Posts etiquetados ‘Pablo López Albadalejo’

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Hay quien da un significado especial, alegórico a los puentes.
Depende del grado de sensibilidad poética que se padezca en el momento en el que lo cruza o lo observa.
O si está sano o a punto de morir. Es joven o viejo…
Los puentes sirven para no mojarse los pies o atajar un paso alto entre montañas.
Por lo demás, eso tan repetido de que un puente es símbolo de acercamiento, es otra hipocresía más. Una espantosa ñoñería.
Porque en grandes extensiones de tierra, en el que todos están cerca, es decir, no separados por una altura o un río; el único acercamiento que ha habido durante siglos es para la guerra, dominación, saqueo y captura de esclavos.
¿Me van a decir que por cruzar un puente se cura la envidia y la idiocia de la chusma?
No jodas…

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Así se extendería mi alma al morir, si tuviera.
Como un riachuelo helado en la montaña.
Moriré con frialdad, con el mismo hielo que sentí por la humanidad. Con esa gelidez que me hace sentir bien en la cálida soledad.
Una eyaculación helada y estéril, secreta.
Oculta y anónima.
Un legado efímero.

aportar-a-la-sociedad

Hay una pregunta siempre en el aire por parte de las instituciones: ¿Qué haces, qué aportas a la sociedad?
Es una pregunta estúpida, burda, tramposa, capciosa, oportunista, anal…
La única pregunta posible es: ¿Qué hace la sociedad por mí a cambio del dinero que me roba por respirar?
Menos dar por culo con el cuento de la conciencia social, porque la sociedad, al fin y al cabo es un rebaño de borregos cuyos pastores son un cártel de ladrones.
Y yo tengo que soportar a unos y a otros.
Por la sociedad no puedo hacer nada; pero si pudiera (y de una forma harto improbable, lo quisiera), no le gustaría a ninguno de esos dos bandos: a los borregos y los ladrones o gobierno.
Cuando hagan algo por mí, cuando el dinero que me han robado a lo largo de la vida me dé algo de fruto, tal vez no les tenga tanto odio, tanto asco.
Y aún así…
Es que el rencor me hace más macho.
Puedo vivir odiándolos a todos, no me molesta demasiado.

 

sasha-cane

En Telegramas de Iconoclasta.

