Posts etiquetados ‘fantasía’

«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

Un aire de mi mundo mini

Árbol monstruo.

Hace tanto calor y el sol molesta tanto mis ojos, que el amargo café se hace dulce en mi boca y el humo del cigarro es aire fresco en mis pulmones. Estoy tan cansado de andar, que la incómoda silla del bar es un trono a la sombra de un edificio, en una calle extraña a pesar de mil veces visitada.
No es extraña, es ajena.
Y de repente llega una brisa suave, fresca… Como un premio, como una bendición para un católico, para un humano.
Es un aire que arranca las cosas malas de mi piel y de mi cabeza. Dolores y carencias. Ardores y vergüenzas.
Me llena de calma y me da paz. Cierro los ojos para aislarme en ese placer sensorial y me abandono a una melancolía que provoca lo que no fue, lo que no sucedió.
No importa, todo eso se lo lleva mi viento amigo. Me transporta al mundo inhóspito e ignoto, un mundo inalcanzable, como una maldición cuando el sol y el polvo de esta tierra me envuelven y me hacen débil.
Un viento que trae aromas de picantes y refrescantes cítricos que alguna vez olí.
Moho y antiguas aguas estancadas.
Ruina y eternidad.
Un mundo de dolor, muerte, lucha, vida y amor…
La trascendencia en estado puro.
Y pienso que no es tarde. No es tarde.
Sé que no lo es.
Tengo tiempo, aún puedo llegar.
El viento golpea mi pecho como las palmadas de un amigo que hace tiempo no veía. Hace una caricia en el cuello y atraviesa mi cabello convirtiéndolo en espigas frescas al alba. El cigarrillo se me cae de los dedos relajados y el humo que aún sale de mi nariz se arremolina como un tornado alejándose de mí.
Deseo con toda mi alma (porque cuando el aire me conforta, siento tener alma) ir allá, a aquel horizonte de donde llega el viento, un cielo de nubes negras que de tan pesadas, parecen aplastar lo que hay bajo ellas y hundirse en esta tierra indecente.
Son de una belleza letal, imponentes y sinceras en sus tormentosos y amenazantes cúmulos verticales hasta el cosmos, como si fuera una sólida torre al infinito.
Quiero cobijarme allá donde nadie quiere estar, donde nadie quiere ir.
Donde los árboles muertos se convierten en bestias pétreas.
Donde la oscuridad del fin del mundo aterroriza a los demás.
En esos momentos en el que el aire me aísla de esta banalidad y agita con una ráfaga de ternura, vislumbro el mundo maravilloso oculto en aquellas peligrosas nubes. Y todo está bien, sé que soy bienvenido y habrá una complicidad inevitable entre esos seres y yo. Porque ambos somos ajenos a este mundo, solo que yo, en algún momento me perdí.
Ya no habrán silencios incómodos, no seré extraño en el planeta, no más presencias forzadas. Se acabó el trabajo agotador para soportar y ser soportado. Se acabaron los recuerdos de amados muertos y los de amados vivos ya inaccesibles, ya lejanos.
Allí, en las grises rocas celestes que bajan del espacio a la tierra, corren lobos con el lomo cubierto de rosas azules.
Qué bellos son los colores donde nadie quiere estar.
No quiero abrir los ojos, no quiero que cese el viento, dame unos segundos más, dame una eternidad. Mi Aire, dame el tiempo necesario para llegar allá.
Los dientes de los lobos imposibles están manchados de sangre, con los ojos encendidos de hambre y ferocidad, pupilas rojas, niñas amarillas… Un oso lucha contra ellos, sus garras han herido sus lomos y de ellos brotan serpentinas de hiedra que los convierte en setos en un jardín para enamorados que huele a amor y muerte.
Es algo importante, es algo trascendente.
En la glorieta, ella llora por mi muerte, yo lloraré por perderla y renaceremos tantas veces como sea necesario para hacerlo intenso hasta la desesperación. Hacemos padecer a las carnes el dolor de la pérdida y la desolación y hacer del próximo encuentro una felicidad esquizofrénica.
Es importante morir con una violencia y dolor inhumanos por amor y ser héroes, amados y deseados. Es algo por lo que vale la pena cerrar los ojos ante el viento de un universo que es el mío.
A veces ocurren errores…
Viento amigo, no sé si es error mío o vuestro, pero no me dejes morir aquí. No quiero una enfermedad triste, ni morir en la indiferencia de los humanos. Soy un guerrero perdido, llévame ahora, aunque muera en el ascenso a mi mundo perdido.
No me dejes aquí, viento mío.
¿No ves que me duele el cuerpo? Si no fuera un guerrero de verdad, lloraría. Y mis ojos están secos como la tierra que piso cada día.
Soy valiente, puedo aguantar el dolor. Necesito el dolor de mi mundo, las emociones sangrantes, los amores que matan.
Un hombre que me cae bien, lucha desnudo contra un águila grande como un avión. El animal clava sus garras en su pecho y le arranca un corazón de bronce. El hombre grita de dolor al tiempo que muere, es un segundo.
En la glorieta, mi semen corre ajeno a la muerte por la boca y pechos de mi hembra. Y sé que todo está bien. Mi pene es un latido que se escucha en medio de un silencio sepulcral expulsando las últimas gotas en el rostro de la que amo.
Hay árboles que dejan caer una lluvia de hojas frescas verdes, rojas y marrones. Pequeños frutos en forma de ataúdes.
¿Por qué eres tan precioso e inaccesible, mundo mío?
Los lobos han dejado de ser setos, han mudado a su pelaje y respiran. Buscan con gruñidos la caricia de mi amada desnuda.
Ráfagas de viento portadoras de ilusiones, robáis mi recelo y mi sabiduría y me siento tontamente ilusionado. Viento mío, haces de mi cinismo candidez, de mi abatimiento ilusión.
El águila deja caer el corazón de bronce, que al tocar el suelo, crea una placenta que arraiga en las sólidas nubes donde intensamente vivimos. Renace el hombre gritando a una nueva vida. Le ayudamos a subir a la glorieta de madera blanca cubierta de rosas rojas que sangran y hacen regueros de pasión que llegan al suelo haciendo florecer cuchillos de brillantes filos.
—No eres nuevo, has llegado por fin —me dice ofreciéndome un cigarro—. Recuerdo que hace eones, el universo rotó en un accidente sismicosmológico, y tú caíste porque estabas luchando en el mar contra un kraken. Salían naranjas de tu pecho cuando morías, cuando el pico de la bestia destrozó tu tórax. Tuviste mala suerte, amigo. Caíste a la tierra de lo posible y nadie pudo salvarte. Ella lloró y te esperó…
Besé a mi mujer , la besé deseando morir de amor y mi corazón dejó de latir para ser un héroe para ella. El dolor apenas me dejaba hablar.
—El viento a veces me encuentra, pero algo se debió romper cuando caí. Tengo miedo, amigo. No quiero volver allá, donde morimos en la calle, donde una gripe detiene el corazón, un bulto se come el cerebro, donde no hay monstruos, ni amores inmortales. Donde todos mueren de hemorragias, no hay flores ni metales preciosos saliendo por las carnes abiertas…
Los humanos huelen mal cuando mueren. Yo oleré mal.
Mi amada y mi amigo se disuelven lentamente.
Y la sensación de pérdida hace agua mis entrañas, en un llanto invisible.
Viento amigo, no me dejes.
Contigo no temo al ridículo, viento de las nubes negras, solo tú sabes ilusionarme.
Sigue amigo mío, sigue sacudiendo de mi piel y mis huesos toda esta tristeza.
Dame más sensacionesde un mundo que extraño y sin embargo no recuerdo. Hazme creer que muy pronto estaré ahí, con los seres que no existen.
Donde todos somos secretos y ocultos. Donde la muerte es puro juego y la vida cacería, risas y un buen follar.
El viento ha cesado de repente. Y toda esa ilusión se ha esfumado, observo la cajetilla de cigarros, enciendo uno y pido otro café. El lejano cielo de tormenta se ha deshilachado.
Pienso en el tabaco y el cáncer, en el calor y la sed, en la tierra caliente y los pies sangrando.
Me trago las lágrimas de la decepción con cada sorbo de café y con cada bocanada del cigarrillo.
La reminiscencia de un olor a naranjas evoca una añoranza de un lugar o tiempo donde lo importante, era luchar, morir, vivir…
He de comprar pan y tomates, jabón y…
Algo no está bien…

