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Esta dramatización está basada en hechos reales, tanto que ni los nombres se han cambiado. Cualquier parecido con la realidad es pura verdad porque no nos vamos a ir con tonterías cuando todos los vecinos ya conocen los hechos y sus dientes rechinan cuando llega la tarde-noche-madrugada de los sábados.

Hay que tener en cuenta que hay gente que no ha disfrutado este buen rollo; pero ha padecido estas maratonianas veladas plenas de vodka, brandy, calimocho, cerveza y tabaco. No me voy a disculpar, pero ánimo a Batman, Morgana, Robin, Gatubela y todos los habitantes de la baticueva que fuman en la oscuridad, así como a los múltiples (unos vecinos) que a veces ya no son tan múltiples (un eufemismo por un inacabable desfile de personas siempre nuevas, siempre sonrientes, capaces de convivir todos juntos, cuantos quiera que sean, en una caja de cerillas).

– Empecemos por la despedida, porque es lo más fácil y comprensible de explicar.

Inevitablemente, cuando los trozos de iceberg que trae Lucio se han deshecho, la cocacola ha perdido el gas y las botellas de licor ni estrujando sacan gota, es la hora de tirarse algún pedo y hacer el largo recorrido de casi cien metros hasta la casa en un lamentable estado de embriaguez.

Siempre es así:

—Mañana podríamos ir a comer a la brasería de la avenida Juárez, que sirven unos cortes buenísimos y hay lechuga y vegetal para los mujeres —consigue decir Lucio mientras Cristal le da empujones en la espalda para que se mueva, más concretamente para que se levante de la silla.

—Sí, como siempre —respondo soplándome una uña mirando fijamente la ceniza que ensucia el vidrio de la mesa y pensando en cosas de puntería y precisión; es culpa de que los ceniceros están llenos a pesar de que Cristal se vuelve loca vaciándolos cada diez minutos. Y eso que no hay moros en la casa —. Estaréis todos muy crudos, lo sabemos yo y Dios.

—Pero un día podemos ir a comer y… —Cristal no le deja acabar de hablar, lo empuja hacia la puerta.

Cuando se van, mientras Aragón deambula con el micro del karaoke en la mano sin saber bien que hacer con él a esas alturas de la ebriedad, yo afino el oído para escuchar el pedo de la noche cruda. Hay días que se escucha y otros no, es la única variable de estas noches desenfrenadas.

Esto ha sido lo fácil, lo que se puede explicar con tranquilidad, ocurre inevitablemente cada fin de velada, exactamente así y solo así.

No siempre, pero Luisa (una amiga de Aragón, de los tiempos del degenerado colegio Hidalgo) suele estar en esos momentos en casa porque ha venido a comer. Y como Luisa no puede faltar porque también tiene sus puntos, voy a narrar la crónica con su asistencia.

Comencemos con el diario de la jornada sabatina.

– Entre las 17:30 y 18:30. Cristal ya ha hablado largo y tendido por el guasap con Aragón y todo está preparado, no hay nada al azar.

Llaman a la puerta nuestros amigos, llevan una bolsa con un refresco y dos o tres botellas de licor. El hielo parece sacado de los icebergs de la Antártida por lo rústicos que son los pedazos. A veces creo que Lucio va a aparecer con un balde de agua para no sé qué; solo sé que llevar agua era su costumbre en los tiempos escolares. Llenamos la mesa con botanas, tabaco y vasos. Lucio, sin ninguna delicadeza, se dedica a destrozar el sobre y el suelo de la cocina haciendo añicos esas rocas de hielo que ha traído. Es curioso, nunca me acuerdo de preguntarle si el hielo lo compra o sube a la cumbre del Popo para conseguirlo gratis.

– Sobre las 19:00, ya estamos suficientemente animados para empezar con una partida de Cranium, un juego de preguntas y respuestas que se juega por equipos.  Se contesta de voz, por mímica, escribiendo o modelando plastilina según indique la carta (sí, el menor de los que se encuentra en esta velada tiene treinta y cuatro años y el mayor cincuenta y dos; y según mi parecer, ninguno de los cinco somos retrasados mentales, aunque eso siempre depende de a quién le preguntes. Que nadie se piense que jugamos con un juguete de Lego).

Es bueno resaltar que hay diferentes cambios en el habitual carácter de los contertulios, a saber qué y a saber quienes:

Cristal: de naturaleza afable y amable, en cuanto ya tiene su ficha y el dado de Cranium, parece que se la lleva la chingada. Su carácter sigue siendo guay, chachi y alegre; pero cuando menos te lo esperas, te suelta una fresca e incluso habla amenazadoramente si el juego se detiene mucho tiempo (sobre todo a su Lucio). Y aún no es por el alcohol.

Luisa: se adueña del lápiz y del bloc, es más, su equipo debe negociar con ella y otorgarle el monopolio de los «dibunoveo» (dibujos a ojos cerrados). Lo malo es que no es una Van Gogh de la pintura, y sus compañeras de juego (Aragón y Cristal) se quedan afónicas diciendo cosas muy rápidamente a ver si por casualidad aciertan. Pero cualquiera le dice nada, porque se pone también muy agresiva. Otra de sus manías es aferrarse al relojito de arena y atesorarlo entre sus dedos cuando no está dibujando con los ojos cerrados.

Aragón: ella a su aire, da igual que se juegue al Cranium, Rummy, Scrable o Strip Póker; porque desde el mismo momento en que empieza el juego, evoluciona continuamente de la mesa al ordenador buscando las canciones del México más profundo y endogámico, que son las que les gustan a los topógrafos. Y cuando no busca videos en yutup, guasapea con su celular hasta que Cristal se pone seria nuevamente:

—María Gabriela… Tu turno —le dice con una mal contenida paciencia.

Lucio: se pone serio y circunspecto, toma el lápiz y el bloc como si fuera suyo y no te da oportunidad ni de tocarlo, es más, el equipo contrario me tiene que prestar el bloc y el lápiz cuando lo necesito. Y sobre todo me amenaza:

—Hay que ponerse chingón ¿eh?¬—dice alzando el dedo índice como una amenaza para luego dibujar algo cubriéndolo con sus enormes manos para que yo no acierte. Cabronazo…

Entre las habilidades de los jugadores, cabe destacar que Lucio, se sabe un montón de canciones; pero se congestiona y cambia de color cuando hay que deletrear una palabra al revés; más o menos como si se le hubiera atravesado un taco en la garganta. Todos sus dibujos empiezan por una raya quebrada o una especie de erizo, hay que tener una enciclopedia y recitar cuantas voces encuentres para ver si hay suerte y acierto.

