Si hubiera un par de tigres libres en una ciudad española elegida al azar se morirían de hambre los pobres. La masa humana se auto confinaría en su madrigueras (como hizo cuando lacovidiecinueve) esperando a que los tigres se murieran de viejos. Orgullosamente felices encarcelados en sus cuevas, sin prisa alguna y “teletrabajando”. Exactamente como en el glorioso y añorado estado del coronavirus. Y es que las españolas, españolos y españoles son muchísimo más maleables que los tigres. Les encanta los latigazos y humillaciones de su dictador homosexual. Y aplaudirlo. Muchísimo. Pobres animales (los tigres digo), ojalá nunca les ocurra algo así.
Las olimpiadas del Caudillo Macron (que no tiene nada de malo ser homosexual) parecen un homenaje a Barbie, la película más vacía y grotesca del mundo y que miles de intelectuales afeminados o hiperafeminadas han convertido en ensayo filosófico. Es lo que se intuye de una forma natural tras haber visto la palestra de halterofilia infectada con un color rosa derramado por doquier en el escenario: los soportes de las pesas, algunos discos para que fuera obvio, cenefas y zócalos de la tarima… Todo ello en un rosa chillón como un armario ropero o casita de juguete Barbie que hería las retinas como si fuera un pez venenoso. Aquello era una orgía fresita Barbie que causaba, incluso, epilepsia al contemplar. Y las hembras y machos forzudos sin piedad, con su ropa de competir en colores oscuros… Insensibles. No sé cómo la jerarquía olímpica francesa del Caudillo Macron (insisto en que no tiene nada de malo ser un caudillo homosexual), no les obligó a vestir tutús rosas para estar acordes con el lindo y Barbie Malibú escenario halterófilo que les han montado en las olimpiadas de París Mondo Gay 2024.
Perdóneme, padre. No he pecado, soy perfecto; pero una intuición y su duda me mortifica y excita tanto, que me arrastra a una masturbación compulsiva y láctea una y otra y otra y otra vez… Se me ha levantado dolorosamente la piel de la polla porque no puedo parar tras leer las sagradas escrituras, padre; con el Génesis entre mis dedos crispados y pringados. ¿Se folló Yahvé a su creación Eva? (¿Por qué se agitan las llamas de las velas votivas de la capilla y el altar, si no se mueve el aire?) (¿Está Yahvé furioso?) (No importa, es una irrealidad como otra cualquiera.) ¿La probó follándola con su rabo celoso, colérico y sagrado y después se la entregó a Adán como su esclava sexual y doméstica? Porque si yo fuera Yahvé, lo haría, padre. Se la hubiera metido insuflando vida a esa carne primigenia, virginal y follable creada por mí y la hubiera entregado a Adán que, me miraría con ignorante estupor sin entender por qué ese coño ensangrentado, qué es un himen desgarrado y ese semen rosado como yogur de fresa entre sus muslos perfectos y exvirginales. Sangre y semen, una sagrada comunión. (Ha caído la cruz del altar al suelo. ¿Es cosa de Drácula o de Yahvé? Usted es el experto.) “Funciona perfectamente, Adán. Úsala sin temor, yo te lo ordeno”, lo iluminaría con sabiduría sexual, con orgullo y catedrática vanidad; con mi rabo goteando sangre fresca. Mi intuición cuadra, padre. Padre… Pensar en Eva, la primera mujer en ser follada me la pone tan dura… ¡Y me duele mucho! ¿Quiere chupármela para consolar esta dura mortificación? No soy marica, pensaré en el coño de Eva. Sólo estoy desesperado, cura. (El portón de la entrada no deja de abrir y cerrarse, es molesto. ¿No puede comunicarse con Yahvé? Es un escándalo, así no hay quien mantenga una conversación.) Yo lo hubiera hecho, me la hubiera follado y se la hubiera entregado casi muerta a Adán. No veo por qué Yahvé no lo haría. Yahvé se folló a su creación, afirmo. (¿Es epiléptico o se trata de un infarto? Debe cuidarse, ya tiene una edad, cura.) Probó su buen funcionamiento metiéndosela, insuflándole así el hálito de la vida por el coño. Me lo dice cada fibra nerviosa de mi rabo, padre. Mire mi pobre pene, yo también sangro, en serio. Yo lo haría…
Afirmo que las presentadoras televisivas no deberían acorazarse los pezones como si fueran algo sucio o pornográfico. Todo lo contrario, deberían hacer alarde de su feminidad y exuberancia que las ha llevado a ese trabajo. Acorazarlos, esconderlos es ocultar las armas que la madre naturaleza les ha dado, les resta espontaneidad y las asemeja con los pezones aplastados, a la robot Afrodita de Mazinger Z y hacernos sentir el terror de los misiles que ocultan entre ese exuberante escote que calienta pero no quema, aséptico gracias al aplastamiento pezonal. Como se puede ver, con sus pezones libres, enhiestos y orgullosos se sienten mucho más felices, más ellas, más diosas, más divinas, más poderosas y joderosas, más lamibles… Y yo más feliz también que mierda en bote.
