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Tarjetita de mi sabiduría. Como una galleta de la suerte, pero con inteligencia e ingenio.

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Tarjetita de mi sabiduría. Como una galleta de la suerte, pero con inteligencia e ingenio.44c57-tarjetitamini

Tarjetita de mi sabiduría. Como una galleta de la suerte, pero con inteligencia e ingenio.

Tarjetita de mi sabiduría. Como una galleta de la suerte, pero con inteligencia e ingenio.

En Realidades truncadas.

Yo respeto el arte y todo eso que se dice; pero a veces siento la necesidad de ser inmaduro.
Una deliciosa necesidad…

Eructos adolescentes.

Autofelación

Publicado: 6 diciembre, 2013 en Humor
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Consejos para una placentera vida sexual.

Para aquellos a los que su mujer se la ha dejado de chupar porque hay sabores mejores, le da asco el vuestro o bien se ha aburrido. O para los que son pobres y no tienen dinero para pagar una puta que se la chupe,  existe el yoga y sus asanas y contorsiones.

Una vez que has logrado la mística elasticidad que confiere la práctica del yoga, llega la prueba de fuego: ponte unas gafas de policarbonato como protección contra salpicaduras y golpes e inténtalo (en caso de que tengas suficiente flexibilidad y durante las primeras automamadas, hay que tomar precauciones para evitar lesiones oculares, podrías hacerte daño por una falta de precisión; de la boca al ojo hay una distancia cortísima cuando practicas este asana).

Puede ser que no llegues y eso se debe a:

– La tienes muy pequeña.

– Tu entrenador ha sobrevalorado tu habilidad de forma piadosa respecto a este asana autocomplaciente.

La solución más sencilla es que desarrolles el pene, porque tu espalda ya no está para más contorsiones.

Mira bien tu correo electrónico, porque seguro que tienes un «enlarge your penis» cada día en la bandeja de entrada.

Si es demasiado caro, que te la chupe tu entrenador de yoga, que:

– O bien te ha sobrevalorado para que continúes pagando tus clases.

– O bien no imaginaba que un pene pudiera ser tan pequeño.

En ambos casos es responsable de tu frustración y de un importante desembolso económico en unas clases que no han servido para nada.

En caso de que lo hayas conseguido:

– Puede ser que te salga por la nariz el esperma que has eyaculado. Debes seguir practicando una correcta respiración para no ahogarte con tus propios miasmas.

– Puede ser que tu gato esté jugando con tus huevos  en el momento más inoportuno: usa coquilla. En caso de que sea el perro el que te esté oliendo el culo con su hocico fresco y húmedo: déjate hacer porque eso imprime más fuerza e intensidad a la eyaculación.

– Si te encuentras practicando este asana en el gimnasio, pide al entrenador que te meta un dedo en el ojete para que te estimule la próstata, chillarás como un marrano de placer.

Y ya, cuando tengas más soltura y puedas usar las manos coordinadamente, graba un video y cuélgalo en tu tuiter o feisbuc para que tu imbecilidad se haga tan famosa como la de Justin Bieber o la del presidente de cualquier país elegido al azar.

Son los buenos consejos de Iconoclasta.

No os rindáis jamás, calentorros míos.

Bueno sexo, buena mamada.

Iconoclasta

Esta dramatización está basada en hechos reales, tanto que ni los nombres se han cambiado. Cualquier parecido con la realidad es pura verdad porque no nos vamos a ir con tonterías cuando todos los vecinos ya conocen los hechos y sus dientes rechinan cuando llega la tarde-noche-madrugada de los sábados.

Hay que tener en cuenta que hay gente que no ha disfrutado este buen rollo; pero ha padecido estas maratonianas veladas plenas de vodka, brandy, calimocho, cerveza y tabaco. No me voy a disculpar, pero ánimo a Batman, Morgana, Robin, Gatubela y todos los habitantes de la baticueva que fuman en la oscuridad, así como a los múltiples (unos vecinos) que a veces ya no son tan múltiples (un eufemismo por un inacabable desfile de personas siempre nuevas, siempre sonrientes, capaces de convivir todos juntos, cuantos quiera que sean, en una caja de cerillas).

– Empecemos por la despedida, porque es lo más fácil y comprensible de explicar.