Cristal se mueve mucho en los adimimo (mímica en la que se describe un personaje o acción), Aragón o Luisa la miran embelesadas, no sabiendo lo que quiere decir; pero admirando su energía. Y como se mueve tanto, por enésima vez, vuelve a darnos una lección de estética y cuidado del cabello, mientras Lucio la observa y dice emotivamente:

—Esa es mi china…

Yo soy especialmente apto para hacer mariconadas que se filman en video, tan claras y acertadas, que aún no entiendo porque Lucio tiene que gastar todo el tiempo y las pistas que le dan los contrincantes para adivinarlo.

Aragón actúa poco, porque casi siempre está en el yutup o bailando con la puerta cuando el grado de alcohol en sangre es evidente; por lo cual, Cristal trabaja extra. Luisa no ayuda mucho, porque se entretiene diciendo todo el rato:

—Sí, amiga…

– 20:30. Ya están todos debidamente entonados y la música ha subido notablemente de volumen, comienzan a pedir canciones cada vez más exóticas y difíciles de encontrar en yutup, así que dejan el ordenador reproduciendo cualquier cosa y la velada se llena de un temeroso suspense por lo que ha de sonar. Aragón ya mueve la cabeza de un lado a otro con cualquier tonadilla, sin exigir demasiado. Cristal está nerviosa porque está a punto de agotar sus fichas del rummy, Luisa no está nerviosa porque sabe que en su próxima tirada, va a desbaratar todas las combinaciones del juego, Lucio mueve nervioso el pie y a mí me miran con hostilidad porque tardo demasiado en jugar.

Cuando hago mi jugada, le doy vueltas a mi anillo, y me miran como si fuera el deficiente mental de la reunión, así que fumo y dejo que Aragón siga bailando con la puerta, Cristal la grabe en video y Lucio continúe formando combinaciones mientras Luisa mira sus piezas y piensa:

—Si no tiene nada…

Al final, después de varias jugadas, Luisa gana moviendo las piezas velozmente y con precisión, para que quede claro que su fijación por los monosílabos en  el scrable es puramente accidental y que si se lo propone, puede poner un millón tropocientas mil fichas sobre la mesa.

Cristal, aunque ya más relajada y un poco inquieta por su cabello (no sabe bien si dejarlo suelto o sujeto), tira las piezas que no ha podido colocar con malhumor pero con una sonrisa inquietante.

Y todos sabemos, que las dos próximas partidas las ganará ella, siempre es así.

Aragón por fin se entera de que la partida ha terminado y pregunta:

—¿Yaaaa? ¡Ayyyy… perrrrrraaaaa! —y agarra el pomo de la puerta para dar unos pasos de baile.

Lucio con su eterno vaso de brandy con soda y rocas de hielo, aún le dice a alguien señalándole con el dedo:

—Vas… —pero nadie le hace caso porque están guardando las piezas en la bolsa para empezar una nueva partida, en la que los que han perdido, esperan ganar ahora con todas sus fuerzas.

Aragón relaja el ambiente poniendo una de sus canciones de topógrafo, a lo que Cristal responde con una contundente lista de canciones que sería mucho mejor y más elegante escuchar. Luisa, no tiene muchas ganas de hablar, por lo que se limita a asentir con la cabeza, dándole la razón a Cristal.

—Busca a Los Tigres que comen tlacoyos en el Norte —le pide Lucio a Aragón.

Al final, tras sonar el himno topográfico, se ponen de acuerdo para poner una bachata con el único fin de joderme a mí. Entonces empiezo a hacer girar dos anillos como venganza.

Un breve descanso entre partidas y todo el mundo a charlar sin hacer caso de lo que el otro dice, un ejemplo:

Aragón habla de gemelos que se aparecen en una casa del centro, de la humedad del suelo del parking del hospital y de la pena que le dan sus chalanes que tienen que cargar cemento durante horas y horas mientras ella los fotografía para un reportaje del NatGeo. Nadie la escucha porque también tienen los otros sus cosas que decir.

Cristal dale que te pego al teléfono, a ver si Mía y Kía se han dormido. Sobre todo, que Mía se haya dormido en su cama, porque es tan peligroso despertarla para llevarla a su recámara, que hay que atarla para que no le saque los ojos a Lucio, su padre. Cuando deja el teléfono se suelta el pelo, lo esponja, lo apretuja y se vuelve a hacer un moño con la liga.

Lucio habla de las gorditas que hacen en el DF y de los fabulosos tacos dorados que hay camino a un pueblo que se escribe con muchas equis, con muchas «tl» y muchas «ch». También dice que las memelas son una mierda y que está harto de la comida de Puebla, a pesar de conocerse los mejores puestos y restaurantes del estado. Y vaya por dios, que ayer lo volvió a multar la policía porque giró por donde no debía, y que la culpa era de la señal de tráfico, que tenía el tamaño de un cromo de chicle de Bob Esponja. En un chicharrón se echa todo un sobre de salsa valentina.

Cuando yo hablo sobre algunas de las cosas que escucho, Aragón me dice que me calle si no sé de que hablo. Así que me callo y presto mucha atención para aprender más y mejor.

Luisa, toma con delicadeza una patata frita o un chicharrón y hace salir humo de las teclas de su blackberry ajena a todo lo que dicen. Y como si hablara para ella misma, dice algo sobre la fábrica, en la que hay un problema con un torno de un millón de toneladas que pretenden elevar dos cacahuates pequeñitos ayudándose de las uñas.

Hay una excepción a la regla de que todos hablan y nadie escucha: cuando Lucio habla del tamaño gigantesco de la polla de su abuelo se produce un silencio atronador en la sala prestándole total y absoluta atención. Cuando acaba de contar lo grande que es ese rabo, durante unos segundos se mantiene aún ese silencio, solo roto por los rumores de los discos duros cerebrales imaginando cosas realmente obscenas.

Y así (salvo por el monólogo del rabo del abuelo de Lucio) está todo el mundo hablando sin que nadie escuche a nadie, salvo yo, que a pesar de hacer rodar mis anillos y que de una forma sorprendente les molesta a todos, he tomado nota de todo lo que dicen.

Aragón a estas alturas baila mucho con la puerta y cuando se cansa o acaba la canción y se sienta en la mesa, me dice que porque estoy fumando tanto. Como si yo solo estuviera llenando los cinco ceniceros de la mesa. Yo no le digo nada de su cuarto vaso de vodka para que no me pregunte luego, en la sesión de terapia de grupo que suele montar por si misma, si la quiero o la amo.

– 23:30. A esta hora Luisa ya está hasta su total y laseriana depilación de jugar y beber por lo que decide irse. A lo que Aragón dice siempre y en el mismo tono:

— ¿Ya te vas, amiga?

