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4
Lo despertó Pilar hacia las siete de la tarde.
-Hola amor. ¿Te encuentras mal? -le acarició la cara besándole en la boca.
Estaba desorientado.
-Me he venido a casa porque no me encontraba bien -dijo sin saber como explicar lo demás.
-Pues no lo parece…
Pilar había tomado con su puño el pene erecto, aunque él no lo había notado.
Se colocó encima de Fausto besándole, se arremangó la falda y se bajó hacia el vientre haciendo un camino de saliva por el pecho de su esposo, por fin se metió el pene en la boca, succionando y lamiendo mientras se sacaba el tanga. Se hizo tan grande que le dolían las mandíbulas. Y su vagina estaba empapada como nunca.
El dolor acudió como un relámpago al vientre de Fausto y Pilar confundió el quejido y el espasmo con placer.
-Tiene que dolerte esto tan duro, mi amor.
Usó sus pechos para masajear el miembro, olía fuerte y la excitaba.
Apenas hubo un segundo de sorpresa cuando se dio cuenta de que el pene ya no estaba unido a su esposo. El meato era una sonrisa ruin presionada entre sus pechos. No comprendía aún; pero estaba tan excitada que no importaba.
Se acercó el pene a la cara y lo acarició con sus mejillas dejándose un rastro de aquella baba excitante en los labios.
– No sé qué está ocurriendo, amor; pero me haces feliz -dijo tumbándose en la cama con aquellos genitales entre sus manos.
Separó las piernas elevando los glúteos sobre la cama y llevó aquello a su sexo, lo metió todo lo profundo que pudo y se dejó hacer.
Sus pechos se agitaban con las embestidas que daba aquel bálano casi negro en su sexo, sus pezones estaban erizados hasta el dolor. Su vientre era un amasijo de nervios que estaban desatando un orgasmo incontrolado. Como a la mañana…
– ¡Otra vez, por favor! ¡Házmelo otra vez, hijo de puta! -decía golpeándose con brutalidad el monte de Venus.
Tardó años en conectarse, en crear la red nerviosa que uniera el micro cerebro que se alojaba en cada testículo con el central. Años de oscuridad, de dependencia total. Mientras tanto, Fausto crecía como un niño cualquiera. Cuarenta y ocho años fueron necesarios para que el hermano-pene pudiera conectarse al cerebro, usarlo y poder tener, aunque fuera breve, autonomía lejos del cuerpo. La parasitación fetal fue perfecta y rápida, la del cuerpo y la mente tardó medio siglo casi. Toda esa información se la lanzaba ese pene-hermano como un reproche y un alarde de su poder.
Fausto ya no podría olvidar esos recuerdos ahora inducidos y absurdos que de repente convirtieron su vida en un simple proceso parasitario de otro ser. Su vida parecía haberse acabado en ese momento, le tocaba vivir al otro.
Pilar extrajo el pene cuando lo notó a punto de eyacular, quería bañarse la cara, la boca y los pechos con aquel magma blanco.
El meato se dilató abriéndose como si fuera un grito mudo y soltó su carga de semen. La mujer se retorcía en la cama sin prestar atención a su marido. Acariciaba delicadamente la cabeza del pene convulsionándose con los últimos ecos de los orgasmos.
Pilar se durmió y el pene se arrastró con cansancio hacia su hermano para acoplarse de nuevo. El hombre cerró los ojos y su conciencia empezó a emerger lentamente.
Cuando tomó el control de su cuerpo, sacudió a Pilar por los hombros. Se encontraba profundamente dormida, tuvo que insistir durante casi cinco minutos hasta que respondió a sus estímulos.
-Maricel ha muerto… No he podido hacer nada. Se metió en su boca y la asfixió.
Pilar parpadeó sin entender, miró la habitación como si recordara lentamente donde se encontraba. Se levantó repentinamente, entendiendo las lejanas palabras de su marido. Corrió hacia la habitación de su hija, por sus muslos Fausto veía resbalar el semen ya frío de su hermano.
Se incorporó intentando correr tras ella, pero se sentía mareado, avanzaba por el pasillo aguantando el equilibrio con las manos en las paredes mientras oía llorar a Pilar.
– ¡Mi niña! ¡Mi niña! La habéis matado…
Fausto la abrazó.
-Hemos de avisar a la policía, hay que hacer algo. Soy un peligro.
Pilar lo observó y los rasgos de su rostro se endurecieron repentinamente. Intentó hablar; pero sus labios se movieron sin decir nada.
-Tranquila, cielo. Esto no nos está pasando… -lloraba Fausto abrazándola.
-No eres un peligro, ni tu hermano. Mari tuvo su oportunidad y no lo aceptó -dijo por fin con la voz serena y fría.
-Estás loca, esa cosa no es mi hermano -gritó negando lo que él mismo sabía.
-Me lo dijo él. Me dijo que durante el coito, hablaron mente con mente y no lo hubiera aceptado jamás. Dijo que lo denunciaría a quien fuera. Amo a tu hermano, Fausto. Lo siento en el alma.
-Esto es una pesadilla y tú estás drogada, algo te ha hecho esta polla de mierda -gritó sujetándose los genitales con los puños crispados.
-Vámonos, huyamos no puedes explicar lo ocurrido y de cualquier forma, tú eres el responsable de su muerte. No sé si acabarás en una cárcel, en un manicomio o en una feria de monstruos. No tienes futuro, Fausto. Y yo necesito estar con vosotros. Con él…
– ¡Estás como una puta cabra, idiota! -le gritó al tiempo que le daba una bofetada- ¿No ves que entre los dos hemos matado a tu hija, nuestra hija?
En su pubis sintió otro trallazo de dolor y sangró el pubis en la zona de acoplamiento, aunque el pene estaba fláccido. Pilar escupía sangre por el labio partido.
-Es tú hermano, acéptalo. Tiene el control. Yo sé de su pesar, ha permanecido casi medio siglo pegado a ti sin ser nada, sin ser nadie. Quiere vivir, es un ser vivo -le dijo acariciándole el pene por encima del pantalón, calmando el dolor.
-Vámonos. Estamos a tiempo… Lejos de aquí pensaremos mejor.
Aunque el cerebro de Pilar ya pensaba donde ir y a quien acudir.
Confuso y derrotado, su esposa lo guió de la mano a la habitación de matrimonio. Se vistieron, hicieron dos mochilas con equipaje y se dirigieron en ascensor al garaje donde aparcaban su vehículo que solo usaban algunos fines de semana.

Iconoclasta

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3

Tomó el metro y transbordó en el tren de cercanías. Trabajaba como especialista en una prensa de moldes de plástico. Llegó dos horas tarde, se sentía mal, con el vientre dolorido y una sensación de náusea.

Lo rutinario y monótono de su trabajo apenas lo abstrajo de sus pensamientos y miedos. No podía dejar de ver a su esposa como en un sueño, a través de una gasa, penetrada por su propio pene oscuro, como si fuera un animal venenoso.

El intenso ruido de la maquinaria pesada no era suficiente para acallar sus miedos.

La prensa bajaba con fuerza haciendo temblar el suelo. Lo hacía miles de veces a la semana; por fin, algo se había roto en toda aquella rutina y se arrepintió de haber deseado muchas veces que algo cambiara en la monotonía de su vida. Ya no sabía si aquello era realidad o un sueño que se repitió hasta el engaño. Lo real era su pene alejándose de su cuerpo, su miedo, la locura…

— ¡Fausto! ¿Qué te pasa? Ve a descansar —le ordenó Sánchez, el supervisor de la planta—. No deberías haber venido, amigo. Ve al médico, porque haces muy mala cara.

