Están acabados como seres humanos, no hay forma de que entiendan la vida sin un libro o consejo de auto ayuda, sin una norma o ley. Sin un decreto. Hay asaz de ellos, de los que necesitan el precepto escrito o el protocolo para actuar. Los pocos que existen con un pensamiento libre y autónomo (tres o cuatro por cada cuarto de millón de reses) se reparten en dos que se dedican al robo, estafa y/o política, y el que queda es de alguna forma artista o simplemente, una persona decente. Qué mierda de dependencia. Ahí, en esa dependencia radica el popular éxito de los grandes tiranos fascistas o comunistas; de las dictaduras en general (hayan surgido de una votación como Hitler o de una golpe de estado como Franco): liberan a la chusma de intuir, pensar y actuar de modo propio sabiendo que tienen entre manos a un rebaño quejumbroso y manso de cerebro básico, meramente funcional para la nutrición y la reproducción ganadera. Y cuanto más «cultos» e integrados en su sociedad de mierda, más necesitan las reses la norma escrita y una buena vara a la que no le tiemble la mano para que los guíe. Luego, cuando muere su tirano lloran y se deprimen. Y no saben que hacer con la libertad. Uno de los viejos ejemplos, aunque sea en forma de cuento, es el de Moisés bajando la montaña con sus tablas de piedra grabadas con los diez mandamientos. A partir de ahí, la imbecilidad se convirtió en virtud. Son salmos de la experiencia.
Hacía meses que no veía la televisión española, cualquiera de las cadenas que el nuevo y normal fascismo español ha comprado para instaurar su dictadura plagiada de la china. Y sentí que se había metido mierda en mi casa al ver el spot doctrinal del coronavirus del fascismo en la televisión. El anuncio es repugnante en cada escena. Apesta a la cobardía de una familia española al uso (o lo que debería ser según el nuevo y normal fascismo español): la madre que se pone con estúpida ilusión (talmente como si nunca hubiera follado y fuera madre por el espíritu santo del fascismo español y no por el coño) el bozal para recibir a alguien que entra en casa, los propios familiares se dan el codo en una perfecta coreografía, abren las ventanas y llaman a la puerta de los abuelos a su casa, a una muy prudente distancia, para que por la calle de por medio, se puedan ver cenando. O sea, la mezquindad elevada al más alto grado: los viejos desconfiando de sus hijos y nietos, porque “seguro que esos cabrones de mierda están enfermos y nos quieren matar con el coronavirus”. Los menos viejos desconfiando entre ellos en una misma mesa, porque al fin y al cabo son tan hijos de puta y se conocen tan bien a sí mismos que saben que, a sabiendas de que tienen el coronavirus, sus hijos o hermanos los infectarán por pura maldad. Y a todo esto, el criador de cerdos, el ministro de sanidad; amenazando y advirtiendo a la chusma de los controles aleatorios que ha impuesto: en su paranoia, ha decretado (lo sueña sudando todas las noches con obscenas imágenes) que la bofia asalte e irrumpa en casas elegidas al azar para comprobar que el ganado cumpla las normas dictadas por el Caudillaje español y sus caciques autonómicos. Y que nadie se salte el puto toque de queda de mierda. No quiero ni deseo un bueno año 2021, deseo una violencia inusitada, algo que me lleve a olvidar que por un desliz, dejé que en la puta nochevieja del 2020, entrara mierda en mi casa a través de la televisión. Y eso sí que es infeccioso; no puedo conseguir, a pesar de abrir las ventanas, que se vaya de la casa el hedor a mierda del fascismo español. La violencia no tiene por qué llevar necesariamente la desdicha, puede ser edificante, liberadora y divertida. Y sobre todo, aportará una cultura y una dignidad ya muy necesarias a través de la purificación de la muerte.
¡Feliz Año Nuevo de un nuevo, normal y más fuerte franquismo 2021! Y recordad: vacunaos para que los Caudillos que todo lo saben, aquellos que os salvan la vida cada día; no os jodan trabajo, economía y la poca libertad que no han podido arrasar aún. Porque ellos y su bofia sabrán con precisión quien sí y quien no lleva cosida la estrella de David amarilla en el abrigo. Y para celebrar todo lo perdido, aquí una bonita estrofa de canción (de aquellas inteligentes, divertidas y libres que se han ido censurando con paranoico oscurantismo año tras año, gobierno tras gobierno) de aquellos ingeniosos y transgresores Los Toreros Muertos y su Mundo Mágico.
“Es divertido estar aquí, puedes hacer una canción con alcalde y gilipollas, por ejemplo: Alcalde gilipollas Alcalde gilipollas Alcalde gilipollas Alcalde gilipollas. Es fácil. Vivimos en un mundo mágico puedes hacer una canción con fin y con de las fin y con de las… Magic world! Magic world!
Que se metan el puto reguetón y “tú eres mi bebé” en el culo.
Siempre hay errores de cálculo en las “democracias” franquistas/comunistas. Tres ejemplos al azar de los millones que cometen los dictadores y sus caciques:
Cuarentena no significa centuria. Enfermar no es forma de curar. Solo un idiota aplaudiría a las siete de la tarde todos los días a sus represores y carceleros (presidentes, ministros y bofia).
El analfabetismo nunca ha sido una ciencia exacta. De hecho, aunque los fascistas electos no se lo crean, ni siquiera ha sido ciencia.
