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Doce años presa; pero ya hace tiempo que es su voluntad, su deseo, su espera.

Su deseado tortuoso y doloroso desenlace.

Doce años de un maldito, penoso y venenoso embarazo. Es la elegida.

Mil oraciones de diez mil devotos la convencieron. La enloquecieron.

Y a veces sus dedos sin uñas estrangulan ratas que luego se mete en la boca, saboreando los miasmas de lo hediondo.

Los Oscuros Padres Dolorosos la raptaron el día de su primera y espantosa menstruación. Madre le bajó la falda, le separó las piernas, metió los dedos en su vagina y frotó la sangre entre sus dedos: era oscura como ninguna otra. Fue en busca del Padre Muerte y éste le dijo:

—Tu hija es la Elegida, su vientre será el pútrido útero de nuestro Doloroso.

—Yo me arrodillo ante ti, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores —dijo el sacerdote vestido con traje oscuro y corbata negra, arrodillándose ante ella y posando sus labios en la ensangrentada vagina.

Entre madre y padre, bajo la letanía de obscenas maldades que el sacerdote recitaba por la calle y a plena luz del día, la llevaron a la Catedral de los Despojos Humanos. Se encontraba a treinta metros bajo tierra, el colector de todas las cloacas. Le aterraba el rugido de las seis enormes cataratas de agua sucia de todas las materias que la humanidad crea, plena de excrementos, orina y el semen de los desgraciados, de todos los seres humanos que malviven en la putrefacta ciudad. Seis enormes tubos del diámetro de la altura de un hombre, arrojaban toda la inmundicia humana posible, en todas sus combinaciones. Compresas manchadas de una sangre más clara que la de su menstruación eran festín de las ratas, las predicadoras de la miseria que pregonaban en el exterior entre la basura y las casas rotas, la venida al mundo del Hijo de Todas las Penas.

Y con sus muslos manchados de sangre, entre los gritos casi enmudecidos por el hedor y el estruendo de la Catedral, agujerearon su monte de Venus apenas poblado de un vello oscuro, con botellas rotas para meter en sus entrañas tubos mugrientos que la llenaban de todas las miserias innombrables. De todos los espermas de todos los hombres, de la sangre de menstruaciones. Pus y restos de enfermos, mutilados y heridos.

Flotaban en el agua ciento un fetos roídos que comían los discípulos y creyentes durante las misas que dedicaban a su vulva púrpura de necrosis, siempre abierta ante ellos.

No murió infectada, era la elegida. La real Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores.

Con veinticuatro años su vagina eternamente expuesta a la mierda, es una costra oscura e insondable, la carne de sus nalgas son llagas que no curan nunca, hogar de larvas que anidan en ellas retorciéndose, canibalizándose. La piel blanca es un mapa de oscuras venas que se arraciman en los pezones para extenderse como un virus por todo el cuerpo, regando cada rincón de su organismo con infección y corrupción.

Sus dientes están podridos y un incisivo cuelga de su filamento nervioso, cuando balbucea plegarias ininteligibles de oscuros vómitos. Su mente está perdida en el dolor y el hedor.

Es ella en verdad, la Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores.

De todas las infecciones e insanias.

Doce años de un embarazo leproso y ahora ante la letanía de los miembros de la Santa Podrida Iglesia del Dolor, se desprenden las costras de su coño por la dilatación del útero, va a parir.

“Negra Madre Virgen de Todas las Penas y todos los Dolores, que tu pena y la orina de tu sangre que pudre las venas, se extienda por la humanidad”.

Son los rezos de los innombrables.

La Madre grita y sus adoradores, de caras vendadas con telas sucias de icores venenosos y sangre vieja se llevan las manos a las sienes gritando su dolor también. Sus muslos gordos y albinos manchados de mierda se separan y de su coño sale un hedor que asciende a la superficie por los conductos sarnosos de la ciudad causando asco en la gente luminosa, en los de arriba, en los cobardes que adoran dioses de madera y mentiras piadosas.

Rompe aguas colmadas de cabezas de negras antenas y patas de insectos.

“Oh Madre de Toda la Podredumbre, danos nuestro rey, danos la oscuridad. Que se pudran los benditos y los limpios, los que en su vida tuvieron suerte y todo lo tienen, los que esperan una muerte dulce y un premio de miel. Oh, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores, que el Bastardo de los Humanos Despojos, sea escupido por tu Sucio Coño”.

El Padre Muerte encabeza y dirige las plegarias de las diez mil mentes podridas.

— ¡Jamás llegó a renacer Cristo, no hubo una segunda venida! Escupid al feto que fue arrebatado de su madre virgen antes de su alumbramiento —sermonea a la multitud mostrando un frasco de vidrio en cuyo interior flota un feto humano con los brazos y las piernas rotas.

En el frasco, escrito con mierda figuran las palabras: Iesus Cristus, segunda venida.

— ¡Jamás llegó a nacer la Bestia! El anticristo murió a manos de la Santa Iglesia Podrida del Dolor —ruge con furia el Padre Muerte, mutilándose el lóbulo de la oreja con una navaja de afeitar —. Ni siquiera Satanás ha conocido el dolor y el asco, nunca lo imaginó así.

Eleva a la congregación otro frasco con el feto de un bebé con cabeza de macho cabrío. “Maléficus Satanás”, reza en el frasco.

— Todas las religiones han errado. Se han perdido en la hipocresía y la estafa, en el abuso y el engaño. Ahora pagarán y no habrá redención. Nos alimentamos de mierda y despojos, nos alimentamos de dioses y diablos.

—Ella es virgen, ella está infectada del Espíritu Corrupto, miradla parir.

La Madre de Todas las Penas vuelve a gritar y su cuerpo se agita con el dolor del parto. Los tubos insertados en el pubis se desprenden por la violencia de las contracciones. Sus pezones se han resquebrajado como cristal, pero apenas sale nada de ellos.

Cinco ratas lamen el corrupto líquido amniótico que ha dado protección en el sucio vientre al Bastardo de los Humanos durante doce años.

— ¡Cómo me duele este puto coño, me cago en Dioooos! —grita la Madre de Todas las Penas ante cientos de miserables que se masturban ante ella.

El bebé sale de entre sus muslos para caer al suelo lleno de agua sucia, liado con el cordón umbilical y una placenta verdosa. Un perro famélico la devora y rasga el cordón ante la mirada agresiva de las ratas.

— ¡Ha nacido, el Bastardo de los Humanos Despojos! Que se alimente de tus miserias, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores! Dale lágrimas y asco con la que alimentarse y hacerse Dios. Que comience el Nuevo y Pútrido Mundo —grita el Padre Muerte.

—¡Que mame el Bastardo! ¡Que mame el Bastardo! Que la Madre Puta de los Dolores lo cebe con lágrimas y penas.

El bebé no llora, su boca se abre mostrando unas afiladas encías y los dedos de uñas partidas se mueven ansiosos. Sus piernas atrofiadas se debaten en un pataleo en el aire. Se revuelca en el suelo mostrando su columna vertebral descubierta y deforme.

Hay hombres y mujeres que se clavan los unos a los otros trozos de vidrio en la espina dorsal descubierta por una largo corte que se mantiene abierto gracias a alambres y tenedores viejos. Sus gritos de dolor apagan el ruido de las Sagradas Cataratas de la Ponzoña.

Un niño de cuencas vacías toma al recién nacido en brazos, la Catedral se ha inundado de silencio.

Cojeando se lo entrega a la Madre de Todas las Penas.

Lo toma en su regazo y lo lleva a su pecho, para que mame.

El Bastardo clava sus encías en el pezón derecho, y la carne se rompe, como algo seco, algo sin vida.

No hay leche en los pezones, ni sangre. Las mamas están secas y repletas de orina y lágrimas cristalizadas que crujen como el vidrio e inundan la boca del Bastardo.

El pequeño mastica toda esa inmundicia y su boca se hiere. Mana la sangre que inunda su pecho. Y su primer grito de puro dolor y asco que asusta a hombres y ratas, se extiende por toda la catedral, por todas las superficies.

En la ciudad, la gente vomita sin saber bien porque. Cuando los fetos de las embarazadas caen muertos en el suelo, el hedor en toda la atmósfera es insoportable. Cuando los gritos de miles de enfermos salen por las cloacas y desagües de las calles y casas, ya es tarde. La infección ha hecho presa en los felices, en los luminosos y las iglesias se derrumban, cae todo lo que una vez fue bendito, sacro o santo.

Es la Nueva Era del Dolor. La Verdad la estuvimos pisando, cagándonos en ella.

Ahora la Verdad se caga en nosotros. Y nos mata.

Que la Podredumbre sea con nosotros.

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Suturando horrores

Publicado: 24 febrero, 2012 en Reflexiones
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Puntadas lentas y profundas suturan su vagina entre riadas de fluido lechoso.

Está desesperada y su coño es una fuente que la deshidrata. Ante el espejo de la habitación, sentada a los pies de la cama con las piernas abiertas, atraviesa los labios mayores con la aguja curvada, hace correr el hilo cerrando su coño con el esfuerzo de un dolor mortificante. Una baba sexual y densa se derrama de su vagina; la aguja resbala entre los dedos y una gota de orina que se escapa por una puntada especialmente dolorosa se esparce por el plástico transparente que protege la sábana de raso negro.

La sangre que sale perezosa entre las puntadas enturbia la claridad de sus dedos y de la carne que cose.

Una boca sellada a cualquier polla que quiera entrar sin su permiso, sin su venia.

Ojalá fuera tan sencillo, un deseo tan claro…

Entre dos puntos asoma el clítoris duro e irreverente, por muy fuerte que sea el dolor, se eriza, se desespera, se rebela ante el encierro. Entre todo ese dolor, una caricia suave en ese duro botón provoca que un jadeo profundo y oscuro se escape de su boca.

Siente la tentación de tocarlo más tiempo, de oprimirlo. Abre más las piernas y la sutura en su vagina se tensa. Un trallazo de dolor le provoca un escalofrío en los muslos y algo de excremento asoma por sus nalgas; una marea oscura deslizándose por el protector plástico.

Sexo, sangre, orina y mierda. Y el dolor lo enmarca todo: deseo y paranoia.

Un horror que la realidad esconde…

Un fotógrafo enfermo oprime el obturador y las lágrimas del deseo oscuro crean ríos negros en el rostro de la degenerada.

El fotógrafo desaparece de su mente enfebrecida y ante el espejo se muestra una mujer con algo sangrante entre las piernas sellado por negros hilos. Inflamado y tumefacto. Unos pechos llenos que se rebelan contra el sujetador, rebosando las areolas por las copas, parecen recibir los ecos del corazón. Suben y bajan con desasosiego con el suave roce de su dedo en un clítoris palpitante que deja hambriento.

Se reconoce puta y cierra su coño al mundo, a ella misma.

Se encierra en el dolor.

Se derrama yodo en el coño herido y el frío líquido da sosiego a su corazón acelerado.

Se traga un analgésico ayudada por un sorbo de café frío y se deja caer de espalda en la cama aspirando un cigarrillo, sin hacer caso al excremento frío que ahora toca su coxis.

—Soy una cerda… —y ríe olvidando el tormento de su mutilación.

La humillación es otro dolor, está bien.

Despierta de un sueño que no es más que el desmayo de una mente perturbada y las piernas no se atreven a cerrarse, su vagina está dura, encostrada y siente que late con furia. Alza la cabeza para mirarse en el espejo. Su coño está dilatado, los labios son carne enrollada y prieta. No conocía la magnitud de su sexo.

Sus nalgas están sucias de mierda.

Grita cuando se incorpora para dirigirse a la ducha, la sutura está dura y siente ganas de orinar.

Con la ducha en la mano, dirige el chorro a la vagina. El agua tibia le da paz y deja escapar la orina que se filtra por sus heridas y la obliga a doblarse de dolor.

No seca la vagina, no puede ni rozarla. Con cuidado, se coloca una compresa.

Camina con cuidado y se acuerda de cuando parió hace diez años. La habitación apesta y recoge con cuidado y asco el plástico protector.

Se prepara un sándwich de queso que vomita al instante. Se deja caer en el sofá con las piernas abiertas. La compresa está sucia de sangre y se transparenta en la braga blanca calada. Es un reflejo deforme ante el televisor apagado.

Hace cuatro horas que cosió su sexo y le duele como si solo hubieran pasado cinco segundos. No puede sacar de su mente su imagen reflejada en el espejo, el hilo corriendo y tirando de esa carne suave que tanto placer le proporciona. Su clítoris vuelve a rebelarse a pesar de todo ese daño auto-infligido.

No lo toca, en lugar de ello, toma hielo del congelador y lo mete entre la compresa y su carne.

Su hijo la observa con una sonrisa desde el marco de una foto en la mesita. Sonríe con una cacatúa en el hombro, hace cinco años de aquella foto en la reserva de aves; su padre estaba tras la cámara. Ella se sentía feliz y no tenía el coño hecho mierda.

Llora ante su hijo muerto y rememora el accidente. Un automóvil invade el carril y consigue evitar el choque completo frontal. El impacto lo recibe el lado derecho, donde su hijo va sentado y todos los vidrios del mundo les van al rostro, lacerando la piel lentamente. La puerta se dobla y se convierte en una cuchilla que se clava en el lado derecho de su hijo, rompiendo costillas y cortando pulmones.

Entre la sangre que lloran sus ojos, observa a su hijo intentar coger aire. Solo se le escapa sangre por la boca. Los coches unidos por el impacto, por fin se detienen y queda frente al conductor muerto que asoma su cabeza deshecha y vaciándose de sesos por el parabrisas roto. No le importa, intenta tomar a su hijo en brazos, pero el metal casi lo ha partido en dos y lo aprisiona. Ella desespera y no se da cuenta cuando un médico le inyecta algo y la desconecta.

Era un día hermoso, claro y con un cielo saturado y salpicado de enormes nubes de algodón. Cristian tenía siete años y miraba arriba soñando con algún día poder saltar en esas nubes. Clara se reía ante la ocurrencia, sonreía cuando vio demasiado cerca la cara del conductor que los iba a destrozar.

Despertó en el hospital con un intenso dolor entre las piernas, una parte del eje del volante, se había roto y se había incrustado en el monte de Venus desgarrando la vagina y parte del vientre. Gaspar, su marido se encontraba a su lado cuando despertó. Era médico en ese mismo hospital.

Aprendió que un dolor podía ocultar otro. Y su mente se abrió al placer enfermo a través de las manos de su marido actuando en su espantosa herida.