Inevitablemente, cuando los trozos de iceberg que trae Lucio se han deshecho, la cocacola ha perdido el gas y las botellas de licor ni estrujando sacan gota, es la hora de tirarse algún pedo y hacer el largo recorrido de casi cien metros hasta la casa en un lamentable estado de embriaguez.

Siempre es así:

—Mañana podríamos ir a comer a la brasería de la avenida Juárez, que sirven unos cortes buenísimos y hay lechuga y vegetal para los mujeres —consigue decir Lucio mientras Cristal le da empujones en la espalda para que se mueva, más concretamente para que se levante de la silla.

—Sí, como siempre —respondo soplándome una uña mirando fijamente la ceniza que ensucia el vidrio de la mesa y pensando en cosas de puntería y precisión; es culpa de que los ceniceros están llenos a pesar de que Cristal se vuelve loca vaciándolos cada diez minutos. Y eso que no hay moros en la casa —. Estaréis todos muy crudos, lo sabemos yo y Dios.

—Pero un día podemos ir a comer y… —Cristal no le deja acabar de hablar, lo empuja hacia la puerta.

Cuando se van, mientras Aragón deambula con el micro del karaoke en la mano sin saber bien que hacer con él a esas alturas de la ebriedad, yo afino el oído para escuchar el pedo de la noche cruda. Hay días que se escucha y otros no, es la única variable de estas noches desenfrenadas.

Esto ha sido lo fácil, lo que se puede explicar con tranquilidad, ocurre inevitablemente cada fin de velada, exactamente así y solo así.

No siempre, pero Luisa (una amiga de Aragón, de los tiempos del degenerado colegio Hidalgo) suele estar en esos momentos en casa porque ha venido a comer. Y como Luisa no puede faltar porque también tiene sus puntos, voy a narrar la crónica con su asistencia.

Comencemos con el diario de la jornada sabatina.

– Entre las 17:30 y 18:30. Cristal ya ha hablado largo y tendido por el guasap con Aragón y todo está preparado, no hay nada al azar.

Llaman a la puerta nuestros amigos, llevan una bolsa con un refresco y dos o tres botellas de licor. El hielo parece sacado de los icebergs de la Antártida por lo rústicos que son los pedazos. A veces creo que Lucio va a aparecer con un balde de agua para no sé qué; solo sé que llevar agua era su costumbre en los tiempos escolares. Llenamos la mesa con botanas, tabaco y vasos. Lucio, sin ninguna delicadeza, se dedica a destrozar el sobre y el suelo de la cocina haciendo añicos esas rocas de hielo que ha traído. Es curioso, nunca me acuerdo de preguntarle si el hielo lo compra o sube a la cumbre del Popo para conseguirlo gratis.

– Sobre las 19:00, ya estamos suficientemente animados para empezar con una partida de Cranium, un juego de preguntas y respuestas que se juega por equipos.  Se contesta de voz, por mímica, escribiendo o modelando plastilina según indique la carta (sí, el menor de los que se encuentra en esta velada tiene treinta y cuatro años y el mayor cincuenta y dos; y según mi parecer, ninguno de los cinco somos retrasados mentales, aunque eso siempre depende de a quién le preguntes. Que nadie se piense que jugamos con un juguete de Lego).

Es bueno resaltar que hay diferentes cambios en el habitual carácter de los contertulios, a saber qué y a saber quienes:

Cristal: de naturaleza afable y amable, en cuanto ya tiene su ficha y el dado de Cranium, parece que se la lleva la chingada. Su carácter sigue siendo guay, chachi y alegre; pero cuando menos te lo esperas, te suelta una fresca e incluso habla amenazadoramente si el juego se detiene mucho tiempo (sobre todo a su Lucio). Y aún no es por el alcohol.

Luisa: se adueña del lápiz y del bloc, es más, su equipo debe negociar con ella y otorgarle el monopolio de los «dibunoveo» (dibujos a ojos cerrados). Lo malo es que no es una Van Gogh de la pintura, y sus compañeras de juego (Aragón y Cristal) se quedan afónicas diciendo cosas muy rápidamente a ver si por casualidad aciertan. Pero cualquiera le dice nada, porque se pone también muy agresiva. Otra de sus manías es aferrarse al relojito de arena y atesorarlo entre sus dedos cuando no está dibujando con los ojos cerrados.