Fausto se encontraba inmóvil ensimismado en sus pensamientos y la prensa se había detenido; el personal de la cadena de montaje necesitaba sus piezas.

Lo que verdaderamente le obsesionaba era su propia imagen en el vientre materno. De alguna forma tenía la certeza de ser él aquel feto que flotaba compartiendo útero y placenta con un pene que era su hermano. Dos seres en un mismo vientre, algo imposible que no puede ocurrir.

Si estuviera loco, no habría aquella sangre; si estuviera loco, su esposa lo habría notado. Si estuviera loco, no sería tan extraño todo.

—Lo siento Sánchez. No me encuentro nada bien. Voy a recursos humanos para avisar que voy al médico.

—Tranquilo, ve y descansa. Que te mejores.

Por supuesto, no acudió al médico. Era la una del mediodía del jueves cuando llegó a casa, se metió en la ducha y se estiró desnudo en la cama. Tenía una extraña comezón en el pubis, muy adentro.

Tomó el pene y tiró de él para separarlo. Le produjo un dolor tan intenso que volteó sobre sí mismo en la cama cayendo al suelo. Entre el bello del pubis surgió sangre dibujando el contorno donde se alojaba el bálano-móvil.

La puerta de casa se abrió Se apresuró a meterse en la cama y apareció Maricel en el umbral de la puerta.

— ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué has llegado tan pronto? —le preguntó su hija sorprendida.

—No me encontraba bien, estaba mareado y con dolor de estómago. He pedido permiso por indisposición.

Maricel se acercó y le dio un beso en la mejilla.

— ¿Quieres que te prepare algo o vaya a la farmacia?

— No, esto con un poco de descanso se curará. No te entretengas y ve a comer, que te queda poco tiempo para la próxima clase.

—Sí y hoy comienza un poco más pronto. ¿Lo sabe mamá?

—No la he llamado, no tiene importancia.

Su erección se hizo potente y le dolía, sentía vivamente como el miembro intentaba desprenderse.

Y se desprendió dejando un pequeño rastro de sangre, el último acto de voluntad propia de Fausto fue llevarse las manos al punto de dolor que era el pubis. El pene reptó bajo las sábanas entre sus piernas, su conciencia quedó en un segundo plano y su cuerpo lacio. De una forma impersonal observaba el avance del pene con sus testículos encogiéndose y estirándose con cada avance.

El pene en el vientre materno viajó lentamente desde cerca de su rostro hasta alojarse entre sus incipientes piernas. Recordó aquello como su primer contacto con el dolor, cuando una especie de boca dentada se abrió en la base de aquel pene y rasgó su tejido aún fetal para clavarse a su pubis vacío. Su madre padeció una pequeña hemorragia a la que los médicos no dieron importancia.

Esas visiones las vivía de una forma directa y dolorosa, con todos sus sentidos. Recuerda el miedo, la repulsión que le inspiraba aquella cosa que estaba encerrada con él.

Maricel ya estaba en la cocina preparando la comida del refrigerador para calentarla en el microondas. Vestía un pantalón vaquero ajustado con el botón de la cintura desabrochado y una camiseta de cuello redondo estampada. Su cabello liso y negro estaba recogido en un moño en la coronilla, atravesado por dos lápices con goma de borrar.

El pene entró en la cocina, y se acercó hasta el pie calzado con unas sandalias de tiras de cuero. El glande lucía brillante y mojado, dejaba pequeños hilos de baba enganchados en el suelo que se rompían con el avance. El meato parecía una sonrisa de alma podrida o un ojo ciego del diablo.

Cuando rozó la piel del pie, Maricel se sobresaltó y lanzó un grito de horror ante aquella monstruosidad. El pene la acechaba siguiendo el movimiento de su piel, hasta que le dio una patada lanzándolo fuera de la cocina.

— ¡Papá, papá! —gritaba corriendo hacia la habitación de su padre.

Su padre estaba inmóvil con los ojos abiertos mirando nada.

— ¿Qué te ocurre? —le gritaba zarandeándolo.

La sábana cayó dejando desnudo a su padre, observó con un escalofrío que no tenía genitales y que del gran agujero de su pubis, manaba aún un poco de sangre.

El pene ya se encontraba en el umbral de la puerta. y subió a la cama, reptando por la sábana caída en el suelo.

Maricel subió a la cama, al lado de su padre y le palmeó las mejillas para intentar devolverlo a la conciencia; pero no respondía. Buscaba por el suelo aquella cosa repugnante. No quería separarse de su padre ni para llamar por teléfono para pedir ayuda.

Oyó que algo rozaba la sábana a su espalda y cuando se giró para enfrentarse a lo que fuera, el pene erecto y sobre sus testículos se encontraba en la almohada, casi a la altura de su rostro; le escupió un líquido incoloro y espeso en la cara pringándole los ojos y la boca. Se sintió invadida por un denso olor a orina. Saltó por encima de su padre al suelo, gateó y al llegar a la puerta de la habitación se detuvo. Se puso en pie y se bajó los pantalones y las bragas, para luego acostarse en la cama. Sus dedos acariciaron el monte de Venus depilado, se acariciaba los bordes de los labios de la vagina anticipándose al placer, esperando el pene que reptaba entre sus piernas hacia su coño.

Fausto observaba desde la bruma a su hija con las piernas abiertas y una sonrisa de placer lasciva en la boca, sus labios lucían brillantes por la sustancia que le había escupido su pene, no se limpiaba el moco que se había formado en sus ojos.

El pene presionó su glande empapado contra la vagina y retorciéndose la penetró. Maricel acariciaba aquello que se metía en ella.

— ¡Qué zorra soy! ¡Siempre me ha gustado que me jodan! —gritaba a medida que el bálano profundizaba y se retorcía entre las paredes de su vagina.

Su padre la observaba sin emoción alguna. De su sexo abultado y lleno sobresalían obscenamente unos testículos que se agitaban y acariciaban con el golpeteo el ano rítmicamente.

En el vientre de su madre, su cuerpo ya estaba casi formado y el pene se había integrado plenamente en él. Ya no sentía miedo, estaba alimentándose tranquilo. Oía el sonido exterior a través de la piel del vientre de su madre, como todo crío se familiarizaba con breves mensajes sensoriales del mundo en el que tenía que vivir.

Su pene se agitó y tuvo una pequeñísima erección y le llegó claro el llanto de su madre.

—Yo no quiero este niño, Juan. Es el hijo de quien me violó, sácamelo. Ayúdame a abortar, por favor.

—No lo hagas, Isabel. Yo lo acepto, acéptalo tú, porque si lo haces, un día te arrepentirás y yo también. Somos católicos.

No era un sueño, era un recuerdo latente durante su formación intrauterina, un regalo de su “hermano”. Su madre estaba ya embarazada cuando fue violada, pero el matrimonio no lo sabía. Eran dos hermanos de distinto padre compartiendo un mismo útero. Se sintió furioso y confuso sin que pudiera hacer nada más que estar prisionero en su propio cuerpo.

El pene era el hijo del violador, con toda su tarada genética.

El problema era qué hacer con aquello que se estaba follando a su hija, cómo escapar del pozo donde su conciencia se hallaba y tomar el control de su cuerpo.

Y se colapsó dentro de sí mismo ante la carga emocional. Su existencia se había limitado en ese momento a ser los ojos de los genitales que estaban violando a su hija. Lloraba por dentro.

Maricel estaba llegando al orgasmo y llevó sus manos entre las piernas para acariciar los testículos y meterse el pene más adentro, con más fuerza de lo que lo hacía.

