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Hablar por hablar, buscar tiempos que rellenar, inventar pretextos. Pronunciar o escribir palabras que distraigan la vergüenza de reconocer soledad. Jugar al ingenio sin tenerlo…
Qué harto estoy de tanta banalidad.
No me interesa la crítica musical; estoy excitado, la tengo dura…
No importan los derechos de nadie o el precio del petróleo, quiero saber la marca que deja la ropa interior en la piel de su vientre y sus hombros. Quiero el descaro de su sensualidad expresado como una bofetada a las convenciones sociales. Con esa soberbia maravillosa y desinhibida.
No lo entienden…
Hay tanto tiempo perdido en palabras vanas… Tenemos una responsabilidad con nosotros mismos: expresarnos ante lo que amamos y deseamos sin asomo alguno de pudor, para bien o para mal.
Equivocarse está bien, te libera de la ortodoxia del aburrimiento.
Odiar si es necesario, sin prejuicios. Solo importa expresar pasión. Precisamente por respeto a quien hablas, por muy ofensivas que puedan ser las palabras.
Decir lo que se siente y luego, atenerse a las consecuencias.
Porque lo demás es perder un tiempo precioso.
Y el humor.
Medir lo que se expresa es lo mismo que adulterar la comida: solo queda un triste proyecto de sinceridad que aboca al hastío, como el discurso de un político o un sacerdote en el púlpito con su sermón de mierda.
Pellejos vacíos al viento que no trascienden más que dos segundos en el tiempo.
Moralidades tipo estándar que a nadie incomodan, que no molestan nunca; pero que llenan convenientemente tiempos vacíos y egoísmos.
Un «tengo cosas que hacer» es la respuesta a esa normalización correcta de la expresión.
Y los hay que se creen que es verdad.
Doblarse en un vértigo cuando habla de necesidades del alma y la carne. Morderse el labio de deseo… Ser testigo de la angustia de la soledad y bajar los ojos conmovido…
Necesito eso, no quiero ser educado, no quiero ser correcto. Aunque me joda.
Hay un tiempo para las charlas usuales y otro para las importantes. Hay un deseo de expresarse sin tapujos cuando el peso de la cotidianidad nos asfixia.
Debería haberlo.
No me gusta el ritmo monótono, y lo rompo con una obscenidad, con un deseo, con una tristeza, confesando una melancolía. Si ello lleva a un silencio incómodo, está bien, no hay tiempo que perder. Morir es tan habitual… No somos conscientes de lo tarde que suele ser siempre.
Y hablan, y hablan, y hablan…
Cuando estemos tranquilos, cuando estemos saciados, hablaremos ya relajados de cosas superficiales que no lo son, que importan. Importa compartir la vida toda, sin trampas, sin sofismas, sin superficialidad. Porque es necesario saber la música que le gusta y así, replicar que imaginas las notas deslizándose por sus pechos y sus muslos.
Los detalles son importantes porque rodean el amor. Son el decorado y el color, son el descanso de la metafísica de los amantes.
Expresada la pasión, demos paso a las risas y a películas que no nos gustaron. A libros que no se deberían haber publicado jamás, porque están escritos con la técnica del aburrimiento, la vanidad injustificada y la corrección académica.
De la misma forma que hablan escriben.
Por sus palabras bostezaréis.
Hay tantos libros que quemar, como charlas que intentan disimular la vergüenza de la falsedad y la cobardía de la soledad.
Así que dejemos la angustia de la soledad reflejada en las palabras, porque es trascendente. Porque es la única forma de expresar lo inexplicable del amor y sus consecuencias: los tiempos y los lugares.
Aunque duela un poco…
Aunque duela mucho y te deje desnudo.
No hay tiempo que perder, no es necesario padecer hastío y aburrimiento sino lo deseamos, hay otros tiempos para lo inevitablemente social.
Hay cosas importantes de verdad como saber el tamaño y el tono de sus pezones. No es algo banal, porque va respaldado por una mirada acuosa, húmeda de deseo y por un temblor de labios al pronunciar y de dedos al escribir.
Los detalles son importantes, insisto.
Intuirlos es imprescindible para expresar lo que se siente e impactar en su pensamiento.
Impactar es lo que importa cuando la opresión de la cotidianidad asfixia.


