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El trueno y yo

Publicado: 9 septiembre, 2012 en Reflexiones
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Me gustan tanto los truenos…

Presagian malos augurios en los cobardes cerebros humanos. Los truenos son terribles en su amenaza sonora como lo es mi silencio hostil. Somos iguales inquietando, odiando…

Despreciando.

Es mejor escuchar el molesto estruendo de una moto sierra que mi silencio o el rugido del cielo que hace recordar a la humanidad que no está a salvo.

Yo no ofrezco demasiado peligro, soy aburrido; pero prometo el más letal de mis pensamientos en mi último aliento. Cuando el corazón se me parta o mis pulmones no puedan ya coger aire, lanzaré mi último y primer pensamiento optimista: me voy, pudríos.

El trueno y yo somos iguales transmitiendo inquietudes.

El trueno tiene perdón por su naturaleza; pero mi silencio y mi desprecio son imperdonables a ojos de la bondad. Yo no tengo inocencia alguna, no soy un fenómeno atmosférico. Soy pura voluntad de rencor y aislamiento.

No existe nadie suficientemente valioso que merezca conocer mi verdadero sentir. Y si existiera semejante persona, no se merecería saber como soy, lo que soy.

Por otra parte mi voz no es elegante, conozco mis limitaciones y para hacer el ridículo, mejor estar callado.

Mi padre decía que usara la boca para comer y para respirar si me encontrara con congestión nasal. Aún no sabía que iba a deshacerme de todos los órganos fonéticos.

Le hago caso a pesar de que lleva años enterrado.

Ahora soy yo más viejo de lo que él era al morir. Mi padre es más joven que yo si existiera de alguna forma.

A lo mejor mi longevidad se debe a mi silencio.

Él hablaba más.

A veces el rayo y el trueno vienen juntos; igual seguimos pareciéndonos. El sonido de mi escupitajo a las bondades, amores y cariños rasga el aire como el relámpago y mi silencio hace el aire denso y pegajoso.

El rayo deja el olor del ozono en el aire. Mi silencio apesta a mierda.

No nos parecemos en nuestra duración, el trueno dura unos segundos con su eco. Yo duro muchos años, muchos putos años. Puede que la humanidad se haya acostumbrado a que la odie por ninguna razón en especial. Soy bueno odiando, soy pertinaz no sintiéndome bien.

No puedo sentirme bien en tierra de extraños. Soy extraño en el universo.

Exijo mi terreno, mi planeta particular.

Cuando recuerdo aquel trago de lejía bajando por mi garganta, vomito. Con la rapidez del rayo, claro. Y con un sonido líquido, lo que había en el estómago se estampa contra el suelo, como un cuadro abstracto. Fue tan doloroso y repugnante beber el cloro, que la operación para extirparme laringe, cuerdas vocales y el posterior tratamiento me supo a dulce, a chocolate.

No era un suicidio, solo quería mutilar mi capacidad para hablar, hacer mi silencio inquebrantable.

Aún así, a pesar del sabor y olor que se encajaron en mi mente como un trueno eterno, me masturbo con la mano mojada de lejía. No puedo permitirme el lujo de intentar gritar, porque todo lo que me falta en la garganta, duele. El cuerpo guarda memoria de lo que un día tuvo, y cuando es necesario utilizarlo, lanza mensajes de dolor para recordar que un día pude hablar. No importa, ya odio también mi cuerpo, mi cerebro.

El glande se empalidece al contacto con la lejía y me duele tanto… Quema tanto en la llaga ya profunda y vieja, que la eyaculación sobreviene por alguna razón de reflejo, no hay voluntad. Luego meto la polla en un vaso con agua fría y me duermo pensando que soy un trueno, un breve trueno que asusta y desaparece sin sentirse bien ni mal. Simplemente existe el tiempo que debe, no hay horas de más, no hay tiempo que hastíe.

El trueno y yo somos iguales, en esencia.

El trueno disfruta de una breve y elegante vida.

El trueno y yo no tenemos la misma longevidad

Yo me muero de pena durante años y años.

A lo mejor el trueno no sería capaz de soportar una vida tan larga. A lo mejor soy un privilegiado al ser tan fuerte, tan monumental.