— ¡Hijo de putaaaaaaa…! ¡Por el amor de Dios, me estás matando de placer! ¡Así, así, así…!

Su espalda se arqueó cuando los testículos soltaron su carga seminal, llevó los brazos tras la cabeza. Su pelvis estaba alzada y su sexo chorreaba semen entre los resquicios del coito. Sacó aquella carne oscura de su vagina, se encontraba cubierto de esperma, resbaladizo. Tomó con las dos manos el pesado glande, abrió la boca cuanto pudo y se metió esa carne hirviendo de calor y sangre, lo lamió hasta que no quedó rastro de esperma.

— ¡Es delicioso! Dame más —dijo sosteniéndolo entre sus manos en alto, observándolo con admiración.

Y en una fracción de segundo, los ojos de Maricel se llenaron de horror. La realidad se hizo patente con un fogonazo de luz en su cerebro y sintió asco y rechazo.

A punto de lanzar aquella obscenidad lejos de sí, el pene se revolvió entre sus manos para hundirse en su boca de nuevo. Maricel tragó aquella baba narcótica y volvió al estado de excitación sexual en apenas unos segundos. En un principio se pellizcó los pezones excitándose de nuevo por la felación que estaba haciendo y de repente pataleó desesperada intentando sacarse aquel trozo de carne que estaba obstruyendo su garganta, casi dos minutos después murió asfixiada. Una nueva andanada de semen bajaba por la comisura de sus labios, por el mentón regando el cuello ya muerto.

El pene cayó exhausto en la cama, y lentamente se dirigió a su alojamiento entre las piernas de Fausto. Cuando se acopló, quedó lacio y los ojos del hombre se cerraron.

Pasaron cinco minutos hasta que por fin pudo adquirir conciencia y se apresuró a hacer el boca a boca a su hija, le hizo masajes cardíacos como había aprendido en los cursos de primeros auxilios de la empresa; pero a cada segundo estaba más fría.

Escupió restos de semen que había en la boca de su niña y se derrumbó llorando y abrazándola.

Apenas eran las dos de la tarde.

Arrastró el cuerpo de Maricel a su habitación porque no sabía que hacer y debía hacer algo, lo que fuera. Debía alejar a su hija de él mismo, lo debería haber hecho antes, cuando se excitó la noche pasada viéndola en ropa interior.

Intentaba pensar con claridad, cómo actuar, cómo explicar lo ocurrido. Porque la única explicación posible era que él había violado y matado a su hija.

El dolor y la confusión eran abrumadores. Se estiró en la cama y durmió porque su mente estaba completamente dislocada.

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2

A la mañana siguiente se despertó relajado, sin recuerdos sobre el día anterior, como si hubiera sido un difuso sueño. Cuando intentó orinar, sintió que su cabeza daba vueltas y se hacía todo oscuro, un ataque de pánico le cortaba la respiración.

No tenía pene, ni testículos. Sintió náuseas pero no vomitó nada, solo bilis amarga y el estómago le dolió.

Venciendo el pánico se miró al espejo, no había nada entre sus piernas, solo un agujero profundo en el pubis, allá donde antes estaba su pene. Había sangre seca en el pantalón.

Intentando no gemir con fuerza, conteniendo miedo y llanto, entró de nuevo en la habitación. Usando la pantalla del móvil iluminó el interior de la cama para no despertar a a su esposa.

Las sábanas tenían pequeñas gotas de sangre seca; pero no veía sus genitales allí. De pronto, Pilar dejó escapar un gemido débil y separó las piernas. Fausto alzó la sábana para iluminarla: sus bragas estaban enredadas en la pierna izquierda y en su sexo se encontraba algo encajado, llenándolo de una forma obscena. Otro nuevo gemido se escapó con sensualidad de los labios de la mujer y en su vagina captó el movimiento de un pene allí enterrado y unos testículos agitados, contrayéndose espasmódicamente. Eran los suyos.

Sintió que el mundo le daba vueltas y lo abandonaba. Intentó levantarse, pero quedó tendido en la cama.

Sonó el despertador de Pilar, eran las siete treinta, una hora y media había pasado desde que despertara por primera vez.

Se palpó rápidamente y sus genitales se encontraban allí, donde debían estar. Quiso llorar de alivio.

Pilar no se despertaba, dormía plácida y profundamente.

— ¡Cariño, despierta! Es hora de levantarse.

Su esposa se dio la vuelta y le besó profundamente.

— ¡Qué me has hecho, cabrón! Házmelo otra vez, métemela en el culo también porque me corro solo de pensarlo —hablaba con la voz adormecida y aferrando el pene de su marido a través del pijama.

Ella nunca se había expresado así.

Fausto no pudo responder, su visión se hizo oscura, un dolor fortísimo se instaló en su bajo vientre como un cólico y notó con terror sus genitales separarse de él con un sonido líquido y la sensación de perder sangre.

La mujer se había abrazado a su cuello y le besaba la boca. Él estaba en algún lugar oscuro y cuando su mujer lanzó un gemido de placer solo pudo imaginar vagamente lo que ocurría.

Separó las piernas y el pene entró en su vagina reptando por el muslo, estaba tan excitada que no se daba cuenta de que el cuerpo de su marido estaba completamente inmóvil.

— ¡Te ha crecido, mi amor! La tienes enorme —susurraba moviendo su pubis contra el de su marido.

A Pilar se le detuvo por unos segundos la respiración y dejó ir un suspiro profundo, se separó de su marido y se colocó a cuatro patas sobre el colchón, sus pesados pechos se agitaban con una respiración ansiosa. Los ojos de Fausto estaban abiertos, pero no veía nada en su conciencia. El pene, arrastrando los testículos, se deslizó por la vagina hasta el ano y allí retorciéndose como un gusano, consiguió alojarse. Pilar sudaba y sus puños estaban cerrados. Comenzó a respirar rápida y brevemente para acomodarse al dolor y al placer.

Sus ojos observaban cada detalle; pero no era para su disfrute, eran los ojos del pene. Mientras tanto, Fausto el hombre, evocaba las imágenes de dos seres en un vientre materno. Uno de ellos aún incompleto, sin pene. El otro ser era unos genitales alimentándose de la misma placenta, un pequeño cordón umbilical, como una raíz, entraba en el meato de aquel minúsculo miembro que flotaba ingrávido muy cerca de su rostro aún no formado.

Era una pesadilla, era un horror…

Pilar hundió la cara en la almohada para no gritar, sus glúteos se agitaban suavemente con el movimiento del pene. De pronto, los testículos se contrajeron y lanzaron el semen hacia el glande enterrado. El esperma comenzó a rezumar lentamente entre los glúteos para caer en la sábana resbalando por los huevos que colgaban ahora pesados. La mujer se desmayó y el pene se desprendió del ano. Usando los ojos de Fausto, se dirigió reptando al pubis y se instaló de nuevo entre las piernas provocando un ligero dolor. Los ojos del hombre se cerraron y quedó inconsciente.

El despertador volvió a insistir a los diez minutos. Y fue Pilar la que se despertó.

— ¡Amor, se nos ha hecho tarde! Cómo me duele el culo… Lo repetiremos.

Encendió la luz de la mesita de noche y vio la sangre.

—Quien me iba a decir que volverían a desvirgarme a mi edad…

Fausto se puso en pie, todo parecía irreal, su mujer, su voz, sus comentarios, su cuerpo y su polla. No estaba bien, no conocía nada de esto. Era él quien se sentía lejano de su cuerpo.

En apenas media hora, Pilar se había duchado, vestido y ya salía taconeando rápidamente por la puerta de casa. Trabajaba como funcionaria en el registro de la propiedad intelectual.

