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1

La madre de Hitler era una zorra caliente que se lamentaba constantemente de la vieja y pequeña polla que tenía su marido, así que Yo la jodí algunas veces, y cuando digo jodí no me refiero solo a penetrarla, sino a hacerle “grande daño” ante el pequeño Adolfito en su infancia. A esa marrana austríaca le contagié la sífilis y de ahí su locura. Se le hizo la voz ronca y el cerebro mierda (aunque Dios el marica, ayudó previamente dotándola con unos sesos que tenían la misma consistencia que la sopa aguada).

Mientras el pequeño Adolf Hitler crecía, el mediocre inspector de aduanas que era el recto padre y marido, comíales el rabo a sus superiores en sórdidos despachos por conseguir algún puesto mejor en la administración.

Klara Pólzl era una puta en su coño y en su ano, pero en su enferma y deprimida mente, vivía, cagaba, vomitaba y se beatificaba por su hijo de mierda Adolf. No murió de cáncer de pecho a los cuarenta y siete años. Los monos historiadores mienten como bellacos cuando ignoran algo, le golpeé sus ubres con el plano de mi puñal hasta que de sus pezones manó la sangre. Le reventé las tetas más concretamente, no sintió dolor porque la sífilis le había podrido el sistema nervioso central. Al adolescente Hitler, le hice mamar esa sangre con mi puñal presionándole la nuca. Lloró de miedo; pero jamás por la muerte de su madre.

Tenía diecisiete años y era todo un fracasado en los estudios y en la vida social. Un paria al que solo quería su madre demente. Era el ser más cobarde de toda Austria.

Hasta los vagabundos lo maltrataban.

No fue mi primer contacto con Adolf, lo sodomicé ante su madre a los siete años y tuvo que llevar pañales durante dos meses; tenía tan reventado el ano que no podía contener la mierda de sus intestinos. Cosa ésta de la que se percataron sus compañeros de clase convirtiéndose así, en una de sus primeras y mayores frustraciones.

Desbaraté los designios divinos y empeoré el mundo. Conduje al triunfo a un enfermo y deficiente mental, convirtiéndolo durante unos años en el imbécil con mayor poder en la historia.

De hecho, el pequeño Adolfito Hitler, nació con un cerebro podrido, la basura de todos los cerebros. Yo corregí y mejoré lo que Dios había hecho y le di una larga y próspera vida. No murió viejo ni mucho menos; pero como era un subnormal, no hubiera durado mucho en el mundo siendo la mierda que era; estaba destinado a que un gitano le rebanara el pescuezo para robarle su abrigo.

El futuro führer, era hijo de un funcionario de aduanas de escasas luces y con menos cultura aún. El éxito de semejante subnormal en la administración se debió a lo mismo de siempre: toma al mono más idiota de todos, dale algo de cargo y te lamerá el ano. Joderá a sus compañeros y escalará a costa de trabajos ajenos. Lo que viene a ser un encargado o capataz en la escala primate.

Alois Hitler, el padre del tarado Adolfo, era el prototipo de primate sin cerebro que comía donde cagaba, pudo escalar por mendicidad un peldaño en la pirámide de una administración que se ahogaba en formularios y cargos intermedios que no servían más que para paralizar todo trámite; la arrolladora y kafkiana burocracia europea era el cáncer de la modernidad.

Ni sus estudios ni su capacidad intelectual le dejaron subir más en el escalafón. Como todo buen imbécil, era un buen reproductor; los primates que no son muy listos tienen unos testículos muy llenos para compensar el escaso peso de su cerebro. Tuvo nueve hijos con tres matrimonios.

Era un polla inquieta.

Los Hitler venían de una familia endogámica, que se cruzaban entre primos y sobrinos y la consanguineidad les dio porquería extra en sus cerebros piojosos.

Adolfito tenía la genética perfecta para que yo me cagara en su boca.

Aquel núcleo familiar era campo abonado para que yo me lo pasara un rato bien.

2

Cuando Dios se ríe como un retrasado mental, conteniendo la sonrisilla con la mano en la boca, es que va a hacer alguna estupidez de las suyas. Y comenzó por darle al pastor de cabras Alois Hitler, una desmesurada ambición en un cerebro meramente funcional y con menos creatividad que la de él, el Creador.

Luego, unos ángeles (de esos que enseñan el culo a su Todopoderoso y se lo dejan desgarrar por unas promesas vanas de subir al círculo superior) se dedicaron a buscar a la subnormal perfecta para el austriaco imbécil. A Klara la encontraron en una granja de Spital a punto de hacerle una mamada al perro que la acompañaba a pastorear. La llevaron a servir a la casa de su primo que no era ni más ni menos, que el estúpido almidonado de Alois, en el precioso pueblo de Braunau.

Cuando hay tanto movimiento de ángeles y ese Dios melífluo ríe demasiado, sabes perfectamente que hay entretenimiento asegurado jodiéndole sus designios divinos. Y en principio, Adolf Hitler estaba destinado a ser una muestra de la miseria humana, un hijo gris, desgraciado y apaleado por todos como muestra de lo más bajo que puede caer un primate; luego Dios le daría unos años de paz y prosperidad para morir a los treinta, con su cadáver en brazos de su madre, por ejemplo. Uno de esos dramas que tanto le gustan a Yahveh para poder lucir su piedad de mierda.

La Dama Oscura y yo nos dimos un paseo hasta Braunau. Allí se encontraba un mensajero de Dios cantando salmos encantadores para preparar los designios de su señor. Era un día despejado, a plena luz las fuerzas del Bien y el Mal nos encontrábamos hablando tranquilamente en una explanada verde frente a la casa de los Hitler, el sol comenzaba a ocultarse y los colores estaban saturados. Formábamos un cuadro surrealista en aquel paraje.

Era el ángel Azarías, un tipo con poco carácter, ideal para hacer todo lo que le ordenaran sin cuestionarlo.

— ¿Qué vais a hacer con esos endogámicos austríacos? —le pregunté metiendo con naturalidad los dedos en la vagina de mi Dama Oscura.

—Ha de sufrir, es gente sencilla que necesita vivir la oscuridad para luego renacer en Mi Señor y su Fe en estos tiempos difíciles en los que ya no se ofrecen oblaciones a Dios. Ha de morir el padre ahora mismo.

A mí no me parecía bien que ese primate sin cerebro y obsesionado por la rectitud, muriera, era necesario para humillar a su futuro hijo Adolf.

— ¿Y para eso tanta movilización divina? ¿Solo sufren y mueren ellos? No me jodas con esa mierda. Anda y lárgate de aquí o te arranco la piel y se la pongo a Dios de felpudo a las puertas de su cielo mierdoso —por un segundo guardé silencio, la Dama Oscura se estaba corriendo entre mis dedos.

Azarías continuaba salmodiando.

Amenacé de nuevo al ángel y mis dedos le salpicaron con la baba sexual.

—Ya he descuartizado a quince querubines, no quieras ser el próximo, porque va a ser doloroso y ese maricón dios vuestro no os ha preparado para soportar tormentos. Os quejáis por una pluma que se os cae.

Azarías entonó un cántico en arameo que hablaba de la gloria de Dios-Jahveh y levitó lentamente para subir al cielo. Yo sacaba mi puñal clavado verticalmente entre mis omoplatos. Es un momento de ligero dolor, cosa que es buena, porque cuando algo me molesta mi ira acobarda a todos los seres del universo. Me acerqué hacia el ángel maricón, di un saltito y le corté la femoral con mi puñal. Su sangre caía con elegancia desde su pie. Dejó de entonar su canto para gritar a Dios que se moría, movía sus alas con torpeza y rapidez. La sangre salía con una fuerte presión de su muslo y en poco tiempo se creó un charquito rojo en la verde hierba. Sus alas hacían un hermoso contraluz y los pezones de mi Dama Oscura estaban duros como piedras. Precioso…

—Idiotas —le dije con malhumor a mi Dama Oscura.

Ella me acarició los genitales y aplacó mi ira, era el año 1876.

3

En 1885 asistimos a la boda de Alois y Klara.

Alois había enviudado dos veces. Por supuesto, llamamos mucho la atención en aquella podrida iglesia de Braunau; yo no llevaba esos bigotes ridículos e iba con los brazos descubiertos; mi pasión por los grandes cigarros y la medida de mi espalda acabaron definitivamente por hacer las miradas hacia nosotros huidizas, los primates a veces tienen un instinto del peligro. Pero quien más llamaba la atención era mi Dama Oscura: vestía un pantalón de cuero negro ajustado y una blusa blanca abierta por debajo de los pechos, sin sujetador; en aquellos tiempos era tener un coño inmensamente bien puesto. La adoro.

Llamé la atención de Klara y sus claros ojos de idiota se posaron en mí y en mi bulto genital antes de recibir la alianza de su maduro marido. Estábamos de pie en el último banco, cerca de las puertas de la iglesia. Le saqué la lengua y oprimí con fuerza el pecho de mi Dama Oscura, ella deseó que hiciera con ella lo mismo, lo leí en su mente simplona.

Acudí a la casa de los Hitler a los cinco meses de la boda, Alois estaba viajando por las distintas aduanas del país.

Entré por el camino de grava, saludé con familiaridad al jardinero, llamé a la puerta y la sirvienta me dejó entrar sin problemas tras invadir su mente. Llegué a la habitación del matrimonio, ella estaba tomando leche caliente con galletas en la cama.

Estaba embarazada de Adolf.

—Primate de mierda… ¿Tú sabes lo que llevas en el vientre? Es un mono sin cerebro destinado a haceros sufrir con su mala salud, su deficiencia mental y su futura miseria. Es Dios quien lo quiere, pero lo voy a arreglar. ¿Verdad, puta primate?

Por toda respuesta gimió como una rata atemorizada.

—No me haga daño, estoy embarazada —y tocó la campanilla para que acudiera la sirvienta, no hubo respuesta.

Me encendí un cigarro, aspiré profundamente el humo hasta que me inundó los cojones y le di un puñetazo en los pechos. Aulló de dolor, sus ojos claros se humedecieron y enrojecieron. La saqué de la cama tirando de su pelo, le bajé las enormes bragas y se la metí sin más preámbulos en la alfombra de la alcoba. Primero lloró, luego se calló y después no podía dejar de gemir con cada embestida. Era tan simple y previsible…

Como estaba acostumbrada a ser mal follada a oscuras por su viejo marido, no vio mi glande cubierto por una llaga hedionda y purulenta. Era sífilis. Sentí el pequeño feto de Adolf sacudirse con cada una de las acometidas de mi pene por tan adentro que se la metía.

Ella no sintió orgasmo, el placer se le acabó cuando yo me corrí.

—No te vuelvas a preñar con ese funcionario de mierda, es un aviso. No es por celos, primate idiota. Es que no quiero que traigáis más repugnantes monos con vuestra genética al mundo. Estoy harto de mierda, de Dios y de vosotros; al fin y al cabo, es todo lo mismo. Y ni una palabra a nadie o no vivirás suficiente tiempo para pronunciar mi nombre: 666.

Volví a mi oscura y húmeda cueva silbando tranquilamente. “Si has de hacer un trabajo no envíes a ángeles idiotas, hazlo tú mismo”, le dije a Dios alejándome de la casa por el prado verde. Le había contagiado de sífilis y contaminado también el feto, había creado una expectativa de orgasmo en la retrasada y el miedo necesario para que me mamara el rabo en cada ocasión que yo se lo exigiera sin rechistar. Y todo eso en apenas media hora.

4

Adolfito nació en ese mismo año, en Passau, Baviera. La familia se tuvo que trasladar por motivos del trabajo de Alois. Son iguales que los chimpancés, siempre moviéndose y pariendo en todas partes.

Lo único que no me gustó es que Klara influyó decisivamente en su marido para trasladarse de casa, aquella violación que casi disfrutó la tenía un tanto obsesionada.