Las curas dolorosas: gasas empujadas al interior de la carne, coño adentro para limpiar y prevenir la infección. Los tirones de la sutura en su parte más sensible. La monstruosidad de un coño reventado… Su hijo casi en partido en dos a su lado competía por ser un dolor más agudo que el que había entre sus piernas y su vientre.

Los dolores se pelean por ser importantes.

Y la mente aprende a sacar provecho de ello. Aún a costa de la cordura.

La depresión es un caldo de cultivo para las paranoias. Y ahora su coño late de ansia esperando a su médico, a Gaspar.

—¡Clara! ¿Lo has hecho otra vez?

La despierta zarandeándola, tras abrir su bata y descubrir las bragas manchadas de sangre.

Se abraza a él aún sentada y besa sus genitales a través del pantalón.

—Me duele mucho, Gaspar. Me duele hasta el mismo corazón.

Hace meses que el tiempo ha dado un protagonismo demente al dolor de su coño. Es necesario hacerse daño para combatir el horror de Cristian muerto.

Hace meses que Gaspar no puede evitar sentirse arrastrado por su mujer a la misma depravación del dolor. A él también le duele.

Se arrodilla ante ella, y ante la mirada de Cristian.

De su maletín de primeros auxilios saca las tijeras y corta la braguita de Clara.

—Abre más las piernas —le exige con rudeza.

—No puedo, me duele mucho.

Gaspar separa con las manos las rodillas con fuerza y decisión, ella gime. Siente una erección húmeda crecer entre su ropa cuando ve el humor sanguíneo que mana de la sutura prieta.

Se saca el pene por la cremallera del pantalón ante la incomodidad y la visión del clítoris brillando entre todo ese daño.

Ella ha desabotonado completamente su bata y le ofrece los pechos endurecidos, Gaspar coloca una pinza quirúrgica en cada pezón y las aprieta hasta que Clara gime, hasta que los dientes de metal, están a punto de romper la tenue y sensible piel.

Por la vagina se desliza una baba rojiza que Gaspar lame suavemente a pesar de que ella intenta aplastarle la boca contra su sexo, agarrando su nuca con las manos.

La tijera entra veloz en el primer punto, el más cercano al ano y corta de golpe. La mujer eleva las piernas por el dolor intentando apartarse de su marido, él no lo permite y corta otro punto más.

—No te muevas… —le dice al tiempo que pellizca su vagina en la zona superior, sobre el clítoris.

Clara hace rechinar los dientes de dolor y placer. Permanece quieta y expectante con el corazón bombeando pura adrenalina.

Él frota ahora sus labios cosidos con el pene, presionando con fuerza, sintiendo las contracciones de dolor de su mujer. Ella tira de las pinzas consiguiendo desgarrar la piel de los pezones.

Gaspar corta rápidamente los once puntos de sutura que aún restan y Clara se muerde los labios por no gritar. Siente el placer de la liberación de su coño y el dolor que la lleva al placer más insano.

—Métemela ya. Jódeme, cabrón.

—Tendrás que hacer algo por mí —dice Gaspar incorporándose y abandonando el coño húmedo de sangre y baba sexual.

Se arrodilla en sillón, a su lado, y le hace coger su pene.

—Descubre el glande, Clara.

La mujer cierra el puño y tira del prepucio. Exhala un suspiro de placer al observar el meato cosido con dos puntos de sutura, los cabos están sueltos.

—Tira de ellos con los dientes.

Con los dientes estira los hilos y la sangre mana cubriendo el glande. Gaspar empalidece ante el dolor y sus testículos se contraen. Se ha mordido el labio hasta hacerlo sangrar.

Clara le da consuelo metiéndose profundamente el bálano, hasta la úvula y provocándose una arcada.

Ante la mirada de Cristian, hacen un coito ensangrentado con un dolor que le haría girar la cara a dios si existiera.

El dolor es el remedio a su horror.

Un día aparecerán desangrados unidos por sus sexos mutilados.

Suturando horrores, combatiendo el dolor con más dolor. Como si fuera posible…

Cristian continuará sonriendo con su cacatúa al hombro.

Todos muertos, ya no hay dolor.

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Repulsivo

Publicado: 28 diciembre, 2011 en Reflexiones
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¿Quién puede temer a estar solo? No puedo entender a los humanos y su miedo a la soledad.

No solo me gusta la soledad, busco el aislamiento perfecto y total. El absoluto vacío de todo rastro de humanidad a mi alrededor.

Es una necesidad para no ser tan patético, para sentirme digno. Tengo mi amor propio a pesar de todo.

Ella estaba triste como jamás la había visto. Las cosas no ocurren por casualidad, soy yo el que provoca esa desesperación en el ánimo. Lo sé, me conozco.

Es mejor estar solo que hacer daño a quien amas. Hay que ser valiente con uno mismo y confesarse mierda si se da el caso.

Conmigo se ha dado el caso por mucho que me pese.

No creo en el ser humano, lo conozco tan bien que me aburre incluso como mascota. La insensibilidad se ha ido apoderando de mí a lo largo de los años con cada dolor, con cada desilusión. Con la comprensión absoluta del medio en el que me desarrollaba.

Estoy desencantado y desencanto todo lo que me rodea. Tienen razón; aún así me da apuro reconocerlo en voz alta. Tengo mi orgullo.

No es agradable ser un fracasado confeso.

Es por eso que conociéndome, sé que no hay arreglo posible.

La mujer que amo es la tristeza y la decepción en estado puro. Es lo menos que puedo hacer por ella: pudrirme en un tanque de aislamiento.

Castigo, castigo, castigo…

Ni siquiera extraño el sexo, me sondo el pene con un lápiz de madera que introduzco por el meato con facilidad gracias a la vaselina. Hay que tener en cuenta que una cosa es que se deslice con relativa facilidad, y otra es el insoportable dolor que me lleva a un estado de aislamiento superior y que por mucho lubricante que le ponga, siempre duele y requiere muchos cojones seguir con ello. Ser repulsivo no tiene porque hacer cobarde a nadie.

Es horroroso; pero provoca lo más parecido a una erección. Y eso me hace parecer más cínico, a salvo de esta tristeza profunda. Y es que nada humano me excita.

Cuando tienes la polla dura, nada te afecta. Soy un macho.

Con un alma de madera y grafito en la polla.

Cuando extraigo el lápiz en mi absoluta soledad, con la dificultad añadida de que me resbalan los dedos; en un alarde de degeneración absoluta eyaculo.

Nadie puede ver como me retuerzo de un extraño dolor-placer. No hay vergüenza alguna. Mis alaridos y gemidos son mis únicos compañeros.

Soy mi propia banda sonora en una película sórdida y sin público.

Solo yo me soporto.

Y en el aislamiento estoy a salvo del ridículo. Cuando se está acompañado, se está sometido al juicio y al asco. Cuanto más me conocen, más repulsión provoco, más pesar provoco. Lo noto día a día.

Y no me gusta, por decir poco.

Por decir lo mínimo.

Soy capaz de hacer sentir a alguien desgraciado y deprimido en un tiempo récord. Soy hábil de una manera inconsciente para hacer mierda todo lo que está cerca de mí.

Ella lloraba casi cada día, rápidas surgían sus lágrimas y tras el primer momento de ira, llegaba la profunda decepción. Prefiero el insulto a esa frustración que la dobla y vacía de sonrisas.

No puedo evitar emocionarme en un alarde de inexistente filantropía, pensando que me gustaría hacer feliz a alguien y que esa felicidad durara al menos un par de meses.

Es imposible y ya soy viejo. Me siento asqueado de intentarlo. Es la hora del dolor, de castigarme a mí mismo.

Es mi naturaleza. Los hay simpáticos, antipáticos, atractivos y repulsivos. Yo soy lo último, tengo un diploma que lo acredita en el oscuro comedor de mi apartamento.

Mi técnica para enclaustrarme en mí mismo es demasiado invasiva, causa muchos daños. El fin justifica los medios, aunque mi polla no esté de acuerdo.

Puedo pasar hasta dos días sin mear porque me sangra por dentro y se me inundan los testículos de sangre y otras cosas.

Nadie tiene nada bueno que decirme. No quiero saber nada ni de quien me quiera ayudar. Es más, debería estar muerto con estas infecciones, hay zonas negras en mi pene que huelen muy mal.

Tengo razón: soy mala hierba y la mala hierba nunca muere.

Estoy lejos de ella, muy lejos de su mundo; pero noto aún la tristeza con que la he contaminado. Su pensamiento a veces me llega como una intuición y siento su repulsión y el tiempo que ha perdido conmigo como otra desgracia más en su vida. Estas cosas las experimento y no quiero… Me duelen.

Necesito el lápiz…

Soy consecuente, acepto con valentía la solución que he encontrado y la demencia que provoca; pero desearía morir en algunos momentos en que la fiebre de la infección y el dolor se apoderan de mí y me roban la frialdad para convertirme en un perro herido y temeroso. Lamento ser cobarde en algunos momentos porque se suma al asco que provoco.

Sé que no hay arreglo: cualquiera que me conozca sabrá en poco tiempo de mi deprimente carácter. Hace siete meses llegó el momento de hacer las cosas bien y de no volver a caer en la tentación de enamorar ni enamorarme.

Es el momento de un dolor más soportable.

Un dolor tapa otro dolor; se solapan como los naipes de los jugadores en sus manos, ocultando valores por temor a que otros jugadores miren.

He perdido mi partida, ya no tengo con que apostar; solo me queda la dignidad y la quiero íntegra.

He de romper de alguna forma la tristeza que contagio y retribuir así con mi dolor y aislamiento las penurias que he provocado en la vida que amo, la de ella. Cuando mi aislamiento sea total ya no sentirá más tristeza. No se sentirá desgraciada.

No lo hago solo por ella, yo también me doy repulsión y me deprimo al verme la cara cada día.

Mi sola existencia es causa de malestar en otros, yo ya estoy acostumbrado a mirarme en el espejo cada mañana.

El pus que a veces escupe mi pene son restos de humanidad. Esas bacterias son lo único vivo que me acompaña desde hace meses.

Añado pus en el tintero para que huela a podrido el papel. También hay algo de sangre. Me gusta escribir y saber que nadie me leerá en los próximos cientos de años.

Todo es muerte y la muerte es el aislamiento total.

Eso espero, porque los muertos solo existen como restos de huesos. No existen ciudades llenas de almas, lo sé porque de lo contrario, me estarían molestando ahora mismo. Todos muertos…

En cuerpo o alma, los humanos son igual de hediondos.

Tras sondarme, durante dos semanas me es imposible introducirme el lápiz de nuevo. Es un tiempo razonable para que se cure la polla y los antibióticos hagan efecto. Mientras se cura, si se le puede llamar curación a orinar sin sangre un par de días, me duele y sentarme a escribir es lo mismo que aplastar mi pene en un acerico lleno de agujas sin cabeza.

Mi soledad sana a quien está lejos de mí, de la misma forma que el dolor anula mi carácter repulsivo. Cuando el pene parece partirse en dos, no soy consciente de que doy asco.

Podría ser que la felicidad, la alegría fuera mucho más pura en soledad. No lo puedo saber, no sufro de algo así.

Nací sin razones para ser feliz. No sé porque, pero es así.

No me he de preocupar por estas cosas.

Ella llora aún de vez en cuando, la conozco. Se encuentra bajo los efectos de mi repulsión, lo presiento porque aún quedan restos de nuestra complicidad, de nuestro amor. Y me duele tanto su llanto que necesito extirpar mi vergüenza para no darme demasiado asco.

No sé cuando ni donde se torció el amor para luego quebrarse como una rama seca, con un chasquido apenas imperceptible que iluminó con un brillo metálico de total entendimiento sus oscuros y hermosos ojos.

No tengo buena memoria, solo sé que un día me miraba con asco, que sus ojos estaban tristes. No comprendía como podía haberse enamorado de mí. Yo me sentí desnudo ante su mirada certificando la repulsión absoluta.

No tengo cerebro para otra cosa más que para desencantar, para frustrar.

Ya no puedo perder más tiempo pensando, buscando razones. Soy así y cualquier otra reflexión, prolonga la tristeza de ella y mi vergüenza.

Aunque estoy seguro de que ahora poco influyo en ella, ha pasado el tiempo y hay espacio entre nosotros: la nada.

Aún así temo ser causa de sus recuerdos más repugnantes, no hay dignidad en ello.

Desenrollo la venda embadurnada con la pomada antibiótica que cura mi maltratado pene. Y el hedor de lo podrido sube hacia mi nariz de forma rápida y ofensiva saturándola; en apenas unos minutos ya no soy consciente de la podredumbre que descubro con cada vuelta que desenrollo.

El meato tiene un color púrpura de edema y el glande está pálido, apenas le llega sangre. A lo largo del lacio bálano aparecen manchas oscuras por donde supura una serosidad rojiza y espesa.

Me cuesta caminar hacia la mesa para tomar el lápiz, porque el pene se balancea y me duele con cada movimiento. Es un pene pequeño, mediocre. No tengo complejo con ello, es simplemente la puta verdad.

Nunca supe darle placer, y ella a pesar de todo, insistió en amarme.

Y yo le pagaba con tristeza…

Qué cabrón soy.

Siento el puto remordimiento de conciencia en forma de un dolor pulsante en las sienes que me curva la boca hacia abajo. Tengo la impresión de que la piel de mi rostro cuelga como una gelatina.

Se ha roto la punta, he de afilar el lápiz para que entre más dulcemente.

No sé si es la madera del lápiz lo que huele mal o una corriente de aire ha removido la atmósfera del apartamento y sube el hedor de mis genitales marchitos como una vaharada que me pilla por sorpresa.

Lanzo un vómito que es pura bilis, aún no he comido. No sé cuanto hace que no como…

Tras ponerme unos guantes de látex, unto todo el lápiz con vaselina. Y la vergüenza me provoca premura, con lo que se me cae dos veces al suelo sucio como mi pensamiento. Quedan pelos y pelusa pegados que no consigo limpiar.

Enciendo las luces del salón.

Tomo asiento en el sillón de relax, quedando medio incorporado, con los pies en alto. Tengo una buena visión de mi polla.

Por enésima vez cumplo el ritual y hundo la afilada punta del lápiz que entra indoloramente en el meato. Es muy difícil este primer paso, porque está tan relajado el pene, que se encoge entre los dedos y debo pinzar con fuerza el glande. Y con una sola mano no es fácil.

Antes este primer paso me dolía, ahora no. Y es algo que lamento, porque el tiempo que no me duele la polla, es tiempo que duele mi repulsión natural en mi conciencia. Tengo prisa por dejar de pensar que soy un cerdo.