Pilar pasaría todo el día pensando en el acto sexual de esa mañana de una forma obsesiva.

Fausto salió diez minutos más tarde y se despidió de Maricel sin entrar en su cuarto, tocando a la puerta.

—Me voy que he hecho tarde. Que te vaya bien en la facultad. ¿Vendrás tarde?

—Como ayer —contestó su hija con voz somnolienta y tapándose la cabeza con la almohada.

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1

Algo no era normal en el pene y los testículos, no parecían ser un todo en su cuerpo.

Las sensaciones que percibía en la piel de los genitales no eran directas, parecían retardadas, lejanas; la impresión de entumecimiento cuando una mano se duerme por una prolongada inactividad.

Eran las seis de la mañana cuando orinaba tras despertar para empezar una jornada laboral. Dejó caer en el inodoro unas gotas de sangre, cosa que le preocupó; pero la jornada laboral lo mantuvo distraído de ese temor y a lo largo del día no hubo más sangre.

Fausto y Pilar estaban cenando en el comedor, en el televisor emitían las mismas aburridas noticias de cada día.

—Es extraño. Esta mañana he orinado unas gotas de sangre y no he sentido ninguna molestia.

Su mujer tragó la porción de ensalada que estaba comiendo.

—Sí que es raro, deberías ir al médico y comentarlo.

—Si vuelvo a mear sangre, iré.

—No te costaría ir mañana cuando salgas de la fábrica.

—Ya veremos. Si tengo ganas…

—No irás —respondió Pilar desviando la mirada al televisor para acabar la conversación.

Se le cayó la aceituna del tenedor, rodó por el escote y se detuvo entre los pechos.

—Eso te pasa por tener esas tetas tan grandes —bromeó Fausto tomando la aceituna y llevándosela a la boca antes de que Pilar se limpiara.

La mujer se sintió halagada y le besó los labios.

Fausto tuvo una sorprendente erección, fue tan rápida que no se dio cuenta del proceso, no fue consciente de su excitación hasta que sintió la tensión en el pantalón del pijama que vestía.

Y volvió con más fuerza la sensación de que sus genitales estaban “despegados” de su cuerpo y las señales sensoriales llegaran retardadas, diluidas. Pensó que no llegaba bien la sangre a esa zona de su cuerpo, de ahí ese adormecimiento. Sin embargo su pene, cabeceaba excitado, henchido de sangre, sin duda alguna.

— ¡Fausto! ¿Te dijo Mari a qué hora llegaría? Son casi las diez.

Su mujer lo miraba furiosa, era la segunda vez que le preguntaba lo mismo durante el tiempo que Fausto pensaba en sus genitales.

—No, no me dijo nada —respondió sorprendido.

Pilar cambió de canal para ver un programa de entrevistas a famosos.

Su marido se estaba tocando el pene discretamente bajo la mesa. En efecto, tenía menos sensibilidad. Pensó en la próstata, tenía cuarenta y ocho años.

Eran las diez de la noche cuando recogieron los restos de la cena y se sentaron en los sillones de la sala para ver la tele cuando escucharon el ascensor llegar a su planta. En unos segundos la puerta de casa se abrió.

— ¡Buenas noches! —saludó Maricel al entrar en el comedor.

Se acercó a su padre y a su madre para saludarlos con un beso.

— ¿Cómo te ha ido en el gimnasio? —preguntó su padre.

—Como siempre: lo más duro la bici, lo más delicioso la piscina.

—Sírvete pan con tomate y tortilla, la he dejado en la encimera tapada.

—Ya he cenado, mamá. Me comido una ensalada con Mario al salir del gimnasio.

Fausto sufrió una repentina punzada de dolor en el interior del pubis y su pene se endureció aún más, hasta el dolor.

Se dio cuenta que estaba observando fijamente el inicio de los desarrollados pechos de su hija. La blonda de su sujetador color crema asomaba entre el cuello de pico de la camiseta que vestía.

— ¿Dónde está el pijama blanco? —le preguntaba a su madre al tiempo que se sacaba la camiseta camino a su cuarto.

Fausto tomó el control de su voluntad, dejó de mirar a su hija y cruzó las piernas para ocultar la erección.

El dolor había disminuido, pero sudaba abundantemente.

Cuando escuchó que Maricel cerraba la puerta de su habitación al final del pasillo, se levantó para ir al lavabo. Se desnudó de cintura para abajo, orinó y dejó caer un par de gotas de sangre de nuevo. Entre sus dedos sentía extraña la carne del pene.

Un súbito movimiento en lo profundo del pubis lo alarmó. Sentía que algo se conectaba y desconectaba allá dentro, en su carne, en sus cojones. Pensaba concretamente que se le iba a “caer la polla al suelo”.

Se sentó en la tapa del inodoro y encendió un cigarrillo que sacó del cajón bajo el lavabo.

Pensaba en infecciones y en cáncer, en operaciones y muerte.

Se obligó a serenarse y observó como el pene se relajaba y encogía recuperando su tono de piel normal. Porque hacía unos segundos, se encontraba amoratado, casi negro. Como si un torniquete en sus tripas le hubiera cortado el flujo sanguíneo.

El movimiento en el pubis cesó y el miedo se diluyó; el miedo venía de la posibilidad de que el pene se le desprendiera del cuerpo. Así de brutal, así de imposible.

Las molestias ya habían cesado por completo cuando casi había consumido el cigarrillo. Tomó el pene con la mano y lo agitó para convencerse de que estaba sólidamente pegado a él. Tiró del prepucio para descubrir y el glande: se encontraba rosado, con buen color y una capa brillante y resbaladiza de fluido lubricante como era habitual por una erección.

Respiró aliviado, se subió los pantalones y abrió la puerta del lavabo topándose súbitamente con su hija que iba a entrar en ese mismo instante.

— ¡Papá, no fumes en el lavabo! Huele fatal.

— ¡Déjalo, Mari! ¡Se lo he dicho cientos de veces pero ni caso! ¡Fausto, tira ambientador al menos! —gritó Pilar desde el salón.

Maricel vestía un tanga amarillo y un sujetador de algodón sin costuras, los pezones de diecinueve años ponían a prueba la integridad de la tela. Entró en el lavabo y cerró la puerta.

Con una nueva punzada de dolor, visualizó en su mente el pene alojado entre sus pechos. La imaginó gritando aterrorizada con la vagina a punto de reventar llena de su pene, como un dildo de carne y sangre removiéndose en su coño, inquieto, sin pausa. La imaginó cambiando su miedo por placer a medida que el pene tomaba un ritmo más intenso y violento, entrando y saliendo de su sexo como una monstruosa oruga empapada en la mezcla de sangre y fluido que manaba de la vagina desgarrada.

Se apoyó en la puerta del lavabo agarrándose los genitales e intentando borrar aquellas imágenes de su cabeza. Cuando el pene quedó fláccido, se dirigió al salón.

—Me voy a meter ya en la cama, Pilar.

—Yo me quedo a acabar de ver el programa —dijo levantándose de la butaca para darle un beso —. Descansa.

—Buenas noches, cariño.

Se metió en la cama pensando que pasaría la noche en vela preocupado por lo que le estaba ocurriendo; pero apenas se estiró en la cama, sus ojos se cerraron y su respiración se hizo lenta y profunda.

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Deuteronomio capítulo 27, versículos 14 al 26. Capítulo 28, versículos 1 al 4
(Dt 27, 14-26. Dt 28, 1-4)
Maldiciones y bendiciones
6 últimas páginas.

