Archivos de la categoría ‘Humor’

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He visto a miles de imbéciles dar vueltas rezando alrededor de una piedra.
He visto a miles de idiotas vestir banderas y cantar un himno.
He apagado la tele, he ido a la montaña y ha pasado la crisis de náuseas.
Y mientras fumaba he deseado la guerra y la muerte para todos los habitantes del planeta. Aunque me joda también, prefiero ser yo el que elige la forma de vivir asquerosamente.
Y me he sentido bien.

Alina Li

En Telegramas de Iconoclasta.

Tridimensionalidad

Si existieran otras dimensiones, no consigo imaginar cuales serían.
Porque una dimensión cualquiera define un tamaño, un área o un volumen, lo que ocupa en el espacio.
Si el tiempo fuera una dimensión, no cabría en el planeta.
El tiempo es solo una convención para contar la vida, un control de cuanto vives y cuanto queda para morir.
El tiempo no se puede almacenar, modificar o detener.
Sin embargo, son apasionantes las fantasías que con él se crean.
No existe ni puede haber ninguna cuarta dimensión.
Con altitud, longitud y profundidad, vamos más que sobrados.
Cualquier otro concepto no sería una dimensión, puesto que no sería cuantificable ni mensurable.
En cualquier caso, en lo cuántico pueden filosofar lo que quieran para entretenerme; pero no hay nada. Lo que de verdad sí podría tener interés, es el poder reducir a las personas de tamaño, sin merma de sus genitales o intelecto (suele ser lo mismo), para poderlos embotellar.
Más allá de las tres dimensiones mensurables, no hay nada.
Tal vez algún vapor en su entropía, pueda crear algo parecido a una cuarta dimensión; pero eso ya es psicodelia.
O sea, la cuarta dimensión no existe, es cero.
Y hay dos cálculos básicos:
3 + 0 = 3
3 x 0 = 0
Tal vez sea vive o muere.
Y mientras eso ocurre: vivir y morir; el tiempo y su adimensionalidad pasa igual e imperturbable independientemente de sufrir o disfrutar.

Monika Vesela

En Telegramas de Iconoclasta.

Claudia Schiffer

En Telegramas de Iconoclasta.

Escaleras

Las escaleras son el símbolo de lo que el hombre no puede hacer por sus propios medios.
A falta de una anatomía apta, el ser humano dispone de una envidia feroz.
Son la muestra más cotidiana de sus imposibilidades y del tiempo que emplea la humanidad en fabricar cosas para llegar a lugares que no precisa; pero envidia.
Es lo malo de los seres humanos, su ambición nacida de la envidia genera escaleras y carreteras y bloques de pisos altos que son ni más ni menos que pocilgas.
Granjas humanas… Los cerdos no precisan escaleras; pero los seres humanos sí. Alguien debió pensar que era necesaria la escalera para almacenar idiotas en un desván.
Al final de la escalera, debería haber una picadora de carne.
Pero no es así, todo aquello que es humano, es imperfecto y decepcionante.
Triste.

London Keyes

En Telegramas de Iconoclasta.

Emrpesarios enjaulados

He oído en la terraza del bar, mientras me ponía hasta el culo de cocacola, patatas bravas y tabaco; a un empresario cantar sus excelencias. Y no he pensado en pegarle una patada en la barriga para que callara y dejara de darme dolor de cabeza.
A mí me gusta la literatura; pero que nadie se fíe, una buena patada a tiempo, vale más que mil palabras.
Deberían vender empresarios enjaulados como animales de compañía y alerta de robo o invasión de la propiedad.
No callan ni debajo del agua.
Su eterna canción Mimimimi (mi dinero, mi esfuerzo, mi dinero, mi empresa, mi dinero, mi ego, mi dinero…), puede ser irritante; pero te acostumbras como a los ruidos que emiten forofos del fútbol y borrachos (que suelen ser forofos) día sí y día también.
La ventaja del empresario enjaulado, es que lo puedes meter en una habitación oscura con un trapo y cerrarla durante días.
Aún así, no son como los jilgueros que cantan siempre igual. Los empresarios enjaulados tienen otro trino: El Porque (porque yo sí que trabajo, porque si no fuera por mí, porque pago muchísimos impuestos, porque les pago demasiado para lo poco que me trabajan…). O sea, que en ratos de aburrimiento suicida, le tiras de la polla o de los pezones al empresario/a y te suelta un par de gracias que te entretienen un rato.
Y como no son mascotas muy agradables, te puedes deshacer de ellas en cualquier momento, como quien abre la jaula del periquito para que salga volando y caiga bajo las ruedas de un coche, o como hacen con los perros y gatos que abandonan en la carretera, para que sirvan de alfombra también a los coches. A los abuelos les hacen algo parecido; pero los dejan en los meaderos de los bares de autopista.
Hay quien lleva al empresario al veterinario para que le extirpe las cuerdas vocales; pero ¿qué sentido tiene tener a un gordo/a que no dice nada en una jaula?
Vamos a ver, pedos y eructos no son necesariamente lenguaje.
Bueno, en esto de las mascotas exóticas hay gustos (malos) para todos, como los cerdos vietnamitas, los lagartos, serpientes, arañas, escolopendras repugnantes y putas de lujo (preciosas).
Yo prefiero la silenciosa camaradería de mi cigarro y que se vaya a tomar por culo cualquier otro exotismo.

