Posts etiquetados ‘Iconoclasta’

Levítico, capítulo 15, versículos 1 al 6, 13 al 15 y 18 al 20 (Lv 15, 1-6.13-15.18-20).
Impurezas sexuales.
7 últimas páginas.

— ¿Sabes que cuando tengo muchas ideas que escribir me duele la cabeza?

—Es normal, nunca estoy contento.

—Es una necesidad para creerme trascendente.

—Nunca lo serás.

—Lo sé, no importa. No le doy cuentas a nadie.

—Es tu problema.

—Por supuesto.

—Echo de menos a mi gata.

—Lástima que no quedaran en las manos las cicatrices de haber jugado con ella.

—Lo pienso mucho ahora, cuando no está. Era pequeña, siempre hubiera sido pequeña.

—Llorar va bien.

—No me da vergüenza, tengo los ojos secos.

—Sí, eso pasa.

— ¿Cómo vas de pena?

—Bien servido, creo que durante un tiempo no voy a querer más.

—Tengo deseos de salir a la calle y lanzar un vómito, de una forma natural, como quien tose.

—Es una buena idea. Siempre has sido bueno provocando.

—Y trabajando como una puta, pero siempre he cobrado una mierda.

—A veces quisiera acostumbrarme a llorar sin ninguna razón, como vomitar.

—Xibalba, la gata, dormía a medio día conmigo. Éramos tocayos de biorritmos. Algo de felino debo tener. De ahí que quiera marcar territorio como sea, con lágrimas o vómitos.

—Llorar no es marcar territorio, es mear tristeza.

—Bueno, da igual como hacerlo, lo importante es acotar territorio. La chusma se acerca siempre más de lo que debe.

—Cansa, harta la luz y el calor de mediodía. Vivo para esperar el crepúsculo.

—Nunca te acostumbrarás.

—Suena El Animal de Battiato.

—Es muy buena, quisiera ser así; pero soy peor, me falta la parte amable.

—Nos faltan los muertos.

—Sería guapo que nos esperaran, engañarse un poco no es malo. Es bueno sonreír.

—Hoy me he reído como un histérico a las seis de la madrugada. Tanto que me han dado ganas de llorar porque quería volver a aquel momento.

—El Alfonso le dijo a Pedro que tomara las puntas de prueba del megóhmetro y cuando las tenía entre los dedos, apretó el botón de test. Lo hizo fríamente, con malicia.

—Pedro casi escupe el chicle y salió sin decir palabra del taller, en auténtico estado de shock.

—Estás llorando.

—Es esta risa. No sé porque he evocado ese instante. No puedo dejar de reír.

—Estás loco.

—Me parece bien.

—Aún así, no me asusta morir.

—Soy valiente de mierda.

— ¿Cuando se habla mucho de la muerte, significa que ya está cerca?

— ¡Qué va! Significa que estás hasta los cojones de tanta vida.

—No existen mensajes raros ni presentimientos, todo tiene una sencilla, asquerosa y mediocre explicación.

—Es hora de moverse, hay que hacer bici.

—Es cierto, me canso de hablar conmigo mismo, aunque la bici también me cansa.

—Te cansa tu pierna podrida. Sé más exacto y concreto.

— ¿Por qué ya no me acuerdo de muchos sueños?

—Porque son deprimentes, no necesito eso al despertar.

—La gata no ha vuelto.

—Está muerta.

—Pues ha muerto un equivalente a treinta y siete humanos.

—Es una cifra extraña. Demasiado concreta.

—Es un cálculo cuidadoso, me gusta la exactitud.

—Es exactamente así, tengo razón. Cada humano no llega al valor de un peso en vivo, muerto menos.

—Dan ganas de matar.

—Siempre.

—Es que no hay buenos lugares.

—Pisar mierda en tu casa es deprimente y pisas mierda cuando los malos recuerdos forman alfombra sobre la que has de caminar, sin islas en las que refugiarse.

—Que asesinen a mi gata también es deprimente, es esparcir más mierda en el piso, mis pies están sucios, mi cabeza inflamada.

—Al final el amor no lo es todo, no pone a salvo a tus amigos, no cuida la higiene mental.

—Es hora de marchar.

—Hay que morir, no hay arreglo, ni esperanza.

—Donde no haya gente sucia ni asesinos que matan a nuestros amigos.

—Todos los lugares son iguales, porque en todos existen los mismos cerdos.

—La mediocridad es la misma en todas partes del globo.

—Hay que joderse, no hay forma de cambiar de aires. Estamos abandonados.

—Mi sombrero está viejo y feo, como mi rostro.

—Consérvalo así hasta conseguir incomodar a los que te observan.

—Es muy buena idea, que me crean miserable.

—Sentirse miserable no gusta, me refiero que ellos con su envidia ven en mí el reflejo de sus miserias. No les gusta las muestras de lo que son en realidad.

—Los hay que lo tienen casi todo y son unos mierdas.

—Tenerlo todo es mantenerse a un radio de quince kilómetros de distancia de todo ser humano. Es difícil, se necesita suerte y mucho dinero.

—Pues has fracasado.

—Sí.

—Ya no hay tiempo.

—Creo que sí, a veces pasan cosas. Aún no estoy muerto, no soy derrotista.

—El fracaso es una temporalidad. Cuando los putos triunfadores pierden, ahí estoy yo para ganar ante su fracaso. Ha ocurrido.

—Siempre ocurre.

— ¿Y qué hay del suicidio?

