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He decidido, en vista de que el nuevo y normal fascismo del coronavirus parece que va a durar cuarenta franquistas años más, sacrificar mi alma al diablo por un bien para mí mismo.
Y de rebote, desgraciadamente, que os libere a vosotros, ¡oh gandules y decadentes seres!
Soy tan asquerosamente generoso, que mi propia conciencia me insulta.

Siempre asqueado de esta sociedad: Iconoclasta, el hombre.


En estas entrañables fiestas navideñas del Año de los Hijoputas del Fascismo del 2020, deseo que los que intentan robar y controlar mi libertad mueran entre fuertes dolores, vomitando sangre por la boca con las vísceras en descomposición.
A saber quiénes:
Así deseo que mueran reyes, presidentes y ministros; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Así deseo que mueran los altos funcionarios; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Así deseo que mueran los médicos y periodistas que propagan las mentiras que intentan robar mi libertad; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Así deseo que mueran jueces, militares, bofia y serenos de las noches negras, carceleros de la libertad; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Así deseo que mueran vecinos acusadores y confidentes; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Y que a los cobardes se les seque la sangre en las venas.
Mi alma (si la tuviera) será tuya cuando haya muerto todo aquel aquí designado. Solo pretendo ver morir hasta el último mono y sentirme en paz. ¡Oh Mi Negro Señor de Maldad y Muerte!
Mi sangre te pertenece, con ella pacto ante vos, el pago por mis deseos cumplidos.
Que la sangre de los que deben morir en estas entrañables fiestas, forme ríos visibles desde el profundo espacio. ¡Oh Mi Negro Señor de Maldad y Muerte!

Iconoclasta

Manuscrito de Iconoclasta.

Mirad a vuestro Caudillo.
Oíd al tirano amenazar.
Os dice que vosotros sois los culpables y lo pagaréis caro: con más prisión, más penuria y mucha más enfermedad.
El dictador os dice en estas navidades, que sois la verdadera enfermedad.
No está lejos el día en el que ordenará encerrar a los enfermos en campos de concentración, para quemarlos como a judíos de la Alemania Nazi. Con su fiera policía y sus venenosos serenos de la noche empujando a los enfermos a los hornos crematorios. Sin que a los asesinos les tiemble la mano, como gusta de decir la ideología del nuevo y normal fascismo español.
Y es que se acerca la navidad y el fascismo nuevo y normal del gobierno español, se siente obligado a proclamar su poder y así, estar presente en todas las mentes y casas de sus cabestros votantes o ciudadanos españoles (de una España muy profunda y endogámica).
Retóricas y romanticismos aparte, el Caudillo está tan apoltronado en su dictadura y en su creencia de ser el Nuevo Salvador de España, como una garrapata en oreja de perro. Así de bien.

Estrenar un objeto de escritura, aunque sea un simple lápiz, es un acto de renovación y esperanza en el cambio; combate los días mediocres y los hace mágicos.
Y cuando estreno una libreta, es una alegría semejante a estrenar nueva casa en el campo.
Solo quien escribe sobre el papel, padece estas pequeñas y neuróticas alegrías.
Ser un simple no siempre tiene que ser indigno y angustioso. Bueno… no siempre.

Hoy en mi pueblo es día de control veterinario, cribado masivo de rebaño, le llaman. Es normal, vivo en un medio rural eminentemente ganadero.
En principio, al ver todos aquellos animales tan bien formados y separados entre sí, como si fueran reclutas en el ejército, tan callados y con sus bozales perfectamente colocados en el hocico; pensé que sería una exposición de belleza ganadera de tantas que se hacen.
Según me he informado, cuando entra la res (oveja, vaca, cabra o cerdo) en la consulta del veterinario, le meten un palo de medio metro por los agujeros de las napias hasta llegar al cerebro y luego se la meten en la boca hasta las cuerdas vocales mismas. Las cabezas de ganado salían con los ojos llorosos; pero felices. Como esos abducidos por extraterrestres que en los 80 y 90 trotaban hacia sus casas más felices que mierda en bote arrastrando la sonda anal que les habían metido, como una antena de FM.
Luego, cuando los dejaban salir tras el cribado masivo, creaban pequeños rebaños en los cuales cada oveja o cerdo, guardaba una distancia aproximada de cinco o seis metros mientras balaban y gruñían sus experiencias.
Da gusto como ha vuelto la normalidad a mi pueblo después de tantos aplausos y alegrías durante meses.
Y es que si algo es gratis, todas las reses se apuntan; cualquier cosa les va bien e incluso la exigen si es muy, muy barata o gratis.

