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Los lugares que sueño los reconozco emocionalmente, están impregnados de recuerdos, de mis vivencias pasadas oscuramente proyectadas en insondables penumbras.
Pero sus formas y arquitectura, son absolutamente irreconocibles. Jamás estuve allí, jamás existió algo así; y sin embargo, tan familiar.
Hay alegrías y tristezas secretas a las que accedo cuando ciego me topo con ellas y duelen sordamente, incluso con ternura.
Pensamientos que allá se quedaron flotando para siempre.
O sea, hasta que muera.
Grandes espacios grises e imprecisos, nada parecido a lo que de verdad eran en la vigilia de tiempos pasados.
Y el silencio…
La muerte debe ser así…
Desasosegantes lugares donde oscuridad y penumbra ocupan grandes volúmenes que me arrancan el aire de los pulmones con su atmósfera hostil.
Su presencia es ominosa y desesperadamente adictiva.
Todas ese gas de oscuridad y misterio absurdo…
Grises y oscuros, hasta casi ser negros…
Y estoy tan bien en ellos… Poseen una intensidad perturbadora que nada en la vigilia tiene.
En mis sueños no soy consciente de la oscuridad hasta que algo se mueve en ella e intento enfocar qué es. Pienso que mis ojos están muy enfermos, que no captan luz.
Y me doy cuenta al palpar un bulto, que es alguien que conozco, que conocí durante mucho tiempo. Lo observo en mi mente, pero no en mis ojos.
Las palabras de la oscuridad que es persona, están perfectamente sincronizadas con la imagen que de ella recuerdo.
En los lugares de mis sueños no puedo apreciar los detalles y me angustio. Sé dónde están las paredes y las cosas que fueron cotidianas en ellos, pero los colores, sus vibraciones… ¿Existen cadáveres de cosas?
Como si una pena cubriera los bordes de todo.
Me canso de abrir los ojos para nada, me angustio, me siento desvalido. Y está bien, ser desvalido y dejarse tragar por las penumbras, no luchar ya…
En los grandes espacios oscuros y difusos, morir es dulce, morir es consuelo.
Me gusta tanto la luz en la vigilia… Amo la luz con la misma medida que la oscuridad cuando la creo, cuando me oculto en ella.
Pero la oscuridad de mis sueños, me oculta a mí mismo. Me difumina hasta ser nada. No veo mis manos cuando acaricio su sexo húmedo y profundo.
La gente que dejé de ver hace años, en los lugares de espacios penumbrosos tienen conmigo la familiaridad del día anterior.
No quiero preocuparles diciéndoles los muchos años que han pasado. Los aprecio así como eran. De hecho, no tengo ningún interés en saber como son ahora.
Un compañero habla conmigo, trabajamos en un tejado a muchos metros del suelo que se supone que hay en esa insondable y profunda oscuridad bajo nuestros pies. Da un paso en falso y cae por un agujero por el que no podría haber pasado jamás. Y muere ante mí, antes de que sus ojos desaparezcan.
Es desesperante, porque la muerte es tan rápida, es tan silenciosa…
Es coloquial de una forma cruel y desinhibida.
Mata a la velocidad de un saludo, de un ¡ay!
Las distancias de tiempo y espacio son tan grandes en mis sueños, que cuando observo mi piel tiene el color del cemento viejo, de ese gris herrumbroso que se desmorona al mirarlo.
Distancias y tiempo, que pudiera ser fueran la misma cosa, me impregnan de melancolía.
De una entrañable tristeza que atraviesa mis ojos que no ven y se extiende tras ellos hasta lo más profundo del cráneo.
Me despierto como de una pesadilla, con la respiración entrecortada. La tristeza continúa pulsando en mi cabeza hasta que vuelvo a fumar un cigarrillo que templa el ánimo.
Tengo la impresión al despertar que aquellas personas estaban muertas y no lo sabían.
Las que aún viven.
Siento que pierdo algo al despertar. Ya no volveré a esos lugares oscuros de dimensiones extrañas e inabarcables. Espacios que guardan oscuridades vitales, trozos de lo que fui y sentí.
Porque cada sueño es una melancolía, una precisa tristeza que no se repite nunca.
Trozos de oscuridad que no puedo llevar a la realidad.
Pedazos oscuros que contienen tiempos largos como vidas enteras.
Hay una tragedia que se clava en el vientre en cada sueño. Despertar es volver a la mediocridad, toda aquella oscuridad triste y densa, tan intensa como el latido de un corazón se desvanece repentinamente, se rasga con la luz de la realidad.
No puedes arrancar un trozo que llevarte de consuelo.
Amo esa melancolía, esa tristeza misteriosa. Las temibles y grandes penumbras que me hacen especial en un mundo único.
Y la tristeza va grapada siempre a otra tristeza.
Pérdidas abstractas que no acabo de entender e identificar; pero que siguen presentes durante muchas horas en la vigilia.
Es tan perturbador que me encuentre con ellos en un presente que es pasado. Mi pasado borroso y deforme.
La ingenuidad de esas personas hacia el tiempo que aplastó y mutiló lo que éramos para crear nuevas versiones es desconcertante.
La tierna ingenuidad de los que no saben y habitan mis colosales espacios oscuros…
¿Quién soy yo para preocuparlos y decirles que no existen ya? Dejaron de ser aquello.
Palpo la oscuridad que se agita, hablo con un amigo que cumple años y me obsequia unas botellas de cava que sobraron en su fiesta, ya que no pude asistir.
No quise ir.
A veces me regalan cosas que no están enteras, les falta alguna parte, o algún elemento auxiliar que las hace patéticas e inservibles. Siento pena por ellos que no saben que regalan cosas muertas. Las botellas tienen los tapones flojos, se caen con solo tocarlas, lo de dentro no huele a nada; pero él sonríe feliz de regalármelas.
Esas cosas taradas, regaladas con sincera cordialidad, me provocan una extraña y asfixiante melancolía que se extiende a mi corazón y lo masajea torpemente, robándome un latido al despertar, una inspiración de aire que no acaba de llegar a los pulmones.
La he besado, abrazado y follado tantas veces… No veo su rostro y sexo en la oscuridad. La observo con el pensamiento. Y es ella, reconozco su voz, siento su amor reptar por todo mi ser. Ella plena, ella que me ama, ella que me desespera. Ella en su inmensa presencia difusa que penetra por todos los poros de mi piel y hace una realidad inquebrantable del sueño del lugar oscuro.
Y me quisiera arrancar la vida a puñados cuando despierto y ella se quedó allí en los lugares que sueño; dejándome solo a mí mismo.
Un día no despertaré, me quedaré para siempre en los lugares que sueño, que son míos, que son mi vida entera.
Espero ese día con ilusión, mascando el hastío hacia la vigilia, ese pozo inmundo de lumínica vulgaridad y asepsia.
A veces me duermo con la firme voluntad de encontrarme con ella y ese amor aplastante y extraterrenal que emana. Le digo que es una diosa; pero no imagina lo sincero que soy.
Muchas veces no lo consigo y vivo con triste ansiedad los tiempos de los lugares que sueño.
Y trabajo en cualquier cosa en el banco de un taller hasta que un bulto que se siente solo, se agita en la oscuridad para saludarme con alegría desde su difusa y oscura naturaleza.
Era un amigo que conocí en un curso de electricidad, al que ayudé…
Y otro sueño más que pierdo, otro día anodino en el que despierto.
No quiero despertar y escribir esto a la luz, quiero no escribir allá, en los lugares que sueño.
Quiero dejar de despertar, por favor…