—Es una buena salida, pero duele. No me gusta el dolor, ya he tenido asaz de él. Hay tiempo para ello.

—La gata grande no soporta a la pequeña.

—Ella también necesita una prudente distancia.

— ¿Cuál es el valor de tu vida? ¿Cuántos cadáveres pagarían tu muerte?

—Trescientos ochenta y siete.

—Es una cifra extraña y difícil.

—Como la de la gata. No son cifras al azar, soy bueno y preciso calculando. Tengo mis razones.

— ¿Y si pusiéramos que son cuatrocientos para redondear?

—Está bien, por mí mejor. Algunos abortos y nacimientos de niños muertos pueden formar el redondeo.

—El dolor de cabeza no se va nunca. Deberías subir a cincuenta individuos más tu valor.

—Lo tenía contabilizado también, no se me escapa nada. De cualquier forma, añadir cincuenta, no es descabellado.

—Pues que así sea, cuando yo muera, que mueran también cuatrocientos cincuenta. Nadie lo va a notar. Todos morimos siempre.

—Han tenido tiempo de acostumbrarse a morir, si no ponen voluntad es su problema. La cobardía no es ninguna virtud.

—La peña no tiene humor.

—No tiene nada que le de valor, sus muertes no tienen importancia.

—Conmigo no pasará, mi muerte les dará valor a los cuatrocientos cincuenta porque se recordará mi muerte y por tanto, la de ellos.

—Sus familias dirán: “Murió en el mismo año y día que el Iconoclasta”.

—Genial.

—No quiero volver.

— ¿A dónde?

—A ninguna parte.

—Estaría bien ser inexistente, no interactuar con su entorno, con el de ellos.

—Un limbo…

—Hay que dormir.

—Es un coma deprimentemente sugerente y silencioso dormir cuando se puede.

—Es hermoso estar despierto cuando duermen, es estar por encima de ellos.

—Te haces la ilusión de que están muertos, de que no están.

—No es crueldad, es que no hay forma de evadirse. No hay ciencia ficción ni fantasía para escapar.

—La cabeza otra vez…

—Siempre está el ibuprofeno, es un animal fiel.

—Conque sea simplemente analgésico me basta.

—Corto y cierro.

—Mierda.

Iconoclasta

Luna de mierda,

al observarte siento asco.

Siento odio por mis vergüenzas,

por mis penas obscenamente expuestas.

A tu luz, a tu puta luz

a tu podrida luz

a tu alabada luz.

La noche debería ser oscura

como las mentes sin cerebros,

agujeros negros que trabajan

y matan bajo la luz del cabrón rey,

del Luminoso.

Ramera barata chuleada por el Sol…

No eres un astro

ni una compañera de la Tierra,

eres un buitre que otea miseria en lo oscuro,

una lechuza deforme.

Tengo un misil que borraría la vida humana,

en segundos haría mierda la carne

y las casas.

Apunta a tu faz lechosa y pringosa;

para que mueran todos lentamente

en la ya eterna oscuridad de las noches,

abrazados a su cobardía.

Ojalá estalles y dejes de iluminar

la tierra en las noches

el planeta y sus reproches.

A los miserables y sus penetraciones…

Eres el consuelo de los cobardes,

la fantasía de los simples,

la molestia en mis retinas.

No más cochina luz,

no es bueno alumbrar lo que somos.

Revienta puta luna.

Que los locos se queden sin tu lunática visión

y que el mar muera,

y con él los animales todos

y los hombres todos.

Apágate puta del astro rey, estalla;

no lo hagas más, no luzcas.

No eres tan bella como dicen

eres un tumor en el cosmos

luces porque estás infectada,

de nosotros, de humanidad.

No me entiendes, porque eres idiota

como el dios que te parió.

Cuando al final

por fin el sol se oculta,

apareces tú, guarra entre las guarras.

Cerda blanca…

Y me expones de nuevo a la luz

junto con todos ellos.

¿Quieres ver la cópula de los mediocres

en sus cuartos con luces apagadas?

¿Te gusta eso, aborto de lechuza?

Eres un ojo enfermizo.

Yo que no los quería ver por unas horas,

yo que espero la noche para no saber…

Odio la luz.

Y la tuya es tan falsa como mediocre.

Revienta, luna mierdosa

y da oscuridad con tu muerte

a la noche de una puta vez.

Para siempre si puediera ser.

Quiero descansar de tanta luz

y tanta vida.

Me dueles en los ojos.

Mueves los mares y riges

menstruaciones y partos.

No es necesario que hayan partos

ni mujeres ni hombres,

no alimentes su idiocia.

Mi semen es estela de plata bajo tu luz,

pero no quiero oro ni plata,

solo lo negro.

No quiero ver que viven,

que respiran.

Necesito creer en las noches

que no se hará la luz nunca jamás.

Es mi esperanza lo que rompes.

La sangre roja por el día

tú la haces de color mierda con tu luz,

creas presión con tu gravedad en mi cabeza

y me robas esperanzas oscuras.

Tu luz no es fría,

es traidora y alevosa.

Hipócrita…

Eres solo una puta piedra

iluminada en la esquina de una calle

por un triste neón de night-club.

Y es por ello que luces

anaranjada en algunas ocasiones.

Como si el rubor de tu voyeurismo

te delatara en tu decadencia.

Iconoclasta

Una vez afirmó ante su mujer y su hijo e hija, que la sociedad estaba haciendo de él, el sociópata perfecto. Ellos rieron porque había un sarcasmo divertido. Es difícil discernir entre frustración e ironía si no se es viejo y perspicaz.