Me cago en dios…

Mi polla desea ser amputada, lo sé con cada masturbación que me hago con el cloro. Mi pene está cansado de estar pegado a mí.

Que se joda, como me jodo yo.

Que se joda mi cerebro.

Que se jodan todos.

Mierda puta… El trueno y yo no nos parecemos en nada.

Es todo una gran mierda.

Iconoclasta

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Esperan un abrazo, un beso, un ánimo; pero es difícil encontrar el instante porque no abunda, aún así les gusta la vida: son los optimistas.

Hay múltiples variables para que todo salga mal. Y esperan, ansían, desean de forma incansable.

No hay mucho que decir de ellos, su vida está bien. Es lo habitual.

“Dios proveerá” acabarán diciendo si algo les falta.

Dios me tiene metida su sagrada polla en el culo.

Hay errores que son inevitables. Sorpresas que no era posible prever.

Morir es más fuerte que amar, dicen los pesimistas.

Afirmo.

Y joder es el único placer que experimentan, cuando el semen ha corrido o la vagina se ha derramado, no queda ningún mal recuerdo porque siempre suele acabar igual: con unos gemidos de placer y la respiración agitada.

El semen se enfría tan rápido… Tantos niños muertos se secan en las sábanas…

Follar es suficiente; es bueno. Mejor que vivir.

Mejor que un puto partido de fútbol.

Porque cuando las sorpresas y los errores tienen más masa que la presión atmosférica en nuestros hombros, se dan cuenta los consternados que la montaña de fallos es enorme, insalvable. Los pesimistas cuentan con muchos años a sus espaldas y saben lo que dicen.

Y así, de una forma natural, coloquial y afable se preguntan: ¿cuándo coño voy a morir?

Follar no arregla nada, solo retrasa lo inevitable.

No es que tengan prisa por morir, simplemente están desesperados y la vida no es para tanto, no vale la pena respirar tanta amargura; hace los años eternos.

La muerte es un coño húmedo y abierto, listo para penetrar, para hundirse en él.

Cuando no hay sexo, hay masturbación. Los dedos se encargan de lo que el cerebro no puede dar o suministrar: algo de placer.

Es mentira lo que dicen vuestros padres y abuelos, hacerse pajas no estropea la vista. La hace más clara y ágil.

También tienen sus recursos los pesimistas y un buen cómic para esperar a que alguna enfermedad llegue.

Morir es la salida de emergencia. Es alarmante en un principio, cuando se dan cuenta que están pensando en la muerte como solución; pero cuando esa idea ha germinado, ya se han hecho todo lo valientes que se puede ser y es imposible detenerse ante el arrebato de muerte. Y desean en silencio que algo falle en su organismo: un tumor, pulmones podridos, un corazón con una brecha…

Se callan los dolores, y deciden no ir al médico. Dicen estar bien con un esputo de sangre entre los labios. Nadie quiere seguir viviendo con ese cúmulo de errores demasiado tiempo (los optimistas sí, porque piensan que los errores tienen solución se pueden subsanar, no piensan en la vergüenza). “La vida es una mierda y luego te mueres”, es correcto, está bien expresado; pero el detalle que no revela el dicho, es que te mueres cuando has sufrido lo indecible. Te mueres cuando estás cansado de todo.

Es mejor morir feliz.

Morir de un ictus lamiendo un coño, por ejemplo, es una idea romántica; podría ser incluso optimista. No se ha de perder la esperanza de mierda.

Hay tómbolas que rifan un peluche y los idiotas se matan por conseguir un Snoopy mal hecho. Las esperanzas suelen ser banales.

Se murmuran jaculatorias al cáncer y a la infección, al coágulo que hay tras un dolor de cabeza, riñones muertos, cirrosis…

Morir es más fuerte que amar.

Es más fuerte que mi polla dura.

Cualquier tumor, cualquier hígado podrido, da menos miedo que la presión de la vida para los pesimistas. Ellos entienden de eso y saben que tras una cucharada de mierda, llega otra y otra y otra y otra…

El pene corrupto de un leproso que no sirve más que para mear, no espera nada más que se le desprenda del cuerpo.