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

El mundo se distorsiona en función del grosor del hielo que se forma en los ojos por las lágrimas al congelarse, son cosas de la temperatura que aunque sean simples y lógicas, cuando te las cuento adquieren un hermoso aire trágico.

No estoy loco, solo un poco triste de melancolía cuando pienso en tu calidez.

Te diría caminando cogidos de la mano, tranquilamente como aviones a reacción (me encantan las estelas de vaho que exhalamos en el aire frío), que por muchas distorsiones y refracciones que causen mis lágrimas con la luz, todo lo humano conserva con desesperante definición su mediocridad atávica cuando vago solo.

Sé que puede parecer repetitivo; pero… Si no te lo cuento a ti ¿a quién, cielo?

Pensarte me da paz y cobijo. Tu existencia me da un lugar higiénico cuando la vulgaridad me asfixia.

Estoy amargado a conciencia, alimento mis frustraciones y tristezas para no encajar entre ellos, entre los humanos. Una rebeldía inútil; pero absolutamente digna aunque me joda.

Solo necesito estar en ti, dentro de tu cuerpo, con las almas mezcladas en volutas que danzan perezosamente ingrávidas alrededor de los cuerpos jadeantes.

Porque el día que sienta que pertenezco a esta sociedad ya no seré digno de ti.

Sería terrible, amor.