La raíz cuadrada de una naranja
El día ha ido bien en general, hasta la hora del postre. Buena temperatura, un buen almuerzo, un paseo por el mercado medieval que han instalado este fin de semana, he disfrutado de la sombra de un árbol sentado en un banco de un paseo frente al río mientras escribía sobre las dimensiones de las cosas y los seres… En fin, no era un día perfecto; pero me bastaba para no ser del todo infeliz.
La comida ha sido opípara: calamares, croquetas de jamón, un coktail de frutos secos y una tortilla con sobrasada de Mallorca.
Me esperaba el broche final: una naranja grande como un cerdo, de un color naranja muy subido, valga la redundancia. Prometía ser un bocado voluptuoso, dulce y refrescante. Daban ganas de morderla sin pelarla.
Cuando he hundido el filo del cuchillo en la piel, he sentido un vacío en el alma: más de la mitad del filo ha entrado sin tocar la carne jugosa.
¡Mierda! Algo huele a podrido en Dinamarca. He seguido cortando en redondo y angustiado he pensado que Dios se ha olvidado de la carne en esta naranja. He tenido que descansar y fumarme un cigarro por los nervios y el cansancio de tanto pelar: he perdido la sensibilidad de los dedos.
Cuando por fin ha aparecido la pulpa, la carne suculenta, no he sentido ningún tipo de alegría: es pequeña como el pene de un gato.
Tanto tiempo he estado pelando la naranja, que he pensado que Dios me ha castigado (no creo en Dios, solo quiero darle más vehemencia y dramatismo al texto; pequeñas licencias literarias que se toma un elefante viejo en el oficio que con la trompa se tapa el orificio; si creyera en Dios, estoy seguro de que mi cerebro se deslizaría como un moco por la nariz).
Sí, Dios me ha castigado por usar plátanos y hortalizas oblongas en mis juegos sexuales con las mujeres y ha puesto en mis manos esta tortuosa naranja que mina mi ánimo, mi paciencia y mi resistencia al llanto.
Con una oración íntima, le he prometido que borraría los videos filmados con esas mujeres y vegetales si convertía la naranja en algo decente.
No me ha escuchado el hijoputa.
Cuando al fin ha emergido la naranja en toda su totalidad de toda esa piel, he pensado en matemáticas y la física cuántica.
Y como de cosas cuánticas no tengo ni puta idea y además, son tan pequeñas que dudo de su existencia; he usado la matemática de toda la vida. He concluido científica y matemáticamente, que lo que ha quedado en el plato es exactamente la raíz cuadrada de la naranja que era. Talmente como si te regalan lo que crees que es una pelotita de tenis (vaya mierda de regalo) y después de quitarle el envoltorio (nefastamente envuelta) ves que es una pelotita de ping-pong dura y ruidosa, sin ninguna calidez. Y mucho más barata.
Yo, en mi ingenuidad, creía haber llegado a lo más bajo que la desesperanza y la tristeza te puede llevar y que ahora quedaba ya lo mejor: la suculenta carne por fin, como una vagina que has estado esperando horas para que sus bragas por fin dejaran de ocultarla.
Cuando la he mordido he visto mi rostro reflejado en el vaso y sonreía; pero mis ojos lagrimeaban. Ocurre que la naranja es tan ácida y tan amarga, que mis mandíbulas se han contraído formando una sonrisa tipo Joker de Batman. Cuando he recuperado el control de los maxilares, he escupido el trozo de pulpa contra el reloj del comedor. Con rabia infinita he usado el tenedor para picar y desangrar la cochina y asquerosa raíz cuadrada de la naranja y el puto Dios que la parió.
He tomado un café con tanto azúcar que la cucharilla se mantenía firme dentro del vaso y he fumado tres cigarros. Una vez más calmado, he usado el navegador de la Play para ver unos videos pornos gratuitos y tras haber eyaculado indecente y ruidosamente en el sillón, toda la pena y angustia se han desvanecido. Y he dormido cuasi feliz con todo eso enfriándose en mi rasurado pubis. Amén y gloria a Dios en las alturas (sigo con mis licencias literarias, ya que no moqueo cerebro).
Me he olvidado de la raíz cuadrada de la naranja y he redireccionado mi día hacia donde yo justamente quería. Y todo ello, sin libros de auto ayuda de mierda. Sin los descerebrados, lerdos, ñoños, aburridos e innecesarios Coelho y Bucay (como ejemplo de enanismo y simplismo mental).
La puta que parió a la naranja. casi me destroza mi no del todo infeliz día.
Y que nadie se piense que voy a dejar de jugar con plátanos y hortalizas oblongas con las mujeres. Ya es tarde para escarmentar, siempre ha sido tarde.
Voy a preparar el trípode y la cámara.
Bye.

 

ic666 firma

Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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A través de la ventana del vagón los paisajes pasan veloces.
Tan rápidos que confunden mi visión y a veces juraría que me he visto ahí fuera y me he saludado con la mano, apoyado en mi bastón y la gorra goteando sudor por la visera.
Porque yo habito esos parajes, me gusta el cielo abierto y los grandes horizontes, como me gusta el oscuro bosque, los ríos y el mar.
Para ser libre no se ha de temer al sol, al frío o las distancias. Para ser libre hay que ser fuerte. Si eres fuerte no te pierdes y haces tuyo el planeta.
He pensado desde el tren, enviarme una foto del lugar en el que nos hemos cruzado el saludo.
He sonreído al recibirla con cierta nostalgia.