Demasiado trabajo y poco dinero. Demasiado esfuerzo para que otros treparan a sus espaldas para parasitar su sudor. Demasiadas obligaciones que no le dejaban espacio ni para el pensamiento.

Es un error cargar a una mente imaginativa con la monotonía y el abuso que imponen las instituciones y la vida en sociedad como una dosis de droga que se da a la chusma. El alcohol cumple su cometido.

Hay cosas que se acumulan como los índices de radiactividad.

Se despierta, caga y fuma, toma un café y fuma, toma sus bolsas de basura y fuma, sale hacia el trabajo, no fuma en el metro porque no hay lugar donde esconderse de tanta carne. Fuma en el trabajo a pesar de que está prohibido, ahí hay lugares, cagaderos donde fumar.

Un mando sin cerebro le da órdenes, él obedece pensando que es un tarado y que un día lo va a matar. Aún así se da cuenta, de que hay tantos idiotas, tantos que ponen sus huevos en su espalda y le hacen asemejar un sapo, que no los podría matar aunque naciera cien veces.

Abandona su trabajo, se mete en la sala de máquinas y fuma. Y sueña con ser malo, con dar una buena lección al mundo de mierda.

Llega a casa, la mujer aún está trabajando, sus cojones huelen a orina rancia y no se ducha. Más que nada para molestar a los demás, para que su olor de macho y cabrón ofenda el olfato de los otros.

Cuando se sienta en el sillón con un vaso de refresco y un cigarro, el vapor de sus genitales sube a su nariz y se siente muy salvaje. Son cosas instintivas. Sus sobacos huelen y a pesar de que ofenden a su esposa, no se lava.

Es una discusión sempiterna.

Por otra parte ha obedecido ya suficientes órdenes todos “los putos días de su puta vida”.

“Tiene sus prontos, pero es un buen hombre, un buen trabajador”, comenta a veces su esposa con amigas o con su madre las veces que se caga en dios o en la virgen.

Es lo mismo que decir que es un borrego al que se le permite balar de vez en cuando. Él no es un hombre bueno y afable; es un predador en esencia. Su dolor de cabeza lo confirma.

Se lleva las manos a las sienes, siente las venas irritadas y los huesos del cráneo como si se hundieran para presionarle el cerebro. Hay un tumor pulsando, aunque no lo sabe a ciencia cierta se lo imagina; siente una pelota dentro del cerebro y a veces se mueve en él.

Justo en el centro de su frente hay una presión que ningún analgésico puede aliviar y conecta directamente con su vientre, a menudo siente ganas de cagar; pero sus intestinos no tienen mierda en esos momentos.

Suena el teléfono:

—Diga —responde malhumorado porque se ha tenido que levantar del sillón.

—Papá, me tienes que venir a recoger al gimnasio a las diez.

 —Allí estaré —dice al tiempo que cuelga el teléfono.

—Coño. Me cago en dios… —no exclama, solo recita suavemente, con los dientes apretados.

Está molesto porque tendrá que bajar al parking a las nueve y media, sin haber cenado y meterse en el coche durante veinte minutos para ir a buscar a su hija, a Saray que tiene dieciséis años.

No es por cansancio, es por aburrimiento.

Enciende el televisor y escoge una película de ciencia ficción, donde los personajes están muy lejos, en lugares oscuros y sin vida donde un fallo es muerte segura. Aquí, donde él se encuentra un fallo es solo un acto más de monotonía que no trasciende.

Acaba la película y se dirige al coche.

Camino del gimnasio fuma de nuevo, a veces escupe sangre de lo irritadas que tiene las cuerdas vocales, no se da cuenta de que en la manga de su camisa hay unas gotas. Su cabello está apelmazado, cosa que ha visto y no ha reparado, más que nada para demostrar que no es un padre feliz de tener que ir a buscar a su hija cada dos putos días al gimnasio.

Está realmente cansado.

Cuando Saray sale del gimnasio, la observa como si fuera una extraña: un mallón negro delata una vagina abultada y su camiseta corta deja al descubierto un vientre plano y un ombligo con un piercing. Su hija parece tener veinticinco años.

Recuerda un pasaje de la biblia que citaban en un libro que leyó hace unos años, tal vez ayer porque el tiempo parece no transcurrir: “Ninguno de vosotros se acercará a un pariente para descubrir su desnudez. Yo Yahveh”.

Su hija no le gusta, le parece simplemente algo aburrido que ha salido de él, no le aporta ningún estímulo sexual su coño marcado o sus tetas que se mueven aún agitadas por la fatiga del spining.

—Hola papá —le saluda con un beso al sentarse a su lado.

—Hola —le responde encendiendo un cigarro.

Escupe y se le escapa la mucosidad.

—Qué asco… Deja ya de fumar un poco.

No le hace caso.

Cuando llegan a casa, acciona el mando de la puerta. El tiempo de bajar los tres pisos del garaje le ha pasado en blanco, son tantas veces que lo ha hecho, que no registra nada su cerebro de ese instante.

Cuando Saray se apea del coche, la observa subirse el mallón y ajustándolo más a su piel.

Se dirige a ella, la empuja contra el capó del coche y le mete la mano entre las piernas.

— ¿Qué haces? Esto no es una broma.

—Nada es una broma, Saray —le responde con desgana, rompiéndole de un tirón en la cintura la malla de gimnasia.