 

Iconoclasta

«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)

Para leer en:
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http://binibook.com/details.php?id=1656

Un hombre atrapado.

Una novela de misterio y terror, en la que se narra la solitaria y esquizofrénica existencia de un niño que se convierte en árbol. Cientos de años de soledad y un hombre que prisionero en madera, madura mentalmente hacia la locura, mientras el vegetal, mata lo que le molesta.

Han valido la pena los tres años que he trabajado en ella.

Enlace directo de Issuu:

http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro/0

La descarga directa en Iconoclasta. es, al final del post:

http://www.iconoclasta.es/27701.html?entryId=5355058a9608c02ee495747f6102bcfa#blogstart

Su melena oscura y rizada lucía hermosa y suelta, sus rotundos y pesados pechos de pezones color canela se agitaban al ritmo de una respiración acelerada.
Sus labios temblaban de pavor.
Entre sus piernas abiertas, el cerdo hociqueaba su sexo, arañaba con los dientes el clítoris y tiraba de los labios vaginales. Las vaharadas que le llegaban de su maloliente piel, le provocaban una náusea que por momentos se veía incapaz de disimular.
Toda su mente estaba concentrada en pedir a todas las fuerzas del planeta, no tener que hacerle una felación al hombre cerdo. Llevarse aquella cosa a la boca era repugnante, la ponía enferma. Le sobrevenían arcadas, como si estuviera embarazada de su verdadero amor.
Recordaba con tristeza cuando se llevaba su pene a la boca, y el pensamiento la llevó a una cueva profunda de su mente donde todo es confuso y no llegaba a comprender porque ese cambio, porque no lo supo ver, porque a ella… Sus grandes y oscuros ojos derramaron dos lágrimas que arrastraron el rímel e hicieron dos tortuosos ríos en su rostro angulosamente delicado.
Su cuerpo se agitaba violentamente con las cada vez más fuertes hociqueadas con las que el hombre cerdo maltrataba su sexo.
Al final, el cerdo se masturbó con la boca pegada en su coño, y no le pidió que se la chupara.
Se acostó de lado, muy lejos de esa apestosa piel.
A menudo dormía y soñaba con su amor, el que le abrió los ojos a su error. También con su madre muerta, que un día, como una película de final feliz, llegaría de alguna forma para ayudarla.
Nadie podía imaginar que alguien pudiera metamorfosearse en cerdo, eso solo ocurría en los libros. No fue un error, lo amaba y era amada.
No fue un error, el mundo la engañó, su felicidad acabó en poco tiempo en una cloaca infecta.
Se frotó el sexo con un pañuelo para secarse con asco las babas del hombre cerdo.
Trabajo… El trabajo la distraía, sus compañeros la querían y la hacían reír. Y así apareció Leo en su vida, con una sonrisa radiante como un sol, el que ama. Y esperaba que un día volviera, hubo una promesa y a ella se aferraba. Es lo único que le quedaba, ese amor ahora lejano y sus hijos.
Se durmió y la imagen de su madre recientemente muerta, dulcificó sus sueños, y le protegió de los ronquidos del hombre cerdo.
Su espalda era adiposa y redonda, la piel rosada y sucia. Ocupaba más de las tres cuartas partes de la cama y ella debía dormir casi en el filo del colchón, y daba gracias por ello, por no tener que rozarse con aquella cosa infecta.
Cuando conoció a Leo y supo de una forma contundente que estaba enamorada, al llegar a casa se dio cuenta de que la nariz de su pareja había cambiado, sus fosa nasales se veían de frente, y su pelo se había retirado notablemente. Su voz era más ronca, difícil de entender.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó.
– Sí, cielo, estoy bien.
Ya no le besó en la boca, le parecía asqueroso y simplemente apoyó momentáneamente la mejilla contra la suya, para percibir un tenue olor a mierda y orina.
A medida que su amor con Leo se afianzaba y adquiría tintes de drama, su pareja iba cambiando más rápidamente, sus uñas se hicieron negras y su cara se redondeó y perdió la barba, su brazos engordaron como jamones y supo que en su mente crecía también la maldad.
Sus genitales se hicieron pequeños y su pene se marchitaba entre la grasa de su bajo vientre ahora colgante.
Una tarde recibió un mensaje de despedida, amor y esperanza de Leo. Su rostro se demudó de tristeza, le costó horrores no ponerse a llorar en la mesa de aquel bar, porque el hombre cerdo estaba sorbiendo un café y fumando frente a ella. Aún así, sacó fuerza y coraje para responder a su Leo el mensaje; el hombre cerdo perdía cada vez más inteligencia y continuó fumando y sorbiendo aquel café fuerte y desagradable que parecía gustarle.
Su amor se fue lejos, tal vez por una temporada, la soledad y el miedo la golpearon con dureza y su mente se enfocó en mantener vivo el recuerdo de su madre y volcarse en sus hijos hasta la desesperación.
Quería que aquel engendro desapareciera de su vida, sus náuseas eran cada vez más fuertes ante él y follar con aquella cosa era un llanto eterno. Como los fines de semana que parecían durar años al lado del cerdo.
El suicidio se hizo una carga pesada, una sombra constante en su pensamiento que solo la compañía de sus hijos y los mensajes que por la noche y en la oscuridad de la habitación intercambiaba con su amor, le disipaban de la cabeza.
Vivía al día, esforzándose en respirar, con la débil esperanza de abrazar a Leo, a veces lloraba en el trabajo y sus amigos le daban el consuelo necesario para afrontar las horas del día.
Cada instante en presencia de su hombre cerdo, era una lucha por evadirse de su compañía. Su mente giraba veloz e inteligente buscando medios para evadirse de su él. Con amigos, con tareas, con trabajo… La mente lerda del hombre cerdo era demasiado básica para luchar contra su inteligencia superior, y consiguió un precario equilibrio entre el asco de su presencia y la esperanza de encontrarse con su amor verdadero.
Ahora la situación ha empeorado, sus hermosos ojos siguen con disimulo al hombre cerdo que hociquea entre las estanterías llenas de libros de una tienda, mientras se abraza a su hijo con desesperación, rogando en sus adentros que no se vaya y no la deje sola con él otra vez.