Iconoclasta

Lo malo de estos tiempos no se limita a la hipocresía y a la moralina que está en el cerebro de la chusma (la moral es la degeneración de la ética). Y todos sabemos que la chusma, lo despreciable de la humanidad es el 99 % de la población del planeta. Dada la cantidad de millones de reses que hay, el 1 % que vale la pena conservar, suma una buena cantidad, tampoco hay que ser derrotista.
Cada día hay más fanáticos acosadores de los deportes de lucha como el boxeo o las artes marciales, los hay que sufren como si les pusieran cosas punzantes en los genitales con la tauromaquia; con las corridas de toros, quiero decir, porque muchos no saben qué coño es tauromaquia.
Alegan civilización, paz, compasión y dignidad para prohibir que se emitan partidos de boxeo en horas diurnas y a ser posible, siempre. Y cada día hay más ciudades anti-taurinas.
Visten sus iras del ropaje de la tolerancia y la convivencia.
Y una mierda.
Que existan hombres y mujeres con la valentía suficiente para ponerse ante un toro, o luchar libremente y por afán de superación con otro ser humano, pone de manifiesto la cobardía del resto de la humanidad. Los «tolerantes» se sienten cobardes, y en estos tiempos que se proclama la cobardía intelectual (y no hay intelecto suficiente) como moralina de convivencia, la envidia es el único argumento que hay detrás de todas esas retóricas baratas que esgrimen contra la valentía de otros hombres y mujeres.
Quieren que se prohíban esas demostraciones de valor, para que no quede patente su cobardía.
Porque un toro pesa cinco o seis veces más que un ser humano, y los boxeadores compiten golpeándose y sangrando. El dolor da miedo.
Cualquiera que haya aprendido a leer (si tiene suficientes inquietudes) sabe que la envidia es el motor del ser humano.
Los políticos se ponen de parte de la chusma, porque son los que tienen la mayoría de los votos. Así que políticos y gobernantes no tienen ninguna autoridad ética, son solo oportunistas y arribistas que escalan por encima de la humana cobardía.
Por ello, una Barcelona por ejemplo, ha prohibido espectáculos taurinos.
El boxeo, cualquier lucha y la tauromaquia, son ejercicios de libertad como lo es la pornografía. Y aunque los toros no tienen capacidad de elegir, son criados con ese fin; tienen más honor, libertad y dignidad en la arena que cualquier animal que es transportado y sacrificado en un matadero de la forma más cruel e indiferente. Hay toros que han matado toreros, no es una broma la tauromaquia.
Lo más importante es que a nadie le obligan a ver toros o lucha entre seres humanos.
Buscan joder las libertades para sentirse bien, para que nada les haga pensar que son unos cobardes que son transportados cada día en un coche, camión o tren que los conduce a la esclavitud con breves destellos de libertad el fin de semana para emborracharse y follar con alguna puta barata para olvidar la mierda de vida cobarde que tienen.
Un acto de valentía de un individuo hace cobardes a cientos de miles.
Si tan intelectuales son algunos, deberían saber y reconocer sin hipocresías que el hombre es un depredador, que marca su territorio de forma instintiva y que los niños pelean entre sí de pequeños para intentar superar a otros. Somos animales, y la prueba está en que la chusma, apenas sabe escribir correctamente un par de palabras seguidas a pesar de haber ido al colegio durante más de diez años.
No tienen autoridad ética ni intelectual para prohibir nada, solo les mueve la envidia de ser inferiores a otros.
Menos discursos de moralina emotiva y argumentos civilizados, que acepten sus limitaciones y su naturaleza cobarde, que se sigan masturbando con un condón para no mancharse las manos.
La envidia es asquerosa, ergo los envidiosos son repugnantes.

«El hombre de hoy no es heroico, le basta con sentirse poderoso». (Mercé Rodoreda)
«No hay caza como la cacería del hombre. Aquellos que han cazado hombres armados durante bastante tiempo y les ha gustado, nunca se interesan por otra». (Ernest Hemingway)

(Dedicado a Juan Manuel Aguilar, una amigo que está hasta los cojones de tanta hipocresía.)

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Iconoclasta

Todos los seres mueren, la cuestión es si lo saben. No sé si un animal es consciente de que ha de morir. Si lo fuera, sería demasiado parecido a los humanos.

(He visto animales con el cuerpo destrozado lamerse sin gemir, un perro con la pierna colgando que busca comida, como si la muerte no fuera con él.)

Es un drama, hay gente con muy poco valor para enfrentarse a la muerte.

(Me siento joven, a pesar de mi edad, me siento como un niño, dicen.)

¿Cómo gestionar o combatir ese miedo?

(El miedo a la muerte no se gestiona, se padece. No se puede educar el terror. Es una cuestión genética.)

Lo cierto es que no se debería gestionar, si un cerebro funciona bien, la cosa va rodada.

(Hay quien ha tenido una suerte inaudita en su vida y el miedo le resta valor a su final. La proximidad de la muerte le quita la dignidad si algún día la tuvo.)