A veces ocurren cosas buenas; pero cuando se desea la muerte, tiene más fuerza que el amor. Y por una simple cuestión de convicción y sabiduría, desean la muerte aunque estén follando. Están locos los pesimistas.

Con amor todo se supera: error.

Con el amor se comparten las miserias; pero la felicidad se va tiñendo de negro y la muerte es el verdadero amante que se busca.

Y cuando el corazón se desboca por amor, yo pesimista, pido que al mismo tiempo se infarte. Que se parta por la mitad y morir con la polla tiesa.

Se desea con más fuerza morir que amar.

Morir es insuperable, es sublime; porque te libera del tormento de amar y frustrar. Una vez el amante se ha desengañado, el amor ya no tiene fuerza alguna para mantener con vida al amante que ha defraudado.

Estas cosas pasan continuamente; pero pocos tienen la suerte de morir en el momento adecuado.

La muerte libera, más años de vida solo consiguen empeorarlo todo. Y al final la vamos a palmar; vale la pena ahorrarse unos disgustos.

El pesimista no puede permitirse el lujo de suicidarse porque es traición a los que te aman. El pesimista espera la muerte, se dice que con su mala suerte, un tumor en sus cojones hará metástasis para luego subir al cerebro. Algo así, porque si algo sabe el pesimista, es que no va a tener una vida feliz.

Lo único feliz será el final: la muerte, el descanso, el reposo del guerrero.

Morir está bien, suicidarse daña a otros. Y el pesimista ama, suele tener la desgracia de amar; es su mala suerte.

Los suicidados suelen ser cadáveres maltratados o que huelen mal. Morir entre vómitos de enfermedad tampoco es como para tirar cohetes; pero siempre dirán los optimistas: luchó como un león por la vida.

Y una mierda.

Morir es más fuerte que amar (oración agnóstica, atea y anti-vida para tipos con demasiados años, con demasiados errores que recordar).

No hay nada que relaje tanto como imaginarse muerto.

También relajan los balnearios y los baños de barro húmedo; pero no estoy de humor para ensalzar sus cualidades psico-terapeúticas.

No se puede entender el deseo o la indiferencia a la muerte hasta que la vida te ha apretado demasiado las tuercas. Y cuando eso ocurre, el organismo tiende a infectarse, pudrirse, mutar, hablamos solos…

Ser pesimista no es alegre; pero da una valentía cuasi suicida, cosa que es ética en estos tiempos.

Cuando un pesimista folla, se pregunta que otra porquería le espera tras el orgasmo. Y evocar la muerte se convierte en la sonrisa tranquila. Hay más esperanzas de morir que de vivir más tiempo. A veces los pesimistas tienen suerte, aunque no se lo crean.

Puede que a un pesimista le toque la lotería y aún así deseará morir rodeado de toda clase de comodidades. Los pesimistas no se venden por nada, cuando la vida te ha enseñado sus sucias tetas, ya no hay dinero para comprar la suficiente esperanza.

La única mamada que te apetece es la que la muerte realiza arrancándote el aire de los pulmones.

Y mientras esperamos la solución y el descanso, es bueno no dejar de fumar, no bajar jamás la guardia. Hay que inyectar todo lo malo que se pueda en el organismo para que llegue pronto la muerte.

Antes de sufrir más, si es posible.

La muerte es más fuerte que el amor.

Más fuerte que la vida misma.

Es hora de morir, no más retrasos, plis.

Iconoclasta

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Se ha muerto la madre que me parió, a mí, mi hermano y mi hermana.

Y ha dejado una historia, como rastro de su vida.

Setenta y dos años… Es una historia modesta en su longitud, hay gente que vive más. No importa, si su historia hubiera sido más corta, la habría querido más aún. Soy un cabrón amando y no me soborna el tiempo ni el dinero.

Hubiera preferido que se hubiera muerto antes un rey, una reina, un presidente de cualquier país, o cualquier persona de relevancia social, política o económica.

Pero es un mundo imperfecto, legalizado e injusto.

Mi madre no era artista, ni especialmente culta, cosa que me parece bien porque me paso el arte y la cultura por el forro de los huevos.