Tengo una erección y se revela así la dura y larga realidad: la polla dura es una horizontalidad trémula, incontenible y feroz.
Pienso que la erección es horizontal como la muerte y la mediocridad. Puedo arreglarlo, puedo verticalizar lo erróneo.
Presiono en el nacimiento del bálano y lo obligo a bajar, fuerzo a que el filamento del deseo se descuelgue perpendicular al suelo, como lo está mi pijo
ardiendo; para que se pegue la hebra de baba olorosa entre el vello de mis
piernas.
El hecho de obligar a que el glande apunte con su ojo ciego y fiero al suelo, es masturbación. La verticalidad, el peso, la gravedad, la presión son factores que acarician mi sensibilizado meato, que se abre hambriento buscando ciego una caverna de carne elástica donde meterse.
En la horizontalidad todo es demasiado fácil y previsible. En la verticalidad sudo y mis cojones cuelgan henchidos de semen para ella. Para su boca.
Para su puta boca.
Para su sagrada boca.
Para su amada boca.
Hay un agolpamiento de sangre inmediato y mi fantasía me lleva a pensar que me agarra la polla con sus finos dedos y me acaricia como a un caballo. Soy una bestia con la polla dura y vertical, soy el martillo de las mujeres, el falo impío. Soy la paja que se hacen al lado de sus maridos y de sus amantes cuando éstos duermen.
Así me gusta que me coma el rabo: yo lo mantengo recto y vertical. Ella recibe toda esa dureza y gravedad entre mis piernas, con mis cojones acariciando su frente. Con el vello enredado entre su cabello rizado y opulento. Leonino…
Que mire al cielo y su boca se llene de mí.
Los dioses son verticales, nos escupen desde allá arriba y hacen patente nuestra planicie.
Es algo que tiene arreglo.
Llenar vertical y con presión su boca con mi semen…
Mi polla es plomada. Una sacralidad como lo son sus pezones duros y perpendiculares al eje de mis cojones pesados y a punto de reventar.
Me excita la verticalidad, porque la raja de su coño es recta como a plomo caen las lágrimas de la Virgen María y las de una madre que sostiene el cadáver de su hijo, al que parió tras ser follada, con toda probabilidad horizontalmente.
Su boca se llena de mí, su cuello estirado,
sus ojos observando mis cojones y mi próstata, su coño dejando una mancha brillante en el suelo, su clítoris enorme sobresale pornográfico hasta forzar mi
masturbación. Todo eso revela la verticalidad.
Son detalles que convierten a la horizontalidad en algo aburrido.
Mi mano tiembla ante lo inevitable, ante mi corrida, ante la sagrada eyaculación que me hace abominable a ojos de puritanos y fariseos, porque se folla a oscuras y horizontal. Es una lucha de semen derramado contra los dioses y la horizontalidad.
No es cruenta, solo láctea. ¿Dios se puede quedar embarazado si toma de mi leche divina?
No sé, son cosas que uno piensa, son blasfemias que nacen de la vertiginosa y pornógrafa verticalidad.
Mi amor succiona y succiona. Temo que me arranque el pijo…
La penetro verticalmente y ella alza sus nalgas para que se haga mi voluntad. La jodo con fuerza para acariciar con mi pijo su sagrado útero si pudiera. Empalarla de tanto que la deseo…
Que piense, que crea que algo extraño se ha clavado profundamente en sus entrañas.
Que sienta que hace lo contrario a parir.
La verticalidad no tiene piedad, yo tampoco.
Y mi amor carece de escrúpulos.
La horizontalidad es muerte y un descanso para el corazón.
¿Quién quiere eso?
Traga mi amor, toma la eucaristía vertical de mi polla en tu sagrada raja.
Seguiremos en pie, rectos e imbatibles con el fluido de tu coño y mi semen goteando y marcando la verticalidad que creían ostentar los dioses idiotas y la naturaleza imbécil y estúpida.
Iconoclasta

Suelen salir mal las cosas por ninguna razón en especial. Y no es que salgan mal, sino que ya lo estaban. A veces (asaz de ellas) los genitales toman el control. Los humanos creyendo que el cerebro se encuentra en los testículos o la vagina, estos detalles de perspectiva les pasan desapercibidos y no se enteran del mundo en el que viven. Y mucho menos de su propia estupidez.

El humano es un ser confuso, desconoce su propia naturaleza y sus limitaciones.

Ojalá un día el analfabetismo se erradicara y supieran de una vez por todas que el cerebro no se encuentra en los cojones o entre los pliegues del coño.

No lo saben y siguen rigiéndose en cuestiones románticas, sociales, económicas y religiosas por estos órganos genésicos tan alejados del cerebro, que aunque sea muy pequeño y con escasa operatividad en el 99,8 % de los humanos, no deja de ser el que de verdad rige el intelecto.

Si tuviera la peña la más mínima capacidad de síntesis, lo habrían aprendido en sus primeros años de vida viendo cualquier mierda de programa televisivo. Incluso en los primeros libros de texto de la infancia se hace mención del cerebro.

O sea, que hacen lo que les sale de la polla o el coño sin capacidad de elegir, de una forma habitual y mediocre.

Y así, cuestiones como pobreza, hijos no deseados, religión, cuernos y un compulsivo deseo de cambiar de teléfono móvil cada dos meses, son solo baladíes actos de una polla o un coño demasiado inquietos.

Los humanos se “aman” entre coitos y felaciones, teléfonos e imágenes jpg, y comida barata con refresco de a céntimo el litro en el supermercado; pero como lo hacen usando los genitales y sin pensar, todos estos animales tienen cabida en el paraíso porque no hay pecado en las bestias.

Ergo el paraíso es un centro para deficientes mentales y el planeta Tierra un criadero de subnormales.

Y lo que salta a la vista es que el aborto no solo debería ser legalizado, sino que debería ser forzoso.

Claro que si dejaran de nacer subnormales, los curas se quedaban sin feligreses y los políticos sin votantes.

Y las casas de telefonía móvil se iban a la mierda en dos días.

Sería el caos…

Maravilloso.

A mí me suda la polla.

Iconoclasta

No estoy de acuerdo con el tan explotado beso de amor.

Ni siquiera con el amor.

El beso es solo una muestra de libido con la que se busca algo de trascendencia a todo ese apareamiento con un romanticismo de novelucha de quiosco.

Yo solo sé, que si hubiera amor, residiría en su sexo. Por ello lo busco y me trago su coño entero.

No entiendo el amor si no es a través de su vulva elástica, viscosa y hambrienta.

Succiono su clítoris hasta que la presión de mis labios lo hace enorme, hasta que sus labios íntimos se abren tímidamente como alas de mariposa recién salida de la crisálida, así de húmedas… Y puedo aferrar con los dientes esas alas sintiendo la cabeza de la mariposa presionar contra mis incisivos. Su clítoris es una pura muestra de deseo, sin estupideces de amor.

Si tuviera alma o amor, no residiría en su corazón, está en su coño. Lo sé porque ese espíritu de amor se derrama en una viscosidad que crispa las venas de mi pene y suaviza mis cuerdas vocales cuando mi lengua la desliza por la garganta.

Su coño es la esencia de la vida. De la suya.

A veces de la mía; aunque no importa cuantas veces lo haya sido, no importa siquiera si nunca lo ha sido.

Devorando su coño, estas cosas no se plantean.

No en el corazón, no en su privilegiado cerebro. No se aloja ahí la esencia de lo que busco.

No me preocupa que me ame, ni me preocupa amarla. Solo investigo y busco.

Soy curioso, soy espeleólogo.