Así que en junio de 1896 con el patán de Alois ya jubilado se mudaron a una buena casa (buena y lujosa para un vulgar inspector de aduanas) en Leonding, en las afueras de Linz. Adolf Hitler tenía siete años.

Como a Jahveh, a mí también me jode que los monos tengan voluntad propia.

La Dama Oscura me acompañó en la visita a la familia Hitler. Lo cierto es que fui a pasarle cuentas a la zorra de Klara, se había quedado preñada desobedeciéndome y eso no me gustó nada. Las primates han de comprender que es mejor recibir una paliza de sus maridos que un castigo mío. Infinitamente mejor y menos doloroso.

El pueblo era más simple que la mente de un primate, cuatro casas mal repartidas y unas aceras estrechas. Todos esos lugares olían a mierda de cerdo y vacas.

La sirvienta era la misma, cosa que me aburría. Cuando llamé a la puerta, le corté la carótida como saludo y dejé que se desangrara en la calle. A las seis de la tarde, el recto varón estaba en la taberna emborrachándose y Klara se encontraba en el salón jugando con Adolfito a las damas. Su barriga ya abultaba bastante, era obvio que tenía un pequeño marrano creciendo en su interior. Se levantó tirando la silla al suelo al reconocerme. Adolf corrió hacia la puerta, pero se encontró con la Dama Oscura sonriéndole con una maldad escalofriante.

—Te avisé que no te quedaras preñada —le pasé el filo de la hoja por la barriga tras rasgar su bata, haciendo un fino corte en la piel que apenas sangró.

—Él me obligó, insistió. No pude elegir.

Mi Dama Oscura sujetaba por los hombros a Adolf que tenía una tendencia natural a la cobardía. Me repugnaba su pelo oscuro y escaso, sus ademanes de deficiente mental: tenía un tic en el ojo izquierdo que al cerrarlo le hacía torcer la boca frecuentemente y tendía a pasarse continuamente la mano por el pelo de la sien derecha.

Le bajó el pantalón y los calzoncillos y le obligó a poner el pecho en la mesa.

—No le hagáis daño a mi niño —gritó teatralmente Klara.

Me desnudé de cintura para abajo y me acerqué al culo del pequeño futuro fascista. Mi Dama, se acercó a Klara y la tranquilizó acariciando su dilatada vagina, yo invadía su mente para que estuviera quieta.

Adolf no hablaba, simplemente lloraba, estaba asustado hasta mearse. Sus piernas colgaban de la mesa. Le penetré y como una tela su esfínter se desgarró. Su grito resonó por toda la casa, como si tocaran las campanas a muertos. La sangre goteaba en mis zapatos, mi pene estaba rojo y excrementos. Mi mente se nublaba entre vapores rojos y gritos de dolor, es mi Maldita Paranoia. Extraje de mi espalda el puñal que llevo enterrado en mi carne y le hice una cruz con los maderos quebrados cerca de la nuca. Le dolía más el ano que el corte que le hacía, por ello no gritaba demasiado ya.

Los ojos de Klara lloraban; pero su boca se abría en un gemido de placer, Mi Dama Oscura se había metido los dedos de la austríaca en su vagina y se retorcía de placer a sus espaldas.

Tomé un puñado de cabellos repugnantes de Adolf y le obligué a mirar a su madre.

—Es una cerda, Adolf. Es nuestra puta barata. Apréndelo, recuérdalo, que tus noches de mierda estén siempre acompañadas por esta imagen, por la de tu dolor, por tus nalgas ensangrentadas. Tú también eres mío.

Lo dejé caer al suelo y se llevó las manos al culo. Mi pene estaba erecto hasta el dolor, goteando sangre. La Dama Oscura hizo que la espalda de Klara se apoyara en su pecho para ofrecerme su barriga y su coño en precario equilibrio.

Le había rasgado las enaguas y la penetré. Embestía con tanta fuerza que la Dama Oscura perdía el equilibrio y la barriga de la preñada parecía que se iba a desprender.

Cuando eyaculé, llegó al orgasmo porque así me lo propuse.

—Lava bien a tu hijo, está lleno de sangre y mierda. Cuando haya nacido lo que llevas en tu vientre, volveré para asegurarme de que no te vuelvas a quedar preñada, primate de mierda.

La Dama Oscura le metió los dedos en su boca aún jadeante de orgasmo, y como si se hubiera roto un hechizo, la austríaca se retorció de dolor en el suelo llevándose las manos al coño. Le escupí en la cara y a Adolfito le pegué una patada en la boca para que me fuera conociendo en todas mis facetas. No todo va a ser sexo, los fascistas se van a los extremos y hay que maltratarlos para que aprendan.

Adolf no faltó al colegio, Klara no estaba dispuesta a contarle nada a su marido, ya había aprendido a temerme más a mí. El primer día, Adolf se cagó encima en plena clase de religión y sus compañeros se rieron de él. Cuando su madre lo fue a recoger, olía a mierda.

—Me duele mucho, mami. No podía aguantarme —le decía a su madre camino de casa.

—Ya pasará, Adolf, no te preocupes.

— ¡Cagón, cagón, cagón…! —gritaban tres amigos suyos que lo siguieron durante el camino a casa.

— ¡Gamberros! Voy a hablar con vuestros padres —les decía Klara sin que ellos le hicieran caso.

Al día siguiente Adolf llegó a la escuela con un pañal de gasa, de los que su madre usaba cuando le venía la regla. Sus compañeros se dieron cuenta de ello y en la hora de recreo le bajaron los pantalones para que todos vieran su pañal.

Durante dos meses (lo que tardó en sanar el esfínter) tuvo que soportar todas aquellas burlas y vejaciones.

El rencor se metió en el pequeño cerebro de Hitler, hasta que el dolor de la humillación de sus compañeros superó al de la violación. Soñaba con descuartizarlos, con meterlos en el fuego aún vivos. Soñaba que les arrancaba los dientes y que les metía un palo por el culo hasta hacerlo emerger por la boca. Soñaba con meter su pequeño pene en el coño de una pequeña primate compañera suya para que sufriera de la misma forma que había sufrido su madre conmigo, por mi voluntad maligna.

Su capacidad de concentración se hizo añicos, suspendía todos los exámenes de todas las asignaturas. Su padre tuvo que pagar un buen dinero para que fuera aprobado.

Y fue severamente castigado, Alois solo sabía mal follar y castigar. Su cinturón era el poderoso látigo de la rectitud y la espalda de Adolf se convirtió en un libro de leyes escrito con sangre y cuero.

Nada de todo aquello podía sanar el tiempo.

Es algo que Yo tenía previsto. Al fin y al cabo soy un Dios infalible y no como ese melifluo Yahveh.

5

En el mismo año, volví a visitar a la familia. Klara había parido a una niña que llamó Paula.

Tenían una nueva sirvienta de unos quince años que quedó ciega en el instante que abrió la puerta y miró a los ojos de la Dama Oscura. Y no fue por algún rayo de maldad, sino que mi Negra Señora, le acuchilló los ojos con una rapidez y una precisión que haría palidecer al mejor de los neurocirujanos. Como no iba a dejar de llorar, le rebanó el cuello.

Adolfito no podía apartar la mirada de nosotros ni de la sirvienta, se encontraba en la puerta del recibidor, intentando esconderse tras el vitral de la puerta. Se había meado de nuevo.

Su padre, como siempre estaba en la taberna, por ello no murió a sus cincuenta y nueve años. De cualquier forma, no me hubiera costado más de cinco minutos matarlo a él y a todos sus compañeros de borrachera en la pequeña taberna de Leonding.

Avanzamos hacia el salón, llevaba a Adolfito agarrado por su pelo grasiento. Subimos juntos, como una familia, hacia la alcoba de su madre que en esos momentos debería estar cuidando de Paula.

En efecto, abrí la puerta de una patada, Klara se asustó y se le cayó el libro que estaba leyendo incorporada con varios almohadones en la espalda, la niña en la cuna prorrumpió a llorar. Me acerqué a la cama y me senté a su lado.

—Vamos a arreglar esto, Klara. Ya te dije que no quiero que traigas más subnormales al mundo.

La Dama Oscura le estaba dando una lección al pequeño Adolfito de cómo era su vagina, se sacó la compresa y le mostró su sexo menstruando.

—Lámelo, Adolfito, te gustará. Te harás fuerte.

— ¡Deja en paz a mi hijo, puta morena! —gritó enfurecida la austríaca, con su fláccida barriga convulsionándose.

La primate me sorprendió un poco por su envidia, porque la Dama Oscura lucía una cabellera negra brillante y larguísima, mucho más brillante que el pelo de su hijo, apelmazado y lacio. Tomé un puñado de sus pelos, se los arranqué y se los mostré:

— ¿Tú has visto bien tu pelo, aria de mierda?

Se llevó las manos allá donde le arranqué el mechón y se mancharon de sangre.

Tenía un leve temblor y su voz sonaba un poco más recia, las ojeras también podrían ser un síntoma del estrago que la sífilis hacía en su organismo poco a poco; aunque creyeran que su debilidad se debía al embarazo.

Adolf lloraba arrodillado ante mi Hermoso Coño Sangrante (porque la Dama Oscura es mía, me pertenece su mente y su coño), como si le rindiera adoración. Era preciosa aquella estampa con mi Dama Oscura hiriendo la piel del cuello del niño con aquella fina daga.

Le di una buena bofetada a la austríaca y le partí los labios, luego un puñetazo en la sien que le provocó un feo derrame en el ojo. Con ello no fue necesario que invadiera su mente, porque perdió toda noción de su propia existencia.

—Venga Adolfito, pasa la lengua por el coño de mi Dama y deja de llorar. Otras cosas peores te esperan hasta que mueras y te pudras en mi infierno.

El niño acercó la cabeza y con torpes lengüetazos acariciaba aquel coño suculento. Metí la mano en el pantalón y extraje el pene porque los pezones erectos y los gemidos de mi Dama, me sacaban de control. Cuando eyaculé, el semen negro cayó sobre la cuna de Paula.

La Dama Oscura se corrió, bajó los pantalones de Adolf y le masajeó el pene sin obtener resultados.

—Esperemos que crezca o vas a tener problemas de mayor, ¿eh, Adolfito?

Acto seguido se metió aquel pequeño pene en la boca y mordió el prepucio hasta cortárselo.

Lo cierto es que yo cerré el puño con aversión al ver su pequeño pene sangrando, eso son cosas que duelen aunque la tengas pequeña. Adolf se retorció en el suelo de dolor, gritando sin consuelo, yo me encendí un cigarro admirando con curiosidad su dolor que duró unos cuantos minutos. A la Dama Oscura se le escapaba la risa.

¡Mira por donde que el futuro fascista era un circunciso como cualquier otro judío! Mis malditos designios son mucho más ingeniosos y divertidos que los de ese Yahveh celoso de mierda.

De ahí que hiciera matar a todas las putas y niñas con las que tenía contacto una vez se hizo adulto y führer: no quería testigos de su circuncisión.

— ¿Por qué llora mi pequeño? —balbuceaba la madre desde su inconsciencia.

—Mi Dama, acerca al futuro tirano para que observe bien donde se desarrollan y nacen los pequeños primates —dije sin hacerle caso a la primate austríaca.

Klara estaba sucia de vómito. Le arranqué la sábana y la colcha con la que se cubría y aún sumida en la inconsciencia, le metí la mano entre las piernas y le saqué una gasa que cubría la vagina. Aún tenía puntos de sutura.

—Déjennos, por favor, no le hagan daño a mi mamá —lloriqueaba Adolf.

Introduje mi puño en la vagina, y empujé más adentro. Klara gritó hasta dañarme los tímpanos, recuperó la consciencia en una fracción de segundo de dolor. Pataleaba; pero mi puño ya estaba demasiado dentro. Cerré los dedos en torno a cosas ignominiosas que tenía allí dentro y se las arranqué. Desfalleció de dolor cuando dejé caer los ovarios y parte del útero entre sus piernas. Su coño era una fuente de sangre y se lo taponé con la gasa.

