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De la navidad de una ternera y un perro

Es navidad, hace un día soleado, frío y un tanto ventoso. El hielo ha estado presente en toda la ruta y se ha acumulado en los frenos de la bici, el tumor palpita y pienso que se joda.
He visto a una ternera y un perro guiándola. Es bonito.
Todo es precioso cuando pierdes de vista la ciudad y lo que guarda.
Fumar lejos de todo, es todo un placer.
He pensado en los que esperan de la navidad, sentirse mejor. Los que anhelan ciertas fechas para encontrar paz al estrés y un momento para la concordia y olvidar pequeños o grandes rencores.
Me parece una indecencia esperar que una superstición arregle el ánimo de nadie. Me parece patético carecer de fuerza de voluntad para sobreponerse en cualquier fecha y en cualquier momento.
Seguir tradiciones o supercherías es el gran error cultural y social.
Las tradiciones han nacido de la ignorancia y el miedo de los antepasados. Una tradición eterniza el error y crea intelectos ineficaces y comportamientos erróneos.
Sin embargo, las tradiciones no se conservan y prolongan por voluntad de las clases que precisan trabajar todos los días para cubrir sus necesidades básicas. Las impone el poder político y religioso (de la fe que sea) para mantener el control sobre los contribuyentes o ciudadanos.
Como el perro que pastorea a la ternera…
No es teoría conspiratoria, es un hecho escandalosamente obvio para cualquiera que tenga un pensamiento autónomo. Es un acto cotidiano e iterativo.
Como ocurre con todos los rebaños, las reses solo ven los vallados, escuchan los ladridos del perro y siguen el cayado del pastor. Es lógico que algunas fechas les haga sentirse mejor, porque por sí mismos, carecen de cualquier inquietud intelectual libre e imaginativa.
De ahí que los poderes que rigen sus estados de ánimo hayan decidido crear más tradiciones, tantas como para cubrir un año entero: días de celebraciones regionales o nacionales, día del niño, de la madre, del maestro, del padre, de la mujer, del libro, de la rosa, del cáncer, la amistad, del gay, de los mendigos, leprosos…
Tradiciones que ya son oficiales a nivel planetario y que conducen con dulzura, amabilidad y alegría, a las reses al matadero.
Las tradiciones son un tumor social que inmoviliza y frena libertades.
No es una novedad, algo que se me haya ocurrido ahora este planteamiento. La navidad es un día tan bueno como cualquier otro para, reflexionar sobre tanta miseria que debo sortear día a día para no entrar en el redil de un ganadero con sonrisa de hijo de puta.

 

