Siempre ocurre lo mismo por carnaval, navidades, días patrios o celebrando los cuarenta latigazos a Cristo y sus tres clavos y otras monsergas de santas semanas: baja el precio del kilo de idiota. Es buena temporada para comprar combustible barato. Para más información, ver la ley de la oferta y la demanda.
La ilusión es tan fascinante y creativa como peligrosa. Es durísimo sumergirse en la imaginación y emerger en la mediocridad completamente seco, sin rastro alguno de lo que has disfrutado dentro de ti.
Han pasado muchos años desde la última vez que vi Apocalypto, y durante ese tiempo he maldecido que en ninguna cadena de televisión fuera emitida alguna vez, o que en ninguna plataforma de películas y series, estuviera catalogada. La sociedad ha virado hacia la censura y la castración intelectual de padres, madres e hijos; promoviendo incruentas y festivas manifestaciones pacíficas, donde las reses humanas se apiñan unas contra otras como las vacas en los pasos estrechos entre montañas, convirtiéndose toda esa chusma en un rebaño de igual características que el vacuno ya mentado. Se han desterrado de emisoras y plataformas multimedia de pago, las series de televisión y las películas más violentas (las que son auténticamente para adultos formados, sin concesiones). Puta época de mierda ésta… Y mira por donde, Amazon Video la ha incluido en su catálogo con dos cojones o con dos ovarios para ser inclusivo de mierda. Es una película de acción ultraviolenta; la violencia más brutal y primitiva. Fastuosa en sus adultas agresiones sin espacio para un acto de piedad. Por supuesto, es ficticia; no está basada ni por asomo en hechos reales; aunque transcurra en plena decadencia y ocaso de la cultura maya. Es una aventura lógica y natural que parte de un certero entendimiento de la historia de la especie humana. El mensaje desmitificador de Mel Gibson es claro y contundente: no existe ni ha existido una sola civilización en la que sus jefes políticos o religiosos, no hayan asesinado, robado, esclavizado y masacrado a la gente que gobiernan. Y entre las reses gobernadas, la forma de vida se basa en robos, pereza, acusaciones, asesinatos, etc… Es decir todo aquello que promueve la envidia y el miedo al esfuerzo del trabajo. No importa si las razas humanas viven, como dice la patética expresión: en comunión con la naturaleza. Son todos unos hijos de la gran puta a grandes rasgos. Mel Gibson dice: toda civilización es igual de violenta, envidiosa y corrupta por sus mandatarios y su populacho, la máxima de que todo pueblo tiene el gobierno que se merece, es infalible. Si unos pocos conquistadores pudieron dominar toda una civilización se debía a que esa gente estaba más preocupada en matar y esclavizar a sus vecinos que en luchar contra los invasores. Apocalypto jodió a muchos, porque no idealizó la cultura maya. La mostró decadente, depravada y apestosa. Mel Gibson ni siquiera intentó idealizar a Jesucristo, es un genio contando apasionantes medias mentiras. La peli dice que si quieres libertad, has de matar al que te esclaviza. Es la esencia humana, matar lo que te quiere esclavizar o denigrar. También demuestra que los sacrificios cruentos, son la forma más efectiva de mantener a la chusma atemorizada y mansa. Los que no tienen valor, mueren esclavos gritando en manifestaciones festivas los lemas que les han obligado a memorizar. Por no hacer caso a esta esencia, es por lo que la sociedad ha llegado a este grado de decadencia, cobardía, servilismo, inmadurez e ignorancia. Todas las razas humanas son malas, venenosas para si mismas y otras especies, en cualquier región del planeta que habiten. El pacifismo, al final, es la dominación doctrinal de las masas, que persigue un abaratamiento en los gastos de control. Y no hay mejor forma de engañar y adoctrinar a la chusma para que se conviertan en cabestros que, censurar cualquier obra artística, literaria o cinematográfica que ponga de manifiesto la idiosincrasia violenta (una buena y necesaria característica para la supervivencia y evolución), repugnante, envidiosa y cobarde de la especie humana. La envidia y la avaricia son los motores que crean y hunden civilizaciones; y solo el individuo alejado de la masa, puede ser creativo, noble y valiente. No sé si Amazon es consciente de su alto grado de libertad y su burla al sistema al haber incluido Apocalypto en su colección cinematográfica; pero ahí va mi admiración hacia ese acto de rebeldía contra la asfixiante e hipócrita censura global que infecta todas las artes, políticas y economías. El mensaje de Mel Gibson es de una contundencia que avergüenza a los actuales buenistas y su preocupación por el adoctrinamiento y castración globales de sus esclavos o productores. Mi admiración a Mel Gibson y Amazon en estos momentos en los que la hipocresía y la censura son tan asfixiantes como lo eran los regímenes fascistas y comunistas del siglo pasado, desde la gestación de la Segunda Guerra Mundial a la posguerra que se extendió hasta bien entrados los 80.