Adolfito sufrió una crisis respiratoria ante lo que le forzamos a ver. Soy bueno en lo mío, soy maravilloso. Le di una bofetada y se le pasó la histeria.

Me limpié la mano en las sábanas y le pellizqué uno de sus pezones supurantes de leche, la respiración de la madre era apenas un suspiro, se estaba muriendo.

—Ve a buscar a tu padre a la taberna y que se traiga al borracho del médico, y rápido o tu madre morirá.

Adolfito salió corriendo de la casa con sus pantalones mojados de orina y sangre.

La Dama Oscura tomó a la pequeña Paula en brazos y le dio un ligero golpe en la cabeza con el mango de su daga, en un lugar muy preciso de su nuca, la niña dejó de llorar porque se quedó dormida al instante.

Le había estropeado una zona de su cerebro para que fuera lo más parecida a su hermano Adolf. No dejo nada al azar.

Y nos fuimos de aquella casa de mierda con Dios lanzando espumarajos de rabia por mi intrusismo y porque es un tipo envidioso.

Klara consiguió salvar la vida, Alois jamás pudo entender lo que ocurrió en su casa porque la muy astuta alegó amnesia. Adolfito decía no recordar quien le hizo todo aquello. Sus noches se convirtieron en horas de miedo y un dolor que revivía una y otra vez.

Yo no soy suave, los traumas que yo creo estropean la vida de los monos de una forma insoportable.

Durante algún tiempo la policía local (unos primates no muy listos) buscaron vagabundos para culpar por las agresiones y la muerte de la sirvienta. Al cabo de unos meses, apenas nadie se acordaba de todo aquello.

Alois seguía castigando a Adolf por sus fracasos escolares y con el cinturón intentaba inculcarle algo de valor y empuje en la vida. El pequeño Adolf era un tipo realmente reticente a la actividad física. Su padre de mierda no veía nada bueno en él.

“Mi pequeño hijo maricón”, decía de él a menudo en la taberna cuando se refería al futuro führer.

Dios no sabe bien lo que es la miseria humana, yo sí que se hundir a alguien en lo más profundo de la indecencia y conducirlo directamente a la locura más destructiva.

Los primates son cosas que se pueden moldear, modificar, eliminar y atormentar de la forma más sencilla y amena. Deberíais probarlo con vuestros propios hijos y padres, los resultados son sorprendentes.

Dejé un breve espacio de tiempo de siete años antes de visitar de nuevo a la familia, es bueno que crean que todo ha pasado, que se confíen. Sobre todo después de unas fiestas navideñas felices y sin problema alguno. Cuando todo está bien, asestar un buen golpe crea una angustia en los primates difícil de asimilar por sus cerebros simplones.

Doce años presa; pero ya hace tiempo que es su voluntad, su deseo, su espera.

Su deseado tortuoso y doloroso desenlace.

Doce años de un maldito, penoso y venenoso embarazo. Es la elegida.

Mil oraciones de diez mil devotos la convencieron. La enloquecieron.

Y a veces sus dedos sin uñas estrangulan ratas que luego se mete en la boca, saboreando los miasmas de lo hediondo.

Los Oscuros Padres Dolorosos la raptaron el día de su primera y espantosa menstruación. Madre le bajó la falda, le separó las piernas, metió los dedos en su vagina y frotó la sangre entre sus dedos: era oscura como ninguna otra. Fue en busca del Padre Muerte y éste le dijo:

—Tu hija es la Elegida, su vientre será el pútrido útero de nuestro Doloroso.

—Yo me arrodillo ante ti, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores —dijo el sacerdote vestido con traje oscuro y corbata negra, arrodillándose ante ella y posando sus labios en la ensangrentada vagina.

Entre madre y padre, bajo la letanía de obscenas maldades que el sacerdote recitaba por la calle y a plena luz del día, la llevaron a la Catedral de los Despojos Humanos. Se encontraba a treinta metros bajo tierra, el colector de todas las cloacas. Le aterraba el rugido de las seis enormes cataratas de agua sucia de todas las materias que la humanidad crea, plena de excrementos, orina y el semen de los desgraciados, de todos los seres humanos que malviven en la putrefacta ciudad. Seis enormes tubos del diámetro de la altura de un hombre, arrojaban toda la inmundicia humana posible, en todas sus combinaciones. Compresas manchadas de una sangre más clara que la de su menstruación eran festín de las ratas, las predicadoras de la miseria que pregonaban en el exterior entre la basura y las casas rotas, la venida al mundo del Hijo de Todas las Penas.

Y con sus muslos manchados de sangre, entre los gritos casi enmudecidos por el hedor y el estruendo de la Catedral, agujerearon su monte de Venus apenas poblado de un vello oscuro, con botellas rotas para meter en sus entrañas tubos mugrientos que la llenaban de todas las miserias innombrables. De todos los espermas de todos los hombres, de la sangre de menstruaciones. Pus y restos de enfermos, mutilados y heridos.

Flotaban en el agua ciento un fetos roídos que comían los discípulos y creyentes durante las misas que dedicaban a su vulva púrpura de necrosis, siempre abierta ante ellos.

No murió infectada, era la elegida. La real Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores.

Con veinticuatro años su vagina eternamente expuesta a la mierda, es una costra oscura e insondable, la carne de sus nalgas son llagas que no curan nunca, hogar de larvas que anidan en ellas retorciéndose, canibalizándose. La piel blanca es un mapa de oscuras venas que se arraciman en los pezones para extenderse como un virus por todo el cuerpo, regando cada rincón de su organismo con infección y corrupción.

Sus dientes están podridos y un incisivo cuelga de su filamento nervioso, cuando balbucea plegarias ininteligibles de oscuros vómitos. Su mente está perdida en el dolor y el hedor.

Es ella en verdad, la Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores.

De todas las infecciones e insanias.

Doce años de un embarazo leproso y ahora ante la letanía de los miembros de la Santa Podrida Iglesia del Dolor, se desprenden las costras de su coño por la dilatación del útero, va a parir.

“Negra Madre Virgen de Todas las Penas y todos los Dolores, que tu pena y la orina de tu sangre que pudre las venas, se extienda por la humanidad”.

Son los rezos de los innombrables.

La Madre grita y sus adoradores, de caras vendadas con telas sucias de icores venenosos y sangre vieja se llevan las manos a las sienes gritando su dolor también. Sus muslos gordos y albinos manchados de mierda se separan y de su coño sale un hedor que asciende a la superficie por los conductos sarnosos de la ciudad causando asco en la gente luminosa, en los de arriba, en los cobardes que adoran dioses de madera y mentiras piadosas.

Rompe aguas colmadas de cabezas de negras antenas y patas de insectos.

“Oh Madre de Toda la Podredumbre, danos nuestro rey, danos la oscuridad. Que se pudran los benditos y los limpios, los que en su vida tuvieron suerte y todo lo tienen, los que esperan una muerte dulce y un premio de miel. Oh, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores, que el Bastardo de los Humanos Despojos, sea escupido por tu Sucio Coño”.

El Padre Muerte encabeza y dirige las plegarias de las diez mil mentes podridas.

— ¡Jamás llegó a renacer Cristo, no hubo una segunda venida! Escupid al feto que fue arrebatado de su madre virgen antes de su alumbramiento —sermonea a la multitud mostrando un frasco de vidrio en cuyo interior flota un feto humano con los brazos y las piernas rotas.

En el frasco, escrito con mierda figuran las palabras: Iesus Cristus, segunda venida.

— ¡Jamás llegó a nacer la Bestia! El anticristo murió a manos de la Santa Iglesia Podrida del Dolor —ruge con furia el Padre Muerte, mutilándose el lóbulo de la oreja con una navaja de afeitar —. Ni siquiera Satanás ha conocido el dolor y el asco, nunca lo imaginó así.

Eleva a la congregación otro frasco con el feto de un bebé con cabeza de macho cabrío. “Maléficus Satanás”, reza en el frasco.

— Todas las religiones han errado. Se han perdido en la hipocresía y la estafa, en el abuso y el engaño. Ahora pagarán y no habrá redención. Nos alimentamos de mierda y despojos, nos alimentamos de dioses y diablos.

—Ella es virgen, ella está infectada del Espíritu Corrupto, miradla parir.

La Madre de Todas las Penas vuelve a gritar y su cuerpo se agita con el dolor del parto. Los tubos insertados en el pubis se desprenden por la violencia de las contracciones. Sus pezones se han resquebrajado como cristal, pero apenas sale nada de ellos.

Cinco ratas lamen el corrupto líquido amniótico que ha dado protección en el sucio vientre al Bastardo de los Humanos durante doce años.

— ¡Cómo me duele este puto coño, me cago en Dioooos! —grita la Madre de Todas las Penas ante cientos de miserables que se masturban ante ella.

El bebé sale de entre sus muslos para caer al suelo lleno de agua sucia, liado con el cordón umbilical y una placenta verdosa. Un perro famélico la devora y rasga el cordón ante la mirada agresiva de las ratas.

— ¡Ha nacido, el Bastardo de los Humanos Despojos! Que se alimente de tus miserias, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores! Dale lágrimas y asco con la que alimentarse y hacerse Dios. Que comience el Nuevo y Pútrido Mundo —grita el Padre Muerte.

—¡Que mame el Bastardo! ¡Que mame el Bastardo! Que la Madre Puta de los Dolores lo cebe con lágrimas y penas.

El bebé no llora, su boca se abre mostrando unas afiladas encías y los dedos de uñas partidas se mueven ansiosos. Sus piernas atrofiadas se debaten en un pataleo en el aire. Se revuelca en el suelo mostrando su columna vertebral descubierta y deforme.

Hay hombres y mujeres que se clavan los unos a los otros trozos de vidrio en la espina dorsal descubierta por una largo corte que se mantiene abierto gracias a alambres y tenedores viejos. Sus gritos de dolor apagan el ruido de las Sagradas Cataratas de la Ponzoña.

Un niño de cuencas vacías toma al recién nacido en brazos, la Catedral se ha inundado de silencio.

Cojeando se lo entrega a la Madre de Todas las Penas.

Lo toma en su regazo y lo lleva a su pecho, para que mame.

El Bastardo clava sus encías en el pezón derecho, y la carne se rompe, como algo seco, algo sin vida.

No hay leche en los pezones, ni sangre. Las mamas están secas y repletas de orina y lágrimas cristalizadas que crujen como el vidrio e inundan la boca del Bastardo.

El pequeño mastica toda esa inmundicia y su boca se hiere. Mana la sangre que inunda su pecho. Y su primer grito de puro dolor y asco que asusta a hombres y ratas, se extiende por toda la catedral, por todas las superficies.

En la ciudad, la gente vomita sin saber bien porque. Cuando los fetos de las embarazadas caen muertos en el suelo, el hedor en toda la atmósfera es insoportable. Cuando los gritos de miles de enfermos salen por las cloacas y desagües de las calles y casas, ya es tarde. La infección ha hecho presa en los felices, en los luminosos y las iglesias se derrumban, cae todo lo que una vez fue bendito, sacro o santo.

Es la Nueva Era del Dolor. La Verdad la estuvimos pisando, cagándonos en ella.

Ahora la Verdad se caga en nosotros. Y nos mata.

Que la Podredumbre sea con nosotros.

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Carne molida

Publicado: 27 junio, 2012 en Terror
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Odio la violencia; pero es necesaria.

También es necesario el cáncer, la enfermedad y la muerte; pero no me dan tantas satisfacciones.

Ni a los violadores.

Tengo una raja entre las piernas, lo que me convierte en mujer.

Mis dos estupendas tetas aún sin operar, lo demuestran muy claramente.