Todo son mentiras de literatura barata para disfrazar el deseo sexual y hacernos importante, inteligentes, psíquicos…

Soy científico desbaratando mitos y falsos delirios de amor ultrahumano.

Por ello también hundo mi dedo en su coño para dilatarlo. Y luego meto otro, y otro… Hasta que le quepa el puño entero lubricado por su deseo y pueda dar así, con la existencia del amor.

Y tal vez tomar una muestra para analizarla en algún erotomicroscopio.

Sin embargo, me entretengo en lamer mis dedos untados de su esencia viscosa y lechosa como el león limpia sus garras después de abrir a su presa: sabe a mujer y su coño es lo que es, no hay nada más que un deseo desmedido. Una vagina hambrienta, tanto como mi pene balanceándose frente a lo que desea invadir.

Eso no es amor. Tal vez el amor solo pueda identificarlo el enamorado… Tal vez no me corresponde descubrirlo.

Sigo buscando dentro de ella, aunque a veces solo siento placer y eso entorpece y hace lenta mi búsqueda. Metérsela es como resbalar por un vertiginoso tobogán no encuentro dirección ni sentido, se me pierde la horizontalidad y la verticalidad de la vida dentro de su coño.

Puedo sentir en mi glande henchido de sangre su placer, su tremendo éxtasis. No importa en quien piense, la jodo y ya está. Es el único hecho tangible.

Ella con su coño lleno y yo con mi pene arropado, nos alejamos de la cordura por el camino del placer, cada uno con su locura. Cosa que no importa, el placer no es bueno discutirlo, es un regalo de Dios. Y Dios ahora mismo está en mi glande y en su clítoris.

Preciosa la comunión de la carne…

Vuelvo a su coño porque me enloquece lo que pudiera esconder y lo que se le escapa y derrama. Aspiro, lamo y bebo. No importa por quien sea toda esa parafernalia de placer, sabe bien.

Su pelvis presiona contra mi boca, se mueve salvaje buscando el roce brutal; aún a costa de mi respiración. Tal vez sea eso el amor, esa fuerza intensa, ese buscar por todos los medios el placer; cuando se agita hasta para dañarse contra mis dientes.

No me ama, a pesar de que su coño está lleno de amor.

Está bien, es bueno. Es importante no hacerse ilusiones pueriles.

No es por mí toda ese deseo que nace de lo profundo. Soy un medio de desahogo. Solo soy una boca y una polla. Cosa que no importa, soy un buen científico, soy un espeleólogo.

Y mientras explota el placer nos hacemos animales, nos olvidamos de respirar para gemir roncos.

Follar es más intenso que morir e igual de sencillo.

No… Los besos son una pobre muestra de amor. Ni siquiera se le debería llamar amor. Una buena mamada llega mucho más profunda y es sincera y es real y es una pelvis enloquecida…

Los besos solo son el pago a cuenta de dos seres ambiciosos de devorarse y penetrarse, cosa de adolescentes a los que aún no se les ha desarrollado todo el vello.

Enciendo el cigarro. Me doy cuenta de que no he encontrado el tan buscado amor. Pienso que debe estar más profundo y que me falta longitud de pene para llegar allí.

O simplemente no sea yo el que pueda encontrarlo, tal vez el coño sabe a quién ama y qué le entrega.

Me conformo con lo que me toca, ya habrá tiempo después para perder la curiosidad.

No está tan mal investigar, la ciencia me pone cachondo.

Hay búsquedas y estudios que proporcionan un placer no solo intelectual o el tan mitificado reto a la inteligencia. No todo va a ser angustia, para variar.

“Un regalo de Dios…” No jodas… Menuda estupidez.

Qué chocho…

Iconoclasta

Yo no viajo; pero ellas vienen a mí en peregrinación desde muchos países. Soy como la Virgen de Lourdes; pero con polla.

Es el precio de la fama de un probador de condones.

Y os digo una cosa: si queréis una buena mamada explosiva, rápida y con verdaderas ganas, viajad.

Las provincianas nativas del país que visitéis (siempre y cuando vuestra piel tenga un tono más claro que el del resto de aborígenes del país), os la comerán como nunca antes habíais conocido.

Nada parecido a la de vuestras putas habituales o santas (esposas), que las hacen largas, desganadas, con la boca seca y un chicle entre las muelas y las mejillas.

Las mamadas de las provincianas o palurdas que visitáis, son de una potencia y rapidez que jamás hayáis conocido. Y sin romance previo ni pérdida de tiempo que es lo bueno. Esas mamadas ni siquiera se piden, te las regalan hasta que se te arruga el pijo. Y pasas de una boca a otra con una facilidad que luego, pasada la euforia, es repugnante.

Y piensas con asco en que no deberías haberles besado la boca.

Las hay que pagarán para haceros esa potente mamada, solo es cuestión de que no os dé el sol durante unos días antes de viajar.

Recordad, nadie es profeta en su tierra y siempre es un orgullo llevarse las orejas y el rabo del cornudo de su palurdo marido a vuestro país de residencia como souvenir.

Yo sí soy profeta, pero soy un caso singular.

Siempre abundante: El Probador de Condones.

Iconoclasta

Me encontraba cómodamente sentado en el sillón tras la cena, comiendo pastelillos de crema y fumando. Mi santa se pintaba las uñas sin apenas hacer caso al programa de televisión. Se trataba de un documental de NatGeo Xtreme, la vida de una manada de chimpancés en pleno centro de la selva Lacachondona que queda por el nordeste de México fronterizo con Argentina si no recuerdo mal. De cualquier forma, lo que importa son las emociones, la cultura la uso de lubricante peneano muy a menudo.

Lo mejor fue cuando se mostró como el grupo de machos jóvenes, descuartizaba al viejo jefe de la manada. Se me cayó al suelo un trozo de pastelillo en esa escena que me emocionaba vivamente.

—Mari, se ha caído un trozo de pastel.

—Pues que lo recoja tu madre —dijo sin alzar la vista de las uñas.

Y observando su braguita blanca manchada de rojo, pensé en la menstruación y sus efectos secundarios.

En el momento en el que uno de los chimpancés jóvenes le devoraba la oreja al viejo, le dije a mi esposa para relajar el ambiente.

—Mira como se parece a tu padre comiendo con ansia en el bufet libre ese chimpancé.

—Y tu madre es puta —me respondió, otra vez, sin dejar de trabajar sus uñas.

Tenía mucha regla, era mejor no hablarle.

Y me enfrasqué en mis reflexiones, evoqué momentos de mi vida y las escenas de los monos pasaban monótona y aburridamente ante mis ojos y las uñas de mi santa.

Reflexioné sobre la 3ª edad, los jubilados y pensionistas. De cómo se comen con voracidad todo aquello que es gratis y de bufet libre, aunque sea mierda, durante sus viajes baratos a destinos turísticos en temporada baja.

Como es habitual en todas las fábricas, se organizan visitas para promocionar sus productos y demostrar su calidad a la ciudadanía, sobre todo a los colegios.

Debido a la cantidad tan grande que hay de pensionistas que necesitan distraerse y comer barato, muchos no encuentran plazas en las ofertas que la administración pública ofrece en las agencias de viajes. El gobierno español se puso en contacto con las empresas para que ofrecieran a los viejos parte de sus productos caducos y de promoción: baratijas, llaveros, bolígrafos, comida pasada, condones rotos, bolsas de plástico sucias con propaganda de aceites automotrices para llevar el pan, etc…

De esta forma la empresas tenían publicidad casi gratis, ya que solo costeaban una parte de los autocares y las bebidas (también caducadas y de oferta) que les ofrecían durante la visita a la fábrica.