No puedo evitar que los dedos de los pies se me doblen y se crispen, creo que a ellos les duele más que a mí.

Cuando comienzo a hundir la parte más gruesa del lápiz, mana una baba amarillenta; es entonces cuando el dolor adquiere la fuerza y la rapidez de un trallazo y tengo que esforzarme en que mis manos sigan con el proceso, ellas no quieren hacer todo eso; pero yo mando.

Lo que no puedo evitar es el temblor de las manos, de los pies, de los ojos y de la cabeza.

No es solo por el dolor, se trata de que en un alarde valentía, estoy yendo contra mi propia vida, y el cuerpo se resiste a estos actos de heroísmo gratuito.

Pero mi mente es voluntariosa, es fuerte y no cede ante el lamento del organismo.

Con el lápiz a mitad de recorrido, el pene ya ha perdido su flaccidez manteniéndose erecto de una forma extraña, en ángulo de aproximadamente cuarenta y cinco grados. Me enciendo un cigarrillo mientras me miro la polla. Observo la brutalidad de mi acto, me maravillo ante mi capacidad para sufrir y pienso en lo doloroso que sería que me masturbara, cerrando los puños ante tal idea. Dejo que la escasa sangre se derrame perezosa por el pequeño trozo de carne que es esta polla.

Ceden los temblores y hago acopio de más concentración. Dejo de hundir el lápiz cuando siento el dolor que provoca la afilada punta de grafito en algún lugar de los testículos. Hay un tejido que da la voz de alarma para que no siga y no perfore así algo que no debiera. Y ahí, quieto y respirando con dificultad, dejo que el dolor se extienda como una corriente de alto voltaje por los nervios del vientre y las piernas. Lo siento hasta en las uñas de los pies.

Como por arte de magia desaparece toda presión en mi cabeza, ya no me siento sucio ni repulsivo, todo lo que me rodea es dolor y me duermo cansado.

No es dormir, es desfallecer.

No sé cuanto tiempo ha pasado desde que me he metido el lápiz en la polla. Solo sé que me he despertado con un dolor atronador. El dolor puro es como un grito infame en los oídos que oculta todo sonido de vida.

Unos auriculares con agujas que se clavan en los tímpanos y te hacen sangrar las muelas.

Tengo un latido constante en todo el glande, se ha creado una presión enorme: es el pus que intenta salir; pero la madera no le deja.

Y ahora viene la segunda parte del dolor, la que me lanza directamente al espacio, la que me arranca el alma y hace jirones mi propia conciencia. Lo que me depura de asco de mí mismo durante unas horas.

La vaselina no solo es importante para introducirlo, es necesaria para que la sangre y tejido no queden pegados a la madera. Estoy seguro de que no podría mantenerme entero y consciente para extraer el lápiz si tuviera que tirar tanto como para despegar la sangre que se adhiriera en caso de no usar vaselina.

A pesar de que está bien lubricado, siempre noto que el tejido sigue pegado al lápiz y el primer tirón provoca tal dolor que el esfínter se abre y me cago. Debería hacerme un enema antes de meterme el lápiz; pero aparte de repulsivo soy impaciente.

Aprieto los dientes y me muerdo la lengua con cada milímetro de madera y grafito que consigo extraer. La sensación con cada tirón, es que me arranco el glande y una piel interior se desprende. Algo que me abrasa. Como si deslizaran un hierro al rojo vivo en ese lugar que no he conseguido mirar nunca más que en las láminas de anatomía.

Cuando consigo sacarlo entero, me doy cuenta de que he gritado porque mi garganta está hinchada y me cuesta respirar.

Siento el placer de la liberación de la mente luchando contra el dolor del nabo. Olvido lo repulsivo que soy. Ha sido un orgasmo-tormento seco, no ha habido eyaculación como otras veces; mis huevos ya no fabrican leche, están demasiado dañados.

Fumo recuperando el aliento e ignorando los excrementos que hay pegados en mis nalgas.

Y así, mirando fijamente al objetivo, acciono el control remoto del disparador de la cámara. Una luz roja parpadea rápidamente durante cinco segundos antes de que el fogonazo del flash me contraiga las pupilas.

No sonrío a la cámara, todo lo contrario, me esfuerzo por mostrar todo el dolor y el cansancio que he acumulado.

Con la cámara en la mano me dirijo al cuarto de baño. No tengo analgésicos, solo antibióticos. Sería estúpido tomar un calmante si lo que quiero es que el dolor dure toda la puta vida. ¿No?

Me ducho para quitarme mierda, sangre y otros miasmas. Me subo a la báscula y anoto el peso.

En el ordenador descargo la fotografía y la titulo con fecha y quilos.

Selecciono las veintitrés que tengo y hago funcionar la visualización de diapositivas.

Empecé mi trabajo de aislamiento por dolor cuando acabamos nuestra relación hace siete meses. Entonces pesaba noventa y seis kilos. Ahora peso cincuenta y cuatro y tengo el rostro repleto de llagas y eccemas. Mis manos parecen artríticas y el pene ha menguado en longitud y se ha hecho más gordo por causa de la infección y el trauma. Está inflamado. Está ya podrido como mi conciencia.

No creo que pueda soportar sondarme otra vez y tener fuerzas para levantarme.

Yo solo con mi degeneración, me basto. No necesito a nadie más. No necesito hacer daño a nadie, ni causar repulsión.

No entiendo como alguien puede temer a la soledad.

Solo yo podía arreglar esto.

Mala hierba…

Lo cierto es que mirando bien las fotos, sí que la mala hierba muere.

Muere como todo ser vivo. Lo demás son romanticismos que me distraen del dolor.

Queda poco para el aislamiento perfecto y total. El camino del dolor hace larga la vida, muy larga.

Repulsivamente larga.

Tal vez deje de tomar antibióticos a ver si pasa más deprisa la vida, la repulsiva vida.

Soy repulsivo.

E impaciente.

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Perros cansados

Publicado: 20 septiembre, 2011 en Reflexiones
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No estoy cansado, solo un poco harto.

Es psicológico.

El perro descansa con media oreja colgando frente al bordillo de la acera. Como si esa pequeña altura fuera insalvable con el peso del dolor. Él sí está cansado.

Hace frío y no se mueve, se conforma con respirar tranquilo todo ese daño que tiene en su cabeza.

Qué miedo da ver algo tan cansado.

Qué pena…

Pobre perro.

Pobres perros, él y yo.

No me duele nada y tengo el corazón apretado, no bombea bien. Tal vez sea algo de fatiga. O simplemente el cansancio del perro herido me ha contagiado el agotamiento de la vida.

¿O es la muerte lo que agota? Esa muerte lenta por hastío, no eres nada salvo para alguien en algún momento de necesidad. Funciona así esto.

Yo podría acercarme al animal y curar su herida, o acariciarlo mientras muere.

No quiero que muera. Ya está bien de cansancio.

¿Confundo cansancio con dolor?

¿Confundo la muerte con la tristeza, el dolor y la fatiga?

Ahora tiene sentido aquella canción que decía: “Partirá la nave partirá. Dónde llegará, eso no lo sé”.

Sí que lo sé. Ojalá que el perro y yo no lo supiéramos.

Pero somos valientes.

Un hombre con una niña en brazos que mira el mundo con curiosidad, eso es lo que soy. La niña es transportada por un cúmulo de años, de muerte. Ella no lo sabe, es correcto. Hay cosas que deberíamos callar y no enseñar.

Deberíamos callar como los muertos. No debería pensar, no debería escribir.

Soy un hombre que lleva un ser humano en el brazo y se encuentra con un perro agotado. Agotado está bien es un término correcto. Parece que le queda poca vida, pocas fuerzas. Hay mañanas tristes por ninguna razón en especial. Son muchas mañanas así y tal vez de ahí nazca el cansancio mío y del perro.

Apuesto lo que quieras a que no cierra los ojos porque tiene miedo a morir.

¿Qué reacción tendrán los que alguna vez hicieron el intento de amarme cuando aparezca con mi frente sudorosa y ensangrentada frente a una acera a la que no he podido subir?

Sería la segunda vez que ocurre. Prefiero directamente arder en una explosión o algo así. Es muy triste no alcanzar la acera y morir ante ella. Para morir solo hay mejores escenarios.

“Qué cansada está la humanidad”, sigue diciendo la canción.

He dejado a la pequeña en su colegio, a salvo de las infecciones anímicas de los perros cansados y de la mía.

El perro no se ha movido, respira tranquilo, pero la sangre sucia de su oreja llama a las moscas y no hay tranquilidad posible con ellas. Tengo órganos que se han podrido y las moscas son una constante desesperante. Por ejemplo: en mi cerebro hay moscas, a veces se las ve volar por el interior de mis ojos y asoman sus patitas por mis lagrimales.

Siempre llevo una navaja para abrir cosas, venas, cuellos y sobres vacíos de ilusiones y de palabras.

El perro era blanco cuando nació, antes de que toda la miseria de la tierra hiciera de su color mierda.

Hay una canción que dice algo sobre la orilla blanca y la orilla negra. ¡Me cago en Dios! Me jode cuando las cosas adquieren esa triste connotación de irreal realidad en mi cerebro podrido.

No me gusta el surrealismo cuando paseo.

—Hola compañero —saludo a esa inconmensurable bola de pelo manchado de dolor y miseria.

No es grande.

Me mira tranquilo, piensa como yo: nada me puede hacer ya más daño.

—Te subiré a la acera.

Nunca hay personas malas para matar cuando sientes necesidad de ello, siempre aparece algo que da pena dañar.

Cuando abro la navaja, mi pene se pone erecto, todo mi instinto corre por las arterias desde mi cerebro podrido hasta la punta de la polla que está más sana que dios.

Alguien camina por la calle sucia.

Es una mañana también sucia. Es un niño que va hacia el colegio con un tambor colgando y me mira fijamente, la navaja en mi mano le hace acelerar el paso. El perro lame la mano que lo va a asesinar. Le beso entre las orejas a pesar de lo sucio, lo acurruco entre mis brazos. Es bueno consolar al moribundo.

Aunque no a todos, soy selectivo. Los hay que viven cuando deberían estar muertos. Son perros de dos patas, como yo.

Debe doler mucho su golpe, porque cuando hundo todo el acero necesario para cortar la vida en su cuello, apenas lanza un gemido.

“Triste es el destino mi capitán” dice la canción.

Sabía yo que estaba reventado de cansancio el animal.

Cuando deja de respirar, lo dejo en la acera con cuidado, para que manche el lugar por el caminan muchos odiosos; para que toda esa sangre ensucie zapatos anodinos que caminan con prisa hacia un lugar en el que parece la misma escena de ayer a la misma hora. Que caminan con el pensamiento vacío, sin desear subir ni bajar de la acera.

Hay pequeños deseos que marcan la diferencia entre vivir y existir.

No volveré a esperar la acera salvadora, a mí nadie me hará lo que al perro, a mí me darán patadas para apartarme más aún.

Me han dado patadas.

Es lícito ayudar a morir y morir. Tengo mis derechos.

“Que vamos juntos para la eternidad”, continúa cantando el teléfono en mi bolsillo.

No hay eternidad, pero la idea es hermosa.

Ese perro tiene sus derechos.

Mi mano aún conserva el calor de su lengua cuando me alejo.

Hundo la navaja en la ingle a través del pantalón y corto hacia el intestino. Cuando la femoral seccionada se retrae parece que me arrancan un huevo. Duele y mi boca abierta se apoya en el suelo cuando caigo. No tengo la elegancia del animal aunque soy bestia.

Y siento una pena infinita por haber ayudado a subir la acera al perro, estoy a cinco pasos del animal muerto. Él no ha muerto solo como yo, eso me justifica.

Soy un perro bueno, iré al cielo de mierda.

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Pajas que duelen

Publicado: 16 agosto, 2011 en Absurdo
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Aunque duela, aunque me jodan los conductos seminales, YO me masturbo con furor.

 

Me masturbo desbocadamente, presionando hasta el dolor el glande. Quiero eyacular esperma y la rabia del deseo contenido.

Y sangre si puede ser.

No me masturbo con finura, ni con sensualidad.

Aprieto con un guante de recio esparto mi bálano. Que reviente este puto ser de llanto blanco que tengo entre mis piernas.

Consigo correrme al dejar de sentir dolor. Y es entonces cuando deseo que la boca de mi amada me limpie de sangre la polla.

No nací para ser suave y delicado. Mi piel estaba llena de sangre y grasa. Como la de todos los bebés. Algunos no son conscientes de su fealdad y su suciedad al nacer.

He visto bebés sucios como YO, no hay nada hermoso en el momento primero de la vida. Sólo al crecer y ver que ya siendo hombre expulso blanco y limpio, todo adquiere otro color más amable en mi existencia.

He visto coños llenos de blanca baba, ellas también tienen ese privilegio. No soy machista, no más de lo necesario.

No hay pecado original, solo la suciedad primera con la que nacemos que es un avance de lo que será la vida.

No es pecado, es putada.

Me masturbo y mi pijo es un bebé sucio de sangre y grasa.

Sólo que YO no lloro al nacer, de mi boca se escapa un filamento de baba animal que a veces llega al suelo tan rápido como mi semen.

No lloro; contraigo el vientre y me cago en la santa virgen de puro placer. Soy obsceno y blasfemo con lo que no existe. Existo YO, mi falo y la imagen de su cuerpo en mi mente. Penetrada, reventada, partida en dos. Con sus pechos sucios de mi moco blanco y reproductor. Con su boca estampada por la nata de la vida.

Muerdo mis labios y mi puño se entumece. Me duele la piel que sube y baja, la piel agrietada, el carnal ojo ciego de mi polla inmensa que lo ocupa todo.

Que la llena toda.

Duele correrse, tengo tanta presión que me duele el cojón derecho cuando descargo toda mi vida en mi vientre, en mi ombligo, entre mis ingles…

Otras veces dejo que el semen se vierta por mi puño, que se escurra por mis pelotas, que deje un rastro frío en la cama. Me arqueo y padezco la muerte del tétanos con cada orgasmo. Podría partirme el espinazo en cada corrida.

Y en otras ocasiones mi paja va más allá. Y deseo manchar la tierra que piso, el planeta. No deseo dar placer, solo pretendo humillar y vejar.

Y me miro al espejo, y el ciego ser de amoratada piel que intenta sobrevivir a mi puño furioso, llora una primera lágrima densa que huele a orina y al principio ácido de la vida.

Y mis ojos se enturbian y la realidad se hace triple y cambiante.

Caleidoscopio de carnes desfiguradas, de ojos que se mezclan. De pezones inmensos que se hacen uno solo al mamarlos tan cerca.