La propia vida, la experiencia y la progresiva degeneración del cuerpo (envejecimiento) llevan a la compresión, aceptación y asimilación de la muerte; a una tranquila espera de lo inevitable. Porque a medida que el cuerpo se debilita, la mente busca descanso también. El cuerpo es una pesada carga cuando hay enfermedad, y la mente responde de igual forma.

(Los testículos cuelgan herniados en el reflejo del espejo, los pechos son odres vacíos.)

No es dramático, llegados a cierta edad, la vida es demasiado ruidosa, veloz y luminosa.

(Los ojos se han opacado, los oídos han perdido sensibilidad y donde había sonido ahora hay un murmullo caótico. La rapidez difumina los bordes de las cosas.)

Es lo que debería ser; así es como deberían funcionar los cuerpos y los cerebros sanos.

¿Sanos? Tal vez no sea correcto, tal vez lo cierto es que llegar a la muerte con serenidad es una rara afección que padecen algunos humanos.

(Un control obsesivo del cuerpo y una ingesta masiva de fármacos roban tiempo de vida, de disfrutar de lo que queda. Es un prematuro contacto con el fin.)

Lo más habitual entre los humanos, es que sufran una lenta depresión, una necesidad de hacer todo aquello que no se pudo realizar cuando la muerte se vislumbra cercana. Y la frustración parasita el alma.

(Caminan bajo el sol, como lagartos buscando el calor. Un calor que les es molesto porque resulta excesivo; pero su cerebro no es capaz de asimilar o gestionar. La muerte es fría y la vida es calor, es su simple conclusión.)

Pierden la calma y la alegría. La vejez se convierte en una constante envidia hacia los jóvenes. Los ancianos cobardes se sienten molestos y agredidos por los gritos y la música, por las películas que no son de su tiempo… Son incapaces de seguir el ritmo de la vida por una debilidad nacida de su degeneración y depresión.

Tal vez por ello, se hacen más religiosos y llegan a la conclusión de que el mundo ha empeorado.

Recuerdan tiempos de respeto y cuasi castidad, donde no había más que mediocridad y vulgaridad. En secreto buscan el perdón a sus pecados y acceder a una resurrección.

(Muchos de ellos recuerdan con vergüenza sus coitos grises y borrachos con putas viejas y feas.)

Llegar con dignidad a la muerte no es cosa de vulgares ni cobardes. La dignidad se encuentra en asimilar el proceso sin verse víctima y concluir, que en verdad ha hecho uno lo que le ha dado la gana. Que ha vivido según su ideal, según sus intereses.

¿Y por qué será que los que más quieren vivir, son los más molestos y odiosos? Justo los que quiero que mueran pronto.

Yo estoy en camino, he de morir pronto.

He recorrido el 80 % de la vida, y lo único que siento es curiosidad de como pasará, como será dejar de ser algo.

La vida no es para tanto si te has cansado de trabajar, luchar y despreciar la mierda que crearon nuestros antepasados.

Y que me muera ahora mismo si no tengo razón.

Buen sexo y semen rancio.

Iconoclasta

¿Dónde están las cosas que me daban temor? No hay nada terrorífico, no hay nada mágico y el plomo solo se transmuta en cáncer. Los alquimistas eran simples curanderos con un afán demente por salir de su miseria.

Padre y madre no están en ninguna parte, no se encuentran en dimensión alguna. Están vulgarmente muertos y nada de ellos flota en el aire, no hay mensajes de cariño y esperanza desde otros mundos.

Es decepcionante la vida. Esto me pasa por ser intrépido y ya es tarde para no serlo; los cerebros no se formatean: o enloquecen o simplemente se mueren.

Me gustaba sentir miedo, me daba esperanza de vivir con valentía. De demostrarla.

Ahora soy el hombre más valiente y junto con mis miedos he destruido la fantasía. Aunque nunca la ha habido, nunca ha existido la magia. ¡Qué putada!

Cuando estaba engañado, cuando el miedo me obligaba a cubrirme con una sábana por las noches, sentía que valía la pena vivir. Lo jodido, es que no se necesita vivir con valentía, sino con un buen estómago que no tienda a vomitar ante tanta trivialidad.

El amor se rompe con un suspiro, con una simple corazonada de que algo no está bien, así de fácil. Como muren los padres con un ronquido cuando el corazón se rompe como un jarrón contra el suelo. El amor no lo destruye un conjuro, sino el hartazgo y el aburrimiento. La muerte llega solo por un corazón u otro órgano en mal estado.