Las piernas del hombre cerdo ponen a prueba la integridad de las costuras y la tela de los pantalones, su respiración es claramente un ronquido. Teme por su integridad y la de sus hijos. Entre las manos que abrazan a su niño, está el teléfono, del que espera sentir la vibración de un mensaje de amor y esperanza.
Solo necesita unas palabras que la convenzan por unas horas, que ha de seguir viviendo por sus hijos, por su amor. Que no se rinda.
El hombre cerdo se gira con un libro entre sus pezuñas y la mira con una sonrisa podrida atroz, en un saludo que provoca su terror más profundo.
Ella aprieta con más fuerza su abrazo en su hijo y se esfuerza por no gritar en esa librería donde todos se preguntan que hace una mujer tan hermosa con un cerdo.
Saliendo de la tienda, el hijo se va con sus amigos a pasar la tarde, el silencio es ominoso entre la pareja que forma la bella y el cerdo. Es ominoso el miedo y el asco.
Está tan cansada… Conduce por la ciudad a su casa nerviosa, su compañero de trabajo le acaricia la mano que aferra fuerte y crispada el volante.
-Tranquila, todo se arreglará, no te preocupes -le dice dándole un beso en la mejilla antes de apearse del coche para tomar un autobús.
Cuando llega a casa, el cerdo está viendo una película, se encuentra desnudo, y sus orejas enormes se agitan cuando la bella y triste mujer entra en la casa.
– ¿Cómo estás? -le pregunta sacando fuerzas de flaqueza.
La bella se queda pasmada de horror cuando le contesta:
– ¡Oink, oink!
Él la toma por el brazo, la sube a la habitación y cierra la puerta para que los hijos no entren. Le arranca la ropa y ella mantiene su grito en silencio, no quiere asustar a los niños.
La hace girar por los hombros y la pone a cuatro patas en la cama, la monta por detrás arañándole los pechos, metiéndole en el coño aquella verga fina, larga y rizada, que parece que le revienta las tripas con cada embestida. Le pesa tanto que no le deja respirar bien.
Cuando el cerdo eyacula y se desprende de ella, su vagina deja caer un viscoso líquido incoloro y llorando se viste. Secándose los ojos de lágrimas y con las piernas separadas por el dolor de su sexo, se dirige al cuarto de sus hijos donde se encierra en silencio para hacer la tarea con ellos, mientras el cerdo ronca dormido en la cama.
Llega la hora del baño y cuando desnuda al pequeño, ve que en su espalda hay arañazos y golpes.
Se dirige al cuarto de matrimonio y golpea con un zapato la cabeza del hombre cerdo.
– ¿Qué le has hecho a mi hijo, hijueputa?
– ¡Oink, oink! -responde el hombre cerdo, que ya nada tiene de hombre, rascándose la cabeza con la pezuña delantera y poniéndose en pie frunciendo los belfos para mostrar sus amenazadores colmillos.
La bella reacciona rápidamente y toma al pequeño en brazos para encerrarse poniendo el seguro del picaporte en la habitación de los niños.
El cerdo golpea furioso la puerta con su hocico, pero no puede abrirla de momento.
Es la víspera de nochebuena, y en el ordenador de la habitación pone villancicos a todo volumen para aliviar el miedo y el llanto de sus hijos.
– Vamos a cantar muy fuerte porque mañana vendrá Santa Claus por la noche.
Y cantando, consiguen hacer inaudibles los ronquidos del cerdo. La bella, cierra los ojos para acceder a un mundo donde no haya miedo ni dolor, donde el amor sea el pan nuestro de cada día y ruega por un poco de felicidad. Solo le pide a su madre un poco de suerte.
– ¡Mami, es la abuela! -dice el hijo mediano señalando el monitor del ordenador, en el que se ha formado una difusa imagen.
– ¡Sí, es la abuela, má! -grita el mayor.
De repente los golpes en la puerta han dejado de sonar al tiempo que escuchan un golpe sordo en el suelo.
La madre los saluda diciendo adiós con la mano, diluyéndose entre píxeles, con una sonrisa. Como ocurre en las películas.
Con cuidado, la bella abre la puerta de la habitación, el hombre cerdo está tendido en el suelo, no respira. Como si hubiera tenido un ataque al corazón.
El teléfono vibra en su manos, es un mensaje:
«Hola, mi amor, he llegado al fin, te necesito».
Y ahora son lágrimas de felicidad y descanso lo que brota de sus ojos.
Todas sus esperanzas de un final feliz se han cumplido.
«Voy a ti, mi amor, voy a buscarte al aeropuerto, espérame Leo» responde así al mensaje de su amor.
El suicidio se disipó como las nubes son rasgadas por los rayos del sol y todas sus esperanzas, sus débiles esperanzas se hicieron realidad.
A veces las cosas salen bien, a veces la vida es un cuento de navidad.
Cuando recogieron el cadáver del cerdo, los policías se preguntaron que llevaría a una familia a tener por mascota a un cerdo de aquel tamaño.
La bella dormía abrazada a Leo.
– Te amo, Leo -dijo somnolienta.
-Oink, oink -respondió Leo con una sonrisa malvada.
Feliz Navidad.

Iconoclasta

8

La decoración era minimalista con una clara orientación oriental, los colores claros de mobiliario y paredes creaban un ambiente diáfano, relajante. Aunque a ella le gustaban los ambientes más íntimos, tanta luz le daba la sensación de estar expuesta al exterior; pero pronto se adaptó a aquella atmósfera y se duchó en el gran baño de la habitación. Con cuarenta años sus músculos estaban firmes, sus piernas bien torneadas y sus glúteos bien marcados, su piel muy blanca entonaba con su melena rubia, ahora recogida en una coleta.

Se dejó caer en la cama, desnuda y excitada. Pensaba constantemente en el hermano de Fausto. Imaginaba ser penetrada por aquello que era puro placer y se durmió acariciándose los labios vaginales sin acabar la masturbación.

Fausto despertó, se sentía extrañamente bien y poco a poco tomó conciencia de lo que había ocurrido. Se encontraba con las manos esposadas a una argolla grande de una pared pintada de negro. Si no hubiera tenido las manos inmovilizadas, hubiera golpeado sus cojones. La sola idea, provocó un fuerte dolor en su pubis y la dulce morfina le obligó a cerar los ojos de nuevo.

