Archivos de la categoría ‘Reflexiones’

Bajo el cielo

Qué hermoso…
El sol brilla potente y en pocos segundos, una oscura y pesada nube lo tapa y descarga sus truenos y lluvia sin piedad.
Y no hay donde cubrirse.
Así que todos los animales y árboles estamos bajo el mismo cielo y agua sin importar edades o morfologías.
Y eso me hace bestia, una bestia que por algún azar escribe cosas de lo que fue y lo que es.
De lo que le gustaría que fuera y lo que de verdad ocurrirá.
Y mientras la lluvia moja la ropa, no tengo prisa.
No siento necesidad de apresurarme a ningún sitio.
Tengo suficiente con el sonido de las gotas contra el suelo y las hojas, y con el atávico temor que me recorre el espinazo por el temblor de un trueno.

El explicable y mesurable odio copy

No es malo odiar, es tan terapéutico o más que amar.
Y es más fácil.
Va más con la naturaleza humana.
Para odiar hay que conocer, requiere unas razones concretas.
En cambio, amar es un acto compulsivo, meramente hormonal en muchos casos. Y que obedece en tales casos, a las normas del cortejo reproductivo.
De ahí que muchos machos prefieran pagar a una puta para que les chupe la polla. Y no la madre de sus hijos que no hace esas cosas, o no le gusta imaginar que semejante santa pueda hacerlo.
Bien, porque las madres de sus hijos me comen la mía, mejor y con más ganas que las putas profesionales.
Ya he aportado una razón para ser odiado.
Lo entiendo.
Lo que no entiendo y carece de lógica, es que conociéndome alguien me ama.
La vida, la conducta humana no tiene complicación alguna (las cosas malas no son complicadas). Solo es un conjunto de aleatorias y erráticas conductas sin la menor voluntad por parte de quien las protagoniza.
Y lo único lógico y explicable, es el odio.

Claudia Schiffer

En Telegramas de Iconoclasta.

El sudor

No existe nada más fascinante que sentarme en un banco o en un piedra agotado, sudando. Inclinar adelante la cabeza y ver como el sudor se convierte en un goteo, en un pequeño chorro de mí mismo.
Primero la tierra lo absorbe rápidamente; pero soy poderoso cansándome, ergo sudando. Se acaba formando un charquito.
Y eso soy yo fundiéndome con la tierra.
Yo devolviendo la parte que me toca al planeta.
La sensación de liberación, el refrescante momento en el que se disipa poco a poco el calor acumulado en músculos, piel y huesos.
Sudar en soledad sin que nadie te diga que te seques ofreciéndote un pañuelo.
Porque hay quien se siente un poco angustiado de ver sudar a otro. Tal vez, asqueado. A mí me suda la polla (valga la redundancia) si a alguien le incomoda mi sudor. Tendrá que joderse, o simple y más sencillamente, no mirar de mierda hacia mí.
Yo solo quiero sudar, empaparme de mí mismo y empapar la tierra de mi propio ser.
¿Y si el alma es líquida? Si el alma es sudor, las lágrimas solo son dolor, algo neurálgico simplemente.
Cuando sudo soy solo yo y cada gota que se desliza me acaricia, me refresca.
Me cuido, me consuelo. Soy perfecto…
Tal vez es la forma de llorar del cuerpo, por el dolor, por el esfuerzo.
Mentira. Para eso están las funcionales lágrimas, demasiado salinas para mi gusto.
Es bueno, es mágico, es trascendente sudar en soledad.

Escaleras

Las escaleras son el símbolo de lo que el hombre no puede hacer por sus propios medios.
A falta de una anatomía apta, el ser humano dispone de una envidia feroz.
Son la muestra más cotidiana de sus imposibilidades y del tiempo que emplea la humanidad en fabricar cosas para llegar a lugares que no precisa; pero envidia.
Es lo malo de los seres humanos, su ambición nacida de la envidia genera escaleras y carreteras y bloques de pisos altos que son ni más ni menos que pocilgas.
Granjas humanas… Los cerdos no precisan escaleras; pero los seres humanos sí. Alguien debió pensar que era necesaria la escalera para almacenar idiotas en un desván.
Al final de la escalera, debería haber una picadora de carne.
Pero no es así, todo aquello que es humano, es imperfecto y decepcionante.
Triste.

London Keyes

En Telegramas de Iconoclasta.

Emrpesarios enjaulados

He oído en la terraza del bar, mientras me ponía hasta el culo de cocacola, patatas bravas y tabaco; a un empresario cantar sus excelencias. Y no he pensado en pegarle una patada en la barriga para que callara y dejara de darme dolor de cabeza.
A mí me gusta la literatura; pero que nadie se fíe, una buena patada a tiempo, vale más que mil palabras.
Deberían vender empresarios enjaulados como animales de compañía y alerta de robo o invasión de la propiedad.
No callan ni debajo del agua.
Su eterna canción Mimimimi (mi dinero, mi esfuerzo, mi dinero, mi empresa, mi dinero, mi ego, mi dinero…), puede ser irritante; pero te acostumbras como a los ruidos que emiten forofos del fútbol y borrachos (que suelen ser forofos) día sí y día también.
La ventaja del empresario enjaulado, es que lo puedes meter en una habitación oscura con un trapo y cerrarla durante días.
Aún así, no son como los jilgueros que cantan siempre igual. Los empresarios enjaulados tienen otro trino: El Porque (porque yo sí que trabajo, porque si no fuera por mí, porque pago muchísimos impuestos, porque les pago demasiado para lo poco que me trabajan…). O sea, que en ratos de aburrimiento suicida, le tiras de la polla o de los pezones al empresario/a y te suelta un par de gracias que te entretienen un rato.
Y como no son mascotas muy agradables, te puedes deshacer de ellas en cualquier momento, como quien abre la jaula del periquito para que salga volando y caiga bajo las ruedas de un coche, o como hacen con los perros y gatos que abandonan en la carretera, para que sirvan de alfombra también a los coches. A los abuelos les hacen algo parecido; pero los dejan en los meaderos de los bares de autopista.
Hay quien lleva al empresario al veterinario para que le extirpe las cuerdas vocales; pero ¿qué sentido tiene tener a un gordo/a que no dice nada en una jaula?
Vamos a ver, pedos y eructos no son necesariamente lenguaje.
Bueno, en esto de las mascotas exóticas hay gustos (malos) para todos, como los cerdos vietnamitas, los lagartos, serpientes, arañas, escolopendras repugnantes y putas de lujo (preciosas).
Yo prefiero la silenciosa camaradería de mi cigarro y que se vaya a tomar por culo cualquier otro exotismo.