No somos lo suficientemente importantes para el mal y el terror y lo que nos destruye son cosas tan cotidianas que uno se plantea si no han sobrevalorado la vida.

No hay seres malignos, no hay conjuros, ni encantamientos.

Soy tan intrépido que me suda la polla si el corazón me fallara ahora. Si el amor estallara como una pompa de jabón delante de mis narices sin que nadie la toque, me fumaría un cigarro pensando en el precio de una lima para uñas.

Si eres valiente ya no te queda nada por sentir más que el tedio y la repetición cadenciosa y matemática de todos los días iguales.

Uno más uno es uno, dos más dos es uno, tres mil más tres mil es uno.

Y el dolor… Una punzada en un hueso podrido no es motivo para temer.

Alguien debería crear algo nuevo a nivel cósmico para que volviera sentir el temor de cuando era niño. Y con ello, las esperanzas de una vida interesante.

Quisiera decirle a alguien, que tengo miedo por las noches, sentirme cobarde ante fuerzas que no conozco.

Sueño con mi polla expandiéndose, haciéndose enorme cada día y el resto de mi cuerpo se convierte en un pellejo pegado a ella. ¡Qué horror…! Convertirme en un pene enorme junto con la angustiosa sensación de que mi mente se hace pequeña y desaparece. Mimimimi… Claro que con una polla así, me la pela la mente. Y más si soy motivo de envidia para todos mis congéneres.

Es cinismo simplemente, hasta mis miedos sexuales han desaparecido. Y sé que lo único que podría crecer es la próstata hasta convertirse en un tumor que me colgara más abajo que los testículos.

No moriré víctima de mi propia hombría, no tengo miedo a ello. Tampoco le tengo miedo a la mutación, la espero aburrido.

Si sabes leer y comprender, la ciencia se encarga de quitar el miedo para transformarlo en una lógica aplastante. En algo aburrido. Me conformo con disfrutar y padecer de los actos, de los hechos, de las reacciones. No busco orígenes, no los quiero conocer.

Se debería hacer a sí mismo un dios verdadero que mate y haga sufrir a la humanidad, como lo hacen ahora las gentes mediocres en nombre de los dioses inventados con mentiras e insistencia secular que tantas páginas “sagradas” han llenado.

Que las deidades sean de verdad, reales y tangibles; que su mierda nos llueva sobre las cabezas.

Las tormentas y sus truenos que hacen temblar las paredes dejaron de inquietarme al conocer la física y los monstruos me hacen sonreír o me dan pena desde las primeras nociones de genética que me obligaron a estudiar.

Ni siquiera todo este hastío me da miedo, solo dolor de cabeza y más decepción.

Perdí el miedo a todo y con él, una parte importante de ilusión (a efectos prácticos, toda). Las esperanzas se fueron por un tubo largo directas a un pozo negro y pestilente donde se ahogaron entre tanta banalidad.

No tengo miedo; pero sí una fatídica tristeza. Me cuesta caminar, no quiero un nuevo día sin temor. No quiero saber, quiero ignorar y creer en leyendas que hagan peligrar mi vida con un castigo por cagarme en dios.

No hay hombres lobos, recortados contra una luna llena enorme, no hay vampiros contra los que luchar.

Mi sangre día a día se hace más espesa y al corazón le cuesta cada vez más bombear toda esa pesadez.

Ser temerario es la decepción más grande que a un humano le pueda ocurrir.

No existen los villanos, solo hay gente insignificante que estafa, daña y mata de la forma más vulgar. Y es tan mediocre y sé tan bien como actúa, que me siento sabio, ergo frustrado.

No son simpáticos, no son inteligentes. No aportan creatividad, ni interés en sus actos abominables. Cuando uno lleva dando vueltas por el planeta unos cuantos años y si no es idiota, mira a los ojos de algunos e identifica en cuestión de segundos un seso tarado, un cerebro podrido de ambición y envidia.

Y así es cada día, lo mismo. Una y otra vez sabes que no has de tener miedo, porque son solo humanos de segunda clase y solo basta estar atentos para que el miedo desaparezca con toda la magia que tiene. Ya no hay que preocuparse más que de ser cuidadoso, no hace puñetera falta la valentía.

Chorreo un coraje que cae por mi piel como un sudor rancio y viejo.

No existen ni han existido todos esos héroes, ni los zombis.

No hay seres inmortales que acaparen conocimientos y habilidades. ¿Es que no hay nada que valga la pena de temer?

Porque solo hay náusea y vómito. Y un aburrimiento que te roba el calor de la piel.