La ruta de la seda era la internet de la antigüedad: estafas, bulos, robos, pactos hipócritas, sonrisas venenosas y sinceros asesinatos; pero por encima de todo, la máxima expresión de la humana avaricia. La autopista por la que circuló la corrupción, la usura y la esclavitud entre Asia, Europa y África. Que además sirviera para expandir cultura, tecnología e idiomas, fue un hecho secundario e inevitable; nadie pretendió hacer semejante cosa. Hasta el romanticismo facilón tiene un límite: donde el conocimiento de la verdadera idiosincrasia humana dice “basta de estupideces”.
Id con cuidado con la bofia en España y sus territorios taifas, son cobardes con mando que están sedientos de joderos. Es lo que debería ser noticia de verdad: el toque de queda y sus carroñeros. ¿Os acordáis de aquellas parejas de guardias civiles franquistas que eran los reyes del pueblo y tenían incluso derecho de pernada? Pues en esas estamos de nuevo.
Mis padres follaron con demasiada alegría y despreocupación.
Y por ello tuvieron que cargar con la consecuencia: yo.
Y yo con ellos.
La vida está sobrevalorada.
Demasiados pseudo literatos de retórica fácil se callan muy cobardes y ansiosos de ventas, que la muerte y el dolor son la canastilla del recién nacido.
Lo peor que te puede pasar es nacer fuerte, porque no sucumbes a ningún dolor.
Si eres fuerte, la vida es asaz larga.
Sinceramente, prefiero que pase el tiempo rápido, en un bip-bip que diría el Correcaminos.
Y si hubiera nacido libre de dolores y tristezas concebidas amén, hubiera encontrado la forma de sentirme asqueado en este tiempo y lugar, una consecuencia más de mi aleatorio nacimiento.
Estaba condenado al fracaso.
Soy la consecuencia de una cópula mediocre.
Y si algo no pides o no quieres, se convierte en condena y el mundo en un vertedero.
Todo lo que contiene un vertedero es basura, a mí me contiene también; ergo…
En familia debes tragar cada año doce uvas que son cristales rotos que destrozan las muelas y a ti por dentro.
Hasta que rompes con casa y familia y la cosa mejora un poco; pero tampoco es que sea para tirar cohetes con explosión multicolor y traca final de alborozo.
Cuando al fin te quedas solo, de ser accidente no te libras.
Así que meto la mano entre tus muslos y accidentalmente, cuando los separas húmeda y viscosamente, juego con los filamentos que desprendes y los extiendo por esos labios que palpitan ante el roce de mis dedos ásperos. Cuando los separo y descubro esa belleza de perla que esconden, dura y resbaladiza; al presionarla tus uñas hieren la piel de mi brazo como si quisieras frenarme y a la vez, meter todo eso más adentro de tu coño.
Esa desesperación tuya no es un accidente; pero me roba la cordura y el decoro si alguna vez lo tuve.
Y chupo tus pezones para beberte, los amenazo con los dientes porque te comería. Me haces voraz.
Un voraz accidente.
Un accidente imprevisible que en medio de una frustración decide follarte.
Follarte sin piedad y cerrar la puerta a todo, incluso al aire y la luz.
Será que el corazón a veces baja al pene, se aloja en el glande y hace lo que debe con todas esas venas y con mi instinto accidental, como un jaco en vena que me arrebata de mi propia accidentalidad.
Y cuando te la meto, sin delicadeza alguna, todo está bien. Tu coño cálido se contrae y expande comprimiendo mi carne dura que hierve de presión, haciendo de mí un animal encelado, sin pensamiento.
Todo tiene sentido cuando revienta mi pene y la leche rebosa entre la cópula de tu coño y mi bálano.
Luego, mientras mi mano descansa en tu monte de Venus, a medida que el semen se enfría, vuelvo a mi accidentalidad y te beso como si tuviera que marchar lejos de nuevo, allá donde no pedí estar.
Un pajarito (un pajarito de mierda) me acaba de decir que dios ha muerto. Y no de coronavirus precisamente. Por lo visto, algún gracioso se ha ensañado con el sagrado. Si dios está muerto ¿dónde puedo encontrar a otro para rezarle mis deseos de que mate a mi prójimo, ese que odio profundamente con la intensidad necesaria para que se le seque la sangre en las venas? ¿Qué garantías tengo de que no será un imbécil hablando por un altavoz de profundos graves y con menos cerebro que un excremento seco, haciéndose pasar por deidad? No me apetece hacer el ridículo lanzando mis plegarias a un deficiente mental.
En España y sus particiones taifas no hay inocentes, solo oscuridad y feroz y ferviente represión. Cobardía y estafa. La bofia velando por la imposición y la eternidad de un franquismo resucitado con un resfriado. La bofia apostada venenosa y peligrosamente en cruces de carreteras, patrullando ferozmente por la calles en busca de una multa o detención falsas que los mantenga en la cima de la cadena alimentaria de la carroña en la que han convertido la más mínima libertad. Si pudieran me sacarían ellos la polla para dictar el tiempo que me conceden para mear. La bofia omnipresente patrullando las calles con nocturnidad tóxica, junto a sus colegas de especie las ratas; haciendo de las ciudades prisiones sin permisos carcelarios. Con sus lucecitas azules en los techos de sus coches grises que provocan vómito. La bofia esperando excitada la caricia en el lomo y la galleta de sus amos fascistas y asesinos que no gobiernan, solo asfixian. En España y sus taifas, no hay inocentes, solo enfermos, muertos, presos, negras noches y días grises como los uniformes de aquella bofia del siglo pasado que a tantos asesinó y encerró. Hoy no es día de inocentes ni de bromas; es solo otro día de mierda más, esperando encarcelados, las doce vacunas venenosas de la nochevieja del coronavirus y la prisión de un nuevo y normal franquismo. Hoy es el día de los gilipollas, como cualquier otro.