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Es tan tentador sentarse con ellas en la hierba…
Si yo fuera ternero, no me gustaría que un humano me molestara.
De hecho, siendo humano, no soporto que se acerquen y ocupen espacio a mi alrededor los de mi propia especie.
Se acaba con esta reflexión la tentación de tumbarse con ellas y compartir el cielo y la tierra durante un tiempo.
Hasta el romanticismo bucólico debe tener un límite para no caer en la idiocia.
Hay otro límite más: no morirán en ese majestuoso paisaje y no vivirán demasiado.
Cosa que me hace sentir incómodamente cómplice de asesinato.
La sinceridad y el conocimiento son los mejores antídotos contra el ingenuo romanticismo.
Sin embargo, nada ni nadie a pesar de la envidia, puede evitar o negar que sean preciosas.
¿Tenderse en la hierba con ellas como un compañero cómplice de su asesino?
No, no puedo ser tan hipócrita.
Les digo adiós y me trago la verdad que sabe a hiel.
La verdad es innecesaria, no aporta beneficio alguno.
Y sabe a mierda.


La degeneración neuronal por exceso de redes sociales tiene su máximo exponente y ejemplo con el independentismo de Cataluña.
No se gana un territorio, un gobierno o un territorio con “tuits” facilones, con “merchandising” amarillo o con pacifismo de pacotilla que no es ni más ni menos que pura coacción contra ciudadanos libres de sectarismo y una racista demostración de la supremacía de la élite étnica catalana.
Hay que leer, hay que instruirse y así conocer cómo se ganan territorios y estados: mediante la guerra. Cosa inalterable a través de los tiempos, ya que los ejércitos son la fuerza más sectaria de todas cuantas existen.
Los colegios y los niños no sirven para defender nada. No se pueden escudar los sectarios y fanáticos cobardemente en nombre de la paz tras los hijos propios o ajenos.
La guerra sirve para estas cosas: para definir territorios, designar quién manda en él y quién vive. Y así poder ejecutar sin injerencia alguna, la limpieza étnica y política que procede en el territorio conquistado o perdido.
Es la realidad de lo que ocurre y la única forma posible de ganar un país o territorio: con guerra, con violencia.
No reconocer esto, es vivir en una especie de Disneylandia imbécil, impropia de adultos.
Porque hay que ser claro y entender que el poder de una sola bala, supera al de millones de “retuits” y “likes” de mierda.
No es que sea bueno o malo, es que es así.
Y los que ambicionan el poder de ser presidentes de “su propia nación” son los políticos más represivos que puedan existir.
Para asumir una independencia, hay que asumir la guerra y la violencia.
Si hay hambre y enfermedad, la guerra es la mejor opción. De hecho, es la única opción.
Siempre morir luchando que sometido al hambre.
Pero hay demasiados catalanes que no tienen hambre; solo padecen la degeneración propia del acomodamiento de una sociedad que está saturada y aburrida de todos los elementos de consumo posibles que no pueden llenar una vida intelectual plena y libre pensante.
Los teatros de títeres que actualmente han montado su pseudo-gobierno desde otros lugares y a través de la comodidad y seguridad de las redes sociales, es un síntoma de que algo huele a podrido en Dinamarca. Han convertido una independencia en un timo descarado.
Lo realmente absurdo, es que nadie ve el timo y lo llaman “política”, porque están buscando razones que no lleven a la guerra. El típico efecto del miedo.
Y así, como dijo Churchill: “Pudieron elegir entre el deshonor y la guerra. Eligieron el deshonor y por tanto la guerra”.
El género humano es cada vez más cobarde, menos inteligente y menos fuerte. Sin embargo, ha conseguido un nivel de hipocresía que lo protege de cualquier cosa, como una coraza hecha con mierda seca.
El pacifismo populachero y populista de usura, ambición y supremacía, solo conduce a la violencia.
Las marionetas no evitan la guerra, solo y en el mejor de los casos, la satirizan.
Y no es extraña, no es descabellada la guerra en ninguna época. Solo hay que ver cuántos países tienen conflictos bélicos actualmente, para que nadie se piense que hoy día “no puede haber una guerra”.
La guerra es un acto cotidiano en nuestra sociedad.
Es una putada; pero es así.
Así funcionan las cosas desde que el ser humano empezó a arrastrar por el suelo los nudillos de las manos. Y solo existirá otra opción diferente a la guerra si el ser humano se extinguiera.
Maldita ingenuidad…

 

ic666 firma
Iconoclasta

En Telegramas de Iconoclasta.

En las habitaciones de los hospitales suele haber cruces.
(No en fondo cósmico, lo que pasa es que si puedo, huyo de mediocridades de paredes blancas)
Tal vez se pretenda de una forma sutil (nada que ver con rezar con espiritualidades) que el enfermo no se queje demasiado.
Que se fije en el crucificado, que eso sí que duele de cojones. Que vea lo que es el verdadero dolor y no el suyo.
Yo siempre he pensado que, si el nazareno hubiera existido por alguno de esos azares que ocurren a lo largo de la historia; su dolor hubiera sido solo suyo y el mío insoportable.
Y es que el dolor es personal e intransferible, como el número pin de la tarjeta de crédito.
Mucho menos, un dolor ajeno puede conjurar, aplacar o consolar el propio.
Se pueden pedir milagros ante la cruz mientras te rechinan los dientes porque algún órgano se está pudriendo dentro de ti, si tienes humor para hacerlo, claro. Pero jamás el dolor de alguien, y mucho menos el de un cuento, podrá consolar el propio.
La experiencia es un grado y la única verdad entre tantas fantasías y crucifijos.
Primero te pones un poco histérico porque temes morir y una vez, si tienes cojones y lo aceptas, esperas que ocurra pronto para que el dolor cese.
¡Eseso-eseso-esesostodo, amigos! (el bueno de Porky Pig despidiéndose).

En Telegramas de Iconoclasta.

Que no es poco por lo desesperante, por las melancolías de lo que ya no podrá ser.
Por lo que pasó y duró tan poco que parece sueño.
Por el dolor que es tanto y parece delirio
Por tanto espacio-libertad que los pulmones se fatigan de tanto aspirar, y llevarse a la tumba todo lo bueno que puedan.
Porque amar es el más hermoso de los esfuerzos y detestar lo más fácil y liberador.
Un día más… O un día menos.
Pero eso ya lo sabía. Está bien, no puede hacer daño.

He tenido una revelación.
Tanto que algunos lo buscan y helo aquí, el paraíso: un prado con un montón de vacas satisfechas y plácidamente aburridas de tanto rumiar. Acostadas en el pasto y con total seguridad, sobre sus propias cagadas sin que les importe demasiado.
Soy la hostia de místico.
Y un observador nato.

A veces juego conmigo mismo al escondite, me mal escondo en mí y de mí. Quisiera no saber tanto de miedos, de dolor, de frustración.
De la vergüenza de tantos fracasos.
Quisiera no conocer el final de la película…
Quisiera esconderme de todo eso.
Pero no se me da bien.
Abulto mucho y mis manos son pequeñas.
Hago lo que puedo y nunca es suficiente.
Puto karma…

Aparece sola, sin conjuros.
Sin tratamientos psicológicos.
En cualquier momento, cuando dejas vagar perezosamente la mirada y encuentras que la vida y lo inanimado comparten un espacio íntimo y está todo donde debe estar.
Y es mágico en su absoluta sencillez. Captas el momento para no olvidarlo, para poder contarte a ti mismo que hay momentos también de una sorprendente serenidad que te sedan de dolores y muertes.
A veces vale la pena vivir.

En Telegramas de Iconoclasta.