Es vergonzoso que los padres, en lugar de ánimo, valor y determinación; inculquen a sus hijos cobardía, pereza y servilismo. ¿Qué pensarían aquellos monos de los que descendemos, si un humano de esta repugnante sociedad, se negara a buscar comida por miedo a los leones, lobos y otras bestias? La decadencia es tan grande que encuentro necesaria la extinción humana, es indigno pertenecer a esta especie. Con toda probabilidad, los decadentes endogámicos cagados de miedo, creen que quedándose en casa el coronavirus se irá aburrido a otra galaxia, o a otro país. Porque España, está visto, es el número uno de los países cobardes y mezquinos. Justo por eso, es el más venenoso para la salud; por su cobardía y desidia. El coronavirus se quedará como una enfermedad endémica más, como la gripe, la malaria, la lepra, el ébola… Ser tan cobarde y enseñar a los hijos a ser igual debería estar castigado con castigos corporales y esterilización. La decadencia de esta mezquina sociedad alimenta mi violencia misántropa hasta límites cada vez más difíciles de controlar. Que metan a sus hijos encerrados en bolsas selladas al vacío, no te jode. O tal vez quieran un profesor por domicilio. Ridículos analfabetos palurdos…
Esta rosa es especialmente roja, sus pétalos son afilados y cortantes. Es peligrosa en su belleza doliente.
Es una rosa especial, la de Sant Jordi, única y real.
Sus pétalos son agudos y templados como el arma que mató al dragón.
Cada año renace para cumplir su milenario sacrificio: bendecir con sangre un libro.
Nació de la sangre y de la sangre vive.
Y cada año alguien la encuentra y sin saberlo alguien la corta del rosal, alguien la comprará, alguien la llevará en su mano.
Un tipo cansado de una jornada de trabajo compra la rosa para su mujer.
No siente especial predilección por las flores. Y piensa que las flores no son felices de ser cortadas por mucha tradición que sea hacerlo.
A él le regalará un libro su mujer, una cosa muerta, algo que no sufre, algo que no siente. Lo prefiere así.
El olor dulce y empalagoso de la rosa lo pone nervioso. Normalmente no huelen tanto, son años ya los que lleva cumpliendo con el ritual en Sant Jordi.
A esas horas del día ya no huelen, ya hace muchas horas que fue amputada de su rosal.
Tal vez sea que la primavera está resultando especialmente cálida. Tal vez sea el calentamiento global que tiene la culpa de todo.
O tal vez sea que la rosa se resiste a morir y lanza su fragancia como un último suspiro.
Las agudas puntas del tallo traspasan el papel de aluminio con la que está envuelta y mortifica la piel de la mano. Como cada año.
Tienen derecho a defenderse las flores: al fin y al cabo están muriendo.
Atraviesa un parque vacío de gente, son las cuatro y media de la tarde y el sol aplasta con su calor el ánimo.
Hay un banco a la sombra de un árbol y se levanta una brisa de aire cálido. Decide sentarse y fumar. Sentarse y refrescar la piel a la sombra.
La rosa perfuma cada paso que da.
A su mujer le gustará. Este año huele especialmente bien.
En el otro extremo del parque hay un puesto de libros y el vendedor se cobija adormilado bajo la sombrilla.
La bandera catalana que cubre la mesa muestra unos colores sin matices debido al exceso de luz.
El único color que destaca es el rojo sangre de la rosa, lo cual le hace sentirse orgulloso.
Se enciende el cigarrillo y cruza las piernas echando atrás la espalda. Ha dejado la rosa en el banco y ambos descansan como dos viejos conocidos.
Ha sido una jornada dura, como cada día. Nada fuera de lo normal.
Tiene sed; pero la fragancia de la rosa parece calmarle. Y el que la fuente esté en pleno foco del sol no ayuda a que mueva sus piernas para beber un agua caliente.
Mirando a ninguna parte, distraídamente, roza uno de sus pétalos y siente un pequeño dolor en el dedo índice: un pequeño corte en el que se ha formado una gota de sangre.
Cree que ha sido la punzada de una espina. Los pétalos son suaves, a veces incluso se comen. No mira ni siquiera la rosa, simplemente mantiene los ojos cerrados para no ver más luz. Para no ver como el calor hace hervir el aire.