Que no te preocupen mis lágrimas congeladas, son mi volición, mi necesidad de ti.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Te digo del viento

Te digo que el viento es tan fuerte, que me roba el aire que he de respirar y por unos segundos, siento asfixiarme.
Te digo que el viento se ha llevado el polvo del camino y ha dejado la tierra desamparada, cuarteada y dura. Ha borrado todas las huellas y las que se pudieran hacer. Como si nunca hubiera estado.
Nunca estaré, no quedará nada de mí, dice el pérfido viento.
Si en polvo nos convertimos al morir, el viento ha arrastrado a los muertos de esta tierra. Aquí, ahora solo quedan vivos que temen morir aplastados por las cosas que el viento les lanza furioso.
Se ha llevado las nubes y parece querer llevarse el sol, que flaquea en su brillo.
El viento aúlla y su salvaje odio quiere arrancar los árboles que intentan tumbarse llorando verde de puro terror.
Lágrimas arremolinándose…
El viento me da un poco de miedo porque mueve el banco en el que me siento para escribirte estas cosas que solo pueden pensarse en soledad.
Y piensa quien me ve escribir sentado contra el viento, que es terrible estar tan solo.
Tiene razón en lo de estar solo; pero no es terrible.
El viento frío como una muerte, como una anestesia inyectada en la vena; me roba la humedad de los labios y los parte. Me arrebata el calor de las mejillas y en algún momento me hace temblar sin control; pero lo extraño es que el corazón parece hervir, parece un fuego atizado en una fragua.
Corazón ardiente y dedos fríos porque no se puede escribir con guantes: pierdes el contacto contigo mismo.
Si tiene que doler, que duela.
Te digo del viento en soledad, porque si estuvieras a mi lado, no podría prestar atención más que a tus ojos y tus labios. A tus palabras y silencios.
Concluyo que eres más poderosa que el viento.
Eres la que atiza el fuego del corazón que el viento no puede apagar.
La creadora de una soledad, que el viento no arrastra, sino trae.
Te digo palabras que el viento no se podrá llevar, las escribo con tinta de plomo en un cuaderno que ni el viento arrancará de mis fríos dedos.
Es hora de volver a casa, sin huellas.
Invisible y efímeramente.
Adiós.

 

ic666 firma
Iconoclasta

¿Dónde están las cosas que me daban temor? No hay nada terrorífico, no hay nada mágico y el plomo solo se transmuta en cáncer. Los alquimistas eran simples curanderos con un afán demente por salir de su miseria.

Padre y madre no están en ninguna parte, no se encuentran en dimensión alguna. Están vulgarmente muertos y nada de ellos flota en el aire, no hay mensajes de cariño y esperanza desde otros mundos.

Es decepcionante la vida. Esto me pasa por ser intrépido y ya es tarde para no serlo; los cerebros no se formatean: o enloquecen o simplemente se mueren.

Me gustaba sentir miedo, me daba esperanza de vivir con valentía. De demostrarla.

Ahora soy el hombre más valiente y junto con mis miedos he destruido la fantasía. Aunque nunca la ha habido, nunca ha existido la magia. ¡Qué putada!

Cuando estaba engañado, cuando el miedo me obligaba a cubrirme con una sábana por las noches, sentía que valía la pena vivir. Lo jodido, es que no se necesita vivir con valentía, sino con un buen estómago que no tienda a vomitar ante tanta trivialidad.

El amor se rompe con un suspiro, con una simple corazonada de que algo no está bien, así de fácil. Como muren los padres con un ronquido cuando el corazón se rompe como un jarrón contra el suelo. El amor no lo destruye un conjuro, sino el hartazgo y el aburrimiento. La muerte llega solo por un corazón u otro órgano en mal estado.

No somos lo suficientemente importantes para el mal y el terror y lo que nos destruye son cosas tan cotidianas que uno se plantea si no han sobrevalorado la vida.

No hay seres malignos, no hay conjuros, ni encantamientos.

Soy tan intrépido que me suda la polla si el corazón me fallara ahora. Si el amor estallara como una pompa de jabón delante de mis narices sin que nadie la toque, me fumaría un cigarro pensando en el precio de una lima para uñas.

Si eres valiente ya no te queda nada por sentir más que el tedio y la repetición cadenciosa y matemática de todos los días iguales.

Uno más uno es uno, dos más dos es uno, tres mil más tres mil es uno.

Y el dolor… Una punzada en un hueso podrido no es motivo para temer.

Alguien debería crear algo nuevo a nivel cósmico para que volviera sentir el temor de cuando era niño. Y con ello, las esperanzas de una vida interesante.

Quisiera decirle a alguien, que tengo miedo por las noches, sentirme cobarde ante fuerzas que no conozco.