Y bueno, a los viejos mediocres les das un asiento en algo que se mueve, un poco de pan duro gratis con tocino rancio y algunas baratijas para que se metan en sus bolsos y van más contentos que mierda en bote. Se pelean como niños por conseguir más basura que sus compañeros de viaje y se pasan el día la hostia puta de distraídos.

Aquel día recibí la visita en mi departamento de la relaciones públicas (public relations para ser más snob) de la fábrica de condones.

—Buenos días, Iconoclasta. Dentro de una hora y media llega de visita un grupo de ancianos para hacer el tour por la fábrica. ¿Podrías hacer unas pruebas de lotes cuando ellos lleguen?

— Claro, no faltaba más, Marga. ¿Vas a hacer el test del lote conmigo? Hace tiempo que no te apuntas.

— No podré, tengo que preparar otras visitas y chupársela a mi jefe dentro de un cuarto de hora para que me apruebe una subida de sueldo.

—No jodas… Pues ve con cuidado, porque el otro día Lourdes necesitaba un permiso de dos días y dijo que tenía una llaga purulenta en el glande.

—Pues sí, y ya vengo preparada —dijo mostrándome una crema antibiótica que sacó del bolso y subiéndose la falda para mostrar que no llevaba ropa interior.

Yo pensé en la discriminación laboral de la mujer, mientras mi alter ego (mi polla) lo hacía en meterse dentro de aquel apetecible coño.

—Entre los ancianos repartiremos boletos para que participen en el test. Pedrito el mongol te traerá un par de cajas con números, deberás sacar ante ellos uno para mujeres y otro para hombres. Los que ganen harán el test contigo.

—Ah, no… Yo no me tiro a un vejestorio.

—Cobrarás las horas a precio de extras —me contestó.

—Podríamos dar más oportunidades y que puedan ser cuatro los elegidos —contesté llevado por mi cariño hacia los ancianos.

Ya eran las doce del mediodía, cuando escuché alboroto por el pasillo. Vi a una caterva de veinte ancianos y ancianas casi trotando en dirección al ventanal de demostraciones de mi cubículo. O sea, hacia mí, contra mí.

Algunos llevaban andaderas y avanzaban poco a poco obstaculizando el paso a los demás para hacerse sitio ante el ventanal; pero los más ágiles saltaron por encima de ellos y los adelantaron.

El guía (Jenaro, el encargado de la limpieza de los aseos), les decía algo pero nadie le hacía caso, así que enseguida se perdió para fumarse un cigarro. Lo sé porque se estaba sacando el paquete de tabaco del bolsillo. Soy sagaz.

Y sentí envidia.

A los pocos minutos llegó Pedrito, el mongol (también conocido como síndrome de Down, tengo cultura) que repartía el correo por las distintas áreas y departamentos de la empresa.

— ¡Hola Iconoclazzta! Te traigo lozz numedozz para el zzorteo de loz viejozzz.

— ¿Quieres quedarte? Te dejo que hagas una prueba del smartcondón, cuando llegas al orgasmo envía un estado de felicidad al feisbuk y al tuiter.

—Una mied-da a mí no me guz-ztan laz viejaz. Ademáz, me ha pedido Mad-ga que vaya a folladla porque zu jefe le ha dado el aumento, pedo no la ha dejado a guzto y no quiede maztudbadze zola.

—Pues vete a la mierda, deficiente mental desagradecido.

—Tu puta mad-dre —dijo cerrando la puerta.

Los viejos ya habían ensuciado el cristal con sus babas y estaban ansiosos por saber quien sería el ganador, me mostraban sus boletos agitándolos en las manos y golpeando la ventana con sus miradas pletóricas de ambición y lujuria.

Sentí un vacío en el estómago al sentirme un hombre objeto, una cosa sexual; pero como soy de naturaleza ególatra me quité los pantalones y los calzoncillos y estimulé el pene para que se pusiera erecto ante el público. Todos sudaban, unos por envidia, otros por deseo. Cuando me unté lentamente el pene con lubricante y descubrí mi glande estratégicamente expuesto bajo el foco de la luz para que brillara como una gema, una mujer de unas dos toneladas de peso tuvo una lipotimia y no se cayó al suelo porque estaba apretada por el resto de cuerpos. Supe de su desmayo cuando acabó la demostración, al ver el cuerpo tendido en el suelo; cuando Jenaro el guía les invitó a que continuaran la visita en el departamento de lubricantes. Allí les entregarían a cada uno un tubito promocional que caducó hace cinco años. Los viejos y viejas corrieron como los niños atletas griegos en las efebías delante de un látigo. Incluso la gorda de la lipotimia, pareció querer incorporarse al oír la palabra “obsequio”.

En fin, que como tengo mi propio “esclavo” para ciertos trabajos, llamé a Ahmed el mal pagado y sin papeles moro marroquí para que viniera a ayudarme. Él existe y cobra lo poco que cobra para hacer lo que yo no quiero, y esto es: los test anales. En mi culo no entra nada más que mis dedos cuando me limpio después de cagar. Para esto están las razas inferiores, él lo sabe, yo lo sé y todos los sabemos: para que les den por culo. Según lo que haya que llevarse a la boca también están para eso. De vez en cuando, le invito a fumar si noto que se siente muy inferior y aliento su ánimo con una hipócrita cordialidad.

Cuando colgué el teléfono decidí darle más clase e interés a la demostración: arrastré el glande por la ventana y un viejo con un ya notable alzheimer, pretendía cogerlo con ademanes de subnormal. Me lo pasé un rato bien con aquel idiota.

Acto seguido saqué el número 13 de la caja de mujeres y el 11,5 de los hombres, pensé en Pedrito y sus nuevas clases tardías de números decimales.

Los expuse ante la congregación matusalénica y una vieja comenzó a saltar de alegría con su boleto en la mano, parecía un escupitajo en una plancha caliente. Le señalé con el dedo que entrara en el cubículo. El viejo que estaba muy contento también con su número en la mano, se sujetaba algo bajo la camisa mientras recibía las felicitaciones envidiosas de sus colegas.

—Buenos días, señor Iconoclasta, no sabe lo contenta que estoy.

— ¿Cómo te llamas?

—Gumersinda Riduarejo de la Paz Santa.

—Encantado de conocerte, Gumer. Vamos a empezar el test: primero me has de hacer una mamada, luego te penetraré hasta que tu cuello se ponga tieso como el de una gallina de las de tu pueblo.

Me sonrió, pareció no sentirse ofendida por mi forma brusca de hablar, pero vi que usaba audífonos cuando se bajaba las enormes bragas arremangándose el vestido. Era un poco sorda.

El pelo de su coño estaba blanco como el de su cabeza y cerré los ojos para no perder la erección.

La vieja se sacó la dentadura postiza empujándola con la lengua y la metió en el vaso de cerveza que usamos de cenicero yo y mis colegas (creo que su visión tampoco era muy aguda). A pesar de tener unas rodillas artríticas como troncos de olivos, se arrodilló sin titubeos y se tragó mi pene como si fuera el chocolate que les regalan a los jubilados en los viajes baratos de fin de semana a Suiza.

A mitad de mamada, cuando ya me aburría de lo mal que lo hacía, irrumpió en el cubículo uno de los ancianos llevado por el vicio y la avaricia propia de los viejos sin clase que toda su vida fueron unos vulgares, es decir, comérselo todo si es gratis. Era el marido de la mamadora. Llevaba el boleto ganador de su compañero en la mano, ya que éste se había tenido que ir a cambiar la bolsa de la sonda de orina al servicio médico y se lo cedió porque estaba a su lado, no por amistad. El resto de viejos, apretaban sus caras arrugadas contra la ventana para no perder detalle. Había más mocos que narices arrastrándose y a pesar de ser un vidrio grueso, se les oía insultarse los unos a los otros.