Una brisa repentina mueve su cabello cano y arrastra la saturada esencia de la rosa. Parece seda que entra en su nariz para derramarse como un aceite espeso en algún lugar de su pecho.
Le apetece dormir.
Y duerme.
La rosa se acerca a su mano sigilosamente, el tallo se enreda entre los listones que forman el asiento del banco, se afianza.
La flor se abre, sus pétalos se extienden como si flotaran en el aire y rasgan indoloramente la fina piel que cubre las venas de las muñecas. Y las propias venas.
La sangre está a la misma temperatura que el exterior, mana lenta y perezosa, se podría confundir con sudor si no fuera roja.
Un pétalo especialmente grande cubre la herida como una aterciopelada caricia. Y sorbe la sangre con fruición. Las espinas del tallo laten y crecen dejando prendidas en sus puntas pequeñas gotas de un rocío hemoglobínico.
Cada inspiración del hombre se hace más profunda y lenta, sus párpados pesan y la anemia de sangre lo lleva a un sueño cada vez más profundo.
Ya no importa si la sangre es de dragón o de humano. Ya murió el último dragón. Y la rosa roja que cada año florece, continúa con su sacrificio cruento.
El hombre muere sumido en un sueño de narcótico aroma.
La rosa henchida de sangre, lanza al viento microscópicas semillas que en algún momento y en algún lugar germinarán para continuar otro nuevo ciclo, otro nuevo año. Y ante el sol que ahora ha esquivado las ramas del árbol, se marchita con un vapor rojizo que parece flotar con un destino determinado.
A las seis de la tarde, cuando el calor parece dar tregua al planeta, la gente sale a la calle, el parque se llena.
Parece un hombre borracho dormido. Pasan los minutos y la gente se acerca a él; se dan cuenta de que está demasiado pálido, que no hay movimiento alguno en su cuerpo. Alguien le toca la mano que cuelga del banco y lo siente increíblemente frío. La otra mano está junto a la rosa marchita y ambas descansan en un charco espeso de sangre ya negra. Los dedos están amoratados.
La mujer mira con asombro la portada del libro: se ha teñido de rojo y no encuentra explicación a ello, ni a la demora de su marido.
De alguna forma, el hombre ha recibido su regalo del día de Sant Jordi, la sangrienta fragancia ha llevado por el aire y la luz la sangre hasta el libro. La rosa ha cometido un acto de piedad antes de morir.
El forense no encuentra el filo que provocó la herida.
Junto con el reloj, la cartera y un bolígrafo, a la mujer le entregan una rosa marchita en una bolsa de plástico.
El forense sentía una inopinada tristeza por la muerte del hombre y de la rosa. La mujer debía saber que era para ella, todo ese sacrificio, toda esa sangre no merecen ser ignorados.
La rosa marchita parece estar hecha de trozos de carbón y brasas que prometen renacimiento. Su cadáver descansa junto al libro que aún espera ser leído y un llanto desesperado de la viuda.
Estamos perdidos en un puñado de kilómetros cuadrados de estrecho e insignificante horizonte. Abandonados entre cientos de miles de seres anodinos cuyas vidas o muertes no importan. Es un mal lugar para amarte y desearte. Un estercolero donde a duras penas conseguimos encontrarnos, mi amor. Es el peor lugar y momento de entre todos los que podría haber nacido. Toda esa basura hacinada que teme y babea, estropea y obstaculiza amarte como yo quisiera. Nos roban el espacio, el tiempo y el aire. No hay mayor tragedia que amarte aquí y ahora; y no puedo evitarlo: desearte con la fuerza de una bala. Te amo entre colonias de imbéciles, cobardes e ignorantes. No te lo mereces, no tendrías que estar aquí. Ni siquiera yo a pesar de lo que soy. Hay mundos tan hermosos, mi amor… ¿Entiendes el porqué de estos tremendos deseos de llorar y maldecir que de repente me roban el aplomo y el ánimo? Maldigo a mis padres y a los tuyos. ¿No pudieron elegir mejor tiempo y lugar para parirnos? Ellos tienen su parte de culpa en nuestra tragedia de amor. Nos escupieron aquí y no me gusta. No puedo ni quiero dejar de amarte y desearte, en el estercolero o en un lugar hermoso donde esplendieras única, sin basura que nos rodeara.