Luisa no responde porque no tiene ganas de gastar más saliva.

– 00:10 del domingo. Se deja de jugar un rato al rummy mientras Aragón encuentra el camino de vuelta a casa tras abrir el portón del fraccionamiento para que Luisa pueda salir.

Lucio se apodera del yutup y da rienda suelta a sus tigres y lobos del norte, y sobre todo al reguetón con las más macizas mujeres.

Aragón aparece por fin y se sienta al lado de Cristal, cuya euforia ha pasado y la borrachera ahora es calmosa, intelectual y didáctica.

—Fui al doctor para que me explicara como se hace la exploración mamaria, porque yo no sabía. Nos dice a todos, incluso a Lucio, que está entretenido buscando la botella de soda que está justo detrás suyo, a unos centímetros de sus dedos y sin embargo, no encontraría jamás sin nuestra ayuda.

Cristal eleva su brazo y nos enseña la axila.

—Se empieza por aquí y se va bajando hacia el pecho. Hay bultitos, pero si no son grandes no pasa nada.

—Los malos son del tamaño de canicas —la interrumpe Aragón.

—Sí. Te has ganado un perrito piloto de peluche —más o menos le dice Cristal un tanto molesta porque la ha interrumpido en su exploración.

Y sigue su disertación:

—El punto más importante, es donde nacen los tumores, y eso es en los ganglios. De ahí se ramifican por aquí, así por abajo, hasta que llegan al pezón que es como una flor.

Yo voy asintiendo con la cabeza y me entran ciertas ganas de ir a palparme al lavabo, y es que ya vamos por la séptima repetición. Es curioso ver como Cristal, dentro de sus adentros, se da cuenta de que ya va por la octava repetición y aún así, no puede dejar de repetir lo mismo.

Los ojos de Aragón son dos ranuras que se cierran lentamente a estas alturas, posiblemente ya está sintiendo la presencia del espíritu de su papá.

Lucio se pone en pie de repente cuando suena el reguetón de la gasolina, comienza a bailar entre la mesa y la silla en un espacio muy reducido y se acaricia una teta exprimiéndose un pezón (a mí me lo parece, tal vez porque está muy cerca de mí haciendo eso) contoneándose con sensualidad.

Nos callamos todos, lo miramos durante dos segundos.

Y Cristal vuelve a romper el silencio:

—Y a mí no me gusta nada el papanicolau, me lleva la chingada cuando me hacen la citología. No me gusta, es incómodo y duele.

Aragón se dedica a contar el tiempo que lleva sin hacerse la prueba, mientras Cristal repite lo mismo durante cuatro veces más.

El sexto sentido de Aragón (María Gabriela para Cristal) ya se ha despertado completamente y ya no baila con la puerta, está atenta a los espíritus.

Lucio mira al vacío, a un punto del más allá; lo hace con tanta insistencia,  como insistentemente se deja la luz encendida del lavabo cada vez que lo usa, lo sé porque Cristal se lo reprocha incansablemente, además de recoger el trozo de papel higiénico que arrastra pegado en la suela del tenis.

Si Lucio decide no tirarse un pedo a través de la ventana del comedor hacia la casa de los múltiples, Cristal lo empuja para que se levante de la silla para ya ir a dormir, caer desmayados o tener sexo de alguna forma, siempre y cuando Kia no esté paseando con sus flamantes botas como un espíritu de los que visitan a Aragón (esto son solo suposiciones mías que no puedo probar ni soy testigo).

– 01:30. Aragón y yo nos quedamos solos, y mientras nos fumamos un cigarro, Aragón se toma otro vodka más y busca música del Machu Pichu y llamas (esos rumiantes de pelo blanco que parecen un camello a medio hacer), porque a su papá le gustaban y se siente melancólica.

En este caso concreto, no se ha dedicado a cantar karaoke y la maldita primavera durante muchos minutos, sino que se ha sentado directamente en la silla. El que cante karaoke o no, no influye en su sexto sentido (ve muertos) y siempre acaba contactando con su papá.

Después de media hora aproximadamente de estar escuchando las flautas de pan y observando actuaciones de los años 70 y 80 del siglo pasado y las anécdotas de su papá. Aragón está hecha un mar de lágrimas. Como si mirara a la calle salvo por el muro del comedor que lo impide, de repente se tapa los ojos con la mano.

—Mi papá está ahí, me mira muy serio.

Cuando voy a girar la cabeza para ver donde ella mira (no por ver a su padre, si no por ver si ha aparecido una mancha de humedad que la pueda confundir), me grita:

—No lo mires o se irá.

Muy zorro y psicólogo yo, le digo con sutileza  y delicadeza:

—Como si tu padre no tuviera una cosa mejor que hacer que verte beber vodka, cielo.

— ¡Que no lo mires que se va…! —me grita.

Así que mejor me callo y dejo que todo siga su curso.

—Me mira enojado. ¡Que no lo mires, que se va!

Llegué a pensar que en efecto podría estar ahí, más que nada por aburrimiento, porque ya llevábamos más de veinte minutos allí sentados bajo la severa mirada de su padre.

Por fin decide ponerse en pie, y dirigirse a la cama.

— ¡Cabrón, me abandonaste, te moriste, me dejaste sola! —grita subiendo la escalera hacia la habitación —Me dejaste sola, cabrón.

Y llora que te llora.

Lo malo de esto no es lo que dice, sino los decibelios que emplea, porque son gritos que ponen en alerta a los vecinos. Estoy seguro de que piensan en lo cabrón que es el machista del pinche español que hace llorar a la guatemalteca-chileno-mexicana-casi española de la casa blanca de la esquina. Cosa que corroboro, cuando a veces ni me devuelven el saludo de buenos días.

Estoy tentado de avisar a Lucio y Cristal para que sean testigos de que no soy yo el que va disfrazado de su papá para que no se ponga triste. A veces temo que alguien podría avisar a la policía de que un pinche español está maltratando a su mujer; pero algo me dice que no tomarán el teléfono, en el mejor de los casos me respondería Kia, que seguramente estará caminando y haciendo ruido con sus botas, según dice su madre y que por ello no le deja dormir bien la cruda.

Es tan larga esta escena como se lee, parece increíble que en quince escalones se pueda gritar y pensar tantas cosas.

Pero lo realmente inquietante (para ella), es cuando llegamos al final de la escalera y el suelo está encharcado de agua.

Se había dejado el grifo abierto y la pila del lavabo estaba un poco embozada, de ahí el agua.

—Te has dejado el agua abierta…

Por supuesto no me escucha.

— ¡Hasta la casa llora!

—Tranquila, es solo agua del lavabo embozado.

— ¡Hasta la casa llora!

No es que me haya equivocado y repetido el diálogo (si lo fuera), es que fue así.