Aragón: ella a su aire, da igual que se juegue al Cranium, Rummy, Scrable o Strip Póker; porque desde el mismo momento en que empieza el juego, evoluciona continuamente de la mesa al ordenador buscando las canciones del México más profundo y endogámico, que son las que les gustan a los topógrafos. Y cuando no busca videos en yutup, guasapea con su celular hasta que Cristal se pone seria nuevamente:

—María Gabriela… Tu turno —le dice con una mal contenida paciencia.

Lucio: se pone serio y circunspecto, toma el lápiz y el bloc como si fuera suyo y no te da oportunidad ni de tocarlo, es más, el equipo contrario me tiene que prestar el bloc y el lápiz cuando lo necesito. Y sobre todo me amenaza:

—Hay que ponerse chingón ¿eh?¬—dice alzando el dedo índice como una amenaza para luego dibujar algo cubriéndolo con sus enormes manos para que yo no acierte. Cabronazo…

Entre las habilidades de los jugadores, cabe destacar que Lucio, se sabe un montón de canciones; pero se congestiona y cambia de color cuando hay que deletrear una palabra al revés; más o menos como si se le hubiera atravesado un taco en la garganta. Todos sus dibujos empiezan por una raya quebrada o una especie de erizo, hay que tener una enciclopedia y recitar cuantas voces encuentres para ver si hay suerte y acierto.

Cristal se mueve mucho en los adimimo (mímica en la que se describe un personaje o acción), Aragón o Luisa la miran embelesadas, no sabiendo lo que quiere decir; pero admirando su energía. Y como se mueve tanto, por enésima vez, vuelve a darnos una lección de estética y cuidado del cabello, mientras Lucio la observa y dice emotivamente:

—Esa es mi china…

Yo soy especialmente apto para hacer mariconadas que se filman en video, tan claras y acertadas, que aún no entiendo porque Lucio tiene que gastar todo el tiempo y las pistas que le dan los contrincantes para adivinarlo.

Aragón actúa poco, porque casi siempre está en el yutup o bailando con la puerta cuando el grado de alcohol en sangre es evidente; por lo cual, Cristal trabaja extra. Luisa no ayuda mucho, porque se entretiene diciendo todo el rato:

—Sí, amiga…

– 20:30. Ya están todos debidamente entonados y la música ha subido notablemente de volumen, comienzan a pedir canciones cada vez más exóticas y difíciles de encontrar en yutup, así que dejan el ordenador reproduciendo cualquier cosa y la velada se llena de un temeroso suspense por lo que ha de sonar. Aragón ya mueve la cabeza de un lado a otro con cualquier tonadilla, sin exigir demasiado. Cristal está nerviosa porque está a punto de agotar sus fichas del rummy, Luisa no está nerviosa porque sabe que en su próxima tirada, va a desbaratar todas las combinaciones del juego, Lucio mueve nervioso el pie y a mí me miran con hostilidad porque tardo demasiado en jugar.

Cuando hago mi jugada, le doy vueltas a mi anillo, y me miran como si fuera el deficiente mental de la reunión, así que fumo y dejo que Aragón siga bailando con la puerta, Cristal la grabe en video y Lucio continúe formando combinaciones mientras Luisa mira sus piezas y piensa:

—Si no tiene nada…

Al final, después de varias jugadas, Luisa gana moviendo las piezas velozmente y con precisión, para que quede claro que su fijación por los monosílabos en  el scrable es puramente accidental y que si se lo propone, puede poner un millón tropocientas mil fichas sobre la mesa.

Cristal, aunque ya más relajada y un poco inquieta por su cabello (no sabe bien si dejarlo suelto o sujeto), tira las piezas que no ha podido colocar con malhumor pero con una sonrisa inquietante.

Y todos sabemos, que las dos próximas partidas las ganará ella, siempre es así.

Aragón por fin se entera de que la partida ha terminado y pregunta:

—¿Yaaaa? ¡Ayyyy… perrrrrraaaaa! —y agarra el pomo de la puerta para dar unos pasos de baile.

Lucio con su eterno vaso de brandy con soda y rocas de hielo, aún le dice a alguien señalándole con el dedo:

—Vas… —pero nadie le hace caso porque están guardando las piezas en la bolsa para empezar una nueva partida, en la que los que han perdido, esperan ganar ahora con todas sus fuerzas.

