Un pajarito (un pajarito de mierda) me acaba de decir que dios ha muerto. Y no de coronavirus precisamente. Por lo visto, algún gracioso se ha ensañado con el sagrado. Si dios está muerto ¿dónde puedo encontrar a otro para rezarle mis deseos de que mate a mi prójimo, ese que odio profundamente con la intensidad necesaria para que se le seque la sangre en las venas? ¿Qué garantías tengo de que no será un imbécil hablando por un altavoz de profundos graves y con menos cerebro que un excremento seco, haciéndose pasar por deidad? No me apetece hacer el ridículo lanzando mis plegarias a un deficiente mental.
En España y sus particiones taifas no hay inocentes, solo oscuridad y feroz y ferviente represión. Cobardía y estafa. La bofia velando por la imposición y la eternidad de un franquismo resucitado con un resfriado. La bofia apostada venenosa y peligrosamente en cruces de carreteras, patrullando ferozmente por la calles en busca de una multa o detención falsas que los mantenga en la cima de la cadena alimentaria de la carroña en la que han convertido la más mínima libertad. Si pudieran me sacarían ellos la polla para dictar el tiempo que me conceden para mear. La bofia omnipresente patrullando las calles con nocturnidad tóxica, junto a sus colegas de especie las ratas; haciendo de las ciudades prisiones sin permisos carcelarios. Con sus lucecitas azules en los techos de sus coches grises que provocan vómito. La bofia esperando excitada la caricia en el lomo y la galleta de sus amos fascistas y asesinos que no gobiernan, solo asfixian. En España y sus taifas, no hay inocentes, solo enfermos, muertos, presos, negras noches y días grises como los uniformes de aquella bofia del siglo pasado que a tantos asesinó y encerró. Hoy no es día de inocentes ni de bromas; es solo otro día de mierda más, esperando encarcelados, las doce vacunas venenosas de la nochevieja del coronavirus y la prisión de un nuevo y normal franquismo. Hoy es el día de los gilipollas, como cualquier otro.
Pues no sé si será mejor que una vacuna, una bala o un cepo para combatir la nueva mutación del coronavirus. Iba yo tan tranquilo cruzando el puente cuando lo vi: a Michael Myers, aunque no era La Noche de Halloween. Parecía esperarme al otro extremo del puente, cruel, voraz y nocturno. Así que no me arrepentí de no llevar mascarilla; pero sí que tuve el súbito deseo de tener una granada de fragmentación en la mano. Así que me encendí un cigarrillo antes de enfrentarme a él… Luego me gritó: “¡Coño! ¿vas a pasarte toda la noche en el puto puente?”. Los hijos y su impaciencia… Siempre consiguen romper el romanticismo que da un simple resfriado.
¿Y si dormimos con y por la esperanza de que al despertar la realidad sea otra? Necesitamos escapar. No es solo por descanso. Tal vez pretendemos que el mundo duerma y mañana amanezca raro. Sea como sea, cuando dormimos somos incorpóreos y escapamos a las leyes de la física. Viajamos a la absurda e incuantificable velocidad del pensamiento. Todo es posible. Y la posibilidad es la dimensión de la esperanza. El sueño es la libertad infinita. La suprema libertad. Y dormir la cuántica esperanza de que todo sea diferente al despertar, no mejor o peor; sino otra cosa. Tal vez al despertar, tu sueño me haya convertido en algo no mediocre. En algo que se diferencie de los otros que duermen solo para descansar, o por narcosis. Esos… los de los sueños vacíos que no reparan nada. ¿Tienes el poder de cambiar la vida, cielo? Di que sí mientras duermes, porque en los sueños todo es sinceramente extraño, son absurdas realidades, extrañas certezas que duelen o ensalzan las almas. Eres mi esperanza. ¿Sabes? Muchos de mis despertares son tristes; porque cuando irrumpe la consciencia, tengo la certeza de que no ha cambiado nada, el aire tiene el mismo tacto que ayer. Y duermo desesperanzado de que pueda cambiar la vida. Escribo lo que me hubiera gustado ser y sentir. Escribo que quiero volver allá donde el sueño es tan absurdo y sus luces tan extrañas, donde el amor se siente en la corriente sanguínea y los miedos son tan grandes, que me hacen héroe. Te deseo hermosos sueños porque te amo y además son mi esperanza. Un día despertarás y seré digno. Y quedará una palabra a medio escribir en el papel nocturno. Una palabra que en algún momento de tu sueño, se interrumpió en mi mano porque no era ya necesaria. Algo cambiaste… Querré llorar. Todos los seres tristes quieren dormir. Lo fascinante del absurdo, es que no precisa ni tiene explicación; es imprevisible y debes abandonarte a lo que ocurre con la serenidad que da lo expectante e ignoto. Duerme, cielo, eres mi esperanza a la desesperanza. Tal vez, cuando despiertes mi vida y el mundo merezcan la pena o una sonrisa. Y entonces no sabremos que ocurrirá y todo estará bien, sin tristezas al despertar. Pero hoy la vida ha vuelto a despertar triste, que desolación. Me quiero morir, cielo…
¿Existen los seres queridos? ¿O simplemente son necesarios y útiles? Porque la humana mezquindad con su espantosa hipocresía auto sugestionable ve amor y cariño donde hay cobardía necesidad y soledad. De haber existido Jesucristo, se hubiera azotado y crucificado él solito antes de hacer ningún truco de convertir una cebolla en jamón ibérico de bellota. La bondad, felicidad y dicha se encuentran en lo más profundo del marisco. El amor es eso que se chupa de los dedos. Y la dignidad esa cáscara que se desecha.