Se mete en el lavabo a mear, por supuesto gritando  que por que la dejó sola, gritando tanto, que cuando sale, la luz del lavabo del vecino también está encendida (lo sé porque cuando cerré la llave del lavabo que ARAGÓN SE DEJÓ ABIERTA, estaba apagada) , y seguramente, el/la/los vecinos/as estaban escuchando atentamente lo que el pinche español estaba provocando en la pobre chica.

Y por fin se metió en la cama, llorando durante diez minutos más hasta que perdió el conocimiento, que recuperó cuatro horas más tarde para levantarse de la cama a vomitar.

Y esto ha sido un ejemplo de una de las muchas divertidas y alcohólicas veladas en las que me veo envuelto, a pesar de tomar solo cocacola que engorda la titola.

Y mañana, más.

La hostia…

Iconoclasta

La cuestión es inventarse patologías nuevas para sacar dinero a los crédulos que se creen enfermos de esos elegantes «trastornos» , o mejor aún que dicen con orgullo que tienen que llevar a su hijo súper inteligente al psicólogo porque es un as de la informática y padece ese mal tecnológico.

«—A ver hijo: ¿7 x 8?

Cinco minutos después de procesamiento en el cerebro del niño:

—126, 42.

Papá y mamá abren desmesuradamente los ojos, y con sus móviles enfocan a su hijo.

­—Vuelve a repetirlo, que lo vamos a colgar en el muro de feisbuc.

En apenas medio minuto suben el video con el título: Nues tro ijo es lla un matemathico habansado de Ojete’s Mates y phïsicas.com, del insigne profesor Marion Wendy Dirty, the Genius Matematic’s man».

Esto es un ejemplo de lo que ocurre a diario en los  muros de las redes sociales y para mayor inri,  esta publicación le gusta a doscientos cincuenta y siete mil ochocientos noventa y tres idiotas.

En fin, que según la prensa, se acaban de inventar los trastornos siguientes para los usuarios de internet, de todas las edades: atención parcial continua (mucho tiempo leyendo en la pantalla, pendientes de muchas cosas sin concretar una mierda de lo que ven) e infobesidad (mirar compulsivamente el correo electrónico para ver si han recibido alguna foto graciosa y ramplona de las que tan de moda se han puesto).

Cosas que no son nada novedosas porque la dispersión mental se ha dado siempre a lo largo de la historia sin tener ni una miserable calculadora. El ser humano ha sido idiota a lo largo de toda su evolución e historia. Abreviando, jamás la peña ha tenido una atención total hacia lo que lee o lo que observa.

Ejemplos de idiotez dispersativa en las que han incurrido los humanos a lo largo de la historia: las pirámides, los cabezones de la Isla de Pascua, la catedral de Notre Dame, la biblia, el corán, el vudú, Madonna, Lady Gaga, Justin Bieber, Justin Bieber y Justin Bieber, etc…

Lo cierto es que de nuevo, psicólogos y psiquiatras han acertado en sus apuestas económicas, puesto que son elegantes patologías que los provincianos usuarios de internet y smartphones, están deseosos de padecer, ya que ello les elevaría el estatus social y deja asentado que son individuos y familias altamente tecnificadas. O sea, que no son unos cualquiera esos miles de millones que babean frente a las pantallitas de sus cacharros.

Y es que los trastornos mentales comerciales son un indicativo de bienestar entre las clases sociales más bajas. No pueden acceder a un reloj elegante o una buena pluma y mucho menos gastarse el dinero en una enciclopedia (no se ha hecho la miel para la boca del asno), ya que ese dinero se ha de emplear en tener una gran pantalla de un millón de putas pulgadas en la sala, con una estantería adecuada para tener a mano las estúpidas gafas para la tridimensionalidad.

Pero el verdadero problema no son esos trastornos en cuestión, el problema es que se creen inteligentes porque saben teclear y descargar archivos. La patética realidad es que el 99 % no sabe escribir, con dificultad leen y nunca son capaces de resumir o expresar en palabras una idea o noticia.

No saber escribir no tiene gracia, y esa falsa cultura de los mensajes y frases patéticamente escritas de internet ,es solo una enorme e internacional feria de la ignorancia.

Hace casi veinte años, con la novedad de los videojuegos, inventaron múltiples enfermedades y fracasos psicológicos para los niños que jugaban. Al final todo ha sido una falsa alarma como tantas otras: los niños no padecieron ningún trastorno, simplemente se aburrían después de tantas horas de juego como le pasaría a un adulto. Aunque los hay que tienen el cráneo vacío y el culo enorme de seguir jugando días y días. Éstos son los menos y lo único que se merecen es que unos padres de verdad los pongan a hacer algo tras darles una buena paliza, coño.

Con el asunto de la atención parcial continua y la infobesidad, pasa exactamente lo mismo. Es decir: nada. La peña sigue sin enterarse de nada de la misma forma que no se entera de lo que ve en la televisión, ni de lo que leen en la prensa.

Y es que no saben hacer la «o» con un canuto. De todos esos individuos, un pequeño porcentaje se sentirá aludido por estas dos tonterías e irá a consulta con su smartphone o tablet bien encajada en los genitales para alardear que son homo tecnologicus y mostrar a la sociedad toda, lo muy al tanto de la tecnología que están.

Y si pueden, arrastrarán a sus hijos (genios en potencia, porque si dicen que son genios, piensan que se debe asumir que será gracias a los padres) para que todos en familia, reciban una charla del psicólogo o un buen tratamiento para la idiotez por parte del psiquiatra.

Ahora queda esperar que se desarrolle ya una realidad virtual avanzada y la gente se quede para siempre metida en ese mundo mentiroso y no abran la boca más que para tomar las papillas que les servirá la enfermera de un manicomio.

Los psicólogos y psiquiatras, a su vez y siguiendo el ritmo de la imbecilidad imperante en el mundo mundial, se han convertido en unos verduleros de la salud mental. Ya solo falta que pongan puestos ambulantes para vender sus consejos y pócimas a los transeúntes con smartphone o tablet que requieran apoyo a su incultura y a una tecnología que les queda grande para el poco intelecto que poseen.

Y es que cuando ya no se puede acceder a un mínimo estatus intelectual, hasta la elegancia se va por el cagadero con toda la mierda. Y la ética médica, claro está.

Iconoclasta

La biblia for dummys o la iconoclasta verdad.

Jueces, capítulo 3, versículos 15 al 24.

Aflicción de Israel. Débora.

3 últimas páginas.

Josué, capítulo 13, versículos 1 al 7
Distribución de la tierra.
3 últimas páginas.