Aragón relaja el ambiente poniendo una de sus canciones de topógrafo, a lo que Cristal responde con una contundente lista de canciones que sería mucho mejor y más elegante escuchar. Luisa, no tiene muchas ganas de hablar, por lo que se limita a asentir con la cabeza, dándole la razón a Cristal.

—Busca a Los Tigres que comen tlacoyos en el Norte —le pide Lucio a Aragón.

Al final, tras sonar el himno topográfico, se ponen de acuerdo para poner una bachata con el único fin de joderme a mí. Entonces empiezo a hacer girar dos anillos como venganza.

Un breve descanso entre partidas y todo el mundo a charlar sin hacer caso de lo que el otro dice, un ejemplo:

Aragón habla de gemelos que se aparecen en una casa del centro, de la humedad del suelo del parking del hospital y de la pena que le dan sus chalanes que tienen que cargar cemento durante horas y horas mientras ella los fotografía para un reportaje del NatGeo. Nadie la escucha porque también tienen los otros sus cosas que decir.

Cristal dale que te pego al teléfono, a ver si Mía y Kía se han dormido. Sobre todo, que Mía se haya dormido en su cama, porque es tan peligroso despertarla para llevarla a su recámara, que hay que atarla para que no le saque los ojos a Lucio, su padre. Cuando deja el teléfono se suelta el pelo, lo esponja, lo apretuja y se vuelve a hacer un moño con la liga.

Lucio habla de las gorditas que hacen en el DF y de los fabulosos tacos dorados que hay camino a un pueblo que se escribe con muchas equis, con muchas «tl» y muchas «ch». También dice que las memelas son una mierda y que está harto de la comida de Puebla, a pesar de conocerse los mejores puestos y restaurantes del estado. Y vaya por dios, que ayer lo volvió a multar la policía porque giró por donde no debía, y que la culpa era de la señal de tráfico, que tenía el tamaño de un cromo de chicle de Bob Esponja. En un chicharrón se echa todo un sobre de salsa valentina.

Cuando yo hablo sobre algunas de las cosas que escucho, Aragón me dice que me calle si no sé de que hablo. Así que me callo y presto mucha atención para aprender más y mejor.

Luisa, toma con delicadeza una patata frita o un chicharrón y hace salir humo de las teclas de su blackberry ajena a todo lo que dicen. Y como si hablara para ella misma, dice algo sobre la fábrica, en la que hay un problema con un torno de un millón de toneladas que pretenden elevar dos cacahuates pequeñitos ayudándose de las uñas.

Hay una excepción a la regla de que todos hablan y nadie escucha: cuando Lucio habla del tamaño gigantesco de la polla de su abuelo se produce un silencio atronador en la sala prestándole total y absoluta atención. Cuando acaba de contar lo grande que es ese rabo, durante unos segundos se mantiene aún ese silencio, solo roto por los rumores de los discos duros cerebrales imaginando cosas realmente obscenas.

Y así (salvo por el monólogo del rabo del abuelo de Lucio) está todo el mundo hablando sin que nadie escuche a nadie, salvo yo, que a pesar de hacer rodar mis anillos y que de una forma sorprendente les molesta a todos, he tomado nota de todo lo que dicen.

Aragón a estas alturas baila mucho con la puerta y cuando se cansa o acaba la canción y se sienta en la mesa, me dice que porque estoy fumando tanto. Como si yo solo estuviera llenando los cinco ceniceros de la mesa. Yo no le digo nada de su cuarto vaso de vodka para que no me pregunte luego, en la sesión de terapia de grupo que suele montar por si misma, si la quiero o la amo.

– 23:30. A esta hora Luisa ya está hasta su total y laseriana depilación de jugar y beber por lo que decide irse. A lo que Aragón dice siempre y en el mismo tono:

— ¿Ya te vas, amiga?

Luisa no responde porque no tiene ganas de gastar más saliva.

– 00:10 del domingo. Se deja de jugar un rato al rummy mientras Aragón encuentra el camino de vuelta a casa tras abrir el portón del fraccionamiento para que Luisa pueda salir.

Lucio se apodera del yutup y da rienda suelta a sus tigres y lobos del norte, y sobre todo al reguetón con las más macizas mujeres.

