascista por las noches. En estas actuales noches de represión y amenaza, solo rondan por las calles los serenos del franquismo, en este caso un fascismo inspirado en la tiranía china. Y tampoco el nuevo y normal gobierno fascista de España, consigue frenar el coronavirus, sus contagios y muertes. Ahora ya han dado el gran y máximo golpe a la libertad: ellos, las hienas fascistas que gobiernan han decretado cuántos, cuándo y dónde pueden reunirse las familias y amigos en las ñoñas y sobrevaloradas festividades navideñas. Con ello, además de cerrar la boca a los mansos cabestros atemorizados, han conseguido crear en la mente infantil de la sociedad española, la idea de que los Caudillos están presentes en todas las casas; que sabrán si coméis en la mesa más de lo que ellos han decretado, a la espera de chutaros su vacuna, por la cual ganarán un chorro de dinero y se harán eternos en el poder (como el mismísimo presidente chino se autonombró). En fin, que el mensaje navideño de los Caudillos españoles para estas fiestas va a ser el mismo que a principios de año: “Lo peor aún está por venir y nos esperan años durísimos, pero no me temblará la mano para meteros en la cárcel o fusilaros a todos, hijos de puta”. Y feliz navidad y próspero año de mierda tengáis todos”. Cuando empiecen a funcionar los hornos crematorios, volverá a preguntarse la chusma, cómo se ha podido llegar a eso. Es normal, la ignorancia duerme y seca el cerebro dedicándolo única y exclusivamente para las funciones más básicas de la población: comer, cagar, beber, mal follar, parir, trabajar, dormir y mear (en muchas ocasiones los cabestros no saben distinguir entre mear y cagar). A estas horas y gracias a los bandos doctrinales que el fascismo español ha emitido a todas horas y todos los días por todos los medios de comunicación que ha comprado u ocupado, los bozales y sus decretos de prisión; ya ha sido completamente anulada toda cualidad intelectual de la chusma española. Franco lo hizo asesinando, y el fascismo español instaurado a cuenta del coronavirus se ha impuesto negando tratamiento a las personas realmente graves y anulando todo tipo de libertad con el timo de la epidemia. Ha sido un golpe a la democracia; incluso aplaudido, hay españoles con las manos aún inflamadas del hartazón de aplaudir que se dieron desde de marzo a julio del 2020.
El coronavirus es muy listo y consigue hacer un túnel molecular en el celofán que envuelve la cajetilla de cigarrillos para colonizar los filtros y así, a través de la boca y sus cosas, comerse a bocados los pulmones del fumador que ahora tiene que soportar además de la publicidad idiota anti tabaco, la del coronavirus que está tan de moda y omnipresente como dios, gracias a los nuevos gobernantes fascistas soltando sus mentiras y amenazas diarias por la televisión y en todos los medios de comunicación, que para eso los han comprado.
Demasiada filosofía, teología, política, precisión y detalle en una película, al igual que la iteración de escenas, conducen al bostezo. Estoy experimentado en ello, en el aburrimiento. Y cuanto más tardas en leer un libro, tan malo es. Muchos críticos, por lo visto, pueden llegar a leer hasta treinta páginas por minuto; de ahí el gran éxito de muchos autores y sus cosas. La velocidad lectora de los críticos: ¿se paga o es espontánea? Con la música no ocurre lo mismo, es mucho más fácil, tan solo requiere repetir la canción siete u ocho veces al día durante cinco semanas para que se convierta en super éxito. Bueno, las novelitas de Harry Potter, escapan a esta norma, son un híbrido de los críticos de gran velocidad lectora y una cancioncilla cientos de veces repetida. Parecen música encuadernada, coño. Precioso…