A la hora de cenar, Pilar bajó al salón comedor, fastuoso en su modernidad. La mesa era de mármol blanco y los platos rectangulares con las esquinas elevadas.

— ¡Adelante! Siéntese.

—Gracias, señor Solovióv, tiene una casa preciosa. ¿Cómo se encuentra mi marido?

—Se encuentra felizmente sedado en el sótano, está bien. Y su hermano también, incluso mejor —le explicó de buen humor—. He hablado con mi abogado, Pilar. No hay noticia alguna de la muerte de su hija; es demasiado pronto para dar por desaparecido legalmente a un adulto, contando con que alguien quisiera hacerlo.

—Pero tarde o temprano mis padres o mis suegros se preocuparán cuando no tengan noticias de nosotros, incluso hoy seguro que me han llamado al móvil que mantengo apagado.

—Tiene que tener en cuenta que han cometido un grave delito y de la cárcel no se van a librar. Así que voy a comprarles unos pasaportes falsificados que descontaré de sus beneficios. Respecto al coche, lo voy a enviar a un desguace, lo cual constituirá un gasto más ya que hay que pagarle el favor al dueño del negocio. En definitiva, no le queda más solución que cambiar de vida. Y por supuesto, tendrá que pasar una larga temporada sin vida social. No creo que tenga mucho de que preocuparse.

Pilar por fin se derrumbó y rompió a llorar.

—Por favor, Candy, trae un diazepan para la señora Abad. Necesita un poco de ayuda —dijo dirigiéndose a la criada que llegaba a la mesa con una bandeja de parrillada de pescado, luciendo un elegante equilibrio sobre aquellos desmesurados tacones. Bajo la minifalda del  uniforme, no llevaba ropa interior.

— ¿O tal vez prefiere algo de cocaína, Pilar? —le preguntó con una gran sonrisa.

Se tragó el sedante y apenas probó bocado de la cena, se limitó a escuchar los consejos del ruso sobre decoración.

— ¿Podría llevarme adonde está mi marido?  —preguntó cuando Volodia se encendía un habano.

—Por supuesto. Acompáñeme.

El ruso se levantó de la mesa y la guió hacia la parte trasera de la casa, tomaron unas escaleras que llevaban al sótano y una vez abajo, el hombre tecleó una combinación en el abrepuertas, se escuchó el clic de la cerradura y le abrió la puerta dejándola pasar.

—Estaré en mi despacho por si me necesita, buenas noches, Pilar. Podrá salir cuando quiera, la combinación es solo para impedir la entrada a cualquier curioso.

Cuando subió las escaleras, alertó por teléfono a sus guardaespaldas.

—Estad atentos, he llevado a la mujer al sótano para que pase un rato con su marido, si el tipo sale de allá abajo, lo drogáis de nuevo y lo volvéis a atar.

Cuando llegó al despacho, conectó la videocámara de vigilancia del set de grabación y se sentó en la silla meciéndose tranquilamente con el cigarro entre los dedos.

— ¿Vienes a ver a tu esclavo? ¿A vuestro monstruo de feria?

Fausto hablaba con calma, lentamente, sin pasión. La droga aún influía en su organismo.

Pilar liberó sus manos con una llave de esposas que se encontraba colgando de la silla de un potro negro de BDSM.

— ¿Tampoco piensas en tu hija? Se está pudriendo… Yo la maté y tú la abandonaste.

— ¿Quieres que vayamos a la cárcel y se arruine toda nuestra vida por un accidente? Llevamos toda la vida trabajando y tenemos solo un piso del que apenas hemos pagado la mitad del préstamo y un coche que está por pagar también. Y no me hables de mi hija, solo yo sé de ese dolor.

—Pues no lo parece. Te estás comportando como una zorra. Si planeáis matarme “mi hermano” no sobrevivirá. Lo sé de una forma natural, no puede pasar más de treinta minutos lejos de mí, moriría deshidratado y desnutrido.

Pilar sentía los párpados pesados por la acción del valium y su mirada se dirigía insistentemente a la bragueta de su marido.

—Alguien tenía que tener la cabeza fría, Fausto. Espero que lo comprendas pronto… Estoy cansada ahora. En veinticuatro horas, hemos cambiado  nuestras vidas completamente.

Volodia prestaba atención a la conversación del matrimonio, las imágenes llegaban nítidas y podía examinar las miradas con el zoom de la videocámara.

Todo aquello era verdad, era un matrimonio mediocre con un problema inimaginable para nadie. Incluso la magnitud del fenómeno opacaba la muerte de su hija.

Si su plan había sido eliminar a la mujer, comprendió que no sería tan fácil, cuando observó al repugnante “hermano” del tal Fausto.

Pilar se acercaba a su marido con el paso inseguro de los narcotizados. El marido intentó alejarla empujándola atrás con las manos; pero su mujer recuperó el equilibrio y avanzó hacia él de nuevo, cuando se doblaba de dolor en el suelo con las manos en la bragueta.

Fausto entró rápidamente en la inconsciencia gimiendo de dolor. Su mujer acariciaba su paquete genital mientras lo desnudaba de cintura para abajo. Cuando observó el pene detenidamente y sopesó aquellos pesados testículos en  su mano, se sentó frente a su marido con las piernas abiertas. Sus bragas estaban empapadas, y el pantalón…

Volodia apartó con repugnancia durante un instante los ojos del monitor, cuando el pene y los testículos se desgajaron haciendo ruido a masa líquida del pubis del marido.

Como una especie de gusano, el pene se arrastraba dejando un rastro viscoso y rojizo, eran restos de sangre que goteaba de las venas desconectadas y fluido lubricante. Se dirigía directo a las piernas de Pilar.

La mujer se desabrochó el pantalón y se quitó las bragas. Sus muslos se recogieron encima del vientre para favorecer la penetración.

Volodia llamó a Candy a través del interfono: estaba caliente.

Cuando la criada llamó a la puerta, apagó el monitor para que no viera lo que ocurría. Cuando se agachó bajo la mesa y se metió en la boca su pene, encendió de nuevo el monitor y bajó el volumen.

Era increíble… Excitante… Sería un éxito, lo nunca visto.

El “hermano” ya se había introducido en la vagina de la mujer y sobresalían los gordos huevos peludos, que se contraían rítmicamente. Los muslos de la mujer temblaban y se había desabrochado la blusa para acariciarse los pezones sin ningún cuidado. Jadeaba sin pudor, sin que le importar si se oía. Y de hecho, podía oír sus gemidos a través de la puerta cerrada del despacho.

El trabajo de Candy duró muy poco, Volodia estaba demasiado excitado.

En el momento que eyaculaba en la boca de Candy, el pene había salido del coño de la mujer y ésta lo había tomado entre sus manos para llevárselo a la boca.

Estaba horriblemente grande, como si hubiera crecido durante el coito. Volodia lo recordaba un poco más pequeño cuando lo vio hacía unas pocas horas.