Las palabras son pobres para expresar el rechazo, la repulsión. Pueden llevar a engaño, a ser demasiado ambiguas a pesar de la claridad con la que se apuñala con ellas.
Hay diccionarios que recogen el acervo cultural de los ignorantes y acopian palabras que sirven absolutamente para nada, solo son expresiones de analfabetos con una pretenciosa ambición de ser neologismos. Los hay de citas, que aunque no den satisfacción, te hacen parecer culta. Hay diccionarios de todo tipo, seguramente se puede comprar uno que no servirá absolutamente para nada, salvo para taparme la cara ante el asco que siente al verme.
Pero si pudiera, me comería el coño ahora mismo y todo el asco que me tiene me lo metería con su glande en el culo sin piedad. Yo me dejaría, pero sin demasiada alegría.
Hay medios atenuantes para evitar sentirme infectada por la repulsión que siente hacia a mí.
Puedo imaginar chistes obscenos, hablar de banalidades o ver una película en silencio para no soportar todo ese asco que me tira a la cara y darle tiempo y lugar para que se pueda expresar con quien ama y desea con más intimidad.
No es por bondad, ni por ser tolerante y comprensiva con su nuevo amor de mierda, es para tener algo de comodidad en medio de toda esa repulsión. Llegados a este punto todo está acabado, es un proceso imparable y cuanto menos molesto sea, mejor.
El lenguaje, para la cuestión del asco y el rechazo, carece de suficientes recursos.
Hay una serie de consoladores rotativos, con perlas que frotan los labios vaginales, que te distraen deliciosa y tiernamente de ese asco que siente; no son muy caros y me quieren. Es que uno solo es aburrido y ya está viejo el que tengo.
Las palabras a veces son mentirosas, ofensivas, hirientes y siempre superfluas, es muy difícil que revelen lo real. Podrían considerarse un berrinche pasajero.
Nunca alcanzarán la intensidad y la sinceridad que produce el contacto con la piel de quien siente asco.
Es un proceso simple, pero te pringa los dedos y los labios como una brea que no se puede quitar aunque se froten las manos desesperadamente con arena.
Un beso en la mejilla y sus lágrimas se derraman como si fuera violación, acaricias su piel y sus músculos se crispan.
Ya no es esa piel que le besa la que deseaba. En el mercado de los fracasados siempre hay pieles mejores que elegir.
Ahí, en ese instante de llanto y tensión, hay que pensar seriamente en que el amor se ha ido a la mierda, o mejor expresado, ha encontrado otra simpatía, otras risas y otro placer.
Cualquier palabra es infructuosa y patética.
Hay esmaltes de uñas preciosos que te mantienen un rato distraída de tanta repulsión. Mucho asco, pero clava su mirada en mis pezones duros sin disimulo.
En ese mismo instante en el que sus lagrimitas se escapan tras el casto beso, comienza a aflorar mi vergüenza por haber amado ese ser que ahora se ahoga en asco al besarle, al hablarle, al acercarme… En todo momento.
La vergüenza de que su nuevo amor se fraguó ya meses atrás, cuando yo le comía la polla y él soñaba que era la boca de la otra.
No es suficiente y hay que realizar otro test de repulsión.
Acme (la de los inventos del Coyote y el Correcaminos) los vende baratos y son bastante fiables; pero si la economía va un poco deprimida y por el mismo camino que el amor, hay un recurso más sencillo, aunque es sucio: el abrazo.
La prueba de fuego es el abrazo: cuando su cabeza se mantiene rígida y lejana para que no llegue mi beso, cuando su cuerpo se endurece y parece que es madera, algo ajeno a mí, a lo que un día fue; resulta positiva de repulsión.
Es algo lógico, era de esperar tras el primer llanto por un beso en la mejilla; pero hay que pasar por ello antes de enviar a la mierda «tantos años o meses de amor», hay que asegurarse y untarse de esa mierda que su piel despide: repulsión, asco, rechazo, pena, soledad…
El beso en los labios ya no se debe intentar, porque sería tomar veneno, cosa que es innecesaria y excesiva cuando te has intoxicado con su asco. Es mejor que el beso se lo dé quien le ama de verdad y no enfermarse más, que tome sus putas maletas y salga de una vez por todas con su repulsión a que otra le chupe los cojones.
En medio de todo ese asco, lo más saludable sería follar, no es inverosímil, puede ocurrir. Por eso quiero mis tres dildos de diferentes tamaños.
A veces los que ya no se aman copulan como medida de tregua, sin esperanza; tragándose todo el asco que sienten, por la polla o por el coño. Es algo meramente funcional: hay que vaciar los huevos e hidratar la vagina; eso sí, siempre pensando en el nuevo amor y que todo ese placer es un mal trago por el que hay que pasar. No follarán mucho, pero es mejor que un beso que deja sabor a mierda en la boca y en la piel.
Los hay que siguen follando a pesar de que ya están con aquella piel que no les repugna, por algún motivo, sienten la necesidad de enmugrarse follando y recordar los viejos tiempos del asco y la miseria; pero los deficientes mentales no son ejemplo a seguir.
La repulsión no es una palabra, no son mil deseos, no son gritos ni llantos. No son onomatopeyas.
La repulsión anida en su piel y solo se siente en toda su magnitud cuando la mano hace contacto, cuando los labios se cuartean resecos tras un beso que solo ha llevado a un llanto y una tristeza infinitas.
Así que mientras él siente toda esa repulsión y asco, mejor entro en la página de Acme y compro una sex-machine, que es una especie de taladro con un pene doble (anal y vaginal): viene con un trípode y solo has de agacharte un poquito acercando el culo con el control en la mano, lo hace todo.
De verdad, que esto de ser repulsiva, me preocupa mucho.
Bip-bip.

Iconoclasta

En la vida respiro porque un montón de células así lo exigen; pero tampoco es como para tirar cohetes que estallan con formas de mujeres con las piernas abiertas mostrando su menstruación con los pezones duros. Porque hay un montón de células ajenas a mí que evitan que pueda hacer algo decente por cuestión de envidia, usura y ambición. Pero ante todo, porque sus cerebros son lisos como el sobre de la mesa de vidrio donde escribo.
En definitiva y para ser redundante, lo que hago aquí es evitar la envidia y la idiocia de los que coartan mi libertad y truncan mi bienestar en su beneficio, aunque sean tan deficientes mentales que no sepan que lo hacen.

Hago lo que puedo en un planeta  en el que los muertos lo hicieron todo  mal y los vivos
perfeccionan y amasan la mierda que heredaron.

 

 

Iconoclasta

Deuteronomio capítulo 27, versículos 14 al 26. Capítulo 28, versículos 1 al 4
(Dt 27, 14-26. Dt 28, 1-4)
Maldiciones y bendiciones
6 últimas páginas.

