Posts etiquetados ‘Iconoclasta’

Las legiones de seres humanos moviéndose de la misma forma cada día, es una pesadilla cada noche repetida. Solo que no existe forma alguna de despertar y evadirse.
No hay forma posible, de evitar que las cosas ocurran según ese ejército de seres que actúan bajo las órdenes de una abeja reina. El mundo se mueve con ellos, los que no piensan, por alguna cósmica inercia.
Me cago en la democracia y las cochinas mayorías.

Sunshine, 2007.

Cinema Paradiso.

La niebla en Realidades truncadas.

Mátalos suavemente, 2012.

Perfidia, 2009.

Léolo, 1992

Las palabras son pobres para expresar el rechazo, la repulsión. Pueden llevar a engaño, a ser demasiado ambiguas a pesar de la claridad con la que se apuñala con ellas.
Hay diccionarios que recogen el acervo cultural de los ignorantes y acopian palabras que sirven absolutamente para nada, solo son expresiones de analfabetos con una pretenciosa ambición de ser neologismos. Los hay de citas, que aunque no den satisfacción, te hacen parecer culta. Hay diccionarios de todo tipo, seguramente se puede comprar uno que no servirá absolutamente para nada, salvo para taparme la cara ante el asco que siente al verme.
Pero si pudiera, me comería el coño ahora mismo y todo el asco que me tiene me lo metería con su glande en el culo sin piedad. Yo me dejaría, pero sin demasiada alegría.
Hay medios atenuantes para evitar sentirme infectada por la repulsión que siente hacia a mí.
Puedo imaginar chistes obscenos, hablar de banalidades o ver una película en silencio para no soportar todo ese asco que me tira a la cara y darle tiempo y lugar para que se pueda expresar con quien ama y desea con más intimidad.
No es por bondad, ni por ser tolerante y comprensiva con su nuevo amor de mierda, es para tener algo de comodidad en medio de toda esa repulsión. Llegados a este punto todo está acabado, es un proceso imparable y cuanto menos molesto sea, mejor.
El lenguaje, para la cuestión del asco y el rechazo, carece de suficientes recursos.
Hay una serie de consoladores rotativos, con perlas que frotan los labios vaginales, que te distraen deliciosa y tiernamente de ese asco que siente; no son muy caros y me quieren. Es que uno solo es aburrido y ya está viejo el que tengo.
Las palabras a veces son mentirosas, ofensivas, hirientes y siempre superfluas, es muy difícil que revelen lo real. Podrían considerarse un berrinche pasajero.
Nunca alcanzarán la intensidad y la sinceridad que produce el contacto con la piel de quien siente asco.
Es un proceso simple, pero te pringa los dedos y los labios como una brea que no se puede quitar aunque se froten las manos desesperadamente con arena.
Un beso en la mejilla y sus lágrimas se derraman como si fuera violación, acaricias su piel y sus músculos se crispan.
Ya no es esa piel que le besa la que deseaba. En el mercado de los fracasados siempre hay pieles mejores que elegir.
Ahí, en ese instante de llanto y tensión, hay que pensar seriamente en que el amor se ha ido a la mierda, o mejor expresado, ha encontrado otra simpatía, otras risas y otro placer.
Cualquier palabra es infructuosa y patética.
Hay esmaltes de uñas preciosos que te mantienen un rato distraída de tanta repulsión. Mucho asco, pero clava su mirada en mis pezones duros sin disimulo.
En ese mismo instante en el que sus lagrimitas se escapan tras el casto beso, comienza a aflorar mi vergüenza por haber amado ese ser que ahora se ahoga en asco al besarle, al hablarle, al acercarme… En todo momento.
La vergüenza de que su nuevo amor se fraguó ya meses atrás, cuando yo le comía la polla y él soñaba que era la boca de la otra.
No es suficiente y hay que realizar otro test de repulsión.
Acme (la de los inventos del Coyote y el Correcaminos) los vende baratos y son bastante fiables; pero si la economía va un poco deprimida y por el mismo camino que el amor, hay un recurso más sencillo, aunque es sucio: el abrazo.
La prueba de fuego es el abrazo: cuando su cabeza se mantiene rígida y lejana para que no llegue mi beso, cuando su cuerpo se endurece y parece que es madera, algo ajeno a mí, a lo que un día fue; resulta positiva de repulsión.
Es algo lógico, era de esperar tras el primer llanto por un beso en la mejilla; pero hay que pasar por ello antes de enviar a la mierda «tantos años o meses de amor», hay que asegurarse y untarse de esa mierda que su piel despide: repulsión, asco, rechazo, pena, soledad…
El beso en los labios ya no se debe intentar, porque sería tomar veneno, cosa que es innecesaria y excesiva cuando te has intoxicado con su asco. Es mejor que el beso se lo dé quien le ama de verdad y no enfermarse más, que tome sus putas maletas y salga de una vez por todas con su repulsión a que otra le chupe los cojones.
En medio de todo ese asco, lo más saludable sería follar, no es inverosímil, puede ocurrir. Por eso quiero mis tres dildos de diferentes tamaños.
A veces los que ya no se aman copulan como medida de tregua, sin esperanza; tragándose todo el asco que sienten, por la polla o por el coño. Es algo meramente funcional: hay que vaciar los huevos e hidratar la vagina; eso sí, siempre pensando en el nuevo amor y que todo ese placer es un mal trago por el que hay que pasar. No follarán mucho, pero es mejor que un beso que deja sabor a mierda en la boca y en la piel.
Los hay que siguen follando a pesar de que ya están con aquella piel que no les repugna, por algún motivo, sienten la necesidad de enmugrarse follando y recordar los viejos tiempos del asco y la miseria; pero los deficientes mentales no son ejemplo a seguir.
La repulsión no es una palabra, no son mil deseos, no son gritos ni llantos. No son onomatopeyas.
La repulsión anida en su piel y solo se siente en toda su magnitud cuando la mano hace contacto, cuando los labios se cuartean resecos tras un beso que solo ha llevado a un llanto y una tristeza infinitas.
Así que mientras él siente toda esa repulsión y asco, mejor entro en la página de Acme y compro una sex-machine, que es una especie de taladro con un pene doble (anal y vaginal): viene con un trípode y solo has de agacharte un poquito acercando el culo con el control en la mano, lo hace todo.
De verdad, que esto de ser repulsiva, me preocupa mucho.
Bip-bip.