Mi madre pasó hambre, fue casi abandonada y no llegó a conocer a su padre. Su marido (nuestro padre) murió pronto; y todas estas cosas no quebrantaron su ánimo. Sufrió durante el tiempo necesario sin que ello amargara su carácter de forma permanente.

Con toda naturalidad nos contaba que de pequeña se alimentaba de pieles de plátanos chafadas en la calle de la Barcelona de la posguerra. Y que un señor la tomó en brazos para llevarla a unas monjas, porque cagando en mitad de la calle se le salieron los intestinos.

No era un lamento, era una forma de enseñarnos que en la vida ocurren cosas malas y que no tienes que romperte por ellas.

Sin embargo, toda esa mierda que vivió (un pequeño porcentaje de su vida), le marcó la salud y le vedó una vejez tranquila y lúcida. De tal forma, que de repente toda la porquería pasada irrumpió en su cerebro ya más débil por la edad encharcándolo de sangre. Luchó en los momentos lúcidos por no enloquecer.

A tomar por culo, madre. Los que no se lo merecen tienen una vida sana y amable; ojalá hubieran muerto otros antes que tú.

La vida es imperfecta, una soberana mierda.

A veces hablabas de encontrarte con el papa en la muerte. No creo en esas cosas; aún así, deseo que estéis juntos. Es una hermosa e inofensiva mentira, no puede hacer daño.

Y si continúo con la mentira, pronto nos veremos también, he estado a punto de ganarte. Soy veloz para algunas cosas.

Sobre todo para las malas, para la mala suerte.

Y la mala suerte es también saber que has muerto.

No lo creo, no lo digo con fe, no nos encontramos con nadie al morir. Solo alardeo de un optimismo y una ilusión que no tengo, como homenaje a mi madre.

Desapareceré, no hay otra cosa tras la muerte; pero mientras vivo, amo tu memoria y nuestra historia.

Lo importante no ha sido tu muerte. Tu muerte ha sido solo dramática.

Lo importante ha sido tu vida y toda, absolutamente toda nuestra historia contigo.

Un beso mamá, te quiero.

A mi madre Mercedes Albaladejo Candela 6/6/1940 – 17/7/2012

Iconoclasta

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Mercé Rodoreda dijo y dijo mal (con buena intención):

“El hombre de hoy no es heroico. Le basta con sentirse poderoso”.

Es un error, los escritores llevados por el romanticismo y un exceso de filantropía cargada con sobredosis de psicología de salón, se equivocan muchísimo. Hay que desconfiar de esa idealización.

En este caso, el error se encuentra en: “el hombre de hoy”. La segunda afirmación de la escritora, es totalmente verdadera, y por supuesto se cumple en toda época.

El hombre como especie, como humano sea macho o hembra; jamás ha sido heroico, en ninguna época.

Han existido y existen héroes. Yo mismo soy uno; pero eso no incluye a la especie humana.

Los héroes tienen nombre, identidad propia y méritos exclusivos, personales e intransferibles. A la chusma no se le puede dar el mérito de los individuos éticos y valientes que existieron en otro tiempo, o sus contemporáneos.

Es un error romántico, sin malas intenciones; pero me molesta que mi forma de ser le dé puntos extras a la humanidad aborregada, cobarde, servil, conformista y envidiosa.

Nacen escasos individuos con inteligencia y habilidad; que no usurpen los mediocres sus méritos. La humanidad solo avanza con una buena vara azotando sus lomos.

La genialidad (y por tanto heroísmo) es producto del individualismo y se pudre entre la mente del hormiguero. El trabajo en equipo mata a la creación.

Edison descubrió la lámpara eléctrica, y Einstein sentó las leyes de la relatividad. No lo hizo la humanidad. Que nadie se sobrevalore de una forma tan pueril e infantil.

La humanidad es una piara de cerdos que hociquean gruñendo cansinos buscando trufas sin acabar de encontrarlas, hasta que viene alguien inteligente y se las pones en el hocico.

Si la humanidad se adjudica los grandes logros y descubrimientos, se adjudica de igual forma que es asesina como Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Stalin, Idi Amín…

La Capilla Sixtina tiene un autor exclusivo que nada tiene que ver con la humanidad.