Un tanga rojo cubre escasamente su vagina. Ella le da una bofetada y él le devuelve un fuerte golpe en la sien con la almohadilla del puño. Su hija lo mira con los ojos abiertos de par en par, en el derecho se ha formado un feo derrame y de su boca cae un fino hilo de baba. Se derrumba encima del capó del coche.

Él la penetra sin quitarle el tanga. Se extraña ante la estrechez de su vagina, requiere un esfuerzo y le duele un poco el pene al penetrarla, no está acostumbrado. Ni siquiera le ha dado por culo a su mujer. De pronto siente que cede y todo su pene entra raudo de una vez, la sangre del himen rasgado corre por sus testículos. No es tan sugerente follarse a una virgen, la sangre molesta e irrita el glande con el continuo roce que exige la cópula.

Está a punto de eyacular, levanta la camiseta y descubre los perfectos pechos juveniles, le gusta como se agitan. Son iguales que los de su madre cuando era joven.

Se corre sin gemir, sin espasmos.

Sin limpiarse de sangre, se abrocha el pantalón, abre la puerta de su asiento y saca de debajo del asiento la barra antirrobo.

Golpea la cabeza de su hija hasta que el pelo se confunde con el cerebro.

Respira hondo, no hay furia y observa a su hija muerta como un problema resuelto y una lección a esta puta ciudad. Le preocupa la policía y piensa en como será la vida en la cárcel. O en un manicomio.

No quería matarla, y menos follarla; pero ha considerado que su vida necesita un cambio, le gusta imaginar lo que pensarán sus amigos y jefes, qué comentarán con la policía sobre el gran trabajador que era y lo que sin embargo, cometió. Se les pondrá la piel de gallina de pensar que ellos también podrían haber muerto en sus manos, por su simple capricho. “Era un hombre que pagaba puntual el seguro del coche”.

Cuando matas a tu propia familia, demuestras el desprecio más grande, el más obsceno.

Es así como lo ha decidido y lo ha hecho, es así como funciona de verdad y definitivamente, rompiendo todo vínculo de buen hombre y afable. No hay que ser muy listo ni muy desalmado para matar a nadie, basta con estar asqueado y aburrido.

Se siente bien porque ha hecho lo que debía, lo justo.

Sube a su casa, al quinto piso, cuando entra su mujer se está duchando.

Carlos, su hijo, no ha llegado, debe estar de camino de la universidad, tal vez se ha metido en un bar con sus compañeros a tomar una cerveza. Suele llegar a las diez, tiene veintiún años.

Entra en el baño.

—Hola Olga.

—Hola cariño, ahora salgo.

Está orinando y se observa la polla sucia de sangre con tranquilidad.

— ¿Otra vez estás fumando?

—Sí, coño.

— ¿Qué hace Saray?

—Se está cambiando de ropa en su cuarto.

Se le ocurre que podría follarse a la madre de su hija por el culo. Se dirige al cuarto y la espera tendido en la cama, no se preocupa de que la ceniza caiga en las sábanas.

— ¿Aún no te has cambiado? —le pregunta extrañada Olga al entrar en el cuarto.

—No, voy a salir dentro de poco —dice levantándose.

Se acerca a su esposa por la espalda en el momento que se envuelve la cabeza con la toalla y la lanza a la cama boca abajo para cubrirla con su cuerpo.

—Elías, que Saray puede entrar.

—Saray está muerta.

— ¿Qué has dicho?

Se saca el pene por encima del elástico del calzoncillo e intenta penetrar el ano de su mujer, pero no puede porque ella no deja de moverse y es virgen por el culo. Demasiado estrecho.

—Que me dejes, cabrón.

Olga se da la vuelta y le araña las mejillas.

Elías toma la lámpara de acero de la mesita de noche y le golpea la boca sin que Olga cese de gritar. Y la sigue golpeando hasta que las piezas dentales de la mujer saltan al suelo y a las sábanas. Hasta que la policía entra derribando la puerta de la vivienda, porque un vecino ha visto el cuerpo de Saray encima del capó del coche y ha dado el aviso.

Cuando los agentes separan los dos cuerpos, Olga tose escupiendo los dientes y las muelas, su mandíbula está deshecha. Un par de bomberos la cargan en una camilla y se la llevan a toda prisa.

— ¿Cómo puede haber hecho esto? —le dice el policía que le coloca las esposas.

—Lo dije, estaban fabricando al sociópata perfecto.

—Tú has visto demasiadas películas, hijo puta —responde el otro agente que lo encañona con el arma.

———-

Soy el fracaso de los psiquiatras, la vergüenza de mis padres, la decepción de mi hijo, el terror de mi esposa. En el centro de mi frente hay una presión que las drogas de los médicos no pueden aliviar, aunque yo les digo que sí, que ya no me duele.

Las sienes me laten irritadas donde tengo las cicatrices de los electrodos con los que me descargan electricidad para que me someta a ellos.

No conseguirán jamás que me someta de nuevo a nada de lo que han creado.

No importa el dolor que causo o he causado. No importa que le duela al puto Jesucristo si existiera. Mataría a mi esposa si pudiera y si resucitara el coño de mi hija, lo volvería a follar.

Mi sonrisa ha muerto, ya ni puedo ser cínico. No puedo esconder el desprecio que siento y el desencanto de vivir. Ya no puedo disimular mi hostilidad y peligrosidad. Los enfermeros me tratan con miedo y eso me proporciona erecciones.