Iconoclasta

Hay vertederos de todo tipo, y lo más sosos y aburridos son los de amores caídos.

Son restos sin olor, sin sustancia. Gelatinas sin sabor, olor o color.

Ni siquiera huelen a podrido aunque lleven años ahí tirados.

Los amores caídos no provocan ni el más mínimo dolor, solo una indiferencia transparente como el aire.

Algo de vergüenza a lo sumo.

Se les ofrenda risas y burlas, un justo pago a una vanidad desmedida. A una frívola metafísica.

Dan ganas de bostezar.

 
Me gustan todos esos colores fuertes y vivos, tantos detalles: fotos, figuras, dulces, panes, licores, calaveras de dulce y flores de color naranja que forman una cruz. Cigarrillos… mejores que dos monedas en mis ojos muertos.
El aroma que impregna la casa de papel picado, veladoras y flores que poco a poco se marchitan, es inconfundible como el olor a musgo fresco en la escayola de un belén de navidad.
La ofrenda es la ingenua mirada a la muerte, un terror rayano en la histeria que lleva a personificar el fin de la vida y darle nombre y entidad. Un infantil intento de hacerse aliado de la muerte para que no se los lleve antes de tiempo, y si así fuera, deben tener la firme convicción de que estarán vivos de alguna forma al final de todo.
Les hace olvidar con una también ingenua hipocresía, que una vez despreciaron al que está muerto, y todo fue amor y dicha.
Es adorar a un volcán para que no los entierre bajo su lava y cenizas, cosa que se hace también.
No hay valentía en el día de muertos, solo eso: una temerosa e inocente forma de unirse al enemigo porque no se puede vencer.
Hay que decorar lo sórdido y disfrazar la cobardía con supuesta alegría para no reconocer que ha llegado el fin. Que algo o alguien ha muerto.
Las ofrendas, las hermosas y tiernas ofrendas, son obra del miedo y del triste recuerdo.
Son preciosas, hipnóticas. Quisiera tener siempre una en casa solo para posar la mirada en ella e invadirme de tanto color y tantos detalles que observar, sé que los muertos no vuelven, no están en ningún lugar, ni siquiera existen; esa certeza le da más valor e importancia a mi gusto por las ofrendas, son bonitas en si mismas; sin acto alguno de cobarde fe o ritual tradicional en la forma en que las aprecio. Sirven para evadirme de tantos errores y frustraciones, y pensar que la muerte lo arregla todo, lo deja todo en su lugar.
Como debía ser, como debió ser antes de que todos cometieran (cometimos) aquel error.
A veces, al mirarlas, pienso que son la esperanza de que una mala vida pueda acabar pronto.
Las ofrendas son pequeños mundos a los que no hay que viajar en nave espacial.
Me encantan.
Gloria a dios en las alturas y a los muertos con su rompope y cigarrillos que nunca probarán.
Buen sexo.
Iconoclasta