La población es una masa de tarados hipócritas que no saben ni hacerse una paja con una película pornográfica.

El hombre no pisó la luna, lo hizo un astronauta, un tal Armstrong.

La chusma no es valiente y mucho menos heroica.

El heroísmo, la especie humana, lo tiene tan metido en el culo que necesita el espéculo y unos buenos fórceps para sacarlo de sus intestinos.

En cambio, que se crean poderosos sí es cierto. Los hay que lo son, que nacieron para engañar, para ser profetas y vivir sin trabajar, presidir países y dictar sentencias, para escribir estupideces de conformismo y felicidad que hasta los perros saben. Esos los hay. No son inteligentes, el azar trata bien a los idiotas.

Los humanos básicos y sin ápice de creatividad o inteligencia son los que se sienten orgullosos cantando sus himnos de mierda y besando sus apestosas banderas. Firmes, con la mano en el pecho, o mirando a un cielo lleno de divinos engaños. Sumisos; pero pegando a su mujer y a sus hijo porque no tienen suficiente inteligencia ni habilidad para salir de la miseria. Su propia mierda los frustra. Son los que sacan la lengua para escribir dos palabras sencillas con un lápiz roído y sudan por ello. Eternizando con sus genes la estupidez y el borreguismo.

Y estos seres que jamás serán valientes, que solo se alimentan, follan, envidian y dicen que han ganado un partido deportivo con un vaso de cerveza en la mano. Además de idiotas, son falsos hasta el asco. Dicen ser los mejores; pero su esfuerzo se limita a levantar una cerveza, a no saber escribir, ni expresarse y a criar a sus hijos entre el infecto reguetón y comida barata que los hace a todos más profundamente vacunos.

Eso ocurre hoy día, siglos atrás simplemente comían y dormían encima de sus propios excrementos.

El hombre siempre se ha sentido poderoso; pero no lo será nunca, solo algunos privilegiados por la suerte consiguen canibalizar a otros. Como las garrapatas en las orejas del perro.

El hombre común y los otros, lo que están por encima de los obreros, se conforman con tejer un edredón de vistosos colores relleno con excrementos para sus hijos. Sin heroísmo.

Poderoso es el que hace lo que quiere y necesita, sin tener en cuenta leyes y costumbres, olvidándose de tradiciones y con una única fe: creer en si mismo. Poderoso es el que consigue algo sin ser parásito. Y de estos poderosos, tal vez haya uno o dos por cada cien millones de habitantes.

El heroísmo es solo una virtud con la que nacen muy pocos o ninguno en cada generación. Poderosos, son en esta sociedad las tenias que gobiernan y dictan leyes, los tumores que regalan paraíso e infierno.

Es todo tan sencillo y superficial, que da asco.

La inteligencia de los mediocres solo sirve para sumar y memorizar toda la basura que les enseñan y por fin acatan. El héroe no memoriza, siente, presiente y se mueve por canales no previstos.

El 95 % de la población no conoce sus propias reglas ortográficas, escriben con precariedad y por la misma razón sus lecturas son erróneas, basadas en su propia ignorancia.

De ahí es imposible que puedan salir héroes, porque esa masa inculta, es la que elegirá a su amo para que le enseñe donde mear o como y cuando se ha de follar a su mujer y tener hijos.

Los héroes no son cien palurdos tartamudos y con menos intelecto que una mosca, que en tiempos de guerra dan su vida por algo que no entienden y sus amos les han de colocar un trapo de colores delante de las narices para que actúen como ellos quieren.

El heroísmo requiere voluntad y raciocinio, no es extraño ver vomitar a un héroe ante un presidente o una bandera.

Y para evitar mamar los genitales de los gobernantes, no hace falta ir a una universidad para obtener algo de ética y cultura. Se requiere una genética muy distinta a la humana.

El héroe no acepta que le digan lo que tiene que hacer, es libre y lo sabe todo. Es natural en él.

Nunca ha sido heroica la raza humana, Sra. Mercé Rodoreda.

Se lo asegura un héroe.