Si intentas entender el espíritu insectil de las masas, no le des demasiadas vueltas. La chusma ha demostrado definitivamente que no tiene la más mínima noción de cosas como: criterio propio, ingenio, creatividad, dignidad y mucho menos justicia. Lo lógico es que reciban el trato que se merecen: un tuit que los entretiene y lo comparten un millón de veces en el termitero donde habitan. Al patriotismo y la religión, que son los pilares básicos para conducir un rebaño de borregos por el camino deseado, ahora se suma la violencia de género indiscriminada y de prensa amarilla, el clima, la mariconería, el lesbianismo, el travestismo y el transexualismo para tenerlos entretenidos mientras les das de comer cucharadas de mierda que tragan relamiéndose los labios mientras miran sus pantallitas. Todo ello amenizado con cosas como la eutanasia o el coronavirus; según si es invierno o verano. Por cierto, ahora que son carnavales: ¿para qué cojones quiero ver los espectáculos de los bujarras drags queen, cuando hay una cantidad indecente de tías buenas y deseablebleblebles, meneando con gracia y exotismo sus tetas y culos de mujer tan mujeres? (Cuanto me alegro de que mis padres, siendo yo pequeñito, no me llevaran a esos carnavales de gallinas con plataformas y tetas de plasticolene. ¡Buf…!) Lo cual me lleva a concluir que todo aquel que disfruta con los drags, es inequívocamente maricón o bollera. Si no lo es, roza peligrosamente los límites de Anolandia. El problema para muchos hoy, no es salir del armario. Si no abrirse paso para salir del contenedor de setenta toneladas apilado en el puerto de Elegetebelandia y del que miles de raros allí metidos están deseosos de salir, como los africanos de las pateras ser recogidos en el mar por alguna ong de buen corazón y ansias de protagonismo y dinero. Y ahora recordad lo que en verdad os digo: los niños de hoy educados en el buenismo, serán los lelos del mañana muy útiles como ceniceros de moto.
Caminan por la calle y hablan, y hablan, y hablan con sus ojillos felices… Sienten miedo de estar solos. Tienen un miedo que se cagan a la soledad y a no pertenecer a un numeroso rebaño de borregos. Nadie vale tanto como para romper mis momentos de soledad. Amar no es ser un cobarde dependiente. Y la amistad es la otra panacea para combatir la soledad. De hecho, la amistad siempre ha sido uno de los vínculos emocionales más hipócritas. Se suele acabar la amistad cuando follan. Madres y padres aman demasiado, asfixiantemente a sus hijos. Es la consecuencia del miedo a quedar solos y desvalidos en la vejez. Invierten en un amor desmesurado, incluso pornográfico para ganarse un cuidador en la senectud. Todo ello salta a la vista cuando los observo hablar a algo con unos plásticos en las orejas. Como locos en sus paseos de permiso del manicomio. Teléfonos móviles que tranquilizan y controlan a los cobardes, creando dependencias emotivas y físicas entre iguales. Entre esa mezquindad humana que no sabría usar su libertad aunque la desarrollara. Porque la libertad no te la da nadie, la creas tú. Humanos castrados que llevan constantemente a alguien como compañía en su teléfono. Debería desarrollarse una app para toda esa horda de timoratos que necesitan el contacto humano constante. Una app para que jamás mueran solos y dignamente. Merecen morir con una app de muerte dulce y arropados por cientos de amigos. Morir como han vivido: pobremente y sin valor. Morir es como el cagar, jamás debería hacerse en compañía. Hay animales pequeños y grandes que viven y mueren dignamente, solos y sin demasiados ruidos, sin demasiadas amistades de favor e interés. Sin amantes cura-soledad. La raza humana siempre ha sido cobarde, salvo algunas raras excepciones. Es lógico que hoy día escriba y describa toda esta miseria pusilánime y borreguil. Los humanos deberían avergonzarse de su cobarde degeneración. Y yo debería no sentir tanta hostilidad hacia ellos; pero nada es perfecto. La vida es una mierda, y los cobardes deambulan con su estúpida sonrisa en el rostro votando a quien no deben.
