Estrenar un objeto de escritura, aunque sea un simple lápiz, es un acto de renovación y esperanza en el cambio; combate los días mediocres y los hace mágicos. Y cuando estreno una libreta, es una alegría semejante a estrenar nueva casa en el campo. Solo quien escribe sobre el papel, padece estas pequeñas y neuróticas alegrías. Ser un simple no siempre tiene que ser indigno y angustioso. Bueno… no siempre.
Cuando escribo en mi libreta siento que se cierra la puerta del mundo y me quedo solo con mi pensamiento. Soy mi propio refugio y mi severo juez. Y soy mi propio olvido que tantas palabras causa. Lo que escribí ayer será sepultado por las palabras que ahora escribo. Y así hasta morir. No es un futuro alentador; pero ¿cuál lo es? Es un acto instintivo de la niñez temer al futuro. Una cosa es soñar con él; pero cuando iba al colegio y dejaba las ilusiones fuera, antes de entrar a clase, el futuro se oscurecía como el día de un eclipse. Aún hoy sigue siendo oscuro; pero ya no es temor, es curiosidad lo que siento.
No sé cuántas veces le he dicho que la amo; tantas como la he llamado puta follándola. Cuántas veces he preferido contemplarla mientras duerme, a tocarla y clavarme en ella. Penetrarla es la forma más directa de llegar a su esencia. Un mandamiento sagrado… Hay una razón por la que me siento vacío cuando no está cerca: en algún momento, al tomarla desesperado, mi pensamiento quedó en su interior, enmarañado de amor en su alma enorme y profunda como un bosque. Pudiera parecer triste y atormentado; pero soy feliz perdido en ella. El amor no es dicha, es una sucesión de ansiosos quebrantos. Es legal no reír por amor. Porque maldita la gracia…
Mi abuela se murió cuando yo era vigilante y dormía tras la jornada nocturna. Cayó fulminada al suelo mientras cortaba en la cocina unas judías verdes para comer. Mi madre me despertó y luego llorando se largó y me dejó solo para llevar el fiambre hasta su cama. Me parece que la histeria a mi madre, le vino muy bien para escaquearse de cargar con el muerto (nunca mejor dicho y que dios si existe, la tenga en su gloria, si es posible que exista semejante gilipollez). Si hubiera muerto en estas fechas, la habrían metido en el saco de los muertos por coronavirus. Lo que quiero decir es que como no tengo abuela y lamentablemente no soy madrileño, me temo que no será necesario que use condón y bozal para reunirme con alguien en estas nuevas navidades del normal fascismo español. Como se puede apreciar, cada cacique de cada autonomía se monta su fiesta de poder y represión como puede, según el dinero que pueda destinar a propagar la ideología fascista cuyo mensaje navideño 2020 dice: “Tú obedece, que te vigilamos hasta en tu puta casa, asesino cabestro”. Por lo demás, me la pueden chupar.
Hoy, tras dos largas semanas de frío intenso, ha subido un poco la temperatura, hace mucho frío, pero es más soportable que ayer, por ejemplo. El sol calienta, hace lo que debe y no porque me tenga una especial simpatía. Y un malvado y gélido viento quiere arrebatarme ese calor. ¿Estará celoso del sol? Romanticismos aparte, el viento también hace lo que debe, además, es su turno, el invierno. Sin embargo, después de tantos días de intenso frío, el viento causa esa sensación de maldad, como si se hubiera quedado con ganas de congelar todas las cosas, orgánicas e inorgánicas. En este instante es como si se hubiera propuesto intentar enfermar mi cuerpo al saber que estoy al sol. Sé que no soy el único al que le azota el frío aire; pero para esto escribo en lugar de hablar con nadie; para ser el único humano del planeta. Quien quiera ser importante que escriba sus propias frustraciones y no molesten con su envidioso y egocéntrico: ¡Y yo también! ¡Y yo también! Insultar, denigrar y despreciar con ingenio requiere nacer con ciertas habilidades. Ocurre lo mismo con los hijos de puta: nacen. Y si no nacieron así, aprendieron rapidísimo. La mayor parte se hicieron políticos y luego presidentes; después mediocres dictadores que enferman y aprisionan a sus votantes subnormales que obedecen y aplauden las medidas de represión y hambre, con mucho más entusiasmo que las piaras de cerdos pastoreadas hacia el corral. Y ya está, es todo lo que tenía que decir: hace un sol acogedor y un viento helado del carajo.