ic666 firma
Iconoclasta

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Su melena oscura y rizada lucía hermosa y suelta, sus rotundos y pesados pechos de pezones color canela se agitaban al ritmo de una respiración acelerada.
Sus labios temblaban de pavor.
Entre sus piernas abiertas, el cerdo hociqueaba su sexo, arañaba con los dientes el clítoris y tiraba de los labios vaginales. Las vaharadas que le llegaban de su maloliente piel, le provocaban una náusea que por momentos se veía incapaz de disimular.
Toda su mente estaba concentrada en pedir a todas las fuerzas del planeta, no tener que hacerle una felación al hombre cerdo. Llevarse aquella cosa a la boca era repugnante, la ponía enferma. Le sobrevenían arcadas, como si estuviera embarazada de su verdadero amor.
Recordaba con tristeza cuando se llevaba su pene a la boca, y el pensamiento la llevó a una cueva profunda de su mente donde todo es confuso y no llegaba a comprender porque ese cambio, porque no lo supo ver, porque a ella… Sus grandes y oscuros ojos derramaron dos lágrimas que arrastraron el rímel e hicieron dos tortuosos ríos en su rostro angulosamente delicado.
Su cuerpo se agitaba violentamente con las cada vez más fuertes hociqueadas con las que el hombre cerdo maltrataba su sexo.
Al final, el cerdo se masturbó con la boca pegada en su coño, y no le pidió que se la chupara.
Se acostó de lado, muy lejos de esa apestosa piel.
A menudo dormía y soñaba con su amor, el que le abrió los ojos a su error. También con su madre muerta, que un día, como una película de final feliz, llegaría de alguna forma para ayudarla.
Nadie podía imaginar que alguien pudiera metamorfosearse en cerdo, eso solo ocurría en los libros. No fue un error, lo amaba y era amada.
No fue un error, el mundo la engañó, su felicidad acabó en poco tiempo en una cloaca infecta.
Se frotó el sexo con un pañuelo para secarse con asco las babas del hombre cerdo.
Trabajo… El trabajo la distraía, sus compañeros la querían y la hacían reír. Y así apareció Leo en su vida, con una sonrisa radiante como un sol, el que ama. Y esperaba que un día volviera, hubo una promesa y a ella se aferraba. Es lo único que le quedaba, ese amor ahora lejano y sus hijos.
Se durmió y la imagen de su madre recientemente muerta, dulcificó sus sueños, y le protegió de los ronquidos del hombre cerdo.
Su espalda era adiposa y redonda, la piel rosada y sucia. Ocupaba más de las tres cuartas partes de la cama y ella debía dormir casi en el filo del colchón, y daba gracias por ello, por no tener que rozarse con aquella cosa infecta.
Cuando conoció a Leo y supo de una forma contundente que estaba enamorada, al llegar a casa se dio cuenta de que la nariz de su pareja había cambiado, sus fosa nasales se veían de frente, y su pelo se había retirado notablemente. Su voz era más ronca, difícil de entender.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó.
– Sí, cielo, estoy bien.
Ya no le besó en la boca, le parecía asqueroso y simplemente apoyó momentáneamente la mejilla contra la suya, para percibir un tenue olor a mierda y orina.
A medida que su amor con Leo se afianzaba y adquiría tintes de drama, su pareja iba cambiando más rápidamente, sus uñas se hicieron negras y su cara se redondeó y perdió la barba, su brazos engordaron como jamones y supo que en su mente crecía también la maldad.
Sus genitales se hicieron pequeños y su pene se marchitaba entre la grasa de su bajo vientre ahora colgante.
Una tarde recibió un mensaje de despedida, amor y esperanza de Leo. Su rostro se demudó de tristeza, le costó horrores no ponerse a llorar en la mesa de aquel bar, porque el hombre cerdo estaba sorbiendo un café y fumando frente a ella. Aún así, sacó fuerza y coraje para responder a su Leo el mensaje; el hombre cerdo perdía cada vez más inteligencia y continuó fumando y sorbiendo aquel café fuerte y desagradable que parecía gustarle.
Su amor se fue lejos, tal vez por una temporada, la soledad y el miedo la golpearon con dureza y su mente se enfocó en mantener vivo el recuerdo de su madre y volcarse en sus hijos hasta la desesperación.
Quería que aquel engendro desapareciera de su vida, sus náuseas eran cada vez más fuertes ante él y follar con aquella cosa era un llanto eterno. Como los fines de semana que parecían durar años al lado del cerdo.
El suicidio se hizo una carga pesada, una sombra constante en su pensamiento que solo la compañía de sus hijos y los mensajes que por la noche y en la oscuridad de la habitación intercambiaba con su amor, le disipaban de la cabeza.
Vivía al día, esforzándose en respirar, con la débil esperanza de abrazar a Leo, a veces lloraba en el trabajo y sus amigos le daban el consuelo necesario para afrontar las horas del día.
Cada instante en presencia de su hombre cerdo, era una lucha por evadirse de su compañía. Su mente giraba veloz e inteligente buscando medios para evadirse de su él. Con amigos, con tareas, con trabajo… La mente lerda del hombre cerdo era demasiado básica para luchar contra su inteligencia superior, y consiguió un precario equilibrio entre el asco de su presencia y la esperanza de encontrarse con su amor verdadero.