Mis piernas tiemblan, y mis nalgas entran en un maldito baile incontenible. Es antinatural, los hombres no nacen para correrse verticalmente porque los conductos se estrangulan. El paso a presión del semen es doloroso.

Y YO mantengo el pijo derecho entre mis piernas; frente al espejo se hace extraña mi imagen manteniendo toda esa erección en verticalidad. La erección obedece a la horizontalidad, a lo plano. La vida es horizontal.

YO apunto con mi pijo al infierno, aunque duela.

La verticalidad es una espada que hiere los vientres de los caídos y mi polla es Excalibur.

La mano izquierda mantiene el pene recto entre mis piernas, la mano derecha pellizca el glande en un masaje atrozmente placentero.

Y la primera riada de semen, puja en mis huevos y duele cuando se abre paso por el pene.

Aguanto dolor y espero la salida de la leche.

Y por fin, con una presión considerable, se estrella contra el suelo y mis pies resbalan en la vida y la pisan y la ensucian.

Y me duele tanto correrme así… Mis pajas no son banales. Mi leche es placer, vida y humillación.

Nunca daré vida, solo busco el placer y el tormento.

Y con ello, vuestra vergüenza y repudio.

Mis pajas son dolorosas, pero todos querrían sentir mi placer insano.

Todas desearían bañarse en mi ácido placer.

Ahogar mi dolorosa eyaculación en sus bocas de labios rojos y carnales.

Soy odiado y deseado.

Envidiado.

 

YO humillo aunque mis pajas duelan.

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Una imagen que sangra

Publicado: 10 agosto, 2011 en Reflexiones
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Doblo la fotografía, procuro esconder cosas, solo me gusta el saturado cielo azul con nubes de algodón. Es algo puramente casual, un acto de aburrimiento. Una foto en la cartera siempre es motivo de pasatiempo.

 

Lo mismo hago con las servilletas de papel en los bares; pero la fotografía sangra.

¿Es que no puedo tener un momento relajado?

Es normal que me sangren los oídos y la nariz. Es algo habitual cuando se padece necrosis de los sesos. Que mi sangre moje el pan que como, es algo normal, los bultos en el cerebro hacen esas cosas.

Distraídamente, casualmente la foto también se ha sentido molesta. En una mente podrida estas cosas ocurren.

Creo que no quiero conocer el origen de esa hemorragia imposible.

Todo se estropea y el hermoso cielo se ha convertido en una marea roja que no posee belleza alguna y ensucia mi dedo pulgar.

Muerdo la uña del dedo corazón y tiro de ella. El dolor resta tristeza a la mancha sanguínea.

Y río sin alegría.

Río con pena y con vergüenza; tengo miedo de que mi experimentada y cínica sonrisa se convierta en una lágrima. Solo una porque no lloro demasiado, lo llevo con la misma discreción que si se tratara de las almorranas de un borracho que no quiere reconocer que lo es.

Yo no sé si existe en nosotros una buena y una mala conciencia. Creo que hay una conciencia tranquila y otra inquieta que todo lo quiere saber. La muy curiosa…

A mí me suda la polla saber más o menos, sé todo lo necesario para vivir, no tengo curiosidad alguna, no me interesa demasiado saber porque sangra una puta fotografía.

La conciencia cotilla y chismosa quiere saber porque los dedos han sido manchados de sangre. Exige saber, la muy puta, qué venas se han partido en la imagen.

Porque si hay sangre es que hay vasos capilares seccionados.

Es lógico hasta en el papel fotográfico.

Tengo pavor a desdoblar la foto. Saber no ocupa lugar. Y el dolor tampoco; pero martiriza.

El dolor duele.

Y los idiotas que observan mi sonrisa con curiosidad, que se vayan a tomar por culo. Como si no tuviera bastante con esta sangre. Voy a hacer una foto de todos estos idiotas y luego la doblaré, para que sangren.

Me cago en dios…

Hay un trozo de piel clara entre la sangre y el cielo. Yo diría que es tan clara como la de mi hijo cuando era pequeño.

Sé que es la piel de mi hijo.

Soy un hijo de puta, he hecho daño a lo que un día creé.

No soy un buen padre.

Soy un padre que busca un cielo azul, simplemente algo de aire. No tenía que hacer daño. No pretendía causar lesiones.

Hay idiotas que tratan mal a sus hijos y sus fotos no sangran.

Hoy debe ser el día en el que me han de joder especialmente. Me cago en el día del padre y en el de los idiotas y las fotos sangrantes.

He desdoblado la cuarta parte de la foto y mi hijo sonríe encima de una pequeña bici; yo estoy a su lado.

Yo sólo quería ver el cielo limpio.

Desdoblo la mitad del papel; lo había doblado por la cintura y su pantalón caqui está inundado de sangre. Su sonrisa hermosa permanece impoluta. El cerdo que está a su lado, YO, sonríe también y aunque estoy doblado, no sangro. Me gustaría no ser tan fuerte y tan irrompible y así poder sangrar con mi hijo.

No es justo. No es justo para mí, que mi niño sangre.

Era solo un juego, simplemente pretendía ocultar todo aquello que me preocupa, todo aquello que amo y sentirme libre por unos segundos en un cielo azul. No soy un monstruo, solo era un juego inocente.

Es triste recordar tiempos de amor que ya no volverán, es triste la ternura perdida. La inocencia de unas pequeñas manos que te buscan como si fueras un dios o un superhéroe que todo lo soluciona.

He doblado la realidad para soñar libre por unos segundos. No es pecado mortal. No soy especialmente malvado.

Sentía un tremendo vacío, sólo quería viajar al límpido cielo y no ser nada, no tener conciencia de haber perdido o haber ganado.

No quería hacerle daño, porque si alguien o algo le hace daño a mi hijo, yo me arranco los ojos.

En algún momento lo dejé, pensaba que ya era mayor, que se valía por si mismo.

No me acordaba de la foto en la cartera.

Solo la doblaba para evitar penas, para no llorar la única lágrima.

No respeto semáforos cuando no conduzco un coche, es un acto de rebeldía muy bien estudiado. No tengo matrícula en el culo, no me pueden multar y cruzo la calle cuando y por donde me da la gana.

Solo que esta vez no espero a que no haya coches que se aproximen, es curiosa mi mala suerte. Ahora que necesito tráfico, no hay coches.

Me enciendo un cigarro, el tráfico se ha detenido por un semáforo a medio kilómetro de distancia de aquí; tal vez pueda dar un par de chupadas al cigarro antes de que irrumpa la estampida de acero y colores de mierda.

La foto no deja de sangrar, y se crea un charquito de sangre al lado de mi zapato.

He desdoblado del todo la realidad, pero no hay cura, no hay quien pare esta hemorragia.

Yo buscaba libertad. No soy idiota como la humanidad, sé que no existe la libertad. Era un ensayo banal.

Pues ahora la voy a tener y voy a abandonar este puto mundo de fotografías sangrantes.

A la mierda. Mi hijo me quiere por mucho que la foto se desangre.

El camión se aproxima veloz, es del color rojo de la sangre, siempre me han gustado los coches rojos y nunca he podido tener uno porque la mierda de modelos que he elegido no se fabricaban en rojo.

La cuestión es dar por culo.

Mira por donde que un vehículo rojo me va a proporcionar la paz de una vez por todas.

Qué puta y burlona es la vida.

Segunda chupada al cigarro. Está bueno.

Oculto la foto de mi hijo pequeño sangrando en mi pecho, encima del corazón; como está empapada de sangre se adhiere a mi piel.

Es tibia, me da consuelo al corazón helado.

Me sangra la nariz, el bulto en mi cerebro continúa presionando.

 

El camión no puede frenar ni yo tampoco, avanzo un paso y mi cara estalla, lo veo todo rojo.

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Ganchos (final)

Publicado: 25 junio, 2011 en Terror
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Su angustia era más soportable.

La tercera dosis de la mañana se la inocularon en la recepción de la fábrica de computadoras orgánicas y se le borró todo rastro de angustia de la memoria.

Aún así, pensó en la tristeza que decía sentir el carnicero, a él le estaba pasando igual. Tal vez fuera por el efecto de la conversación con el doctor.

Tal vez fuera porque le acababan de entregar la carta para el sacrificio junto con las órdenes de trabajo de la jornada: en febrero del 2348 comenzaría sus vacaciones con su esposa, durante ese tiempo debían de ganar quince kilos de peso. En abril del 2349 serían sacrificados. Un largo mes para iniciar las vacaciones, un año para dejar de vivir.

Violeta sería sacrificada un año más joven; cosa normal, los matrimonios suelen elegir pasar juntos su año vacacional.

Se encontraba inundando en plasma de médula espinal una bandeja de acero inoxidable con cincuenta transistores fabricados con materia gris de hembra alemana. Luego metió los componentes en un liofilizador-conductivo para tratar las materias orgánicas y conseguir su conductividad tan característica.

La materia orgánica había sustituido a los superconductores. Y los ordenadores se adaptaban y aprendían costumbres y comandos de los propietarios. Ya no se medían sus velocidades de procesamiento ni su memoria. Los ordenadores se elegían en función a su tamaño y estética.

El silencio era absoluto en su sala, como absoluta era la pureza del aire, la esterilidad del ambiente. Se encontraba en la sección más delicada y crucial de la fábrica. Su cuerpo desnudo estaba cubierto por una membrana elástica y transparente de silicona, tan adherida a su piel que debía trabajar a cinco centígrados de temperatura para no liberar sudor.

—Indi, he recibido la carta —le habló Violeta directamente a su implante interno auditivo.

—Lo sé, me acaban de entregar la copia.

—No dicen donde pasaremos las vacaciones.

—Nos lo comunicarán cuando acudamos a la Junta de Vacaciones y Sacrificios junto con el plan de engorde y las fechas concretas.

—Estoy contenta.

—Yo siento náuseas —respondió Índigo cortando la comunicación.

Violeta arrugó el ceño sin entender el malhumor de su marido, programó limpieza general de la cocina y acudió al médico de familia para implantarse una prótesis sensitiva en el clítoris que le diera más volumen.

Se masturbó cinco veces antes de que llegara Índigo, el clítoris sobresalía entre sus labios vaginales y no tenía que separar las piernas ni meter los dedos para masturbarse. Astro la masturbó tras la comida.

Violeta estaba radiante de felicidad.

A media mañana, Índigo recibió a un joven de veintidós años para adiestrarlo durante el próximo mes en la operativa de los “seso-transistores”, como así los llamaban entre los compañeros de trabajo.

Ciudad Bella lucía unos edificios sutilmente brillantes para favorecer la visión y evitar el duro contraste de un cielo nítido, las pupilas no sufrían bruscas dilataciones y contracciones. Las retinas se usaban para el tratamiento óptico de las pantallas de televisores y monitores.

Mientras miraba la ciudad durante su tiempo de descanso desde la ventana de su pequeño cubículo, Índigo se pinchó con la punta de la pluma la esclerótica de su ojo derecho como acto de rebeldía.

Lloró una lágrima ensangrentada sin dolor, era una simple reacción física.

Astro se encontraba en casa de sus próximos padres, el colegio lo había enviado durante dos horas, era parte del programa educacional.

Se trataba de un matrimonio de veinte y pocos años, aún tenían mucha vida por delante. Era una pareja estéril, que lo mimaban más que sus padres. Los padres artificiales siempre se esfuerzan más por ganarse a los niños.

Gilda había programado en la cocina un costoso pastel de chocolate y nata con pequeños trocitos de trufa. Astro se lo comió y luego le masajeó los pechos hasta que Gilda se atrevió a pedirle que hundiera los dedos en su vagina.

Debido a la torpeza de Astro, no consiguió llegar al orgasmo y ella lo consoló diciéndole que era muy joven que ya aprendería y que ella no se encontraba muy bien.

—Tus padres serán sacrificados el año que viene, me lo acaban de comunicar como a ellos. Ya pronto estaremos juntos siempre. ¿Estás contento?

—Un poco sí, mi papá parece un poco cansado y aburrido últimamente. Ya son viejos.

—No se lo digas, para lo que les queda no es necesario que se sientan mal.

—De acuerdo, Gilda.

—Llámame mamá.

—Sí, mamá.

Astro volvió a su colegio en un aero-taxi que había recogido a otros seis niños en sus próximos hogares.

Violeta, Índigo y Astro cenaban viendo un programa de televisión sobre la caza de focas. Estaban prácticamente hipnotizados con las imágenes de las crías apaleadas.

—Yo quiero cazar crías de foca, papá. ¿Cómo lo hago?

—Mañana puedes comentarlo con tu profesor. Matarifes, cazadores y perseguidores de hombres aprenden en lugares que se encuentran fuera de Ciudad Bella, deberían trasladarte lejos. Tus próximos padres deberían darte permiso para ello.

—¿Y si no quieren?

—Les dices que pedirás unos padres nuevos, que no quieres estar con ellos —respondió Violeta.

En el televisor un hombre vestido con un traje térmico que se fundía en su cuerpo como una segunda piel, asestaba golpes en la cabeza de una cría de foca con un bate de béisbol. La piel de la madre se salpicaba de sangre en vano intento de proteger a su hijo.

—Es precioso el contraste de la sangre en la nieve. Es pura libertad —comentaba Índigo repelando con el cuchillo la carne de la mejilla de su cabeza horneada.

Violeta pellizcó un trozo de grasa dorada que colgaba de la nariz.

—Indi… Estoy un poco nerviosa por el sacrificio. ¿Cómo será morir?

—Morir es simplemente cerrar los ojos y no ser. No hay misterios. Simplemente pensaremos que dormiremos y cuando nuestro cerebro deje de tener impulsos eléctricos, ya no sabremos ni siquiera que un día fuimos. No es complicado.

—¿Dónde pasaréis las vacaciones, papá?

—En las islas Fidji, nos han destinado un bungalow en el interior. Dispondremos de quads para traslados a la playa.

—¿Podré visitaros un día? —preguntó emocionado por la perspectiva de conducir un quad.

—Sabes que cuando seas hijo de tus próximos padres, no nos podrás volver a ver.

Astro guardó silencio llevándose un trozo de hígado poco hecho a la boca.

Violeta se subió la bata y le mostró su enorme y recién remodelado clítoris a Índigo, éste lo mordió y lo mutiló entre los profundos gemidos de placer de su mujer y compañera de matadero.

El doctor Guerrero hizo lo que pudo por dejar el clítoris como nuevo y aunque quedó una pequeña cicatriz, seguía sobresaliendo con una gran sensibilidad.