Hay actos inexplicables como rascarse la cabeza si no hay piojos o sarna. Como beber vino y decir que es sangre. Como estallar en mil pedazos para ganar una entrada al paraíso. Pero nada hay tan enigmático como mi tartamudeo cuando estoy frente a ti. Si tienes frío, podrías ponerte un jersey y no esa blusa fina, me pones nervioso. Me gusta cuando las mujeres visten ropas livianas en invierno porque parecen aquellas viejas radios analógicas con sus notables mandos de volumen y sintonía. A mí me llaman gusano airadas por mis divagaciones, con los pezones duros. Bien, por algo será. No tengo nada en contra de algunos anélidos. Soy más de odiar las ratas, los cerdos solo los como. Cada naturaleza ha de ser consecuente consigo misma. O sea, si escribes idioteces, te pueden dar el premio Nobel según el humor de los borrachos del jurado. Es algo que ocurre con frecuencia. También hay que saber dejar de escribir en el momento oportuno para que no te premien, además, con un premio Planeta; que también es lo suyo de suculento. No sé que quiero decir con suculento, solo sé que es hora desayunar y yo aquí escribiendo estupideces.
Pequeñas guerreras que le arrancan al invierno cansado, colores y calidez, arrinconándolo contra las cuerdas. La primavera, cuando llegue, les va a tener que pagar una prima por productividad.
Estoy un poco cansado de caminar y apoyar el peso de la vida en la pata oxidada. No quiero decir agotado, o que me duela como si el puto dios estuviera ahí dentro de la carne creando cosas horribles, como si yo fuera una zona de ensayos nucleares. Jamás me agoto. Repito para que me oigan los del gallinero que escupen como si nada sobre los de la platea: Solo moderadamente cansado. Mi vanidad es absolutamente incombustible. Que tenga o no razones para ostentar tamaña vanidad, es algo que no considero. Así que el que busque explicaciones, las puede ir excretando por el ano; sé que es redundancia (lo de excretar y ano); pero es la esencia de la retórica. Y si no, escuchad a todos esos maricones políticos (todos). Hijos de puta… Ellos tampoco se cansan de dar por culo con las dos putas piernas sanas.
Tengo un cajón en mi puta cabeza lleno de trozos de cosas. No son cosas rotas, son solo restos. No sé porque los guardo. Posiblemente para, como Frankenstein, hacer un collage triste con los desperdicios; a pesar de que son trozos que no sirven como repuesto a nada. Aquello que un día existió, hoy no tendría utilidad alguna, ni sentido. No soy artista, los trozos son solo tumores infectando el cerebro y sus consecuencias. Tengo un síndrome de Diógenes infectando la memoria con deshechos de lo que un día fui. Y la memoria hija de puta me dice: ¿Esto es lo que fuiste? ¿Dónde quedó lo que querías ser? Y yo le digo que nunca quise ser nada, no planifico jamás, hago lo que debo cuando me apetece. Fui lo que debía en cada momento. No le veo el drama, sinceramente. No quise ser más que lo que deseaba en ese momento. Y los momentos murieron y yo con ellos. Nunca quise ser explorador, o médico o una celebridad de mierda. Quise siempre estar lejos de todo lo que no me gustaba, con eso me conformaba. Cuando no lo conseguía, me convertía en un ser detestable, cosa de la que no me arrepiento a pesar de esos trozos rotos que hay por el cajón. De hecho, seguro que en las últimas horas ha ido a parar a ese cajón de putadas de mi cabeza, algún otro resto apestoso de lo que fui hace unos días, o unos segundos.