Ahora la situación ha empeorado, sus hermosos ojos siguen con disimulo al hombre cerdo que hociquea entre las estanterías llenas de libros de una tienda, mientras se abraza a su hijo con desesperación, rogando en sus adentros que no se vaya y no la deje sola con él otra vez.
Las piernas del hombre cerdo ponen a prueba la integridad de las costuras y la tela de los pantalones, su respiración es claramente un ronquido. Teme por su integridad y la de sus hijos. Entre las manos que abrazan a su niño, está el teléfono, del que espera sentir la vibración de un mensaje de amor y esperanza.
Solo necesita unas palabras que la convenzan por unas horas, que ha de seguir viviendo por sus hijos, por su amor. Que no se rinda.
El hombre cerdo se gira con un libro entre sus pezuñas y la mira con una sonrisa podrida atroz, en un saludo que provoca su terror más profundo.
Ella aprieta con más fuerza su abrazo en su hijo y se esfuerza por no gritar en esa librería donde todos se preguntan que hace una mujer tan hermosa con un cerdo.
Saliendo de la tienda, el hijo se va con sus amigos a pasar la tarde, el silencio es ominoso entre la pareja que forma la bella y el cerdo. Es ominoso el miedo y el asco.
Está tan cansada… Conduce por la ciudad a su casa nerviosa, su compañero de trabajo le acaricia la mano que aferra fuerte y crispada el volante.
-Tranquila, todo se arreglará, no te preocupes -le dice dándole un beso en la mejilla antes de apearse del coche para tomar un autobús.
Cuando llega a casa, el cerdo está viendo una película, se encuentra desnudo, y sus orejas enormes se agitan cuando la bella y triste mujer entra en la casa.
– ¿Cómo estás? -le pregunta sacando fuerzas de flaqueza.
La bella se queda pasmada de horror cuando le contesta:
– ¡Oink, oink!
Él la toma por el brazo, la sube a la habitación y cierra la puerta para que los hijos no entren. Le arranca la ropa y ella mantiene su grito en silencio, no quiere asustar a los niños.
La hace girar por los hombros y la pone a cuatro patas en la cama, la monta por detrás arañándole los pechos, metiéndole en el coño aquella verga fina, larga y rizada, que parece que le revienta las tripas con cada embestida. Le pesa tanto que no le deja respirar bien.
Cuando el cerdo eyacula y se desprende de ella, su vagina deja caer un viscoso líquido incoloro y llorando se viste. Secándose los ojos de lágrimas y con las piernas separadas por el dolor de su sexo, se dirige al cuarto de sus hijos donde se encierra en silencio para hacer la tarea con ellos, mientras el cerdo ronca dormido en la cama.
Llega la hora del baño y cuando desnuda al pequeño, ve que en su espalda hay arañazos y golpes.
Se dirige al cuarto de matrimonio y golpea con un zapato la cabeza del hombre cerdo.
– ¿Qué le has hecho a mi hijo, hijueputa?
– ¡Oink, oink! -responde el hombre cerdo, que ya nada tiene de hombre, rascándose la cabeza con la pezuña delantera y poniéndose en pie frunciendo los belfos para mostrar sus amenazadores colmillos.
La bella reacciona rápidamente y toma al pequeño en brazos para encerrarse poniendo el seguro del picaporte en la habitación de los niños.
El cerdo golpea furioso la puerta con su hocico, pero no puede abrirla de momento.
Es la víspera de nochebuena, y en el ordenador de la habitación pone villancicos a todo volumen para aliviar el miedo y el llanto de sus hijos.
– Vamos a cantar muy fuerte porque mañana vendrá Santa Claus por la noche.
Y cantando, consiguen hacer inaudibles los ronquidos del cerdo. La bella, cierra los ojos para acceder a un mundo donde no haya miedo ni dolor, donde el amor sea el pan nuestro de cada día y ruega por un poco de felicidad. Solo le pide a su madre un poco de suerte.
– ¡Mami, es la abuela! -dice el hijo mediano señalando el monitor del ordenador, en el que se ha formado una difusa imagen.
– ¡Sí, es la abuela, má! -grita el mayor.
De repente los golpes en la puerta han dejado de sonar al tiempo que escuchan un golpe sordo en el suelo.
La madre los saluda diciendo adiós con la mano, diluyéndose entre píxeles, con una sonrisa. Como ocurre en las películas.
Con cuidado, la bella abre la puerta de la habitación, el hombre cerdo está tendido en el suelo, no respira. Como si hubiera tenido un ataque al corazón.
El teléfono vibra en su manos, es un mensaje:
“Hola, mi amor, he llegado al fin, te necesito”.
Y ahora son lágrimas de felicidad y descanso lo que brota de sus ojos.
Todas sus esperanzas de un final feliz se han cumplido.
“Voy a ti, mi amor, voy a buscarte al aeropuerto, espérame Leo” responde así al mensaje de su amor.
El suicidio se disipó como las nubes son rasgadas por los rayos del sol y todas sus esperanzas, sus débiles esperanzas se hicieron realidad.
A veces las cosas salen bien, a veces la vida es un cuento de navidad.
Cuando recogieron el cadáver del cerdo, los policías se preguntaron que llevaría a una familia a tener por mascota a un cerdo de aquel tamaño.
La bella dormía abrazada a Leo.
– Te amo, Leo -dijo somnolienta.
-Oink, oink -respondió Leo con una sonrisa malvada.
Feliz Navidad.