Febrero 2348

Un aero-taxi de la Comisión de Vacaciones y Sacrificios transportó a Índigo y Violeta hasta el aeropuerto internacional de Ciudad Bella, sin equipaje. Antes se despidieron para siempre de su hijo Astro.

Astro guardó sus cosas más personales y durante los diez minutos que esperaba a que sus nuevos padres lo vinieran a buscar a casa, se sintió solo y pensó que echaría de menos a sus verdaderos y primeros padres.

Con el tiempo, Gilda y Sebastián, convencieron al pequeño para que se implantara una mano natural. Se destruyeron todos los archivos de voz, sonido y texto que habían sido creados durante su vida con sus primeros padres.

Era una norma del Código de Vida Ciudadana.

Violeta se encontraba más animada que su marido y no cesaba de hablar durante el trayecto del vuelo que les llevaba al archipiélago de Melanesia, al este de Oceanía. Índigo leía sobre las trescientas islas que formaban el archipiélago y se preguntó si podrían salir de las Fidji para visitar otras.

Minutos antes de aterrizar, pidió una dosis doble de Reposo. No tenía hambre, no quería engordar y por ello, su ración de costillas de macho afgano (recomendadas por la práctica ausencia de grasa), seguía intacta cuando el avión aterrizó.

Todo en aquel complejo turístico, estaba pensado para que no tuvieran que hacer ejercicio físico. Los bungalows, a pesar de aparentar ser de madera y techo de paja, eran auténticas casas con todos los equipamientos, y una red subterránea de servicios de bebidas y comida, enviaba los pedidos a cada bungalow por medio trenes y ascensores robotizados.

La oferta en pornografía era abundante, pero a Índigo le sorprendió la increíble calidad de los programas de sexo de realidad virtual. Ya no habían sensores en manos o genitales, a través de lo que parecía un auricular, se excitaban todas las partes del cuerpo.

Eyaculaba sin tocarse, su pene se endurecía ante la visión de la mujer que se penetraba el pene cortado de un hombre recién sacrificado (se suponía que ella era la matarife en esa película) y los impulsos eléctricos generados en su oído, bajaban directamente a su glande, creando un manto levemente electrostático en todo su sensible tejido. Violeta a menudo se masturbaba observando con los dientes clavados en el labio, cómo aquel pene se expandía y se agitaba a pesar de que Índigo parecía dormido.

El médico que examinaba a los turistas, mantuvo una charla con Índigo.

—¿Por qué no quiere engordar? Se ha de sentir muy decaído para no comer en suficiente cantidad las exquisiteces que sirven en este paraíso. Con los dos meses que lleva aquí, ya debería haber ganado siete u ocho kilos.

—Tengo algo de miedo, tengo inquietud por el momento del sacrificio. He soñado que gritaba y lloraba, que sentía algo horrible en mi cabeza cuando me aturdían antes de degollarme para el desangrado.

El médico observó sin demostrar preocupación visible, los globos oculares de Índigo: las escleróticas estaban irritadas y presentaban multitud de abrasiones, pequeños pinchazos que incluso llegaban a tocar el iris.

—No se preocupe por eso, es sólo una idea sin fundamento, algo normal en muchos de los que están próximos a ser sacrificados. La verdad es que no habrá ningún dolor y cuando llegue el momento, no sentirá ningún tipo de miedo ni temor. Toda la vida ha estado preparándose para el sacrificio, y le aseguro que siempre funciona como está previsto.

El médico del complejo turístico le inoculó una dosis de Paz y Amor por los lagrimales y por fin Índigo se sintió más tranquilo y en paz.

Paz y Amor es una droga ansiolítica y sedante que solo se administra en los últimos meses de vida, ya que es adictiva y baja el rendimiento físico y mental.

A partir de ese momento, toda bebida y comida que tomara estaba servida con Paz y Amor. Durante aquellos diez meses de vacaciones su humor mejoró y salvó algún día aislado, no volvió a pincharse los globos oculares como acto de rebeldía.

Todo el resto de su vida permaneció sumido en una controlada y artificial alegría y paz espiritual.

Al cabo de cinco meses ya habían hecho las suficientes amistades como para participar en las orgías y en los cuartos oscuros.

A partir de una orgía en un cuarto oscuro, Índigo comenzó a ganar peso con velocidad.

El matrimonio fue invitado a una fiesta negra, donde los participantes desnudos y llenando las habitaciones de uno de los bungalows, tocaban e intentaban tener actos sexuales con todo aquel que pasara cerca de ellos.

Violeta fue la primera en sentir que algo no iba bien: su pezón derecho había desaparecido, había sido limpiamente seccionado. Se dio cuenta de ello por la humedad que sentía, cuando salió al exterior pudo ver la gran cantidad de sangre que bajaba por su estómago desde el pecho mutilado.

Índigo salió unos minutos más tarde, también había sentido una humedad anormal en la entrepierna: tenía un solo testículo colgando que se quedo en su mano al tocárselo. El otro debería haber caído en la casa.

Llamaron al médico rápidamente para que les curara la hemorragia y denunciaron el hecho en la recepción del complejo turístico.

La mutilación sin permiso, como acto vandálico estaba severamente castigada.

Violeta exigió un pezón electro-orgánico, había oído hablar de ellos, de su extremada sensibilidad: provocaban de cinco a seis orgasmos con sólo chuparlos. El secreto se hallaba en que el implante del pecho llevaba dos electrodos que se conectaban directamente a los labios vaginales, muy cerca del clítoris.

Índigo quiso que al menos, por estética, le cerraran la bolsa testicular con algún relleno anti-alergénico.

En ambos casos las autoridades negaron los implantes, ya que dado el poco tiempo que les quedaba de vida, no era razonable.

A Violeta le cortaron un trozo de glúteo para modelar un pezón. A Índigo le cerraron el escroto vacío con láser azul y le implantaron vello en gran cantidad.

Los agentes que velaban por el Código de Vida Ciudadana, observaron las escenas grabadas en la casa oscura. En todas las casas se grababa constantemente a sus ocupantes. En plena oscuridad las cámaras cambiaban al modo de infrarrojo.

Allí, sin ningún tipo de investigación más que la observación de la grabación, dieron con el mutilador.

Era un hombre de mediana estatura, obeso y calvo. Vivía dos casas más a la izquierda de Índigo y Violeta. Apenas habían cruzado palabra con él. Era un soltero huraño que apenas hacía vida social.

La policía pudo ver como entre sus adiposos glúteos sujetaba un cuchillo de filo de diamante, de hecho es un filo virtual, ya que se trata de luz láser con una longitud de onda mortal.

Tocó a Violeta en su sexo y ésta torpemente a oscuras, lo rechazó empujándolo con la mano en el pecho. Luciano, el agresor, se sacó el cuchillo de las nalgas y con un arco luminoso, cortó el pezón de la mujer sin que ella se inmutara.

Índigo caminaba tras ella. Luciano lanzó la mano de nuevo para herir el sexo de la mujer, pero esta ya se había desplazado y el corte se lo llevó el marido.

Un testículo fue limpiamente seccionado por la mitad junto con el escroto, dejando abiertos y al exterior los conductos seminales, nervios y vasos sanguíneos.

Cuando la policía se presentó en el bungalow de Luciano, apenas había pasado una hora de la agresión y aún estaba trabajando el médico en la herida de Índigo.

Un policía llamó a la puerta de su bungalow.

—Señores Lerva, el caso está resuelto.

El médico seguía trabajando en el escroto sin prestar atención.

Colocaron en el reproductor de Virtuosismo el disco con la grabación de los hechos. Violeta se excitó ante la violencia a la que había sido sometida sin darse cuenta y se acarició el voluminoso clítoris durante los quince minutos de grabación. Disfrutó tres orgasmos en medio del silencio de los hombres.

El médico trabajó la herida con dificultad, ya que Índigo tuvo una fuerte erección con aquellas imágenes.

—Es su vecino, el señor Luciano. Soltero y de profesión guardia de tráfico. Vive dos casas más allá —señaló con la mano en dirección oeste— ¿Desean asistir al acto de justicia que se llevará a cabo en diez minutos aproximadamente?

—Por supuesto —respondió rotundo Índigo.

—Pues yo voy a vestirme y vamos allá —terció Violeta animada.

Llegaron a la casa de Luciano como una pequeña comitiva: el médico que se ofreció para grabar el acto de justicia, el policía, Violeta e Índigo. Pegados al cercado del jardín se encontraban una docena de curiosos.

Un agente de policía sujetaba a Luciano por un codo, desnudo ante los espectadores. Luciano era un tipo con una voluminosa barriga que casi ocultaba el pene en su totalidad. Sus testículos no se podían apreciar porque estaban enterrados entre la adiposidad de los muslos.

Un juez estaba situado a la derecha del obeso con expresión aburrida, mirando continuamente el reloj.

Su papada se sacudía en una respiración forzada, sus ojos estaban enrojecidos y húmedos. Sus labios temblaban con nerviosismo, en sus costillas había grandes hematomas, con el inconfundible color verde de las porras químicas, diseñadas para provocar el dolor que no podían sentir los humanos tras su nacimiento y posterior extirpación del gen del dolor.

Las porras químicas, con cada golpe, inyectaban un ácido irritante que penetraba en las fibras musculares para llegar al hueso, causaba una profunda irritación en el sistema nervioso. Humanos sin tara alguna, es decir con capacidad para sentir el dolor, habían muerto de dolor. El corazón no soportó esa descarga química.

Luciano supo lo que era el dolor a sus cuarenta y cinco años y a quince días de su sacrificio.

—¿Son ustedes víctimas y testigo-grabador?

—Sí señoría —respondió el agente cumpliendo el ritual y presentando al matrimonio y al médico.

—Pasemos entonces a la sentencia. Por la amputación del pezón de la señora Lerva, se condena a Luciano a la extirpación de sus dos tetillas mediante láser e irrigación epidérmica de Dolor Químico en las heridas ocasionadas. Por la mutilación de los testículos del señor Lerva, se condena a Luciano a la castración total de sus órganos genitales mediante láser e irrigación epidérmica de Dolor Químico.

Se considera que la glándula mamaria de las mujeres es mucho más importante que las falsas mamas de los hombres. En un intento de justicia, un servidor, juez y jurado, ha intentado equiparar el daño que ha ocasionado este delincuente. ¿Están de acuerdo las víctimas?

El policía habló en voz baja con Índigo y Violeta.

—Señoría, no están de acuerdo, agradecen su deferencia con la sentencia de la mutilación de las dos tetillas. Pero exigen también la lengua que se podrán llevar para cocinar y que se le mantenga en hemorragia durante cuatro minutos.

—Lo encuentro justo, así pues que se cumpla la sentencia. Oficial, corte primero la lengua para que no se la muerda y se estropee la cena de nuestras queridas víctimas.

El policía colocó una mordaza en la boca de Luciano que se accionó hasta separar al máximo las mandíbulas. Con unos pequeños alicates pinzó la lengua de Luciano y tiró de ella hasta que el hombre parecía a punto de vomitar. Sacó de su bolsillo un láser pequeño y al pulsarlo emitió un haz de luz azul que cortó la lengua, mantuvo la mordaza en la boca para pulverizar en ella Dolor Químico. Luciano se derrumbó entre gritos de dolor. El policía que estaba con el matrimonio y el médico, cruzó el jardín para ayudar a su compañero a poner en pie a Luciano.

La sangre manaba por su pecho y sus grasas se movían espasmódicamente con cada sacudida de dolor.

El agente que cumplió la sentencia, guardó la lengua en una bolsa, practicó el vacío y se la entregó al juez.

Ante la experiencia, los policías decidieron maniatar a Luciano a uno de los postes que aguantaban el techo que formaba el pequeño porche para que no volviera a derrumbarse por el dolor. El agente que ayudaba cogió con los mismos alicates el pezón y la areola del hombre y tiró de ella hasta que el tejido se tensó. El otro agente cumplió la sentencia y cortó la tetilla. El tejido que quedaba volvió a su sitio de repente, quedó una mutilación del tamaño de un puño. Con la otra tetilla hicieron lo mismo; acto seguido se le pulverizó Dolor Químico y se pudo apreciar como la sangre hervía en sus masivas heridas. El hombre se golpeaba la cabeza contra el poste al que estaba atado intentando soportar el dolor.

Con cierta dificultad, los agentes separaron las enormes piernas y accedieron a sus genitales, la sangre que manaba del pecho y la boca les obligaba a limpiar continuamente la zona para poder tener una buena visión. El público no pudo observar la operación puesto que los agentes ocupaban el primer plano. En unos segundos el verdugo lanzó el pequeño pene a los pies del juez e instantes después la bolsa testicular.

Aplicaron Dolor Químico y Luciano se destrozó el cráneo contra el poste ante la locura incontrolable del dolor. Lo liberaron de sus ataduras y dejaron que cayera al suelo, se podía observar pequeños trozos de cerebro entre el pelo de la parte posterior de la cabeza.

Durante cuatro minutos esperaron antes de que un agente médico, cerrara las heridas para evitar la masiva pérdida de sangre.

Luciano se encontraba en estado de shock y apenas se movía. El médico decidió cerrar la herida de la cabeza tras meter con el dedo el trozo de cerebro que asomaba.

Los presentes aplaudieron y el juez y los policías hicieron una reverencia a modo de saludo. Se marcharon todos charlando animadamente. Luciano quedó tirado en el jardín sin consciencia.

A partir de aquel momento, Índigo engordó rápidamente, su voz se tornó más suave y su deseo sexual se inhibió.

Violeta tuvo que satisfacer sus deseos sexuales en casa de amigos y en los locales destinados a ello. Su clítoris sobredimensionado pedía continuamente más atenciones y a medida que se acercaba la hora del sacrificio, dedicaba más horas al sexo.

Por su parte Índigo desarrolló una gran afición por la caza. Al sur de la isla y en el interior, se encontraba un coto de caza, donde se podían elegir piezas grandes, pequeñas o bien, participar en competición junto con otros dos tiradores.

Un aero-quad que reproducía las irregularidades del terreno, era su transporte habitual, Virginia prefería los aero-taxis.

El coto disponía de crianza propia, y por el camino que conducía al campo de tiro, se podían ver aborígenes de la isla en distintas tareas o bien fumando algún canuto de marihuana. Los pequeños correteaban desnudos y de vez en cuando, era fácil golpearlos con el quad cuando saltaban al camino.

El campo de tiro era como un coliseo romano en miniatura, los niños, mujeres y hombres caminaban aburridos mirando de vez en cuando a las gradas, donde los tiradores escogían a sus presas, que tenían un número tatuado en su espalda.