20170811_143241 Vic desde el tren copy

A través de la ventana del vagón los paisajes pasan veloces.
Tan rápidos que confunden mi visión y a veces juraría que me he visto ahí fuera y me he saludado con la mano, apoyado en mi bastón y la gorra goteando sudor por la visera.
Porque yo habito esos parajes, me gusta el cielo abierto y los grandes horizontes, como me gusta el oscuro bosque, los ríos y el mar.
Para ser libre no se ha de temer al sol, al frío o las distancias. Para ser libre hay que ser fuerte. Si eres fuerte no te pierdes y haces tuyo el planeta.
He pensado desde el tren, enviarme una foto del lugar en el que nos hemos cruzado el saludo.
He sonreído al recibirla con cierta nostalgia.

Un momento para soñar. Samsung Tel.20170810_184401

Me permití soñar.
A veces lo cometo (soñar despierto), aunque despertar luego duela.
Escapar del dolor y el cansancio no es malo si no es caballo en vena.
Que tampoco se puede decir que sea doloroso despertar, yo diría que es simplemente incómodo al caer en la cuenta de que la realidad no es el momento y lugar que me gusta.
Lo que duele de verdad es caminar y la realidad diaria sin pizca de imaginación.
A veces pierdo el control y lo sórdido y el miedo pretenden imponerse.
Y soñé que estaba solo en el planeta, bajo un cielo apocalíptico que pretendía aterrorizarme. No cedí, sonreí.
Y estaba bien.
Soñé que no dolía caminar-vivir. Dos veces bien.
Soñé que no tenía cojones. ¡Ah! Primero me asusté, observé mi flamante pene y pensé: «No es malo, no existe mujer con la que aparearse para dejar preñada. No hay nadie.»
Soñé que habían cantidades pornográficas de cigarrillos, para todo lo que me quedaba de vida y casi cinco años más. Cuatro veces bien.
Me senté en una playa al atardecer y cerré los ojos al sonido y el olor del mar. Cinco veces bien.
Cuando abrí los ojos, la playa estaba llena de delfines muertos, con sus eternas sonrisas, mecidos los miles de cadáveres por olas perezosas. Sus ojos velados mirando a ninguna parte…
Y fumé perturbado.
Hasta para morir ríen los delfines. No entiendo porque dicen que son inteligentes, no comprendo su faz de sonrisa eterna y estúpida. No hay nada por lo que valga la pena sonreír. A lo mejor no ríen y la puta naturaleza los hizo así para joderlos.
No sé porque se empeñan a veces en ayudar a los humanos. Aunque no creo en lo que cuentan las películas y la chusma sensiblera.
A lo mejor han muerto por serviles, por tener tan poco orgullo como especie.
Seis veces bien.
Todo lo que podía morir ha muerto y el silencio me causa cierta angustia; pero es agradable, es algo que nunca había escuchado. Algo que nunca había sentido.
Es tan fuerte, tan denso el silencio, que pesa como una columna de agua en mi pecho y me impide respirar bien y relajadamente.
Me hace especial sentir la asfixia de la soledad absoluta.
Siete veces bien.
Soñé que por primera vez era feliz, que era un hombre en un planeta muerto, rodeado de silencio. Un héroe, un protagonista de mis propios relatos.
Ocho veces bien.
Y soñé que era de noche, que en el cielo no había luna ni estrellas y la oscuridad acariciaba mi corazón. Y sentí ser amado por la nada y por nadie.
Nueve veces bien.
Soñé llorar porque nadie podía verme ni sentirme. Y un rayo me partió la cabeza y mientras mis sesos resbalaban, no comprendí como podía ser tan cruel de soñar algo así.
No estuvo bien. Mi pensamiento, lo que soy era absorbido por la tierra aún templada por la luz del día.
Y desperté y el sol me oprimía, me ahogaba de calor y sudor.
Y por enésima vez, no me gustó estar vivo, no aquí, no ahora.
Una vez soñé con un cielo azul ektachrome y en el flotaban como cristos crucificados hombres y mujeres que conocía de la vida diaria y de la televisión. Mi padre, mi madre, un presentador de las noticias…
Estaban todos.
Tenía ocho años y no sabía que pensar observando todas aquellas personas que lloraban clavados en las cruces.
Ahora lo sé, la muerte es un arte, una performance inquietante y fascinante.
La muerte hace del último pensamiento un sueño eterno y depende del sueño que sea infierno o paraíso.
O más de lo mismo.
Es hora de cojear de nuevo, se acabó lo fascinante.
He de ser cuidadoso.
Controlar mientras pueda.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

Úrsula Corberó

En Telegramas de Iconoclasta.