Sueño con mi polla expandiéndose, haciéndose enorme cada día y el resto de mi cuerpo se convierte en un pellejo pegado a ella. ¡Qué horror…! Convertirme en un pene enorme junto con la angustiosa sensación de que mi mente se hace pequeña y desaparece. Mimimimi… Claro que con una polla así, me la pela la mente. Y más si soy motivo de envidia para todos mis congéneres.

Es cinismo simplemente, hasta mis miedos sexuales han desaparecido. Y sé que lo único que podría crecer es la próstata hasta convertirse en un tumor que me colgara más abajo que los testículos.

No moriré víctima de mi propia hombría, no tengo miedo a ello. Tampoco le tengo miedo a la mutación, la espero aburrido.

Si sabes leer y comprender, la ciencia se encarga de quitar el miedo para transformarlo en una lógica aplastante. En algo aburrido. Me conformo con disfrutar y padecer de los actos, de los hechos, de las reacciones. No busco orígenes, no los quiero conocer.

Se debería hacer a sí mismo un dios verdadero que mate y haga sufrir a la humanidad, como lo hacen ahora las gentes mediocres en nombre de los dioses inventados con mentiras e insistencia secular que tantas páginas “sagradas” han llenado.

Que las deidades sean de verdad, reales y tangibles; que su mierda nos llueva sobre las cabezas.

Las tormentas y sus truenos que hacen temblar las paredes dejaron de inquietarme al conocer la física y los monstruos me hacen sonreír o me dan pena desde las primeras nociones de genética que me obligaron a estudiar.

Ni siquiera todo este hastío me da miedo, solo dolor de cabeza y más decepción.

Perdí el miedo a todo y con él, una parte importante de ilusión (a efectos prácticos, toda). Las esperanzas se fueron por un tubo largo directas a un pozo negro y pestilente donde se ahogaron entre tanta banalidad.

No tengo miedo; pero sí una fatídica tristeza. Me cuesta caminar, no quiero un nuevo día sin temor. No quiero saber, quiero ignorar y creer en leyendas que hagan peligrar mi vida con un castigo por cagarme en dios.

No hay hombres lobos, recortados contra una luna llena enorme, no hay vampiros contra los que luchar.

Mi sangre día a día se hace más espesa y al corazón le cuesta cada vez más bombear toda esa pesadez.

Ser temerario es la decepción más grande que a un humano le pueda ocurrir.

No existen los villanos, solo hay gente insignificante que estafa, daña y mata de la forma más vulgar. Y es tan mediocre y sé tan bien como actúa, que me siento sabio, ergo frustrado.

No son simpáticos, no son inteligentes. No aportan creatividad, ni interés en sus actos abominables. Cuando uno lleva dando vueltas por el planeta unos cuantos años y si no es idiota, mira a los ojos de algunos e identifica en cuestión de segundos un seso tarado, un cerebro podrido de ambición y envidia.

Y así es cada día, lo mismo. Una y otra vez sabes que no has de tener miedo, porque son solo humanos de segunda clase y solo basta estar atentos para que el miedo desaparezca con toda la magia que tiene. Ya no hay que preocuparse más que de ser cuidadoso, no hace puñetera falta la valentía.

Chorreo un coraje que cae por mi piel como un sudor rancio y viejo.

No existen ni han existido todos esos héroes, ni los zombis.

No hay seres inmortales que acaparen conocimientos y habilidades. ¿Es que no hay nada que valga la pena de temer?

Porque solo hay náusea y vómito. Y un aburrimiento que te roba el calor de la piel.

En la vida cotidiana los malos son de un adocenamiento que apesta. No tienen ninguna gracia o carisma. No se les puede repeler con ajos y las balas de plata no los matan porque pagan los mejores seguros médicos.

A veces lloro por los miedos perdidos; siempre en lugares ocultos o en lo más profundo de mi mente, allá donde las palabras se olvidan para convertirse en emociones primarias. Yo me meto allá donde solo se sufre por la falta de libertad de mi conciencia salvaje sin poder definir las ideas que duelen. Yo mismo soy mi cuarto oscuro.

Un castigo a mi osadía.

Los jueces matan la justicia y los médicos anteponen la vida de la mala gente (políticos, funcionarios, leguleyos y deportistas de élite) a la gente buena o a la que no mata a nadie.

Ojalá se transformaran esos vulgares, asesinos y envidiosos en demonios o posesos, algo fácil de matar y mágico que me diera miedo y no asco. Algo contra lo que poder luchar heroicamente. Estos villanos son longevos y si existiera Mefistófeles, habría un contrato de alma archivado en algún sitio; no venderían su alma, sino la de sus hijos o padres.