Cada tirador tenía que elegir rápidamente el número de su víctima, no se permitía disparar a una presa ajena. Parte del juego era elegir con rapidez el hombre, mujer o niño más apetitoso para así ganar puntos. Puntos que servirían para comida extra. La castración eleva el apetito.

Los fusiles utilizados eran las clásicas armas de fuego, de gran estampido y pesadas. Las gruesas balas provocaban grandes mutilaciones en los cuerpos. Cuando se disparaba a un presa pequeña de tres o cinco años, en cualquier punto que se apuntara era muerte segura.

Si tras el primer disparo, la presa era herida y en los siguientes cinco disparos no se conseguía matarla, un empleado del campo de tiro, acudía con un cuchillo tradicional y la sacrificaba clavándoselo bajo la nuca.

Los aborígenes no se inmutaban ante los disparos, se encontraban sedados y su única actividad era tumbarse en la arena o caminar en círculos. Algún niño corría o daba algún grito, otro reía por algo que nadie veía.

Olía mal, en el ambiente se respiraba a podredumbre. A matadero.

Índigo eligió una grada para disparar estirado con el cañón apoyado en un trípode. En el mando control de su puesto tecleó: 18. Se trataba de una mujer joven como todas, desnuda; pero destacaban sus pechos menudos y tersos. Sus pequeños pezones a través del monitor de la mira telescópico, se veían erectos. Sus muslos estaban sucios de sangre de menstruación.

Apuntó a la cabeza, presionó el gatillo y falló. No le dio de lleno, sino que le arrancó la oreja derecha. Accionó el cerrojo del fusil para cargar otra bala y disparó de nuevo. Cayó como si se desmayara, no hubo empuje, la bala actuó como si desconectara el conmutador de vida de la presa.

La bala entró por debajo de la nariz y salió por la nuca. El monitor del campo de tiro reprodujo el disparo desde distintos ángulos y se podía observar con total nitidez el agujero de entrada de la bala.

Ganó tan solo quince puntos, por un buen tiro se otorgaban cincuenta puntos como máximo.

Apenas tenía para un riñón español al jerez. Y tenía hambre.

A los pocos minutos, mientras fumaba un puro habano, salió a la arena el grupo folclórico de la islas, se componía de cuatro hembras, cinco niños de cinco a quince años y diez machos adultos de diversas edades.

Cada uno llevaba su propia puntuación pintada en pecho y espalda, era caza libre.

Por la acústica comenzó a sonar la música y el grupo empezó a bailar con una estudiada coreografía, todos sonreían y cada veinte segundos se lanzaban en carrera para formarse en otra parte del campo. Sólo se les podía disparar durante el baile.

Alguien disparó a una niña cuando corría a la formación y se le quitaron los puntos que tenía acumulados.

Eran aproximadamente unos cincuenta tiradores. Los silbidos de las balas no provocaban inquietud en las presas y cuando alguna caía abatida entre ellos, procuraban evitarla y en el intento perdían el equilibrio los más pequeños, algunos de ellos eran tiroteados en el suelo y no se levantaban.

Durante el tercer baile, fue abatida la última presa.

Índigo se llevó aquel día seiscientos puntos y pasó la tarde en un restaurante de buffet libre mientras Violeta practicaba sexo escatológico (una disciplina a la que había cogido afición por una íntima amiga que hizo) con un grupo de adictos al sexo compulsivo.

Abril 2349

Después del desayuno se presentó el aero-transporte que los llevaría al matadero. Un agente llamó a la puerta de su bungalow.

—En cinco minutos tienen que subir al transporte, van a ser sacrificados en quince minutos. Desnúdense y suban al aero-transporte.

Índigo sintió un inmenso vacío en su enorme estómago, ya pesaba ciento cincuenta kilos y le temblaron las rodillas. Violeta había ganado veinte kilos y su piel estaba sucia y maloliente, lanzó un suspiro de tristeza.

El agente les inoculó en el oído una dosis triple Droga del Reposo y en pocos segundos sus semblantes se relajaron.

El aero-transporte tardó cinco minutos en llevarlos al matadero.

El ambiente en la sala blanca alicatada era frío.

—No les proporcionamos abrigo porque esto será muy breve —dijo como todo saludo el matarife abrigado con una parka de pelo artificial.

—¿Quién va a ser primero?

—Quiero ser yo —dijo Violeta rápidamente acercándose al matarife —. Perdona, cariño; pero no me apetece nada ver como te sacrifican.

—Está bien, mujer. Ha sido una buena vida, te amo.

—Te amo, Indi.

—Vamos Violeta, túmbate de pecho en el suelo y relájate —le dijo llevándola al centro de la sala el ayudante del matarife.

Cuando la mujer se extendió en el suelo, el hombre atravesó cada tobillo con un afilado gancho con cadenas al extremo, cuando estuvieron firmemente asegurados, tras unos segundos, se accionó el torno elevador y lentamente se elevó el cuerpo de la mujer desde los talones, dejando caer un reguero de sangre que caía por sus piernas para inundar su vagina y rebosar por espalda y pecho.

Cuando su cabeza se encontraba a un palmo del suelo, se desconectó el torno. El ayudante sujetó su cabeza por la nuca y el matarife le golpeó con gran violencia la sien izquierda. El rostro quedó deformado por la rotura del cráneo y todo su cuerpo se convulsionaba provocando un estridente ruido de cadenas.

Con dificultad, el ayudante, sujetó la mandíbula de Violeta tirando de ella hacia el suelo para mostrar el cuello tenso y accesible. El matarife hundió el cuchillo bajo la papada y abrió el cuello en toda su longitud.

Durante el tiempo que exprimían las piernas para facilitar el desangrado, Índigo pareció sufrir una crisis de ansiedad, temblaba y sudaba. Incluso una lágrima corría por sus mejillas. Gracias a la video-vigilancia, un funcionario del matadero, entró en la sala con un nebulizador y le administró cinco dosis de Droga del Reposo.

Sus ojos y su respiración no mejoraron, pero ya no sufría esos violentos temblores. El cuerpo ya desangrado se dejó caer por una rampa de acero inoxidable que descubrió una trampilla automática bajo la cabeza de Violeta.

—Índigo, es tu turno. Ya sabes lo que hay que hacer.

Cuando Índigo se tiró con dificultad en el suelo, sintió con una sensación inexplicable cómo se desgarraba la carne de sus tobillos al ser atravesados por los ganchos.

—Me duele…

—Vamos Índigo, sabes que eso no es posible.

Cuando la cadena tiró de su cuerpo, sus gritos hicieron que los matarifes se taparan los oídos. Índigo sacudía su cuerpo con violencia. Hasta que el golpe con el mazo en la sien lo dejó mudo. Sentía el dolor; pero ya no era capaz de dominar su cuerpo, su cerebro estaba demasiado dañado.

Cuando le abrieron la garganta sintió cada latido de su corazón lanzar las últimas gotas de sangre. Se volvió loco de dolor mientras sus piernas eran masajeadas para el desangrado total. Su agonía fue intensa hasta que sus pulmones dejaron de coger aire.

La Droga del Reposo en dosis masivas, en algunos individuos causaba una recidiva del gen del dolor. Índigo no tuvo suerte.

Mayo 2349

Astro estaba a punto de cumplir los catorce años y su madre Gilda, le pidió que fuera a comprar algo de carne para comer.

Ya no vivía en Ciudad Bella, hacía seis meses que sus nuevos padres decidieron trasladarse a Costa Perfecta, un estado situado a cuatrocientos kilómetros de su ciudad natal. Le gustaba por el mar.

Sintió su corazón acelerarse, la cabeza de macho era grande y pesada, y sus ojos sin párpados miraban por encima de su cabeza. El blanco de los ojos tenía multitud de pequeños cráteres.

—¿Cuánto cuesta la cabeza?

El carnicero la pesó.

—Sesenta lúmenes.

Llamó a Gilda a través de su implante para pedir permiso para comprarla. Su madre se lo autorizó de buen grado.

Por la puerta entreabierta de la cámara alcanzó a ver los cuartos inferiores de una hembra; de su vagina sobresalía un enorme clítoris. Sintió un ataque de inusitada nostalgia.

Cuando llegó a casa, su madre preparó para él solo la cabeza en el horno robotizado. En cinco minutos humeaba con un delicioso olor a tomillo, ajo y pimiento. Los ojos se habían empequeñecido y parecían dos canicas negras.

Astro los pinchó y se los metió en la boca haciéndolos estallar, un líquido delicioso impregnó su paladar y cerró los ojos de placer. Eran los ojos de su padre. Nunca olvidaría a aquel hombre pincharse las escleróticas distraídamente mientras veía la televisión, no se acordaba ya de su nombre. Cuando acabó de comerse la carne de la quijada, le pidió a su madre que se lo congelara. Le había gustado mucho y al día siguiente se comería el resto.

La pena y el dolor, parecían compartir el mismo gen. Si extirpaban el dolor, la capacidad de sentir pena, también se evaporaba.

Los Estados del Bienestar Ciudadano habían alcanzado un equilibrio perfecto de convivencia y muerte.

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Ganchos (1)

Publicado: 25 junio, 2011 en Terror
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Índigo observaba fijamente la cabeza despellejada que le miraba desde el aparador: sus fibras rosadas, la grasa blanca que se confunde con hueso. Los ojos sin párpados negros, opacos y sin vida.

Las pupilas se dilatan mucho con la muerte, pensó.

—Póngame medio kilo de lomo —le pide al carnicero.

—¿Quiere también un cuarto de callos? La tripa está muy bien lavada y es fresquísima. Acompañan muy bien con una carne tan magra.

—No gracias, no me gustan las vísceras.

Índigo seguía con la mirada fija y un poco perdida en los ojos fríos de la cabeza, un tanto ausente. Por el tamaño, estaba seguro de que sería de macho.

—La cabeza bien horneada es un plato exquisito ¿la quiere?

—No sé, no me acaban de gustar los ojos, me recuerdan los de mi hermano.

—Tal vez lo sean; yo el otro día me comí unas manos y algo me hizo pensar que eran las de mi hijo mayor que murió hace tres semanas. El vino ayuda a pasar los malos pensamientos.

—Bueno, me la llevo; pero quítele los ojos.

El carnicero tomó la cabeza y con la punta del cuchillo extrajo los globos oculares. La metió en una bolsa de plástico transparente y la pesó.

Los labios rosados y la lengua roja eran prueba de que había sido correctamente desangrado.

—No es mi hermano, lo sé por los dientes.

—¿Dónde vivía su hermano?

—En este mismo estado, a unos doscientos kilómetros al sur.

—La ley obliga a que los sacrificados sean vendidos en otro estado a una distancia no inferior a trescientos kilómetros de sus límites —dijo el carnicero recitando una ley básica en su trabajo.

—Lo sé; pero he oído casos de quien se ha comido a sus padres.

—Siempre puede haber un error en los envíos. Es mejor no pensar en ello.

El carnicero colocó en la tabla una gran pieza de lomo que sacó de la cámara refrigeradora. Cuando abrió la puerta, Índigo pudo ver que tenía al menos cuatro piezas sin cabeza colgadas por los talones de los ganchos.

Cortaba las rodajas de lomo del mismo espesor y cada una iba a la balanza mientras charlaba con Índigo.

—¿Qué edad tiene si no es mucho preguntar?

—Cuarenta y cuatro.

—¿Y cuánto pesa?

—Ochenta y cinco.

—Pronto le tocará…

—Lo sé, no estoy nervioso.

—Yo ya he recibido la carta. Para el año que viene, durante las vacaciones tengo que ganar quince kilos. Por una parte estoy impaciente por pasar ese año entero de vacaciones en ese paraíso tropical; pero me deprime que me sacrifiquen. Tengo pesadillas.

—Yo creo —respondió Índigo con tono de voz confidencial y observando a su alrededor— que en muchos casos no aciertan a suprimir el gen del deseo de vivir de nuestro ADN al nacer. Son unos inútiles a pesar de tanto avance que dicen haber conseguido. Propaganda basura.

El carnicero asintiendo, se cortó el dedo índice con el cuchillo; lentamente cortó media uña y dejó al descubierto la punta del hueso. La carne quedó prendida en el cuchillo.

—Se ha cortado —le avisó Índigo.

El carnicero tiró a la basura su trozo de dedo, metió el cuchillo en la solución desinfectante y cogió un puñado de carne picada para ponérsela en la sangrante herida del dedo mutilado.

—Al menos han acertado con el dolor. De hecho sabemos que estas cosas duelen porque nos lo enseñaron —dijo el carnicero mostrando su dedo herido coronado por el pegote de carne picada.

—Sí, alguna cosa hacen bien. Hace cuatro meses, mi hijo en la cocina, se carbonizó la mano en la plancha; estaba muy resfriado y cuando notó el olor a carne quemada, la mano era irrecuperable.

—¿Le han trasplantado una nueva?

—No. Ya sabe como son los críos; quiso una garra metálica de esas que tienen tanta fuerza.

—¿Y el médico no le aconsejó un sacrificio en lugar de esa operación?

Índigo, antes de responder, señaló en el aparador una bandeja de hígado (de africano, decía la etiqueta).

—Los niños, la carne tierna está muy valorada. Mi mujer y yo lo pensamos durante dos días: nos ofrecían por nuestro hijo, dos años más de vida a cada uno y un año y medio de vacaciones pre-sacrificio —sintió que había hablado demasiado e hizo una breve pausa de cortesía.

—La verdad es que apreciamos a Astro, y decidimos no darlo en sacrificio —continuó explicando Índigo en vista de que no respondía.

El carnicero hizo un gesto de indiferencia.

—Yo daría a mi hija ahora mismo por un año más de vida.

—Si a nosotros nos hubiera llegado la carta para el sacrificio, también hubiéramos cambiado a Astro por los dos años de vida. Es normal.

Índigo pensó en las historias antiguas que hablaban de padres que se sacrificaban por sus hijos. No lo podía entender.

Le parecía que la vida era muy corta y los niños abundaban en exceso. Los viejos no, salvo algún presidente de un país o un millonario que con dinero hubiera conseguido comprar mucho tiempo, no conocía a ninguno. Sólo los había visto en la televisión.

­El carnicero le alcanzó por encima del aparador la bolsa con su compra e Índigo pagó con la tarjeta de crédito.

—Gracias y que mejore ese dedo.

—Esperemos que durante las vacaciones sane, ya me tocan pronto. Pero para lo que me queda de usarlo…

—No hay que pensar en ello, a todos nos llega nuestra hora. Adiós.

—Cuídese —le despidió el carnicero alzando la mano del dedo herido, la carne picada rezumaba sangre que resbalaba por su muñeca para meterse dentro de la manga de la bata.