Aragón aparece por fin y se sienta al lado de Cristal, cuya euforia ha pasado y la borrachera ahora es calmosa, intelectual y didáctica.

—Fui al doctor para que me explicara como se hace la exploración mamaria, porque yo no sabía. Nos dice a todos, incluso a Lucio, que está entretenido buscando la botella de soda que está justo detrás suyo, a unos centímetros de sus dedos y sin embargo, no encontraría jamás sin nuestra ayuda.

Cristal eleva su brazo y nos enseña la axila.

—Se empieza por aquí y se va bajando hacia el pecho. Hay bultitos, pero si no son grandes no pasa nada.

—Los malos son del tamaño de canicas —la interrumpe Aragón.

—Sí. Te has ganado un perrito piloto de peluche —más o menos le dice Cristal un tanto molesta porque la ha interrumpido en su exploración.

Y sigue su disertación:

—El punto más importante, es donde nacen los tumores, y eso es en los ganglios. De ahí se ramifican por aquí, así por abajo, hasta que llegan al pezón que es como una flor.

Yo voy asintiendo con la cabeza y me entran ciertas ganas de ir a palparme al lavabo, y es que ya vamos por la séptima repetición. Es curioso ver como Cristal, dentro de sus adentros, se da cuenta de que ya va por la octava repetición y aún así, no puede dejar de repetir lo mismo.

Los ojos de Aragón son dos ranuras que se cierran lentamente a estas alturas, posiblemente ya está sintiendo la presencia del espíritu de su papá.

Lucio se pone en pie de repente cuando suena el reguetón de la gasolina, comienza a bailar entre la mesa y la silla en un espacio muy reducido y se acaricia una teta exprimiéndose un pezón (a mí me lo parece, tal vez porque está muy cerca de mí haciendo eso) contoneándose con sensualidad.

Nos callamos todos, lo miramos durante dos segundos.

Y Cristal vuelve a romper el silencio:

—Y a mí no me gusta nada el papanicolau, me lleva la chingada cuando me hacen la citología. No me gusta, es incómodo y duele.

Aragón se dedica a contar el tiempo que lleva sin hacerse la prueba, mientras Cristal repite lo mismo durante cuatro veces más.

El sexto sentido de Aragón (María Gabriela para Cristal) ya se ha despertado completamente y ya no baila con la puerta, está atenta a los espíritus.

Lucio mira al vacío, a un punto del más allá; lo hace con tanta insistencia,  como insistentemente se deja la luz encendida del lavabo cada vez que lo usa, lo sé porque Cristal se lo reprocha incansablemente, además de recoger el trozo de papel higiénico que arrastra pegado en la suela del tenis.

Si Lucio decide no tirarse un pedo a través de la ventana del comedor hacia la casa de los múltiples, Cristal lo empuja para que se levante de la silla para ya ir a dormir, caer desmayados o tener sexo de alguna forma, siempre y cuando Kia no esté paseando con sus flamantes botas como un espíritu de los que visitan a Aragón (esto son solo suposiciones mías que no puedo probar ni soy testigo).

– 01:30. Aragón y yo nos quedamos solos, y mientras nos fumamos un cigarro, Aragón se toma otro vodka más y busca música del Machu Pichu y llamas (esos rumiantes de pelo blanco que parecen un camello a medio hacer), porque a su papá le gustaban y se siente melancólica.

En este caso concreto, no se ha dedicado a cantar karaoke y la maldita primavera durante muchos minutos, sino que se ha sentado directamente en la silla. El que cante karaoke o no, no influye en su sexto sentido (ve muertos) y siempre acaba contactando con su papá.

Después de media hora aproximadamente de estar escuchando las flautas de pan y observando actuaciones de los años 70 y 80 del siglo pasado y las anécdotas de su papá. Aragón está hecha un mar de lágrimas. Como si mirara a la calle salvo por el muro del comedor que lo impide, de repente se tapa los ojos con la mano.

—Mi papá está ahí, me mira muy serio.

Cuando voy a girar la cabeza para ver donde ella mira (no por ver a su padre, si no por ver si ha aparecido una mancha de humedad que la pueda confundir), me grita:

—No lo mires o se irá.