Amo el sexo por encima de todas las cosas y de todos los hijos si los tuviera. Y sé lo que digo, porque a punto estuve de tener uno.

Me gusta la violencia sexual; pero cuando yo la practico, si un macho me pone la mano encima sin mi permiso y no me ata, le arranco la polla y se la doy de comer a mi perro.

Yo tenía quince y estaba orgullosa de mis tetas. Cosa que no le da permiso ni a la santísima virgen de sobármelas. Se mira; pero no se toca, hijos de puta.

Los violadores son carne para moler.

Ese hijo que a punto estuve de tener…

Como en carne molida acabó el feto del puerco que me violó y me dejó embarazada en el sanitario del antro después de acobardarme a bofetadas. Un tipo llamado Alberto, de treinta años con anillo de casado y que con toda seguridad vivía con una gorda de muslos ennegrecidos de tanto roce adiposo, con el pelo lleno de mierda, gel y colonia de adolescente pobre. Seguramente con un hijo idiota como toda su familia.

Mis padres me llevaron a comisaría a levantar la denuncia; pero no autorizaron que tomara la píldora del día después. Son unos muertos de hambre analfabetos; pero católicos hasta el vómito. No les he dado ni un centavo para salir de la pobreza a pesar de mi fortuna.

A medida que crecía en mí el hijo de aquel marrano me sentía sucia, cada día más asqueada. Estaba dando cuerpo humano a una gota de mierda que me llegó demasiado profundamente al coño.

Me fui de casa, porque mis tetas y mi culo me daban la mayoría de edad, no dejé nota alguna a aquellos putos padres. Éramos cuatro hermanos, la abuela, y el matrimonio idiota los que vivíamos en dos habitaciones de ladrillo cubierto de papeles sucios.

Me hice puta para ganar plata con la que abortar en la mejor clínica de México.

Agustina era una amiga mía que conocí en los antros, bailando con las compañeras de secundaria y flirteando con los chicos de nuestra edad. Era dos años mayor que yo, hacía un año y medio que se había escapado de su miserable casa. Vivía sola en una habitación que había rentado en Coyoacán. Y como decía ella, con un buen chocho entre las piernas, nadie te pregunta la edad si lo enseñas y te la dejas meter.

En México no puedes fumar; pero puedes follarte a una piba de catorce por el precio de una cajetilla si quieres.

Me enseñó a chupar pollas con naturalidad, con aire profesional y me gustó tanto, que pronto encontré una técnica de succión que iba muy acorde con mis exuberantes labios. Cuando Agustina pedía doscientos por mamada, yo exigía quinientos y los clientes repetían.

Agustina me gustaba mucho. Me ponía un plátano entre las piernas y me mostraba como hacer una felación. Me ponía tan caliente que acababa abriendo mis piernas para que me lamiera el coño. Follamos como locas compartiendo los plátanos de entrenamiento aunque ya no había lecciones que aprender.

Un borracho le cortó el cuello durante una felación en el coche; pero yo ya estaba viviendo sola en un buen apartamento cuando aquello ocurrió.

A medida que mi barriga crecía, los clientes se sentían más atraídos por mí. Agustina, exclusivamente las mamaba, yo fui más allá que Agustina y me abrí de piernas para que me follaran por el triple que una mamada. Cada semana subía el precio, al ritmo de mi embarazo. La clínica me pedía una pequeña fortuna.

Mientras tanto, nadie me buscaba. Y no quería que lo hicieran.

Cuando conseguí todo el dinero, ya estaba de siete meses. Contaba con más de doscientos mil pesos, de los cuales una cuarta parte se la iba a llevar la clínica.

Ya no se trataba de un aborto, tenían que hacerme una cesárea. Sacar el feto y matarlo. Es algo que ni a mí ni al médico nos importaba. El dinero no conoce límites legales de aborto. Si tienes plata te libras de ser la madre del hijo de un violador.

Si no tienes dinero, te inventas toda esa mierda de amor por el hijo que llevas en tus entrañas, que al fin y al cabo no tiene ninguna culpa. Angelito… Y lo crías comiéndote cada día al verlo el vómito de asco que sientes al recordar a su padre de mierda.

Ese pequeño cerdo que crecía dentro de mí llevaba los genes de su padre, tenía parecido con él fuera niño o niña.

Y yo no estaba dispuesta a cargar con esa mierda. Cumplí los dieciséis con esos siete meses de embarazo y al día siguiente me iban a quitar a aquel tumor que crecía en mi barriga.

Me hicieron una cesárea con mucho cuidado, para que la cicatriz fuera sutil.

Exigí por diez mil pesos más, ver al bebé que me habían extraído, mejor dicho, ver como se destruía.

Una vez me desperté de la anestesia, el cirujano Peter Walheimeyer (un alemán que a pesar de llevar cinco años en México aún no sabía hablar español con claridad), entró con el niño muerto en brazos. Apenas tenía formada la cara y su pecho parecía el de una rata, estaba amoratado por la muerte. Lo transportaba en una pequeña mesa con ruedas de acero inoxidable, lo cortó en pedazos muy pequeños. Con cada corte que daba, yo imaginaba que se desangraba el padre, que se le caían los cojones al suelo, que su polla se agitaba en el piso retorciéndose como un gusano parcialmente aplastado.

Los violadores y sus hijos son carne para moler.

En aquella lujosa clínica de la colonia Polanco, no quedó ni un trozo de carne reconocible de aquella cosa que me hizo aquel puto violador.

El director de la clínica, me hizo un quince por ciento de descuento sobre el precio del parto y eliminación de residuos tras hacerle cuatro de mis cotizadas mamadas, una por cada día que estuve internada.

Los trozos de lo que afortunadamente no llegó a vivir, eran tan pequeños que no pude distinguir si era niño o niña. Cosa que no pregunté.

Cuando te haces puta tan joven, tus clientes suelen ser gente con gustos muy especiales, y sobre todo, con cargos importantes. La gente más adinerada es la más puerca y la más devota. A algunos les gusta abofetearme para que me sangre la boca y besarme, les cobro mil pesos por hostia y ellos pagan como retrasados mentales sacando nerviosos los billetes de sus carteras; con sus ridículos penes erectos sombreados por su barrigas decadentes o sus brazos viejo y fofos. Yo no soy una mujer muy grande, así que muchas veces me costaba respirar cuando se me ponían encima. Sus penes no me hacían daño, eran sus barrigas las que me asfixiaban. Sobre todo les gustaba aplastarme cuando estaba embarazada.

Uno de aquellos burócratas del ministerio de la vivienda, me consiguió un apartamento de doscientos metros cuadrados en la lujosa Polanco al precio de la habitación que compartía con Agustina.

Mi amiga no quiso venir conmigo, se había metido en asuntos de cocaína y sus dedos estaban ennegrecidos de prender la pipa de crack.

Un llamativo anuncio en el periódico, me trajo nuevos clientes. A los antiguos les gustaba más embarazada y empezaron a olvidarse de mí.

Parte de lo que ganaba lo invertía en coca que disolvía en la bebida de los que venían a follar para asegurarme su asiduidad.

A los dieciocho años tenía cuatro putas de lujo en el apartamento que ya había comprado, y el guardaespaldas de uno de mis narco-clientes como vigilante y protector. Se llama Caledonio.

Yo solo me dedicaba a follar con los machos que me gustaban verdaderamente y me dejaba hacer regalos e invitar a fiestas y viajes.

Cuando no había clientes y mis putas se iban a sus casas, al finalizar la jornada, generalmente a primera hora de la mañana, evocaba en mi cama el troceo del hijo de mi violador y fantaseaba con su muerte. Se me ponía el coño tan caliente que no había caricia que me aliviara. La carne molida sangrante me obsesionaba. Me dirigía a la cocina y sacaba de la nevera una bandeja de carne de res molida y en mi habitación, me cubría el coño con ella, me la metía dentro y me frotaba hasta quedar exhausta, dormida, con la sangre goteando por mi raja, con los dedos pegajosos…

Cuando tienes dinero, tienes todo el tiempo para leer y para estudiar idiomas. Es necesario cuando los clientes son políticos, empresarios, militares y religiosos. A los diecinueve años, podía ir a chuparle la polla a un presidente hablando inglés y entendiendo francés. Además, me hice culta.

Mi entrada al mundo de las grandes perversiones, llegó de la mano del gobernador de México, coincidimos en un hotel de París. Yo acompañaba a uno de mis amantes clientes, un empresario de la industria de la telefonía móvil que me presentó como la mujer más sensual que había conocido a su amigo gobernador.

Cenamos las dos putas y los dos clientes en el restaurante, entre alcohol y langosta acabamos intercambiando las parejas y acabé con el gobernador, la golfa sin cerebro se quedó con el empresario.

Una vez en su suite me pidió que jugara con sus bolas anales: le introduje quince bolas del tamaño de una ciruela, todo un rosario que casi le llena el intestino. Todo un récord. Sabía que mi discreción estaba fuera de toda duda y se permitió dejar sus excrementos entre mis piernas sin ningún pudor. Salieron con la última bola que le extraje y su semen regándolo todo.

No me dio más asco que otros, simplemente me aportó experiencia.

Una mañana, comprando carne en el Mercado Central de Abastos, observando como la molían apretando mis rodillas una contra otra al imaginarla ya en mi vagina, recordé el hijo que no tuve y a su violador padre. Ya tenía veinte años, y a pesar de sentirme afortunada porque aquel marrano me violara y cambiara así mi vida; decidí ejercer mi poder.

El antro Lipstick seguía siendo frecuentado por las tardes de los sábados y domingos por adolescentes de secundaria y prepa. Y entre toda esa juventud, siempre se filtran los degenerados, los solitarios, los fracasados de su matrimonio, los que aún se creen jóvenes para alternar con adolescentes. Aquellos cobardes que se ven inferiores entre los de su generación.

No supe verlo en su momento, no discerní la iniquidad de Alberto, mi violador y dejé que me acompañara a la puerta del sanitario. Fui idiota.

Hasta que no eres puta no conoces bien al ser humano, lo rastrero que puede ser.

Entré en el local con Caledonio, mi guardaespaldas. El ambiente estaba hormonado por tanto adolescente, me sentí extraña; muy lejos de aquel mundo que había dejado hacía cinco años.

Los adultos eran tan pocos en aquel lugar, que brillaban con luz propia en la oscuridad. De los cuatro que había, dos eran camellos y los otros dos moscones que miraban sin decidirse a abordar a ninguna de las chicas o chicos. Posiblemente, jamás lo harían.

Durante tres semanas, sábados y domingos por la tarde acudí sin encontrar a Alberto, era una posibilidad muy remota; cinco años matan y cambian la vida de mucha gente.

Me aburrí de aquella búsqueda y por otra parte, viajé de acompañante cinco días con el general Armendáriz a Alemania, a un congreso de militares organizado por la OTAN. Un reloj Cartier fue cargado en la minuta de gastos a cargo del gobierno. Mi trabajo: ser un adorno en su brazo por las noches y abrirle el ano con un espéculo y llenar sus intestinos con agua; en definitiva, un enema avanzado y mi orina recorriendo su cara.

Si algo sé, es que a la gente que se encuentra en el poder, le encanta que le metan cosas por el ano.

A los sacerdotes les gusta que les lesiones los genitales, no sé por qué; pero siempre es así.

Y a mí me excitan, disfruto con mi trabajo.

Cuando llegué a México, Caledonio sonreía abiertamente desde que me recogió en el aeropuerto. Cuando llegamos a mi casa y burdel, me llevó hasta el cuarto de dominación y encendió las luces. Allí estaba Alberto, mi odiado violador.

Caledonio tenía grabada la descripción que le di cuando lo buscamos en el antro durante esas tres semanas. Fue casual que entrara a comprar una cajetilla de tabaco en un Oxxo de Reforma. El hijo de puta trabajaba de cajero. Mi guardaespaldas esperó a que acabara su turno y cuando el desgraciado salió del local hacia su casa, le presionó con el cañón de la pistola en la espalda y lo metió en el carro.

