Archivos de la categoría ‘Humor’

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La infamia, el agravio, es un impuesto más que se empieza a pagar al nacer.
No es algo personal, la vida te jode sin ninguna familiaridad.
Así que, como la experiencia es un grado, jode a quien puedas, impersonalmente, claro.
Sin favoritismos o sensiblerías.
Es gratis y es tu derecho.
(Abogados por un Mundo Peor, si es posible que sea peor)

 

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Hay tanta felicidad.
Tanto entusiasmo por vivir intensa y alocadamente.
Por ser eternamente jóvenes…
Hay tanto derroche de energía para ser felices y vivir la vida loca, que siento náuseas. Me empacha tanta felicidad desaforada.
La banalidad de las vidas felices no es deprimente, es simplemente aburrida como un programa de televisión.
Y se me escapa una risa pérfida quiera que no; porque sé que sus intrascendentes alegrías acaban cuando las baterías de sus teléfonos móviles se agotan.
Porque todo vuelve a su lugar cuando el teléfono se apaga. Se acaba el escaparate de la risa tonta.
Lo que más o menos viene a decir que su absoluta intrascendencia en la oscuridad, en su vulgar intimidad; es mi hostil, comedida y desenfadada satisfacción.
Soy el contrapeso a la felicidad barata en la humana faz.

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La chusma se ha escandalizado porque en el rodaje de una película, un adiestrador intenta meter a un perro en una piscina con agua. No le pega, sino en brazos lo tranquiliza a la vez que intenta dejarlo resbalar por el plástico de la piscina para filmar una escena en el que el animal nada.
Los sedientos de notoriedad (protectores a ultranza de animales), ambiciosos como el cáncer con las células y los idiotas sensibleros de las redes sociales que no tendrían reparo alguno en vender a sus hijos o a sus padres desnudos en internet por un nuevo teléfono móvil; han creado del video casi un delito, una amoralidad punible según su criterio barato de ignorantes.
A lo mejor se piensan que los perros nacen con el gusto por rescatar a gente, por esnifar maletas para encontrar droga o por seguir rastros, y no necesitan que nadie los fuerce.
Como al niño que no le gusta el agua, y sin embargo, se le fuerza. Debe aprender a nadar porque le puede ir en ello un día la vida.
Esto apesta a mierda, el olor de la hipocresía y el oportunismo.
Es lo que tiene la tecnología barata de consumo y entretenimiento para las masas de ganado humano: te muestra sin pudor lo más repugnante de los votantes y ciudadanos de pro.
Esos que corren como ratas para ver esas películas ñoñas, de alto impacto emocional donde un perro es elevado a rango de mártir y santo. Películas con las que se pondrá de manifiesto su sensibilidad bondadosa y asumirán cada escena como real, o cuanto menos, posible.
En las noticias, un adulto de veintinueve años es tratado de «hombre» si es asesino y de «joven» si es víctima o ha realizado algo loable. Asquerosos y repugnantes seres parciales, periodistas que son perros-guardianes de las normas que impone el poder… Repugnante y denodadamente parciales.
Yo siempre he sido «hombre», no recuerdo haber sido joven, porque miro al mundo a través de las rendijas de la puerta de un calabozo.
A mí me suda la polla quién gobierna en EEUU de América; pero está visto que hay europeos a los que no les da igual, lo digo por las manifestaciones europeas contra Donald Trump.
Como si la polla del presidente americano fuera tan larga y pudiera atragantar a algún europeo.
Es lo que tiene la globalización mediática: de los penes lejanos, pequeños y poco agraciados; hace fenómenos de la industria del porno que provocan el temblor de culos y coños de gente muy lejana.
Los únicos que deben preocuparse por la pequeña verga de Trump, son los mexicanos. Y no de la de Trump, si no de la de su corrupto presidente. Porque si no estuviera podrido, le habría dicho hace meses, que «el muro fronterizo lo va a pagar tu puta madre». Pero claro, el Peña es demasiado corrupto, y lo que interesa es trabajar en él para que se hagan mejores túneles que los que hay ahora y hacer así más seguro el tráfico de drogas. Con lo cual, se llevará un más alto porcentaje de lo que es la única y gran industria mexicana.
Si hubieran existido redes sociales y blogs, los campos de exterminio nazis se hubieran convertido en objeto de una fuerte polémica medio ambiental por la cantidad de polución que provocaban. Y se hubieran hecho virales un sinfín de videos de gente ardiendo, soldados dando la mano bondadosamente a un judío bebé antes de quemarlo con el ripio: «No te lo vas a creer; pero aún hay esperanza». Así como tuits de buenos ciudadanos lamentando tales y masivas incineraciones, bendiciendo a los quemados y expresando su piedad y dolor intenso.
Gracias a las redes sociales y al ansia de los idiotas por parecer buenos y correctos, de las tragedias hacen simpáticas anécdotas donde nadie pide sangre. Nadie pide venganza.
Como si la sangre que les corre por las venas fuera de rumiante. O savia…
Qué vergüenza ser humano…
A finales del año pasado (hace apenas un mes) Siria recuperó una de sus ciudades al Estado Islámico: Alepo. Y en ese mismo instante comenzó el terror y la preocupación internacional por las represalias hacia los radicales islámicos que quedaron en la ciudad. Como si no fuera bueno asesinar a asesinos y más en una guerra.
Políticos de mierda… Hipócritas asquerosos…
Esto deberían arreglarlo los israelíes, ellos sí saben. Tienen huevos.
La ley del Talión es justicia pura.
El año ha comenzado triste y gris, como todos. Tampoco soy tan ingenuo para creer que un año puede ser mejor que el otro; porque el hecho es que cada año va a peor. Cada año cuesta más soportar esto.
Cada año la hipocresía y la moralina, se hacen más pegajosas, como mierda que no te puedes despegar de la suela del zapato.
La vida es una mierda y no mueren los que debieran.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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En Telegramas de Iconoclasta.