Es por ellos, por su falta de interés y decepcionante personalidad, que no recurriría a sofisticadas armas para asesinarlos.

Me bastaría un puñal o un simple y pequeño revólver.

Y mis cojones, mi valentía.

Cuando mueren, sangran como sangran todos, no hay nada de especial en sus hemorragias. Si le revientas el cráneo a un juez o al presidente de cualquier nación, se orina y defeca encima mientras su cerebro intenta funcionar a pesar del trauma. Patalea como muñecos a batería roto.

Como todos.

Si fueran super villanos se desintegrarían, se convertirían en humo o se harían pequeñitos (de un tamaño apropiado para metérselo en el culo a su puta madre) lanzando una carcajada sádica al morir.

Pero solo vomitan sangre apestosa.

Yo no quiero morir a manos de un mediocre. No quiero que me arruine un juez porque ese día le pica el culo y está de malhumor.

No hay robots que despedazan a la gente, ni temibles extraterrestres de sangre ácida.

Ya hace miles de años que no me cubro la cabeza con la sábana para protegerme de monstruos. No tengo miedo, no soy capaz de sentirlo. Cuando el miedo se va, con él lo hace la fantasía.

Ya me ha ocurrido.

Ahora me limito a blasfemar cuando identifico un ordinario peligroso y escupo con sensación de asco para aliviarme del aroma a mierda que me deja en la nariz; pienso que una estaca en el corazón de un presidente no sería suficiente, lo podrían salvar sus maravillosos médicos.

El tiro ha de ser directo a la cabeza y que no sufra, porque cuanto más sufre una mala persona, más tiempo está viviendo y más tiempo está destruyendo miedo con cada uno de sus sufrimientos. Sus muertes han de ser rápidas y eficaces. A ser posible sin que perdamos el humor.

Que sus muertes sean tan anodinas como son ellos y la vida que han creado. Que mueran con los enormes ojos abiertos de una vaca en el matadero cuando le alojan una bala en el cráneo. Tengo miedo de que no haya suficientes balas.

Ejemplo y conclusión (Lecciones de Epi y Blas en Barrio Sésamo, chapter nine):

Meter el rabo en una olla bien caliente de pozole por culpa de que Merlín el mago te haga un encantamiento, es una imagen que amedrenta al más curtido de los humanos; pero ni con senilidad, ni con cincuenta pastillas de éxtasis color azul fosforescente (“fosforito” para los más nacos o charnegos tipo Estopa) diluyéndose en mi estómago, tendría la idea de meterla dentro. Ni por accidente. No me da miedo la posibilidad de que eso ocurra. Merlín era un mago senil y no tenía ese poder.

Los hay que aún tienen la suerte de sentir miedo y temen esta posibilidad por un infantilismo o complejo idiota de Peter Pan. Si creen que su polla puede acabar dentro de una olla por un conjuro, ya pueden ir formando cola en el ministerio de cultura para que les den su plaza de profesor. Porque se la han ganado a pulso sin necesidad de hacer oposiciones. Los ministerios de cultura de todos los países están llenos de gente así.

Lo real es que te encuentres trabajando en un restaurante porque no has encontrado trabajo de ingeniero, que es para lo que te has pasado diez años estudiando (con sus correspondientes repeticiones de cursos).

La olla de pozole o lentejas estofadas está hirviendo y hay que remover el guisado para que no se pegue, lo dice el chef que es el que paga y decide si vives o mueres.

— ¡Jefe! No encuentro la espátula para remover el guisado —te lamentas al chef sudando, impotente ante la falta de recursos para realizar el trabajo.

El chef se gira y observa una espátula del tamaño de un elefante recostada en la cocina, a un lado de tu culo y fumando tranquilamente.

— Pues lo haces con la polla —te responde amablemente.

Y ahí se te viene encima todo el miedo, todo el terror de meter el pene en esa sustancia hirviente y sufrir un dolor indescriptible. Los que aún conservan el miedo y su ilusión, lo consideran como una peligrosa y más que probable disyuntiva que les hace sudar.

Por mi parte, ante mi total ausencia de miedo y mi valentía desaforada, esa respuesta del chef me haría pensar en un refrán que dice: Donde tengas la olla, no metas la polla.

No tiene nada que ver; pero como no tengo miedo, acabo alardeando de mi inmensa cultura. Y maldiciendo todos los días tan penosamente intrascendentes que aún me esperan sin sentir temor hasta que muera.

Iconoclasta