En la vida cotidiana los malos son de un adocenamiento que apesta. No tienen ninguna gracia o carisma. No se les puede repeler con ajos y las balas de plata no los matan porque pagan los mejores seguros médicos.

A veces lloro por los miedos perdidos; siempre en lugares ocultos o en lo más profundo de mi mente, allá donde las palabras se olvidan para convertirse en emociones primarias. Yo me meto allá donde solo se sufre por la falta de libertad de mi conciencia salvaje sin poder definir las ideas que duelen. Yo mismo soy mi cuarto oscuro.

Un castigo a mi osadía.

Los jueces matan la justicia y los médicos anteponen la vida de la mala gente (políticos, funcionarios, leguleyos y deportistas de élite) a la gente buena o a la que no mata a nadie.

Ojalá se transformaran esos vulgares, asesinos y envidiosos en demonios o posesos, algo fácil de matar y mágico que me diera miedo y no asco. Algo contra lo que poder luchar heroicamente. Estos villanos son longevos y si existiera Mefistófeles, habría un contrato de alma archivado en algún sitio; no venderían su alma, sino la de sus hijos o padres.

Es por ellos, por su falta de interés y decepcionante personalidad, que no recurriría a sofisticadas armas para asesinarlos.

Me bastaría un puñal o un simple y pequeño revólver.

Y mis cojones, mi valentía.

Cuando mueren, sangran como sangran todos, no hay nada de especial en sus hemorragias. Si le revientas el cráneo a un juez o al presidente de cualquier nación, se orina y defeca encima mientras su cerebro intenta funcionar a pesar del trauma. Patalea como muñecos a batería roto.

Como todos.

Si fueran super villanos se desintegrarían, se convertirían en humo o se harían pequeñitos (de un tamaño apropiado para metérselo en el culo a su puta madre) lanzando una carcajada sádica al morir.

Pero solo vomitan sangre apestosa.

Yo no quiero morir a manos de un mediocre. No quiero que me arruine un juez porque ese día le pica el culo y está de malhumor.

No hay robots que despedazan a la gente, ni temibles extraterrestres de sangre ácida.

Ya hace miles de años que no me cubro la cabeza con la sábana para protegerme de monstruos. No tengo miedo, no soy capaz de sentirlo. Cuando el miedo se va, con él lo hace la fantasía.

Ya me ha ocurrido.

Ahora me limito a blasfemar cuando identifico un ordinario peligroso y escupo con sensación de asco para aliviarme del aroma a mierda que me deja en la nariz; pienso que una estaca en el corazón de un presidente no sería suficiente, lo podrían salvar sus maravillosos médicos.

El tiro ha de ser directo a la cabeza y que no sufra, porque cuanto más sufre una mala persona, más tiempo está viviendo y más tiempo está destruyendo miedo con cada uno de sus sufrimientos. Sus muertes han de ser rápidas y eficaces. A ser posible sin que perdamos el humor.

Que sus muertes sean tan anodinas como son ellos y la vida que han creado. Que mueran con los enormes ojos abiertos de una vaca en el matadero cuando le alojan una bala en el cráneo. Tengo miedo de que no haya suficientes balas.

Ejemplo y conclusión (Lecciones de Epi y Blas en Barrio Sésamo, chapter nine):

Meter el rabo en una olla bien caliente de pozole por culpa de que Merlín el mago te haga un encantamiento, es una imagen que amedrenta al más curtido de los humanos; pero ni con senilidad, ni con cincuenta pastillas de éxtasis color azul fosforescente (“fosforito” para los más nacos o charnegos tipo Estopa) diluyéndose en mi estómago, tendría la idea de meterla dentro. Ni por accidente. No me da miedo la posibilidad de que eso ocurra. Merlín era un mago senil y no tenía ese poder.

Los hay que aún tienen la suerte de sentir miedo y temen esta posibilidad por un infantilismo o complejo idiota de Peter Pan. Si creen que su polla puede acabar dentro de una olla por un conjuro, ya pueden ir formando cola en el ministerio de cultura para que les den su plaza de profesor. Porque se la han ganado a pulso sin necesidad de hacer oposiciones. Los ministerios de cultura de todos los países están llenos de gente así.

Lo real es que te encuentres trabajando en un restaurante porque no has encontrado trabajo de ingeniero, que es para lo que te has pasado diez años estudiando (con sus correspondientes repeticiones de cursos).

La olla de pozole o lentejas estofadas está hirviendo y hay que remover el guisado para que no se pegue, lo dice el chef que es el que paga y decide si vives o mueres.

— ¡Jefe! No encuentro la espátula para remover el guisado —te lamentas al chef sudando, impotente ante la falta de recursos para realizar el trabajo.