Lo bueno de tener una pierna hecha mierda entre cáncer, venas podridas, piel negra, articulaciones con artrosis y además, torcida como un tirachinas con una rama rota; es que no tengo que ir a trabajar. Vamos, que no me dejan trabajar. Por mí, de puta madre; pero es que si quisiera, ninguna empresa contrataría un tullido con tanta mierda ni para vender caramelos en un quiosco, por muy guapo y fuerte que sea. Un tullido no es negocio si tiene tantos números para que todo le vaya a peor, y no pueda aguantar sin descanso tres o cuatro horas caminando, sentado o de pie. Ya sé que un día me subirá algún trombo al pulmón, un trozo de cáncer al cerebro o se me desprenderá la pierna caminando y la tendré que recoger para reciclarla y que no me multe la bofia fascista; pero todo eso carece de importancia, porque mi enfermedad es mi libertad. Y por otra parte no voy al médico porque solo quiere verme para aconsejarme sobre la amputación (uno de ellos). Otros no, simplemente me dicen que hay que cuidarla y me dan una bolsa de supermercado llena de ibuprofenos para que me coloque durante tres o cuatro meses. Y yo no me desprendo de un miembro ni de mi polla tan fácilmente. Por mucho que joda o me duela; por poco que pueda, conseguiré que mi cadáver pese lo que debe pesar en canal y entero. Bueno, pues cuando tenía la mala suerte de tener que acudir al trabajo diariamente, todos los putos días de cada semana en algunas ocasiones; una mañana al salir del vagón del metro, me tropecé con un tipo. -Perdón -le dije sin sinceridad ni afabilidad, era un puro trámite. El tipo olía a marihuana desde la barba hasta los pies descalzos, en los cuales, sobre cada empeine lucía una cicatriz circular, de esas que se hacen algunos con el cigarrillo por puro aburrimiento. O eso, o le habían clavado unos clavos a martillazos o golpeando con una piedra, no sé… Y no quiero hacer comentario alguno, para no ser aburrido en detalles, de su sotana de jipi, o la cuerda de esparto a modo de cinturón. O de sus serenos ojos tristes. Ni de su media melena castaña y tan sucia como la barba. O de aquella franja de cicatrices pequeñitas, como una viruela, que lucía en la frente y le bajaba hasta las cejas. -No… La culpa ha sido mía, perdóname por no haber estado más atento y haberte molestado por ello -respondióme con humildad. Había juntado las palmas de las manos como saludan los chinos en las pelis (porque nunca en las tiendas chinas me han saludado así, ni de coña); pero sin mover rápidamente la cabeza arriba y abajo. En el dorso de cada mano tenía también una cicatriz circular, como las de los pies. Parecía que se hubiera quemado por puro aburrimiento con sus porros (tanta maría provoca reacciones raras o adversas hacia uno mismo). O bien, también la habían metido un clavo en cada mano a martillazos o golpeando con un taco de madera, no sé… Por un momento tuve un deyavú (también se francés, aunque prefiero que me lo hagan), que mi hizo pensar en alguna película que había visto de pequeño; cuando el hijo de puta de Franco ordenaba que la televisión emitiera en semana santa películas de romanos y leones comiendo cristianos. Aburridísimas, un auténtica mierda bostezante. Y cada año la misma basura. -No te preocupes, no ha pasado nada -le dije otra vez con idéntico nivel de sinceridad y afabilidad que hacía unos segundos. Y me di la vuelta para continuar mi camino hacia el calvario laboral. -Quiero que sepas que lamento mucho mi torpeza. Perdóname por ello, rezaré por ti. Me giré ya con la paciencia a niveles de hierro en sangre de anémico y díjele: -Oye, no tengo tiempo para esto, y no llevo nada suelto para darte. ¿Y sí además de jipi era marica? ¿Eh? ¿Eh? Y con decisión, sin esperar más, me puse en marcha y me alejé camino a las escaleras mecánicas; yo no hago esas estupideces de subir escaleras a trote de atleta gilipollas. Y es que tenía unas tremendas ganas de salir de la puta estación para encenderme un cigarrillo. Solo por no encontrarme con pirados así, vale la pena ser un tullido y la libertad que conlleva. Duele, pero nada es perfecto. Coño, es que parecía el mismísimo Jesucristo Superstar. Y ese olor a porro… Qué gusto, ahora, no entrar en el metro y así en el campo, aspirar el efluvio de la mierda de vaca y el podrido estiércol tan propio de los ambientes rurales, cuyos labriegos y ganaderos tienen también ganas de aportar su granito de arena para que nada sea perfecto con su: “vamos a tocar los cojones para que se enteren lo que es oler mierda de la buena” (sinceramente, es mejor el olor de aquel pirado, eso sí). Como yo me entere de que rezó por mí, vuelvo al metro para encontrarlo, tropezarme con él cojeando y meterle un clavo en cada ojo y otro en la lengua. Buen sexo.