Lo desnudó, lo amordazó y le cubrió la cabeza con una capucha sin ojos de cuero. Inmovilizó con las esposas de cuero los pies y manos. Llevaba dos días allí y se había cagado y meado en la mesa. Olía a podrido; pero no me molestaba, era mayor mi alegría.

Salimos de la habitación sin decir una sola palabra y besé agradecida a mi guardaespaldas. Mandé llamar a Vanesa, la más fea de mis putas que se dedicaba a la escatología, le pedí que se la pusiera dura.

Alberto intentaba hablar, sus balbuceos eran un tanto molestos; pero nadie pronunció una sola palabra. Vanesa se metió el ridículo miembro en la boca y lo único audible en aquel cuarto, eran las succiones que le hacía en la polla.

Poco a poco aquello se fue endureciendo, le susurré unas palabras al oído a Caledonio y salió del cuarto.

Volvió a los pocos segundos con un cuchillo cebollero de la cocina.

La polla de Alberto estaba tiesa, aunque era imposible que adquiriera la dureza violadora en aquel estado. Vanesa es una buena profesional, le había metido un dedo por el ano y no dejaba de excitarle la próstata, cosa que provocó que se orinara y mi puta, se masturbó con aquello.

Vanesa mantenía firme y vertical el bálano, me acerqué silenciosamente con el cuchillo y apoyé el filo en el meato, como centro y guía de corte. Le lamía las pelotas para tranquilizarlo, porque el cerdo tensó sus piernas con violencia al sentir el metal en la polla.

Empujé con fuerza el cuchillo y corté transversalmente aquel rabo de cerdo, el corte no fue simétrico; pero el efecto fue contundente: el bufido de Alberto fue acompañado por unos fuertes cabezazos contra la mesa en vano intento para aliviar el dolor. No había nada humano en sus gritos ahogados. Caledonio y Vanesa empalidecieron y vomitaron.

Toda una fiesta…

Con el mismo cuchillo, le corté el escroto y dejé que asomaran los testículos desnudos, se desprendieron de sus conductos y nervios rápidamente por las continuas e imparables sacudidas que hacía con el vientre para soltarse de sus amarres.

Le inyecté una dosis de heparina en el vientre para evitar la coagulación y salimos del cuarto.

A las cuatro horas Caledonio me informó que aún respiraba, le puse en la mano otra inyección de anti-coagulante para que no cesara en ningún momento la hemorragia.

Necesitó dos inyecciones más de heparina, al fin murió desangrado tras dieciséis horas. Contratamos a mi carnicero habitual para que cortara el cadáver en trozos muy pequeños y sacara aquella mierda de allí, le sería fácil deshacerse de todos esos desperdicios en su negocio.

El cerdo estaba casado, tenía un bebé de siete meses y una niña de seis años.

Mi buen guardaespaldas, entró una noche en la casa y degolló a los niños y a la mujer. Trabajó tranquilamente, con la impunidad que da el dinero y la compra de policías importantes que inventaron una historia de drogas y ajuste de cuentas.

Mandé quemar la barraca donde vivían mis padres y hermanos; creo que el rostro de mi madre quedó desfigurado por el incendio; pero todos salieron vivos y sin apenas tener tiempo de coger algo de ropa. Salvo la abuela, que murió asfixiada; pero esa mierdosa estaba vacía, no había nada en su viejo esqueleto.

Tal vez, algún día cuando el aburrimiento de una vida demasiado acomodada me lleve a buscar emociones fuertes, convierta a lo que queda de mi familia en carne picada.

Es mentira, no odio la violencia y junto con la venganza, humedece mi coño al que consuelo con carne de res molida, fresca y sangrante. Un delicioso cataplasma vaginal que me baja el tremendo calor y la excitación que me proporciona pensar en la venganza.

Yo también tengo mis especiales gustos, todos los que estamos en el poder, disfrutamos de perversiones que le están vedadas a los pobres.

Amo la violencia y mi sucio coño de carne molida.

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666 y el bebé no muerto

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
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Ha nacido muerto, el pequeño Pablo oscila como un muñeco de goma cabeza abajo cogido por los pies de la mano del médico, que acaba de sacudir sus nalgas a pesar de saber lo muy muerto que está.

El padre lo ha visto, sobre todo la mirada del médico. Y mira fíjamente el pequeño cuerpo sin vida. El no-padre no se encuentra en el planeta, está muy lejos. A millones de años luz del paritorio.

Es increíble como el silencio puede gritar tanto.

-¿Y mi niño? ¿Y mi niño? -pregunta la madre con las pocas fuerzas que le quedan; dando paz al alma al romper el silencio del dolor infinito.

De entre sus piernas flexionadas y separadas gotea una baba rojiza. Y algún cuajarón de sangre.

El bebé, el cadáver parece ser el centro del universo. Un péndulo de carne sucia de un parto oscuro, estéril.

El médico no quiere dar la noticia. Quiere estar en la planta de abajo tomando un café y riendo de tonterías con sus colegas.

La vida es extraña como raro es el cuerpo inerte del bebé. Su cordón umbilical oscila frente a su cara. Ya no le puede molestar.

La enfermera limpia compulsivamente la sangre de la mesa de partos. Tampoco quiere estar ahí. Cada compresa que empapa en la sangre, es un momento de escape de ese universo negro y sin salida alguna. Tan finito como marcan las paredes del quirófano.

Teme el Gran Grito de la Madre. Las madres que lloran por su bebé muerto emiten sonidos en frecuencia de ultra-pena y duele en el alma.

Alguien dice “Lo siento”.

Ha sido el médico, aunque no cree que haya sido su voz.

Tal vez haya hablado el bebé excusándose de su propia muerte.

La gente muere, los bebés deberían respirar, las madres sonreír llorando y los padres deberían estar nerviosos, temblorosos y pálidos por la emoción del parto.

-Rosi, llévalo a la tercera.

La tercera planta es la sala mortuoria. La morgue infantil. A Rosi no le gusta aquel conjunto de neveras pequeñitas como nichos de juguete.

La enfermera envuelve el cadáver en una manta pequeña con el nombre del hospital en sus extremos.

-¿Dónde se llevan a mi niño? -llora la madre.

A Rosi ahora no le importa la morgue infantil, solo quiere salir de ahí.

Ha elegido una manta de color azul. Hay mantas rosas y azules.

Faltan las de color negro, aunque pueda parecer cruel.

Da pena engañarse con una manta azul. Da dolor desenvolver una manta de color de vida con un muerto dentro. Es una macabra ilusión.

Los colores de vida no deberían envolver a la muerte.

El bebé muerto pesa infinito en los brazos y en el ánimo. El ascensor tarda horas en llegar y cuando abre sus puertas se encuentra con un par de médicos en prácticas riendo por alguno de sus chistes idiotas.

El pasillo de la tercera es tan largo como la vida. Ha de caminar más de doscientos metros girando siempre a la izquierda, siguiendo el contorno del enorme hospital pedriático.

Mueren pocos bebés y no se encuentra con nadie. No hay rumor de voces en esa planta. Es el inframundo de los pequeños.

El ruido de sus zuecos resuena en las paredes y la línea roja que guía hasta la recepción del depósito parece no tener fin.

-Soy muy pequeño, no me dejes allí. Es frío, lo sé.

Un escalofrío recorre su espina dorsal y una lágrima de nervios y temor cae sobre la manta azul.

El bebé ríe con un sonido hiriente y terrorífico. Se ríe de su propia broma malvada.

-Duele mucho morir, tú no eres mi mamá. ¿Por qué me llevas lejos de mamá? Tengo hambre. No lo hagas. ¿Y por qué nadie me da calor?

Las piernas de Rosi tiemblan, la puerta del depósito está a escasos treinta metros, a unos treinta y seis pasos.

La inocencia es más potente que la vida. La muerte se mea en la inocencia.

Se detiene y descubre la carita del bebé. Está amoratada, su cuerpo frío como las paredes que los rodean y sus ojos abiertos: enormes pupilas opacas por un velo violeta buscando una luz que no consiguen encontrar. Las escleróticas solo son unos pequeños resquicios que roban toda humanidad que pudiera quedar en su mirada.

Su cuerpo ya no es tan flexible, comienza a haber rigidez.

Los labios azulados intentan sonreír y sólo consiguen crear un instante de inenarrable terror.

Los brazos de Rosi flaquean.

-No me dejes caer. Aunque esté muerto. Llévame contigo, deja que me pudra con un humano calor.

Lo deja caer al suelo y la cabeza del bebé muerto golpea con fuerza contra el pavimento deslucido de vinilo. No se ha roto nada, los huesos son demasiado flexibles aún.

Lo recoge del suelo con el mismo cuidado que si estuviera vivo.

-No quiero más dolor, necesito que me lleves, que me cuides. He sufrido mucho en el vientre de mi madre -el bebé mueve la boca con dificultad, cerrando los ojos por el esfuerzo y apretando sus cárdenos deditos para formar un puño. Su aliento lanza un hedor de sangre corrupta que provoca un mareo en la enfermera.

Rosi intenta tranquilizarse, tiene que llegar al depósito y dejar allí al bebé. Sólo son unos pasos; pero teme la locura. Ahora el terror no viene del pecho oscuro del bebé que se expande y contrae en una enfermiza respiración que provoca un pitido de baja frecuencia que se mete directo en el cerebro para crear una vida imposible y horrenda.

Ahora el terror viene de una enfermedad, Rosi teme que algo se haya roto en su cerebro y provoque esta tremenda alucinación. Ella sabe que puede ocurrir. Un tumor que ha empezado a aplastar el cerebro. Un vaso capilar que revienta arrasando la cordura. Se dan esos casos.

Porque un bebé muerto que lamenta no vivir, no es real. No puede ser real, el mundo no funciona así. Es pecado que un bebé muerto siga sufriendo y no entienda que debe callar, que debe estar quieto. Alguien va a tener que dar una buena explicación por esto.

Se toma el pulso, se palpa la frente buscando fiebre.

Se aparta la negra mano del bebé del pecho que intenta desgarrar su escote porque tiene hambre. Unos obscenos dientes amarillos y rotos que aparecen por sus pequeñas encías sangrantes, asoman hambrientos.

Ante el rechazo, el bebé lanza un grito que se convierte en un llanto desesperado de hambre. Su baba tiene el color amarillento de la piel de los pequeños que mueren con hígados enfermos.

Rosi necesita ayuda, necesita dejar ese bebé del infierno en el único lugar que le corresponde en este edificio. En este lugar, en este planeta. No se le ocurre otro.

Corre perdiendo un zueco y lanzando el otro, los escasos metros que quedan hasta la puerta del depósito.

Cuando abre la puerta, un hombre y una mujer la esperan.

El bebé deja de llorar en ese mismo instante.

Sobre la mesa de autopsias, que se encuentra tras una mampara de grueso cristal, se encuentra el cuerpo destrozado de Abel, el forense.

Siente que su estómago se contrae hasta lanzar a presión la poca comida que le queda dentro.

-El bueno de Abel sufrió todo lo que un ser humano puede sufrir, no temas por él. Su alma está aquí, con nosotros. Se remueve de dolor y no olvida el sabor a mierda de sus propios intestinos, que le he metido en la boca mientras moría.

De la boca del forense sale un trozo de tripa grisáceo y de su vientre abierto asoma un amasijo de instrumental quirúrgico.

-Ese es nuestro pequeño Pablo. Si parece muerto, es porque lo está. En el infierno es algo habitual. Y ahora he aquí una sucursal del infierno –el hombre de camisa negra y pantalones de lino azul marino eleva los brazos para mostrar con teatralidad el lugar en el que se encuentran.