Y debía estar en lo cierto, porque cuando Pilar intentó metérselo en la boca, vomitó por no estar acostumbrada a algo tan grande.

Se aseguró de que la grabación siguiera en funcionamiento antes de apagar el monitor.

—Gracias Candy, toma —y le alcanzó un cigarrillo de hachís que guardaba en uno de los cajones de la mesa.

—Buenas noches, Volodia —saludó con informalidad, Candy. En realidad se llamaba Ana.

Su jefe la siguió con la mirada hasta que salió, seguramente se metería en la habitación de Emil, uno de los guardaespaldas. Había sido día de paga y el personal tenía demasiado dinero en el bolsillo; Candy les ayudaba a resolver ese problema (a ellos y la cocinera); pero sobre todo, era la mejor actriz porno que había conocido.

Aunque Pilar se podría convertir en la próxima Lovelace y ni ella misma lo sabía.

El pene estaba eyaculando en la boca de la mujer, accionó el zoom y obtuvo un primer plano, el semen le salía por las comisuras de la boca y por la nariz, bajaba por su garganta como una cascada lenta y blanca para recrearse en sus pechos. Una gota blanca se desprendió de uno de los pezones.

Dejó la grabación en funcionamiento y apagó el monitor, ya vería mañana el resto.

Cerró con llave el despacho y se dirigió a su habitación. Antes de dormir, envió un mensaje de texto a su camarógrafo Stanislav, para que no se retrasara para el día siguiente y sobre todo, que no llegara con su asistente de iluminación, él mismo le ayudaría.

Se durmió con su pistola cargada en la mesita de noche, sentía una sensación de asco y desconfianza por tener a esos ¿tres? individuos en su casa.

Pero era su trabajo, ya se había acostumbrado a convivir durante temporadas con toda clase de tarados mentales, que solo podían hacer alarde polla, coño y tetas, más vacíos que una cáscara de huevo.

Durmió sin soñar en nada. Fríamente como frío era el lugar donde creció.

Fausto se despertó por un olor indescriptible que ofendía y saturaba su olfato. Olía a mierda, orina y alguna cosa más que no acertaba reconocer. Recordaba vagamente que su esposa lo había vuelto a utilizar para follar con su hermano. Se encontraba lúcido, la morfina le había dado un descanso extra que necesitaba urgentemente.

Cuando su vista se hizo clara y se acostumbró a la luz, la vio.

Pilar se encontraba frente a él, con las piernas abiertas; estaba inmóvil su piel estaba blanca y fría como la de la ternera en las carnicerías, su boca estaba desmesuradamente abierta, la vejiga y los intestinos se habían vaciado.

Y vio ese pequeño pene saliendo de su vagina, como un feto, vomitando ante aquel aborto.

Le faltaba la respiración. Se vistió los pantalones apresuradamente, abrió la puerta y subió las escaleras. Cuando llegó a la planta baja, uno de los guardaespaldas le cortó el paso en el rellano.

—No puede pasar hasta que el señor Solovióv lo ordene.

—Mi esposa está muerta allá abajo. Avise a su jefe.

El guardaespaldas hizo una llamada a su compañero que se encontraba rondando en el jardín.

—Emil, ven a la escalera del sótano, tengo que revisar algo en el set de filmación. El señor Heras está nervioso y necesito que estés con él unos minutos.

—Voy para allá, Jurgen.

A los pocos segundos entraba por la puerta el guardaespaldas.

—Voy abajo, quédate con él un momento.

En unos instantes el hombre volvió a subir con un ademán grave en el rostro.

—La mujer está muerta, tenemos que avisar a Volodia.

—Solo son las seis y media de la madrugada.

—No podemos esperar, Emil.

Jurgen subió al primer piso para despertar a su jefe. Emil llevó a la cocina a Fausto tras asegurarse de que estaba razonablemente tranquilo, para que tomara un café y fumara un cigarrillo; al fin y al cabo, solo era un hombre normal, nada de esos criminales o degenerados con los que estaba acostumbrado a tratar cuando era policía en Svrenika hacía ya quince años.

A los quince minutos y tras un par de tazas de café, Emil recibió una llamada.

—Sí, señor Solovióv, ahora lo llevo.

—Vamos al despacho del jefe, quiere hablar con usted.

Recorrieron el pasillo hasta el comedor, lo cruzaron y tomaron el pasillo que daba a la puerta de la casa. El guardaespaldas se detuvo ante la segunda puerta y llamó.

— ¡Adelante!

Volodia se había vestido con una bata de raso negra y se le veía preocupado.

—Hay que deshacerse del cadáver, quiero que hagáis una fosa muy profunda en el jardín, tras el invernadero. Que Xavier plante unas flores, para que quede disimulada la tumba.

A continuación,  invitó a Fausto a que tomara asiento en una silla de plástico de jardín que se encontraba en el centro de un rectángulo de plástico de invernadero casi opaco por el uso, frente al escritorio de mármol y vidrio.

—Señor Heras, su esposa me contó su breve historia; pero ella no sabía aún que lo que tenía usted entre las piernas es un trozo de violador, algo abyecto que no debería haber ocurrido. Su mujer simplemente estaba drogada por eso que tiene por pene. Esto es inaceptable, inviable. Usted y su hermano son incontrolables. Unos verdaderos monstruos. ¿Sabe? Siempre he pensado lo mismo que usted decía ayer al salir de aquí: no deberían nacer los hijos de los violadores, todo lo que sale de lo podrido está podrido. Y ya no quiero saber nada de toda esta porquería. Soy un pornógrafo, tal vez un ser miserable para esta sociedad, pero tengo mi orgullo y mis prioridades. En un principio me dejé llevar por el impacto visual, por las posibilidades de negocio; pero ya he ganado todo el dinero que necesito. Me puedo permitir el lujo de juzgar y actuar al margen de leyes y de escrúpulos —se acercó desde la mesa para ofrecer un cigarro a Fausto, que aceptó—. He visto la grabación de toda la noche y usted no puede vivir  y mantener semejante monstruo, no tiene control.

—Es lo que necesitaba oír por fin. No deberían nace los hijos de los violadores.

—No saldrá de aquí para acudir a la policía, no me voy a involucrar en este escándalo. Nadie sabrá lo que ha ocurrido con ustedes ni lo que ocurrió cuando encuentren a su hija. Y tampoco voy a mantener por ningún concepto esta mierda en mi casa.

Durante una inhalación profunda del cigarrillo, Fausto sintió el sorprendente sonido de un escupitajo y durante un instante todo fue luz. Luego dejó de existir al tiempo que caía de la silla al suelo. Parte de su corazón había salido por la espalda, formando una estela de carne cruda en el plástico del suelo.

El pene se desprendió y reptó por el suelo unos centímetros antes de que Volodia, tomara el abrecartas de su escritorio y lo clavara en el enorme glande. El meato parecía una boca torcida por el dolor.

