Se dice que las cucarachas y tal vez las ratas, serán los seres que sobrevivan con más éxito y comodidad a una catástrofe nuclear planetaria. Se equivocan. Se equivocan del todo: las/os (me encantan las hipocresías inclusivas cuando ofendo) idiotas se reproducen más que las ratas, comen mierda y no se mueren. O al menos su tasa de mortalidad es tan baja que resulta desasosegador para la evolución de la especie humana. Pero sobre todo, lo que los salvará de un modo definitivo de morir y eternizar así la estupidez es: la suerte. Todos los tontos del mundo tienen una suerte del carajo. Y es que puedes verlos, oírlos y apedrearlos todos los días. Como si el planeta se empeñara en premiar y eternizar la imbecilidad; los más idiotas copan los puestos de trabajo mejor remunerados y con más responsabilidad. Los encuentras en los puestos estratégicos de los gobiernos y en todas las oficinas de atención al cliente y juzgados. Y en los colegios, como docentes, se sienten como pez en el agua. Las estadísticas dicen que si metes en una picadora de carne a diez mil seres humanos, el porcentaje de pura carne picada de idiota sería del 98 %. Siempre pecando de optimistas, los que calculan las estadísticas no ven su propia giba. Aun así, a pesar de toda esa suerte imbécil, no deja de ser una tragedia que sobrevivan a las ratas y las cucarachas.
Cuando los trapos colgantes como las banderas y la ropa tendida están quietos, cuando las hojas de los árboles al caer pareciera que arden y, cuando tierra y aire a lo lejos parecen hervir; estás en el infierno. Y no es que estés necesariamente muerto. Tiene su encanto sentirse Satanás de vez en cuando. La navaja en el bolsillo siempre es útil para rajar en canal almas que sufren y lloran demasiado, sin decoro. Los muertos no tienen ningún derecho a manifestarse aquí en la tierra; como su nombre indica, pasó su tiempo. Los hay que hasta muertos dan por culo.
Se suele ser más mierdoso de lo que uno piensa. Es el gran problema de la actual especie humana: una sobre tasación que lleva inevitablemente a la frustración de quien, con ingenuidad, compra un ejemplar de ser humano. Por ejemplo para un regalo de boda, un trabajo, tener hijos para trasplantes de órganos… Hemos llegado a un punto en el que se hace indispensable un análisis genético y el correspondiente certificado que garantice un ejemplar de calidad. Se debe exigir a la Cámara de Comercio Humano que, presione al gobierno para que implante la obligatoriedad de clasificar a los neonatos por su calidad en el día mismo del parto con un marchamo, como se hace en las explotaciones ganaderas alimentarias. No es justo invertir tanto dinero en la adquisición de un ser humano para que en unas pocas semanas, te veas obligado a sacrificarlo y venderlo a peso en el mercado de abastos porque no sirve para otra cosa.
Ni dejéis que juegue vuestro perro con él. Os pido ayuda, conocidas y conocidos míos (eso de “amigos” es muy arriesgado de suponer en estos tiempos de ambigüedad sexual), porque hoy, caminando por un empinado sendero, he tosido y se me ha salido un pulmón. Yo pensaba que era una simple flema pero me he dado cuenta de que sangraba con cada respiración. Os ruego, que si lo encontráis (es como una especie de tripa semejante a los de la foto), lo metáis en una bolsa y me lo devolváis, estaré fumando impaciente en la plaza del ayuntamiento de la aldea desde las siete hasta las ocho y media de la tarde. Si vuestro perro ha jugado con él, enjuagadlo con agua, lo necesito con cierta urgencia. No es para morirse, pero es muy desagradable el ruidito que hago al respirar. Se recompensará: Si es hombre le recompensaré con un “guay” y un apretón de manos. Si es mujer, me la follo y luego le beso la boca con lujuria romántica. Gracias, conocidas y conocidos míos.
Ya hay 37º C y el aire cae como plomo caliente en mis hombros, no carboniza, no hiere la piel; pero se filtra hasta el tuétano de los huesos, calentando el cáncer que parece hervir en la tibia. Cuando eres un tarado, el calor adquiere tintes desérticos y te ves un tanto indefenso con toda esa mierda que arrastras. Mi cerebro ante la agresión del calor se defiende relajándose para no sobrecargarse, pensando suave. Evitando evocar cualquier cosa, no concluir. Es algo que ocurre en muchos mamíferos, nada especial. Mi pensamiento se dedica a indicarle a mi pierna podrida que avance, una rutina sencilla y mecánica como una oración a dios. Solo que mi rutina da resultados. Con este calor la pierna se duerme, no se atreve a avanzar. Sueña que se rompe de nuevo por el mismo lugar. La pobre está medio muerta, tiene treinta años más que mis brazos, por ejemplo. Morirá mucho antes que el resto de mí si dejo que duerma y se evapore la poca sangre que tiene. Soy paciente con ella; porque en cuanto el cuerpo se aclimate a este nuevo verano, ya no sentirá tanta agresión y nos moveremos con más naturalidad y soltura. Sin este penoso esfuerzo. La desventaja radica en que el cerebro gestionando algo tan mecánico y sencillo, en este estado de mínimo esfuerzo se encuentra indefenso ante influencias externas y ante sí mismo. Nada es perfecto. Con los primeros días del verano hay cierta tristeza en algún profundo lugar dentro de mí, creo que en el estómago. Intuyo un final no trágico, solo definitivo. Y el cerebro no realiza esfuerzos en buscar consuelos. Si tiene que doler que duela, si debe llorar que llore. Puto sol… Un burro me