Su acento es incalificable, sus “s” son duras y cortantes. Sus “r” parecen ser arrancadas de lo más profundo. Podría ser alemán; pero Rosi distingue el acento nórdico de su abuelo.

No acaba de encontrar el color de sus ojos, predomina el negro, pero por alguna causa podría decir que también son azules. Y verdes. Y dorados.

Rosi consigue movilizar sus piernas y da media vuelta hacia la puerta para salir de allí. La mujer de melena negra y pantalones de licra negra ajustados como una piel, la agarra del cabello y tira de ella. Sus dedos rozan el pomo de la puerta y con tristeza se siente llevar hacia ese universo de dolor y cosas que no existen. No quiere estar con Abel, no quiere su cuerpo lleno de cosas metálicas.

No ha podido ver llegar el golpe, tenía los ojos cerrados. La mujer le ha dado con el revés de la mano en la boca. No oía sus propios gritos y ahora sus labios parecen latir y traga sangre como un jarabe de óxido hecho de latas viejas.

La sangre de su boca se escurre por la barbilla y un reguero baja por entre su escote.

-Puta primate… Si vuelves a gritar te cortaré las cuerdas vocales y no morirás por ello.

Con un bisturí corta los botones de la blusa y deja al descubierto el sujetador; lo corta de un tajo rápido entre los pechos y deja una fina herida en la piel de la enfermera.

-El bebé tiene hambre -dice el hombre que se acerca a ella con el niño en el brazo derecho. La mujer le sujeta los brazos desde su espalda.

El antebrazo derecho del hombre está adornado con una escarificación que nunca sana, que siempre desprende un icor que mantiene los tres “6” siempre húmedos. Pulsan como una herida llena de pus. Cuando acerca su rostro al suyo, siente una arcada de nuevo ante el insoportable hedor de su aliento. Cuando mete su lengua áspera e hiriente en su boca, cree que va a desvanecerse y su sexo se inunda de flujo. Con todo la repugnancia del mundo, desea ser penetrada.

-Métemela hasta dentro -susurra Rosi pensando que si la zorra morena no le inmovilizara los brazos, se clavaría sus propios dedos en su inundada vagina.

666 acerca el niño no muerto a los pechos de la enfermera y su corrupta boca hace presa en uno de sus pezones. Los pequeños incisivos amarillentos y rotos rasgan la piel y en los ojos de Rosi se ilumina la alarma de dolor. 666 masajea la vagina y las lágrimas parecen ahora bajar de su sexo.

La Dama Oscura ha dejado sus brazos libres para que sujete al bebé.

-Tú eres comida y piel, Rosi. Tú eres algo que odio. Me molesta que respires. No es personal, me ocurre con todas las criatura hablantes de ese puto dios creador de vida imbécil.

En el cerebro de Rosi hay un placer y un horror. El dolor es común a ambos. No sabía que eso pudiera sera así.

El dolor de su pezón desgarrado no tiene importancia alguna. Lo que importa es dar toda la sangre al pequeño no muerto.

Se siente madre, siente que ha de dar su vida por el pequeño y repugnante monstruo que jadea como un animal al sorberla.

La Dama Oscura se arrodilla ante 666 y bajando la cremallera del pantalón saca su pene para llevárselo a los labios. Él apresa su nuca con una mano, con la otra retira el prepucio para descubrir el glande que ahora ella acaricia con los dientes.

-Es nuestro pequeño, mi Dama Oscura. La vida se abre paso, los primates encuentran alimento tanto en la leche como en la sangre. Rosi, dale de comer al pequeño y yo te daré de comer a ti como a ella. Será el premio a tu instinto maternal. Tal vez luego abra tu vientre y te llene de pequeñas manitas de cadáveres que se guardan en este hermoso y fresco lugar.

Rosi no puede hablar, sólo sentir el terror que se esconde en cada una de las palabras. Lo que más la asusta es el odio que se le pega a la piel y le hace un velo casi negro en los ojos que todo oscurece.

Se abre la puerta.

-¡Abel! ¿Ha llegado Rosi con un bebé? Necesito ya el acta de defunción para que la firmen sus padres.

-Abel está muerto, doctor Pérez. Si acerca su oído a la pared aún podrá escuchar sus gritos de dolor. La agonía de un ser vivo queda enterrada en cada poro molecular de todas las materias. Sólo hay que prestar atención -dice ya con el puñal en su mano.

La Dama Oscura se ha sacado el pene de la boca y manteniéndolo como un micro en sus labios, observa la escena con sus enormes ojos oscuros entrecerrados.

Pérez se ha quedado mudo y se encuentra con la mirada de Rosi. Ésta le pide ayuda con la mirada, con más potencia que si lo hiciera con alaridos.

-No hay acta alguna, el pequeño Pablo está vivo, mucho más vivo que tú -666 de un salto se ha plantado frente a Pérez y le ha rajado la pared intestinal con el puñal.

El médico intenta sujetar sus intestinos, pero se le derraman entre los dedos como la arena seca del desierto.

666 se acerca a su cara moribunda.

-Has muerto tú antes que un bebé muerto. ¿No es increíble lo que puedo hacer?

Acto seguido, 666 le palmea las nalgas con fuerza con lo que a Pérez se le escapan las tripas que caen al suelo con un ruido húmedo, un chapoteo obsceno.

-¿Te gusta que te hagan esto? ¿No quieres llorar?

Perez ha caído al suelo, sobre sus propias vísceras. 666 clava el puñal en la nuca. El médico queda inmóvil como un muñeco sin pilas.

El pecho de Rosi es un óleo rojo y el bebé no deja de gruñir y mamar la sangre, su manita derecha se aferra al pezón, sus finas uñas se han hundido muy dentro de la mama. Rosi siente vaciarse de sangre y ya nada importa. Tal vez cuando muera, dejará de beberla.

Y el bebé mama su vida con una letanía incansable y monótona:

-Soy el hijo atroz de la humanidad. Soy lo que nunca debería haber nacido.

Lentamente cierra sus ojos muriendo al fin, dejando caer al bebé que se golpea contra un taburete de acero hundiendo su cráneo. Sus pequeños pulmones lanzan alaridos de dolor. La Dama Oscura se pone en pie y lo coge por un pie, elevándolo hasta que puede mirar directamente a sus ojos negros y muertos.

-¿Te duele mucho Pablito? Necesitas un buen sueño. Necesitas morir de verdad. Es una mala vida esta.

666 se acerca al bebé pisando el pecho de Rosi y escondiendo el puñal, clavándolo entre sus omoplatos.

Acaricia el cráneo hundido del bebé y cesa el llanto.

-Soy papá, mi pequeño. Ahora vamos a pasear un poco. Tienes que ver el lugar donde hubieras crecido, o al menos una pequeña parte, no tienes mucho tiempo de vida. Tus padres tienen que saber que no estás muerto. Y por ellos, muchos primates sabrán que nacen niños muertos que comen sangre y carne. Niños… Muertos como el futuro de la humanidad. No te amo, no te deseo, pequeño mono. ¿Recuerdas cómo mamá lloró cuando toqué su vientre en aquel ascensor del consultorio? Y tú moriste en ese momento, sólo faltaban unas horas para que nacieras. Su ombligo se tornó negro como carne podrida. Y mi maldad entró quemando toda vida y humanidad por ese cordón umbilical.

Sus dedos tiemblan por no hundirse en los ojos del niño, necesita todo el control para no aplastar los ojos que él mismo creó.

La Dama Oscura desabrocha su pantalón, está observando con excitación ese momento de peligro en el que el ser que más ama podría poner de manifiesto la pasión de su maldad infinita. Y se acaricia el vértice superior de su vagina, masajeando el clítoris suavemente. Conteniendo un placer que apenas puede frenar en sus labios.

666 no aplasta sus ojos, pero le arranca de un bocado los dedos índice y corazón de la manita derecha para luego escupirlos en la cara de la enfermera. No mana sangre de los muñones del pequeño; pero sus gritos de dolor son tan potentes que sus pequeñas cuerdas vocales se hieren y lanza pequeñas gotas de sangre.

666 coge una bata blanca de un armario de acero y le da otra a la Dama Oscura. Ella se ha prendido la identificación de la enfermera sin preocuparse en limpiarla de sangre. 666 no se ha colocado identificación alguna, simplemente se ha encendido un enorme Partagás.

Ambos salen besándose los labios con el bebé y su mantita azul cubriendo su cuerpo y ahogando un poco sus gritos.

Caminando por el largo pasillo dirección al ascensor, las paredes parecen doblarse para mantenerse a más distancia del mal.

-¿Vamos a ver a Lucinda y a Pedro? -son los padres de Pablo -Tú consuelas a la madre y yo al padre -el ascensor cierra sus puertas cuando han entrado y la Dama Oscura pulsa el botón del octavo piso.

En la sexta planta el ascensor se detiene e intenta entrar un enfermero empujando una silla de ruedas con una embarazada pálida y de ojos lagrimosos.

666 lanza una fuerte patada a la barriga de la mujer y lanza la silla, al enfermero y la embarazada contra la pared. Se cierra la puerta y el ascensor sigue subiendo ya hasta la planta de ingresos.

Conoce donde se encuentra la habitación de los padres de la misma forma que conoce donde se encuentra cada humano del planeta. A veces cree que le duele la cabeza  por un exceso de datos.

La Dama Oscura ostenta un resquicio de tristeza en su mirada observando los brazos amoratados e inquietos que asoman entre la manta que 666 lleva en brazos. A veces tiene breves abcesos de humanidad y 666 los siente como un dolor. No quiere que su Dama Oscura sienta ningún tipo de pena. Es el único ser al que protege de todo, incluso de sí mismo. Y él teme que un día no la pueda proteger de si mismo.

La abraza.

-Mi Dama, ésto no es vida, esto no se parece en nada a lo que podría un día crecer. Ni siquiera tendría la opción de ser más que un engendro del infierno. Ni bueno ni malo. No podría nunca elegir ni siquiera un pensamiento. Es nuestra bestia, una creación que solo cabe en nuestro infierno y sirve de condenación a los primates. Olvida que un día fuiste humana. Olvida que un día fuiste inferior.

666 la abraza y caminan juntos rumbo a otra masacre, a otra cosa que debe hacerse.

Viéndolos sin prestar demasiada atención, podría parecer un matrimonio con su hijo recién nacido en brazos. Sólo que la Dama Oscura es demasiado voluptuosa, no aparenta cansancio y el médico a pesar de la bata blanca, provoca desconfianza.

Tampoco puede ocultarse un fuerte olor a podredumbre a medida que avanzan y que provoca un escalofrío en la piel de la gente con la que se cruzan.

Cuando llegan a la habitación 869, Lucinda se encuentra bajo los efectos de la anestesia y Pedro dormita. Hay una atmósfera de tristeza y dolor densa como el gas iperita.

En las habitaciones donde se duerme con la muerte, huele especialmente mal.

666 aspira ese aroma con delectación, relamiéndose con una ostentosa sonrisa que hace el dolor más extremo aún. Que convierte en una absoluta burla la vida.

-Sobre esta roca edificaré mi iglesia, Pedro. Eso dijo ese Dios maricón. No me gustan los monos llamados Pedro, son especialmente santurrones. Especialmente becerros. Vengo a mostrarte a tu hijo, aún que está no muerto.

Pedro dirige la mirada a 666, es pleno mediodía pero las persianas están bajadas y se encuentran en la penumbra que crean las rendijas. En sus brazos, aquel hombre enorme y por alguna razón inabarcable por la mirada, le ha dejado un cuerpo animado que gruñe como una especie de alimaña moribunda. Sus manitas salen de la mantita reconociendo al padre y arañan dolorosamente sus labios. El hombre descubre su rostro y lanza un grito de horror; pero entre los ojos violáceos, los dientes amarillos y la negra sangre que mana de la herida de su cabeza consigue encontrar en él un vínculo de sangre. Es algo instintivo. Besa su rostro helado y siente sin asco el hedor de lo podrido.

