Archivos de la categoría ‘fotografía’

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Así pienso, en principio mi razón era triangular y regular, prácticamente como ese dios cabrón, también triangular y con un ojo que no le sirve ni para limpiarse el culo.
Con el tiempo mi pensamiento fue taladrado, a punto de derribo.
Lo reforcé con palos y limpié las juntas de pringosa humanidad.
Ahora luzco profundo e interesante. Desesperadamente intrincado.
Mi madre me parió y yo solito me perfeccioné.
Soy la razón indescifrable.
Un dios con un buen colorido.

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Es curioso… Sales a pasear y de repente te das cuenta que estás lejos de casa, muy lejos.
Lejos de todo.
El tiempo y la distancia fluyen llevándote de una forma natural hacia algún lugar lejano.
Solo es una apreciación falsa, porque no hay destino. Lo cierto es que lo tuyo no es el cobijo o el hogar, lo tuyo es el camino.
Y cuando el camino se acabe estarás muerto.
No se necesita un hogar para morir.
Y aceleras el paso, porque no hay tiempo que perder para ir a la nada.

 

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No sé bien qué hago aquí, ante el mal presagio que las vacas presienten.
El prado está vacío de ellas, temen que la niebla contenga muerte.
¿Es la muerte la que provoca un frío intenso que hace insensibles los dedos de los pies, que se mueven dentro del calzado intentando en vano calentar la sangre?
Esperaré a ver que pasa, esperaré la magia, cualquiera.
Por letal que sea.
El frío subirá al corazón…
La muerte y sus fríos dedos cauterizadores de vida acariciaran mi pecho.
Porque de cobijo ya he tenido suficiente, busco tragedia para frenar toda esa vulgaridad que he vivido año tras año.
Y la niebla arrastra consigo la esperanza de un final digno, de una romántica y gótica muerte.
Sin que nadie se entere, a solas.
Follar con la muerte… Me la pone dura.

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He visto el hielo en las piedras de un viejo muro de más de cuatro siglos.
El sol no alcanzaba a evaporarlo, como si el muro cobijara al hielo y éste enfriara y diera de beber a las secas y viejas piedras cansadas.
Son buenos amigos que se hacen compañía.
Todos esos siglos los han unido.

Debe haber un tiempo secular determinado para que las cosas más extrañas traben amistad entre ellas.
Y entiendo porqué amo y odio con idéntico placer e intensidad y nada me frena.
Con entusiasmo, lo mismo que construyo, destruyo.
Debe ser que soy más viejo que el muro y el planeta me adora por la pureza y la total ausencia de escrúpulos en mis emociones.
He cumplido una edad secular y el planeta adora mis emociones de amor y destrucción.
Al fin y al cabo soy hijo suyo: un producto de este lugar que flota en el cosmos.

Soy fuego y hielo.
Hierba y piedra.
Agua y tierra.
Soy perfecto, equilibrado en maldad y bondad puras.
El universo me quiere, es mi amigo a pesar de mis aberrantes pensamientos.
Tan viejo como él mismo.
Por ello aún vivo.

No tengo reparo en odiar por igual al más rico o al mendigo que más sufre. No prostituyo mi ser por nada ni por nadie.
Soy muro y hielo que avanza hacia una muerte que no pide ni necesita arrepentimiento alguno.

No existe el examen de conciencia en mí. No soy conciencia, soy consecuencia. Soy un acto continuo perfecto.
Cada acto cruel, cada detestable pensamiento, que he ejecutado y hay en mi cerebro, es la perfecta consecuencia del universo.

Podría ser más hermoso; pero nada es perfecto.
Y lo perfecto hastía.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

 

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Ni por asomo estoy relajado, al fin y al cabo soy puro animal con breves momentos de habilidad intelectual para organizar palabras de forma coherente.
A pesar de la afabilidad y la serenidad aparente, estoy imaginando tus ojos entrecerrados cuando acaricio tus muslos tan indecentemente cerca de tu coño.
Y no es malo, eso es lo que me relaja, lo que me da paz: tus muslos temblorosos y el control que ejerzo en ellos.
Mi privilegio.

 

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Todo muere y el árbol es ahora un cadáver en mitad del camino.
Nadie llora la muerte de un árbol, ni la de ningún ser vivo cuando ocurre en la naturaleza. Es cotidiano, lo que debe ser.
Su rito fúnebre será una autopsia devastadora con una sierra mecánica.
Unos metros bosque adentro y se hubiera podrido lentamente, sin que ningún humano supiera de su muerte.
La naturaleza es absolutamente impermeable a la resurrección. Sin drama ni pena.
Somos indiferentes, vivas o mueras.
Una de vida y otra de muerte. Es el equilibrio de la naturaleza y del pensamiento.
«Recuerda que has de morir». Bien, no hay problema; pero ahora tengo hambre.
A lo lejos tañen campanas; no es por la muerte del árbol. Es la una del mediodía.
En libertad somos anónimos cadáveres en potencia.
Me gusta.
Maldito romanticismo letal…

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A veces tengo que tragar saliva y con ella una emoción profunda que me hace daño aquí, en el corazón.
Es una puñalada de la realidad más hermosa.
Cuesta no llorar cuando lo sabes todo, cuando es cobarde creer en divinas justicias y bondades inventadas por pura hipocresía.
Esa ternura, esa muestra de afecto no es humana.
Es excepcional.
No pueden tener un mal final, no es justo.
Es una mierda.
Puta pena…

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Porque en un día gris de próxima tormenta, Lorca ilumina la tierra con un sol oscuro de sangre y mortificantes deseos.
Y caminas esperando encontrar al amargo y al jinete en un recodo de un camino incierto.
La montaña es un buen decorado para leer al poeta.

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Los tres estamos relajados, cada cual a un lado de una alambrada ridícula que podemos saltar cuando queramos.
No importa quien está dentro o quien fuera, es subjetivo.
Importa que nos oímos respirar, que nos observamos sin envidias ni frustraciones.
Importa que mañana nos encontraremos de nuevo. No puede hacer daño un asomo de optimismo.

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No entiendo, no puedo comprender como hay humanos que se sienten desamparados ante los grandes espacios. Como si tuvieran miedo al mismo cielo, a las llanuras y a las montañas.
Siempre he buscado los grandes espacios.
Los humanos llegan para pasar unas horas en libertad; pero después de un tiempo se agobian, deben retornar a sus cuatro paredes, bien cobijados.
Somos muy pocos los solitarios que cierran los ojos ante los grandes espacios y dejan que el frío viento de paz a un pensamiento ardiente.
Cuando me encuentro en espacios abiertos, es un pesar volver a la casa.
Soy muy primitivo, o he vivido demasiado tiempo en las granjas humanas, en las ciudades. Y en contra de lo establecido, en contra de todos esos afectos por el lugar donde siempre se ha vivido, he desarrollado una alergia emocional a los límites.
Mear en la tierra, los labios cortados por el frío, el calor agotador de una caminata…
No, no he nacido en el tiempo adecuado.
Ni en el lugar.