Ayer violé a una vieja de noventa años del pabellón  de Alzheimer, me escapé tras la inyección sedante que pensaban me dejaba imbécil; pero soy listo. La vieja se lo dejó hacer todo, cuando me encontraron encima de ella, ya la había inundado de semen.

No quiero ser feliz.

No me interesa volver a aquella mierda. Aquí tengo pesadillas y experimento con algunas drogas que mi mente se escapa a lugares peores donde todo es maravillosamente desconocido y hostil. No existe la monotonía, la cotidianidad.

Podéis descargar vuestras electricidades en mis sienes; partirme los dientes con esas descargas a pesar del protector.

¿No os dais cuenta, tarados, que me faltan todas las muelas?

Las he destruido yo mismo apretando las mandíbulas cada noche al dormir, a lo largo de mi vida de mierda. Por asco, por desprecio, por una ira cancerígena que me hacía dormir tenso como la polla con la que violo.

Porque sabía que me quedaba por vivir años y años de lo mismo.

Pero rompí el conjuro.

Soy mejor matando que trabajando.

Y me alimentan igual.

Tal vez, y solo es una posibilidad, una par de minutos a lo largo de mi vida he llegado a sentirme contento a pesar de toda esa gentuza que he conocido y que pensaba que aún tenía que conocer.

Fijo la vista en un punto de las paredes alicatadas de blanco de este sanatorio y aunque cruce un humano mi campo de visión, no lo identifico, aunque lo haya conocido. La gente son cosas que se mueven.

Moribles… Matables… Violables…

He aprendido a ignorar a toda bestia viviente.

Y no me voy a dejar robar esta habilidad por muchas descargas que me deis en el cerebro, hijoputas.

Que alguien como yo haya conseguido vivir en esta sociedad y entres sus individuos, muestra una astucia en mí que no es habitual en ningún otro ser.

Si mi hija salió de mis cojones, tenía derecho a ser el primero en desvirgarla, no es malo a mis ojos (parafraseando al puto Yahveh de los judíos y cristianos).

Han pasado dos años y aún no me han doblegado. Soy tenaz.

Cuando todo el mundo pensaba que era un hombre integrado, estable y buen vecino, les enseñé una buena lección. Ahora que se metan todos sus juicios erróneos y su cultura de mierda por el culo.

Yo lo decía y pensaban los infelices que era una broma: “conmigo están creando el sociópata perfecto”.

———-

Han pasado cinco años y he aprendido de nuevo a ser astuto. Ahora me muestro cordial y sonrío. Los mediocres confían en mí, los títulos de medicina se rifan en una tómbola montada en un barrizal.

Me van a dar el alta, bajo vigilancia, claro. Y una paga hasta que me encuentren o encuentre trabajo.

Ahora mataré a mi hijo, mataré lo que quede de mi esposa y me volverán a encerrar y los volveré a engañar, porque los idiotas no aprenden nunca.

Odio al universo entero con una cordial sonrisa.

Soy la justicia que jamás existió.

Iconoclasta

¿Hoy es ayer o ya es mañana?

Otra vez me despierto, fumo y hay montoncitos de mierda que alguien deja en los sobres de los sitios porque le molesta ir a un cubo de basura.

Los bohemios, la gente de espíritu libre y los muy muy inteligentes son gente despistada.

Yo arrastro con el brazo la mierda al suelo, no soy inteligente ni lo podré ser. Solo soy enérgico.

Y puedo ser tan sucio como ellos, con mucha menos simpatía.

Es fácil ser sucio, los comprendo.

Hoy es ayer, tal vez estoy en otro día, la mierda es atemporal.

Montoncitos de basura…

Y los piso…

Iconoclasta

La bestialidad está presente en lo más cotidiano, por ejemplo: comer y dormir.

Es algo que cualquiera con una inteligenca comparable a la mía, sabe. Lo que ocurre es que nadie se ve a sí mismo y se juzgan demasiado benévolamente.

Pero donde más se manifiesta este embrutecimiento es al conducir, al manejar el coche propio, que es más o menos como acariciarse con carácter de deficiencia mental los órganos genitales del propietario sea coño o polla.

Éstos no ven más allá del morro de su propio coche y mientras mueven su volante, sus labios inferiores cuelgan inertes dejando escapar un fino hilo de baba.

Es algo que veo cada día, no necesito veros dormir o comer de mierda.

El Mapache de Tepozteco* os observa.

Y os juzga.

Y yo más.

Y me río, me corro.

Lo humano es lo más bonito que he visto en mi vida (lo juro por vuestras padres y madres).

Hermoso…

* Animal místico, frecuente en las visiones profético-agoreras de la putilla tras el éxtasis de la marihuana y una subida del 8000 % de desnivel a las ruinas de la pirámide que dura varias horas y vómitos.

Buen sexo.

Iconoclasta

Éxodo capítulo 35, versículos 30 al 33 (Éx 35, 30-33).
Los artífices.
Éxodo capítulo 36, versículos 8 al 11 (Éx 36, 8-11).
Construcción del santuario.
6 últimas páginas.

Lamo su cuerpo como el león bebe sediento en la charca.

Arrancaría su piel con los dientes para envolver mi inconsolable pene con ese deseo impregnado.

Succiono sus pezones como la cría de un perro las mamas de su madre, buscando vida.

Laceraría sus pechos para beber su sangre. Para untarme de ella y vivir también.

Más…

Hundo la lengua en su coño como ningún otro animal lo hace, hasta que vomito y lo anego con el vértigo de mi deseo.

La penetro como no hay parangón en la naturaleza, hasta fundirme en ella, hasta que reviento mis cojones.