La Dama Oscura le arranca de los brazos a Pablo. 666 le obliga a volver a sentarse y con el puñal hace un profundo corte en la ingle.

-Yo te vacío, Pedro. Vais a ser el horror inexplicable en un día vulgar. No hay razón alguna para ello. Y tampoco encuentro razón alguna para que hubiérais tenido una vida normal como padres con vuestro pequeño Pablo.

Pedro se deja matar cansado, asqueado, apenado, no le apetece vivir, aunque tampoco pone especial interés en morir. Su cara es una máscara que refleja nada.

-Lucinda, es tu hijo -la Dama Oscura le ha colocado desnudo al pequeño Pablo en el pecho. Lucinda despierta ante el inhumano helor de aquel cuerpo.

-¡Mamá, mamá! Dame calor con tu piel, tu hijo está frío. Tu hijo está muerto.

-Es mi Pablo -pronuncia la madre con una profunda debilidad, ebria de anestesia, cansancio y dolor.

-Ámalo ahora, os queda poco tiempo -musita en su oído la Dama Oscura, con un tono tan bajo que incluso la no respiración de Pablo dificulta el sonido que sale de sus labios.

666 ha escuchado casi con pena las palabras de la Dama Oscura, su escasa preocupación por su estado de ánimo se esfuma cuando con la fina daga que esconde en la parte interna de sus muslos, hiere los dos pulmones de Lucinda. La Dama Oscura es ahora pura maldad.

Pedro lanza un grueso chorro de sangre por su entrepierna, está muriendo a una gran velocidad. A medida que se siente más débil, gime con más fuerza. Lucinda aspira aire y expulsa sangre por labios y nariz.

Morirán ambos al tiempo, 666 es perfecto. Es la perfección maldita, como existe la perfección divina.

666 arranca del pecho de Lucinda al bebé no muerto.

El bebé gime.

-Creo en ti Padre Malvado, Rey de la No Vida, de la Inexistencia y de lo Profano e Inhumano. No me mates, no me dejes aquí. Dame vida, dame dolor. No dejes que mis ojos se cierren. Quiero vivir.

-¡Calla, mierdecilla! -dice con un siseo sobrecogedor 666.

Coloca el cuerpo de Pablo de espaldas contra la puerta, en el bolsillo superior de la bata, hay cuatro lápices. Usa uno para atravesar el pequeño pie derecho y clavarlo a la puerta.

El grito provoca el grito de sus no padres. Con el otro pie hace lo mismo.

Ahora el bebé golpea con su destrozada cabeza contra la puerta lanzando alaridos de dolor y miedo.

Con dos bolígrafos inmoviliza sus manos clavándolas también. Es un Cristo invertido.

Hunde su puñal bajo el esternón y corta hasta el ombligo. Las vísceras se desprenden para quedar colgadas ocultando el rostro del pequeño Pablo que aún grita. Practica ahora dos cortes uno del ombligo hacia las costillas derechas y otro hacia las izquierdas.

Abre ambos trozos de carne y da unos pasos atrás para observar su obra. Pedro y Lucinda exhalan sus últimos suspiros con las pupilas dilatadas reflejando a su hijo destrozado y maldito que aún pide la vida a su padre verdadero.

La Dama Oscura se coloca a la espalda de 666 y le abraza el pecho hundiendo sus manos bajo la camisa, acariciando sus pectorales que parecen abrasar sus manos por el calor del mismísimo infierno. Se moja y 666 sonríe ante la humedad del coño que tiene a su espalda.

La carne que cubría el pequeño pecho de Pablo forma ahora dos alas ensangrentadas, que parecen pender rotas. Un ángel del infierno en la tierra. Un ángel descuartizado.

La Dama Oscura hace un par de fotografías con el teléfono móvil.

-Lo subiré a Facebook en cuanto lleguemos a nuestra húmeda y oscura cueva.

666 sonríe. Lanza una poderosa carcajada que congestiona de horror los rostros de Lucinda y Pedro.

Así mueren, con el rostro distorsionado por la maldad pura.

-¿Crees que entenderán tu obra, mi Dios?

-No han de entender nada, mi Dama Oscura. Sólo han de temer. Sólo han de sentirse inútiles e incapaces de evitar el dolor y la tragedia. Cuanto más teman y menos entiendan, más sufrirán.

Ni matándolos a millones entenderían que ni a nuestros hijos, si los tuviéramos, amamos y que el acto de morir bajo nuestra voluntad es el premio a una vida que un Dios melífluo y homosexual dictó. Sólo nos debemos a nuestros placeres y a nuestros instintos. No entenderían que ellos son la parte tarada de una creación y nuestro alimento espiritual. Es demasiado complicado.

Ambos salen de la habitación, 666 ha metido los dedos entre los glúteos de la Dama Oscura y ésta siente su vagina inundarse.

Tal vez 666 no pueda ver la lágrima que se desliza rauda por el rostro de la Oscura, está encendiéndose otro Partagás número dos millones.

Siempre sangriento: 666

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666 La verdad de la Virgen María

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
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¿Qué ideas se le ocurrieron al bueno de San José ante el embarazo de su virgen esposa? ¿Por qué era virgen si estaba casada con un carpintero capaz de tallar sus fantasías sexuales más duras y grandes? Incluso a la medida; madera no faltaba en aquellos tiempos.

Desde luego, Dios tiene cojones, es un cerdo. Seguro que en aquel pueblucho de mierda vivirían mujeres solteras, niñas, viejas… Pero no, para dar por culo y joder, va Dios y se tira a una casada con penefobia (es mi única forma de entender la virginidad en una casada). Y la única forma de entender que José era un tarado sin valor ni dignidad. Porque si esa idiota reprimida hubiera sido mi mujer, le habría rasgado el coño en la primera cita y en la noche de bodas le peto el culo. Después le hubiera pegado tal paliza que me hubiera chupado la polla todas las mañanas al despertar hasta su muerte.

María no era para tanto, una mujer bajita regordeta y con unas tetas ridículas. Sucia y guarra como lo eran todas en aquella época. Se olían desde kilómetros sus coños sucios de menstruaciones añejas. El guasón de Dios la eligió por ese profundo asco que sentía por los penes, por ello es que fue elegida para dar a luz al Crucificado. Supe que algo tramaba por Belén el bueno de Dios porque, habían demasiados ángeles rondando por aquella aldea miserable, sucia y polvorienta. Así que me trasladé allí una temporada, devoré al coyote morador de una pequeña cueva situada en campo abierto un par de kilómetros colina abajo de Belén. Mis esclavas sexuales eran vecinas de aquella comarca, las que se movían hacia el riachuelo a lavar las ropas, a la fuente a recoger agua, las que acarreaban alimentos o leña por las sendas recalentadas por el sol. En tres semanas, violé y maté a más de treinta mujeres de las más variadas edades. También destripé a un par de legionarios romanos despistados y me quedé con aquellas bellas espadas. A uno lo mantuve consciente mientras a su amigo le arrancaba tiras de piel de los muslos y los pectorales. Cuando me cansé de jugar con aquellos primates recios y duros, les hice un pequeño corte en el cuello y me quedé sentado frente a ellos viendo como se iban apagando a medida que se vaciaban de sangre. Los cadáveres se apilaban en la zona más profunda de aquella madriguera creando un hedor que subía con el viento hasta la aldea. Seguramente desde entonces se identifica mi presencia con un olor a podredumbre, cosa que me place. La muerte de todos aquellos primates cuyos cadáveres se acumulaban en la cueva, fue achacada a un negro que deambulaba por la zona realizando pequeños trabajos en casas y campos. Lo lapidaron hasta morir y los machos del pueblo colgaron sus cojones en una estaca clavada en el suelo a la entrada del pueblo. Yo le acerté dos veces: en la cabeza y en la boca, además, sujeté una de sus piernas mientras le arrancaban los huevos con un cuchillo mal afilado. La madre de una niña de doce años a la que se la metí por todos los agujeros antes de decapitarla, le pegaba en la cara con el juguete de su hija, una especie de muñeca de paja. Todo un drama… Pero no siento piedad alguna por ningún primate, me dan asco.

Dios poseyó a un pastor de cabras de enorme rabo para tirarse a María y lo intuí cuando pasaba unos metros colina arriba; se dirigía a Belén. No me van las viejas pero; cuando se trata de hacer daño no hago ascos a nada; además, en aquellos tiempos y en esa región no había mucho donde elegir. En aquellos momentos estaba arrancando los dientes que le quedaban con unas tenazas, a la abuela de la pequeña primate que maté, quería meterle la polla en la boca y ahogarla. Pero le dejé caer una gigantesca piedra en la cara y dejé el cadáver al sol para que se pudriera; momentos después seguía los pasos del joven pastor.

Seguí al pastor hasta que se metió en la casita de barro del matrimonio carpintero, sin llamar, sin expresión. Sin mediar palabra alguna y ante un ángel del 6º Coro Celestial, el follador divino cogió por la cintura a María la guarra y la subió encima de la mesa. Levantó sus faldas y le arrancó el pañal que cubría su coño. María intentó gritar, pero el ángel susurró algo en su oído, y ella abrió sus piernas. Yo miraba la escena desde el ventanuco que daba al camino principal, justo al lado de la puerta de entrada y sentí el olor repugnante de su coño. El alado abrió su vestido y desnudó sus tetas, empezó a manosearlas con ritmo y fuerza en aquel pleno mediodía caluroso y casi primaveral de marzo. A medida que sus pezones se erizaban y se ponían duros, comenzó a emitir jadeos, a gemir como una perra. Siguiendo las Divinas Instrucciones, aquel pastor abrió la maloliente vulva sucia aún de menstruación y seca como un tasajo; se agachó y su lengua empezó a acariciar los labios, a humedecer aquel agujero cerrado en su coño. El ángel me miró directamente a los ojos, sin sorpresa, pero interrogante. Yo asentí, conforme a que no interferiría en ese asunto. El ángel presionó más los pechos de María y sus pezones parecían querer salir disparados de la presión de sangre que acumulaban, la carne fofa de las tetas se desparramaba por los perfectos dedos de aquel ser que comenzó a cantar un potente aria en loor a su Dios. Yo sé que si el querubín hubiera tenido pene, se lo hubiera metido en la boca a esa tarada mujer. Le doy gracias al maricón creador porque me hizo imperfecto y con pene. El coño de la María ya lucía brillante y húmedo por las babas del pastor y sus propios humores de excitación. Y el pastor la penetró de forma rotunda, sin más preámbulos. A María se le quedaron los ojos en blanco cuando sintió la polla en su piojoso coño y dio comienzo una letanía de gran dulzura:

– ¡Perro, cabrón, hijoputa, impotente, cerdo…!- le decía cariñosa al pastor.

Y aún tuvo suerte la virgen, porque en aquellos tiempos los primates follaban como animales, los machos se corrían en las hembras, se subían los pañales y volvían al trabajo dejándolas a ellas con el coño irritado y empastado en semen y porquería. María disfrutó como una guarra. Se notaba. Los que pasaban frente a la casa e intentaban acercarse, se apartaban alarmados cuando los miraba con mis ojos preñados de un sadismo inusitado. Yo les sonreía y los primates se marchaban acelerando el paso.

¿Y José? Como sabía que no la matarían, y eso me aburre; di la vuelta a la casa hasta llegar a la pared trasera, la zona del patio y donde el carpintero tenía montado el taller. Y allí estaba él, sentado en un tosco taburete de 3 patas, se sujetaba los cabellos desesperado escuchando las delicadezas que su mujer profería en la sala principal de la choza. Pensando en lo puta que era su santa… Salté el muro de adobe y me coloqué frente a él, bajo el techo sombreador de cañizo.

– ¿Se están tirando a tu mujer y no haces nada?

