Posts etiquetados ‘Citas’

Claudia Bahamón

En Telegramas de Iconoclasta.

Los amargados cuervos

Me gustan los cuervos porque su graznido es como un descontento. Siempre parecen quejarse de algo.
Se pelean graciosamente entre ellos.
El bosque está en paz y se empeñan en romper esa sorda quietud.
Admiro su mal genio, quisiera graznar como ellos sin ninguna razón.
Sonrío cuando dicen: ¡Gra-gra- gra! (No sé a que viene tanta paz). ¡Gra-gra-gra! (Algo huele a podrido en Dinamarca), ¡Gra-gra-gra! (La madre que parió al jabalí…). ¡Gra-gra-gra! (Ven aquí cuerva hermosa, que te voy a hacer unos huevos, maciza).
Lo cual contrasta con el dulce campaneo de los cencerros de las vacas que pacen sin prestar atención a los cuervos amargados. Otras se recuestan impasibles en la hierba, aún rumiando, como si mascaran chicle.
Es perfecto.
Me divierte, me apasiona ese contraste de vida.
Me pregunto que soy en todo eso.
Solo la bestia de dos patas que fuma disfrutando de ese momento, no hago ruido, no ocupo apenas espacio.
Pienso que tengo suerte de estar en esta sonora y apacible soledad.
Y no puedo evitar graznar:
!Gra-gra-gra! (Ven conmigo, mi diosa. Ahora…)

Felices augurios

En estas fechas entrañables, los ingenuos, supersticiosos e ilusos, tienden a ver en todo accidente grave o banal, un buen augurio.
Así que el que se derrame el vino o cualquier otra bebida sobre la puta nueva camisa horrorosamente cara, se convierte en profecía de toda clase de buena suerte y asaz dinero. Un año feliz.
Si se pisa una mierda y se resbala, todo el mundo ríe y “chin-chin, qué buena suerte”. Hasta el que se ha llenado de mierda, no cabe en sí de felicidad.
El que en un accidente ha quedado inválido de cuello o cintura para abajo, es afortunado porque podría haber muerto. Y ha de dar gracias por ello, será un año de puta madre.
Fuera de las fechas navideñas, todas estas incidencias son causa de indecorosas imprecaciones o blasfemias.
Pero yo soy alérgico o inasequible al tonto costumbrismo navideño y a sus augurios felices: piso mierda, y me cago en la hostia puta. Si alguien se ríe, le deseo la lepra.
Vamos, como siempre, en cualquier fecha del año.
Y pienso que el año empieza como acaba: con mierda.
No es fatalismo, es simple conocimiento sin emotividad.
Lo que me emocionaría sería una pornográfica cantidad de dinero en mi cuenta bancaria.
Transmutar mierda en chocolate con tanta alegría e ingenuidad resta mucha dignidad a la escasa sabiduría que pudiera haber en otros cerebros.
Pero si así lo quieren, a mí me la suda: Feliz mierda nueva 2018.
Qué suerte tienen algunos cabrones felices.

Alexis Amore

En Telegramas de Iconoclasta.

La nieve y la vida

No estaría bajo la nieve si pudiera estar en tus labios, amada enemiga mía.
Esclavizas mi pensamiento todos los minutos, en todos los climas, en todos los lugares.
No hay frío. Lo llenas todo y elevas la temperatura orgánica y emocional.
Como si nada…
Eres masaje cardíaco, eres vida.

Horas tristes

Hay en el día horas tristes y horas para la sonrisa.
Las tristes son las que te deseo y no estás.
Las horas de la sonrisa, no las marca mi reloj.
Tu no presencia marca todas mis horas, ergo todos los días son oscuros.
Qué tonto soy, porque acuno esta tristeza como un privilegio.
Y pensándolo bien, mejor la tristeza; porque cuando intento sonreír siento molestias en las orejas, supongo que me falta piel en el rostro.
Sonríe, por favor, no es una hora alegre; pero hago lo que puedo, lo intento.

Fascinación

Podría haber nacido en alguna cueva oscura porque así es mi pensamiento.
Sin embargo, nací como cualquier otro mediocre, en un hospital, saliendo de una mujer que sufría.
No puedo recordar el momento en el que degeneré a la penumbra en mi infancia; pero nunca olvidaré un cielo azul en el que flotaban todos los adultos que conocía clavados en cruces, con rostros dolientes, en un horizonte inmenso. Mis padres estaban entre ellos.
El sueño era a todo color, filmado en Panavisión.
No tenía miedo, no sentía angustia, ni pena por los crucificados; simplemente estaba fascinado.
Y ya.
Hasta hoy.

Jennifer Hawkins

En Telegramas de Iconoclasta.

Saber demasiado

Murf me observa atentamente.
En esos momentos temo que sepa más que yo.
Temo por él, es muy pequeño mi Murf para saber tanto.

Otra vez