Suelen salir mal las cosas por ninguna razón en especial. Y no es que salgan mal, sino que ya lo estaban. A veces (asaz de ellas) los genitales toman el control. Los humanos creyendo que el cerebro se encuentra en los testículos o la vagina, estos detalles de perspectiva les pasan desapercibidos y no se enteran del mundo en el que viven. Y mucho menos de su propia estupidez.

El humano es un ser confuso, desconoce su propia naturaleza y sus limitaciones.

Ojalá un día el analfabetismo se erradicara y supieran de una vez por todas que el cerebro no se encuentra en los cojones o entre los pliegues del coño.

No lo saben y siguen rigiéndose en cuestiones románticas, sociales, económicas y religiosas por estos órganos genésicos tan alejados del cerebro, que aunque sea muy pequeño y con escasa operatividad en el 99,8 % de los humanos, no deja de ser el que de verdad rige el intelecto.

Si tuviera la peña la más mínima capacidad de síntesis, lo habrían aprendido en sus primeros años de vida viendo cualquier mierda de programa televisivo. Incluso en los primeros libros de texto de la infancia se hace mención del cerebro.

O sea, que hacen lo que les sale de la polla o el coño sin capacidad de elegir, de una forma habitual y mediocre.

Y así, cuestiones como pobreza, hijos no deseados, religión, cuernos y un compulsivo deseo de cambiar de teléfono móvil cada dos meses, son solo baladíes actos de una polla o un coño demasiado inquietos.

Los humanos se “aman” entre coitos y felaciones, teléfonos e imágenes jpg, y comida barata con refresco de a céntimo el litro en el supermercado; pero como lo hacen usando los genitales y sin pensar, todos estos animales tienen cabida en el paraíso porque no hay pecado en las bestias.

Ergo el paraíso es un centro para deficientes mentales y el planeta Tierra un criadero de subnormales.

Y lo que salta a la vista es que el aborto no solo debería ser legalizado, sino que debería ser forzoso.

Claro que si dejaran de nacer subnormales, los curas se quedaban sin feligreses y los políticos sin votantes.

Y las casas de telefonía móvil se iban a la mierda en dos días.

Sería el caos…

Maravilloso.

A mí me suda la polla.

Iconoclasta

Me encontraba cómodamente sentado en el sillón tras la cena, comiendo pastelillos de crema y fumando. Mi santa se pintaba las uñas sin apenas hacer caso al programa de televisión. Se trataba de un documental de NatGeo Xtreme, la vida de una manada de chimpancés en pleno centro de la selva Lacachondona que queda por el nordeste de México fronterizo con Argentina si no recuerdo mal. De cualquier forma, lo que importa son las emociones, la cultura la uso de lubricante peneano muy a menudo.

Lo mejor fue cuando se mostró como el grupo de machos jóvenes, descuartizaba al viejo jefe de la manada. Se me cayó al suelo un trozo de pastelillo en esa escena que me emocionaba vivamente.

—Mari, se ha caído un trozo de pastel.

—Pues que lo recoja tu madre —dijo sin alzar la vista de las uñas.

Y observando su braguita blanca manchada de rojo, pensé en la menstruación y sus efectos secundarios.

En el momento en el que uno de los chimpancés jóvenes le devoraba la oreja al viejo, le dije a mi esposa para relajar el ambiente.

—Mira como se parece a tu padre comiendo con ansia en el bufet libre ese chimpancé.

—Y tu madre es puta —me respondió, otra vez, sin dejar de trabajar sus uñas.

Tenía mucha regla, era mejor no hablarle.

Y me enfrasqué en mis reflexiones, evoqué momentos de mi vida y las escenas de los monos pasaban monótona y aburridamente ante mis ojos y las uñas de mi santa.

Reflexioné sobre la 3ª edad, los jubilados y pensionistas. De cómo se comen con voracidad todo aquello que es gratis y de bufet libre, aunque sea mierda, durante sus viajes baratos a destinos turísticos en temporada baja.

Como es habitual en todas las fábricas, se organizan visitas para promocionar sus productos y demostrar su calidad a la ciudadanía, sobre todo a los colegios.

Debido a la cantidad tan grande que hay de pensionistas que necesitan distraerse y comer barato, muchos no encuentran plazas en las ofertas que la administración pública ofrece en las agencias de viajes. El gobierno español se puso en contacto con las empresas para que ofrecieran a los viejos parte de sus productos caducos y de promoción: baratijas, llaveros, bolígrafos, comida pasada, condones rotos, bolsas de plástico sucias con propaganda de aceites automotrices para llevar el pan, etc…

De esta forma la empresas tenían publicidad casi gratis, ya que solo costeaban una parte de los autocares y las bebidas (también caducadas y de oferta) que les ofrecían durante la visita a la fábrica.

Y bueno, a los viejos mediocres les das un asiento en algo que se mueve, un poco de pan duro gratis con tocino rancio y algunas baratijas para que se metan en sus bolsos y van más contentos que mierda en bote. Se pelean como niños por conseguir más basura que sus compañeros de viaje y se pasan el día la hostia puta de distraídos.

Aquel día recibí la visita en mi departamento de la relaciones públicas (public relations para ser más snob) de la fábrica de condones.

—Buenos días, Iconoclasta. Dentro de una hora y media llega de visita un grupo de ancianos para hacer el tour por la fábrica. ¿Podrías hacer unas pruebas de lotes cuando ellos lleguen?

— Claro, no faltaba más, Marga. ¿Vas a hacer el test del lote conmigo? Hace tiempo que no te apuntas.

— No podré, tengo que preparar otras visitas y chupársela a mi jefe dentro de un cuarto de hora para que me apruebe una subida de sueldo.

—No jodas… Pues ve con cuidado, porque el otro día Lourdes necesitaba un permiso de dos días y dijo que tenía una llaga purulenta en el glande.

—Pues sí, y ya vengo preparada —dijo mostrándome una crema antibiótica que sacó del bolso y subiéndose la falda para mostrar que no llevaba ropa interior.

Yo pensé en la discriminación laboral de la mujer, mientras mi alter ego (mi polla) lo hacía en meterse dentro de aquel apetecible coño.

—Entre los ancianos repartiremos boletos para que participen en el test. Pedrito el mongol te traerá un par de cajas con números, deberás sacar ante ellos uno para mujeres y otro para hombres. Los que ganen harán el test contigo.

—Ah, no… Yo no me tiro a un vejestorio.

—Cobrarás las horas a precio de extras —me contestó.

—Podríamos dar más oportunidades y que puedan ser cuatro los elegidos —contesté llevado por mi cariño hacia los ancianos.

