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Temo por los árboles cuando quedan tan vacías sus ramas.
Tan desnudas…
Temo que no despierten, que se queden siempre en ese invierno crudo y desalmado.
Y temo sobre todo, que mueran sin darse cuenta, como durmiendo.
Porque yo no quiero morir así. Quiero sentir la muerte aunque duela.
Y quisiera en primavera, dar una palmada a sus troncos y que hojas vivas lluevan sobre mi cabeza.
Y clavar mi navaja en su corteza, tallar mi nombre y mi hostilidad, y acercar el oído para escucharlos gemir.

sabiduria

Como no aparecí por la tienda de tabaco el pasado día de los inocentes, me han hecho la inocentada con carácter retroactivo. Lo que me ha llevado a empezar el año con cierta comezón genital que me obliga a removerme inquieto en el asiento.
Y así con total y absoluta desfachatez, han metido en la bolsa de la compra este encendedor con mensaje jocoso y divertido.
Y es que provoco envidia por doquier que paso, mi elegancia, soberbia y sabiduría ancestral les tiene totalmente epatados.
Hasta mi cojera les hace soltar babas con rabiosa envidia.
Me la tenían jurada porque soy listo como una ardilla.
Pero cuidado, no sea que con lo rápido que soy, les haga hermanitos a todos ellos chingándome con esta rapidez mía a sus madres.
Vivo en un continuo surrealismo, es mi cruz por ser perfecto.
Es un asco ser único.

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La gelidez corre por los dedos directa al corazón, indolora; como un gusano horadando la carne.
Y el corazón pierde fuerza y se detiene el tiempo en un instante de luz que no abrasa.
Y el hielo es terciopelo y paz.
Una muerte tranquila.

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Así es el invierno entre altas montañas: caótico.
Niebla y humo arrastrándose entre los árboles, levantando aromas viejos como la tierra.
El cobijo de una chimenea, el vapor del manto de pequeñas y anónimas muertes extendiéndose en bajo, para de una forma irónica dar más vida.
Y siento querer ser humo.
¿Quién necesita adorar a dioses cuando la vida misma es enigma y un hermoso caos que parece robar un latido al corazón ante su espectacular visión?
Insisto… Ser humo y filtrarme fantasmal entre tus labios, arrastrarme cálido por tus piernas y penetrarte caóticamente del coño hasta el alma…
Ser caos por tu piel difuminando tus pechos y tus manos.
Dejar de ser dentro de ti. Como un no parir.
Un dulce morir.
No sé qué…
Siento la nostalgia oprimir mis pulmones.
No importa, soy humo, soy niebla, no tengo pulmones.

 

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Los perros ladran excitados invisibles dentro de la montaña.
Un estampido se queda suspendido en el aire como el único sonido posible rebotando entre árboles, cosas, seres y nubes. Luego, un par de berridos que provocan un escalofrío y un asomo de pena.
El ruido de la muerte es inconfundible y común a todas las bestias de dos, cuatro o cien patas.
Carece de importancia la fecha, si es navidad o carnaval; o alguna celebración de independencias y libertades.
Cualquier día, cualquier instante es bueno para morir.
La muerte no es costumbrista ni tradicionalista.
Por eso se crearon celebraciones: para conjurar el miedo a la muerte. Para hacerse la vana ilusión de que en un día señalado no se puede, no se debe morir.
Afortunadamente se equivocan. La muerte tiene trabajo y cumple su cometido sin emotividad alguna.
Adoro su pureza.
El jabalí asiente, me da la razón segundos antes de que el cazador entierre la hoja del cuchillo en su cerviz y lo desconecte.
Un hombre pasea y me dice: que aire más puro, da gusto caminar por aquí. Le digo que sí; pero me callo decirle que lo único puro es la muerte.
Pienso en la pureza y en un himen que desgarré hace centurias.
Como si la sangre fuera el nexo común entre muerte y vida.
Pero la muerte es mucho más profunda, menos banal que una sangre desleída que mana del coño deseado y bautiza mi pene.
Dicen que feliz navidad.
Bueno… Al fin y al cabo, quien lo dice aún no ha muerto.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Joder… Prácticamente en este rincón y por el puentecito, solo falta Caperucita Roja saltando alegremente con florecillas en sus blancas manos.
Si algo semejante ocurriera, espero que haga mover unas grandes tetas sin sostén. Y que su vestidito sea tan corto que deje ver su tanga bien encajado en el culo.
Siempre debo llegar a un lugar y reparar errores de diseño y decoración que pueden conducir a la diabetes.
Coño… Me ha excitado imaginar a esa Caperucita en este idílico rincón.
Soy tan ingenuo y cándido…

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La razón se perdió entre fibras y músculos que desean contraerse, expandirse y poner en jaque el sistema vascular con algo de liberadora ira.
La razón se cansa y el músculo toma el mando. La cabeza es meramente funcional entonces, un borrón de lo que a veces soy.
Y está bien no reconocerse, es sosiego y descargo.

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– El horizonte es espectacular. ¡Por fin! ¡He ganado!
– ¿El qué?
– Tienes razón…
– No se gana lo que es tuyo, simplemente recuperas lo que te robaron.
La libertad y por tanto el tiempo, eran tuyos de nacimiento, no confundas.
No es cosa de alegrarse, no es digno. Contente.
Ha de haber rencor por la libertad robada. Ira.
Y si pudieras devolver el mal que se te ha hecho, tu erección será eterna y Dios te la chupará por lo chingón que eres.
– Vaya… No me lo pones fácil. Mejor le pago veinte euros a la Montse por una mamada. No importa que no sea divina. Porque hay tantos que matar, que purgar… No creo llegar a tiempo para que nos la chupe Dios.
– Es igual, nos basta con ser excepcionales.
– ¿Quién paga la mamada? ¿Yo o yo?
– Yo.
– Genial. Estamos bien provistos de incongruencia.
– Somos múltiples. Es divertido.
– ¿Aún conservará aquel diente roto la Montse?
– Seguro que sí.
– Es que rasca.
– Ya…

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Dicen que las bicis son para el verano. ¿Y qué coño hago en invierno?
Porque el sonido del hielo al ser triturado por las ruedas es adrenalínico.
Me hace sentir poderoso.
Y superior.
¡Ah, el frío y sus gélidas vanidades!
Como si no se pudiera follar con él.
¿Y cómo se reproducen los osos polares? ¿Eh? ¿Por internet?

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Los árboles pierden sus hojas y la luz llega clara a todos los rincones.
Y el cielo vanidoso se luce sin pudor.
La belleza y serenidad con frío se paga.