Hasta sentir sus intestinos…

Me meto en ella y me apresa, me retiene, anula mi voluntad y la percepción de mi propia vida.

Eyaculo y se me vacía el cerebro y lo que quede de mi razón.

Solo parezco una bestia en su superficie, cuando me hundo en ella no soy del planeta.

No soy nada conocido, ni posible.

Y ella, esa mala puta, es la creadora de mi inhumanidad.

Mi Reina de Coños.

La odio porque la amo contra mí mismo.

La odio porque la adoro y me hace cosa, algo que desconozco.

La amo y la jodo. Qué ironía…

Hasta aplastar mis testículos.

Hasta que salga sangre entre mi semen.

Iconoclasta

Éxodo, capítulo 34, versículo 14.
Renovación de la alianza.
4 últimas páginas.

Han temblado las paredes, he oído como se ha rasgado la tierra y hay llantos de seres humanos ahí fuera, en la calle. El dolor y la desgracia siempre son de agradecer porque rompen lo plano. Aunque me joda.

Me levanto del sillón en el que me encontraba envuelto de oscuridad, la radio no emite música, los teléfonos no funcionan. No importa, no me apetece escuchar música ni llamar a nadie. Entre las lamas de la persiana descolgada entran rayos de sol hiriente que revelan el polvo del aire. Son horripilantes los días de sol deslumbrante, me molestan los ojos y me hacen arder la piel. Si ha ocurrido una catástrofe, encuentro que sería más adecuado un día gris, tormentas de rayos, toneladas de agua limpiando el polvo y la miseria que ha quedado…

Hay quien se siente confortado si algo le es familiar. Yo me siento desgraciado: “¡Oh no…! ¡Otra vez!”.

Irritado, peligrosamente herido…

Hay tanto tiempo vivido y tanto espacio, que me pudre volver a vivir lo mismo o algo parecido.

Carece de gracia repetir.

Los terremotos son novedosos siempre. Mi casa no se ha caído, he salido por mi propio pie; pero me ha interrumpido la lectura que me lleva al sopor de mediodía. Es surrealista que en un momento vulgar, ocurra algo así. Ya es casi la hora de comer, aunque pocos tienen ganas de hacerlo. Son las trece cuarenta y tres de un día diferente.

A veces la vida sorprende.

Los hijos muertos no son populares, no me gustaría saber de ellos. Hay cosas con las que soy flexible y me conformo con la monotonía. Pienso en hijos muertos porque hay padres llorando con trozos de ellos entre las manos, observan con incredulidad sus pequeños miembros sucios en los escombros de las casas.

Cuando acabo de follar me pongo en pie con el pene aún duro, aún vibrante. Y caen gotas de semen en mis pies. Son pequeñas moléculas, pequeñas suciedades que no me importan. No me limpio, dejo que se sequen mientras fumo, sintiendo-gozando la relajación del pene que se torna lacio sin que yo intervenga.

A veces me dejo llevar por el destino relajadamente. Como ahora, que tras el terremoto, me dejo invadir de pensamientos y obscenos dolores, patéticas muertes…

Un hijo mío nació por este proceso de follar.

Yo no quise, sucedió. El semen, una partícula, se enquistó en unas entrañas femeninas y se desarrolló mi hijo.

Es extraño que algo tan diferente y más valioso que yo, haya salido de mi polla.

Fumé con el vello del pubis apelmazado de semen sin imaginar que mientras tanto, algo corría por una vagina extenuada.

Siempre fumo, me gusta. Tener hijos es algo accidental, un problema más a resolver.

Tal vez follo para luego fumar. Soy raro y eso me consuela.

Soy impúdico y me niego a sentirme a gusto en un planeta que me ha sido impuesto.

Si existieran odiadores desapasionados profesionales, yo sería uno.

Lo acepto de buena gana.

Nací sin empatía, ni siquiera mi muerte me inquieta.

No puedo dejar de pensar que si mi hijo fue una cosa hermosa, se debe a la naturaleza y su instinto de conservación globlal: de algún modo se debe evitar que nazca algo como yo de nuevo. Mi genética es una aberración sin futuro en ninguna generación.

Mis vibraciones son potentes, cualquiera que no sea demasiado idiota, se dará cuenta de que no soy alguien a quien apreciar.

La tierra ha temblado, a lo mejor es por mí. Soy vanidoso.

Mi hijo se dio cuenta de lo que soy hace tiempo. Es feliz ahora que no estoy cerca de él.

Todo el mundo conoce o vuelve a revivir la felicidad cuando me alejo de sus vidas.

Yo no tengo la culpa; la mierda huele, el filo corta y a mí me parieron así.

Debería cabalgar a lomos de un caballo con el vientre abierto con una guadaña en mis manos. Con una capucha negra protegiéndome del infecto sol.

Me alegro de que los demás sean felices sin mí. Es algo que me libera.

Que nutre mi orgullo, mi vanidad.

Un perro sin patas se cuece al sol sin que nadie lo aparte, sin que nadie lo cobije en la sombra. Estaba ahí antes del terremoto, pero no ha tenido suerte de morir, aunque yo diría que se le ve feliz.

¿Por qué vive un ser tan desvalido? Me entristece que sea feliz, que agite su rabo mientras el sol lo seca, lo deseca. Quiere vivir como sea.