Buen sexo.

Iconoclasta

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No es la biblia la que cuenta cosas interesantes, es la persona enferma de fe que la recita con convencimiento dogmático e iluminado, la que le da algo de impacto e importancia filosófica.

Un libro que de tan aburrido, necesita ser interpretado no es un libro, es simplemente una ignorancia perpetuada.

Hitler era un ejemplo de predicador perfecto, podía leer mierda e iluminar los ojos de millones de hambrientos y envidiosos alemanes en su momento. Sobre un montón de mentiras y una enaltecida ignorancia creó un imperio que puso en guerra al mundo por cinco años y metió en mataderos industriales a más de seis millones de inocentes.

Este sujeto al igual que los clérigos y los sacerdotes o brujos de cualquier religión, era consciente de las mentiras y la basura que narraba en discursos; pero no permitía que se emitieran filmados en los noticiarios de los cines, ya que se le reconocía (fuera del enardecimiento que provocaba en directo), su patética oratoria y sus gestos de deficiente mental. En los documentales de época, sus poses y ademanes causaban risa en los espectadores.

Con la biblia pasa lo mismo, no tiene interés, no tiene estilo literario ni fundamento lógico alguno. Es algo que debe leer un profesional para causar algo de impacto en la peña.

Y la peña, como muy instruida no es, sigue escuchando las parábolas como si fuera la gran puta verdad. Más o menos como los refranes para los palurdos.

Vamos, es para partirse el rabo cuando alguien dice sobre una leyenda: “es histórica, sale en la biblia”.

En verdad os digo, hermanos, que toméis entre vuestras manos una revista porno que es mucho más clara, directa, amena y mejor redactada literariamente.

Buen sexo.

Iconoclasta

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No es fácil vivir, a veces es tan difícil que la muerte se presenta como una solución.

Falta espacio y falta aire; por tanto, falta libertad. Y sin ella, la muerte es el único horizonte.

Mueren los amores por la estrechez y el aire viciado.

Las ilusiones se aplastan contra las paredes y caen al suelo mezcladas con la suciedad y la tapa de un frasco de comprimidos.

Ahí es donde entro yo si aceptan mi presupuesto.

Deberían promocionar la carrera de basurero entre los estudiantes, es más humana que la de médico. Se sobrevaloran las ciencias y las letras.

Se sobrevalora la inteligencia del ser humano; hay superávit de abogados, ingenieros y médicos. Faltan operarios de limpieza.

Yo soy el mejor limpiador de mierda y miserias. Y opero con mi Súper-Visor de Mierda GTX-FIC666XPJ5 Tócamelos del revés.

No hay suciedad que se me escape por muy incrustada y adherida que esté a las paredes, suelos y en los cerebros.

Puedo ver con una calidad matricial de un puto trillón de megapixels toda la mierda que hay a mi alrededor.

Y al vuestro.

No hay tanto cerebro como se piensan, por mucho que quieran graduar a un millón de estudiantes al año.

Y mientras unos juegan a querer ser médicos, nadie barre la mierda.

Excepto yo y alguno más que no conozco.

Los hay que no soportamos un piso sucio de sueños muertos. Los hay que intentamos limpiar; pero jamás se acaba la mierda.

Mi Súper-Visor de mierda la ha detectado a unos trescientos metros de mi almacén. A veces soy curioso. Otras por instinto y porque soy viejo en el oficio, sé que “algo huele a podrido en Dinamarca” y si no tengo trabajo, me dedico a analizar las porquerías que detecta mi aparato. Me gusta mi trabajo, soy filósofo y cocino como dios.

También soy voyeur aficionado. Es un asco ser experto en tantas disciplinas…

Soy el hombre perfecto. Dueño de la empresa: Limpiezas de Miserias y Podredumbres Zaratustra, The Man.

Es un título rimbombante; pero como trabajo con la mierda, tenía que darle estilo y profundidad al nombre de mi empresa.

A sus pies hay un suelo cubierto de papeles pisados. Palabras sucias y avejentadas, como mi pensamiento que no sabe hacia donde expandirse sin encontrarse con una pared pintada con estuco italiano o con acrílica barata y blanca; pero siempre rezumando hastío.