Aún retorciéndose como una oruga, lo envolvió con una esquina del plástico del suelo y lo pisoteó hasta que dejó de moverse. Y siguió pisoteándolo hasta que dejó de parecer lo que era. Tiró la pistola y el abrecartas en el pecho del cadáver y llamó a Jurgen por teléfono.

—Aprovechad la fosa y meted esta mierda también allí.

A continuación presionó el botón del interfono.

—Candy, por favor, en cuanto se levanten y hayan desayunado Pedro y María, que vengan a limpiar el despacho a fondo. Todo el suelo, todos los muebles, tarden lo que tarden. No quiero que quede ni una arista sin limpiar, aunque parezca limpio. Que hagan lo mismo en el set de grabación.

Envió un mensaje a Stanislav: “Se ha cancelado la grabación, no vengas. Ya te avisaré”.

Metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de plástico con cierre, dentro había guardado el feto del pene que abortó la mujer. Salió y se dirigió al almacén de materiales para  el mantenimiento de la casa. Tomó un frasco vacío de garbanzos, metió el proyecto de pene, llenó el frasco con alcohol y lo cerró.

Con cinta de papel para pintura, hizo un letrero y escribió: “Los hijos de los violadores no deberían nacer”. Y sonrió porque solo él conocería el significado de aquello.

Cuando Pedro y María dieron por finalizada la limpieza del despacho, colocó aquel frasco en un rincón de la estantería de libros. Desentonaba con la decoración como un detalle sórdido y de mal gusto, cosa que no le importó demasiado. Nadie creería lo que era de verdad, en eso estaba lo divertido.

Borró la grabación del set y el video que le adjuntó Pilar en el e-mail.

Y todo fue como una pesadilla que se olvidaría, salvo por el hijo del violador que nunca nació, flotando en un océano de alcohol. Muerto y olvidado.

Los pornógrafos arreglan las cosas de forma eficiente, contra toda ley, contra toda moral.

Llamó a Candy por el interfono.

—Te espero en mi habitación.

—Ahora subo, Volodia.

 