Lo mata. Puto sol creado por un puto dios…

Tal vez yo no quiera morir, tal vez camino entre las ruinas y el olor a muerto buscando otro planeta; con otros seres tendría oportunidades de ser feliz. Aunque lo dudo, me conformaría con no sentirme un muñeco al que levantan un brazo y siempre dice lo mismo, sin esperanza de levantar el otro. Sin esperanza, siquiera, de sangrar.

Un hombre ha caído en la sima que ha abierto el terremoto en la calzada y la tierra se ha vuelto a cerrar a la altura de su estómago antes de que pudiera salir.

—No estires —le dice con apenas un hilo de voz a un joven que pretende sacarlo tirando de sus manos—. No quiero ver lo que queda de mí, no quiero saber en qué me he convertido. No sé si aún estará el resto pegado a mí. Es humillante.

Cojones, no sé porque; pero siento ganas de bendecirlo. No lo pienso hacer, lo que está mal, mal se queda. Como yo también.

He visto un pez con las aletas cortadas caer al fondo del mar, con los ojos muy abiertos por el miedo, dejando una estela de sangre. Sus agallas trabajaban rápidas, asustadas.

La muerte se refleja en los ojos de los seres por muy fríos que sean. Por mucha sangre fría que tengan.

Es inmoral verse mutilado. Sonrío al hombre sin piernas, tiene razón.

—No fume usted —me dice escupiendo sangre viendo como enciendo mi cigarrillo—, ya es mayor para eso, los pulmones deberían descansar.

—Soy viejo para todo. Mi semen se enfría mucho más rápidamente que cuando era joven. Son detalles sintomáticos —le respondo con pocas ganas, ya más tranquilo con el humo en mis pulmones.

Con la mierda y el polvo en suspensión que hay a mi alrededor no puedo hacer nada para mejorar mi calidad de vida. No es un buen momento para dejar de fumar. Nunca lo es.

—A mí me pasa con la sangre, mire que fría está. Soy más joven que usted y me voy a morir antes. No es justo.

A mí no me parece justo ni injusto, simplemente es una cuestión de suerte que nada tiene que ver la divina providencia de san Indio, la mejor cerveza del mundo. No respondo a su delirio de agonía. No sé si dice tonterías porque muere o toda su vida ha sido así.

Mi gata aparece con un polluelo en la boca. Pía aterrorizado sin que ella se sienta aludida. Lo deja frente al hombre aleteando herido y lame sus manos ensangrentadas.

— ¿Es suya? ¡Qué cariñosa es! —habla con un rictus de dolor. Le queda muy poco que decir, a pesar de ello sonríe. Yo no.

—Está muy delgada. Suerte —me despido.

La gata me sigue y se enreda entre mis piernas para jugar. Me araña el tobillo sin pretenderlo y pienso que no es nada comparado con tener medio tronco amputado.

La vida es una mierda, padre murió sin darme tiempo a decirle una palabra y con este extraño he mantenido toda una conversación filosófica. Mierda para Dios.

Hablar con extraños siempre me ha parecido una tarea tediosa, penosa.

Mi caballo come de una bolsa de basura en una de las esquinas de la calle y una rata sarnosa roe la tripa que le cuelga. Se ha destripado al pasar por encima de las planchas metálicas del techo de una casa que se ha tragado la tierra al temblar.

Algo extraño, algo anómalo me tiene que ocurrir, no son habituales estas situaciones.

El caballo me huele y alza la cabeza mirándome con sus ojos ciegos, están blancos como pelotas de golf. Es un toque de color en un pelaje negro. En su quijada sostiene el torso de un bebé parcialmente devorado. Pobre caballo, no sabe lo que come.

La gata se arquea y su pelaje se eriza. Nunca le ha gustado ese caballo que no es mío; pero si lo reconozco como tal, por algo será. Los terremotos derriban también los muros de las mentes y rasgan la realidad, el coraje y la cordura.

Estar loco es bueno, rompe cualquier asomo de repetición.

Me gusta, me enternece la valentía de mi gata; ella cree que puede contra todo. Como yo de pequeño.

El caballo se encabrita y con una pezuña trasera aplasta a la rata que se alimenta de su miseria. Hay tanto sol, tanto calor…Y polvo que flota como una enfermedad en el aire, densa y tangible. Identificable como la muerte en un corazón roto.

El torso del bebé ha caído de la quijada que lo devoraba, sus ojos vacíos me miran acostado de lado en una bolsa de basura blanca. No tiene labios y me sonríe muertecito.

No voy a subir a mi caballo, no me gusta. Me incomoda, parece peligroso.

Estoy de acuerdo con la gata, si pudiera me arquearía y si tuviera pelaje, lo erizaría.

Aunque tengo rabo no es elegante una erección hostil en un día de destrucción masiva. Mejor pensado: no es higiénico.

Estoy cansado y aburrido de que interfieran en mi vida los demás a pesar de mi falta de empatía. Yo no tengo la culpa de que me hayan parido así. Si yo he tenido que soportarlos, otros tendrán que soportarme. Que se jodan.

Me sobreviene una arcada al pasar frente a un edificio derribado, se oyen voces entre las ruinas pidiendo ayuda; pero sobre todo, sube el hedor a sangre y carne que se calienta. Es un olor particular, aunque no se haya olido jamás, se identifica claramente como la muerte.

El caballo me sigue lentamente, con los belfos encogidos mostrando sus dientes con ira, arrastrando la tripa por el suelo. Y por alguna razón que no entiendo, caga también a pesar de su intestino destrozado.