Detrás de todo fracaso está mi firme voluntad. Muchas veces el fracaso no se debe a un azar, sino a mi ansia de experimentar aunque me joda. No me bastan las experiencias ajenas relatadas como parábolas evangélicas de ilustres próceres o de mi madre o padre. ¡Pst, no sé…! Que hubiera nacido más tarde que todos ellos, no significa que deba vegetar dándole vueltas al espetón de los Sapientísimos Salmos de la Experiencia. Pasa lo mismo con lo que afirmo, escribo y describo; siempre hay alguien que suelta muy ilustrado: “Eso ya lo dijo Pitágoras” o el incomprensible y cargante Aristóteles, del que he leído su ladrillo Metafísica, y me doy gracias a mí mismo por escribir como lo hago. Qué vergüenza debe pasar el alma/sustancia del arqueo-filósofo cada vez que le dé un repaso a lo que escribió. Bueno, “pues ahora lo digo yo” respondo o pienso, aunque tuviese a Pitágoras redivivo frente a mis napias. Yo no tenía el control de cuándo nacer, y si así fuera, si me muerdo la lengua me enveneno. El mundo de las citas y proverbios es muy decorativo; pero la gracia está en ser ingenioso en el momento y lugar adecuado, lo que es garantía de un excitante, aunque inservible fracaso; lo que yo creo que es el momento oportuno, está visto que para otros no lo es. Qué asco de mundo imperfecto… Dijéramos que los muertos y los vivos, puedo asegurarlo ante un cochino juez, no usaron o usan mis ojos para observar la vida y lo que contiene. Por muy electricista que haya sido, no tengo por qué escribir de cómo cortar y pelar cables. Me place más explicar de lo muy eficaz que soy follando. Y cuando no, de mis apoteósicas pajas de esas que uno acaba pensando y jadeando con el semen aún ardiente entre los dedos y los huevos: Si quieres un buen trabajo, hazlo tú mismo. No sé si es comprensible mi concepto del fracaso e ignorar a los “ilustres sabios”, porque no confío en la capacidad del votante tipo actual. Y sobre todo porque hay una constante universal que dice: el escritor sabe lo que escribe; pero no lo que el lector lee. Sea como sea, me lo paso genial conmigo mismo sin vivir en mí (parafraseando a la mística y alienada Teresa de Jesús de un acusado fetichismo sexual).
El viejo y multimillonario hechicero, al igual que con su pandemia de coronavirus, no callaba ni debajo del agua y aparecía en su prensa como diez o doce veces por semana para cuidar de sus inversiones, por supuesto. Ni caso al charlatán, es un mero buhonero. Simplemente paga por su famoseo y paga bien. Que nadie se crea lo de sus superpoderes mentales y su sabiduría chamán.
En la película El cuervo 1994, Eric Draven le declama a Sarah la niña del monopatín, con fatalista poética: – Nunca llueve eternamente… Está bien, precioso… Pero eso ocurrirá en Detroit, en Gotham City o donde quiera que se encontraran Eric y su cuervo Rockefeller. Pero en un pueblecito de la sufrida, martirizada, expoliada y esclavizada Cataluña, en el cantón de Gerona, Ripoll; sí que llueve eternamente. El bueno de Eric no da ni una. Porque no deja de llover ni un día; no es un diluvio universal, pero las vaquitas al pastar hacen burbujitas en el aire y parecen hipopótamas. Y ya que tomamos el mundo del cine como referencia, a mí como a Kevin Costner en Waterworld 1995, también me están saliendo agallas detrás de las orejas. Para fumar “en exteriores” he reciclado una botella de cocacola de dos litros y antes de salir del portal, enciendo el cigarrillo y lo cubro con una admirable gracia innata y precisión, sin que se rompa o descapulle, con la botella. Es incómodo; pero es la única forma de fumarse un cigarro en estos días de junio. Y además de reciclar, evito que la ceniza contamine las aguas que arrastran los abonos, apestosos estiércoles y pesticidas de los prados. Ni qué decir tiene que meto el mango del paraguas abierto en la mochila porque me faltan manos, aunque con este agua, además de las branquias, no tardaré en desarrollar tentáculos para intentar adivinar qué equipo ganará un mundial de fútbol, por ejemplo. No es elegante, pero me es indiferente e incluso me suda la polla. Quiero expresar también, ya que me encuentro en plena crisis de verborrea pluviosa o incontinente locuacidad, que hay una tenue y difusa frontera entre la melancolía de los días de lluvia y el prurito genital (los huevos en mi caso). Y ahora voy a remar al estanco para comprar más tabaco antes de que la lluvia se lo lleve al mar. Que me ha gustado fumar inhalando también vapores de cocacola que engorda la titola.