El chef se gira y observa una espátula del tamaño de un elefante recostada en la cocina, a un lado de tu culo y fumando tranquilamente.

— Pues lo haces con la polla —te responde amablemente.

Y ahí se te viene encima todo el miedo, todo el terror de meter el pene en esa sustancia hirviente y sufrir un dolor indescriptible. Los que aún conservan el miedo y su ilusión, lo consideran como una peligrosa y más que probable disyuntiva que les hace sudar.

Por mi parte, ante mi total ausencia de miedo y mi valentía desaforada, esa respuesta del chef me haría pensar en un refrán que dice: Donde tengas la olla, no metas la polla.

No tiene nada que ver; pero como no tengo miedo, acabo alardeando de mi inmensa cultura. Y maldiciendo todos los días tan penosamente intrascendentes que aún me esperan sin sentir temor hasta que muera.

Iconoclasta

La confusión es un arrebato. Es el preámbulo de algún fin.

Una cortina de humo que crean algunos para no enfrentarse a la verdad.

No hay detalles anodinos, no hay azar. Follar no es una cuestión aleatoria, es una decisión. Cuando el amante folla con un extraño, no es accidente, no es un tropiezo.

Crean su propia indecisión como una esperanza: “No es así, son casualidades; no puede ser… Debo estar deprimido. Me ama y amo”.

Es un velo que apenas puede ocultar un fin doloroso.

Los amores siempre duelen al romperse; aunque ya no se les pueda llamar amor.

Duele el tiempo que se ha dedicado a amar, todo ese esfuerzo… Los sueños compartidos que apenas han conseguido materializarse.

Bastan cinco segundos (¿o son minutos? el tiempo es extraño, demasiado largo) para adquirir la certeza de que la confusión es solo la agonía del amor.

Para algunos basta entonces una milésima de segundo para entender certeramente cada gesto, cada palabra que queda retenida entre los labios. Y todo es tan claro que la verdad se convierte en descanso. El fin de la agonía.

Entierran todo ese confuso amor en algún rincón de la cabeza para evitar la vergüenza del fracaso y el tiempo perdido. Si hay valentía, porque no es habitual abandonar lo que un día se amó antes de que el pensamiento se haya convertido en una masa ingente de porquería. Pero para esto hay que nacer.

Los confusos llegan a morir sin querer ver la realidad.

El cuerpo les responde con sueño (¿depresión lo llaman?) porque es la forma de anestesiar la frustración. El sueño nos esconde de la desoladora certeza, confunde la realidad: el engaño, el error, el hastío. Es mejor soñar para el cobarde; porque es huida, un escape, una droga que da paz. Se puede afirmar sin temor a equivocarse, que cuando el amante siente tremendos deseos de dormir, es porque está perdido en su cobardía, en su pretendida “confusión”.

A la larga el sueño cura; pero es vida malgastada. Es mejor puro caballo en vena, por lo menos la vida acaba dulcemente dejando una piel marchita y tóxica. Es más digno que una piel triste y sin tono.

Tras la confusión, si el cobarde sobrevive, llega la verdad y con ella el insomnio.

Es mejor cargarse de café y tabaco y pasar toda la gama de vergüenzas y desengaños lo antes posible. Cosa que el confuso no hará jamás. Llorará y rezará porque no sea verdad lo que está ocurriendo a su alrededor y dentro de él.

La verdad nunca debe pronunciarse porque es increíble, nadie desea aceptarla aunque la haya exigido.

Decir la verdad, pronunciarla en voz alta es un desgaste que no conduce a nada, porque el mal está hecho.

Sin embargo, es inevitable herir y herirse.

Insisten en sentirse confusos, en el auto engaño.

“Son cosas por las que hay que pasar si se decide vivir con pasión”. Y una mierda, es un pensamiento de consuelo idiota.

Deberían estar anatemizadas las fotos felices. O se deberían hacer fotos en los momentos más tristes para no engañarse cuando el tiempo pasa. Mantener vivas la vergüenza y la derrota.

Tendemos a idealizar los recuerdos y no es bueno. Hay que enterrar las ilusiones erróneas con paletadas de verdad.

Si amar es difícil, desamar es un canto a la desesperación.

Y la experiencia solo ayuda cuando insensibiliza.

La muerte es una buena opción cuando la confusión dura más tiempo del recomendable. El suicidio o el asesinato son un fin justo para los confusos: los cobardes.

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Las estrellas parpadean, desaparecen y en su lugar brilla otra con nueva intensidad y tonalidad. Tal vez sean las nubes que se desplazan. Jirones de nubes y gases venenosos en el espacio.