la-ira-de-amar
Tengo un problema.
Seré más preciso: la humanidad tiene un problema conmigo.
Cuando ella no está cerca de mí, cuando no la puedo tocar, cuando no la oigo respirar, cuando no veo sus letras; mi tristeza y melancolía crean una ira que me llevaría a cortar de un tajo la yugular de Jesucristo si hubiera existido, si hubiera resucitado y si hiciera su segunda venida.
No soy un ser que sufre y llora en silencio, quédamente en un rincón oscuro.
Soy violencia, soy cancerígeno, portador de muerte y dolor.
Sin consideraciones de quien muere, si es culpable, inocente, hermoso, espantoso, rico o miserable.
Yo digo que la tristeza con sangre, dolor y miedo se paga.
La de alguien desconocido y la mía que aparece como vetas en el semen que escupe el meato dilatado de mi glande cuando me masturbo furioso porque no es su mano ni su boca la que se apodera de mi rabo.
Pienso en su coño y en sus labios, en sus palabras tiernas y en las obscenas.
Y no hay nada en el mundo que pueda superarla, no existe nada ni nadie a quien valga la pena sonreír si ella no está a mi lado.
Cierro los puños con fuerza y soy un ser primitivo que caza y folla. Que devora a los de su propia especie si es necesario.
Si así lo deseo, simplemente.
Cuando la ira de su ausencia me hace babear fiero, hostil…
La ira tiene el fin último de liberar espacio en el planeta.
Y cuantos más mueran, más cerca estoy de ella.
¿Quién es el idiota que dijo que el amor a los seres humanos hace mejores?
Bueno, me queda poco de humano, tal vez sea acertada la ñoña sentencia con los mediocres.
Los mediocres enamorados son como primerizas madrazas embarazadas.
Donde alguien ve felicidad por el hijo que va a nacer, yo veo una seria amenaza a mi libertad, a la exuberante obscenidad con la que ella me trata.
Porque no quiero un hijo que me quite tiempo con ella.
No quiero un hijo que provoque su ternura y la convierta en una madre tierna y cariñosa.
Devoraría a mi propio hijo si interfiriera entre su coño y yo.
Quiero su vagina húmeda goteando en mi boca. Quiero ser yo que el que irrite sus pezones mamándoselos con hambre lujuriosa.
Con la polla tiesa rozándole los muslos.
El mundo está mal cuando ella no está para apaciguar mi ánimo hambriento.
No soy un romántico que sufre, soy un romántico genocida.
Pulsaría tres botones rojos para asegurarme de que no quedara nadie en toda la faz de la tierra.
Solo su mamada salvaría la humanidad.
No tengo lágrimas, no nací para llorar, no nací para sufrir y abrazarme a mí mismo desesperado.
Soy la patada en la sien, en la boca, soy el puño en el vientre, soy una navaja veloz, un filo indoloro y desangrante. Soy las manos que rompen un cuello, que estrangulan el paso de aire. Que arrancan los pulmones.
Soy odio en estado puro.
Soy quien la tiene más gorda.
Mi alma es negra como las montañas en noches de luna muerta.
Mi amor es desgarrador y solo existe por ella.
No tiene sentido nada de lo que me rodea sin ella.
Mi existencia no tenía razón alguna hasta que a ella la parieron y la encontré.
Si la perdiera… No quiero imaginar el dolor que se desataría en el planeta hasta que consiguieran darme caza.
No existiría hombre, mujer, niño o bestia a la que no descuartizara.
Aún así soy demasiado bueno: mi ira es por amor.
Los mediocres hacen lo mismo por dinero, o por un ascenso social en su entorno de mierda.
Aunque no lo digan.
¿Ves, amor? Merecen morir todos si tú no estás para hacer mi mundo perfecto.
No te lloraré jamás, pero extenderé miedo, dolor y muerte hasta que me extingan.
Te lo juro.
Mi padre ya no existe por ti, por tu ausencia. Resbalo en la sangre que aún mana de su garganta, de su vientre abierto a puñaladas.
Te brindo su vida como prueba de amor.
Ha llegado de su paseo diario, con toda su vejez doblándole la espalda. Cuando ha abierto la puerta, no eras tú.
La sangre aún corre rauda por mis venas y el corazón es un pistón que hará reventar alguna vena de mi cerebro.
Si muero será por amor, por muchos seres que asesine.
¿Lo sabes, verdad?
Sé que te excita.
Hasta pronto, mi amor.

 

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Iconoclasta

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Temo por los árboles cuando quedan tan vacías sus ramas.
Tan desnudas…
Temo que no despierten, que se queden siempre en ese invierno crudo y desalmado.
Y temo sobre todo, que mueran sin darse cuenta, como durmiendo.
Porque yo no quiero morir así. Quiero sentir la muerte aunque duela.
Y quisiera en primavera, dar una palmada a sus troncos y que hojas vivas lluevan sobre mi cabeza.
Y clavar mi navaja en su corteza, tallar mi nombre y mi hostilidad, y acercar el oído para escucharlos gemir.

sabiduria

Como no aparecí por la tienda de tabaco el pasado día de los inocentes, me han hecho la inocentada con carácter retroactivo. Lo que me ha llevado a empezar el año con cierta comezón genital que me obliga a removerme inquieto en el asiento.
Y así con total y absoluta desfachatez, han metido en la bolsa de la compra este encendedor con mensaje jocoso y divertido.
Y es que provoco envidia por doquier que paso, mi elegancia, soberbia y sabiduría ancestral les tiene totalmente epatados.
Hasta mi cojera les hace soltar babas con rabiosa envidia.
Me la tenían jurada porque soy listo como una ardilla.
Pero cuidado, no sea que con lo rápido que soy, les haga hermanitos a todos ellos chingándome con esta rapidez mía a sus madres.
Vivo en un continuo surrealismo, es mi cruz por ser perfecto.
Es un asco ser único.

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En Telegramas de Iconoclasta.

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La gelidez corre por los dedos directa al corazón, indolora; como un gusano horadando la carne.
Y el corazón pierde fuerza y se detiene el tiempo en un instante de luz que no abrasa.
Y el hielo es terciopelo y paz.
Una muerte tranquila.

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Dicen que es el día de los inocentes. Yo digo que es el de los idiotas.
De cualquier forma me la pela.
A mí me interesa el día de los culpables y decapitarlos.
Y si estuvieran muertos, resucitarlos para decapitarlos. Eso sí me haría gracia.
Como es la norma, la cobardía gobierna las tradiciones.
De los inocentes es fácil reírse.
Pero faltan cojones y dignidad para celebrar un día de los culpables.
Palurdos borregos…