Ya eran las doce del mediodía, cuando escuché alboroto por el pasillo. Vi a una caterva de veinte ancianos y ancianas casi trotando en dirección al ventanal de demostraciones de mi cubículo. O sea, hacia mí, contra mí.

Algunos llevaban andaderas y avanzaban poco a poco obstaculizando el paso a los demás para hacerse sitio ante el ventanal; pero los más ágiles saltaron por encima de ellos y los adelantaron.

El guía (Jenaro, el encargado de la limpieza de los aseos), les decía algo pero nadie le hacía caso, así que enseguida se perdió para fumarse un cigarro. Lo sé porque se estaba sacando el paquete de tabaco del bolsillo. Soy sagaz.

Y sentí envidia.

A los pocos minutos llegó Pedrito, el mongol (también conocido como síndrome de Down, tengo cultura) que repartía el correo por las distintas áreas y departamentos de la empresa.

— ¡Hola Iconoclazzta! Te traigo lozz numedozz para el zzorteo de loz viejozzz.

— ¿Quieres quedarte? Te dejo que hagas una prueba del smartcondón, cuando llegas al orgasmo envía un estado de felicidad al feisbuk y al tuiter.

—Una mied-da a mí no me guz-ztan laz viejaz. Ademáz, me ha pedido Mad-ga que vaya a folladla porque zu jefe le ha dado el aumento, pedo no la ha dejado a guzto y no quiede maztudbadze zola.

—Pues vete a la mierda, deficiente mental desagradecido.

—Tu puta mad-dre —dijo cerrando la puerta.

Los viejos ya habían ensuciado el cristal con sus babas y estaban ansiosos por saber quien sería el ganador, me mostraban sus boletos agitándolos en las manos y golpeando la ventana con sus miradas pletóricas de ambición y lujuria.

Sentí un vacío en el estómago al sentirme un hombre objeto, una cosa sexual; pero como soy de naturaleza ególatra me quité los pantalones y los calzoncillos y estimulé el pene para que se pusiera erecto ante el público. Todos sudaban, unos por envidia, otros por deseo. Cuando me unté lentamente el pene con lubricante y descubrí mi glande estratégicamente expuesto bajo el foco de la luz para que brillara como una gema, una mujer de unas dos toneladas de peso tuvo una lipotimia y no se cayó al suelo porque estaba apretada por el resto de cuerpos. Supe de su desmayo cuando acabó la demostración, al ver el cuerpo tendido en el suelo; cuando Jenaro el guía les invitó a que continuaran la visita en el departamento de lubricantes. Allí les entregarían a cada uno un tubito promocional que caducó hace cinco años. Los viejos y viejas corrieron como los niños atletas griegos en las efebías delante de un látigo. Incluso la gorda de la lipotimia, pareció querer incorporarse al oír la palabra “obsequio”.

En fin, que como tengo mi propio “esclavo” para ciertos trabajos, llamé a Ahmed el mal pagado y sin papeles moro marroquí para que viniera a ayudarme. Él existe y cobra lo poco que cobra para hacer lo que yo no quiero, y esto es: los test anales. En mi culo no entra nada más que mis dedos cuando me limpio después de cagar. Para esto están las razas inferiores, él lo sabe, yo lo sé y todos los sabemos: para que les den por culo. Según lo que haya que llevarse a la boca también están para eso. De vez en cuando, le invito a fumar si noto que se siente muy inferior y aliento su ánimo con una hipócrita cordialidad.

Cuando colgué el teléfono decidí darle más clase e interés a la demostración: arrastré el glande por la ventana y un viejo con un ya notable alzheimer, pretendía cogerlo con ademanes de subnormal. Me lo pasé un rato bien con aquel idiota.

Acto seguido saqué el número 13 de la caja de mujeres y el 11,5 de los hombres, pensé en Pedrito y sus nuevas clases tardías de números decimales.

Los expuse ante la congregación matusalénica y una vieja comenzó a saltar de alegría con su boleto en la mano, parecía un escupitajo en una plancha caliente. Le señalé con el dedo que entrara en el cubículo. El viejo que estaba muy contento también con su número en la mano, se sujetaba algo bajo la camisa mientras recibía las felicitaciones envidiosas de sus colegas.

—Buenos días, señor Iconoclasta, no sabe lo contenta que estoy.

— ¿Cómo te llamas?

—Gumersinda Riduarejo de la Paz Santa.

—Encantado de conocerte, Gumer. Vamos a empezar el test: primero me has de hacer una mamada, luego te penetraré hasta que tu cuello se ponga tieso como el de una gallina de las de tu pueblo.

Me sonrió, pareció no sentirse ofendida por mi forma brusca de hablar, pero vi que usaba audífonos cuando se bajaba las enormes bragas arremangándose el vestido. Era un poco sorda.

El pelo de su coño estaba blanco como el de su cabeza y cerré los ojos para no perder la erección.

La vieja se sacó la dentadura postiza empujándola con la lengua y la metió en el vaso de cerveza que usamos de cenicero yo y mis colegas (creo que su visión tampoco era muy aguda). A pesar de tener unas rodillas artríticas como troncos de olivos, se arrodilló sin titubeos y se tragó mi pene como si fuera el chocolate que les regalan a los jubilados en los viajes baratos de fin de semana a Suiza.

A mitad de mamada, cuando ya me aburría de lo mal que lo hacía, irrumpió en el cubículo uno de los ancianos llevado por el vicio y la avaricia propia de los viejos sin clase que toda su vida fueron unos vulgares, es decir, comérselo todo si es gratis. Era el marido de la mamadora. Llevaba el boleto ganador de su compañero en la mano, ya que éste se había tenido que ir a cambiar la bolsa de la sonda de orina al servicio médico y se lo cedió porque estaba a su lado, no por amistad. El resto de viejos, apretaban sus caras arrugadas contra la ventana para no perder detalle. Había más mocos que narices arrastrándose y a pesar de ser un vidrio grueso, se les oía insultarse los unos a los otros.

—Soy su marido y tengo el número ganador de los hombres.

—Y a mí me suda la polla —le dije con los ojos entrecerrados de placer.

—Déjame un poco a mí —le dijo a su mujer apartándola y ocupando su lugar.

— ¡Cerdo! —le contestó ella sin cordialidad.

El tipo no tuvo tantos miramientos como su mujer, no se sacó la dentadura postiza. Abrió mucho la boca como quien va a comerse un plátano muy, muy, muy, muy gordo y se metió el pene sujetándome los huevos, con maestría y experiencia.

Ante aquella boca recia y temblorosa, eyaculé en dos segundos y le llamé con cariño cerdo de mierda.