Tan solo vivo porque existes… Está todo mal, cielo. Estamos perdidos en este estercolero, mi amor. Lo siento; no puedo, no tengo tiempo ya para reparar el error. Lo siento tanto…
¿Y por qué no puede haber niños con dos cabezas y cuatro patas? ¿Y por qué no deben tener pene las mujeres y menstruar los hombres? Hay que estar enfermo para intentar manipular lo que es tan obvio con sofismas ignorantes y arribistas. Que estén enfermos, pase. Pero que además lo quieran torcer con alevosía a su particular paranoia, es francamente de risa. Bienvenidos a la feria de los monstruos.
El chapo Torra, presidente autonómico de Cataluña (los presidentes autonómicos son caciques con licencia de corso impuestos por el gobierno español de los Caudillos Sánchez e Iglesias para violar los derechos civiles del pueblo); con su institucionalizada retórica franquista de amenaza de prisión para toda la población (no le temblará la mano, es el lema del fascismo español), ha dicho que pasará como en los colegios de toda dictadura: pagarán todos por lo cometido por otros. “¡Portaos, bien hijos de puta, porque no me temblará la mano!”, es el resumen de su perorata. No está mal por ser el Chapo Torra uno de los primeros que se contagió y naturalmente contagió a muchos más de coronavirus. Los fascistas son como cagarros en la playa que te vuelves loco dando manotazos al agua para que se vaya a otra dirección, solo que el cagarro aparece en la televisión amenazando con su mierda, en lugar de flotar en la playa. Esto no tendrá un final feliz; ni para el fascismo español ni para mí y otros que no tragan con toda esta mierda.
El gobierno español está absolutamente desbocado, no cesa con sus mentiras para acabar con cualquier tipo de libertad, no pueden vivir sabiendo que hay libertades que destruir. Y es que el fascista español no fuma, solo esnifa cocaína y es alcohólico. Mentirosos de mierda…
Los frikis y otros aficionados a los juegos de rol, están de enhorabuena: Hasbro en colaboración con la fundación Nueva Normalidad Española, ha lanzado la versión CV19 (spanish corona) del mítico juego Monopoly. La nueva actualización, en sus primeros quince millones de ventas, regalará a cada comprador dos mascarillas estampadas con los famosos billetitos del juego y perforadas estratégica y disimuladamente para que podáis respirar como personas decentes por la calle. Tiene unas pequeñas variantes que apenas afectan a las reglas del juego; pero sí a su estética. Se trata de garantizar la actualidad social del juego y conseguir que sea más entrañable para los jugadores españoles. La gran diferencia está en que, una vez has conseguido edificar cuatro casas en cada calle del mismo color de tu propiedad, ya no se cambian por un hotel, se conservan. Lo que sí puedes hacer cuando tengas todas tus calles edificadas, es comprar un juez; representado por un cerdito-hucha dorado. Cuando consigues comprar el juez, puedes encarecer los alquileres hasta un trecientos por cien y practicar desahucios exprés sin moratorias ni juicios ya que esa es la función del juez y te sale gratis cualquier abuso. Las conocidas estaciones de ferrocarriles y compañías de agua y electricidad se han cambiado por comisarías, farmacias, hospitales y funerarias. Cada vez que un jugador caiga en estas casillas, incluso si le pertenecen, deberán aplaudir todos los participantes no menos de dos minutos sin descanso. La casilla que te envía a la cárcel dice: “Vaya a la cárcel por prevaricación, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar las veinte mil”. Y la tarjeta que te libera de la cárcel dice: “Indulto decretado por el Gobierno Español de la Nueva Normalidad, la prevaricación no es punible”. Si caes en esta casilla y tienes juez y tarjeta, todos los jugadores te han de pagar una cantidad pornográfica de dinero en billetitos. Si un jugador no puede pagar, deberá dar a su hija, hijo, madre, padre, esposa o esposo para que se los folle el dueño del juez y la tarjetita como pago en especie o alternativo. Si un jugador tiene poco dinero, puede elegir entre vender a su madre o pagar con dinero, es una cuestión de estrategia como la vida misma. Va a ser una auténtica gozada. Daos prisa, que las mascarillas se agotan.