El cielo es caótico a sus ojos.

Se lleva la mano al cuello porque le duele. Mirar el firmamento nocturno aporta analgesia. Le calma a pesar de todo.

No sabe de estrellas, para él se agrupan de forma caótica. Tras un rato de observar la aglutinación de astros, llega a la conclusión de que el universo y él tienen algo en común: la confusión.

Son confusas las estrellas como confuso lo es su pensamiento. Cada estrella es un átomo, un detalle. Y cada una de sus emociones y recuerdos también son átomos de esperanza, amor, fracaso y dolor. Millonésimas partes de un todo que no se deja visualizar completamente.

Quisiera cerrar los ojos y dormir, descansar de tanta confusión. Tanta incertidumbre. Tiene sueño y el cuello palpita con un dolor sordo.

Podría mirar hacia adentro y observar todo el conjunto en lugar de tomar detalles sueltos; pero prefiere seguir confundido, no quiere certezas. Mientras hay confusión hay esperanza.

Mientras hay sangre el corazón bombea y mientras hay oxígeno, los astronautas respiran en su nave rumbo a ninguna parte, a cualquier punto de ese piojoso y caótico universo.

Él no se mueve, no avanza está confuso y atado a ese caos de su mente.

Dicen que hay que ver las estrellas a una buena distancia. Hay galaxias de una belleza inhumana que si se observan demasiado lejos no son más que un cúmulo de puntos. Si se ve demasiado cerca, ves piedras; pero a la distancia adecuada, puede ser un Ojo de Dios o la cabeza de Pegaso.

Él no es el cielo y tiene el cuello dolorido. El firmamento no siente dolor, no está enfermo ni sangra. Solo es colosal y tal vez su propia medida lo haga sentirse comprimido, demasiado lleno. Demasiadas estrellas…

Es natural, ser poderoso no es todo ventajas y felicidad.

A él le bastaría mirarse en un simple espejo y podría observar lo que fue, lo que es y lo que será. Si tuviera valor de hacerlo.

El cielo es confuso por su naturaleza infinita. Y no es que sea confusión, es simplemente que ni el mismo universo puede abarcarse a si mismo.

Él está confuso por miedo, como muchos de los que están enamorados de alguien que ya no les corresponde.

El cielo y él no se parecen en nada. No se puede aplicar cobardía al firmamento y él es cobarde de un modo patológico. Ni siquiera es complicado, es un hombre vulgar con sus dos brazos, dos piernas y una cabeza.

Un detalle fuera de lugar no es confusión. Una sonrisa que nada tiene que ver con él, un llanto fuera de lugar, largos silencios, penas inexplicables. El olor de una colonia extraña en su piel. Eso no es confusión, son certezas.

Apesta ese amor, no debería haber dudas.

Es hora de abandonar el barco, es hora de afrontar lo inevitable.

Le falta valor para reconocer que el amor es un polluelo que se muere de frío y hambre abandonado por dos en un nido de espinas.

Ella es valiente y no permite que haya confusión; está cansada de su esperanza sin sentido. Le cuenta la verdad cientos de veces: ya no lo quiere, hace tiempo que no lo soporta.

Él responde que se puede arreglar, que no todo está perdido. Insiste en sentirse confuso: si folló con otro, es porque algo no hizo bien. El cobarde asume culpas para no quedarse solo, no tiene dignidad. No quiere reconocer que ya no es amado.

Busca razones y formas de arreglar el desgarro; pero ahora mira cobarde al cielo nocturno buscando un compañero de frustración y soledad.

Sangra y está confundido…

Ni tan siquiera el profundo corte del cuello, le arranca de su cobardía.

La cortina de humo que es la pretendida confusión no se deshace en jirones como el humo. Hay que cortarla y ella es más valiente que él. No solo dejó de quererlo, ahora siente aburrimiento de estar cerca de su cuerpo, sin rozarlo.

No puede soportar más esa vacilación cobarde, y tras haberle dado un gran tajo en el lado izquierdo del cuello, ha tirado el cuchillo al suelo. Cierra la puerta del salón porque no quiere escucharlo más. Él camina tambaleándose por el jardín para desangrarse de su confusión en la hamaca mirando al cielo.

Y envía un mensaje a quien ama de verdad: te extraño, te necesito ya. Espera unos segundos casi con impaciencia, acunando el teléfono en sus manos como si fuera un amuleto de amor. Su hombre, el que ama, le responde que la espera. Que se encontrarán en unos minutos.

La confusión y el cobarde morirán en el jardín, no le importa el cadáver, no importa si un día lo amó. Solo mantiene el teléfono en sus manos esperando que su amor le envíe un mensaje.