El viejo estaba contentísimo de haberse llevado el premio gordo. Su mujer le llamó borde, se metió en el bolso unos condones usados de la papelera (como si no la viera) y muy digna ella, metió la mano en el vaso y se puso la dentadura. Antes de salir por la puerta con aire enojado, escupió una colilla.

El marido se relamió una vez más para recoger unos restos de semen en las comisuras de la boca, rebuscó con la mirada en el cuarto y localizó la papelera. Sacó de allí un trozo de pan con fuagrás que no quise comerme hace tres días y esperó escupiendo migas de pan duras como diamantes, a que empezara el test de los hombres.

— ¿Cómo te llamas?

—Gumersindo —qué mierda de vida, pensé.

— Muy bien, Gumer —me sentía incómodamente redundante—, ya puedes ir bajándote los pantalones y los calzoncillos. Pronto vamos a por el siguiente test.

Sus cojones eran grandísimos y colgaban mucho, por lo que imaginé que estaban rellenos de intestino por alguna hernia o algo parecido.

El pene sin embargo, era tan pequeño que sentí pena por él. Sería difícil calzarle un condón y que se le aguantara. Ahmed había tenido suerte.

Es bueno que los seres más inferiores gocen de algo de fortuna de vez en cuando.

Y Ahmed entró.

— ¡Hola Iconoclasta!

— Te presento al ganador del tour de hoy: Gumer el bien dotado.

Ahmed le tendió la mano.

— Yo soy Ahmed. Espero que no empujes mucho con esa bestia que tienes entre las piernas, quiero poder cagar en los próximos quince días.

Y nos pusimos a reír como locos mientras encendíamos unos cigarros y el viejo Gumer estiraba el labio inferior demostrando que no acababa de entender la sutileza del comentario de Ahmed.

—Yo también fumo —dijo Gumer.

—Los invitados no pueden fumar, son las normas.

—Ahmed, prepárate en el potro sodomita, mientras busco un condón de la medida de este macho man. Imagino que lubricante no vas a querer —le dije en voz alta y clara.

Y empezaron nuestras risas de nuevo. Los espectadores nos veían reír y se reían con nosotros a pesar de no entender una mierda.

Así que tomé del brazo a Gumer, y lo coloqué frente al ventanal para que el público pasara un buen rato mirando al bien dotado.

Al final encontré un trozo de film plástico para envolver comida y enfundé el pene de Gumer con media vuelta.

—Y ahora vamos a por esa erección. Ahmed, tócalo por favor, no quiero estar aquí todo el día.

Ahmed que tenía una tranca que le llegaba casi a las rodillas fue ovacionado por hombres y mujeres cuando se colocó frente al ventanal. Le cogió el pene con la punta de los dedos y lo agitó rápidamente, después de cinco minutos no conseguimos que aquello se pusiera duro y se le cayó la funda de film transparente al suelo.

Tomé cuatro viagras del botiquín, las pulvericé y las mezclé con agua, cargué con aquello una jeringuilla y se la inyecté en la vena del brazo a Gumer.

En dos minutos estaba tiesa como un mástil, aunque seguía siendo ridículamente pequeña.

Ahmed se acomodó de nuevo en el potro, le coloqué media vuelta de film transparente al mini pene y lo llevé hasta el culo de Ahmed.

—Venga Gumer, follátelo, machote. Vamos a ver la calidad que tiene este condón.

—Solo veo una niebla azul —se quejó.

—Los pitufos vendrán luego, por el camino de los champiñones —dijo Ahmed tirándose un pedo y sobresaltando al viejo.

Tomé el mini pene otra vez con las puntas de los dedos y lo introduje en el ano de Ahmed, luego con la mano empuje el culo del viejo para que aquella piltrafa no se saliera.

—Y ahora dale que te pego, Gumer. Quiero ver como te corres enseguida.

— ¿Ya me la ha metido? Solo siento que me empuja y es un poco molesto.

—Pues sí, la tienes toda dentro

Y nos pusimos a fumar y escuchar música mientras el viejo jadeaba como una cerda pariendo y sus huevos se bamboleaban pesados y tumorales contra los muslos de Ahmed.

Fue una conversación agradable en un ambiente tranquilo, a excepción de los vejestorios de fuera que animaban a su compañero.

A los diez minutos y tras tres cigarrillos, dijo con un hálito de voz mínimo:

— Ya.

Unas gotitas de semen habían caído en sus zapatos y el trozo de plástico se había quedado en el culo de Ahmed.

Como no lo veía bien debido a tanta viagra, le ayudé a subirse los calzoncillos y los pantalones. Le metí el trozo de plástico del culo de Ahmed en el bolsillo de la camisa junto con otros condones usados que su mujer no había cogido-robado de la papelera.

Aún así, cuando pasamos cerca de mi mesa, cogió un lápiz mordisqueado que exhibía el nombre de la empresa.

Cuando se fueron todos por fin hacia la sección de lubricantes y tras despedirlos con hipocresía desde la ventana, salimos yo y Ahmed hacia la máquina del café y allí nos fumamos otros cuantos cigarros.

Nos encontramos con Pedrito el subnormal.

— ¿Quieres un café, Pedrito? —le invité.

—Zí, y bien cargado porque me duelen loz huevoz. La Mad-ga ze ha puesto hiztérica cuando ha vizto loz cojonez que tengo y me loz ha expdimido cuando me cod-día. Es una puta de mied-da.

— ¿Quieres un cigarrillo? —lo aceptó y se lo fumó sujetándose los cojones y sudando copiosamente.

—Y la próxima vez que te invite a que te folles a alguien en mi departamento, acepta, no te pasará eso.

—De acued-do Iconoclazta.

Y así acabó aquella jornada dedicada a la tercera edad.

El documental pasaba ahora el rito de apareamiento de dos chimpancés con una chimpancesa, no sabía que pudieran hacer cosas así, tan complicadas y artísticas.

—Estoy pensando que podría invitar a tus padres para hacer un tour de visita en la fábrica —le dije a Mari.

—Pues llámalos, se pondrán contentos.

—Yo también —pensé marcando el número en mi nuevo smart teléfono con capacidad para dieciocho mil videos pornos y dos canciones.

Pensé en Ahmed y cinco pastillas de Viagra para mi suegro, para que disfrutara de una buena metida anal y en Pedrito para que le comiera el coño a mi suegra, su lengua gorda y siempre burbujeante le encantará.

A la mona la han dejado de joder y se acaricia los pezones tranquilamente mirando la copa de un árbol acostada entre polvos y piedras.

Precioso, pero ya estoy hasta las pelotas del NatGeo por hoy.

Siempre abundante: El Probador de Condones.

Iconoclasta

Deuteronomio, capítulo 4, versículos 23 al 27.
La revelación en el Horeb.
4 últimas páginas.