Me interno en una estrecha calle que está extrañamente en sombras, todas las casas se han caído, no es lógico, debería llegar el sol. Mi olfato se ha saturado tanto de muerte que ya no siento náuseas. El calor se ha esfumado y me siento bien.

El caballo se acerca y con su hocico agita mi mano buscando una caricia. La gata está subida encima de la cabeza de una mujer muerta y maúlla también exigiendo su cariño.

Acaricio los ollares de mi caballo y me acerco hasta mi gata que cierra los ojos al sentir la caricia de mi mano.

Todo está bien, y la muerta no huele.

Elevo la vista al cielo para agradecer el frescor; es una pared gris como el plomo. Más allá, en la calle central de donde vengo, el sol arranca espejismos del suelo, lo hace hervir.

Espejismos de vapores de muerte… Reflejos del dolor…

La estrecha calle es larga como el infinito, como una Vía Láctea de escombros y destrucción, no hay peligro, no hay calor, no hay muerte, ni hedor.

Me agacho y meto la tripa podrida del caballo en el vientre para que no la arrastre, para que no se haga más daño si no es necesario. La gata trepa a mi regazo y avanzamos lentamente.

Los cascos del animal pisan muertos, ropas sin cuerpos, cepillos de dientes y fotografías.

Siento que la humanidad no merece perdón, una corriente de aire que da paz a mis ojos secos, me da la razón. El planeta está de acuerdo conmigo.

Una pequeña figura avanza hacia nosotros. A medida que nos acercamos, se define su rostro delgado y anguloso, su cabello rizado y oscuro, sus pechos libres bajo un vestido de gasa blanca. Los ojos son oscuros y brillantes… Sus pechos se agitan con cada paso.

Me apeo del caballo, la gata salta a unos escalones rotos, sus pupilas están dilatas absorbiendo toda la luz posible observando la figura que se acerca, ronronea plácidamente.

La mujer ha llegado hasta mí.

—Amado Jesús, cuanto tiempo, mi amor. Te extrañado cientos y cientos de años —dice mirándome con intensidad.

La amé en algún momento, lo sé, me lo dice cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

—No lo sabía, no sé si esto es realidad, tal vez duermo —le respondo confuso.

Se arrodilla ante mí, saca mi pene del pantalón y se lo lleva a la boca. Sus rodillas sangran porque se asientan en escombros de azulejos cortantes.

El caballo escarba con su pezuña delantera y muerde una mano gris de uñas sucias y piel herida que ha hecho emerger de la miseria.

Mi vientre se tensa ante la succión de María Magdalena. La recuerdo…

Parece que me arranca la polla, que me arranca la piel de hombre y me convierte en Dios.

Recuerdo mi semen corriendo por sus muslos poco antes de mi crucifixión y ahora son sus labios los que rezuman mi leche. Sus pechos se han mojado.

Acaricio y beso sus labios, trago mi propio semen.

Entre la masa de cielo gris, veo la silueta de mi padre, de Dios. Me espía inquieto, teme mi juicio. Teme mi despertar de la conciencia.

Soy mi propia revelación.

—No hay premio ni redención para ellos, María. No es necesario que venga la Bestia, no habrá lucha entre el bien y el mal. Porque todo es mal. Porque aún recuerdo los clavos en mi carne y no quiero perdonar. Mi padre se equivocó, el viejo no supo hacerlo bien, es hora de acabar con su gran obra.

—Lo sé, mi amor. Dios ha estado llorando porque sabía que su hijo no tendría compasión de sus creaciones.

Abrazo a María Magdalena, la beso con un ansia milenaria y lamo sus pezones erectos en esta estepa del caos y la muerte.

El planeta sigue crujiendo, sus entrañas se abren como el vientre de mi caballo, la muerte no ha hecho más que comenzar, el terremoto solo es un preludio.

—Sube, mi amor. Sigamos condenando, sigamos disfrutando del dolor de las creaciones de mi bastardo padre; como ellos disfrutaron con nuestra separación. Con mi tortura y muerte —le digo al tiempo que monto mi caballo.

Alza su mano y la subo delante de mí, entre mis piernas; para follarla ante la muerte de los idiotas, de los falsos, de los cobardes. Para amarla con la misma fuerza con la que deseo condenar a todo hombre, mujer y niño.

¿No querían juicio final? Ha llegado por fin. Que se jodan como yo me jodí. Como me jodieron ellos y mi padre.

La gata ha clavado sus uñas en la grupa del caballo para no caer, para no separarse de nosotros. El caballo ama el dolor, eso es todo, se jacta de ser valiente.

Llega un gemido desde lo lejos. Es un ladrido débil a la entrada de la calle, en la frontera con el sol y la penumbra. Es el perro sin patas que se arrastra como un gusano hasta la calle de la condenación.

—A ti te perdono, perro —musito en un idioma que no creía ya recordar.

A lo lejos, el perro parece crecer, sus patas se han desarrollado y se dirige a la carrera hacia nosotros, contento; tanto como cuando no tenía patas.

— ¿Cómo vas a llamar a tu primer milagro tras tu segunda venida? —pregunta María Magdalena, que intuyo, sonríe con picardía.

—Le voy a llamar Yahveh, aunque no le guste.

Mi hermosa y amada María lanza una carcajada y toma mis manos con las suyas para que abrace su cintura con fuerza.

Esta vez el juicio es correcto y los malos sufrirán su castigo, sin que ningún inocente muera por ellos.

Todo fue un error y yo no moriré otra vez en vano.

Sonrío por primera vez en más de dos mil años.

Iconoclasta