– Es Dios quien lo ordena.

– Si entras con la gubia y matas al pastor que se la está metiendo y a la puta de tu mujer; sujetaré al ángel y después lo decapitaré. Enviaremos su hermosa cabeza a Dios y podrás buscarte otra guarra para que te haga la comida, una que quiera dejarse follar.

– Dios me mataría y me enviaría al infierno.

– Te estás masturbando todos los días como un poseso, la zorra no te quiere. En el infierno, conmigo, estarías mejor- le mentí.

Pero no respondió, asió la garlopa y comenzó a arrancar virutas de un tarugo de madera que estaba sujeto en el banco. Los gritos y gemidos de placer y locura de la puta se oían claramente:

– ¡Así, perro! Métemela tanto que me salga por la boca, hijo puta, métela hasta el fondo para que Dios vea como su buena María es capaz de tragar toda esa polla. Revienta mi chocho.

El ángel elevó un agudo falsete que hizo vibrar el barro de las paredes, penetrante como un tumor en el cerebro. Dejé solo al miserable de José y volví por donde había venido para volver a admirar el milagro de la fecundación divina. El ángel aún seguía clavando sus dedos en las deformes tetas de María y sus uñas herían la lechosa piel y de entre sus uñas salía la sangre. Los pezones erizados se habían amoratado con la sangre que presionaba contra el tejido sin poder retornar. Estaban tan sensibles que podían sentir hasta el aleteo de una mosca. El pastor la penetraba sin contemplaciones, sus testículos, hinchados como los de un animal, gordos y pesados de leche golpeaban contra las nalgas de la virgen. El pubis de vello moreno y pegajoso de María se deformaba por la penetración de aquel enorme tronco de carne que bombeaba dentro y fuera continuamente; la sangre de su himen se deslizaba perezosa por su ano hasta formar un charco en la mesa. Sus ojos estaban en blanco, extasiados. ¡Qué puta…!

El placer de aquella primate me excitó, saqué mi pene de los calzones y del glande amoratado pendían hebras de fluido lubricante que hacían suave y placentero el roce de mi puño áspero. Mi puño se metía hasta el vientre pegando fuertes golpes hacia atrás, casi desgarrando el meato por la presión, en unos segundos me corrí y me santigüé con la mano llena de semen derramándolo por encima de mis ropas. El eunuco querubín me miraba fijamente y cerró los ojos mirando al cielo y extendiendo sus monstruosas y enormes alas blancas. Yo me reí potente como Dios y todos los animales callaron en aquella maldita aldea.

María no podía aguantar más y comenzó a jadear como una cerda pariendo, se corría con un agudo grito en «i» mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar, mientras gritaba:

– ¡Dame tu puta leche, hijo puta, tarado! ¡Ahógame, cabrón!

El ángel pellizcaba con más fuerza los pezones a la vez que tiraba de ellos hacia arriba, yo susurraba:

– ¡Arráncaselos! ¡Arráncaselos y que mame sangre el futuro nazareno!

El ángel me miraba fijamente luchando contra mis órdenes cuando el animal del pastor contrajo sus nalgas con el orgasmo, por el chocho ensangrentado de María manaba una leche mezclada con sangre pero; la tragó casi toda. Al pastor se le salió el pene con la excitación y por su glande enrojecido escupió gotas de semen que volaron hasta el vientre aún contraído de María, hasta sus pechos, manchando los dedos del ángel. La puta quedó desmayada, el pastor aturdido aún, se subió los calzones y salió de la choza sin decir nada; me lanzó una mirada avergonzado emprendiendo el camino de vuelta hacia donde quiera que hubiese venido. El eunuco alado no se marchó de la casa hasta haber limpiado el cuerpo de María y curado el coño reventado, lo masajeó con un aceite que sacó de su túnica. Ella abrió las piernas entre suspiros. Volví a la parte trasera de la casa para observar a José, trabajaba frenéticamente en una extraña silla. Salí del pueblo ya satisfecho, dispuesto a dirigirme a mi reino, a mi oscura y fresca cueva, a mi trono de piedra; echaba de menos los aullidos de mis condenados. Me desvié hacia la fuente para beber agua y allí se encontraba el primate follador, mojando su cuerpo, refrescándose tras la gran follada. Me daba asco aquel mono con ese rabo tan enorme, de repente sentí un odio infinito hacia aquel ser.

– Que Yaveh sea contigo. – le saludé.

– Amén. – respondió.

Cogí una piedra, le asesté un fuerte golpe en la mandíbula y lo abatí. Me puse a horcajadas sobre su pecho y deshice sus ojos aterrados con fuertes golpes. A pesar de que no se movía ya, seguí golpeando su cabeza hasta que sólo quedó la quijada inferior pegada a su cuello. Los sesos y huesos se mezclaron con la sangre y el polvo formando una masa que atrajo a todas las putas moscas de aquel repugnante y árido lugar. Corté su enorme pene y lo introduje en el agujero del caño de piedra de la fuente, quedó precioso. Se hizo muy popular aquella fuente entre las mujeres de la comarca. Bebí el agua que se escurría por aquella polla muerta sin ningún tipo de reparo.

Unas semanas más tarde hice una visita a los carpinteros de Belén; José había inventado la mecedora y se encontraba en ella fumando un canuto de hojas secas que le provocaba una risa lagrimosa. María cosía unos calzones descoloridos y sus labios se movían continuamente susurrando una letanía mecánica, monótona y cadenciosa. Guardaba unos momentos de silencio, acariciaba su coño metiendo la mano profundamente entre las piernas y volvía a rezar de nuevo.

Ahora todos podéis entender el porque de ese deseo esquizofrénico de Jesús por ser crucificado, pobre hombre, nació en un hogar de tarados; lo que me extraña es que no se cortara antes las venas. Dios creó para él un hogar podrido e insano, abocó a su espiritual hijo a la insania y a la locura.

Dios es un ser malo, creedme. A veces es peor que yo con sus mierdas de designios inescrutables. Ya os contaré más historias verdaderas en otro momento. Siempre sangriento: 666

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666 Insensible

Publicado: 19 abril, 2011 en Terror
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¿Sabéis lo que tiene realmente mérito?

Caminar por en medio de la manada sin sentirse especialmente asqueado. Conservar el buen humor a pesar de la imbecilidad reinante.

No es fácil, requiere mucho auto-control y sentirse completamente desligado del dolor. Como el matarife que se pasa el día matando vacas y cerdos. Dijéramos que es algo cotidiano como el bocadillo de tortilla de los obreros.

No se puede ejercer bien el mal si aflora un solo sentimiento de lástima o misericordia. Dejando de lado todo eso de los escrúpulos, no existe ni una sola razón por la que deba perdonar el dolor y la ruindad que le voy a provocar a mi víctima. Estar vivo es de por sí un deporte de riesgo y en esta mierda de civilización, en la que el todoimbécilpoderosoDiosdemierda ha dejado al hombre a sus anchas y como cima de la cadena alimenticia; alguien tiene que ejercer de predador, porque hay mucho humano.

Pero no tengo prisa, soy caprichoso y me gusta centrarme de vez en cuando en un individuo. Me gusta que la gente que está cerca de él se maraville ante la mala suerte y el dolor que tiene que soportar porque a mí me da la gana. Así que mientras un cáncer le pudre el hígado, una diabetes le obliga a pincharse insulina enterrando a su hijo muerto en accidente de moto.

Y su dolor sólo cesará cuando muera. Cuando llegue a casa, seguramente le habré preparado una embolia que lo postrará en un hospital durante tres semanas.

Y lo bueno de esto, es que el dios al que rezan, ese cabrón hipócrita, lo sabe y no les hace ni puto caso. Está muy ocupado sodomizando a sus bellos arcángeles, el muy proxeneta.

Soy portador de todas las enfermedades y no me importa contagiar el sida a la ilusionada mujercita que va a la discoteca hortera de turno o al maricón más sensible del planeta.

Los jodo a todos por igual. Sólo me interesa que haya mucho dolor y pena. Porque cuanto más hay, la peña se torna más hipócrita; se hace más cobarde al ver el mal cebarse en el prójimo. Lo tienen bien aprendido eso de cuando las barbas se pelan y toda esa mierda de saber popular.

Y cuando todo el rebaño comienza a rebuznar y berrear, es porque me presienten sin saberlo. Entonces se crean maratones de beneficencia en los medios de comunicación y pueden hacer su buena acción del lustro dando una mierda de dinero que se quedarán los que participan en las ONGs para tener alojamiento gratis durante un mes en el país que eligen como destino turístico.

Es entonces cuando comienza la verdadera diversión, cuando me lo paso bien. Cuando estallan guerras que suman muertos, hambre y huérfanos. Y nunca llega el dinero.

Es entonces cuando los que recogen el dinero piensan que como no va a servir para nada, lo cambian por cocaína.

Pero en el fondo de mi podrido corazón hay el deseo de hacer una humanidad mejor matando la mala hierba, lo que no sirve.

Y tenéis que ver mi mérito en ello, ahora nacen niños que no deberían nacer naturalmente, bien por tara de los padres o porque simplemente esos padres no sirven para reproducirse, su mensaje genético podría ser defectuoso. A pesar de ello, los médicos consiguen dejar preñada a la mujer.

Yo mataré a su hijo que tanto le ha costado parir tras unos años.

Alguien debe frenar esto. Paliar la gangrena genética del humano.

Perdonad que haya filosofado más de lo habitual. Simplemente era una forma de comunicar que mis deseos de seguir realizando mi trabajo siguen en pleno apogeo y que el puto dios que está en el jodido cielo no hará nada por ayudar a mis víctimas. Principalmente porque tengo amenazado de muerte a su querido Gabriel.

Para que veáis que dios es un cobarde.

Y parte de esta sensibilidad con la que me he comunicado con vosotros, nace directamente de mis cojones. De la cálida mano de mi Dama Oscura.

Ella mantiene mi falo erecto y pegado al pubis mientras lame mis huevos, los aspira; los chupa como gominolas.

Le he metido el dedo pulgar del pie en el coño y se mece con él dentro, sentada en él.

El hijo del diabético que antes os he puesto como ejemplo está frente a nos, encadenado; tal vez no sabe que está muerto, tampoco sabe que espera a que me haya corrido para ordenar el lugar donde deben encerrarlo mis crueles.

La columna vertebral ha roto la carne y la piel que la cubre un trozo irregular de hueso asoma por su espalda. No le duele aún.

Mi Dama… siento el dedo empapado en su coño, y los cojones arrugados de tanta saliva. Enredo mi puño en su melena de ébano y la encaro a mi polla. Abre la boca mirándome con deseo y yo no me preocupo en metérsela con cuidado.

Ahora ya sí, la leche ha salido y con ella, parte de mi odio. No sé como mi Dama Oscura puede conservar la calma y no matar al mundo entero tras beberse todo este semen cargado de odio y podredumbre.

— Puta… — Le susurro mientras me lame los restos que han bajado a lo largo del bálano.

En silencio queda quieta de repente, pasmada y tiesa; sigue con mi dedo metido en el coño, tiembla, cierra los ojos, se lleva la mano a la vagina cubriéndosela y deja escapar un prolongado suspiro.

Cuando se corre así, me la volvería a tirar.

— Llevad al hijo de ese desgraciado al sub-infierno de los apocados y fracasados, y cuando venga su padre, que no tardará, lo metéis con él. Y que se abracen en ese infierno triste toda la eternidad. Esta es mi orden, mis crueles.

Los crueles han salido de las sombras, veloces y casi invisibles lo han arrancado del suelo, y como llevado por el viento desaparece entre la negrura de mi oscura y húmeda cueva. Grita, grita como todos los condenados cuando saben que la esperanza ha acabado.

No tendré piedad, ni aunque me hagáis una paja con los párpados.

Ya os contaré alguna otra anécdota otro día.

Siempre sangriento: 666

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