Voy a llevar a cabo un ejercicio de ingenuidad y por unos segundos no voy a creer que semejante noticia es propaganda del fascismo del coronavirus.
Voy:
Ser o hablar inglés no es síntoma de ser menos cobarde que la media y estar sometido, por tanto, a la histeria propia de todo nenaza o gallina.
Si a ello añadimos que la formación académica de los actuales investigadores es tan baja como la de sus colegas, los actuales médicos que, debido a sus pobres conocimientos son incapaces de dar un diagnóstico (ni siquiera ponderarlo como posibilidad) si no es porque una máquina de imagen o de análisis se lo diga; tenemos que pueden sufrir alucinaciones derivadas de su propio miedo y la ignorancia con la que se han formado y obtenido su título académico en una tómbola de gitanos.
(Menos mal que un siglo atrás los médicos eran profesionales con una buena formación; porque sin las máquinas que hay hoy día, y los médicos de hoy en aquellos tiempos, la especie humana se hubiera extinguido.)
Lo que ha ocurrido con este hallazgo del coronavirus veloz, es que uno de estos investigadores de titulación fácil asistió a una carrera de galgos y los confundió con el Coronavirus Supersónicus Marvel (impulsado por un cohete ACME). Como ya he apuntado, debido a la histeria que la cobardía provoca, a una notable ignorancia y cómo no; a un gramito de farlopa esnifada con delectación.
A su vez, el ministro inglés también con la nariz empolvada en blanco y un pañal para la incontinencia, dio crédito a la alucinación de su excesivamente bien pagado investigador y anunció el descubrimiento de una variante Marvel de la covid 19, con el superpoder de la velocidad.
Una vez explicado el supuesto descubrimiento, vuelvo a la normalidad y a desarrollar a plena potencia mi inteligencia superior: es otra mierda de mentira del fascismo del coronavirus para asustar a toda esa infancia europea que tiene los genitales ya muy poblados de vello desde hace muchos años.

Escribir además de lo obvio, también sirve para incentivar envidia y frustración en aquellos seres que no aciertan a expresar su pensamiento con algo tan sencillo como el lenguaje escrito, sea en el idioma que sea.
Si vamos atrás en el tiempo, los escritores o cualquiera que supiera escribir tres letras juntas con significado, eran odiados y perseguidos por los ministros y sacerdotes del Sagrado Oscurantismo.
Y todo ha evolucionado. Ahora el oscurantismo es una secta que predica tanta tolerancia que confunde los pequeñísimos cerebros de la chusma y los cortocircuita al hacerles renegar de sus propias convicciones, incluso de su propio sexo; ya que estamos hablando en esencia de lelos. Y para acabar de hacerlo bien, el poder de las pseudodemocracias premia la ambigüedad que consiste en ignorancia, indefinición, indolencia y pánico a debatir si no es en tuiter con un “me gusta”, “no me gusta” o un emoji imbécil. En definitiva, el poderoso electo o sus secuaces, se ocuparán de llenar los espacios en blanco que dejan los borregos en el papel y su propio pensamiento.

Mi abuela se murió cuando yo era vigilante y dormía tras la jornada nocturna. Cayó fulminada al suelo mientras cortaba en la cocina unas judías verdes para comer.
Mi madre me despertó y luego llorando se largó y me dejó solo para llevar el fiambre hasta su cama. Me parece que la histeria a mi madre, le vino muy bien para escaquearse de cargar con el muerto (nunca mejor dicho y que dios si existe, la tenga en su gloria, si es posible que exista semejante gilipollez).
Si hubiera muerto en estas fechas, la habrían metido en el saco de los muertos por coronavirus.
Lo que quiero decir es que como no tengo abuela y lamentablemente no soy madrileño, me temo que no será necesario que use condón y bozal para reunirme con alguien en estas nuevas navidades del normal fascismo español.
Como se puede apreciar, cada cacique de cada autonomía se monta su fiesta de poder y represión como puede, según el dinero que pueda destinar a propagar la ideología fascista cuyo mensaje navideño 2020 dice:
“Tú obedece, que te vigilamos hasta en tu puta casa, asesino cabestro”.
Por lo demás, me la pueden chupar.

Hoy, tras dos largas semanas de frío intenso, ha subido un poco la temperatura, hace mucho frío, pero es más soportable que ayer, por ejemplo.
El sol calienta, hace lo que debe y no porque me tenga una especial simpatía.
Y un malvado y gélido viento quiere arrebatarme ese calor. ¿Estará celoso del sol? Romanticismos aparte, el viento también hace lo que debe, además, es su turno, el invierno.
Sin embargo, después de tantos días de intenso frío, el viento causa esa sensación de maldad, como si se hubiera quedado con ganas de congelar todas las cosas, orgánicas e inorgánicas. En este instante es como si se hubiera propuesto intentar enfermar mi cuerpo al saber que estoy al sol.
Sé que no soy el único al que le azota el frío aire; pero para esto escribo en lugar de hablar con nadie; para ser el único humano del planeta.
Quien quiera ser importante que escriba sus propias frustraciones y no molesten con su envidioso y egocéntrico: ¡Y yo también! ¡Y yo también!
Insultar, denigrar y despreciar con ingenio requiere nacer con ciertas habilidades. Ocurre lo mismo con los hijos de puta: nacen.
Y si no nacieron así, aprendieron rapidísimo. La mayor parte se hicieron políticos y luego presidentes; después mediocres dictadores que enferman y aprisionan a sus votantes subnormales que obedecen y aplauden las medidas de represión y hambre, con mucho más entusiasmo que las piaras de cerdos pastoreadas hacia el corral.
Y ya está, es todo lo que tenía que decir: hace un sol acogedor y un viento helado del carajo.