—Soy su marido y tengo el número ganador de los hombres.

—Y a mí me suda la polla —le dije con los ojos entrecerrados de placer.

—Déjame un poco a mí —le dijo a su mujer apartándola y ocupando su lugar.

— ¡Cerdo! —le contestó ella sin cordialidad.

El tipo no tuvo tantos miramientos como su mujer, no se sacó la dentadura postiza. Abrió mucho la boca como quien va a comerse un plátano muy, muy, muy, muy gordo y se metió el pene sujetándome los huevos, con maestría y experiencia.

Ante aquella boca recia y temblorosa, eyaculé en dos segundos y le llamé con cariño cerdo de mierda.

El viejo estaba contentísimo de haberse llevado el premio gordo. Su mujer le llamó borde, se metió en el bolso unos condones usados de la papelera (como si no la viera) y muy digna ella, metió la mano en el vaso y se puso la dentadura. Antes de salir por la puerta con aire enojado, escupió una colilla.

El marido se relamió una vez más para recoger unos restos de semen en las comisuras de la boca, rebuscó con la mirada en el cuarto y localizó la papelera. Sacó de allí un trozo de pan con fuagrás que no quise comerme hace tres días y esperó escupiendo migas de pan duras como diamantes, a que empezara el test de los hombres.

— ¿Cómo te llamas?

—Gumersindo —qué mierda de vida, pensé.

— Muy bien, Gumer —me sentía incómodamente redundante—, ya puedes ir bajándote los pantalones y los calzoncillos. Pronto vamos a por el siguiente test.

Sus cojones eran grandísimos y colgaban mucho, por lo que imaginé que estaban rellenos de intestino por alguna hernia o algo parecido.

El pene sin embargo, era tan pequeño que sentí pena por él. Sería difícil calzarle un condón y que se le aguantara. Ahmed había tenido suerte.

Es bueno que los seres más inferiores gocen de algo de fortuna de vez en cuando.

Y Ahmed entró.

— ¡Hola Iconoclasta!

— Te presento al ganador del tour de hoy: Gumer el bien dotado.

Ahmed le tendió la mano.

— Yo soy Ahmed. Espero que no empujes mucho con esa bestia que tienes entre las piernas, quiero poder cagar en los próximos quince días.

Y nos pusimos a reír como locos mientras encendíamos unos cigarros y el viejo Gumer estiraba el labio inferior demostrando que no acababa de entender la sutileza del comentario de Ahmed.

—Yo también fumo —dijo Gumer.

—Los invitados no pueden fumar, son las normas.

—Ahmed, prepárate en el potro sodomita, mientras busco un condón de la medida de este macho man. Imagino que lubricante no vas a querer —le dije en voz alta y clara.

Y empezaron nuestras risas de nuevo. Los espectadores nos veían reír y se reían con nosotros a pesar de no entender una mierda.

Así que tomé del brazo a Gumer, y lo coloqué frente al ventanal para que el público pasara un buen rato mirando al bien dotado.

Al final encontré un trozo de film plástico para envolver comida y enfundé el pene de Gumer con media vuelta.

—Y ahora vamos a por esa erección. Ahmed, tócalo por favor, no quiero estar aquí todo el día.

Ahmed que tenía una tranca que le llegaba casi a las rodillas fue ovacionado por hombres y mujeres cuando se colocó frente al ventanal. Le cogió el pene con la punta de los dedos y lo agitó rápidamente, después de cinco minutos no conseguimos que aquello se pusiera duro y se le cayó la funda de film transparente al suelo.

Tomé cuatro viagras del botiquín, las pulvericé y las mezclé con agua, cargué con aquello una jeringuilla y se la inyecté en la vena del brazo a Gumer.

En dos minutos estaba tiesa como un mástil, aunque seguía siendo ridículamente pequeña.

Ahmed se acomodó de nuevo en el potro, le coloqué media vuelta de film transparente al mini pene y lo llevé hasta el culo de Ahmed.

—Venga Gumer, follátelo, machote. Vamos a ver la calidad que tiene este condón.

—Solo veo una niebla azul —se quejó.

—Los pitufos vendrán luego, por el camino de los champiñones —dijo Ahmed tirándose un pedo y sobresaltando al viejo.

Tomé el mini pene otra vez con las puntas de los dedos y lo introduje en el ano de Ahmed, luego con la mano empuje el culo del viejo para que aquella piltrafa no se saliera.

—Y ahora dale que te pego, Gumer. Quiero ver como te corres enseguida.

— ¿Ya me la ha metido? Solo siento que me empuja y es un poco molesto.

—Pues sí, la tienes toda dentro

Y nos pusimos a fumar y escuchar música mientras el viejo jadeaba como una cerda pariendo y sus huevos se bamboleaban pesados y tumorales contra los muslos de Ahmed.

Fue una conversación agradable en un ambiente tranquilo, a excepción de los vejestorios de fuera que animaban a su compañero.

A los diez minutos y tras tres cigarrillos, dijo con un hálito de voz mínimo:

— Ya.

Unas gotitas de semen habían caído en sus zapatos y el trozo de plástico se había quedado en el culo de Ahmed.

Como no lo veía bien debido a tanta viagra, le ayudé a subirse los calzoncillos y los pantalones. Le metí el trozo de plástico del culo de Ahmed en el bolsillo de la camisa junto con otros condones usados que su mujer no había cogido-robado de la papelera.

Aún así, cuando pasamos cerca de mi mesa, cogió un lápiz mordisqueado que exhibía el nombre de la empresa.

Cuando se fueron todos por fin hacia la sección de lubricantes y tras despedirlos con hipocresía desde la ventana, salimos yo y Ahmed hacia la máquina del café y allí nos fumamos otros cuantos cigarros.

Nos encontramos con Pedrito el subnormal.

— ¿Quieres un café, Pedrito? —le invité.

—Zí, y bien cargado porque me duelen loz huevoz. La Mad-ga ze ha puesto hiztérica cuando ha vizto loz cojonez que tengo y me loz ha expdimido cuando me cod-día. Es una puta de mied-da.

— ¿Quieres un cigarrillo? —lo aceptó y se lo fumó sujetándose los cojones y sudando copiosamente.

—Y la próxima vez que te invite a que te folles a alguien en mi departamento, acepta, no te pasará eso.

—De acued-do Iconoclazta.

Y así acabó aquella jornada dedicada a la tercera edad.

El documental pasaba ahora el rito de apareamiento de dos chimpancés con una chimpancesa, no sabía que pudieran hacer cosas así, tan complicadas y artísticas.

—Estoy pensando que podría invitar a tus padres para hacer un tour de visita en la fábrica —le dije a Mari.

—Pues llámalos, se pondrán contentos.

—Yo también —pensé marcando el número en mi nuevo smart teléfono con capacidad para dieciocho mil videos pornos y dos canciones.

Pensé en Ahmed y cinco pastillas de Viagra para mi suegro, para que disfrutara de una buena metida anal y en Pedrito para que le comiera el coño a mi suegra, su lengua gorda y siempre burbujeante le encantará.

A la mona la han dejado de joder y se acaricia los pezones tranquilamente mirando la copa de un árbol acostada entre polvos y piedras.

Precioso, pero ya estoy hasta las pelotas del NatGeo por hoy.

Siempre abundante: El Probador de Condones.

Iconoclasta