Cuando Índigo salió de la carnicería, sintió frío. Caminó hacia casa cerrando su chaqueta y ordenando en el monitor interno que se activara el sistema calefactor.

En seguida sintió el alivio del calor. Estaba a punto de nevar, las nubes estaban altas y muy densas. Casi podía sentirse el eco del mundo que rebotaba en aquel cielo. Era un día “sordo” donde el sonido pierde matices y no se puede asegurar de qué dirección llega.

Los coches levitaban silenciosos en un tráfico denso en la pista inferior, la superior estaba casi vacía, llevaba al norte, a los pueblos cercanos a la capital. Los que vivían más lejos eran los primeros en acabar su jornada y los primeros en empezarla. Una especie de justicia idiota e inservible que nadie entendía bien para que servía.

Un aero-móvil pasó a gran velocidad en la pista superior, apenas pudo distinguir el modelo. Cuando alcanzan los setecientos kilómetros por hora, es difícil fijarse en detalles. Era enero del 2348 e Índigo no estaba cansado de trabajar en la fábrica de computadoras orgánicas; la Dosis del Reposo que le inoculaban cada día a través del oído (y a todos los trabajadores) al acabar la jornada, le proporcionaba algo parecido a la paz.

Pero era una paz triste. Era apatía.

El espacio de calzada delimitada como paso de peatones se iluminó y el semáforo inmovilizó los aeromóviles al instante; los conductores de la primera fila, a pesar de que seguramente habían recibido su Dosis del Reposo, golpeaban el timón o bien decían alguna cosa entre dientes mirando con hostilidad a los peatones que habían provocado su detención.

El ruido de la calle provenía de los zapatos de la gente que caminaba por ella y alguna música con un volumen correcto y constantemente corregido por la Red de Control Ambiental.

Eran casi las siete y las paredes de los edificios se iluminaron con una tenue luz anaranjada que iba ganando potencia a medida que el sol se ocultaba en el horizonte.

A Índigo le animó aquella luz. Le gustaba. En los días nublados los edificios eran neutros, grises. Cuando empezaba a anochecer, parecía que uno pisaba el mismísimo crepúsculo.

A pocos metros de su casa, un edificio de trescientas plantas, había un corrillo de gente entre el que destacaba un agente de policía con su uniforme azul marino.

—Solo me he roto una pierna, dentro de dos meses me voy a mis vacaciones pre-sacrificio.

—Ya sabe la ley, señora. Si alguien mayor de cuarenta y dos se rompe una pierna, ya no se justifica el gasto de su sanación, traslado a domicilio y rehabilitación; es un gasto inútil.

La mujer había caído desde el balconcito de su casa, por lo visto estaba regando unas macetas con flores digitoplásmicas que tenía instaladas en el tejado del balcón, cuando la banqueta que usaba para elevarse, se movió y cayó al vacío.

Bajo la bata blanca térmica, no llevaba más que unos calcetines. La tibia se había fracturado y el hueso astillado había salido a través de la pantorrilla. No había mucha sangre. Hablando con el agente, empujaba el hueso para poder ocultarlo de nuevo en el músculo gemelo sin conseguirlo. Reducir esa fractura requería dos personas.

—Yo quiero disfrutar de mis vacaciones, no es justo. Puedo ir en silla de ruedas, no es necesario que me curen. Incluso me la pueden amputar.

El agente habló por el monitor de su muñeca. Con rapidez se arrodilló frente a la mujer que aparentaba tener veinte años y le inoculó Dosis Masiva de Reposo con un aerosol nebulizador. La mujer dejó de hablar y se recostó más tranquila en el inmaculado suelo de la calle.

Índigo se mantenía a unos cincuenta metros de aquel corrillo de gente, el sonido llegaba claro ante la ausencia de ruido. Como en el agua, no tardaría en nevar.

No pasaron dos minutos cuando una aero-patrulla y un aero-matadero llegaron al lugar.

Los cinco agentes que bajaron del vehículo rodearon al grupo de gente.

—¡Atención, ciudadanos! Por el artículo 159 del Código de Vida Ciudadana, están obligados a presenciar el sacrificio y ser testigos de que la ley se cumple con rigor y agilidad. Durante el proceso pueden hacer grabaciones y podrán hacerlas públicas en la red para que ayude así en la educación cívica de los habitantes de Ciudad Bella.

Algunos sacaron el monitor de entre sus ropas y empezaron a grabar lo que sucedía ante ellos.

Del aero-matadero bajaron tres matarifes y deslizaron una plataforma cerca de la mujer de la pierna rota.

—¡Qué rabia! A solo dos meses de mis vacaciones… ­—dijo resignándose cuando casi le rozó la plataforma.

El agente se agachó para hablarle.

—¿Es católica?

—Sí.

Se sacó el monitor de la muñeca y tecleó durante unos segundos, para luego mostrarle a la mujer la pantalla.

Un sacerdote (según rezaba en el título de crédito bajo el busto parlante) le preguntó su nombre. Y tras esto le dio la extremaunción y se cortó la comunicación.

El agente sacó un frasco del bolsillo y le dibujó con aceite una cruz en la frente diciendo “amén”.

El policía se hizo a un lado para dejar paso a los técnicos matarifes.

El suelo de la plataforma era en realidad una cubeta y en ella había dos puntales de acero inoxidable en cuyas puntas se asentaba una barra horizontal con cuatro ganchos carniceros.

Dos matarifes elevaron a la mujer cabeza abajo y clavaron los tendones de los talones en los ganchos, la mujer quedó suspendida de las piernas, balanceándose desnivelada, ya que la parte del cuerpo que era sostenido por la pierna rota, era mucho más flexible y parecía que de un momento a otro se iba a desgarrar, la punta del hueso roto desapareció entre el tejido sometido a la tensión.

La bata le cubría la cara y su larga melena rubia caía sobre la cubeta.

Uno de los matarifes rasgó un poco la bata con el cuchillo y tiró de los extremos hasta partirla en dos.

Los enormes pechos se mantenían erguidos por los implantes de silicona y los retocados labios de su vagina, dejaban asomar un clítoris terso y brillante.

Uno de los operarios sujetaba en ese momento su cabeza, otro la golpeó en la sien con un mazo de madera. La mujer cerró los ojos y todo su cuerpo se convulsionó. El cerebro estaba ya desprendido. El tercer matarife ocupó el lugar de su colega y abrió la garganta en toda su longitud con un cuchillo tan brillante como el platino.

Las convulsiones de la mujer y las manos de los matarifes presionando las piernas y los brazos, ayudaban a que la sangre saliera con más rapidez del cuerpo.

En cuatro minutos dejó de sangrar y los operarios matarifes succionaron los cinco litros de sangre con un aspirador.

Le clavaron un marchamo en la oreja derecha, con los datos de nombre, edad, y domicilio. Cuando partieron el cuerpo por la mitad (separaron el tronco de las piernas cortando por la cintura con una sierra eléctrica), la metieron en la zona refrigerada del aero-matadero y se alejaron con rapidez.

Los agentes dispersaron el grupo de gente ahora completamente silenciosa y observaron que no hubiera ningún resto biológico en el suelo.

Índigo llegó al portal de su casa y tras un cortés saludo electrónico, la puerta se abrió y entró directamente a uno de los treinta ascensores que se desplazaban horizontal y verticalmente.

Violeta se encontraba tendida y desnuda en el diván mirando un programa de televisión cuando el ascensor se detuvo en el interior del apartamento.

—Buenas noches, Sr. Lerva —le saludaron las paredes.

—¡Hola Indi! ¿Cómo ha ido hoy el día, cariño?

—Acaban de sacrificar a una mujer aquí mismo.

—¿Ahora? ¿Lo has grabado? ¿Por qué no me has llamado?

—Ahora mismo y no lo he grabado. Y tampoco he pensado en llamarte para compartir esa mierda.

—Mira que eres soso.

—La mujer quería disfrutar de sus vacaciones, tenía cuarenta y dos.

—¿Qué le ocurrió?

—Cayó desde un segundo piso y su tibia se quebró.

Violeta se arañó el pubis y deslizó un dedo en la vulva.

—¿Crees que le dolió? —hablaba excitada.

Índigo se sacó el pene del pantalón y lo acercó hasta la cara de Violeta.

—No le dolió, sólo se sentía triste.

—¿Sus tetas eran grandes?

—Enormes y tersas —respondió Índigo llevando el pene a los sensuales labios de Violeta.

El glande estaba lleno de cicatrices, había varias recientes. Incluso en la base, se podía observar la merma de carne.

Violeta lo succionó y sus incisivos se clavaron profundamente en la carne. No había dolor, todo era placer.

Índigo llevó la mano al pubis arañado, que presentaba también un sinfín de cicatrices. Había cráteres en la suave piel producto de cigarrillos apagados.

Clavó las uñas en los muslos interiores, dañando también los labios vaginales.

Ambos suspiraban con excitación.

De una cajita de espejo y con un display que indicaba la presión sanguínea por el contacto de los dedos, entre suspiros de placer, Violeta extrajo tres agujas cortas y de grueso calibre.

Índigo había introducido el dedo corazón e índice en su vagina e intentaba lacerar con las uñas la húmeda y elástica carne interior sin conseguir hacer daño debido a la masiva lubricación de su mujer. Una mancha húmeda se extendía en la tapicería del diván bajo el sexo de Violeta.

—Le golpearon la cabeza para atontarla con un mazo. Su cerebro se hizo papilla, un matarife sujetaba su cabeza…

Violeta respondía con gemidos, cada vez más excitada. Girando lo que pudo el torso para enfrentarse a los testículos, clavó la aguja en el escroto, en la parte superior donde la piel tenía contacto con el pene y lo atravesó con rapidez y decisión.

Manó sangre y la bolsa testicular pareció llenarse de repente, posiblemente había dañado un vaso sanguíneo y provocado con ello hemorragia interna.

Le ofreció una de las agujas a su Índigo y éste sacó los dedos de su vagina, se arrodilló frente a ella y atravesó uno de sus labios vaginales, de tal forma que la cabeza de la aguja, rozaba el clítoris continuamente.

Violeta separó las piernas todo lo que pudo. Índigo lamió las heridas de sus muslos y cogió la otra aguja que le ofreció su mujer.

La clavó en el perineo, en diagonal, de tal forma, que la punta dañó el conducto rectal.

Tal vez fuera la ausencia de dolor, lo que aquel daño estimuló un violento derrame de flujo, como una eyaculación transparente y viscosa que se mezclaba con alguna gota de sangre que se filtraba entre el metal de la aguja y el tejido.

Sus gemidos obscenos crecieron en intensidad. Índigo tiró de la cabeza de la aguja que rozaba el clítoris y la soltó de tal forma que lo azotó. Los ojos de Violeta se pusieron en blanco, su espalda se arqueó y sus uñas se clavaron en el escroto. Índigo jadeaba, sentía como una caricia el daño que los dientes infligían al glande. Y él movió su pelvis para hacer más profundo el roce.

Los dientes de su esposa estaban sucios de sangre, y de la comisura de sus labios se escurría una saliva rojiza.

Se subió encima de Violeta y la penetró violentamente, hundiéndose en ella hasta que los pubis quedaron completamente aplastados. Ella pedía más, con las piernas le rodeaba la cintura y le obligaba a profundizar más. La aguja del escroto erosionaba la vulva. El daño, la herida, como en un milagro, se convertían en placer.

Su naturaleza pervertida a nivel genético exigía placer a costa del cuerpo, de la sangre y de la carne.

La penetró por el ano y en el bálano se hizo un profundo arañazo con la punta de la aguja que atravesaba el perineo y dañó alguna vena.

Ella se sacudió con una serie de orgasmos interminables, y ante el movimiento desenfrenado y la violenta crispación del placer, se desgarró el labio vaginal desprendiéndose la aguja que presionaba su clítoris.

Índigo eyaculó en el ano, con la punta de la aguja inmovilizando su pene en aquel estrecho agujero. Para poder extraer el pene, tiró de la aguja. Del ano de Violeta rezumaba semen rosado.

Tras recuperar el aliento, Índigo hizo una video-llamada a uno de los quince médicos que atendían aquel edificio.

—Hemos realizado el acto, doctor. Necesitamos cura y profilaxis —dijo mostrando su pene herido, ensangrentado y lleno de excremento.

—En dos minutos estaré en su casa, señor Lerva.

Violeta e Índigo se encendieron dos cigarrillos de marihuana y coca y esperaron al médico compartiendo el diván.

—¿Nos harán lo mismo que a esa mujer?

—Sí, solo que será en un lugar más íntimo, y estaremos más sedados. No estaremos tan nerviosos.

—Bueno, sea como sea, lo importante son las vacaciones —Violeta acababa de aspirar dos bocanadas de su cigarrillo y sus palabras tenían ya una entonación narcótica.

El ascensor se abrió y dejó pasar al médico de guardia.

—El doctor Guerrero ha llegado.

Violeta e Índigo continuaron tendidos en el diván hasta que apareció el médico en el salón.

—Buenas noches, doctor.

—Buenas noches. ¿Han sido heridas muy profundas? ¿Se sienten débiles por hemorragias?

—En absoluto, doctor, no hemos sido muy agresivos.

No era un médico amable, sólo era eficiente. Los médicos eran la única clase social a los que se les había instaurado el gen del dolor. El médico ha de conocer el dolor, para reconocer el daño ajeno.

Y eso no les hacía tener una buena consideración de los actos de sus pacientes.

Ni como doctor, podía entender aún bien, como la ausencia de dolor podía llevar a que una persona fuera tan cruel con su cuerpo.

Posiblemente es el mismo sistema por el que el torturador es capaz de despedazar a sus víctimas; si el torturador hubiera sentido en su propio cuerpo todo ese dolor, es muy posible que se dedicara a cosas más amables.

Del maletín extraño un separador que colocó entre los muslos de Violeta. Revisó su vagina con una lupa luminosa y unió la herida del labio desgarrado con sutura química. Cicatrizó la herida con láser azul.

Para reparar el perineo, introdujo una pequeña sonda por el ano, mediante el control remoto, y a través del monitor, introdujo una cánula extremadamente corta y aplicó desinfectante y un tejido artificial a presión, este se hizo una masa dura que taponó el agujero. Era un lugar delicado, ya que los excrementos podrían infectar rápidamente la herida.

Por último, aplicó loción con colágeno y cortisona en el monte de venus.

Atendió a Índigo tras practicarle un lavado de pene. Cicatrizó la herida del escroto y con láser cerró la vena que en su pene se había rasgado con la punta de la aguja.