Se puede considerar a cierta edad, en ciertos momentos o circunstancias que morir es un acto de piedad. Los pésames indiscriminados deberían evitarse para no causar risas inoportunas.
Dada la calidad y magnitud de este nuevo fascismo surgido como un parásito en el propio núcleo del coronavirus y ante la segunda fuerte ola de represión que ha decretado el gobierno, hay que tener en cuenta una serie de precauciones y conocer la verdadera esencia del instrumento con el cual van a llevar a cabo el robo de vuestras libertades e incluso amenazar vuestra propia vida: la bofia de los nuevos fascismos emergidos como una infección más. La presunta amabilidad de la bofia es un escupitajo de veneno. Debéis ser conscientes del peligro que corréis cuando un madero, sea de la administración que sea, se dirige a vosotros. El cerebro de los perros del fascismo tiene programada la premisa de que sois delincuentes, una peligrosa bomba biológica. Su mirada desconfiada y paranoica los delata. Estad atentos a los detalles si no queréis que os arruinen e incluso os hieran. Si un madero se fija en ti, además de la envidia de saber que en el fondo no tiene ninguna libertad, le mueve el deseo de cometer abuso de autoridad. Es un hecho de las dictaduras del pasado que se mantiene plenamente vigente en los fascismos de las falsas democracias de esta época de coronavirus. Hay que decirle a todo que sí y pedirle perdón incluso cuando te denuncien por nada, porque de lo contrario, además de la multa, te harán todo el daño que les sea posible cometer; es pura técnica de supervivencia en las épocas más oscuras. Si a la bofia los llamáis “agentes” se sentirán mejor y bajaréis un punto su ferocidad psicótica. Las fuerzas armadas de todo régimen fascista, sea capitalista o comunista, son invariablemente corruptas; tenedlo presente. Ocultaos de su vista cuanto podáis. Siempre encontrarán razones para joderos. No olvidéis nunca la premisa que les han grabado en el cerebro: vosotros sois el coronavirus. Id con mucho cuidado en el coche, no les hagáis esperar ni un segundo si os piden alguna documentación, están de servicio ante delincuentes que están de vacaciones y esa envidia los hace tan peligrosos como jabalís en celo. Por otra parte, en toda dictadura o sistema político basado en la corrupción, la única forma de ascender en el escalafón es demostrar ante los amos una gran capacidad represora, sancionadora, corrupta y si además es violenta, un simple madero ascenderá rápidamente a capitán. Que nadie caiga en la ingenuidad de creer que la bofia del régimen fascista tiene la misión de velar por el ciudadano y su seguridad. Son animales fieros, volubles y con la suficiente incultura para incurrir en abuso y creerse con absoluta fe, que son los guardianes de la justicia, el decoro, la moral y la obediencia ciega. Id con mucho cuidado, las fiestas prolongadas como las de navidad, los hace especialmente ariscos. Si veis a la bofia, alejaos cuanto podáis de ellos. Si no tenéis más remedio que someteros a sus interrogatorios, dadle la razón en todo, ya que a la multa, podríais añadir una agresión en forma de descarga eléctrica o porrazo. No es broma, evitadlos. Usad las mascarillas cuando no estéis seguros de su ausencia o cuando en recorridos urbanos, os los podáis encontrar de cara. Y cuando por fin os encontréis en un lugar en el que podáis respirar decentemente, estad atentos también a los otros perros que son sus confidentes: vecinos venenosos y urticantes que os harán muchas preguntas con hipócrita afabilidad para denunciaros. El sistema está podrido y las personas decentes corremos un gran riesgo. No os deseo unas felices fiestas, me conformaré con desearos suerte con la bofia y que no os encontréis con ella.
Cuando miro hacia el brumoso y lejano horizonte, hacia las lejanas montañas, siento el acuciante y desasosegante deseo de viajar a ellas. A pesar de que me encuentro en un paraje frondoso, en los mismísimos bosques que tapizan las montañas. Y eso se debe a que cuando pienso en la lejanía, es porque te evoco. Cualquier movimiento hacia cualquier lugar, me lleva a la convicción de que me acerca más a ti. ¿Ves, cielo? No miento cuando afirmo que estás en todas las cosas, en todos los lugares. Cuando te digo diosa, no sonrío. Soy absolutamente profundo, no hay banalidad alguna por muy incrédulo que sea hacia la teología y sus liturgias. Estás en mi cabeza sin tregua. Y en mi corazón que pierde un latido de tristeza al buscarte en los horizontes todos.
Existo cuando respiro violento, cuando pulsa un latido hostil en la sien. No puedo ni debo renunciar del animal que soy; por ello quemo la vida y digo que la paz es para los muertos. A menudo me arrepiento de ello; pero no puedo ni debo renunciar de lo que soy; por ello quemo la vida. Y quemo la vida. Otra vez… Y la vida arde. Las cenizas ahogan y hacen la sangre espesa. Todos rotos, todos destrozados. El arrepentimiento pulsa una muerte ¿Está en la sien la muerte? Todos quemados. Los sueños todos… Por favor… A menudo me arrepiento de ello; pero no puedo ni debo… la vida quemada… La paz es muerte… A menudo me arrep… Soy un enfermo de podridas venas. Un chute de aspirina de la buena… Un caballo salvaje que trota en las venas y piafa en el corazón gélido. Los muertos no hablan y sus labios suturados duelen; pero no debería ¿O sí? El cerebro hierve en el cráneo y no hay control, no hay coherencia. No hay paz. No es nieve, son las cenizas de las ilusiones. El arrepentimiento llega tarde, cuando hay paz y no hay retorno. Qué desolación…