Muy zorro y psicólogo yo, le digo con sutileza  y delicadeza:

—Como si tu padre no tuviera una cosa mejor que hacer que verte beber vodka, cielo.

— ¡Que no lo mires que se va…! —me grita.

Así que mejor me callo y dejo que todo siga su curso.

—Me mira enojado. ¡Que no lo mires, que se va!

Llegué a pensar que en efecto podría estar ahí, más que nada por aburrimiento, porque ya llevábamos más de veinte minutos allí sentados bajo la severa mirada de su padre.

Por fin decide ponerse en pie, y dirigirse a la cama.

— ¡Cabrón, me abandonaste, te moriste, me dejaste sola! —grita subiendo la escalera hacia la habitación —Me dejaste sola, cabrón.

Y llora que te llora.

Lo malo de esto no es lo que dice, sino los decibelios que emplea, porque son gritos que ponen en alerta a los vecinos. Estoy seguro de que piensan en lo cabrón que es el machista del pinche español que hace llorar a la guatemalteca-chileno-mexicana-casi española de la casa blanca de la esquina. Cosa que corroboro, cuando a veces ni me devuelven el saludo de buenos días.

Estoy tentado de avisar a Lucio y Cristal para que sean testigos de que no soy yo el que va disfrazado de su papá para que no se ponga triste. A veces temo que alguien podría avisar a la policía de que un pinche español está maltratando a su mujer; pero algo me dice que no tomarán el teléfono, en el mejor de los casos me respondería Kia, que seguramente estará caminando y haciendo ruido con sus botas, según dice su madre y que por ello no le deja dormir bien la cruda.

Es tan larga esta escena como se lee, parece increíble que en quince escalones se pueda gritar y pensar tantas cosas.

Pero lo realmente inquietante (para ella), es cuando llegamos al final de la escalera y el suelo está encharcado de agua.

Se había dejado el grifo abierto y la pila del lavabo estaba un poco embozada, de ahí el agua.

—Te has dejado el agua abierta…

Por supuesto no me escucha.

— ¡Hasta la casa llora!

—Tranquila, es solo agua del lavabo embozado.

— ¡Hasta la casa llora!

No es que me haya equivocado y repetido el diálogo (si lo fuera), es que fue así.

Se mete en el lavabo a mear, por supuesto gritando  que por que la dejó sola, gritando tanto, que cuando sale, la luz del lavabo del vecino también está encendida (lo sé porque cuando cerré la llave del lavabo que ARAGÓN SE DEJÓ ABIERTA, estaba apagada) , y seguramente, el/la/los vecinos/as estaban escuchando atentamente lo que el pinche español estaba provocando en la pobre chica.

Y por fin se metió en la cama, llorando durante diez minutos más hasta que perdió el conocimiento, que recuperó cuatro horas más tarde para levantarse de la cama a vomitar.

Y esto ha sido un ejemplo de una de las muchas divertidas y alcohólicas veladas en las que me veo envuelto, a pesar de tomar solo cocacola que engorda la titola.

Y mañana, más.

La hostia…

Iconoclasta

La cuestión es inventarse patologías nuevas para sacar dinero a los crédulos que se creen enfermos de esos elegantes «trastornos» , o mejor aún que dicen con orgullo que tienen que llevar a su hijo súper inteligente al psicólogo porque es un as de la informática y padece ese mal tecnológico.

«—A ver hijo: ¿7 x 8?

Cinco minutos después de procesamiento en el cerebro del niño:

—126, 42.

Papá y mamá abren desmesuradamente los ojos, y con sus móviles enfocan a su hijo.

­—Vuelve a repetirlo, que lo vamos a colgar en el muro de feisbuc.

En apenas medio minuto suben el video con el título: Nues tro ijo es lla un matemathico habansado de Ojete’s Mates y phïsicas.com, del insigne profesor Marion Wendy Dirty, the Genius Matematic’s man».

Esto es un ejemplo de lo que ocurre a diario en los  muros de las redes sociales y para mayor inri,  esta publicación le gusta a doscientos cincuenta y siete mil ochocientos noventa y tres idiotas.

En fin, que según la prensa, se acaban de inventar los trastornos siguientes para los usuarios de internet, de todas las edades: atención parcial continua (mucho tiempo leyendo en la pantalla, pendientes de muchas cosas sin concretar una mierda de lo que ven) e infobesidad (mirar compulsivamente el correo electrónico para ver si han recibido alguna foto graciosa y ramplona de las que tan de moda se han puesto).