reconoce y se apresura entre la tupida vegetación hasta llegar a mi altura en un lugar despejado al borde del camino, nos separa una alambrada eléctrica. Cabecea contento y deja ir un rebuzno. Es un amigo que conozco desde hace pocos años, pertenece a una masía de por aquí. Nunca me había seguido, ni demostrado simpatía. Y mi indefenso cerebro arranca imparable un proceso mental, justo lo que no debía hacer con este calor. Los cerebros a veces no son eficaces y pretenden entender. Mierda… Siempre ha estado acompañado de un compañero y ahora está solo. Pobre… Y el cerebro sabe de forma inmediata tras haber procesado cientos de emociones y recuerdos que su soledad es una pequeña tragedia. No puede hacer daño decirle algo. Le digo cosas como guapo, grandote, simpático, orejotas. Un saludo amable de amigo a amigo… Porque tiene que sentirse muy solo para llegar al extremo de llamar la atención de un ser tan sórdido como yo. Tras escuchar mi voz con sus grandes orejas tiesas, se relaja y se dedica a piafar tranquilamente. Le digo adiós en silencio con la mano. Siento una tristeza tierna como la muerte de un polluelo que ha caído del nido por una mala suerte. Mi cerebro concluye en vista de datos y experiencias acumuladas, que el burro no volverá a caminar por los campos con su amigo. En el campo, la desaparición de los seres se debe con toda probabilidad a la muerte. Miro atrás, el burro me observa marchar masticando relajadamente… Qué bonito es mi amigo. “Bye guapo”, pienso. No quería pensar… Ese compañero suyo que ya no está, pesa ahora en el cerebro como la pierna podrida que arrastro. Hago lo que debo, permito que mi artrítico y rígido tobillo se tuerza; una llamarada de dolor sube por mi pierna, vibra en mis cojones y se mete en mi cerebro por los ojos. Y se acabó esa concatenación de tristezas. Se impone gestionar el dolor. Deseo meterme en su coño fresco, en su voz que me aplaca… Tomo un trago de agua de la cantimplora, está caliente. Es un hecho que la tristeza con dolor se cura. Y el calor se alivia con un pensamiento ligero, banal. Si fuera posible. Y cuando eso no sea suficiente, guardo unos muchos comprimidos de sedante eternizante. Soy precavido. 38 grados.
Parece mentira que gente con cierto nivel intelectual se preste al debate sobre algo tan claro y sencillo como la esencia, la idiosincrasia de jueces y magistrados. Es una ridícula ingenuidad discutir sobre esa parte del poder que es más de lo mismo, solo que ostentan una impunidad absoluta y los sitúa en la cúspide de la cima social depredadora. Aunque estoy seguro de que no es ingenuidad, se trata de dinero, de llenar espacios en los que poder insertar publicidad y que la gente piense en la colonia que le gusta tanto cuando escucha el resultado de una sentencia en televisión o la lee en la prensa. Me refiero a ese debate infantil sobre los capos de la legalidad y su independencia de las modas sociales (moralidad) del momento y la respetabilidad de sus criterios. Para escribir “respetabilidad” de jueces y magistrados, he tenido que mear para no tener una súbita incontinencia. Jueces, magistrados y toda esa parafernalia legal, son tan vulgares, incapaces, zotes, iletrados y holgazanes como cualquier otro trabajador de la fauna urbana. Sus sentencias dependen del humor con el que se han despertado, si han follado, si el café tenía el punto de azúcar que les gusta y si acusados y demandantes son gordos, feos o idiotas. Carece de respetabilidad alguna jugar a los dados y decidir. Alguien les regaló un título. Alguien muy importante que luego, los colocó allí donde es necesario tener este tipo de gente. Ante las sentencias judiciales, no se requiere respeto a menos que seas absolutamente imbécil. Se requiere paciencia y cerrar con fuerza los puños. Tengo una toalla bordada con la palabra “respeto” que uso para secarme exclusivamente las ingles (iba a decir la polla; pero me siento lírico). Dejando de lado todas estas deficiencias y taras de los capos del sistema legal, comprar un juez o magistrado siempre es una inversión segura. Si ya sé que requiere mucho dinero; pero en un par de juicios se suele amortizar lo invertido, es mucho más beneficioso que la inversión inmobiliaria. Lo malo es que los artículos de lujo, como es sabido, solo están al alcance de unos pocos selectos. Hay quien cometería el peor error de todos: comprar un político. No podría ser peor inversión, los políticos son absolutamente idiotas a full time y su función es meramente ornamental. El objetivo del político es hacer creer a los ciudadanos que viven en una sociedad justa que los protege (justo todo lo contrario para lo que fueron redactadas todas las leyes). Lo dicho, tontos del culo. Los políticos ni tocarlos, es tirar el dinero. Los jueces son una fauna peligrosa y mala; pero eficaces al ostentar el verdadero poder.
El reportero se debía encontrar en una encrucijada: redactar y documentar la noticia sobre el presidente mexicano, o bien inmortalizar un hombre con una pesada carga en su vientre luchando por mantener el capó de su tartana abierto. Se requiere mucha dosis de sarcasmo e inquina para quitar protagonismo al busto de Obrador (si fuera verdad que lo es) y ensalzar la silueta del embarazado con chanclas y pantaloncito corto. La prensa es tan cruel… Solo resta desear que el embarazado, tenga un feliz parto. Y que feisbuc no censure sus pezones. Y que Obrador pida que la prensa se disculpe también.