Iconoclasta

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7
Pilar entró en un local de internet que había visto cuando salió en busca de la puta.
Le asignaron un ordenador en cabina individual. Hizo una copia del video grabado en la tarjeta SD y lo bajó de resolución para poder enviarlo por correo electrónico y luego marcó el número telefónico de Volodia Solovióv.
-Ya tengo la grabación; se la voy a enviar ahora mismo. Necesito que la vea enseguida y me diga algo al respecto. Estamos en un aprieto que ya le explicaré si tenemos una charla.
-No te preocupes, lo veré ahora mismo y te comento.
-No tarde, estoy en un ciberlocal.
Volodia abrió el correo electrónico que apareció en el monitor en el momento en el que cerraba el teléfono.
Observó atentamente las imágenes con un gesto de asombro. Era una grabación de baja calidad, para ser visualizada en un tamaño muy reducido. A pesar de todo era impactante y ante la sencillez del video, no pudo encontrar retoques ni trucaje. Aquel pene que reptaba por la cama y se movía lentamente, parecía un ser vivo, un animal.
Pensó que si fuera un truco, valdría la pena conocer como se había realizado para conseguir tamaño realismo; pero en modo alguno podía aceptar que fuera real. Se encontraba excitado y confuso, era tan realista que sentía una especie de rechazo que encajaría bien con el público más fetichista.
Aquellas imágenes eran una agresión moral directa al estómago del ciudadano normal. Los genitales reptando de una forma tan viva, tan autónoma, podrían convulsionar a medio mundo con su degeneración.
Pensó en alguna especie de juguete robot comandado a distancia, pero no consiguió identificar ningún movimiento mecánico. El hombre que se encontraba sentado contra el cabezal de la cama estaba realmente ido, y el proceso de cómo se desprendían los genitales de su pubis estaba oculto, hasta que llegó la escena final y pudo ver apretando el puño con reparo, cómo se acoplaba aquella cosa entre sus piernas.
Todo parecía tan extrañamente real que sintió una especie de náusea.
Tomó el teléfono y llamó a Pilar Abad.
Apenas empezó a zumbar el teléfono, la mujer respondió.
– ¿Qué le ha parecido, señor Solovióv?
-Impactante, he de confesar que no he encontrado el truco.
-No lo hay. El siguiente paso es que lo vea en vivo.
Solovióv no respondió, durante unos segundos estuvo pensando en que, seguramente, sería una explicación decepcionante. Una filmación que aporta un tremendo realismo por una simple cuestión de suerte. Aún así decidió, como decía la mujer, verlo en vivo.
-Estamos a jueves… Podría hacerle un espacio en mi agenda para el lunes a la tarde -dijo tras la larga pausa.
-Imposible. Le dije que estamos en un apuro que solo puedo explicarle en persona y para el lunes, deberíamos estar, mi marido y yo, en algún lugar oculto.
– ¿Dónde se encuentra usted ahora?
-En Alfajarín, muy cerca de su casa.
-Veo que no ha llegado hasta aquí por casualidad. Está bien, la espero a partir de ahora durante toda la tarde. Me encuentro en la urbanización La Rosaleda, mi casa es el 42 de Gran Zaragoza, dé su nombre al guardia de la entrada y podrá pasar.
-Viene mi marido conmigo.
-Imagino que es el del video.
-Sí. Gracias por su atención, nos vemos en una hora.
-Vamos a ver que ocurre. Hasta pronto, señora Abad.
-Una cosa más señor Solovióv. Mi marido no sabe el fin de nuestra entrevista, cree que nos va a prestar ayuda legal con el problema que tenemos. Y seguramente se pondrá violento cuando vea que ha sido grabado. ¿Tiene ayuda por si fuera necesario?
Por un momento, el ruso estuvo a punto de negar la entrevista en vista de esa posibilidad; pero su experimentado olfato le decía que valía la pena esperar.
-Estaré preparado para ello, no se preocupe.
Pilar salió deprisa del ciberlocal compró en el supermercado unos refrescos y bocadillos y se dirigió de nuevo a la fonda.
– ¿Cómo te encuentras, cariño?
-Mal, vamos a la policía, no tenemos salida, no hay otra opción. Puede morir más gente.
-Salimos ahora a ver al editor, él nos ayudará con la cuestión legal. En una hora estaremos con él, y un abogado nos acompañará al puesto de policía más cercano. Creo que es lo mejor.
– ¿Y por qué no vamos directamente?
-Porque yo quiero ir con un abogado y justificar de alguna forma la demora y nuestra huida de casa. Nos tienen que aconsejar qué alegar en la declaración.
-No me encuentro nada bien. Ni estoy de humor, ni esta polla me deja tranquilo. Ni siquiera tengo ganas de discutir.
-No te preocupes, estamos nerviosos y tú más. Todo se arreglará. Vamos al coche que en poco tiempo ya estaremos resolviendo esto.
– ¿Seguro que es de fiar ese ruso?
-Claro que sí, es un empresario serio y sé que es formal.
Recogieron sus equipajes, pagaron la cuenta del alojamiento y cruzaron la pequeña ciudad. A pocos metros antes del final del término, se encontraba el desvío hacia la urbanización. En unos minutos llegaron a la gran casa, de Volodia Solovióv. Un palacete de dos plantas, con fachada de mármol granate y ventanas de marcos negros. Era todo lo que se podía ver desde fuera y por encima del muro de cemento que rodeaba la propiedad.
Pilar llevó el coche hasta el vado de entrada, frente a una puerta negra doble, de hierro envejecido dándole un aspecto de óxido. Bajó del coche y llamó al timbre del interfono.
– ¿Qué desea?
-Tengo una cita con el señor Solovióv. Soy Pilar Abad y él es mi marido Fausto Heras.
-Puede pasar, aparque el coche en el parking que se encontrará a la derecha del camino y sigan el camino de grava hasta la casa.
Se abrieron las dos puertas automática y silenciosamnte y Pilar condujo hasta el aparcamiento.
-Esto es la mansión de un mafioso -comentó al ver la casa.
-Es un editor ruso con mucho dinero.
-Lo que yo te decía…
-Lo que importa es que necesitamos ayuda, y conozco a este señor de hace tiempo. Me inspira confianza.
Frente a la entrada de la casa había dos deportivos aparcados y una limusina negra Mercedes.
Pilar llamó a la puerta.
-Buenas tardes señora Pilar, señor Fausto -dijo una sirvienta con uniforme y cofia, espectacularmente exuberante -. Les llevaré al despacho del señor Solovióv.
Caminaron tras la mujer que calzaba unos espectaculares zapatos rojos de tacón de aguja absurdamente altos.
Caminaron por el pasillo de la planta baja y se detuvieron frente a una de las cuatro puertas, justo antes de llegar a un salón enorme del que se podía ver una decoración de vanguardia.
La criada tocó suavemente a la puerta.
– ¡Adelante! -contestó con su fuerte acento ruso Volodia.
Se levantó de su mesa de despacho, se presentó con una gran sonrisa y saludó con dos besos en la mejilla a Pilar y un apretón de manos a Fausto.
– ¿Les apetece tomar algo? ¿Un café, brandi, vodka?
-No gracias, señor Solovióv -respondió Pilar.
Fausto se dejó caer en una de las butacas que se encontraba frente a una mesita.
Solo preguntó si se podía fumar, el ruso le ofreció un cigarrillo y fuego.
-Pues sentémonos y hablemos. ¿Cuál es el problema?
-Mi marido ha sufrido una especie de enfermedad, mutación o como quiera que se llame y ha provocado la muerte de nuestra hija.
Cuando oyó muerte, el ruso alzó una ceja y cambió su posición relajada con las piernas cruzadas y se inclinó hacia adelante para escuchar con más interés.
– ¿Cuándo murió su hija?
-Ayer.
– ¿Y qué hacen aquí? Eso no se soluciona en una tarde.
– ¡Te lo dije! La hemos cagado, deberíamos haber ido a la policía y no huir -se encendió Fausto al escuchar la respuesta del ruso.
– ¡Calma, señor Heras! Primero interesa saber qué ha ocurrido exactamente y luego juzgaremos. Disculpe mi comentario, pero es que una muerte siempre impacta. La escucho, Pilar.
En ese instante, llamaron a la puerta del despacho.
– ¡Adelante! -gritó Volodia.
Dos hombres con traje negro entraron llevando una bandeja de bebidas y otra con comida diversa para aperitivo.
-Disculpen, pero siempre me gusta hacer un poco de aperitivo antes de comer.
Acto seguido, le guiñó un ojo a Pilar para que continuara hablando con tranquilidad.
-A mi hija lo mató el «hermano» de mi marido su pene la ahogó. Ya ha visto el video.
Fausto se puso en pie y se lanzó sobre su esposa, la abofeteó y la llamó «hija de puta» antes de que los dos guardaespaldas actuaran.
– ¡Asquerosa! Has hecho un video y se lo has enviado a este mafioso. Además de puta eres subnormal -el sillón había caído al suelo con el impacto del golpe y Pilar con él.
Fausto se abalanzaba de nuevo sobre ella cuando los hombres lo sujetaron, sin embargó acertó a darle otro puñetazo en la boca. Le aplicaron una descarga eléctrica y quedó aturdido. Se orinó en el suelo.
-Dejadlo ahí. Joder, si se ha meado. Cerrad la puerta y quedaos ahí por si os necesito.
Luego se dirigió a Pilar que se había puesto ya en pie y se limpiaba la sangre de la boca con un pañuelo de papel.