No ha quedado nada de lo que el hombre fue. Se convirtió en una bestia de granja, en una productora de la colmena. Prostituyó su libertad por miedo, quiso una protección y pagó para ello a un timador que se convirtió en su rey. Y aquella cobardía se hizo estigma para todas las nuevas generaciones. No existe ningún pecado original, se trata una atávica cobardía ya inextirpable. Y yo tengo que pagar, sin tener culpa alguna, de la cobardía de aquellos antiguos y lejanos hijos de puta.
Hay un pobre consuelo en el refrán que dice: mejor solo que mal acompañado. Lo que quiere decir tras esas sencillas palabras, es la decepción, el error de haber buscado compañía. El imperdonable error de haber querido a quien no se debía querer. La verdad es una puta que la chupa mal y te deja con sus besos, un sabor ácido en las muelas que provoca una abundante salivación. La mentira es salvación y da una vida cómoda, la prefiero mil veces a la verdad. Sin embargo, es inevitable en caso de tener un mínimo de madurez intelectual; identificar certeramente la hipocresía y su mezquindad. Cosa que lleva a observar cada amanecer como otro apestoso día más. Solo te queda bajar la persiana para que la oscuridad oculte a tus ojos la miseria que duerme a tu lado.
¿Dónde reside la belleza? ¿En las cosas vivas o muertas? ¿En mi mirada? ¿Tal vez en la conjunción de ambas? No importa, tan solo afirmo con arrogancia lo que es bello. La belleza no es subjetiva. No es moda. No considero lo que otros vieran o ven, estén vivos o muertos, de cualquier civilización o lugar. La belleza es algo que me atañe a mí y yo decido; lo que otros puedan sentir y ver como hermosura, es su problema o su indecisión. Esa maldita ambigüedad con la que pretenden complicarlo todo. Soy tajante. El mundo es lo que veo y así lo trato y juzgo, no me interesan otras opiniones. Soy firme e inamovible. Lo que es bello no admite discusión. No existe un ápice de ambigüedad en la belleza que capto, que deseo, que envidio, que tomo… Quien quiera ver la belleza con los ojos o el pellejo de otro, que se joda con sus miedos e indecisiones. Sé de lo bello y execrable. Jamás apostillaré razón ni excusa para comprender otros gustos. Que se jodan otra vez. Yo no digo: “a mi parecer es bella”. Afirmo: “es bella”, zanjando así cualquier discusión. Desoyendo y despreciando lo que otros puedan juzgar. A ellos no les importa mi pensamiento, ni a mí el ajeno. Soy isla, una perfecta isla amurallada. Y digo que de esa agua no beberé. Que cada cual decida, si tiene la determinación necesaria en esta hipócrita época de ambigüedades y temores a no ser moralmente intachable. El diente de león es hermoso como un rosa de sangre fresca; o una seca de pétalos coagulados. Y bello es tu coño que brilla húmedo y palpita. Tus pezones contraídos y tu gemido obsceno. Tus labios pronunciando cualquier palabra en una coreografía de sensualidad… Y hermoso el cadáver de aquel zorro en su tierna y triste inmovilidad; por favor, que pena.. parecía dormidito. Y horrendo el de mi padre muerto. Mentían cuando decían lo guapo que estaba en su ataúd. “No parece que mi Paco esté muerto. Mi Paco duerme”, un rosario de pena que mi abuela lloraba en letanía, su madre. Y una mierda. Esa carne de su rostro, de sus manos; tan fría, tan cérea… En aquella piel sin color había más muerte que en un camposanto. Allí no quedaba nada de lo que amé, se había ido todo asomo de belleza. Y digo con hostilidad que la belleza de mi mundo excluye cualquier opinión o concepto. Sin matices. Sin oportunidad alguna a la tolerancia o corrección. Cualquier otro patrón es inadmisible. Y así con las cosas y así con las personas.
Los graznidos de los dioses y sus iluminados en la tierra, guían a los hombres y mujeres al final del cortante acantilado de paredes sucias de excrementos de gaviotas. Y avanzan empujándose unos a otros. Otra vez lo que ocurrió ayer… Con rostros radiantes de fe buscan más allá la hostia que es gratis y una resurrección en un lugar mejor que el mundo que su propio dios les creó. Los que no caen vuelven a la pequeña choza por la que dan gracias a dios y buenos días todas las mañanas; y se reproducen. Se reproducen con paranoia para preservar la mediocridad. Es lo único eterno, el bucle que se repite, se repite, se repite…