Es mejor morir y que la muerte llegue rápida antes que seguir degenerando en vida sobre el manto putrefacto de las ilusiones desintegradas.

También debería haber un módulo de formación profesional dedicado al suicidio. Ser suicidador no garantiza un buen sueldo; pero siempre es edificante meter una aguja cargada con veneno en la vena de algún desgraciado que se asfixia en un mundo pequeño.

De todas formas va a morir.

Y el dinero nunca viene mal.

Me estoy formando por mi cuenta en venenos y drogas. Muchos clientes que me contratan para la limpieza suelen estar tan destrozados y hartos de basura, que se levantan la manga y me muestran la vena por si tuviera a bien inyectarles algo; pero cuando les digo que eso tiene un coste adicional, me suelen enviar a la mierda. Es redundante.

Nada nuevo, la vida es repetición tras repetición.

El amor tampoco viene mal, a veces cumple su misión de hacer volar a los hombres y mujeres batiendo las orejas como abejitas. Lo malo es que no estamos preparados para volar, los cojones y las tetas desequilibran a “abejos” y “abejas” y en lugar de libar, se emborrachan o se drogan y montan una historia romántica basada en mentiras y narcosis.

La idealización del amor es un trance por el que hemos de pasar.

Es un papel que revolotea buscando un sitio donde aterrizar en el piso sucio. El amor solo puede formarse a partir de buenos sueños y esperanzas. No es malo, es incluso bueno; pero no deja de ser papel y palabras que se tornan borrosas.

Escribimos notas que tiramos al viento pensando que el amor llegará como el mensaje del náufrago en una botella. Es así y no existe otra forma de enamorarse.

Solo que los mensajes en una botella llegan a alguien cuando el náufrago ha muerto; o su cuerpo está tan consumido, que se rompe al rescatarlo.

No es que sea pesimista, soy realista.

También puedes pagar a una puta para que te diga: “Eres divino y te amo”. Cosa que va bien para pasar el rato; luego se le dice que barra los papeles de mierda que ha tirado por el suelo y te deje el piso limpio (hay que acordar este detalle en el servicio antes de pagar); pero a largo plazo acabas harto de gastar dinero para nada.

Y luego está la música y las películas que forman en el suelo otro estrato de inmundos restos de momentos pasados. De momentos abortados.

Las películas y canciones marcan momentos de la vida, las lecturas apenas nada; requieren demasiadas horas y son íntimas. Un libro solo nos recuerda a nosotros mismos en algún momento de nuestra vida. Algo que no compartimos. Maravillosa sea la lectura…

Leer solo deja un rastro de cultura y de emociones que es difuso. Las palabras tan numerosas se pierden con el tiempo.

Sin embargo, las canciones y las películas son breves, se comparten. Y sobre todo, se repiten y se propagan en todos los espacios y épocas. De ahí que dejen un lastre tan pesado en el ánimo para bien o para mal.

Las canciones y películas de nuestras épocas de amor y cariño son especialmente emotivas y melancólicas

Es lógico dar un buen trago de veneno escuchándolas, cortarse distraídamente las venas. O dejar un fogón de la cocina abierto.

Si a la música o a esa película se le añade un sórdido decorado de persianas bajadas y humo de tabaco, se crea un ambiente propicio para atajar esa melancolía.

No es broma, el cerebro insiste en escuchar esas canciones una, y otra, y otra, y otra vez.

En lugar de sosegar, el pensamiento hace un descenso directo y vertiginoso a la Gran Fosa de la Tristeza.

Y si esa pena causa cobardía para seguir viviendo, se compensa con una fuerte valentía por morir.

Es lógico y de obligado cumplimiento, que esa mujer se trague en este momento, dieciséis comprimidos (justo los que quedan en el frasco) de la medicina que el psiquiatra le recetó hace unos meses.

Nadie es tan ingenuo de pensar que su depresión se va a curar en un día si en una sola toma, se traga la dosis de dos meses juntos.

Que nadie se equivoque, lo que quiere es morir. Lo último que ahora quiere es vivir; lo dice su respiración interrumpida por el llanto.