-Parece que están metidos en un gran lío. No hay forma de explicar a la policía porque se dieron a la fuga y dejaron el cadáver de su hija en la casa. Ni hay forma de imaginar que no la mataran ustedes.
-No quiero ir a la cárcel, no puedo ni quiero separarme de esa parte de él que ahora amo.
-Yo no puedo ayudarles, no puedo involucrarme en un delito, soy ruso, pornógrafo y con esto la policía tiene motivos más que suficientes para vigilarme atentamente.
-Tal vez piense de otra manera cuando vea cuán real es lo que aparece en el video.
-Esperad fuera y quedaos cerca, os llamaré enseguida.
Pilar se acuclilló frente a su marido y lo desnudó con dificultad de cintura para abajo ante la atenta mirada de Volodia.
-Quiero que observe bien ahora -decía Pilar acariciando el pene que iba creciendo rápidamente entre sus dedos.
Fausto emitió un gemido y se llevó las manos al pubis, enseguida las retiró y se relajó.
El pubis del hombre se agitaba como si tuviera una erupción o un terremoto. Volodia se quedó impactado, fascinado. No podía apartar la mirada.
Pilar se había sentado en el suelo frente a las piernas abiertas de su marido.
El pene se desprendió del cuerpo con una especie de chapoteo dejando una mancha de sangre en el suelo.
Fausto desde la niebla de una realidad vieja, veía a su madre salir de la panadería donde trabajaba de dependienta. Eran las nueve de la noche y su marido la esperaba en casa, muy cerca, a dos manzanas. Isabel salió por la puerta que daba acceso a la portería del edificio. Un tipo salió de la oscuridad y la arrastró hasta la penumbra que había en la zona de los contadores eléctricos, bajo la rampa de la escalera.
-No grites o te corto el cuello. Sube la falda y bájate las bragas -le ordenó presionando el filo de un cuchillo en el cuello.
Isabel no lo hizo y el violador lanzó su cabeza contra la pared, el golpe fue brutal. Sintió entre tinieblas como le arrancaban las bragas y se introducía algo doloroso y ardiente en su vagina seca. Le dolía, le dolía mientras la bestia le embestía y golpeaba de nuevo su cabeza con cada empuje. Su sexo parecía desgarrarse por la brutalidad y la sequedad del coito.
-Te voy a dejar preñada, niña cachonda. Vas a tener un hijo de verdad con un hombre de verdad.
Intentó gritar, pero su boca estaba cubierta por una mano maloliente. Perdió la noción del tiempo y cuando se dio cuenta, se encontraba sentada en el suelo y de su vagina goteaba semen y sangre.
Juan ya estaba inquieto por la demora de su esposa y decidió acercarse a la panadería. El dueño le dijo que ya hacía casi diez minutos que había salido. Entones escucharon su llanto desde la puerta que daba a la escalera. Ambulancia, médicos, policías, nervios, vecinos, humillación… Nunca dieron con el violador.
Volodia se llevó la mano a la boca aguantando una arcada, mientras el pene se arrastraba hasta la mujer, retorciéndose para abrirse paso entre sus piernas.
Lo tomó en las manos, besó el glande viscoso y le dijo que lo amaba.
El pornógrafo no salía de su asombro, su cigarro se quemaba entre los dedos.
-Tiene que ver que es real. Observe el agujero de mi esposo, no está hecho como un prótesis. Tome una linterna y mire, es muy importante. No hay nada parecido en el planeta.
Venció su repugnancia y se acercó con la pantalla del móvil para observar el agujero que en el pubis del marido. Había gotas de sangre y unos nervios pequeños y retoridos colgando, la carne palpitaba enrojecida donde debía encontrarse el pene y los testículos.
Pilar se puso en pie con su amor entre las manos, acercándoselo.
-Tóquelo y lo sentirá incluso respirar. No puede haber dudas.
Pasó un dedo a lo largo del bálano, sintió el increíble calor de una piel viva, el tono muscular y las gruesas venas palpitantes. Tuvo la sensación de estar tocando algo con vida propia. Retiró la mano con temor, con asco y asombro.
-No puede ser. Es increíble.
– ¿Nos ayudará? El tiempo apremia.
-Sí. Se alojarán aquí. Tengo que pensar, ahora no puedo hacerlo con claridad. ¿Por qué está muerta su hija?
Dejó con cuidado el pene en el suelo que se dirigió de nuevo a su cuerpo.
Volodia volvió a quedar de nuevo fascinado por el fenómeno.
-Él la sedujo y sintió en ella el rechazo. Usó su fluido para que ella abriera la boca, para excitarla más allá de su voluntad y la asfixió metiéndose en ella.
-Entonces usted está drogada. Es una yonqui de esa cosa.
-Desde un principio lo acepté. Llevaba semanas soñando con él y de repente una mañana se hizo real dentro de mí y ya no pude dejar de pensar en él. Soy adicta, estoy drogada… Llámelo como quiera, la cuestión es que solo sé que lo amo. Me transmite amor cuando está dentro de mí o en mi boca. Encajado en el cuerpo de mi marido me excita y me excita también cuando se arrastra por las sábanas o por el suelo buscándome. El placer provoca que mi mente sea arrancada de mi cuerpo y sea libre. No he sentido jamás algo parecido.
– ¿Sabe, señor Solovióv? Mientras conducía desde Barcelona hacia aquí la noche pasada, lo llevaba metido dentro de mí, y la cosa que es mi marido dormía, o estaba en trance. Lo he llevado metido en mi sexo más de dos horas y no he dejado de gemir como una perra.
El ruso la observaba como quien escucha a un loco, con cautela y fascinación. Intentó llevar la conversación a un punto más pragmático, porque en su propia cabeza había confusión y sorpresa.
-Pilar, lo primero de todo es asesorarnos sobre su situación legal; y por supuesto, tenemos que convencer a su marido de que aquí estará bien, cosa que veo imposible.
-Mi marido no tiene nada que decidir. Lo podemos mantener drogado y que actúe de recipiente de su hermano.
-No puede estar drogado toda la vida. Moriría en poco tiempo. Hay métodos mejores y más sanos. Es de suponer, que usted no se separará de «su novio» -dijo con sarcasmo el ruso.
-Tenemos un pacto. Señor Solovióv, debe entender una cosa, si yo participo o yo voluntariamente accedo a que tenga sexo con otra mujer, él actuará y se moverá con normalidad. Cuando me penetra, cuando lo toco, todos sus sentimientos y todas sus emociones las percibo. Está enamorado de mí desde que me casé con Fausto, solo que no había conseguido aún crear su propia red neuronal. Y cuando yo no esté cerca o presienta que estoy muerta, matará todo lo que se folle. Como hizo con mi hija.
Volodia se retractó en su intención de pegarle un tiro en la frente a la mujer y enterrarla en su jardín. Tenía que ser cauto y observar cómo era esta extraña relación, por él mismo.
-En el sótano se encuentra el set de grabación, está bien climatizado y limpio. Allá tenemos un cuarto especial para los actores que llegan del extranjero. Dejaremos allí a su marido debidamente sedado de momento. Mañana haremos una prueba de grabación, y necesito a mi mejor técnico para ello.
-No puede convertirse en un circo, no pueden conocerlo tantas personas.
-Solo las imprescindibles. Y créame, mi gente está bien escogida.
Conectó el altavoz del teléfono de su escritorio.
-Candy, ven para acompañar a la señora Abad a la habitación de invitados.
-Ahora déjeme que llame a mi abogado para que indague si ya van tras ustedes y calibrar lo que hay que hacer con su situación legal. Nos veremos a la hora de la cena, a las nueve y media. Mientras tanto, mi casa es su casa.
-Gracias, señor Solovióv.
-Una última cosa, Pilar. ¿Cuál es su pretensión económica por la «venta» de su marido y su amante.
-Lo que usted juzgue oportuno, que vaya de acuerdo con sus ganancias si las hay. Y por supuesto, que nos cuide de la policía; pero una cosa está clara: no me separaré de ellos.
-Me alegra saber que no está poseída por una ambición excesiva. Haremos un buen negocio -dijo el ruso ya dando media vuelta para sentarse en la mesa de su escritorio.
Pilar salió del despacho tras la criada, un tanto preocupada por la sonrisa de tiburón del ruso.
Volodia mandó entrar a sus guardaespaldas.
-Sedadlo, llevadlo al sótano y atadlo, no quiero que rompa nada.
Uno de los hombres se dirigió al mini bar bajo el televisor y de una cajita negra sacó una jeringuilla y una ampolla con morfina. Tras preparar la jeringuilla, la inyectó en el brazo de Fausto.
-Los hijos de los violadores no deberían nacer -pronunciaba en un narcotizado murmullo Fausto mientras lo llevaban de los brazos y las piernas.
Volodia sonrió al oírlo, su madre fue violada a los dieciséis años en una fría aldea chechena, él era hijo de un violador.
-Algo de razón tienes, amigo -dijo para sí.
Cuando cerraron la puerta y se quedó por fin a solas, se dejó caer en el sillón, y arrugó el ceño por el olor a orina que había quedado impregnado en el aire. Tomó un sorbo de su vaso de güisqui y empezó a poner en orden sus ideas.

Iconoclasta

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