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Si se congelan las rocas ¿por qué no va a congelarse el pensamiento por muy arropado por carne, piel, sangre y huesos que esté?
De hecho el pensamiento se hace hielo en los tiempos cálidos y cuando llega el invierno no queda nada para congelar.
Por ello, observo el hielo en la roca y no siento frío. No pienso en el horror de la hostil frialdad.
Uno se habitúa a lo que es.
No es virtud ni perversión, es solo genética. Idiosincrasia.
Y una edad milenaria.
Como si el saber formara duros estratos antárticos en el pensamiento que las emociones no pueden perforar.
Está bien, hay superhéroes de todo tipo.
No obstante, me toco las orejas para asegurarme de que siguen ahí, no me fio de mis fríos superpoderes.
Yo: The Iceman.

 
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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De vez en cuando por desgracia me topo con grandes musicólogos. Y como la experiencia a veces tiene utilidad, me cuido mucho de esos seres con exquisito gusto musical; auténticos doctores que te dicen: «Yo sí que te voy a pasar música buena».
Cosa que dicen convencidos de que yo voy a escuchar su música y además, mostrar agradecimiento.
Tan listos y tan inocentes. Membrillos…
Así que cuando me preguntan si me gusta la música, opto por una respuesta táctica: «No necesariamente».
Sobreviene un momento en el que el aire se torna denso y dan ganas de tomar un cuchillo y untar el pan con él. El musicólogo va a la deriva durante un rato y luego, ante la absurda ambigüedad de mi respuesta, lo más posible es que hable de climatología o fútbol.
Y en ese instante, muy astuto yo, recuerdo que tengo mucha prisa, pongo cara de: «me estoy cagando» y corto el rollo.
Lo cierto es que me gusta la música, la escucho todo el tiempo que estoy en mi cuartel general; pero jamás con auriculares: me incomoda llevar cosas metidas en cualquiera de mis agujeros.
Así que opto por ocultar mi gusto por la música y parecer aburrido y falto de interés para no soportar un rato largo de consejos musicales, que me voy a pasar por el culo con la misma naturalidad con la que escupo cuando voy en bici.
Disfruto la música que colecciono, y tanto es así, que es solo en mi casa donde la escucho, a salvo de interferencias del mundo y por supuesto, con un buen equipo musical (esto quiere decir: caro. Es que lo barato me da alergia).
Y por supuesto, los únicos discos que suenan bien, son los originales, los caros.
Los caseros o copiados, por muy clones que sean del original, suenan de pena por mucha ilusión que les pongan en hacerlos y en adquirirlos a precio de decir: «Por un euro y suena igual».
Y una mierda.
Si fuera pobre, y no tuviera más remedio, yo también diría que suenan igual. Incluso copiaría en internet la portada del disco y la imprimiría para sentirme menos miserable (si tuviera dinero para pagar una impresora dado el ejemplo).
Puedo ser tremendamente cínico conmigo mismo si me lo propongo.
Mi orgullo y mi elitismo no me permite tener en mi colección un horrible CD con la carátula en blanco (con el título escrito con rotulador o plumón permanente) y tan asquerosamente barato.
Pero insisto, no soy intolerante y comprendo que hay pobreza en el mundo.
Pareciera que me estoy riendo, pero no.
Bueno… ¡Ja!
Buen sexo.

 

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Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

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¡Vanidad, vanidad!
¡Blanca vanidaaaad…!
Precioso…
Es que me gusta celebrar cosas buenas de verdad: Moi.

Te despiertas, vas a la ventana rascándote el culo y ves nieve. Dices: ¡Guau! Y piensas en no salir a pasear, es demasiado pronto para el romanticismo climatológico.

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La bici porque caminar duele. Demasiado.
La libreta y el bolígrafo para anotar todas las obscenidades, blasfemias e instintos primarios que me poseen en libertad. Para mejorar el universo, corregir los errores que han cometido otros (dioses incluidos).
La navaja como puerta de emergencia en caso de hartazgo o cortar el dolor, para grabar mi nombre en los árboles, cortar ramas que me han herido los ojos o simplemente, admirar el doloroso filo de la vida y posar mis labios en él. Es regalo de mi hijo y como amuleto mágico contrarresta lo sórdido peligrosamente.
La brújula para asegurarme de que no vuelvo sobre mis pasos y no perder el rumbo del deseo. Para huir en línea recta cuando la navaja no es suficiente.
La mochila es el continente de la oficina y bolsa forense de sueños muertos a los que busco un lugar bonito para enterrar. He llegado a la conclusión que nací para sepulturero.
El banco me sostiene y el camino me mata suavemente.

 

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En Telegramas de Iconoclasta.