Dan ganas de morirse con ella. No parece una mala mujer. Es emotivo que muera tan sola.

No me gusta.

Pero nadie tiene tanta suerte de encontrar un compañero de suicidio.

Morimos solos.

Algunos pensarán que es una putada.

Yo pienso que es mejor así, si no has encontrado en toda tu vida a nadie con quien compartir decentemente la vida; a la hora de la muerte que no venga nadie a molestar.

El CD de éxitos de los 70, suena una y otra vez. Sus ojos no llegan a secarse y me pregunto cuántas lágrimas podemos almacenar.

El micro unidireccional del Súper-Visor, vale su peso en oro. ¡Qué maravilla!

Dicen que quien llora no mea; pero me da asco pensar que las lágrimas puedan subir de mi vejiga.

A la mujer poca gracia le hará escuchar semejante sandez y puede que no se ría cuando lagrimee más aún por la falta de aire cuando le sobrevenga el fallo cardio-respiratorio.

Morimos asfixiados, boqueando como peces en la arena buscando aire.

No puede ser agradable, ninguna muerte lo es.

Ha dejado un cigarrillo en el cenicero que se consume solo, como ella. Sin que nadie le haga caso. En la planta de su pie, tiene enganchado un mugriento papel que dice: Adiós juventud.

Mi Súper-Visor es cojonudo, capta hasta el más mínimo detalle. Capta hasta el dolor.

No se molesta en despegarlo, no tiene a nadie que le quite la mierda de los pies. Una vez lo tuvo, un envoltorio de pastelillo de chocolate que está pegado en el pomo de la puerta de su dormitorio dice: Luis, te amaré siempre.

Nadie ha hecho caso de ese papel desde hace seis años (el Súper-Visor analiza la edad de la mierda por medio del espectro cromático). Nadie lo ha desprendido de allí para anotar otro nombre. Se pudre el papel creando moho en el metal.

Por otra parte, los restos de ese dulce pastelillo que un día protegió el envoltorio, parecen mierda seca.

Y nadie quiere tocar la mierda…

Debería haber más titulados en porquería para ayudarnos en esas tareas domésticas.

Sería bueno que los gobiernos becaran los estudios de mierda.

Y vomita no porque el chocolate ahora parezca mierda, si no porque las pastillas le están jodiendo el estómago, el medicamento se ha ido al hígado en grandes dosis. Y a su cerebro.

Siente un mareo devastador que la inmoviliza a un sillón que se agita en un mar proceloso de papeles sucios. En un barco pequeño, muy pequeño.

Muy sola…

Esta parte me gusta especialmente me suelo masturbar a pesar de que la vida es una mierda: se acaricia el sexo evocando placeres que lleva años sin sentir. El clítoris está seco y le duele. El vaivén de su barco en las turbulentas sucias la distrae del placer y no acaba de sacarle placer a ese coño aún lamible. Es extraño ver una mujer haciéndose una paja y llorando.

Mostrando su vagina desflorada a nadie. Nadie le lame el coño.

Es vieja, tiene al menos cincuenta.

Los cincuenta es una mala edad, no acaba de definirnos como viejos ni como maduros. No acaba uno de decidirse por el coito vaginal o el anal.

Tengo que ser sarcástico y divertido porque la mierda que rodea y se come a esta mujer que muere es desesperante. Me infecta el ánimo.

Dan ganas de comer su vómito para llenarme de ansiolíticos también y ayudarle a cruzar el Hades, que no lo haga sola.

Ha muerto ya, se ha puesto histérica cuando sus pulmones no han podido aspirar aire y se ha levantado del sillón, arrepentida. Ha caído al suelo y se ha destrozado la cara al caer sobre la mesita de cristal; no le importaba la cara, solo quería respirar.

No lloro, estoy meando. Los limpiadores de mierda y miseria no somos demasiado escrupulosos.

Coloco la funda de mi Súper-Visor de Mierda GTX-FIC666XPJ5 Tócamelos del revés para protegerlo de la mierda de la noche, que es más traidora. Siempre me llena de nostalgia este momento del día; pero no me voy a suicidar.

No aún.

A la mierda.

Iconoclasta

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