Cosas que no son nada novedosas porque la dispersión mental se ha dado siempre a lo largo de la historia sin tener ni una miserable calculadora. El ser humano ha sido idiota a lo largo de toda su evolución e historia. Abreviando, jamás la peña ha tenido una atención total hacia lo que lee o lo que observa.

Ejemplos de idiotez dispersativa en las que han incurrido los humanos a lo largo de la historia: las pirámides, los cabezones de la Isla de Pascua, la catedral de Notre Dame, la biblia, el corán, el vudú, Madonna, Lady Gaga, Justin Bieber, Justin Bieber y Justin Bieber, etc…

Lo cierto es que de nuevo, psicólogos y psiquiatras han acertado en sus apuestas económicas, puesto que son elegantes patologías que los provincianos usuarios de internet y smartphones, están deseosos de padecer, ya que ello les elevaría el estatus social y deja asentado que son individuos y familias altamente tecnificadas. O sea, que no son unos cualquiera esos miles de millones que babean frente a las pantallitas de sus cacharros.

Y es que los trastornos mentales comerciales son un indicativo de bienestar entre las clases sociales más bajas. No pueden acceder a un reloj elegante o una buena pluma y mucho menos gastarse el dinero en una enciclopedia (no se ha hecho la miel para la boca del asno), ya que ese dinero se ha de emplear en tener una gran pantalla de un millón de putas pulgadas en la sala, con una estantería adecuada para tener a mano las estúpidas gafas para la tridimensionalidad.

Pero el verdadero problema no son esos trastornos en cuestión, el problema es que se creen inteligentes porque saben teclear y descargar archivos. La patética realidad es que el 99 % no sabe escribir, con dificultad leen y nunca son capaces de resumir o expresar en palabras una idea o noticia.

No saber escribir no tiene gracia, y esa falsa cultura de los mensajes y frases patéticamente escritas de internet ,es solo una enorme e internacional feria de la ignorancia.

Hace casi veinte años, con la novedad de los videojuegos, inventaron múltiples enfermedades y fracasos psicológicos para los niños que jugaban. Al final todo ha sido una falsa alarma como tantas otras: los niños no padecieron ningún trastorno, simplemente se aburrían después de tantas horas de juego como le pasaría a un adulto. Aunque los hay que tienen el cráneo vacío y el culo enorme de seguir jugando días y días. Éstos son los menos y lo único que se merecen es que unos padres de verdad los pongan a hacer algo tras darles una buena paliza, coño.

Con el asunto de la atención parcial continua y la infobesidad, pasa exactamente lo mismo. Es decir: nada. La peña sigue sin enterarse de nada de la misma forma que no se entera de lo que ve en la televisión, ni de lo que leen en la prensa.

Y es que no saben hacer la «o» con un canuto. De todos esos individuos, un pequeño porcentaje se sentirá aludido por estas dos tonterías e irá a consulta con su smartphone o tablet bien encajada en los genitales para alardear que son homo tecnologicus y mostrar a la sociedad toda, lo muy al tanto de la tecnología que están.

Y si pueden, arrastrarán a sus hijos (genios en potencia, porque si dicen que son genios, piensan que se debe asumir que será gracias a los padres) para que todos en familia, reciban una charla del psicólogo o un buen tratamiento para la idiotez por parte del psiquiatra.

Ahora queda esperar que se desarrolle ya una realidad virtual avanzada y la gente se quede para siempre metida en ese mundo mentiroso y no abran la boca más que para tomar las papillas que les servirá la enfermera de un manicomio.

Los psicólogos y psiquiatras, a su vez y siguiendo el ritmo de la imbecilidad imperante en el mundo mundial, se han convertido en unos verduleros de la salud mental. Ya solo falta que pongan puestos ambulantes para vender sus consejos y pócimas a los transeúntes con smartphone o tablet que requieran apoyo a su incultura y a una tecnología que les queda grande para el poco intelecto que poseen.

Y es que cuando ya no se puede acceder a un mínimo estatus intelectual, hasta la elegancia se va por el cagadero con toda la mierda. Y la ética médica, claro está.

Iconoclasta