Ha sido clara y directa y cuando las palabras no bastan, hay que matar.

Él siente frío por la ausencia de sangre y porque a la hora de morir la verdad se extiende como una sábana al sol de un fulguroso blanco. Un blanco frío como el hielo.

Ella sale de casa sin un solo asomo de dudas para encontrarse con quien ama. El pasaporte y la maleta son sólidos en sus manos: certezas, verdades y realidades. No hay confusión.

Solo queda un cobarde amortajado por la verdad en el jardín.

Iconoclasta

De salud y cobardía

Publicado: 4 abril, 2012 en Reflexiones
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No hay mucho que temer, no hay que preocuparse demasiado por la salud, hay demasiadas cosas que pueden estropearse y se desperdicia tiempo con ellas.

Los cuerpos se estropean, los estómagos funcionan demasiado tiempo y los genitales y los anos no cesan de orinar y excretar.

Mucho desgaste…

Se agotan, se erosionan, se irritan…

Y el cerebro siempre pensando.

El cerebro es digestor, además es carroñero y por tanto se traga toda la mierda que le echan. Aún más que el corazón. No hay uno sin el otro; pero con un cerebro inservible ¿quién quiere un corazón sano? Es mejor morir cuando el cerebro se estropea; en un momento de lucidez suicidarse con los medios que se disponga.

Y así, salvado lo más importante que es el cerebro, no hay razón alguna para preocuparse. Los enfermos no pagan culpa alguna; es una mera cuestión genética y hagan lo que hagan, ese tumor o corazón débil, florecerá o se partirá en dos.

Es curioso que durante el proceso de una enfermedad grave que el paciente no reconoce (simplemente tiene molestias), cuando el médico le comunica su gravedad, se viene abajo anímicamente y empeora y degenera a velocidad aeroespacial.

Y entonces ese paciente ya no hace caso a su pensamiento, su único consuelo son las esperanzas de mejora tras cada visita. Que el médico le diga que se cura, es algo que le ayudará a sobreponerse, al menos anímicamente.

La salud solo ha de preocupar cuando nos falta el aire y eso dura solo unos minutos; los dolores están presentes toda la vida, cada articulación y cada músculo es imperfecto, las vísceras y su química a veces se desequilibran y solo cabe esperar con calma, que se equilibren de nuevo o bien, nos maten sin prolongar demasiado la agonía.

Cuando te permiten fumar en la habitación de un hospital, es que estás con un pie en la tumba. Sin embargo, no sentía esa agonía, mi cerebro me decía que no estaba tan mal. No podía creer la gravedad de mi estado. La reconocí cuando tosí y escupí sangre; pero eso había pasado.

Yo sabía perfectamente cuando mi estado era de muerte, no necesitaba médicos, ni calmantes, ni ánimos.

Y eso me enseñó que preocuparme por la salud era una pérdida de tiempo, y que solo yo puedo conocer el estado de mi cuerpo. Mi cerebro funciona como un reloj suizo de putos cientos miles de euros.

El cerebro lanza una señal de alarma, cuando algo no va bien. Una señal terrorífica que te dice que vas a morir. No tengo miedo a ello.

Y ahí es cuando se cumple aquello de que cuanto mejor te trata la vida, más duro resulta morir.

Es mentira, morir siempre es más dulce que vivir.

Y seamos prácticos y sinceros, los que más adoran y se aferran a la vida, son los millonarios y gente poderosa que lo tienen casi todo.

Casi… Porque les falta valor y capacidad para soportar el dolor.

A mí no me gusta la cobardía ni la debilidad.

Pueden irse a tomar por culo con todo su poder y cobardía.

Yo no le como la polla ni al mismísimo Jesucristo si se me apareciera.

A lo sumo le podría decir que creo en sus dementes alucinaciones de milagros para sacarle algo de dinero. Le diría: soy pobre, Jesús. Dame dinero.

Pero sin fe alguna, sinceramente. No creo en los barbudos de dulce mirada y palmas sangrantes.

Que venga una enfermedad no es preocupante y no existe remedio; lo que ha de preocupar realmente es que la pobreza y la cobardía es el peor mal de todos.

El colmo de la pobreza es ser además cobarde. Más desgracia no puede haber en una sola persona.

Y bueno, me preocupa más las ganas de petarme el culo que tiene un “joderoso” (por poderoso), que el cáncer de garganta que se me está gestando.

Tengo más huevos que cualquier presidente de mierda de cualquier país piojoso (todos).

No me jodáis con un dolor de cabeza, coño.

Iconoclasta

Buen sexo.

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