Iconoclasta

La humanidad siempre dice que es tiempo de amar.

Sobre todo en navidad.

Y mientras la chusma busca el amor (o un cambio de decepcionante pareja), yo me masturbo con sórdidas imágenes y recuerdos ya borrosos. Pareciera que los actos pasados solo tienen el fin de ayudarme a eyacular. Luego me resultan completamente indiferentes y olvido, como si el semen fuera la vacuna contra el amor.

Si una vez amé, fue para llegar a este momento de total comprensión. El tiempo da sentido a un cúmulo de errores y los convierte en actos de lógica reacción.

Las estampas pornográficas que un día protagonicé no tienen nada de ternura ni de cariño, son panfletos descoloridos de carnales momentos, páginas pegajosas de una revista. Sexo gratis simplemente.

Es tiempo de amar para ellos. Hace años aprendí que amar son solo ganas de follar; dos o tres pajas al día lo cura todo.

Es tiempo de amar, no se sabe a quien, no se sabe a qué.

No puedo perder tiempo, la vida es corta, el corazón suele fallar y las infecciones siempre están presentes a través de esta psoriasis que hace de las palmas de mis manos dos hamburguesas poco hechas.

El sida es un caldo de cultivo para las miserias, ahora que me pudro y desaparezco, he alcanzado la plena conciencia de lo que es el amor. Y no lo busco por ello.

Amé la jeringuilla ponzoñosa de sangre y caballo que me llevaba a ver hermoso el coño podrido de mi novia yonqui. Y lamí su chocho maloliente como si fuera una rosa, se la metí e intercambiamos enfermedades besándonos las venas podridas de los brazos.

Cientos de veces… En mi mano hay semen fresco de una paja que me he hecho evocando la vez que le inyecté la heroína en un pezón. Gemía, lloraba y temblaba. Me corrí sin que me tocara, regué su pecho inflamado con mi semen.

Tuvimos que ir de urgencias al hospital porque se infectó, en el coche sonreía mostrando que sus dientes estaban podridos.

Salió mejor cuando me inyectó en una de las gordas venas de mi verga. Hizo un torniquete que la inflamó y cuando me metió el caballo, perdí la sensibilidad, pero se mantenía dura y firme.

Me masturbo recordando en como se corría montándome, yo la miraba sin sentir placer, como si aquello no fuera conmigo. Me gustaba ver sus pechos agitándose, por la infección le habían amputado el pezón izquierdo. Se bebió todo mi semen, era una yonqui glotona.

No la amaba, lo supe cuando murió con el cuello rígido por una meningitis: no sentí apenas nada y su cuerpo sin vida, me pareció repugnante. Estábamos en nuestra casa alquilada y allí llegó la policía y un asistente social que tuvo a bien inyectarme metadona pensando que la necesitaba.

El amor es un reflejo deformado en la jeringuilla.

De la misma manera que se deforma mi picha en las bolas que adornan el árbol de navidad.

Así que mejor me la pelo mientras me quede polla y paso de buscar amor de mierda. No quiero enamorarme por unos días para que luego sienta asco de mí. O yo de ella; el que esté podrido y ya consumido, no quiere decir que tenga que amar a cualquier cosa.

Es mejor estar solo que mal acompañado.

Es tiempo de amar, sobre todo en navidad.

Y mientras buscáis a quien o que, la bendita masturbación me evade y salvaguarda de la angustia de semejante búsqueda.

Cuando pasa el tiempo, cuando te has masturbado lo suficiente, llegas a la sencilla conclusión, de que al final, no necesitas a nadie y que no vale la pena buscar tanto lo que no existe.

Que se amen ellos, yo ha he tenido suficiente amor.

Una vez la vi follar con otro, con mi amigo, las narices las teníamos blancas y ella se metió en la boca la polla pequeña de Daniel, yo le dije: — No te amo, pero me va bien no pagar a una puta cuando estoy caliente.

Y nos reímos los tres, me masturbé ante ellos mirándome abrazados.

Luego preparé una jeringuilla de heroína muy pura y se la regalé a Daniel, murió en cuatro minutos, y la yonqui de mi novia, se reía.

Es tiempo de amar ¿verdad?

Sobre todo ahora en navidad.

Tengo una llaga en el ano que me obliga a morderme la mano cuando cago. Mis testículos escupen un semen oscuro que parece orina.

Feliz navidad, es tiempo de amar.

Brindo con mis retrovirales por ello.

Y en pocas horas, me correré buscando el amor. Otra vez.

Es que me parto de ternura…

Iconoclasta