A pesar de los años que llevaba curando heridas, no podía hacerse a la idea de cómo era posible hacerse tanto daño sin sentir dolor. Sentía que a él mismo le dolían las operaciones y curas que realizaba; pero en las caras de sus pacientes solo se podía observar aburrimiento.

Guerrero, mientas realizaba su labor, pensaba que si la gente viviera más allá de los cuarenta y pocos años, no podrían reponer más tejido. Después de sus prácticas sexuales y deportes violentos, llegaban a faltar grandes trozos de piel y carne irrecuperables. Aún no se podía cultivar tejido humano para restaurar los trozos que llegaban a faltar. Al menos, no para la gente normal, esos cultivos estaban dedicados a gente con mucho poder y gran nivel adquisitivo.

El sistema acústico avisó de la entrada de Astro.

—¡Hola! —saludo chasqueando su poderosa garra mecánica.

Era un niño de abundante pelo rizado, de piel morena y musculoso, dentro del rango de peso y talla de los demás niños.

—¡Hola Astro! ¿Cómo ha ido el colegio? —preguntó Violeta

—¡Genial! Pero se me ha soltado un nervio de la garra y no puedo mover el meñique —dijo con una sonrisa en la boca mostrando el engendro mecánico en su brazo izquierdo.

—¿Le podría dar un vistazo, doctor Guerrero?

—Vamos a ver esa garra…

Astro se acercó al doctor y éste con unas pinzas extrajo el nervio que pendía suelto desde un desgarrón de carne muy cerca de la muñeca.

—¿Qué edad tienes, Astro?

—Doce.

Guerrero pinzó el nervio con un electrodo, sacó de su maletín un hilo de titanio del grosor de un cabello y lo sujetó a otro. Las dos puntas iban a parar a un fusionador de tejido y titanio. Tras una breve descarga verdosa, el tejido nervioso y el titanio quedaron soldados. En la muñeca se creó una fea quemadura que el médico trató con plástico orgánico.

—Gracias doctor — dijo Astro haciendo chascar los dedos metálicos.

—¿Eres buen estudiante?

—Sí señor. Mis segundos padres son una familia rica, subiré de escala social.

—Ya va a visitarlos dos veces a la semana y algún fin de semana lo pasa con ellos. No tardaremos en recibir la carta para las vacaciones y el sacrificio —explicó Violeta al doctor.

—Desde que cumplí los cuarenta y tres, la Junta de Sacrificios buscó los nuevos padres de nuestro hijo —aclaró Índigo.

—¿Sois los padres originales?

—Por supuesto, Astro es muy joven para haber tenido otros —contestó Violeta.

—No es raro que a su edad algunos niños, por la muerte de sus padres, vivan con otros de adopción. De cualquier forma me alegro mucho de que todo vaya tan bien. Y yo me voy que tengo aún un par de pacientes que visitar. Buenas noches, familia.

—Buenas noches, doctor Guerrero —respondió casi al unísono la familia.

Astro se acercó a su padre y observó el pene aún enrojecido tomándolo con su garra izquierda con sumo cuidado. A Índigo le sobrevino una erección.

—Esta vez no te lo has estropeado mucho.

—Apenas nada. Si quieres practicar sexo con tu madre, ella también está curada, no ha de guardar dos horas de reposo como otras veces.

Violeta separó las piernas para mostrar la vagina curada a Astro.

—No me apetece ahora, quiero ir a jugar con la computadora.

La madre hizo un mohín de desencanto y le dio un beso en los labios.

—Tienes dos horas de juego antes de cenar.

—Suficiente —contestó Astro ya corriendo hacia su cuarto.

Al cabo de dos horas cenaron viendo un programa de caza humana y sacrificios ilegales. No tuvieron ningún tipo de conversación en las tres horas que duró el programa.

Índigo soñó que era sacrificado en plena calle y que Astro y Violeta le besaban los labios despidiéndose. Tras su beso, su mujer le asestaba un golpe en la sien con un pesado martillo. Su hijo le abrió la garganta con un cuchillo adaptado al dedo índice de su garra. Cuando le clavaron el marchamo en la oreja, le dolió.

Cuando despertó, se inoculó dos Dosis del Reposo y su humor mejoró.

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Inhumano

Publicado: 4 junio, 2011 en Absurdo
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No soy hijo de humanos.

Cuando de mi glande se desprende una densa gota de fluido que se estira hasta engancharse en mis rodillas ante el dolor ajeno.

No puedo evitarlo, ni siquiera lo intento. No siento nada por la mujer de sonrisa feliz. No siento alegría, ni excitación ante el bienestar y la felicidad de mis semejantes.

Me deprime la sonrisa ajena.

Se desata mi insana erección ante el niño hambriento devorado por las moscas, sólo rozarme el pijo ante esos ojos tan llenos de dolor como de muerte, separo las piernas y consuelo mis depilados, pesados y plenos testículos.

Me paso el dolor ajeno por los cojones. Textualmente.

Sic…

No es por su cuerpo, por su piel o sus genitales ya secos. Tan pequeño y tan poca humedad…

Me excita su absoluta certeza en sus ojos, de que está prácticamente muerto. Que tan pequeño, desea morir.

Me excita y me lleva a una eyaculación enloquecedora saber que toda su vida ha sido dolor y penuria.

No soy humano, ni quiero serlo.

Ni siquiera me apetece investigar si mis padres son verdaderamente chacales. Simplemente sé que esos no son. Un hijo no se masturba ante la amputación de los dedos de los pies de su padre diabético. Me masturbaba cuando él dormía, ante la miseria de su cuerpo, ante su respiración fatigada y sus gemidos de algún sueño de miedo y muerte.

Mi pene es gordo, es como un mazo y apenas puedo cerrar mi puño en torno a él. Según le da la luz, se puede ver una especie de tatuaje blanco seminal en el prepucio: una cara sin ojos ni orejas. Y la boca abierta de forma ostentosamente obscena.

Mi madre me frotaba la polla en el baño para que aquella mancha desapareciera.

Se me resbala el encendedor entre mis dedos cubiertos de semen, y el filtro ya no sabe extrañamente agridulce como el esperma. Me he habituado a él.

Entre las volutas del cigarrillo continúa el desfile de miseria en el televisor mientras mi pene late con los últimos orgasmos. Niños de cuero viejo y arrugado, con visibles huesos, con pelvis que comparten forma y textura con la de los judíos de los campos de concentración o con las enfermas de anorexia a punto de morir.

Vaginas desmesuradas, penes ridículos en cuerpos ya agotados.

Pero solo son sus miradas, sus cabezas giradas con vergüenza, sus ojos vacíos de cualquier tipo de esperanza o alegría lo que me lleva a rechinar los dientes con un orgasmo explosivo.

Me follo a las putas más enfermas y terminales; no soy violento. Sólo soy inhumano. Sus costillas se rompen tan solo porque me pongo encima de ellas. Su organismo, sus huesos están tan deteriorados, que cuando penetro sus coños infectados de sida y resecos, se les rompe hasta la piel de pergamino por un simple roce.

Ellas no se quejan, cobran lo que piden.

Y puede que yo sea lo menos doloroso de sus vidas; pero siento en mi propia piel el crepitar de sus huesos con mis embestidas.

Me gusta, necesito eyacular en sus estómagos hundidos entre las costillas porque acentúa en ellas la sensación de que su vida es una auténtica mierda. Me gusta coser vergüenza al dolor.

Me corro dos veces cuando la puta sufre por mi penetración y luego observa mi esperma amarillento en su vientre y llora.

Y sus lágrimas son la muestra palpable de años de dolor y humillación.

Yo soy inhumano y no tengo la culpa de ello. Sólo disfruto, el daño ya está hecho. Y ha sido por otros humanos, por otros que nacieron de padres de verdad, humanos también.

Soy único en mi especie. Lo llevo bien, con orgullo.

Los buitres no reniegan de su naturaleza por comer carroña y miseria con gusanos. Tienen un buen aparato digestivo.

Yo no sé lo que tengo, pero soy bueno convirtiendo el dolor ajeno en mi placer.

Lloran…

Lo que sufren siempre guardan lágrimas para la humillación.

Nadie puede acusarme de humano, no se me puede juzgar.

No tengo sida, ni tuberculosis, ni lepra.

He follado todas las enfermas que he podido. Sin miedo al contagio ni al olor pútrido de sus alientos, pieles y vaginas.

De sus anos herniados…

Me he quedado con el pezón en la boca de una puta cubana. Padecí una eyaculación precoz ante aquel obsceno cuadro de dolor y miedo. Eyaculé en el suelo ante la puta aullando de miedo a morir.

Nadie puede entender un cerebro no humano.

Mi calzón se moja de viscosa excitación, no ante un cadáver; se me pone dura con las lágrimas de los vivos.

Cuando la madre o el padre sudan dolor e intentan arrancarse el dolor de la piel a arañazos, a mi me sangra leche por el capullo.

Si fuera humano, alguien podría pensar que tengo un bulto en el cerebro. Pero después de tanto gozar del dolor y ante el dolor ajeno, solo se me ha ennegrecido la pierna derecha. Es algo aleatorio, porque sería el pene el que debiera de estar negro como el carbón.

Es una pierna negra como el pelaje de un lobo, como la oscura cueva donde las bestias devoran carnes aún trémulas. Carnes que aún recuerdan el último dolor de su vida.

La pierna se desprenderá como a la leprosa se le desprendió el pezón en mi boca.

Y tendré miedo. Sentiré dolor.

Y nadie me dará consuelo, nadie se excitará con mi dolor.

Soy inhumano y único.

Ninguna mujer se humedecerá al ver que mi pene tiene la misma longitud que ese muñón.

No hay otro ser como yo que se excite ante mi humillación de que cuelguen mis cojones por debajo del muñón.

Ojalá me excitara mi propio dolor. Moriría entre masturbaciones, pagaría a una puta sana para que me la chupara hasta morir.

Es curioso que esté mejor valorado el que provoca el dolor que el que lo observa.

Tampoco es algo que me importe demasiado.

Cuando el semen ensucie mi muñón, cuando lo negro de la pierna alcance mi cerebro, ya me preocuparé por mi propio dolor.

Y aún así, a pesar de mi inhumana naturaleza, seré yo el que le de importancia e interés a vuestro dolor y sufrimiento; porque los humanos solo sentís el dolor ajeno como algo que os puede ocurrir.

Tampoco sois unos santos.

Al final, actúo con vuestro dolor con una justicia que no existe.

 

Soy inhumano, pero tampoco me sentiría del todo orgulloso de ser como vosotros.

Iconoclasta

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Ejemplo de dolor

Publicado: 22 abril, 2011 en Reflexiones
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Tengo prisa por morir. Soy curioso.

Quiero ser la nada, no sufrirla. Porque nada es mi vida vacía.

Morir a velocidad lumínica en un estallido nuclear. Algo doloroso y tan horrendo que eternice el milisegundo violento y atroz y mi grito en los oídos de la humanidad.

Dijéramos que estoy cansado de esperar. Dijéramos que soy viejo, infinitamente más viejo que mi cuerpo de vellos canos y polla floja.

Deseo que se calcine toda mi piel, mi carne, mis huesos y se evapore mi sangre en menos de un parpadeo y una agonía sin fin.

Me da miedo morir en la cama, cuando se corta mi respiración. No quiero ser un cadáver que se ha meado y cagado en un colchón.

Yo no quiero morir sin un grito atroz, sin que un dolor desfigure mi cara y parta mi espina dorsal.

No quiero ser la pierna podrida que a un forense le inspire curiosidad.

No quiero que un coche me aplaste como un perro o una rata. Tengo derecho a una muerte digna.

Quiero que un trozo de mi piel desintegrada sea una molécula viajando por el espacio.

Arder, sufrir. Mi muerte ha de ser ejemplo de angustia y dolor para la humanidad, quiero ser un Cristo sin cruz, y no redimir. Me conformo con aterrar.

Ser ejemplo de dolor infinito.

Que mi piel se separe de la carne y mis ojos revienten.

Ser el ejemplo de lo que vosotros sufriréis.

No importa vuestra ilusión, yo tuve las mías y ahora se han calcinado sin darme cuenta. Se han evaporado. Las vuestras se evaporarán también. No sois especiales.

Hay un momento en el que miras el aire y está lleno de cenizas. Esas cenizas son ilusiones quemadas que duelen al respirarlas. Es un dolor melancólico, no produce hemorragias ni infecciones. Sólo un hastío profundo.

El dolor es una sensación pura, no deja pensar. No permite la pena. No permite verse como un ser totalmente anodino. El dolor mortal te hace protagonista de tu propia vida. Es un cortocircuito en el cerebro, la ignición de la emoción más pura.

El dolor no permite la vergüenza. Ojalá nadie supiera de mi vida estúpida. Ojalá se borrara mi existencia de la mente de los que me han conocido.

Necesito dolor, puro dolor. La síntesis absoluta de lo que ningún ser humano pueda soportar sin volverse loco.

Quiero morir siendo mensajero de terror.

Sufriría durante horas para que mis gritos no los olvidara ni un puto dios.

No he visto la luna, no he visto las grandes profundidades. Ni siquiera un animal salvaje. Mi suerte se ha acabado, sé que no hay más por ver porque me falta vida. Porque algo me dice, que no busque.

Que hay cosas que han sido vedadas para mí.

Si has llegado a las tres cuartas partes de tu vida y no has conseguido nada, sólo te queda la degeneración absoluta.

Tengo prisa por morir. No tiene ninguna gracia la vida.

Cincuenta años de fracaso son muchos años, por mucha moral que tengas.

Se acaban las esperanzas y las ilusiones. Todo son palabras vanas de una imaginación desengañada.

Soy una estrella muerta prematuramente que ni un rayo de luz lanzó.

Una bomba mojada.

Un pene lacio e inservible.

Es lógico que pretenda morir con cierta espectacularidad. Vendo todo mi cuerpo por treinta toneladas de dolor infrahumano.

Que alguien pague por el espectáculo pirotécnico de mi muerte. Prometo sufrir hasta que vuestras miradas se dirijan al suelo. Hasta que tengáis que cubriros los oídos.

Es un buena oferta. Ojalá hubiera visto a alguien sufrir como sufriré yo y así poder sentir al menos el horror a una muerte dolorosa.

Deseo que vosotros escuchéis mis alaridos, que por un momento temáis que así será vuestro fin.

Si en vida no he sido piadoso, en mi muerte quiero ser lo más execrable.

No soy un buen tipo. Y para lo que me queda en el convento, me cago dentro.

Ya es tarde para aprender. Es tarde para la generosidad.

Las ilusiones no han muerto conmigo, han muerto antes que yo.

¡Bum!

Iconoclasta

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